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Encuentro con la Vida

Primera Parte - Piezas Cortas

La Libertad es Orden

Si usted es un habitante de la ciudad, tal vez nunca ha experimentado la extraña amenaza de un bosque poco frecuentado. Era un refugio de ciervos, muy próximo a la fea ciudad con su ruido, su suciedad, su escualidez y sus calles y casas superpobladas. Muy pocas personas venían a este bosque. Raramente se cruzaba uno con alguien, excepto uno o dos aldeanos, y éstos eran personas muy calladas, no conscientes de su propia importancia. Desgastados por el trabajo, retraídos, se los veía delgados, más bien famélicos, y había dolor en sus ojos.

Este refugio se hallaba rodeado de altos postes con alambrada de púas, y los ciervos que moraban allí eran tan tímidos como las serpientes. Solían verlo a uno cuando llegaba y suavemente desaparecían entre los arbustos. Había ciervos moteados, llenos de dulce encanto e infinitamente curiosos; pero el temor que sentían por el hombre era más fuerte que su curiosidad. Algunos eran considerablemente grandes. Luego estaban los ciervos negros, con cuernos que se arrollaban rectamente en espiral. Eran aun más tímidos que los anteriores. Y más allá de la cerca de alambre había otros completamente mansos. Acostumbraban permitir que uno se aproximara mucho a ellos, claro que sin tocarlos; pero en realidad no sentían ningún temor. A veces se detenían para mirarlo a uno, erectas las orejas y azotando sus largas colas. Los que estaban dentro del espacio cercado solían reunirse a la tarde en un pequeño prado. Podía verse tal vez alrededor de un centenar. En este bosque nada era muerto por el hombre, ni los pájaros ni las serpientes ni, por supuesto, los ciervos.

Uno raramente veía las serpientes pero había muchas, tanto de las inofensivas como de las variedades más peligrosas. Un día, mientras paseábamos, vimos una serpiente sobre un pequeño montículo hecho por las hormigas. Subimos hasta acercarnos mucho a ella, como a un par de pies de distancia. Era grande, larga, brillante a la luz del atardecer, y su negra lengua se proyectaba de atrás para adelante. Unos labriegos que pasaban dijeron que se trataba de una cobra y que debíamos alejarnos de ella.

La primera tarde que estuvimos en este refugio percibimos muy intensamente la amenaza del bosque. El sol se había puesto y estaba muy oscuro. Uno sentía cómo esta amenaza lo cercaba acompañándolo a lo largo de todo el camino. Pero al segundo y tercer día fuimos muy bienvenidos.

Los hombres cuerdos no necesitan disciplina; sólo los que carecen de equilibrio, al ser tentados, necesitan la restricción, la resistencia. Los que son cuerdos se dan cuenta de sus deseos, de sus impulsos, y la tentación ni siquiera les viene a la mente. Los sanos son fuertes sin tener conciencia de ello. Son sólo los débiles los que conocen su propia debilidad, y de este modo vienen las incitaciones y la lucha contra la tentación. De hecho no existen las tentaciones si uno mantiene los ojos abiertos, no sólo el ojo mental sino también el sensorio. Los que están inatentos quedan enredados en los problemas que genera su inatención. Ello no quiere decir que el hombre cuerdo y sano carezca de deseos. Para él eso no es un problema. El problema aparece sólo cuando el pensamiento convierte el deseo en placer.

Es contra esta búsqueda de placer que el hombre levanta resistencia porque se da cuenta de que en ello está involucrado el dolor; o bien son el ambiente, la cultura, los que han engendrado en él el miedo al placer continuo.

La resistencia en cualquiera de sus formas es violencia, y toda nuestra vida se basa en esta resistencia. La resistencia se convierte entonces en disciplina. La palabra “disciplina”, como tantas otras palabras, está densamente cargada y se interpreta conforme a las distintas culturas, comunidades o familias. Disciplina significa aprender. Aprender no implica ejercitarse, amoldarse, imitar. Aprender acerca de la conducta, del modo de actuar en la relación, es estar libre para observarse a sí mismo, para observar la propia conducta.

Pero este vernos a nosotros mismos tal como somos resulta imposible si negamos la libertad. Por lo tanto, la libertad es necesaria para aprender acerca de cualquier cosa, acerca del ciervo, de la serpiente y también acerca de uno mismo.

El adiestramiento militar y la conformidad al sacerdote son la misma cosa, y la obediencia es resistencia a la libertad. Es extraño que no hayamos podido ir mucho más allá del estrecho campo que implican la represión, el control, la obediencia y la autoridad de los libros. Porque en todo esto la mente no puede florecer jamás. ¿Cómo puede florecer cualquier cosa en la oscuridad del miedo?

Sin embargo, uno debe tener orden; pero el orden de la disciplina, de la ejercitación, es la muerte del amor. Uno debe ser puntual, considerado. Pero si esta consideración es forzada, se vuelve superficial, una mera cortesía formal. El orden no puede encontrarse en la obediencia. Existe un orden absoluto, como en las matemáticas, cuando comprendemos el caos de la obediencia. No es que primero esté el orden y después la libertad, sino que la libertad es orden.

Carecer de deseos es carecer de orden, pero comprender el deseo con su placer es ser ordenado.

Ciertamente, en todo esto la única cosa que genera un orden exquisito (sin el ejercicio de la voluntad, que es conformismo, adaptación, afirmación propia) es el amor. Y sin amor, el orden establecido es anarquía.

Uno no puede cultivar el amor, de modo que uno no puede cultivar el orden. No se puede inculcar el orden en un ser humano. De esta inculcación surgen la agresión y el miedo.

Por lo tanto, ¿qué es lo que uno ha de hacer? Nosotros vemos todo esto, vemos el daño infinito que el hombre está haciendo al hombre. No vemos lo extraordinariamente positivo que es negar; la negación de lo falso es la verdad. No es que uno sustituya la negación por la verdad, sino que el mismo acto de negar es la verdad. El ver es la acción, y uno no tiene que hacer nada más.

Del Boletín 10 (KF), 1974

Encuentro con la Vida

Primera Parte - Piezas Cortas

La Libertad es Orden

Jiddu Krishnamurti, Encuentro con la vida - Piezas Cortas, Preguntas y Respuestas, Pláticas. Jiddu Krishnamurti en español.

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