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Encuentro con la Vida

Primera Parte - Piezas Cortas

Al Amor no es Pensamiento

Gstaad, Suiza, 3 de agosto de 1981

cual, dorado e inmóvil, atrapa el sol matinal. Es pasmosa la quietud de las hojas más altas. La paloma torcaza comienza su largo, suave y peculiar arrullo, que contesta su pareja. Y ha empezado el día. El búho real había cesado en su ulular cuando el temprano amanecer primaveral mostraba los contornos de la montaña rocosa y las largas líneas de los cerros arbolados. Antes de que el sol se levantara, grandes silencios parecían cubrir la tierra. ¡Y qué bella era la tierra, intemporal en su vastedad! Es nuestra tierra, nuestra y no de algún grupo, comunidad o nación. Es nuestra, pertenece a cada uno de nosotros.

La carretera está bien construida, es suave, ancha, sin demasiadas curvas agudas a medida que asciende atravesando millas y millas de naranjales bien conservados e interminables huertos de aguacates que bajan a las hondonadas y suben por la ladera de los cerros, todo lo cual debe ser regado y cuidado. El valle está saturado con el aroma de los aguacates y de las flores de naranjos. La carretera pasa por el lugar más alto, quizás a unos cinco mil pies, y luego desciende lentamente internándose en el desierto. El automóvil se detuvo en el punto más alto de la carretera. Hacia el sur los enormes y altos cerros estaban cubiertos de árboles, arbustos y flores de color púrpura y amarillo. Hacia el norte no había árboles; todo era rocoso, vasto, extendiéndose hasta el horizonte completamente intacto, cada roca tal como debe de haber sido por un millar de años. Espacio inmenso e inconmensurable silencio.

La solitud es una cosa y estar solo es otra. La solitud puede ser aislamiento, un escape, una cosa no deseada; pero estar solo, sin las cargas de la vida, con esa libertad total en la que el tiempo/pensamiento jamás ha existido, es ser uno con el universo. Cuando se es un solitario hay una soledad desesperada, una sensación de estar abandonado, perdido, anhelando fervientemente alguna clase de relación, como un barco perdido en el mar. Toda nuestra actividad diaria conduce a este aislamiento con sus interminables conflictos y desdichas, intercalados con algunos raros momentos de felicidad. Este aislamiento es corrupción, que se manifiesta en la política, en los negocios y, por supuesto, en las religiones organizadas. La corrupción existe en los niveles muy altos y en los peldaños más bajos. Estar atado a algo o a alguien es corrupción. También conduce a ella cualquier forma de apego, ya sea que se trate de una creencia, una fe, un ideal, una experiencia o alguna conclusión. La corrupción psicológica es el factor común en lo humano. El dinero, la posición, el poder, son las respuestas superficiales de la corrupción interna, que implica el creciente deseo de placer, la imagen que el pensamiento construye en torno del movimiento del deseo. La corrupción es fragmentación.

En ese vasto espacio entre el cielo claro, azul, y la belleza de la tierra, la conciencia ha tocado a su fin. Todos los sentidos están completamente despiertos al aire puro, al aroma del desierto y de las flores distantes, al movimiento del lagarto sobre la roca caliente y al silencio total. No era sólo el silencio de las grandes alturas, ni ese silencio extraño que reina justo después de la puesta del sol o el que parece descender sobre la tierra con el comienzo del amanecer, lejos de todas las ciudades y los pueblos ruidosos, sino que era también el silencio profundo que jamás ha sido tocado por el ruido del pensamiento. Era ese silencio que no tiene medida, un silencio de tal pureza y claridad que llega mucho más allá de todo el movimiento de la conciencia. El tiempo, literalmente, se había detenido.

Ese silencio nos acompañó mientras el auto corría descendiendo entre los huertos y las arboledas. Allí comenzaban la civilización, la increíble vulgaridad, el brutal atolondramiento y la impudicia de los humanos, cada cual afirmando su presencia, y los ricos exhibiendo su poder y su voluntad. Hasta ese excelente motor parecía haber enmudecido súbitamente, lo cual es, por supuesto, un disparate. Los diarios de la mañana exponían en sus editoriales cuál sería el efecto de una bomba nuclear si alguna vez explotaba sobre una gran ciudad: varios millones de personas muertas, la sociedad en ruinas y el caos primordial. Y así sucesivamente, horror sobre horror. Y la humanidad deposita su fe en los políticos y en los gobiernos...

Cualquier especialista, el cirujano, el arzobispo, el cocinero o el plomero, sólo usa una parte de su cerebro, limitando así su actividad total. El político y el gurú emplean sólo una pequeña parte de la extraordinaria capacidad y energía del cerebro. Esta actividad limitada, parcial, está causando estragos en el mundo. Esa pequeña parte del cerebro es la que funciona en todas las religiones cuando repiten sus rituales, sus palabras sin sentido, sus ceremonias de dos mil o cinco mil años de tradición, como han sido programadas. Algunas lo hacen con gracia usando finas vestiduras, y otras con rudeza. Lo mismo sucede en los círculos del gobierno, la corrupción del poder. La pequeña parte puede acumular un gran conocimiento, pero ese mismo conocimiento sólo fortalece una parte del cerebro. El hombre no puede elevarse jamás mediante el conocimiento, porque éste nunca es completo, siempre está dentro de la sombra de la ignorancia.

La máquina superinteligente, la veloz computadora que está programada por expertos, alcanzará y dejará atrás al pensamiento humano con sus lentas capacidades; aprenderá más rápido, corrigiendo sus propios errores, resolviendo sus propios problemas. El ser humano no ha resuelto ninguno de sus problemas psicológicos, las cuestiones que se han vuelto tan complejas. Parece que ha estado cargándolos consigo desde la más remota antigüedad. Y todavía seguimos cargando estos problemas, problemas de gobierno, religión, relación, violencia, guerras y la contaminación del planeta. Y continuarán siendo insolubles mientras esté funcionando sólo una parte del cerebro, mientras uno esté programado como americano, inglés, francés, etcétera, mientras uno sea católico, hindú, musulmán... Al parecer, somos por completo inconscientes de lo condicionada y programada que está esa pequeña parte del cerebro. Y ello da a esta programación una sensación ilusoria de seguridad, una estructura verbal contra la barbarie. Pero el único bárbaro es el hombre; él mismo es la causa de toda la corrupción y el horror que tienen lugar en el mundo. Él es total y completamente responsable por todo lo que ocurre a su alrededor.

Esta pequeña parte del cerebro es nuestra conciencia; ella es la sede del tiempo, la medida, el espacio y el pensamiento. El tiempo es evolución, tanto biológica como psicológicamente; es el sol saliendo y poniéndose, es el sentido del devenir. La medida es “lo que es” y “lo que debería ser”, el ideal a ser alcanzado, el violento volviéndose pacífico, el constante y continuo lograr, llegar a ser; es la comparación, la imitación, la conformidad, lo mejor y lo máximo. El espacio es la vasta expansión de la tierra, de los cielos, y el pequeño espacio en las ciudades atestadas; y es el espacio, si es que hay alguno, en la conciencia. El pensamiento es el amo, es el factor dominante en la vida humana. No hay pensamiento oriental o pensamiento occidental, sólo hay pensamiento, que puede expresarse de muchos modos diferentes pero siempre sigue siendo el movimiento del pensar. El pensamiento es común a toda la humanidad, desde el hombre más primitivo al más altamente educado. El pensamiento ha puesto al hombre en la luna, ha construido la bomba atómica, ha edificado todos los templos, las grandes catedrales con todas las cosas que contienen y que llamamos sagradas: los rituales elaborados, los dogmas, las creencias, la fe, etcétera. Ha construido la computadora y el programa que ésta lleva adentro. Ha ayudado a la humanidad de incontables modos diferentes, pero también ha engendrado las guerras e inventado todos los instrumentos de muerte. Ha proyectado ideales, enorme violencia, torturas, ha separado a la humanidad en naciones, clases e innumerables religiones que han dividido al hombre contra sí mismo y han puesto al hombre contra el hombre. El amor no es pensamiento con sus recuerdos e imágenes.

El pensamiento sostiene y nutre la conciencia. El contenido de la conciencia es el movimiento del pensar, que jamás se detiene, los deseos, los conflictos, los temores, la persecución de placeres, la pena, la soledad, el dolor. El amor, la compasión con su incorruptible inteligencia, está más allá de esta conciencia limitada, la que no puede dividirse en superior o inferior, porque lo alto o lo bajo sigue siendo conciencia, siempre ruidosa, siempre parloteando. La conciencia es toda tiempo, medida, espacio, porque nace del pensamiento. El pensamiento no puede, en ninguna circunstancia, ser total; puede especular acerca de lo total y complacerse en su verbalización y en la experiencia que ésta le proporciona, pero el pensamiento no puede jamás percibir la belleza, la inmensidad de lo total.

Porque el pensamiento es el hijo estéril de la experiencia y del conocimiento, el que nunca puede ser completo, total. Por lo tanto, el pensamiento será siempre limitado, fragmentado. Trata vanamente de resolver los problemas que el hombre ha ocasionado al hombre y, de este modo, los perpetúa cada vez más. Sólo cuando se da cuenta de su absoluta incapacidad para resolver psicológicamente los problemas y conflictos que ha originado, la percepción y el discernimiento pueden terminar con ellos.

Del Boletín 56 (KF), 1989

Encuentro con la Vida

Primera Parte - Piezas Cortas

Al Amor no es Pensamiento

Jiddu Krishnamurti, Encuentro con la vida - Piezas Cortas, Preguntas y Respuestas, Pláticas. Jiddu Krishnamurti en español.

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