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Encuentro con la Vida

Primera Parte - Piezas Cortas

La Mente Mediocre

Malibú, California, diciembre de 1971

Había estado lloviendo durante varios días, un aguacero constante, y del nordeste soplaban fuertes vientos. Pero esta mañana era perfectamente clara: cielo azul, sol cálido. Y también el mar era azul.

Sentado en el automóvil, en medio de un distrito comercial, uno miraba todas esas tiendas llenas de tantas cosas y miraba a la gente entrando y saliendo de prisa, comprando toda clase de mercancías. En el mundo occidental era la gran festividad, y el ruido, el bullicio, el incesante parloteo de la gente parecía llenar el aire y en los comercios todos se veían muy ansiosos y hambrientos de comprar cosas.

Observando esto, el maravilloso cielo azul, el mar tranquilo y a todas estas personas con su codicia y sus ansiedades, uno se pregunta dónde va a terminar todo. Y se pregunta por qué el mundo ha llegado a esto, a ser tan completamente burgués, si es que uno puede utilizar esa palabra. Yo no sé cómo la traducen ustedes, qué significa esa palabra para ustedes. Pueden darle un significado muy superficial e ignorarla o pueden examinar cuáles son sus implicaciones. ¿Por qué esta mente estrecha, limitada y mezquina pisotea y parece conquistar todas las otras mentes y sentimientos y actividades del mundo? ¿Qué es un burgués? Uno usa esa palabra más bien con vacilación, debido a que tiene tantas alusiones políticas y es empleada de manera desdeñosa por tanta gente. Y existe la sensación de que esa gente, en su desdén, es parte de lo que desprecia. Sería, pues, interesante descubrir qué significa ser un burgués. Obviamente, es una persona para quien la propiedad, el dinero y el interés propio son dominantes aunque ella misma pueda no poseer propiedades ni gran cantidad de dinero ni estar apegada a ello. Hay muchas personas así en el mundo. En el campo religioso y en el mundo de los artistas e intelectuales también persiste el interés propio. Por lo tanto, es posible que una mente burguesa sea este factor del interés propio. Además, esa expresión “interés propio” es más bien difícil de definir. Tiene tantos significados sutiles que hay muchos modos de interpretarla. Pero si uno puede observarla, penetrar en ella un poco más profundamente, el interés propio, por amplio que pueda ser, por más que se extienda a muchos campos, tiene una cualidad y una actividad restringidas, una acción limitadora y restrictiva.

El hombre religioso, el monje, el sannyasi puede haber renunciado a las cosas mundanas ‑propiedad, dinero, posición e incluso, tal vez, prestigio- pero su interés propio sólo ha sido transferido a un nivel más alto. El se identifica a sí mismo con su salvador, con su gurú, con su creencia. Y esta misma identificación, este empeño en dedicar todos sus pensamientos y sentimientos a una figura, a una imagen, a alguna esperanza mítica, constituye el interés propio. Por lo tanto, donde hay interés propio uno tendería a pensar que está la raíz misma de este terrible nacionalismo, esta división de la gente, de razas, de países. Un interés propio semejante origina la estrechez de la mente, de modo que ésta pierde elasticidad y es incapaz de una acción ágil, perceptiva. El técnico tiene una ágil adaptabilidad en el campo de la técnica; puede cambiar de una técnica a otra, de un negocio a otro, e incluso de una creencia a otra o de una nacionalidad a otra, pero estas limitadas adaptabilidad y elasticidad de la mente no ofrecen libertad. ¿Cómo puede un hombre que se ha consagrado a una creencia o ideología particular, tener una mente y un corazón infinitamente flexibles, como una brizna de hierba que se doblega pero que, no obstante, permanece sin romperse? De modo que el burgués es una persona que está apegada a la propiedad, al dinero y al interés propio. Puede usted preguntarle a su esposa o a su amigo si en la relación de ustedes hay interés propio. Si usted quiere que ella o él se ajusten a la imagen que tiene de ellos, eso es interés propio. Pero no tener imagen alguna y, sin embargo, señalar ciertos hechos físicos o psicológicos, eso no es interés propio.

Considerando todo esto, el cielo azul, su extensión, y viendo donde el mar y el cielo se juntan en el horizonte en esa línea recta, maravillosa, y contemplando todo el turbulento ajetreo de las compras para la festividad en que ustedes matan árboles, pájaros y animales, y observando a todas estas personas que fuman, beben y flirtean viajando en costosos o pequeños automóviles, pregúntese a sí mismo: ¿Soy un burgués? Usted puede ser un artista, un político, un hombre de negocios o cualquier persona común dedicada a su pequeño empleo, o puede ser una mujer en la cocina o en la oficina; cualquier cosa que sea, si hay alguna clase de interés propio en su relación con otro, en la posición que ocupa o en alguna creencia o ideología, entonces inevitablemente tiene usted una mente pequeña, estrecha y mezquina. Puede estar haciendo una buena labor, puede ser generoso en su ayuda a otros o puede estar lo que se llama felizmente casado; puede hablar de amor, puede amar a su mujer, a sus hijos o a sus amigos, pero si existe alguna clase de destructivo interés propio, está ahí el sello de la mediocridad, que da una importancia tan grande a la propiedad, a la posición, al dinero y al poder. Esta pequeña mente mezquina no puede ir más allá del muro, de las barreras que el hombre ha erigido en torno de sí mismo.

Y así, sentado en el automóvil mientras aguardaba a alguien, con el cálido sol en los rostros de todos, uno miraba a todas esas personas y se preguntaba qué pasó con la humanidad. Los jóvenes caen en una rutina tanto como los viejos. Cambian las modas y así cambian también los hábitos arraigados. Pero estar preso en cualquier tradición, en cualquier condicionamiento, no da a la mente esta extraña condición de elasticidad. De nuevo, esa palabra necesita explicación. La mente, o la conciencia, puede expandirse con grandes conocimientos, con la experiencia, con el sufrimiento o con una gran felicidad. El placer no ayuda a la elasticidad de la mente; la felicidad lo hace. Pero la persecución de la felicidad, o la persecución del disfrute que se convierte en placer, impide cualquier clase de libertad, de rapidez y elasticidad mental. Como dijimos, la mente puede moverse de técnica en técnica, de trabajo en trabajo, de acción en acción, de una creencia a una nueva ideología, pero esto no es realmente elasticidad. Mientras la mente esté atada o ligada a cualquier punto, a cualquier experiencia o conocimiento, no puede ir muy lejos. Y como el contenido de la conciencia compone la conciencia, el mismo contenido impide la libertad, la rapidez, el maravilloso sentido del movimiento. El contenido de la conciencia se convierte en interés propio. El contenido puede ser la importancia que usted da a un mueble o a alguna técnica o a alguna creencia o experiencia; esa experiencia, ese conocimiento, ese incidente se vuelven el centro del interés propio. Vaciar la conciencia de todo su contenido es tener un movimiento total en percepción y acción.

Del Boletín 14 (KF), 1972

Encuentro con la Vida

Primera Parte - Piezas Cortas

La Mente Mediocre

Jiddu Krishnamurti, Encuentro con la vida - Piezas Cortas, Preguntas y Respuestas, Pláticas. Jiddu Krishnamurti en español.

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