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Encuentro con la Vida

Primera Parte - Piezas Cortas

El Roble

Esa mañana el roble estaba muy quieto. Era un árbol enorme en el bosque; tenía un tronco gigantesco y sus ramas, muy por encima del suelo, se extendían en todas direcciones. Quieto, estable e inconmovible, era parte de la tierra, como los otros árboles que lo rodeaban. Los otros alborotaban con el viento, jugaban con él y cada hoja pertenecía al viento. Las pequeñas hojas del roble también jugaban con el viento, pero había una gran dignidad y profundidad de vida que uno percibía al observarlo. La hiedra se adhería a muchos de los árboles y llegaba hasta la cima misma de las ramas más altas, pero en el roble no había ninguna. Hasta los pinos tenían adherida esta hiedra que, si le fuera permitido, los destruiría. Y allí, en el bosquecillo, había siete u ocho altas e imponentes secoyas que debieron ser plantadas hace siglos. Estaban rodeadas de rododendros, y durante la primavera el bosquecillo era un santuario no sólo para pájaros y conejos, faisanes y pequeños animales, sino para los seres humanos que se interesaban en llegar hasta allí. Uno podía sentarse quietamente por una hora con los narcisos y las azaleas y contemplar el cielo azul a través de las hojas. Era un lugar encantador y todos estos grandes árboles eran amigos de uno, si es que uno quería amigos.

Era un lugar de rara belleza, aislado, tranquilo, y la gente aún no lo había estropeado. Es extraño cómo los seres humanos profanan la naturaleza con sus matanzas, su ruido y su vulgaridad. Pero aquí, con las secoyas y el roble y todas las flores primaverales, esto era realmente un santuario para la mente quieta, para una mente estable y firme como esos árboles ‑no debido a alguna creencia, algún dogma, ni por la dedicación a algún propósito; la mente libre no necesita de estas cosas-. Uno miraba los árboles, tan extraordinariamente quietos en esa tarde. El camino se hallaba muy lejos y no podía oírse el ruido de los vehículos; de la casa cercana no llegaba sonido alguno y el silencio era total. Aun la brisa se había detenido y no se agitaba ni una sola hoja. El nuevo pasto de primavera era de un verde delicado, uno apenas se atrevía a tocarlo. La tierra, los árboles y el faisán que lo vigilaba a uno, eran indivisibles. Todo formaba parte de ese extraordinario movimiento de la vida y el vivir, cuya profundidad el pensamiento jamás podrá alcanzar. El intelecto puede tejer un montón de teorías, puede construir alrededor de ello una estructura filosófica, pero la descripción no es lo descrito. Si usted se sentara quietamente, muy lejos de todo el pasado, entonces quizá podría sentir esto; no usted sintiéndolo como un ser humano separado, sino más bien porque la mente se hallaría tan completamente silenciosa que habría una inmensa percepción alerta sin la división del observador.

Y si paseando se alejara a poca distancia, encontraría una granja con enormes cerdos, montañas de carne rosada, resoplante, lista para el mercado. (Ellos dijeron que era un negocio muy bueno y lucrativo). Usted vería a menudo un camión subiendo por un sendero áspero y sinuoso de la granja, y al día siguiente habría menos cerdos. (“Pero necesitamos vivir”, dijeron ellos...). Y la belleza de la tierra ha sido olvidada.

Del Boletín 8 (KF), 1970

Encuentro con la Vida

Primera Parte - Piezas Cortas

El Roble

Jiddu Krishnamurti, Encuentro con la vida - Piezas Cortas, Preguntas y Respuestas, Pláticas. Jiddu Krishnamurti en español.

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