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El Último Diario 1983 - 1984

Martes, 26 de abril, 1983

Uno vio un pájaro morir, herido por un hombre. Estaba volando bellamente con un rítmico batir de alas, con total libertad y falta de temor. Y la escopeta lo destrozó; cayó a tierra y toda la vida había huido de él. Un perro fue a cobrar la presa, y el hombre la agregó a otros pájaros muertos. Estaba charlando con su amigo y parecía por completo indiferente. Todo lo que le interesaba era abatir tantos pájaros como fuera posible, y en lo que a él tocaba ya tenía de sobra. Están matándolo todo en el mundo. Esos grandes, maravillosos animales del mar, las ballenas, son muertos por millones, y el tigre y muchos otros animales hoy se están volviendo especies en peligro de extinción. El hombre es el único animal al que hay que temerle.

Hace tiempo, estando uno alojado con un amigo en lo alto de los cerros, llegó un hombre y le contó al posadero que durante la última noche un tigre había matado una vaca, y nos preguntó si nos gustaría ver al tigre esa noche. Él podía arreglarlo construyendo una plataforma en un árbol y dejando atada una cabra; el balido de la cabra, del pequeño animal, atraería al tigre y nosotros podríamos verlo. Ambos rehusamos satisfacer nuestra curiosidad tan cruelmente. Pero más tarde, ese mismo día, el posadero sugirió que tomáramos el automóvil y nos internáramos en el bosque para tratar de ver al tigre. De modo que al anochecer nos acomodamos en un automóvil con las ventanillas abiertas, el cual era conducido por un chófer, y nos internamos profundamente en el bosque por varias millas. Por supuesto que no vimos nada. Se estaba poniendo muy oscuro y se encendieron los faros delanteros; cuando dimos la vuelta el tigre estaba ahí, sentado justo en medio del camino, aguardando para recibirnos. Era un animal muy grande con una hermosa piel listada, y sus ojos, atrapados por la luz de los faros, centelleaban brillantes. Vino rugiendo hacia el auto, y justo cuando pasó a unas pocas pulgadas de nuestra mano que se hallaba extendida, el posadero advirtió: «No lo toque, es muy peligroso, ¡apúrese!, porque él es más rápido que su mano». Pero uno podía sentir la energía de ese animal, su vitalidad; era una gran dínamo de energía. Y cuando pasó cerca, uno sintió hacia él una atracción enorme. Y desapareció en el bosque[5].

Al parecer, el amigo había visto numerosos tigres, y muchos años atrás, en su juventud, había ayudado a matar uno, y desde entonces había estado deplorando el terrible acto. La crueldad en todas sus formas se está extendiendo actualmente por el mundo. Es probable que el hombre jamás haya sido tan cruel como es ahora, tan violento. Las iglesias y los sacerdotes siempre han hablado de paz en la tierra; desde la más alta jerarquía cristiana al pobre clérigo de aldea, ha habido prédicas acerca de vivir una vida buena, de no lastimar, de no matar cosa alguna; especialmente los hindúes y los budistas del pasado han dicho: «No mates a la mosca, no mates nada, porque en la próxima vida pagarás por ello». Eso era expresado más bien crudamente, pero algunos de ellos mantenían este espíritu, esta intención de no matar y no lastimar a otro ser humano. Pero el matar por medio de las guerras continúa y continúa. El perro mata muy rápidamente al conejo. Y el hombre mata a otro con sus maravillosas máquinas, y el que mata es probablemente muerto por otro. Y esta matanza ha estado prosiguiendo por milenios y milenios. Algunos tratan eso como un deporte, otros matan a causa del odio, de la ira, de los celos; y está el asesinato organizado por las diversas naciones con sus armamentos. Uno se pregunta si el hombre vivirá alguna vez sobre esta bella tierra, sin matar jamás cosa alguna, sin matar ni ser muerto por otro ser humano, sino viviendo pacíficamente, con algo de divinidad y amor en su corazón.

En esta parte del mundo que llamamos el Occidente, los cristianos han matado tal vez más que ningún otro. Ellos siempre están hablando de paz en esta tierra. Pero para tener paz uno debe vivir pacíficamente, y eso parece por completo imposible. Hay argumentos en favor y en contra de la guerra; el argumento de que el hombre siempre ha sido y seguirá siendo un homicida, y están los que sostienen que el hombre puede producir un cambio en sí mismo y no matar más. Ésta es una historia muy vieja. La inacabable carnicería se ha vuelto un hábito, una fórmula aceptada a pesar de todas las religiones.

Uno estaba observando el otro día a un halcón de cola roja que volaba muy alto en el firmamento, girando suavemente sin un solo batir de alas, solamente por el regocijo de volar, de sentirse sostenido por las corrientes de aire. Después se le unió otro, y estuvieron volando juntos un buen rato. Eran criaturas maravillosas en ese firmamento azul, y dañarlos de cualquier forma es un crimen contra el cielo. Por supuesto que el cielo no existe; el hombre ha inventado el cielo, el paraíso, a causa de la esperanza; porque su vida se ha convertido en un infierno, en un perpetuo conflicto desde que nace hasta que muere, yendo y viniendo de aquí para allá, haciendo dinero, trabajando sin cesar. Esta vida se ha vuelto una confusión, un afán y una lucha inacabables. Uno se pregunta si el hombre, un ser humano, vivirá alguna vez en paz sobre esta tierra. El conflicto ha sido su estilo de vida ‑bajo la piel y fuera de la piel, en el área de la psique y en la sociedad que la psique ha creado.

Probablemente el amor ha desaparecido por completo de este mundo. El amor implica generosidad, afecto, no lastimar a otro, no hacer que otro se sienta culpable; implica ser corteses y comportarnos de tal manera que nuestras palabras y pensamientos nazcan de la compasión. Desde luego que uno no puede ser compasivo si pertenece a instituciones religiosas organizadas ‑grandes, poderosas, tradicionales y dogmáticas instituciones que insisten en la fe. Para amar, tiene que haber libertad. Ese amor no es placer ni deseo ni un recuerdo de cosas que han pasado. El amor no es lo opuesto del odio, de la ira y los celos.

Todo esto puede sonar más bien utópico, idealista, algo a lo que el hombre sólo puede aspirar. Pero si creemos eso, entonces seguiremos matando. El amor es tan real, tan poderoso como la muerte. No tiene nada que ver con la imaginación o el sentimiento o el romanticismo; y naturalmente, no tiene nada que ver con el poder, la posición, el prestigio. Es tan apacible como las aguas del mar, y tan poderoso como el mar; es como las aguas corrientes de un caudaloso río que fluye perpetuamente, sin principio ni fin. Pero el hombre que mata los cachorros de focas, o las grandes ballenas, sólo se interesa en su propia subsistencia. Él dirá: «Yo vivo de eso, ése es mi negocio». No le interesa en absoluto esa cosa que llamamos amor. Probablemente ama a su familia ‑o cree que ama a su familia- y no le preocupa mayormente el modo en que se gana su subsistencia. Tal vez ésa sea una de las razones por las que el hombre vive una vida fragmentaria; parece que jamás puede amar lo que hace ‑aunque tal vez unas pocas personas lo hagan. Si uno viviera del trabajo que ama, sería muy diferente ‑uno comprendería la totalidad de la vida. Hemos dividido la vida en fragmentos: el mundo de los negocios, el mundo artístico, el mundo científico, el mundo político y el mundo religioso. Al parecer, pensamos que están todos separados y que deben mantenerse separados. Y así nos volvemos hipócritas, haciendo algo feo, corrupto en el mundo de los negocios y luego llegando a la casa para vivir apaciblemente con nuestra familia; esto engendra hipocresía, un doble patrón de vida.

Ésta es una tierra realmente maravillosa. Aquel pájaro posado sobre el árbol más alto ha estado ahí todas las mañanas, examinando el mundo, vigilando la aparición de un pájaro más grande, un pájaro que podría matarlo, atento a las nubes, a la sombra pasajera y a la vasta extensión de esta tierra tan rica, a estos ríos y bosques y a todos los hombres que trabajan de la mañana a la noche. Si uno piensa siquiera algo en el mundo psicológico, ve que está lleno de dolor. Y uno se pregunta si el hombre cambiará alguna vez o si lo harán unos pocos, muy, muy pocos. ¿Cuál es, entonces, la relación de los pocos con los muchos? O, ¿cuál es la relación de los muchos con los pocos? Los muchos no tienen relación alguna con los pocos. Los pocos sí tienen una relación.

Sentado en esa roca con un lagarto al lado, mientras uno mira hacia abajo en el valle, no se atreve ni a moverse para no perturbar o asustar al lagarto. Y éste también esta observando. Y el mundo continúa inventando dioses, siguiendo las jerarquías de los que representan a los dioses, y toda la farsa y la vergüenza de las ilusiones probablemente proseguirá, y los miles de problemas se volverán más y más complejos e intrincados. Sólo la inteligencia del amor y de la compasión puede resolver todos los problemas de la vida. Esa inteligencia es el único instrumento que jamás puede embotarse o inutilizarse.

[5] Un relato más completo de este encuentro de Krishnamurti con el tigre, puede leerse en Diario II.

El Último Diario 1983 - 1984

Martes, 26 de abril, 1983

Jiddu Krishnamurti, El Último Diario 1983 - 1984. Krishnamurti to Himself. Jiddu Krishnamurti en español.

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