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El Último Diario 1983 - 1984

Viernes, 22 de abril, 1983

Aquí se está a unos 1.400 pies de altura en medio de huertos de naranjos y aguacates, y con lo cerros detrás de la casa. El cerro más alto que hay en los alrededores tiene unos 6.500 pies. Quizá podría llamársele una montaña, y su viejo nombre es Topa Topa. Los indos antiguos vivían aquí; tienen que haber sido muy singulares, una raza bastante refinada. Puede que hayan sido crueles, pero quienes los destruyeron eran mucho más crueles. Aquí arriba, después de un día lluvioso, la naturaleza aguarda sofocada otra tormenta, y el mundo de las flores y de los pequeños arbustos se regocija en esta quieta mañana, e incluso las hojas parecen muy brillantes, intensamente puras. Hay un rosal que está lleno de rosas de un color rojo subido; la belleza de ese rosal, su perfume, la inmovilidad de esas flores, es una maravilla.

Descendimos en el viejo automóvil que han conservado muy pulido, con un motor que funciona suavemente ‑descendimos hacia el pueblo, luego atravesamos el pueblo pasando por todas esas pequeñas construcciones, algunas escuelas, y salimos al espacio abierto densamente sembrado de aguacates-, bajando pasamos por el barranco doblando hacia uno y otro lado por una carretera lisa, muy bien construida; después subimos y subimos y subimos, tal vez a más de 5.000 pies. Aquí el automóvil se detuvo, y estábamos a una gran altura dominando todos los cerros que se veían muy verdes, poblados de arbustos, árboles y barrancos profundos. Parecía que aquí en lo alto nos encontrábamos entre los dioses.

Muy pocos usaban esa carretera que continuaba a través del desierto hasta una gran ciudad a millas de distancia, lejos a la izquierda de uno. Cuando se mira hacia el sur, se ve el mar muy distante -el Pacífico. Aquí está todo muy tranquilo. Aunque el hombre ha construido esta carretera, afortunadamente no se ve la huella del hombre. Ha habido incendios aquí arriba, pero eso fue hace muchos años. Pueden verse algunos tocones quemados, negros, pero alrededor de los mismos hoy todo se ha vuelto verde. Ha habido lluvias intensas y ahora está todo florecido, púrpura, azul y amarillo, con brillantes manchas rojas aquí y allá. La gloria de la tierra jamás ha sido tan profundamente compasiva como aquí arriba.

Nos sentamos al costado de la carretera, que estaba muy limpia. Era la tierra; la tierra está siempre limpia. Y había pequeñas hormigas, insectos minúsculos reptando, corriendo por todas partes. Pero no hay animales salvajes aquí arriba, lo cual es extraño. Puede que los haya durante la noche ‑venados, coyotes y tal vez unos cuantos conejos y liebres. Ocasionalmente, un automóvil pasaba cerca y eso rompía el silencio, la dignidad y pureza del silencio. Es éste un lugar realmente extraordinario.

Las palabras no pueden medir la extensión y vastedad del espacio, ni los ondulados cerros, ni el cielo azul ni el desierto distante. Eso era la totalidad de la tierra. Uno apenas si se atrevía a hablar, tanto exigía el silencio que no se le perturbara. Y ese silencio tampoco pueden medirlo las palabras. Si uno fuera un poeta, probablemente lo mediría con las palabras, lo expresaría en un poema, pero eso que se escribe no es lo real. La palabra no es la cosa. Y aquí, sentado junto a una roca que se estaba calentando con el sol, el hombre no existía. Los ondulados cerros, las más altas montañas, los grandes y extensos valles, el profundo azul; no había nada más que eso; uno no existía.

Desde los tiempos antiguos, todas las civilizaciones han tenido este concepto de la medida. Todas sus maravillosas construcciones se basaban en la medida matemática. Cuando uno mira la Acrópolis y la gloria del Partenón, y los edificios de ciento diez pisos de Nueva York, ve que todo tiene que basarse en esta medida.

El medir no lo es sólo mediante la regla; la medida existe en el cerebro mismo: lo alto y lo bajo, lo mejor, el más. Este proceso comparativo ha existido desde los tiempos más remotos. Siempre estamos comparando. La aprobación de los exámenes desde la escuela, el colegio, la universidad ‑todo nuestro estilo de vida se ha vuelto una serie de medidas calculadas: lo bello y lo feo, lo noble y lo innoble ‑toda nuestra escala de valores, los argumentos que terminan en conclusiones, el poder del pueblo, el poder de las naciones. La acción de medir ha sido necesaria para el hombre. Y el cerebro, estando condicionado por la medida, por la comparación, trata de medir lo inmensurable ‑midiendo con las palabras lo que jamás puede ser medido. Ha sido un largo proceso de siglos y siglos ‑los dioses mayores y los dioses menores, medir la vasta extensión del universo y medir la velocidad de un atleta. Esta comparación ha dado origen a muchos temores y sufrimientos.

Ahora, en esa roca, un lagarto ha llegado para calentarse muy cerca de nosotros. Uno puede ver sus negros ojos, su lomo escamoso y la larga cola; está muy quieto, inmóvil. El sol ha calentado mucho esa roca; y el lagarto, habiendo salido de su fría noche para calentarse, está aguardando que venga alguna mosca o un insecto ‑medirá la distancia y lo atrapará con un chasquido.

Vivir sin comparar, vivir sin ninguna clase de medición en lo interno, no comparar jamás lo que uno es con lo que uno debería ser. La palabra ‘meditación’ no significa solamente ponderar, reflexionar sobre algo, indagar, mirar, sopesar; en sánscrito tiene también un significado mucho más profundo ‑cubrir una distancia, o sea, ‘llegar a’. En la meditación no tiene que existir la medida. Esta meditación no tiene que ser una meditación consciente, con posturas deliberadamente escogidas. Esta meditación tiene que ser por completo inconsciente, sin que se sepa jamás que uno está meditando. Si uno medita deliberadamente, ésa es otra forma del deseo, como cualquier otra expresión del deseo. Los objetos del deseo pueden variar; nuestra meditación puede ser para alcanzar lo supremo, pero el motivo es el deseo de lograr, igual que el hombre de negocios, o el constructor de una gran catedral. La meditación es un movimiento sin motivo alguno, sin palabras, sin la actividad del pensamiento. Tiene que ser algo que no se emprende deliberadamente. Sólo entonces la meditación es un movimiento en lo infinito, inmensurable para el hombre, sin meta establecida, sin fin y sin principio. Y eso ejerce una acción extraña en la vida cotidiana, porque entonces la vida es una sola, y así se vuelve sagrada. Y aquello que es sagrado no podemos matarlo. Matar a otro es impío y atroz. Clama a los cielos como un pájaro preso en una jaula. Uno nunca se da cuenta de lo sagrada que es la vida, no sólo la pequeña vida de uno sino las vidas de millones de otros seres, desde las criaturas de la naturaleza hasta los extraordinarios seres humanos. Y en la meditación que no contiene en sí medida alguna, está la verdadera acción de aquello que es lo más noble, lo más sagrado y santo.

El otro día, a la orilla de un río[4] -¡qué bellos son los ríos!, no hay un único río sagrado, todos los ríos del mundo tienen su propia divinidad-, el otro día un hombre estaba sentado a orillas de un río, envuelto en una tela de color castaño amarillento. Sus manos estaban ocultas, sus ojos cerrados y su cuerpo muy quieto. Tenía en las manos un rosario, y repetía algunas palabras mientras sus dedos se movían de una cuenta a otra. Había hecho esto por muchos años y jamás pasó por alto una cuenta. Y el río ondeaba junto a él. Su corriente era profunda. Comenzaba entre las grandes montañas, distantes y coronadas de nieve; comenzaba como una corriente pequeña, y a medida que avanzaba hacia el sur reunía en sí todos los pequeños arroyos y ríos, y se convertía en un río caudaloso. En esa parte del mundo, la gente le rendía culto. Uno no sabe por cuántos años este hombre había estado repitiendo su mantra mientras hacía rodar las cuentas del rosario. Él meditaba ‑al menos la gente creía que él estaba meditando, y probablemente él también lo creía. Así que todos los transeúntes lo miraban, se quedaban silenciosos y después proseguían con su risa y su cháchara. Esa casi inmóvil figura ‑uno podía ver a través de la tela sólo una leve acción de los dedos- había estado sentada ahí por un tiempo muy largo, completamente absorta, porque no oía otro sonido que el sonido de sus propias palabras y el ritmo, la música de las mismas. Y él diría que estaba meditando. Hay otros miles como él por todo el mundo, en silenciosos y profundos monasterios en medio de cerros, ciudades y junto a los ríos.

La meditación no consiste en palabras, no es un mantra ni es autohipnosis, la droga de las ilusiones. Tiene que darse sin nuestra volición. Debe tener lugar en el sereno silencio de la noche, cuando uno despierta súbitamente y ve que el cerebro está quieto y que se está desarrollando una peculiar cualidad de meditación. Ha de moverse tan silenciosamente como una víbora entre la alta hierba, verde a la luz pura de la mañana. La meditación ha de tener lugar en las ocultas profundidades del cerebro. No es un logro. Carece de práctica, método o sistema alguno. La meditación empieza con el fin de la comparación, con el fin del devenir o no devenir. Tal como la abeja susurra entre las hojas, así el susurro de la meditación es acción.

[4] Ésta es una evocación de cuando él estuvo en Benarés, a orillas del Ganges.

El Último Diario 1983 - 1984

Viernes, 22 de abril, 1983

Jiddu Krishnamurti, El Último Diario 1983 - 1984. Krishnamurti to Himself. Jiddu Krishnamurti en español.

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