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El Último Diario 1983 - 1984

Sábado, 23 de abril, 1983

Las nubes están aún suspendidas sobre los cerros, el valle y las montañas. Ocasionalmente, hay una apertura en el cielo y a través de ella pasa el sol, brillante, claro, pero pronto desaparece. Es agradable una mañana así, serena, fresca, con todo el mundo verde que a uno le rodea. Cuando llegue el verano, el sol quemará toda la hierba verde, y los prados al otro lado del valle quedarán resecos, sedientos, y toda esta hierba con su radiante verdor habrá desaparecido. Toda la frescura desaparece con el verano.

Uno disfruta estas mañanas tranquilas. Las naranjas tienen un brillo intenso, y las hojas de un verde oscuro se ven relucientes. Y el aire está impregnado con el perfume de los azahares, un perfume fuerte, casi sofocante. Hay una clase diferente de naranja que se habrá de recoger más tarde, antes de que llegue el calor del verano. Ahora la hoja verde, la naranja y la flor se encuentran en el mismo árbol y al mismo tiempo. Es un mundo muy bello, y el hombre es por completo indiferente a él; estropea la tierra, los ríos, las bahías y los lagos de agua pura.

Pero dejamos todo eso detrás y caminamos por un estrecho sendero en lo alto del cerro, donde hay un pequeño torrente que en pocas semanas más estará seco. Recorremos el sendero con un amigo, y mientras conversamos, de cuando en cuando observamos los múltiples tonos de verde. Hay una gran variedad, desde el verde más suave, el verde nilo, y tal vez más suave aun, más azul, hasta los verdes oscuros, exquisitos, llenos de su propia riqueza. Y cuando uno está subiendo por el sendero, arreglándoselas para mantenerse lado a lado junto al amigo, sucede que levanta del suelo algo arrebatadoramente hermoso, centelleante, una joya de extraordinaria antigüedad y belleza. Es sorprendente encontrarla en este sendero de tantos animales que sólo unas pocas personas han pisado. Uno la contempla con gran asombro. Está tan sutilmente hecha, es tan compleja que ninguna mano de joyero podría haberla fabricado jamás. Uno la sostiene por un rato, maravillado y silencioso. Luego la guarda cuidadosamente en el bolsillo interior que abotona, casi temeroso de que pueda perderla o de que la joya pueda perder su resplandor, su deslumbrante belleza. Y entonces pone su mano en la parte externa del bolsillo que la contiene. El otro ve que uno hace esto y ve que el rostro y los ojos de uno han experimentado un cambio notable Hay una especie de éxtasis, un asombro inexpresable, una excitación muy intensa.

Cuando el hombre pregunta: «¿Qué es lo que usted ha encontrado que le produce una exaltación tan extraordinaria?», uno responde con voz suave, dulce (¡a uno le resulta tan extraño escuchar su propia voz!), que ha recogido la verdad. Uno no quiere hablar de ello, está más bien asustado; el mero hablar podría destruirla. Y el hombre que camina a nuestro lado se siente ligeramente molesto de que no nos comuniquemos libremente con él, y dice que si uno ha encontrado la verdad, debe dejar que descienda al valle y organizarla de modo que otros la comprendan, que otros puedan captarla y que eso tal vez podrá ayudarles. Uno no contesta, lamenta haberle hablado alguna vez al respecto.

Los árboles están repletos de flores. Incluso aquí arriba, en la ligera brisa que asciende desde el valle, llega a percibirse el aroma de los azahares, y si uno mira hacia abajo, ve el valle lleno de naranjos y siente el aire quieto, intenso e inmóvil que ahí se respira. Pero uno ha dado con algo que es lo más precioso, que jamás puede ser revelado a otro. Otros puede que lo encuentren, pero uno lo posee, lo conserva y lo adora.

Las instituciones y organizaciones de todo el mundo no han ayudado al hombre. Están todas las organizaciones físicas para las propias necesidades; están las instituciones de la guerra, de la democracia, las instituciones de la tiranía y las instituciones de la religión ‑han tenido su época y continúan, y el hombre las respeta, anhela ser socorrido por ellas no sólo físicamente sino en lo interno, bajo la piel, allí donde el dolor late persistentemente, donde el tiempo proyecta su sombra y donde reinan los más trascendentes pensamientos. Ha habido instituciones de muchas, muchas clases desde los más remotos tiempos, y no han cambiado internamente al hombre. Las instituciones jamás pueden cambiar al hombre en lo psicológico, en lo profundo. Y uno se pregunta por qué el hombre las ha creado, puesto que todas las instituciones del mundo han sido creadas por el hombre en la esperanza de que pudieran ayudarle, darle alguna clase de seguridad perdurable. Y extrañamente, no ha sido así. Al parecer, jamás nos damos cuenta de este hecho. Creamos más y más instituciones, más y más organizaciones ‑una organización opuesta a la otra.

Es el pensamiento el que está inventando todas estas organizaciones, no sólo las democráticas o las totalitarias; el pensamiento también percibe, advierte, que lo que ha creado no ha cambiado básicamente la estructura, la naturaleza del propio ser. Las instituciones, las organizaciones y todas las religiones son creadas por el pensamiento, por el agudo, ingenioso, erudito pensamiento. Aquello que el pensamiento ha creado, producido, da forma a su propio pensar. Y si uno es serio, intenso en su investigación, se pregunta: ¿Por que el pensamiento no se ha dado cuenta de su propia actividad? ¿Puede el pensamiento percibir su propio movimiento? ¿Puede el pensamiento verse a sí mismo, ver lo que está haciendo, tanto en lo externo como en lo interno?

En realidad no existe lo externo y lo interno ‑lo interno crea lo externo, y lo externo moldea entonces lo interno. Este flujo y reflujo de acción y reacción es el movimiento del pensar, y el pensamiento está siempre tratando de conquistar lo externo, y consigue su propósito originando con ello múltiples problemas; al resolver un problema, aparecen otros problemas. El pensamiento también ha dado forma a lo interno, moldeándolo de acuerdo con las exigencias externas. Este proceso, aparentemente inacabable, ha creado esta sociedad, fea, cruel, inmoral y violenta. Y habiéndola creado, lo interno se esclaviza a ella. Lo externo moldea lo interno y lo interno moldea lo externo. Este proceso ha estado ocurriendo por miles y miles de años, y el pensamiento no parece darse cuenta de su propia actividad. De modo que uno se pregunta: ¿Puede el pensamiento percibirse de algún modo a sí mismo ‑darse cuenta de lo que está haciendo? No existe un pensador aparte del pensamiento; el pensamiento ha creado al pensador, al experimentador, al analizador. El pensador, el ‘uno’ que está observando, que actúa, es el pasado con toda la herencia del hombre, la herencia biológica, genética ‑las tradiciones, los hábitos y todo el conocimiento acumulado. Después de todo, el pasado es conocimiento, y el pensador no está separado del pasado. El pensamiento crea el pasado, el pensamiento es el pasado; entonces el pensamiento se divide en el pensador y el pensamiento al cual el pensador debe moldear, controlar. Pero ésa es una idea falsa; sólo existe el pensamiento. El sí mismo es el ‘yo’, el pasado. La imaginación puede proyectar el futuro, pero ésa sigue siendo la actividad del pensamiento.

De modo que el pensar, que es el resultado del conocimiento, no ha cambiado al hombre y jamás lo cambiará, porque el conocimiento es y será siempre limitado. Uno se pregunta, pues, nuevamente: ¿Puede el pensamiento percibirse a sí mismo, el pensamiento, que ha creado toda nuestra conciencia ‑acción y reacción, las respuestas sensorias, la sensualidad, los temores, las aspiraciones, la persecución del placer, toda la agonía de la soledad y el sufrimiento que el hombre se ha ocasionado a causa de las guerras, de su irresponsabilidad, de su duro egocentrismo? Toda ésa es la actividad del pensamiento, el cual ha inventado el infinito y el dios que mora en lo infinito. Todo eso es la actividad del tiempo y del pensamiento.

Cuando uno llega a este punto se pregunta si el viejo instrumento, que está agotado ‑y que, después de todo, es el cerebro- puede producir una mutación radical en el hombre. Cuando el pensamiento se da cuenta de sí mismo, cuando ve dónde el conocimiento es necesario en el mundo físico y comprende su propia limitación, entonces se aquieta, queda en silencio. Sólo entonces existe un instrumento nuevo que no es producto del tiempo o del pensar, que no tiene relación alguna con el conocimiento. Es este instrumento ‑puede que la palabra instrumento no sea la correcta-, es esta percepción la que siempre es nueva, puesto que se halla libre del pasado, de los recuerdos; es inteligencia que nace de la compasión. Esa percepción da origen a una mutación profunda en las células mismas del cerebro, y su acción es siempre la acción correcta, clara, precisa, en la que no hay sombra alguna del pasado, del tiempo.

El Último Diario 1983 - 1984

Sábado, 23 de abril, 1983

Jiddu Krishnamurti, El Último Diario 1983 - 1984. Krishnamurti to Himself. Jiddu Krishnamurti en español.

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