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El Último Diario 1983 - 1984

Miércoles, 28 de marzo, 1984

El Pacífico no parece tener grandes mareas, al menos, no este lado del Pacífico a lo largo de la costa de California. Es una marea muy pequeña que viene y va, no como esas inmensas mareas que se alejan centenares de yardas y luego regresan impetuosamente. Hay un sonido totalmente distinto cuando la marea sale, cuando el flujo de las aguas se retira, que cuando regresa con un cierto sentido de furia ‑una cualidad de sonido por completo diferente del sonido del viento entre las hojas.

Todo parece tener su sonido. Ese árbol en el campo posee en su solitud ese peculiar sonido de hallarse separado de todos los otros árboles. Las grandes secoyas tienen su propio perdurable y profundo sonido antiguo. El silencio posee su sonido peculiar. Y, por supuesto, el inacabable parloteo diario de los seres humanos acerca de sus negocios, de su política, de sus progresos tecnológicos, etc., tiene también su sonido propio. Un libro verdaderamente bueno posee sus peculiares vibraciones de sonido. Y también el inmenso vacío tiene su propio latido sonoro.

El flujo y reflujo de la marea es como la acción y reacción humanas. Nuestras acciones y reacciones son muy rápidas. No existe una pausa antes de que la reacción se produzca. Se nos formula una pregunta e inmediatamente, instantáneamente, tratamos de buscar una respuesta, la solución a un problema. No hay una pausa entre la pregunta y la respuesta. Después de todo, nosotros somos el flujo y reflujo de la vida ‑de la externa y de la interna. Tratamos de establecer una relación con lo externo pensando que lo interno es algo separado, algo que está desconectado de lo externo. Pero el movimiento de lo externo es, indudablemente, el fluir de lo interno. Ambos son la misma cosa, como las aguas del mar, con este constante, incansable movimiento de lo externo y lo interno, la respuesta al reto. Ésta es nuestra vida. Cuando primero creamos lo externo a partir de lo interno, después lo interno se vuelve un esclavo de lo externo. La sociedad que hemos creado es lo externo, y después lo interno se convierte en esclavo de esa sociedad. Y la rebelión contra lo externo es lo mismo que la rebelión de lo interno. Este constante flujo y reflujo, este movimiento incesante, ansioso, temeroso, ¿puede detenerse alguna vez? Por supuesto, el flujo y reflujo de las aguas del mar está enteramente libre de este ir y venir de lo externo y lo interno ‑lo interno convirtiéndose en lo externo, y luego lo externo tratando de controlar lo interno porque lo externo ha adquirido suma importancia; entonces lo interno reacciona a esa importancia. Éste ha sido nuestro estilo de vida, una vida de constante dolor y placer.

Parece que jamás aprendemos acerca de este movimiento, de que es un solo movimiento. Lo externo y lo interno no son dos movimientos separados. Las aguas del mar se retiran de la playa, luego las mismas aguas regresan azotando las playas, los riscos. Debido a que hemos separado lo externo y lo interno, comienza la contradicción, la contradicción que engendra conflicto y dolor. Esta división entre lo externo y lo interno es completamente irreal, ilusoria, pero nosotros mantenemos lo externo totalmente separado de lo interno. Es probable que ésta sea una de las causas principales del conflicto y, no obstante, jamás parecemos aprender ‑aprender, no memorizar; aprender, que es todo el tiempo una forma de movimiento- aprender a vivir sin esta contradicción. Lo externo y lo interno son una sola cosa, un movimiento unitario, no separado sino total, completo. Uno tal vez pueda comprender esto intelectualmente, aceptarlo como una enunciación teórica o un concepto intelectual, pero cuando uno vive a base de conceptos, no aprende jamás. Los conceptos se vuelven estáticos. Uno puede cambiarlos, pero la transformación misma de un concepto en otro, sigue siendo estática, fija. En cambio, aprender es sentir, tener la sensibilidad de ver que la vida no es un movimiento de dos actividades separadas ‑la externa y la interna- ver que es una sola actividad, comprender que la relación recíproca es este movimiento, este flujo y reflujo del dolor y el placer, de la alegría y la depresión, de la soledad y el escape; aprender es percibir no verbalmente que esta vida es una totalidad no fragmentada, no dividida. Aprender al respecto no es una cuestión de tiempo, no es un proceso gradual, porque entonces el tiempo otra vez se vuelve un factor de división. El tiempo actúa en la fragmentación de lo total. Pero si uno ve la verdad de ello en un instante, entonces todo está ahí, esta incesante acción y reacción, esta luz y sombra, esta belleza y fealdad.

Lo que es total está libre del flujo y reflujo de la vida de la acción y reacción. La belleza no tiene opuesto. El odio no es el opuesto del amor.

El Último Diario 1983 - 1984

Miércoles, 28 de marzo, 1984

Jiddu Krishnamurti, El Último Diario 1983 - 1984. Krishnamurti to Himself. Jiddu Krishnamurti en español.

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