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El Último Diario 1983 - 1984

Lunes, 18 de abril[2], 1983

Es un nuevo día, y el sol aún tardará más o menos una hora en levantarse. Está muy oscuro y los árboles se hallan silenciosos a la espera del amanecer, de que el sol asome detrás de los cerros. Debería haber una plegaria para el amanecer. Éste llega muy lentamente, penetrando el mundo en su totalidad. Y aquí, en esta casa tranquila y apartada, rodeada de naranjos y algunas flores, hay una quietud extraordinaria. Todavía los pájaros no han comenzado a cantar su canto matinal. El mundo está dormido, al menos lo está en esta parte de la tierra, lejos de toda civilización, lejos del ruido, de la brutalidad, de la vulgaridad y de la palabrería de los políticos.

Pausadamente, con gran paciencia, el amanecer se inicia en el profundo silencio de la noche, silencio que rompen la paloma torcaza y el ulular de un búho. Hay numerosos búhos aquí llamándose unos a otros. Y los cerros y los árboles están empezando a despertar. El alba comienza en medio del silencio, cada vez más luminosa, mientras el rocío cubre las hojas y el sol va asomando sobre el cerro. Sus primeros rayos quedan atrapados en aquellos árboles altísimos, en ese viejo roble que ha estado ahí por mucho, muchísimo tiempo. Y la paloma torcaza empieza con su suave y lastimero llamado. Al otro lado del camino, más allá de los naranjos, se escucha el reclamo de un pavo real. Incluso en esta parte del mundo hay pavos reales, al menos unos pocos. Y el día ha comenzado. Es un día maravilloso; tan nuevo, tan fresco, tan vital y pleno de belleza. Es un nuevo día, sin recuerdo alguno del pasado, sin el llamado de algún otro día.

Es una gran maravilla observar todas esas bellezas ‑aquellos brillantes naranjos con sus hojas oscuras, y las pocas flores, resplandecientes en su gloria. Uno se sorprende ante esta luz extraordinaria que sólo esta parte del mundo parece poseer. Se asombra cuando contempla la creación que parece no tener principio ni fin ‑no una creación del ingenioso pensamiento, sino la creación de una mañana nueva. Esta mañana es como si jamás hubiera sido antes, tan brillante, tan clara. Y los cerros azules la contemplan. Es la creación de un día nuevo como jamás ha existido en el pasado.

Hay una ardilla con una larga y tupida cola, temblando tímida en el antiguo pimentero que ha perdido numerosas ramas; está envejeciendo mucho. Debe de haber visto innumerables tormentas; igual que al roble, en su vejez se le ve sereno, con una gran dignidad. Es una mañana nueva, plena de una vida antigua; es una mañana sin tiempo, sin problemas. Existe, y eso en sí es un milagro. Es una mañana nueva sin recuerdo alguno. Todos los días pasados han tocado a su fin, se han ido, y la voz de la paloma torcaza llega a través del valle; el sol está ahora sobre el cerro y cubre la tierra. Y esto tampoco tiene un ayer. Los árboles bajo el sol, y las flores, no tienen tiempo. Es el milagro de un nuevo día.

«Queremos continuidad», dijo el hombre. «La continuidad forma parte de nuestra vida. La continuidad de generación tras generación, de la tradición, de las cosas que hemos conocido y recordado. Anhelamos la continuidad y hemos de tenerla. De lo contrario, ¿qué somos? La continuidad está en las raíces mismas de nuestro ser. Existir es continuar. La muerte puede venir, puede haber un fin para muchas cosas, pero siempre está la continuidad. Retrocedemos en el tiempo para encontrar nuestras raíces, nuestra identidad. Si uno ha conservado el conocimiento de sus comienzos como una familia, probablemente pueda rastrear su identidad generación tras generación por muchos siglos ‑si es que uno se interesa en esa clase de cosas. La continuidad del culto a un dios, la continuidad de las ideologías, la continuidad de opiniones, valores, juicios, conclusiones ‑hay una continuidad en todas las cosas que uno recuerda. Hay una continuidad desde el momento en que nacemos hasta que morimos, con todas las experiencias, con todo el conocimiento que el hombre ha adquirido. ¿Es eso una ilusión?»

«¿Qué es lo que tiene continuidad? Ese roble, que probablemente tiene doscientos años, posee una continuidad hasta que muere o es tronchado por el hombre. ¿Y cuál es esta continuidad que el hombre desea y anhela tanto? ¿El nombre, la forma, la cuenta bancaria, las cosas que se recuerdan? La memoria posee una continuidad, las remembranzas de aquello que ha sido. Toda la psique es memoria y nada más. Le atribuimos a la psique muchas cosas cualidades, virtudes, acciones deshonestas, y el ejercicio de muchos actos inteligentes tanto en el mundo externo como en el interno. Y si uno la examina diligentemente, sin ningún prejuicio, sin conclusión alguna, comienza a ver que toda nuestra existencia es una vasta red de recuerdos, de remembranzas, de cosas que han sucedido antes; y todo eso es lo que tiene continuidad. Y a eso nos aferramos desesperadamente».

La ardilla ha regresado. Ha estado lejos por un par de horas; ahora está de vuelta sobre la rama mordisqueando alguna cosa, observando, escuchando extraordinariamente alerta y vigilante, activa, vibrante de excitación. Viene y parte sin decirle a uno adónde va ni cuándo regresará. Y a medida que el día se pone más caluroso, la torcaza y los otros pájaros desaparecen. Hay unas cuantas palomas que vuelan en grupo de un lugar a otro. Se puede escuchar el sonido de sus alas batiendo el aire. Solía haber un zorro por aquí ‑uno no lo ha visto por mucho tiempo. Probablemente se ha ido para siempre. Hay demasiadas personas cerca de aquí. Hay muchos roedores, pero la gente es peligrosa. Y ésta es una pequeña ardilla tímida y voluntariosa como la golondrina.

Si bien no hay continuidad excepto la de la memoria, ¿existe en todo el ser humano, en el cerebro, un lugar, un punto, un área pequeña o vasta donde la memoria no opere en absoluto, un área que la memoria no haya tocado jamás? Es una cosa notable observar todo esto, tantear el camino sensatamente, racionalmente, ver la complejidad, las intrincaciones de la memoria y su continuidad, que es, después de todo, el conocimiento. El conocimiento está siempre en el pasado, el conocimiento es el pasado. El pasado es una vasta memoria acumulada como tradición. Y cuando uno ha recorrido ese sendero diligentemente, cuerdamente, por fuerza tiene que preguntarse: ¿Existe un área en el cerebro humano, o en la propia estructura y naturaleza de un ser humano ‑no meramente en el mundo externo de sus actividades sino internamente, muy en lo profundo de los inmensos y silenciosos escondrijos de su cerebro- existe algo que no sea el resultado de la memoria, que no sea el movimiento de una continuidad?

Los cerros y los árboles, los prados y los huertos, continuarán en tanto la tierra exista, a menos que el hombre en su crueldad y desesperación lo destruya todo. El torrente, el manantial del que proviene, tienen una continuidad, pero uno nunca se pregunta si los cerros y las cosas que están más allá de los cerros poseen su continuidad propia.

Si la continuidad no existe, ¿qué es lo que hay? No hay nada. Uno tiene miedo de ser nada. ‘Nada’ [nothing] significa ‘ninguna cosa’ [not a thing] ‑ninguna cosa creada por el pensamiento, ninguna cosa proyectada por la memoria, por los recuerdos, ninguna cosa que uno pueda poner en palabras y después medir.

Sin duda alguna, con absoluta certeza, existe un área donde el pasado no proyecta ninguna sombra, donde el tiempo ‑pasado, presente y futuro- no significa nada.

Nosotros siempre hemos tratado de medir con palabras algo que no conocemos. Lo que no conocemos tratamos de entenderlo y le ponemos palabras, convirtiéndolo así en un ruido continuo. Y de este modo atoramos nuestro cerebro, que ya se encuentra atorado, con los sucesos, las experiencias, los acontecimientos del pasado. Pensamos que el conocimiento es psicológicamente de gran importancia, pero no lo es. Uno no puede elevarse internamente mediante el conocimiento; el conocimiento tiene que cesar para que lo nuevo sea. ‘Nuevo’ es una palabra para designar algo que nunca ha sido antes. Y eso no puede ser comprendido o captado por las palabras o los símbolos; está ahí, más allá de todos los recuerdos.

[2] Entre el 31 de marzo y esta fecha, Krishnamurti estuvo en Nueva York, donde ofreció dos pláticas en el Felt Forum, Madison Square Garden, y asistió a un seminario organizado por el Dr. David Shainberg.

El Último Diario 1983 - 1984

Lunes, 18 de abril, 1983

Jiddu Krishnamurti, El Último Diario 1983 - 1984. Krishnamurti to Himself. Jiddu Krishnamurti en español.

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