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El Último Diario 1983 - 1984

Martes, 19 de abril, 1983

Este invierno llovió constantemente día tras día, prácticamente durante los últimos tres meses. Ésta es más bien una extravagancia de California ‑o no llueve en absoluto o llueve como para anegar la tierra. Ha habido grandes tormentas y muy pocos días soleados. Ayer estuvo lloviendo durante todo el día y esta mañana las nubes se hallan muy bajas sobre los cerros y todo se ve bastante sombrío. Las hojas permanecen abatidas por la lluvia de ayer. La tierra se encuentra empapada. Los árboles y el magnífico roble deben de estar preguntándose dónde está el sol.

En esta mañana tan particular, con las nubes que ocultan las montañas y los cerros hasta casi tocar el valle, uno se pregunta: ¿Qué significa ser serio? ¿Qué significa tener una mente, o, si se prefiere, un cerebro muy quieto y serio? ¿Somos serios alguna vez? ¿O siempre vivimos en un mundo de superficialidad, yendo de acá para allá, peleando, riñendo violentamente sobre cosas completamente triviales? ¿Qué significa tener un cerebro muy despierto, no limitado por sus propios pensamientos, recuerdos y reminiscencias? ¿Qué significa tener un cerebro libre de toda la confusión de la existencia, de toda la angustia, de toda la ansiedad y el dolor que jamás se termina? ¿Es de algún modo posible tener una mente por completo libre, un cerebro libre no moldeado por influencias, por la experiencia y por la vasta acumulación del conocimiento?

El conocimiento es tiempo; el aprender implica tiempo. Aprender a tocar el violín requiere una paciencia infinita, meses de práctica, años de una dedicación concentrada. Aprender a adquirir una destreza, aprender a convertirse en un atleta o a armar una buena máquina, o llegar a la luna, todo esto requiere tiempo. ¿Pero hay algo que aprender acerca de la psique, acerca de lo que somos ‑todos los caprichos, las complejidades de las propias acciones y reacciones, la esperanza, el fracaso, el dolor y la alegría... qué hay que aprender acerca de todo eso? Como siempre lo hemos dicho, en cierto campo de nuestra existencia física es necesario reunir conocimientos y actuar a base de esos conocimientos, lo cual requiere tiempo. ¿Es que extendemos el mismo principio, el mismo movimiento de tiempo al mundo psicológico? Aquí también decimos que tenemos que aprender acerca de nosotros mismos, de nuestras reacciones, de nuestra conducta, de nuestras exaltaciones y depresiones, de nuestras ideaciones, etc.; pensamos que todo eso también requiere tiempo.

Uno puede aprender acerca de lo limitado, pero no puede aprender acerca de lo ilimitado. Y nosotros tratamos de aprender acerca de todo el campo de la psique, y decimos que para ello se necesita tiempo. Pero en ese campo el tiempo puede ser una ilusión, puede ser un enemigo. El pensamiento crea la ilusión, y esa ilusión se desarrolla, crece, se extiende. La ilusión de toda la actividad religiosa debe de haber empezado muy, muy sencillamente, y vean adónde ha llegado ‑con su inmenso poder, sus enormes propiedades, la gran acumulación de las obras de arte, de las riquezas; y con la jerarquía religiosa exigiendo obediencia, apremiándonos para que tengamos más fe. Todo eso es la expansión, el cultivo y el desarrollo de la ilusión, lo cual ha tomado muchos siglos. Y la psique es todo el contenido de la conciencia, es la memoria de todas las cosas pasadas y muertas. ¡Qué importancia damos a la memoria! La psique es memoria. Toda la tradición es meramente el pasado. Nos aferramos a eso, queremos aprender acerca de todo eso, y pensamos que para ello el tiempo es tan necesario como lo es en el otro campo.

No sé si alguna vez nos preguntamos si hay un final para el tiempo ‑el tiempo para llegar a ser, para realizarnos personalmente. ¿Hay algo que aprender acerca de todo eso? ¿O es posible ver que todo este movimiento ilusorio de la memoria, que parece tan real, puede terminar? Si el tiempo se detiene, ¿cuál es, entonces, la relación que hay entre aquello que está más allá del tiempo, y todas las actividades físicas del cerebro, como la memoria, el conocimiento, los recuerdos, las experiencias? ¿Qué relación hay entre lo uno y lo otro? El conocimiento y el pensamiento, ya se ha dicho, son limitados. Lo limitado no puede tener ninguna relación con lo ilimitado, pero lo ilimitado puede tener alguna clase de comunicación con lo limitado, aunque esa comunicación tiene que ser siempre limitada, estrecha, fragmentaria.

Si uno tiene predisposición mercantil, podría preguntarse cuál es la utilidad de todo esto, de qué sirve lo ilimitado, qué provecho puede el hombre sacar de eso. Siempre deseamos una recompensa. Vivimos a base del principio de premio y castigo, como un perro al que han adiestrado; uno lo premia cuando obedece. Y actuamos de manera bastante similar, en el sentido de que queremos ser recompensados por nuestras acciones, por nuestra obediencia, etcétera. Tal exigencia nace del cerebro limitado. El cerebro es el centro del pensamiento, y el pensamiento es siempre limitado bajo todas las circunstancias. Puede inventar lo teórico, lo extraordinario, lo inmensurable, pero su invención es siempre limitada. Es por eso que uno ha de estar completamente libre de todo el afán y el tráfago de la existencia y de la actividad egocéntrica, para que lo ilimitado sea.

Aquello que es inmensurable no pueden medirlo las palabras. Siempre tratamos de encerrar lo inmensurable en una estructura de palabras, pero el símbolo no es lo real. Y nosotros le rendimos culto al símbolo; por lo tanto, vivimos siempre en un estado de limitación.

De modo que, con las nubes suspendidas sobre las copas de los árboles y con los pájaros silenciosos que aguardan los truenos, ésta es una mañana apropiada para estar serios, para inquirir en toda la existencia, para cuestionar a los dioses mismos y a toda la actividad humana. Nuestras vidas son muy cortas, y durante ese corto periodo no hay nada que aprender acerca del campo total de la psique, que es el movimiento de la memoria. Sólo podemos observarlo. Observar sin movimiento alguno del pensar, observar sin el tiempo, sin el conocimiento pasado, sin el observador, que es la esencia del pasado. Sólo observar. Observar esas nubes que se forman y vuelven a formarse, observar los árboles, los pajarillos. Todo eso es parte de la vida. Cuando uno observa atentamente, diligentemente, no hay nada que aprender; sólo existe ese vasto espacio, ese silencio, ese vacío que es energía devastadora.

El Último Diario 1983 - 1984

Martes, 19 de abril, 1983

Jiddu Krishnamurti, El Último Diario 1983 - 1984. Krishnamurti to Himself. Jiddu Krishnamurti en español.

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