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El Último Diario 1983 - 1984

Martes, 15 de marzo, 1983

Este extremo del valle, particularmente en una bella y serena mañana como ésta, era apacible, no había ningún sonido de tránsito. Los cerros estaban detrás de nosotros y la montaña más alta de la región tenía más de 6.000 pies. La casa se encuentra rodeada por huertos de brillantes naranjales amarillos, y en el cielo azul no se veía ni una sola nube. En la aun silenciosa mañana, podía escucharse el murmullo de las abejas entre las flores. El viejo roble[1] que está detrás de la casa tenía muchísimos años; los fuertes vientos habían roto numerosas ramas muertas. El árbol ha sobrevivido a muchas tormentas, a muchos veranos de calor intenso y a los fríos inviernos. Probablemente podría contarnos innumerables historias, pero esta mañana estaba muy quieto, no soplaba ni una brisa. Todo alrededor de uno se hallaba poblado de verdes y brillantes naranjos con sus frutos amarillos y relucientes, y el aroma llenaba el aire ‑el aroma del jazmín.

Este valle está muy lejos de todo el ruido y el alboroto del tráfico humano, de la humanidad, de todas las cosas feas que ocurren en el mundo. Los naranjos recién comenzaban a mostrar sus frescas y jóvenes flores El perfume de éstas impregnaría el valle dentro de una semana o dos, y se escucharía el zumbido de miles de abejas. Era una mañana apacible, y más allá estaba el mundo enfermo, un mundo que se está volviendo más y más peligroso, más y más corrupto, más y más embotado en su búsqueda de entretenimientos, religiosos y de otras clases. Está prosperando la superficialidad de la existencia. El dinero parece ser el valor más grande en la vida y, naturalmente, con él marchan el poder, la posición y el dolor que todo eso implica.

«En una mañana tan hermosa, yo quiero hablar con usted acerca de un tema más bien triste, atemorizador, el sentimiento de aprensión que invade a la humanidad y a mí mismo. Quisiera comprender realmente ‑no de manera sólo intelectual o descriptiva- por qué, como tantos otros, me espanta la terminación de la vida.

»Matamos con gran facilidad ‑se llaman ‘deportes con derramamiento de sangre’ la caza de pájaros por diversión para destacar la propia habilidad, la caza del zorro, la matanza por millones de las criaturas vivientes del mar; la muerte parece estar en todas partes. Sentado en esta tranquila galería, contemplando esos brillantes naranjos amarillos, es difícil ‑o más bien parece impropio hablar acerca de algo tan alarmante. A través de las edades, el hombre jamás ha resuelto realmente ni ha comprendido la cosa que llamamos muerte.

»Naturalmente, he estudiado diversas racionalizaciones y creencias religiosas y científicas que asumen el aspecto de realidades; algunas son lógicas, consoladoras, pero subsiste el hecho de que siempre está ahí el miedo a lo desconocido.

»Estuve discutiendo este hecho con un amigo mío cuya mujer falleció recientemente. Él es un hombre más bien solitario y propenso no sólo a vivir de sus recuerdos sino también a descubrir por sí mismo a través de sesiones espiritistas, médiums y todo eso, si su esposa, a quien realmente amaba, se había evaporado meramente en el aire o si seguía habiendo una continuidad de ella en otra dimensión, en un mundo diferente de éste.

»Él dijo: “Con bastante extrañeza me encontré con que en una de estas sesiones la médium mencionó mi nombre y dijo que tenía un mensaje de mi esposa. Y el mensaje era algo que sólo conocíamos mi esposa y yo. Por supuesto, la médium puede haber leído mis pensamientos o puede ser que mi esposa exista. Ese pensamiento estaba en el aire ‑el pensamiento de ese secreto que hubo entre nosotros. He interrogado a numerosas personas acerca de sus experiencias. Y todo eso parece muy fútil y más bien tonto, incluyendo el mensaje de mi esposa, mensaje muy trivial, muy carente de significación”.

»Yo no quiero discutir con usted si hay una entidad personal que continúa después de la muerte. No es ése mi interés. Algunos dicen que existe una continuidad, otros sostienen que hay una total aniquilación. Esta contradicción ‑la aniquilación, el fin total de una persona, o la continuidad de un individuo- ha figurado en toda la literatura, desde la antigüedad hasta el presente. Pero para mí, todo eso no viene al caso. Su validez sigue estando en el reino de la especulación, de la superstición, de la creencia y del deseo de consuelo, de esperanza. Realmente, todo eso no me interesa. Y es lo que en verdad quiero decir. Al menos de eso estoy completamente seguro. Pero me gustaría, si es posible, dialogar con usted acerca del significado de todo ello ‑de todo este asunto del vivir y morir. ¿Carece todo ello absolutamente de sentido, de profundidad, de cualquier significación? Millones han muerto y millones nacerán y continuarán y morirán. Yo soy uno de ésos. Y siempre me pregunto: ¿Cuál es el significado del vivir y morir? La tierra es hermosa, he viajado muchísimo, he hablado con numerosas personas que se supone son sabias y muy ilustradas, pero ellas también se mueren.

»He recorrido una larga distancia para llegar aquí, por lo que tal vez tenga usted la bondad de tomarse tiempo para que discutamos, con serena paciencia, esta cuestión».

«La duda es algo precioso. Limpia, purifica la mente. El propio cuestionar, el hecho mismo de que la semilla de la duda esté en uno, ayuda a clarificar nuestra investigación. No sólo dudar de lo que todos los demás han dicho ‑incluyendo el concepto de la regeneración, y la creencia y el dogma cristianos de la resurrección, sino también la aceptación del mundo asiático de que existe una continuidad. Al dudar de todo eso, al cuestionarlo, hay cierta libertad que es indispensable para nuestra investigación. Si podemos descartar todo eso realmente, no sólo de manera verbal sino profundamente dentro de nosotros mismos, entonces no alimentamos ilusiones. Y es necesario estar libres de cualquier tipo de ilusión ‑las ilusiones que otros nos han impuesto y las ilusiones que nosotros mismos nos hemos creado. Todas las ilusiones son cosas con las que jugamos; y si uno es serio, las ilusiones no tienen cabida en absoluto, ni tampoco la fe se introduce en todo esto.

»Habiendo, pues, descartado todo eso, no por un momento, sino al ver la completa falsedad de ello, la mente no está atrapada en las mentiras que el hombre ha inventado acerca de la muerte, acerca de dios y de todos los rituales que ha creado el pensamiento. Uno tiene que estar libre de cualquier juicio u opinión, porque sólo entonces puede explorar deliberadamente, realmente, con cierta vacilación, en el significado del diario vivir y morir ‑en la existencia y el fin de la existencia. Si uno está preparado para esto, si uno está dispuesto, o mejor aún si uno se interesa realmente, profundamente en descubrir la verdad de la cuestión (el vivir y el morir constituyen un problema muy complejo, un asunto que requiere un examen muy cuidadoso), ¿por dónde ha de empezar? ¿Por la vida o por la muerte? ¿Por el vivir o por el final de eso que llamamos el vivir?»

«Tengo más de cincuenta años, y he vivido de una manera más bien extravagante, interesado en muchas, muchas cosas. Pienso que me gustaría comenzar... vacilo un poco, estoy algo indeciso, no sé bien por dónde debería comenzar».

«Yo creo que deberíamos empezar por el principio de la existencia, de la existencia humana; empezar por la existencia de uno mismo como ser humano».

«Nací en una familia bastante acomodada, y fui criado y educado con esmero. He estado en diversos negocios y tengo dinero suficiente; ahora soy un hombre que está solo. Estuve casado, tuve dos hijos, y ambos, junto con mi esposa, murieron en un accidente automovilístico. Nunca he vuelto a casarme. Pienso que me gustaría comenzar por mi infancia. Desde el principio, como ocurre con cualquier otro niño en el mundo, pobre o rico, hubo una psique bien desarrollada y la habitual actividad egocéntrica. Es extraño, cuando uno mira hacia atrás, ver cómo eso comienza desde la más tierna infancia, esa posesiva continuidad mía como J. Smith. Pasé por la escuela, expandiéndome, agresivo, arrogante, aburrido; después vinieron el colegio y la universidad. Y como mi padre manejaba una buena empresa, entré en su compañía. Llegué a la cima, y cuando murieron mi esposa y mis hijos, empecé esta investigación. Como les sucede a todos los seres humanos, aquello fue una gran conmoción interna, un gran dolor ‑la pérdida de los tres, los recuerdos relacionados con ellos. Y cuando el choque emocional que eso produjo desapareció, comencé a investigar, a leer, a interrogar, a viajar por diferentes partes del mundo, hablando sobre esta cuestión con algunos de los llamados líderes espirituales, los gurús. Leía muchísimo, pero jamás estaba satisfecho con lo que leía. Creo, por lo tanto, que debemos comenzar, si es que puedo sugerirlo, con el vivir real ‑la formación cotidiana de mí cultivada y restringida mente. Yo soy eso. Vea, ésa ha sido mi vida. Mi vida nada tiene de excepcional. Probablemente podría considerárseme como perteneciente a la clase media alta, y por un tiempo eso resultó agradable, excitante, y otras veces aburrido, fatigoso y monótono. Pero la muerte de mi mujer y de mis hijos, de algún modo me sacó de eso. No me he vuelto morboso, pero necesito saber la verdad acerca de toda esta cuestión, si es que existe una verdad con respecto al vivir y al morir».

«¿Cómo se forma la psique, el ego, el sí mismo, el yo, la persona? ¿Cómo ha nacido esta cosa desde la cual surge el concepto del individuo, del ‘yo’ separado de todos los demás? ¿Cómo se pone en marcha este movimiento ‑este impulso, este sentido del yo, del sí mismo? Usaremos la palabra ‘yo’ para incluir la persona, el nombre, la forma, las características, el ego. ¿Cómo nace este yo? ¿Nace con ciertas características transmitidas por los padres? ¿Es el yo meramente una serie de reacciones? ¿Es solamente la continuidad de siglos de tradición? ¿Es el yo producto de circunstancias, de incidentes, de acontecimientos? ¿Es el resultado de la evolución ‑siendo la evolución el proceso gradual del tiempo- el que pone el acento en el yo y le da tanta importancia? ¿O, como algunos sostienen, especialmente en el mundo religioso, la cáscara externa del yo contiene realmente dentro de sí el alma y la antigua noción de los hindúes, de los budistas? ¿Es la sociedad la que da origen al yo y fortalece la fórmula de que uno está separado del resto de la humanidad? Todos estos conceptos contienen ciertas verdades, ciertos hechos, y constituyen el yo. Y al yo se le ha concedido una importancia tremenda en este mundo. La expresión del yo en el mundo democrático se llama ‘libertad’, y en el mundo totalitario esa ‘libertad’ es reprimida, negada y castigada. ¿Diría usted, entonces, que ese instinto comienza en el niño con el impulso de poseer? Esto existe también en los animales, de modo que tal vez hemos derivado de los animales este instinto de poseer. Donde hay cualquier clase de posesión, tiene que existir el principio del yo. Y a partir de este instinto, de esta reacción, el yo crece gradualmente en vitalidad, en fuerza, y adquiere estabilidad. La posesión de una casa, la posesión de tierras, la posesión de conocimientos, la posesión de ciertas capacidades ‑todo esto es el movimiento del yo. Y este movimiento le da a uno la sensación de estar separado como individuo.

»Ahora puede uno avanzar más en los detalles. ¿Están el tú, el yo, separados del resto de la humanidad? ¿Es usted, debido a que tiene un nombre separado, un organismo físico separado, ciertas tendencias diferentes de las de otro, tal vez algún talento ‑hace eso de usted un individuo? Esta idea de que cada uno de nosotros en todo el mundo está separado de otro, ¿es una realidad?, o ¿puede que todo el concepto sea ilusorio, al igual que la división que hemos hecho del mundo en comunidades y naciones separadas, lo cual es realmente una forma glorificada del sentimiento tribal? Este interés en uno mismo y la idea de que la propia comunidad es diferente de otras comunidades, de otros yoes, ¿se basa en una realidad factual? Por supuesto, usted puede decir que es real porque usted es norteamericano y otros son franceses, rusos, indios, chinos, etc. Estas diferencias lingüísticas, culturales, religiosas, han originado desastres en el mundo ‑guerras terribles, daño incalculable. Y también, desde luego, en ciertos aspectos de ello hay una gran belleza, como en la expresión de algunos hombres de talento, como un pintor, un músico, un científico, etcétera. ¿Se consideraría usted a sí mismo como un individuo separado, con un cerebro separado que es ‘suyo’ y de nadie más? Ese es su pensar, y se supone que su pensar es diferente del pensar de otro. Pero, ¿es en absoluto individual el pensar? ¿O sólo existe el pensar, que es compartido por toda la humanidad, ya se trate del más talentoso de los científicos o de la persona más ignorante y primitiva?
»Todas estas preguntas y más, surgen cuando estamos considerando la muerte de un ser humano. De modo que, observando cuidadosamente todo esto ‑las reacciones, el nombre, la forma, el instinto posesivo, el impulso de estar separado de otro (impulso alimentado por la sociedad y las religiones)-, al examinar todo esto con lógica, con sensatez, razonablemente, ¿se consideraría a sí mismo un individuo? Esta es una pregunta importante en el contexto del significado de la muerte.

»Veo lo que usted quiere decir. Tengo una comprensión intuitiva, una percepción de que en tanto piense que soy un individuo, mi pensar estará separado del pensar de los demás ‑mi ansiedad, mi dolor, me separarán del resto de la humanidad. Tengo la sensación ‑por favor, corríjame si no es así- de que he reducido el vasto y complejo vivir del resto de la humanidad a un asunto muy pequeño, mezquino e insignificante. ¿Está usted diciendo, efectivamente, que yo no soy en absoluto un individuo? ¿Que mi pensar no es mío? ¿Y que mi cerebro no es mío, que no está separado de los demás cerebros? ¿Es eso lo que usted insinúa, lo que sostiene? ¿Es ésa su conclusión?»

«Si me permite señalarlo, la palabra ‘conclusión’ no se justifica. Concluir significa cerrar algo, terminar con ello ‑concluir un argumento, concluir una paz después de una guerra. Nosotros no estamos concluyendo nada; sólo estamos señalando, porque debemos alejarnos de las conclusiones, de la finalidad y esas cosas que limitan, que restringen nuestra investigación. En cambio el hecho, el hecho racional, observable, es que su pensar y el pensar de otro son similares. La expresión de su pensar puede variar; si usted es un artista puede expresar algo de cierta manera, y otra persona que no es artista puede expresarlo de una manera distinta. Usted juzga, evalúa de acuerdo con la expresión, y entonces la expresión lo divide a usted como artista, lo separa de otro como jugador de fútbol. Pero usted como artista y él como jugador de fútbol, piensan. Ambos sufren, experimentan ansiedad, gran dolor, desengaño, aprensión; uno cree en Dios y el otro no cree en Dios, uno tiene fe y el otro no tiene fe, pero esto es común a todos los seres humanos, aunque cada uno pueda pensar que es diferente. Yo puedo pensar que mi dolor es por completo diferente del dolor de otro, que mi soledad, mi desesperación son totalmente opuestas a las de otras personas. Ésa es nuestra tradición, ése es nuestro condicionamiento, hemos sido educados para eso ‑uno es un árabe, otro es un judío, etcétera. Y de esta división se origina no sólo la individualidad, sino las diferencias raciales de las comunidades. El individuo, al identificarse con una comunidad, con una nación, con una raza, con una religión, genera invariablemente conflicto entre los seres humanos. Ésa es una ley natural. Pero nosotros sólo nos interesamos en los efectos, no en las causas de la guerra, en las causas de esta división.

»De modo que estamos meramente señalando, no afirmamos nada, no sacamos la conclusión de que usted, señor, es psicológicamente, profundamente, el resto de la humanidad. Sus reacciones las comparte toda la humanidad. Su cerebro no es ‘suyo’, ha evolucionado en el tiempo durante siglos. Usted puede estar condicionado como cristiano, puede creer en diversos dogmas y rituales; otro tiene su propio dios, sus propios rituales, pero todo esto es producto del pensamiento. Estamos, pues, poniendo profundamente en duda que el individuo exista en absoluto como tal. Somos la humanidad total, cada uno de nosotros es el resto de la humanidad. Esta no es una declaración romántica, fantástica; y es importante, necesario entenderla si vamos a considerar juntos el significado de la muerte.

»¿Qué dice a todo esto, señor?»

«Debo decir que estoy desconcertado con todos estos interrogantes. No sé bien por qué siempre me he considerado separado de usted o de algún otro. Lo que usted dice parece verdadero, pero tengo que reflexionar al respecto, necesito un poco de tiempo para asimilar todo lo que usted ha dicho hasta ahora».

«El tiempo es el enemigo de la percepción. Si va usted a reflexionar sobre lo que hemos hablado hasta aquí, si va a argüir consigo mismo, a discutir lo que se ha dicho, a analizar lo que hemos considerado juntos, ello va a tomarle tiempo. Y el tiempo es un nuevo factor que se interpone en la percepción de lo verdadero. De cualquier modo, ¿lo dejamos por el momento?»

Volvió después de un par de días, y se le veía bastante tranquilo y más interesado. Era una mañana nublada y probablemente llovería. En esta parte del mundo se necesita mucho más de la lluvia, porque al otro lado de los cerros hay un vasto desierto. Debido a eso, por las noches hace aquí mucho frío.

«He regresado después de varios días de sereno pensar. Tengo una casa frente al mar y vivo allí completamente solo. Es una de esas pequeñas cabañas costeras, y uno tiene frente a sí la playa y el azul Pacifico; se puede caminar millas y millas por la playa. Yo generalmente salgo para hacer largos paseos en la mañana o en el atardecer. Después de verle a usted el otro día, caminé a lo largo de la playa, tal vez unas cinco millas o más, y decidí regresar y verle nuevamente. Al principio me sentí muy perturbado. No podía comprender del todo lo que usted decía, lo que me señalaba. Aunque soy una persona más bien escéptica sobre estas cuestiones, permití que lo dicho por usted ocupara mi mente. No era que internamente yo lo aceptara o lo negara, pero me intrigaba; y deliberadamente uso la palabra ‘permití’ ‑permití que penetrara en mi mente. Y luego de reflexionar un poco, subí a mi auto, y después de manejar a lo largo de la costa regresé tierra adentro hasta llegar aquí. Es un valle muy hermoso. Me alegro de encontrarle aquí. ¿Podríamos, pues, continuar con lo que estuvimos considerando el otro día?

»Si es que lo comprendo claramente, usted estuvo señalando que la tradición, el pensamiento largamente condicionado, puede producir una fijación, un concepto que aceptamos fácilmente, tal vez sin demasiada reflexión ‑aceptamos la idea de que somos individuos separados. Y cuanto más pienso al respecto ‑uso la palabra ‘pienso’ en el sentido corriente de pensar, racionalizar, cuestionar, argumentar- es como si estuviera sosteniendo una discusión conmigo mismo, un diálogo prolongado; y pienso que capto realmente lo que todo ello implica. Veo lo que hemos hecho del maravilloso mundo en que vivimos. Veo toda la secuencia histórica. Y después de un considerable ir y venir del pensamiento, comprendo realmente la profundidad y verdad de lo que usted ha dicho. De modo que si dispone de tiempo, me gustaría avanzar más en todo esto. Como usted sabe, yo vine en realidad para descubrir cosas acerca de la muerte, pero veo la importancia de empezar por la propia comprensión de uno mismo y, a través de la puerta del yo ‑si es que puedo usar esa palabra- llegar a la cuestión de lo que es la muerte».

«Como estuvimos diciendo el otro día, nosotros compartimos, toda la humanidad comparte, la luz del sol [él no había dicho esto]; esa luz del sol no es suya ni mía. Es la energía vivificante que todos compartimos. La belleza de una puesta de sol, si uno la observa con sensibilidad, es compartida por todos los seres humanos. No es la puesta suya o mía en el oeste, en el este, en el norte o en el sur; lo importante es la puesta de sol. Y nuestra conciencia, que incluye nuestras acciones y reacciones, nuestras ideas y conceptos, nuestros patrones de pensamiento, los sistemas de creencias, las ideologías, los temores, los placeres, la fe, la adoración de algo que nosotros mismos hemos proyectado, nuestros dolores, nuestras penas y angustias ‑esto es compartido por todos los seres humanos. Cuando sufrimos, hemos convertido eso en un asunto personal. Excluimos todo el sufrimiento de la humanidad. Igual que el placer; tratamos el placer como una cosa privada, nuestra, con la excitación que ello produce, etc. Olvidamos que el hombre ‑incluyendo a la mujer, por supuesto, no es necesario repetirlo- que el hombre ha sufrido desde tiempos que están más allá de toda medida posible. Y ese sufrimiento es el suelo sobre el cual todos nosotros estamos parados. Y es compartido por todos los seres humanos.

»Nuestra conciencia, pues, no es propiedad suya o mía; es la conciencia del hombre, que ha sido acumulada, que ha evolucionado, crecido a través de siglos, de muchos siglos. En esta conciencia está contenida la fe, están los dioses, todos los rituales que el hombre ha inventado. Es realmente una actividad del pensamiento. Es el pensamiento el que ha formado el contenido ‑la conducta, la acción, la cultura, la ambición. Toda la actividad del hombre es la actividad del pensamiento. Y esta conciencia es el sí mismo, el yo, el ego, la personalidad, etc. Creo que es indispensable comprender esto muy a fondo, no sólo de manera argumental, lógica, sino profundamente; igual que la sangre, está en todos nosotros, forma parte de nosotros, es la esencia, el proceso natural de todos los seres humanos. Cuando uno comprende esto, nuestra responsabilidad adquiere extraordinaria importancia. En tanto continúe el contenido de nuestra conciencia, somos los responsables por todo lo que ocurre en el mundo. En tanto el miedo, las nacionalidades, el impulso del éxito ‑usted sabe, todas esas cosas- existan, cada uno de nosotros es parte de la humanidad, parte del movimiento humano.

»Esto es sumamente importante que se comprenda. Es así: el yo es producto del pensamiento. Y el pensamiento, como dijimos, no es suyo ni mío; el pensar no es un pensar individual. El pensar es compartido por todos los seres humanos. Y cuando en verdad hemos visto profundamente el significado de todo esto, entonces pienso que podemos comprender la naturaleza de lo que implica morir.

»Cuando usted era un muchacho, tiene que haber seguido una suave corriente que gorgoteaba a lo largo de un valle pequeño y estrecho, con las aguas que corrían más y más rápidas, y al encontrar algo, digamos un trozo de madera, lo arrojó usted en la corriente y siguió su curso hacia abajo viendo cómo pasaba por un desvío, por un montículo, a través de una pequeña grieta ‑lo siguió hasta que el trozo de madera pasó por encima de una cascada y desapareció. Esta desaparición es nuestra vida.
»¿Qué significa la muerte? ¿Qué es la palabra misma, el sentimiento amenazador que la acompaña? Al parecer, jamás la aceptamos».

[1] La siempre verde encina de California.

El Último Diario 1983 - 1984

Martes, 15 de marzo, 1983

Jiddu Krishnamurti, El Último Diario 1983 - 1984. Krishnamurti to Himself. Jiddu Krishnamurti en español.

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