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El Último Diario 1983 - 1984

Viernes, 25 de marzo, 1983

Es el segundo día que gozamos de una exquisita mañana primaveral. Todo es aquí extraordinariamente bello. Llovió copiosamente la noche anterior, y todas las cosas están bañadas y limpias, todas las hojas relucen brillantes a la luz del sol. El aire está impregnado con el perfume de muchas flores y el cielo azul se halla salpicado de nubes pasajeras. La belleza de una mañana así es intemporal. No es esta mañana; es la mañana del mundo. Es la mañana de un millar de oyeres. Es la mañana que uno espera que continúe, que dure eternamente. Es una mañana plena de luz, una luz solar suave, resplandeciente, clara, y el aire es muy puro aquí, a bastante altura sobre el valle. Los naranjos y sus frutos de un amarillo brillante han sido lavados y relucen como si ésta fuera la primera mañana de su nacimiento. La tierra está cargada de lluvia y en las altas montañas hay nieve. Es realmente una mañana intemporal.

Al otro lado, las montañas distantes que encierran este valle ansían el sol, porque la noche ha sido fría y todas las rocas y los guijarros y el pequeño torrente, parecen estar atentos y llenos de vida.

Uno está sentado quietamente, lejos de todo, y contempla el cielo azul, percibe toda la tierra, la pureza y la belleza de todas las cosas que viven y se mueven sobre esta tierra ‑excepto el hombre, por supuesto. El hombre es lo que es ahora, después de muchos miles de siglos. Y es posible que continúe de la misma manera; lo que él es ahora, es lo que será mañana y en millares de mañanas. El tiempo, la evolución, lo ha traído hasta lo que hoy es. El futuro será lo que el hombre es ahora, a menos, desde luego, que haya una mutación profunda y duradera en la totalidad de su psique.

El tiempo se ha vuelto extraordinariamente importante para el hombre, para todos nosotros ‑tiempo para aprender, para adquirir una destreza, tiempo para llegar a ser esto o aquello, y tiempo para morir; tiempo tanto exteriormente en el mundo físico, como tiempo en el mundo psicológico. Es necesario disponer de tiempo para aprender un idioma, para aprender a manejar un automóvil, para aprender a hablar, para adquirir conocimientos. Si Uno no dispusiera de tiempo, no podría unir entre sí las cosas que se requieren para construir una casa, para colocar ladrillo sobre ladrillo. Necesitamos tiempo para ir de aquí hasta donde queremos ir. El tiempo es un factor extraordinario en nuestra vida ‑para adquirir, para administrar, para recuperar la salud, para escribir una simple carta. Y, al parecer, creemos que necesitamos del tiempo psicológico, el tiempo de lo que ha sido, modificado ahora y continuando en el futuro. El tiempo es el pasado, el presente y el futuro. Internamente, el hombre asegura su esperanza en el tiempo; la esperanza es tiempo, el futuro, los infinitos mañanas, tiempo para llegar a ser algo internamente ‑uno es ‘esto’, uno llegará a ser ‘aquello’. El llegar a ser, el devenir, igual que en el mundo físico, desde el pequeño empresario al gran empresario, desde la persona sin importancia a lo más alto en alguna profesión ‑devenir.

Creemos que necesitamos tiempo para cambiar de ‘esto’ a ‘aquello’. Las palabras mismas ‘cambio’ y ‘esperanza’, intrínsecamente implican tiempo. Uno puede entender que el tiempo es necesario para viajar, para llegar a un puerto, para aterrizar después de un largo vuelo hasta el lugar deseado. El lugar deseado es el futuro. Eso es bastante obvio, y el tiempo es necesario en el reino del logro, de la ganancia, de la eficiencia en alguna profesión, en una carrera que exige adiestramiento. Ahí, el tiempo no sólo parece necesario, sino que tiene que existir. Y este mismo movimiento, este devenir, lo extendemos al mundo de la psique. Pero, ¿existe en absoluto un devenir psicológico? Nunca cuestionamos eso. Lo hemos aceptado como algo natural. Las religiones, los libros evolucionistas, nos han informado que necesitamos tiempo para cambiar de ‘lo que es’ a ‘lo que debería ser’. La distancia cubierta es tiempo. Y hemos aceptado que hay cierto placer y dolor en el llegar a ser no‑violento cuando uno es violento, que alcanzar el ideal requiere de una enorme cantidad de tiempo. Y hemos seguido ciertamente este patrón todos los días de nuestra vida, lo hemos seguido sin cuestionarlo jamás. No dudamos. Seguimos el viejo patrón tradicional. Y tal vez ésa sea una de las desdichas del hombre ‑la esperanza de realización, y el dolor de ver que esa realización no se alcanza, no se obtiene fácilmente. ¿Existe realmente el tiempo en el mundo psicológico -o sea, cambiar eso que es, en algo por completo diferente? ¿Por qué existen en absoluto los ideales, las ideologías, ya sean políticas o religiosas? ¿No es éste uno de los conceptos divisivos del hombre que han generado conflicto? Después de todo, las ideologías, la derecha, la izquierda o el centro, son creadas por el estudio, por la actividad del pensamiento que sopesa, juzga y llega a una conclusión cerrando así la puerta a toda investigación mas completa. Las ideologías han existido tal vez tanto como el hombre puede recordar. Son como la creencia o la fe, que separan al hombre del hombre. Y esta separación se origina a través del tiempo. El ‘yo’, el ego, la persona, de la familia al grupo, a la tribu, a la nación. Uno se pregunta si las divisiones tribales podrán superarse alguna vez. El hombre ha tratado de unificar las naciones, que son realmente una forma glorificada del espíritu tribal. No podemos unificar las naciones. Siempre seguirán estando separadas. La evolución genera grupos separados. Y nosotros continuamos con las guerras, las religiosas y las otras. Y el tiempo no ha de cambiar esto. El conocimiento, la experiencia, las conclusiones definidas, jamás producirán una comprensión global, una relación global, una mente global.

De modo que la pregunta es: ¿Hay posibilidad de producir un cambio en ‘lo que es’, en la realidad, haciendo totalmente caso omiso del tiempo? ¿Hay posibi1idad de cambiar la violencia ‑no tratando de convertirnos en no‑violentos, lo cual constituye meramente el opuesto de ‘lo que es’? El opuesto de ‘lo que es’, es sólo otro movimiento del pensar. Nos preguntamos: ¿Puede la envidia, con todas sus implicaciones, cambiar sin que el tiempo esté involucrado en ello, sabiendo uno que la misma palabra ‘cambiar’ implica tiempo? ‑ni siquiera diremos ‘transformarse’, porque esa misma palabra ‘transformarse’ significa moverse de una forma a otra. ¿Puede, pues, la envidia terminar radicalmente sin la intervención del tiempo?

El tiempo es pensamiento. El tiempo es pasado. El tiempo es motivo. Sin motivo alguno, ¿puede haber cambio? ¿Acaso la misma palabra motivo no implica ya una dirección, una conclusión? Y cuando hay un motivo, realmente no existe cambio alguno en absoluto. El deseo es, por otra parte, una cosa bastante compleja, compleja en su estructura. El deseo de producir un cambio, o la voluntad de cambiar, se convierten en el motivo y, por tanto, ese motivo distorsiona aquello que ha de experimentar el cambio, aquello que ha de terminarse. La terminación de algo no contiene tiempo.

Las nubes se están reuniendo lentamente alrededor de la montaña, y se mueven hasta oscurecer el sol; es probable que llueva nuevamente, como ayer. Porque aquí, en esta parte del mundo, es la estación de las lluvias. Nunca llueve durante la época del verano; cuando el tiempo es caluroso y seco, este valle está desierto. Más allá de los cerros, el desierto se extiende amplio, inacabable y yermo. Y otras veces se ve muy hermoso, tan vasto en su espacio. Su propia vastedad hace de él un desierto. Cuando la primavera termina, hace más y más calor; los árboles parecen marchitarse, las flores han desaparecido y la temperatura alta y seca limpia nuevamente todas las cosas.

«Señor, ¿por qué dice usted que el tiempo es innecesario Para el cambio?»

«Averigüemos cuál es la verdad del asunto, sin aceptar ni rechazar lo que uno ha dicho al respecto, sino sosteniendo un diálogo para explorar juntos esta cuestión. Uno ha sido educado para creer ‑ y ésa es la tradición ‑ que el tiempo es necesario para el cambio. Es así, ¿no? Usamos el tiempo para convertir lo que somos en algo mas grande, en algo ‘más’. No estamos hablando del tiempo físico, del tiempo necesario para lograr una destreza física, sino que más bien estamos considerando si la psique puede llegar a ser algo más que lo que es, si puede llegar a ser mejor de lo que es, si puede alcanzar un estado más alto de conciencia. Todo eso es el movimiento de la medida, de la comparación. Nos estamos preguntando juntos, ¿no es así?, qué implica el cambio. Vivimos en desorden, confusos, inseguros, reaccionando contra esto y a favor de aquello, buscando la recompensa y evitando el castigo. Queremos estar seguros, aunque todo lo que hacemos parece generar inseguridad. Esto, y más, es lo que produce desorden en nuestra vida cotidiana. Usted no puede ser desordenado o negligente, por ejemplo, en los negocios. Tiene que ser preciso, tiene que pensar con claridad, con lógica. Pero esta misma actitud no la extendemos al mundo psicológico. Tenemos este constante impulso de alejarnos de ‘lo que es’, de convertirnos en otra cosa que la comprensión de ‘lo que es’, de eludir las causas del desorden».

«Eso lo entiendo», dijo el interlocutor. «Realmente escapamos de ‘lo que es’. Jamás consideramos atentamente, diligentemente, qué es lo que ocurre, qué está sucediendo ahora en cada uno de nosotros. Sólo tratamos de reprimir o de trascender ‘lo que es’. Si experimentamos un gran sufrimiento ‑psicológico, interno- nunca lo observamos cuidadosamente. Queremos borrarlo de inmediato, encontrar algún consuelo. Y siempre está la lucha por alcanzar un estado libre de dolor, un estado en el que no haya desorden. Pero el intento mismo de producir orden, parece incrementar el desorden o generar otros problemas».

«No sé si ha notado usted que cuando los políticos tratan de resolver un problema, esa misma solución multiplica otros problemas. También esto prosigue todo el tiempo».

«¿Está usted diciendo, señor, que el tiempo no es un factor de cambio? Esto puedo captarlo vagamente, pero no estoy muy seguro de comprenderlo en realidad. De hecho, lo que usted sostiene es que si tengo un motivo para cambiar, ese motivo se vuelve un obstáculo para el cambio, porque ese motivo es mi deseo, es mi impulso por alejarme de aquello que es desagradable o perturbador, para ir hacia algo mucho más satisfactorio, algo que me dará una felicidad mayor. De modo que un motivo o una causa ya han dictado, o han moldeado la finalidad, la finalidad psicológica. Esto lo entiendo, empiezo a vislumbrar lo que usted expresa. Estoy comenzando a percibir la implicación que tiene el cambio sin tiempo».

«Formulémonos entonces la pregunta: ¿Existe una percepción intemporal de ‘lo que es’? O sea, el mirar, el observar ‘lo que es’ sin que intervenga el pasado, sin todos los recuerdos acumulados, los nombres, las palabras, las reacciones ‑mirar ese sentimiento, esa reacción que llamamos, por ejemplo, ‘envidia’. Observar este sentimiento sin el actor ‑el actor, que es toda la rememoración de las cosas que han ocurrido con anterioridad.

»El tiempo no es solamente la salida y puesta del sol, o el ayer, el hoy y el mañana. El tiempo es algo mucho más complicado, intrincado y sutil. Y para comprender realmente la naturaleza y profundidad del tiempo, uno ha de meditar sobre la cuestión de si el tiempo puede detenerse; no un tiempo ficticio ni el de la imaginación que evoca tantas probabilidades románticas, fantásticas, sino el tiempo que está en el campo de la psique ‑si ese tiempo puede cesar verdaderamente, de hecho. Ésa es realmente la cuestión. Uno puede analizar la naturaleza del tiempo, investigarla y tratar de descubrir si la continuidad de la psique es una realidad, o si es la esperanza del hombre por aferrarse a algo que le ofrezca alguna clase de seguridad, de consuelo. ¿Tiene el tiempo sus raíces en el cielo? Cuando uno mira los cielos, los planetas y el inimaginable número de las estrellas, se pregunta si ese universo puede ser comprendido por la cualidad de la mente que está ligada al tiempo. ¿Es necesario el tiempo para captar, para comprender todo el movimiento del cosmos y del ser humano ‑para ver instantáneamente lo que siempre es verdadero?

»Si es que puede uno señalarlo, tenemos que contener esto en nuestra mente, no pensar al respecto sino sólo observar todo el movimiento del tiempo, que es realmente el movimiento del pensar. El pensamiento y el tiempo no son dos cosas diferentes, dos movimientos, dos acciones diferentes. El tiempo es pensamiento y el pensamiento es tiempo. ¿Existe, para expresarlo de una manera diferente, la terminación total del pensamiento? O sea, la terminación del conocimiento. El conocimiento es tiempo, el pensamiento es tiempo, y nos estamos preguntando si este proceso acumulativo del conocimiento que recoge más y más información, que persigue más y más las intrincaciones de la existencia, si este proceso puede llegar a su fin. ¿Puede el pensamiento, que después de todo es la esencia de la psique ‑los temores, los placeres, las ansiedades, la soledad, el dolor, y el concepto del yo (‘yo’ como separado de otro)- puede esa actividad centrada en uno mismo, toda esa actividad egocéntrica, llegar a su fin? Cuando llega la muerte, hay un final para todo eso. Pero no hablamos de la muerte, del final definitivo; nos estamos preguntando si podemos percibir realmente que el pensamiento, el tiempo, tienen un final.

»El conocimiento, después de todo, es la acumulación, a través del tiempo, de numerosas experiencias, el registro de múltiples incidentes, acontecimientos, etc.; este registro se almacena naturalmente en el cerebro, este registro es la esencia del tiempo. ¿Podemos descubrir cuándo el registro es necesario, y si el registro psicológico es necesario en absoluto? No es cuestión de que el conocimiento y la pericia que son necesarios se separen de lo otro, sino de empezar a comprender la naturaleza del registrar, comprender por qué los seres humanos registran y luego reaccionan a partir de ese registro. Cuando alguien nos insulta o nos lastima psicológicamente con una palabra, con un gesto, con una acción, ¿por qué debería registrarse esa ofensa? ¿Es posible no registrar la alabanza ni el insulto, de modo que la mente no se desordene jamás, de modo que tenga un vasto espacio, y la psique de la cual somos conscientes como el ‘yo’ ‑que a su vez es creado por el pensamiento y el tiempo- llegue a su fin? Siempre estamos temerosos de algo que jamás hemos visto o percibido ‑de algo que no hemos experimentado. Uno no puede experimentar la verdad. Para experimentar, tiene que haber un experimentador. El experimentador es el resultado del tiempo, de la memoria acumulada, del conocimiento, etcétera.

»Como dijimos al principio, el tiempo exige una comprensión rápida, atenta, vigilante. En nuestra vida cotidiana, ¿podemos existir sin el concepto del futuro? No el concepto ‑perdóneme, no la palabra ‘concepto’- pero, ¿puede uno vivir internamente sin el tiempo? Las raíces del cielo no están en el tiempo y el pensamiento».

«Señor, lo que usted dice se ha vuelto verdaderamente una realidad en la vida cotidiana. Sus diversas declaraciones acerca del tiempo y del pensamiento parecen ahora, mientras le escucho, tan sencillas, tan claras... y tal vez por un segundo o dos el tiempo cesa, se detiene. Pero cuando regrese a mi rutina ordinaria, con la fatiga y el hastío de todo eso ‑hasta el placer se vuelve más bien fastidioso- cuando regrese volveré a tomar los viejos hilos. Parece tan extraordinariamente difícil soltar los viejos hilos y mirar, sin reacción alguna, el paso del tiempo. Pero estoy empezando a comprender (y espero que no sea sólo verbalmente) que existe una posibilidad de no registrar, si puedo usar esa palabra. Me doy cuenta de que yo soy el registro. He sido programado para ser esto o aquello. Eso puede uno verlo con bastante facilidad, y tal vez pueda descartarlo por completo. Pero la terminación del pensamiento y de las intrincaciones del tiempo requiere una observación intensa, muchísima investigación. Pero, ¿quién es el que va a investigar, puesto que el investigador mismo es el resultado del tiempo? Capto algo. Lo que usted realmente dice es: Sólo observar sin reacción alguna, prestar atención total a las cosas comunes de la vida, y ahí descubrir la posibilidad de terminar con el tiempo y el pensamiento. Verdaderamente, ha sido ésta una interesante conversación».

El Último Diario 1983 - 1984

Viernes, 25 de marzo, 1983

Jiddu Krishnamurti, El Último Diario 1983 - 1984. Krishnamurti to Himself. Jiddu Krishnamurti en español.

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