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El Último Diario 1983 - 1984

Viernes, 6 de mayo, 1983

Era una mañana agradable, nublada, el aire estaba ligeramente fresco y los cerros cubiertos por las nubes permanecían silenciosos. Se sentía el perfume de los naranjos en flor, no muy intenso, pero ahí estaba. Es un aroma peculiar, penetrante, y se introducía en la habitación. Y todas las flores se aprestaban esta mañana para la salida del sol. Las nubes se alejarían pronto y después el sol brillaría en toda su intensidad.

El automóvil atravesaba la pequeña población, pasando por muchos modestos caseríos, por torres de perforación, tanques petroleros, y por toda la actividad que se desarrolla alrededor de estos campos de petróleo; y finalmente llegamos al mar. Luego pasamos otra vez por una gran ciudad, aunque no demasiado grande; atravesamos los numerosos huertos de limoneros y naranjos, y nos encontramos, no con algunos sembrados de fresas, no con pequeños plantíos de coles, sino con acres, millas y millas de ellos ‑fresas, apio, espinaca, lechuga y otros vegetales- millas de tierra rica, llana, situada entre los cerros y el mar. Aquí todo se hace a gran escala, casi demasiado extravagante ‑millas de limones y naranjas, de nueces, etcétera. Es un país rico, bello. Y los cerros se mostraban muy amistosos esa mañana.

Finalmente llegamos al azul Pacífico. Esta mañana el mar era como un estanque, tan inmóvil, tan extraordinariamente quieto y bañado por la luz matinal. Uno debería realmente meditar en esa luz, no en la luz directa del sol sino en el reflejo del sol sobre las rutilantes aguas. Pero el mar no siempre es así; hace un mes o dos se revolvía con furia golpeando violentamente contra el muelle, destruyendo las casas que hay alrededor de la bahía y provocando desastres incluso en la carretera que corre a lo largo del mar. Ahora estaban reparando el muelle averiado, utilizando toda la madera arrastrada a la playa por el mar en grandes cantidades. No obstante, hoy podía uno acariciarlo como a un animal domado, podía sentir la profundidad y la amplitud y la belleza de este vasto mar tan azul. Más cerca de la playa predominaba el color verde nilo; era algo sumamente agradable ir por la carretera junto al mar y respirar el aire salado, contemplar los cerros, la ondulante hierba y la vasta extensión de las aguas.

Todo esto desapareció en la enorme y fea ciudad, la cual se había extendido por millas y millas y millas. No era una ciudad muy agradable, pero la gente vivía allí y parecía gustar de ella.

Sentado en la playa, uno observa el mar, las olas que vienen y van. La séptima ola parece ser la más grande, cuando truena al precipitarse hacia tierra. Hay muy poca marea en el Pacífico ‑al menos no existen aquí esas mareas que salen mar afuera por muchas millas y luego vuelven a introducirse rápidamente. Aquí hay siempre un leve flujo y reflujo, un ir y venir que se repite por siglos y siglos. Si uno puede contemplar ese mar, el centelleo de luz deslumbrante y las claras aguas ‑contemplarlo con todos los sentidos despiertos a su máxima excelencia- en esa observación no hay un centro, no existe un ‘uno’ que esté observando. Es bello observar el mar, y la arena limpia lavada día tras día. Ninguna huella puede quedar ahí, ni siquiera los pequeños pájaros del mar dejan su huella; el mar las borra por completo.

Las casas que se ven a lo largo de la playa son pequeñas y pulcras; probablemente vive en ellas gente muy rica. Pero todo eso no cuenta para nada ‑sus riquezas, su vulgaridad, sus costosos automóviles. Uno vio un Mercedes muy viejo, con gastados tubos de escape fuera de la cubierta del motor, tres a cada lado. Los dueños parecían sentirse muy orgullosos de su automóvil, lo habían pulido, lo lavaban dedicándole muchísimo cuidado. Tal vez habían comprado esa máquina antes que muchas otras cosas. Todavía podían recorrerse muchas millas en ese automóvil; lo habían fabricado para que durara.

La mañana era bellísima; sentado en la playa uno observaba los pájaros, el cielo, y escuchaba el sonido distante de los automóviles que pasaban; uno iba y volvía con el flujo y reflujo del agua; se iba lejos y regresaba nuevamente ‑este perpetuo movimiento que va y viene y viene y va... La vista alcanzaba hasta el horizonte donde el cielo se encuentra con el mar. Era una bahía muy grande, con aguas color azul y blanco y con las diminutas casas que la rodeaban por completo. Y detrás de uno estaban las montañas, hilera tras hilera de montañas. Observando sin un solo pensamiento, sin ninguna reacción, observando sin identidad ‑sólo ese infinito observar- en realidad no está uno despierto, está ausente, no se encuentra del todo ahí; uno no es ‘uno’, pero observa. Observando los pensamientos que surgen y luego se desvanecen, pensamiento tras pensamiento, el propio pensamiento se vuelve consciente de sí mismo. No existe un pensador que observe al pensamiento, el observador es el pensamiento.

Sentado en la playa, mientras uno observa a las personas que pasan, dos o tres parejas y una mujer sola, parece que toda la naturaleza, todo lo que a uno lo rodea, desde el profundo mar azul a aquellas altas montañas rocosas, también está observando. Estamos observando, no aguardando, no esperando que ocurra algo, sino solamente observando sin fin. En esa observación hay un aprender, no la acumulación del conocimiento mediante el aprendizaje ‑lo cual es casi mecánico- sino una atenta observación, una observación no superficial sino profunda, viva y afectuosa; entonces no existe ahí un observador. Cuando hay un observador, éste es meramente el pasado que observa, y eso no es observar sino solamente recordar, y es más bien una cosa muerta. La observación es algo tremendamente vital, un vacío a cada instante. Esos pequeños cangrejos y esas gaviotas y todos esos pájaros que pasan volando, observan. Están atentos a la presa, al pez, a algo para alimentarse; ellos también están observando. Pasa alguien junto a uno y desea saber qué estamos observando. Uno no observa nada, y en esa nada está todo.

El otro día, un hombre que había viajado muchísimo, que había visto muchísimo y escrito una que otra cosa, vino a vernos ‑un hombre algo viejo con una barba bien cuidada; se hallaba decentemente vestido sin el desaliño de la vulgaridad. Cuidaba sus zapatos, sus ropas. Aunque era extranjero, hablaba un inglés excelente. Y al hombre que estaba sentado en la playa observando, le dijo que había hablado con muchísima gente, que había discutido con algunos profesores y estudiosos, y que mientras estuvo en la India había conversado con unos cuantos pundits. Y la mayoría de ellos ‑según él- al parecer no se interesaban en la sociedad, no se comprometían con la reforma social ni con la presente crisis bélica. A él sí le interesaba profundamente la sociedad en que estábamos viviendo, aunque no era un reformador social. No estaba muy seguro de que la sociedad pudiera cambiar, de que uno pudiera hacer algo al respecto. Pero él veía lo que la sociedad era: la inmensa corrupción, la insensatez de los políticos, la mezquindad, la vanidad y la brutalidad que imperan en el mundo.

Dijo: «¿Qué podemos hacer con respecto a esta sociedad? no pequeñas reformas insignificantes aquí y allá, cambiar un presidente por otro, o un Primer Ministro por otro, son todos la misma cosa más o menos; no pueden hacer mucho porque representan la mediocridad, o tal vez menos aún que eso, la vulgaridad; quieren exhibirse, alardear, jamás harán nada. Producirán pequeñas reformas triviales aquí y allá, pero la sociedad proseguirá su curso a pesar de ellas». Él había observado las diversas sociedades y culturas, viendo que en lo fundamental no eran tan diferentes. Parecía ser un hombre muy serio que sabía sonreír, y habló de la belleza de este país, de su vastedad, de su diversidad desde los desiertos ardientes al esplendor de las altas montañas rocosas. Uno le escuchaba como podría escuchar y contemplar el mar.

No es posible cambiar la sociedad a menos que el hombre cambie. El hombre, uno mismo y los otros, ha creado estas sociedades por generaciones y generaciones; todos hemos creado estas sociedades a causa de nuestra mezquindad, de nuestra estrechez de miras, de nuestra limitación, de nuestra codicia, envidia, brutalidad, violencia, competencia, etcétera. Somos los responsables de la mediocridad, de la estupidez, de la vulgaridad, de toda la insensatez tribal y del sectarismo religioso. A menos que cada uno de nosotros cambie radicalmente, la sociedad jamás cambiará. Está ahí, nosotros la hemos hecho de este modo y después ella nos hace a nosotros. Nos moldea tal como nosotros la hemos moldeado. Nos encaja en un patrón, y el patrón la introduce en una estructura que es esta sociedad que nos hemos construido.

De modo que esta acción prosigue interminablemente, como el mar con la marea que se aleja y después regresa, a veces muy, muy lentamente, otras veces rápidamente, peligrosamente. Un ir y venir; acción‑reacción‑acción. Tal parece ser la naturaleza de este movimiento, a menos que dentro de uno exista un orden profundo. Ese orden mismo producirá orden en la sociedad, no mediante la legislación, los gobiernos y todo eso ‑aunque mientras haya desorden y confusión, proseguirán la autoridad y las leyes que son creadas por nuestro propio desorden. Las leyes son una hechura del hombre, son un producto del hombre tal como lo es la sociedad.

Así, lo interno ‑la psique- crea lo externo conforme a su limitación; y lo externo controla entonces lo interno y lo moldea. Los comunistas han pensado, y probablemente siguen pensándolo, que controlando lo externo, elaborando ciertas leyes, regulaciones, instituciones, ciertas formas de tiranía, ellos pueden cambiar al hombre. Pero hasta ahora no han conseguido su propósito, y jamás lo conseguirán. Ésta es, asimismo, la actividad de los socialistas. Los capitalistas lo hacen de un modo diferente, pero es la misma cosa. Lo interno domina siempre lo externo, porque lo interno es más fuerte, mucho más vital que lo externo.

¿Puede este movimiento detenerse alguna vez? ‑lo interno que crea el medio psicológico externo, y lo externo, las leyes, las instituciones, las organizaciones, que tratan de moldear al hombre, de moldear su cerebro para que actúe en cierta dirección; y el cerebro, lo interno, la psique, que se modifica entonces eludiendo lo externo. Este movimiento ha proseguido durante todo el tiempo que el hombre ha estado sobre esta tierra, ha proseguido ya sea crudamente, superficialmente o, a veces, brillantemente ‑siempre es lo interno dominando lo externo, como el mar con sus mareas que van y vienen. Uno debería realmente preguntarse si este movimiento puede detenerse alguna vez ‑acción y reacción, odio y más odio, violencia y más violencia. El movimiento cesa cuando sólo existe el observar, un observar sin motivo, sin reacción ni dirección alguna. La dirección surge cuando hay acumulación. Pero la observación, en la que hay atención, percepción directa y un gran sentido de compasión, tiene su propia inteligencia. Esta observación y la inteligencia actúan. Y esa acción no es el flujo y reflujo. Pero esto exige un gran estado de alerta, requiere que las cosas se vean sin la palabra, sin el nombre, sin reacción alguna; en ese observar hay pasión, hay una vitalidad inmensa.

El Último Diario 1983 - 1984

Viernes, 6 de mayo, 1983

Jiddu Krishnamurti, El Último Diario 1983 - 1984. Krishnamurti to Himself. Jiddu Krishnamurti en español.

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