Jiddu Krishnamurti texts Jiddu Krishnamurti quotes and talks, 3000 texts in many languages. Jiddu Krishnamurti texts

El Vuelo del Águila.

8. Lo Trascendental
¿Penetrar en la realidad? La tradición en la meditación. La realidad y la mente silenciosa

París, 24 de abril de 1969

Hemos estado hablando del caos en el mundo, de la gran violencia, de la confusión que existe, no sólo en lo externo, sino también internamente. La violencia es resultado del temor, y ya hemos discutido la cuestión del temor. Creo que ahora debemos pasar a algo que pudiera ser un poco ajeno a la mayoría de ustedes; pero tiene que ser considerado, y no meramente rechazado diciendo que es una ilusión, una fantasía, etcétera.

A través de la historia, el hombre, al darse cuenta de que su vida es muy corta, de que está llena de accidentes y sufrimientos, y de que la muerte es inevitable, ha formulado una idea con el nombre de Dios. Se dio cuenta, como también nos ocurre ahora a nosotros, de que la vida es transitoria y quiso experimentar algo inmensamente grande, supremo, algo no creado por la mente o por la emoción; deseaba experimentar un mundo por completo diferente, un mundo que trascendiera éste, que estuviera más allá de toda desdicha y tortura. Y esperaba encontrar este mundo trascendental descubriéndolo por medio de su búsqueda.

Debemos examinar este problema de si existe o no existe una realidad -no importa el nombre que le demos- que sea de una dimensión del todo diferente. Para penetrar en su profundidad, debemos darnos cuenta de que no basta comprenderlo meramente en el nivel verbal, porque la descripción nunca es lo descrito, la palabra nunca es la cosa. ¿Podemos penetrar en el misterio -si es ello un misterio que el hombre siempre ha tratado de penetrar o capturar, invitándolo, reteniéndolo, adorándolo, volviéndose devoto del mismo?

Siendo la vida lo que es -más bien superficial, vacía, una cosa tortuosa, sin mucha significación- tratamos de inventarle un significado, de darle un sentido. Si tenemos cierto talento, el significado y propósito de la invención se torna más bien complejo. Y al no encontrar la belleza, el amor y el sentido de inmensidad que esperábamos, podemos volvernos cínicos y no creer en nada. Uno ve que es más bien absurdo e ilusorio y sin mucho sentido el meramente inventarse una ideología, una fórmula, afirmando que existe Dios o que no existe, cuando la vida no tiene significado alguno -lo cual es cierto porque el modo en que vivimos no tiene sentido. Así que no le inventemos un sentido.

¡Si pudiéramos penetrar juntos en esto y descubrir por nosotros mismos si hay o no hay una realidad que no sea meramente un escape o una invención intelectual o emocional! El hombre, a través de la historia, ha dicho que existe una realidad para la cual debemos prepararnos y para la cual debemos hacer ciertas cosas: disciplinarnos, resistir toda clase de tentación, controlarnos, controlar el sexo, vivir conforme a un patrón establecido por la autoridad religiosa, los santos, etcétera. O que debemos negar el mundo, recluirnos en un monasterio o en una cueva donde podamos meditar, estar solos y no ser tentados. Vemos lo absurdo de ese esfuerzo; vemos que no es posible escapar del mundo, de "lo que es", del sufrimiento, de la distracción, y de todo lo que el hombre ha producido mediante la ciencia. Con respecto a las teologías, es obvio que tenemos que descartarlas todas y también todas las creencias. Si en realidad descartamos completamente toda forma de creencia, entonces no habrá temor en absoluto.

Sabiendo que la moralidad social no es moralidad, que ella es inmoral, uno ve que debe ser extraordinariamente moral, porque después de todo, la moralidad consiste únicamente en establecer orden tanto dentro como fuera de uno mismo. Pero esa moralidad tiene que ponerse en acción, no es una moralidad ideal o conceptual, sino verdadera conducta moral.

¿Es posible disciplinarse uno mismo sin reprimirse, controlarse o escapar? La raíz etimológica de la palabra disciplina, es "aprender", no amoldarse o convertirse en un discípulo de alguien, ni imitar o reprimir, sino aprender. El propio acto de aprender requiere disciplina, una disciplina que no es impuesta ni se acomoda a ninguna ideología; no la inflexible austeridad del monje. No obstante, sin una profunda austeridad nuestra conducta cotidiana nos lleva únicamente al desorden. Podemos ver lo esencial que es tener completo orden en uno mismo como el orden matemático, y no el relativo o el comparativo, no el orden que emana de la influencia ambiental. El comportamiento, que es rectitud, tiene que ser establecido para que la mente esté en completo orden. Una mente torturada, frustrada, moldeada por el ambiente, que se ajusta a la moralidad social, tiene que estar confusa. Y una mente confusa no puede descubrir lo verdadero.

Si la mente ha de descubrir ese misterio extraño -si es que existe tal cosa- tiene que sentar la base de un comportamiento, de una moralidad que no es la de la sociedad, una moralidad en la cual no hay temor en absoluto y que, por lo tanto, es libre. Es únicamente entonces -después de sentar esa base profunda- cuando la mente puede proceder a descubrir lo que es la meditación, esa cualidad de silencio, de observación, en la cual no existe el "observador". Si esa base de conducta recta no se establece en nuestra vida, en nuestra acción entonces la meditación tiene muy poco sentido.

En el Oriente existen muchas escuelas, sistemas y métodos de meditación -incluyendo el Zen y el Yoga- que se han traído al Occidente. Tenemos que comprender con mucha claridad esta sugerencia de que mediante un método, un sistema, o por el ajuste a determinado modelo o tradición, la mente puede encontrar esa realidad. Podemos ver lo absurdo que eso es, no importa que sea traído del Oriente o que sea inventado aquí. El método implica conformidad, repetición, implica que alguien, habiendo alcanzado cierta iluminación, nos dice que hagamos esto o que no hagamos aquello. Y nosotros, que estamos tan ansiosos por tener esa realidad, seguimos, nos sometemos, obedecemos y practicamos lo que se nos ha dicho día tras día, como un montón de máquinas. Una mente embotada e insensible, que no es inteligente en alto grado, puede practicar interminablemente un método y se tornará más y más embotada, más y más estúpida. Tendrá su propia "experiencia" dentro del campo de su propio condicionamiento.

Quizás algunos de ustedes han estado en el Oriente y allí han estudiado la meditación. Existe toda una tradición tras ella. En la antigüedad ese asunto hizo explosión en la India y en toda Asia. Esa tradición domina nuestras mentes aun ahora y se han escrito volúmenes interminables sobre el tema. Pero cualquier forma de tradición -un arrastre del pasado- que se use para descubrir si existe esa gran realidad, es evidentemente un desperdicio de esfuerzo. La mente tiene que estar libre de toda forma de tradición y sanción espiritual; de lo contrario, carecemos totalmente de la forma más elevada de inteligencia.

¿Qué es entonces la meditación, si no es tradicional? Y no puede ser tradicional, nadie puede enseñarnos, ni podemos seguir un sendero particular, y decir: "a lo largo de ese sendero aprenderé lo que es la meditación". El significado total de la meditación estriba en que la mente se aquiete por completo, pero que esté quieta no sólo en el nivel consciente, sino también en los profundos, secretos, ocultos niveles de la conciencia; en quietud tan completa y total que el pensamiento esté en silencio y no divague en todas direcciones. Una de las enseñanzas tradicionales de la meditación, el enfoque tradicional de que hablamos, es que el pensamiento tiene que ser controlado, pero eso tiene que descartarse, y para descartarlo uno debe observarlo muy de cerca, de manera objetiva y no emocional.

La tradición nos dice que necesitamos un gurú, un maestro que nos ayude a meditar y que nos explique lo que debemos hacer. El Occidente tiene su propia forma de tradición, de rezo, contemplación y confesión. Pero en todo el fundamento de que alguna otra persona sabe y uno no sabe, de que el que sabe nos va a enseñar, a dar la iluminación, en eso está involucrada la autoridad, el maestro, el gurú, el salvador, el Hijo de Dios, etcétera. Ellos saben y uno no sabe; ellos dicen: siga este método, este sistema, día tras día, practique y llegará eventualmente allá, si tiene suerte. Lo cual significa que uno lucha consigo mismo todo el día, tratando de ajustarse a un patrón, a un sistema, tratando de reprimir sus deseos, sus apetitos, la envidia, los celos y las ambiciones. Por lo tanto, hay conflicto entre lo que somos y lo que deberíamos ser de acuerdo con el sistema. Esto significa que hay esfuerzo, y una mente que se esfuerza jamás puede estar quieta; mediante el esfuerzo la mente nunca se silencia por completo.

La tradición también dice que debemos concentrarnos para controlar el pensamiento. Concentrarse es sólo resistir, erigir un muro alrededor de uno, proteger un enfoque exclusivo en una idea, en un principio, un cuadro, o en lo que uno quiera. La tradición dice que debemos pasar por eso para encontrar lo que sea que busquemos. También nos dice que no debemos tener sexo, ni mirar este mundo, como han dicho siempre todos los santos, los cuales son más o menos neuróticos. Y cuando vemos en forma no meramente verbal o intelectual, sino realmente, lo que está envuelto en todo eso -y sólo podemos verlo cuando lo miramos de manera objetiva y no estamos comprometidos con ello- entonces podemos descartarlo por completo. Tenemos que descartarlo por completo, porque entonces la mente, en el mismo acto de descartarlo, se libera, y, por lo tanto, se torna inteligente, alerta y no está expuesta a ser atrapada en ilusiones.

Para meditar en el más profundo sentido de la palabra, uno debe ser virtuoso, moral, pero no con la moralidad de un modelo, de una práctica, o del orden social, sino con la moralidad que surge inevitablemente, de manera natural y agradable, cuando uno comienza a conocerse a sí mismo, cuando se da cuenta de sus pensamientos, de sus sentimientos, actividades, apetitos, ambiciones, etcétera; sensiblemente alerta sin preferencia alguna, meramente observando. De esa observación emana la acción correcta, que nada tiene que ver con la conformidad, o con el actuar de acuerdo con un ideal. Entonces, cuando eso existe profundamente en uno mismo, con su belleza y austeridad en que no hay ni un átomo de dureza -porque la dureza existe sólo cuando hay esfuerzo- cuando uno ha observado todos los sistemas, todos los métodos, todas las promesas, y las ha examinado objetivamente, sin agrado o desagrado, entonces puede descartarlos completamente de manera que la mente esté libre del pasado. Entonces puede uno proceder a descubrir lo que es la meditación.

Si no hemos sentado realmente las bases, podemos jugar con la meditación, pero eso no tiene sentido; ocurre como en el caso de esas personas que van al Oriente y visitan a algún maestro que les dice cómo sentarse, cómo respirar, qué hacer, si esto o aquello, y que al regresar escriben un libro que es pura tontería. Uno tiene que ser su propio maestro y su propio discípulo, porque no hay autoridad, sólo hay comprensión.

La comprensión es posible únicamente cuando hay observación sin el centro como observador. ¿Alguna vez han observado, han estado alerta, han tratado de descubrir qué es la comprensión? La comprensión no es un proceso intelectual, ni una intuición o un sentimiento. Cuando decimos: "comprendo algo muy claramente", hay una observación que nace de un completo silencio; sólo entonces hay comprensión. Cuando decimos que "comprendemos algo", queremos decir que la mente escucha en silencio, sin aceptar ni rechazar. En ese estado se escucha completamente y sólo entonces hay comprensión y esa misma comprensión es acción. No es que primero haya comprensión y que la acción siga después; es un solo movimiento simultáneo.

De modo que la meditación -esa palabra tan recargada por la tradición- consiste en llevar la mente y el cerebro, sin esfuerzo y sin ninguna clase de compulsión, a su capacidad máxima. Esto es inteligencia, esto es ser altamente sensitivo. El cerebro está sereno. Ese depósito del pasado que ha evolucionado a través de un millón de años y que se halla constante e incesantemente activo, ese cerebro está quieto.

¿Es de algún modo posible que esté quieto el cerebro, el cual reacciona en todo instante y responde al más insignificante estímulo de acuerdo con su condicionamiento? Los tradicionalistas dicen que puede aquietarse mediante la adecuada respiración y la práctica de un estado de atención alerta. Esto envuelve otra vez la cuestión de "quién" es la entidad que controla, practica y moldea el cerebro. ¿No es el pensamiento, el que dice: "soy el observador y voy a controlar el cerebro y poner fin al pensamiento"? El pensamiento engendra al pensador.

¿Es posible para el cerebro estar completamente quieto? Es parte de la meditación el averiguarlo; no es cosa para ser enseñada, pues nadie puede decirnos cómo hacer. Puede nuestro cerebro -tan condicionado por la cultura, por toda forma de experiencia, y que es el resultado de una vasta evolución-, ¿puede ese cerebro estar quieto? Porque si no lo está, cualquier cosa que vea o experimente será tergiversada, será interpretada de acuerdo con su condicionamiento.

¿Qué papel juega el sueño en la meditación, en la vida? Es una pregunta muy interesante; si la han examinado ustedes mismos, habrán descubierto muchas cosas. El otro día decíamos que los sueños son innecesarios. Y dijimos: la mente, el cerebro, tienen que estar completamente alertas durante el día -atentos a lo que ocurre tanto dentro como fuera de nosotros, dándose cuenta de las reacciones internas a las cosas del exterior con sus tensiones; atentos a las intimaciones del inconsciente- y entonces, al final del día, deberán tomar todo eso en cuenta. Si no tenemos presente al final del día todo lo que ha ocurrido, es obvio que el cerebro tiene que trabajar durante la noche mientras duerme, para establecer el orden en sí mismo. Si hemos hecho todo eso, entonces cuando dormimos estamos aprendiendo algo del todo muy diferente, algo de una dimensión totalmente distinta, y eso es parte de la meditación.

Está el hecho de cimentar las bases de una conducta en la cual la acción es amor. Y está el hecho de descartar toda tradición de modo que la mente esté completamente libre, y el cerebro totalmente silencioso. Si hemos penetrado en esto, veremos que el cerebro puede estar quieto, no mediante alguna treta, ni mediante drogas, sino manteniendo durante todo el día ese estado de atención alerta, a la vez activo y pasivo. Y si al final del día hacemos un inventario de lo que ha ocurrido y, por lo tanto hemos establecido orden, entonces durante el sueño el cerebro está tranquilo, aprendiendo con un movimiento diferente.

De esa manera el cuerpo entero, el cerebro, todo está quieto sin distorsión alguna; es sólo entonces cuando la mente puede recibir la realidad, si tal realidad existe. Esa inmensidad, si hay tal inmensidad, no puede ser invitada. Si existe lo innominado, lo trascendental, si hay tal cosa, es sólo una mente así la que puede ver lo falso o lo verdadero de esa realidad.

Ustedes podrían preguntar: "¿qué tiene que ver todo esto con el vivir?" "Tengo que vivir todos los días, ir a la oficina, lavar platos, viajar en un autobús atestado de gente con el ruido constante, ¿qué tiene que ver la meditación con todo esto?" Sin embargo, después de todo la meditación es la comprensión de la vida, la vida cotidiana con sus complejidades, desdicha, sufrimiento, soledad, desesperación, el afán de ser famoso, de tener éxito, el temor, la envidia; comprender todo eso es meditación. Sin comprenderlo, el mero intento de desentrañar el misterio es totalmente inútil, carece de valor. Es como una vida desordenada, una mente desordenada que trata de encontrar el orden matemático. Todo en la meditación tiene que ver con la vida; meditar no consiste en huir hacia algún estado emocional o de éxtasis. Hay un éxtasis que no es placer; ese éxtasis surge únicamente cuando existe este orden matemático en uno mismo, orden que es absoluto. Sólo cuando la meditación es el modo de vida de todos los días, puede surgir aquello que es imperecedero, que no es temporal.

Interlocutor: ¿Quién es el observador que se da cuenta de sus propias reacciones? ¿Qué energía se usa?

Krishnamurti: ¿Ha mirado usted algo sin reacción alguna? ¿Ha mirado un árbol, el rostro de una mujer, una montaña, o una nube, o la luz sobre el agua, sólo observando, sin traducirlo en agrado o desagrado, en placer o dolor, sino simplemente observándolo? ¿Existe algún observador en esa observación, cuando uno está completamente atento? Hágalo, señor, no me pregunte a mí -si lo hace lo descubrirá. Observe las reacciones sin juzgar, evaluar, tergiversar; esté completamente atento a cada reacción, y en esa atención verá que no existe observador, pensador, o experimentador alguno.
Veamos la segunda pregunta: ¿qué energía se usa para cambiar cualquier cosa en uno mismo, para llevar a cabo una transformación, una revolución en la psiquis? ¿Cómo se obtiene esa energía? Ahora tenemos energía, pero en estado de tensión, de contradicción, de conflicto; hay energía en la batalla entre dos deseos, entre lo que tengo que hacer y lo que debería hacer -eso consume una gran cantidad de energía. Pero si no hay contradicción alguna, entonces tenemos gran abundancia de energía. Observemos nuestra propia vida, observémosla realmente: es una contradicción; queremos ser pacíficos y odiamos a alguien; deseamos amar y somos ambiciosos. Esa contradicción engendra conflicto, lucha, y esa lucha disipa energía. Si no hay contradicción en absoluto, tenemos la suprema energía para transformarnos. Uno se pregunta: ¿cómo es posible no tener esa contradicción entre el "observador" y "lo observado", entre el "experimentador" y lo "experimentado", entre el amor y el odio? ¿Cómo es posible vivir sin estas dualidades? Es posible cuando existe únicamente el hecho y nada más, el hecho de que odiamos, de que somos violentos, y no el opuesto como idea. Cuando tenemos miedo desarrollamos el opuesto, o sea, el valor, que es resistencia, contradicción, esfuerzo y tensión. Pero cuando comprendemos completamente lo que es el miedo y no escapamos a lo opuesto; cuando le prestamos toda nuestra atención al miedo, entonces vemos que no sólo cesa psicológicamente, sino que también tenemos la energía necesaria para hacerle frente. Los tradicionalistas dicen: "Usted debe tener esa energía y, por lo tanto, no sea sexual, no sea mundano, concéntrese, ponga su mente en Dios, abandone el mundo, evite la tentación" -todo ello para que tengamos esta energía. Pero uno continúa siendo un ser humano con apetitos, ardiendo interiormente, con urgencias sexuales, biológicas, deseando hacer algo, controlándose, esforzándose y todo lo demás; -por lo tanto, disipando energía. Pero si usted vive con el hecho y nada más -si está enojado, compréndalo y no se preocupe por "cómo no estar enojado", examine el hecho, vívalo, esté con él, préstele completa atención- verá que tiene esa energía en abundancia. Es esa energía la que mantiene la mente clara, el corazón abierto, de manera que haya abundancia de amor, no sólo ideas o sentimientos.

Interlocutor: ¿Qué entiende usted por éxtasis? ¿Puede describirlo? ¿Dijo usted que el éxtasis no es placer, que el amor no es placer?

Krishnamurti: ¿Qué es éxtasis? Cuando usted mira una nube, la luz en esa nube, hay belleza. La belleza es pasión. Para ver la belleza de una nube o la belleza de la luz sobre un árbol, tiene que haber pasión, tiene que haber intensidad. En esta intensidad, en esta pasión, no hay sentimiento de agrado o desagrado. El éxtasis no es personal; no es suyo ni mío, al igual que el amor no es suyo ni mío. Cuando hay placer él sí es suyo o mío. Cuando existe esa mente meditativa, ella tiene su propio éxtasis, que no puede ser descrito, que no puede ser expresado en palabras.

Interlocutor: ¿Dice usted que no existe lo bueno y lo malo, que todas las reacciones son buenas es eso lo que usted dice?

Krishnamurti: No, señor, no dije eso. Yo dije: observe su reacción, no la llame buena o mala. Cuando la llama buena o mala, usted engendra contradicción. ¿Ha mirado alguna vez a su esposa -siento tener que insistir en esto- sin la imagen que tiene de ella, esa imagen que usted ha construido a través de treinta años o los que fueren? Usted tiene una imagen de ella, y ella tiene una imagen de usted; esas imágenes están en relación; usted y ella no lo están. Esas imágenes surgen cuando no estamos atentos en nuestra relación, es la falta de atención la que engendra imágenes. ¿Puede usted mirar a su esposa sin condenar, evaluar, sin decir que ella está en lo correcto, o en lo incorrecto, sino meramente observarla sin introducir en ello sus prejuicios? Verá entonces que existe una acción del todo diferente que emana de esa observación.

El Vuelo del Águila.

8. Lo Trascendental
¿Penetrar en la realidad? La tradición en la meditación. La realidad y la mente silenciosa

París, 24 de abril de 1969

Jiddu Krishnamurti, El Vuelo del Águila (The Flight of the Eagle). Contiene pláticas y discusiones de Krishnamurti en Londres, Ámsterdam, París y Saanen (Suiza). The Flight of the Eagle. Jiddu Krishnamurti en español.

suntzuart

the 48 laws of power