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El Último Diario 1983 - 1984

Jueves, 12 de mayo[7], 1983

Es el amanecer en estas latitudes del norte. Aquí el amanecer empieza muy temprano y dura mucho tiempo. Es una de las cosas más bellas de la tierra, el comienzo de un amanecer y el nacimiento del día.

Después de una noche tormentosa, con los árboles casi derribados, las hojas sacudidas y rotas las ramas secas, los prolongados vientos han limpiado y secado el aire. El amanecer había avanzado tímidamente sobre la tierra y tenía en esta mañana una cualidad extraordinaria, especialmente en esta mañana ‑probablemente debido a los vientos de ayer. Pero este amanecer de este día particular, era algo más que los amaneceres de otros días. Había una quietud absoluta. Uno apenas si se atrevía a respirar por temor a perturbar alguna cosa. Las hojas estaban inmóviles, aun las más tiernas. Era como si toda la tierra estuviera conteniendo el aliento, probablemente en inmensa adoración. Y lentamente el sol tocó la cima de las montañas con reflejos anaranjados y amarillos, y había manchas de luz en otros cerros. Y todavía reinaba un gran silencio. Luego comenzaron los ruidos ‑el canto de los pájaros, el halcón de cola roja revoloteando en el cielo, y la paloma torcaza que iniciaba su canto matinal- pero el silencio del amanecer estaba en la mañana, en toda la tierra.

Si se desciende por el cerro, muy alto al otro lado del valle, pasando por naranjales y algunos prados verdes, por altos y esbeltos eucaliptos, se llega a un cerro en el que hay muchos edificios. Es un instituto de alguna cosa, y al otro lado del valle hay un largo campo de golf, bellamente cuidado; hemos jugado en él hace mucho tiempo. Uno ha olvidado el campo, las hoyas de arena, pero ahí está todo, muy cuidadosamente conservado. Se ven muchas personas jugando en el campo, llevando consigo pesadas bolsas. En los viejos tiempos uno tenía una bolsa de sólo seis palos, pero ahora contienen como una docena. Este juego se está volviendo demasiado profesional, demasiado costoso.

Al pasar a otro cerro, uno encuentra también ahí instituciones, fundaciones, organizaciones de casi toda clase. Por todo el mundo hay docenas de instituciones, foros, grupos de orientación interna y externa. En todas partes a donde uno va en el llamado mundo libre, existen toda clase de instituciones, organizaciones, foros para hacer esto o aquello, para traer paz al hombre, para preservar los bosques, para salvar numerosos animales, etcétera. Confunde bastante y es ahora muy común, la existencia de grupos de esto y grupos de aquello, cada grupo con sus propios líderes, sus propios presidentes y secretarios, el hombre que los fundó y los otros que lo siguieron. Es una cosa muy extraordinaria la existencia de todas estas pequeñas organizaciones e instituciones. Y lentamente comienzan a deteriorarse; tal vez esto sea inherente a todas las instituciones, incluyendo las instituciones que ayudan al hombre externamente, como las instituciones para un mayor conocimiento. Probablemente sean necesarias, pero uno más bien se sorprende de que también existan estos diversos grupos para la dirección interna que practican diferentes clases de meditación. Son bastante curiosas esas dos palabras ‘dirección interna’ -¿quién es el director y qué es la dirección? ¿Es el director diferente de la dirección? Al parecer, jamás nos formulamos esta clase de preguntas fundamentales.

Hay organizaciones para ayudar al hombre en el mundo físico, y están controladas por hombres que en sí mismos tienen sus problemas y sus ambiciones y sus logros personales, hombres que cultivan el éxito; pero eso parece ser casi inevitable, y esa clase de cosas ha estado ocurriendo por miles y miles de años. Pero, ¿hay instituciones para estudiar verdaderamente al hombre o para traer verdadera paz al hombre? ¿Ayudan realmente al hombre los diversos sistemas basados en alguna conclusión? Aparentemente, todos los organizadores del mundo sienten lo que hacen, pero, ¿han ayudado verdaderamente al hombre a librarse de su dolor, de su angustia, de su ansiedad y de todo el tormento de la existencia? ¿Puede un agente externo, por exaltado que sea, por bien afirmado que se encuentre en alguna ideacional tradición mística, puede en modo alguno cambiar al hombre?

¿Qué es lo que producirá fundamentalmente un cambio radical en la brutalidad del hombre, y terminará con las guerras por las que ha pasado y con el constante conflicto en que vive? ¿Le ayudará el conocimiento? El hombre ha evolucionado a través del conocimiento -si es que gustamos de usar esa palabra ‘evolución’. Desde la antigüedad ha reunido grandes cantidades de información, de conocimientos acerca del mundo que lo rodea y del mundo de arriba; de la carreta de bueyes al jet, del jet al viaje a la luna, etcétera. En todo esto hay un avance tremendo. Pero este conocimiento, ¿ha terminado de algún modo con el egoísmo del hombre, con su agresiva y competidora imprudencia? El conocimiento, después de todo, es para tomar conciencia y para saber acerca de todas las cosas del mundo ‑cómo fue creado el mundo, las realizaciones del hombre desde el principio hasta nuestros días. Todos, algunos más, algunos menos, estamos bien informados, pero internamente somos muy primitivos, casi bárbaros, por muy cultivados que podamos estar exteriormente, por bien informados que estemos acerca de muchas, muchas cosas, por capaces que seamos de argumentar, de convencer, de llegar a ciertas decisiones y conclusiones. En lo externo, esto puede proseguir perpetuamente. Hay docenas y docenas de especialistas de toda clase, pero uno se pregunta seriamente: ¿Puede cualquier clase de agente externo ayudar al hombre a terminar con su aflicción, con su completa soledad, su confusión, su ansiedad, etcétera? ¿O debe el hombre vivir siempre con eso, soportarlo, acostumbrarse a ello y decir que eso forma parte de la vida? En todo el mundo, la inmensa mayoría de la humanidad tolera eso, lo acepta. O tiene instituciones para rezarle a algo externo ‑rezar por la paz, realizar manifestaciones por la paz. Pero no hay paz en el corazón del hombre.

¿Qué cambiará al hombre? Ha sufrido interminablemente, atrapado en la red del temor, persiguiendo siempre el placer. Éste ha sido el curso de su vida, y nada parece cambiarlo. Y uno se pregunta: en lugar de mostrarse cínico con respecto a todo, o de amargarse o de enojarse -«así son las cosas, la vida es así»- ¿cómo puede el hombre cambiar todo eso? Ciertamente, no por medio de un agente externo. El hombre ha de enfrentarse a eso, no eludirlo, y examinarlo sin pedir ninguna ayuda externa; él es el maestro de sí mismo. Él ha hecho esta sociedad, él es el responsable de ella, y esta misma responsabilidad exige que produzca un cambio en sí mismo. Pero son muy pocos los que prestan atención a todo esto. Para la inmensa masa de personas, el modo en que piensan es por completo indiferente, irresponsable; buscan realizarse en sus propias vidas egoístas, sublimando a veces sus deseos, pero siguen siendo egoístas.

Considerar todo esto no implica ser pesimista o tratar de ser optimista. Uno tiene que considerarlo. Y cada uno de nosotros es el único que puede cambiarse a sí mismo y a la sociedad en que vive. Ese es un hecho, y no podemos escapar de él. Si escapamos de él, entonces jamás tendremos paz en esta tierra, jamás habrá un sentido de felicidad duradera, un sentido de bienaventuranza.

El amanecer ha llegado a su fin y se ha iniciado un nuevo día. Es realmente un día nuevo, una nueva mañana. Y cuando uno mira alrededor, se maravilla de la belleza de la tierra, de los árboles, de la riqueza que hay en todo ello. Es realmente un nuevo día, y el prodigio que ello implica existe, está ahí.

[7] 88 cumpleaños de Krishnamurti.

El Último Diario 1983 - 1984

Jueves, 12 de mayo, 1983

Jiddu Krishnamurti, El Último Diario 1983 - 1984. Krishnamurti to Himself. Jiddu Krishnamurti en español.

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