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El Último Diario 1983 - 1984

Jueves, 31 de marzo, 1983

Había estado lloviendo todo el día y las nubes colgaban bajas sobre el valle, los cerros y las montañas. Los cerros eran por completo invisibles.

Es una mañana más bien sombría, pero hay hojas nuevas, nuevas flores y las cosas pequeñas están creciendo rápidamente. Es primavera, y están todas estas nubes y esta penumbra... La tierra se está recuperando del invierno, y en esta recuperación hay una gran belleza. Ha estado lloviendo casi todos los días por el último mes y medio, con grandes vientos y tormentas que destruyeron muchas casas y produjeron deslizamientos de tierra hacia la parte baja de los cerros. A todo lo largo de la costa se observa una gran destrucción. En esta parte del país todo parece ser muy desmedido. Nunca es lo mismo de un invierno a otro. Un invierno puede no llover casi nada, y en otros inviernos pueden descargarse las lluvias más destructivas, con enormes olas monstruosas que inundan los caminos. Y aunque estábamos en primavera, los elementos jamás se mostraban afables con la tierra.

Por todo el país hay manifestaciones contra clases particulares de guerra, contra la destrucción nuclear. Están el pro y el contra. Los políticos hablan de la defensa, pero de hecho no existe tal defensa; sólo existe la guerra, la matanza de millones de personas. Es ésta una situación bastante difícil. Es un gran problema el que el hombre está afrontando. Un lado quiere expandirse a su propio modo, el otro está apremiando agresivamente, vendiendo armas, originando ciertas definidas ideologías e invadiendo territorios.

El hombre se está formulando ahora una pregunta que debió haberse formulado muchos años antes, no a último momento. Se ha estado preparando para las guerras durante todos los días de su vida. La preparación para la guerra parece ser, desafortunadamente, nuestra tendencia natural. Habiendo recorrido un largo trecho de ese camino, ahora nos preguntamos: ¿Qué haremos? ¿Qué hemos de hacer nosotros, los seres humanos? Al enfrentarnos realmente al problema, ¿cuál es nuestra responsabilidad? Esto es lo que de hecho está afrontando nuestra humanidad actual, no qué tipos de instrumentos de guerra debemos inventar y construir. Siempre originamos una crisis y después nos preguntamos qué hacer. Dada la situación tal como es ahora, los políticos y el gran público en general decidirán con su orgullo nacional y racial, con sus patrias, sus suelos natales y todo eso.

La pregunta es demasiado tardía. La pregunta que tenemos que formularnos, a pesar de la acción inmediata que podamos tomar, es si resulta posible terminar con todas las guerras, no con una clase particular de guerra ‑la nuclear o la ortodoxa- y descubrir muy seriamente cuáles son las causas de la guerra. Hasta que esas causas no se descubran y se disuelvan, ya sea que tengamos guerras convencionales o la forma nuclear de guerra, continuaremos igual y el hombre destruirá al hombre.

De modo que realmente debemos preguntarnos: ¿Cuáles son, esencialmente, fundamentalmente, las causas de la guerra? Tenemos que ver juntos las verdaderas causas, no las inventadas, no las causas románticas, patrióticas y toda esa insensatez, sino ver realmente por qué el hombre prepara el asesinato legal ‑la guerra. Hasta que no investiguemos esto y encontremos la respuesta, las guerras proseguirán. Pero no lo estamos considerando con seriedad suficiente, no estamos intensamente comprometidos en el descubrimiento de las causas de la guerra. Desechando lo que ahora tenemos que afrontar, la inmediatez del problema, la crisis presente, ¿podemos juntos descubrir las verdaderas causas y anularlas, disolverlas? Esto requiere que tengamos el impulso de encontrar la verdad.

Uno tiene que preguntarse por qué existe esta división ‑el ruso, el americano, el inglés, el francés, el alemán, etcétera-, por qué existe esta división entre hombre y hombre, entre raza y raza, cultura contra cultura, una serie de ideologías contra otra. ¿Por qué? ¿Por qué esta separación? El hombre ha dividido la tierra como ‘mía’ y ‘tuya’ ‑¿por qué? ¿Por qué esta separación? ¿Es porque tratamos de encontrar seguridad, autoprotección en un grupo particular, o en una fe o creencia particular? Porque las religiones también han dividido a la humanidad, han puesto al hombre contra el hombre ‑los hindúes, los musulmanes, los cristianos, los judíos, etcétera. El nacionalismo, con su infortunado criterio patriótico, es realmente una forma glorificada, ennoblecida del espíritu tribal. En una tribu pequeña o en una tribu muy grande, impera el sentimiento de estar unidos mediante la misma lengua, las mismas supersticiones, la misma clase de sistema político o religioso. Y ahí uno se siente a salvo, protegido, feliz, cómodo. Y por esa seguridad, por esa comodidad, estamos dispuestos a matar a otros que igualmente desean estar seguros, sentirse protegidos, pertenecer a algo. Este terrible anhelo de identificarnos con un grupo, con una bandera, con un ritual religioso y esas cosas, nos da la sensación de que tenemos raíces, de que no somos nómadas sin hogar. Existe ese deseo, ese apremio por encontrar las propias raíces.
Y también hemos dividido el mundo en esferas de poder económico, con todos sus problemas. Tal vez una de las principales causas de la guerra sea la industria pesada. Cuando la industria y la economía marchan mano a mano con la política, deben inevitablemente alimentar una actividad separativa a fin de mantener su nivel económico. Todos los países, tanto los grandes como los pequeños, están haciendo esto. Los países pequeños son armados por las grandes naciones ‑en algunos casos silenciosamente, subrepticiamente, en otros, abiertamente. La causa de toda esta desdicha, de este sufrimiento y del enorme despilfarro de dinero en armamentos, ¿es el visible mantenimiento del orgullo, del anhelo de ser superiores a otros?

Ésta es nuestra tierra, no la tierra mía o la de él. Hemos nacido para vivir en ella, ayudándonos unos a otros, no destruyéndonos unos a otros. Éste no es ningún disparate romántico, sino el hecho real. Pero el hombre ha dividido la tierra esperando con eso encontrar, en lo particular, la felicidad, la seguridad, un sentido de bienestar duradero. A menos que ocurra un cambio radical y eliminemos todas las nacionalidades, todas las ideologías, todas las divisiones religiosas, y establezcamos una relación global ‑primero psicológicamente, internamente, antes de organizar lo externo- continuaremos con las guerras. Si dañamos a otros, si matamos a otros, ya sea a causa de la ira o mediante el asesinato organizado que se llama guerra, cada uno de nosotros ‑que es el resto de la humanidad, no un ser humano separado que pelea con el resto de la humanidad- se está destruyendo a sí mismo.

Éste es el problema básico, real, que tenemos que comprender y resolver. Hasta que no nos comprometamos dedicándonos a erradicar estas divisiones nacionales, económicas y religiosas, estaremos perpetuando la guerra, seremos responsables por todas las guerras ‑tradicionales o nucleares.

Ésta es, verdaderamente, una cuestión muy importante y urgente: averiguar si el hombre, cada uno de nosotros puede producir este cambio en sí mismo. No decir: «Si yo cambio, ¿tendrá eso algún valor? ¿No será sólo una gota en un lago muy vasto, sin efecto alguno en absoluto? ¿Qué sentido tiene que yo cambie?» Ésta es una pregunta equivocada, porque uno es el resto de la humanidad. Uno es el mundo, no está separado del mundo. Uno no es un americano, un ruso, un hindú o un musulmán. Existimos aparte de estas etiquetas, de estas palabras; cada uno de nosotros es el resto de la humanidad porque su conciencia, sus reacciones, son similares a las de los otros. Podemos hablar un idioma diferente, tener costumbres diferentes, eso es la cultura superficial ‑aparentemente, todas las culturas son superficiales- pero nuestra conciencia, nuestras reacciones, nuestra fe, nuestras creencias e ideologías, nuestros miedos y ansiedades, la soledad, el dolor y el placer que experimentamos, son similares a los del resto de la humanidad. Si uno cambia, ello afectará a toda la humanidad.

Es importante considerar esto ‑no de manera vaga o superficial- al investigar, buscar, examinar las causas de la guerra. La guerra sólo puede comprenderse y se le puede poner fin, si uno mismo y todos aquellos que se interesan profundamente en la supervivencia del ser humano, sienten que son totalmente responsables por la matanza de otros. ¿Qué es lo que nos hará cambiar? ¿Qué hará que nos demos cuenta de la espantosa situación que ahora hemos originado? ¿Qué hará que nos opongamos a toda división ‑religiosa, nacional, ética, etcétera? ¿Lo hará un mayor sufrimiento? ¡Pero si hemos tenido miles y miles de años de sufrimiento y el hombre no ha cambiado! Aún prosigue la misma tradición, el mismo sentimiento tribal, las mismas divisiones religiosas de ‘mi dios’ y ‘tu dios’.

Los dioses y sus representantes los ha inventado el pensamiento; no tienen una realidad factual en nuestra vida cotidiana. Casi todas las religiones han dicho que matar seres humanos es el mayor de los pecados. Mucho antes del cristianismo, los hindúes decían esto, lo decían los budistas, y no obstante la gente mata a pesar de su creencia en un dios, o de su creencia en un salvador y cosas así; y continúa por la senda de la matanza humana. ¿Nos cambiará la recompensa del cielo o el castigo del infierno? Eso también se le ha ofrecido al hombre; y también eso ha fracasado. Ninguna imposición externa, ni leyes, ni sistemas detendrán jamás la matanza del hombre. Ninguna convicción intelectual o romántica pondrá tampoco fin a las guerras. Éstas terminarán sólo cuando cada uno de nosotros, como los demás seres humanos, veamos la verdad de que mientras siga habiendo división en cualquiera de sus formas, tiene que haber conflicto, limitado o amplio, reducido o expansivo, tiene que haber lucha, dolor. De modo que uno es responsable, no sólo hacia sus hijos, sino hacia el resto de la humanidad. A menos que esto se comprenda profundamente, no de manera verbal o a base de ideas o del mero intelecto, sino que lo sintamos en nuestra sangre, en nuestro modo de mirar la vida, en nuestras acciones, estaremos sosteniendo el asesinato organizado que llamamos ‘guerra’. La instantánea percepción de esto es mucho más importante que la respuesta inmediata a un problema que es la consecuencia de miles de años en que el hombre viene matando al hombre.

El mundo está enfermo, y no hay nadie de afuera que pueda ayudarlo a uno, excepto uno mismo. Hemos tenido líderes, especialistas, toda clase de agentes externos, incluyendo a Dios ‑y no han tenido efecto, no han ejercido influencia alguna sobre nuestro estado psicológico. Ellos no pueden guiarnos. Ningún estadista, ningún maestro, ningún gurú, nadie puede hacer que en lo interno seamos fuertes y supremamente sanos. En tanto estemos en desorden, en tanto no mantengamos nuestra casa interna en una condición apropiada, en un estado correcto, crearemos el profeta externo, y éste siempre nos llevará por un camino engañoso. Nuestra casa está en desorden, y nadie en esta tierra o en el cielo puede producir orden en nuestra casa. A menos que uno comprenda por sí mismo la naturaleza del desorden, la naturaleza del conflicto, la naturaleza de la división, la casa de uno ‑que es uno mismo- siempre permanecerá en desorden, estará en guerra.

No es cuestión de quién tiene el más grande poder militar. Es más bien el problema del hombre contra el hombre; es el hombre el que ha creado las ideologías, y estas ideologías que el hombre ha creado están las unas contra las otras. Hasta que estas ideas, estas ideologías, lleguen a su fin y cada hombre se vuelva responsable por los otros seres humanos, no podrá haber paz en el mundo.

El Último Diario 1983 - 1984

Jueves, 31 de marzo, 1983

Jiddu Krishnamurti, El Último Diario 1983 - 1984. Krishnamurti to Himself. Jiddu Krishnamurti en español.

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