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Encuentro con la Vida

Segunda Parte - Preguntas y Respuestas

¿Qué es la Belleza?

Londres, Inglaterra (sin fecha)

Interlocutor: No sé qué es la belleza. Jamás había pensado siquiera al respecto hasta que lo escuché hablar sobre ella. Soy ingeniero y he construido muchos edificios, puentes y vías férreas. He vivido una vida dura en el campo y en países con muy pocos árboles. Un día, durante un paseo, usted me hizo notar la hermosa forma de un árbol. Yo lo miré y repetí las palabras: “¡Qué hermoso es!”, pero en lo profundo de mí no sentía realmente nada. Por cortesía estuve de acuerdo con usted, pero en realidad no sé qué es la belleza. A veces una vía férrea podía parecerme hermosa y podía admirar uno de esos maravillosos puentes modernos que atraviesan un gran río o la embocadura de un puerto. Son funcionales y se supone que son muy hermosos, pero yo realmente no los veo. Esos modernos aviones a reacción son máquinas funcionales. Cuando usted me los señalaba y decía que eran hermosos, yo sentía de algún modo que eran cosas para ser utilizadas y me preguntaba por qué le causaban tanta excitación. Esa flor amarilla en el camino en mí no generaba en absoluto la misma calidad de sentimiento que en usted. Me atrevo a decir que soy más bien tosco; su mente es mucho más fina que la mía. Jamás me he molestado en mirar mis sentimientos o en cultivarlos. He tenido hijos y el placer del sexo, pero aun eso ha sido bastante insulso y pesado. Y ahora me pregunto si no he sido privado de algo que usted llama belleza y si a mi edad podré alguna vez sentirla realmente, ver el mundo como algo maravilloso, ver los cielos, los bosques y los ríos. ¿Qué es la belleza?

Krishnamurti: ¿Está usted hablando de la belleza del vivir o de la belleza que el ojo ve en algo? ¿O se refiere a la belleza de un poema, a la belleza de la música? Probablemente todo esto pueda parecerle más bien sentimental y emocional, pero también hay belleza en las matemáticas, como usted sabe. En eso hay un orden supremo. ¿Y acaso no es bello también el mismo orden en la vida?

Interlocutor: No sé si es bello, pero lo que sí sé es lo que he hecho con mi propia vida: me he disciplinado de manera rigurosa, casi brutal, y en eso hay un cierto orden atormentado. Pero probablemente usted diría que esto no es orden en absoluto. En realidad, no sé lo que significa vivir bellamente. De hecho, no sé realmente nada excepto algunas cosas mecánicas relacionadas con mi trabajo; veo, al hablar con usted, que mi vida es bastante opaca, o más bien que mi mente lo es. ¿Cómo puedo, entonces, despertar a esta sensibilidad, a esta inteligencia que hace que la vida sea extremadamente bella para usted?

Krishnamurti: En primer lugar, señor, tiene que agudizar los sentidos mirando, tocando, observando, escuchando no sólo a los pájaros, el murmullo de las hojas, sino también las palabras que usted mismo usa, su sentimiento ‑por pequeño y mezquino que sea- en relación con todas las secretas intimaciones de su propia mente. Escúchelas y no las reprima, no las controle ni trate de sublimarlas. Sólo escúchelas. La sensibilidad a los sentidos no implica complacerse en ellos, no significa ceder a los impulsos ni resistirlos, sino sólo observarlos de modo que la mente esté siempre alerta, como cuando uno camina sobre la vía del ferrocarril; puede que pierda el equilibrio, pero regresa de inmediato sobre el riel. De ese modo, todo el organismo se ajusta, se vuelve activo, sensible, inteligente, equilibrado.

Probablemente usted considera que el cuerpo no es de fundamental importancia. Lo he visto comer, y usted come como si estuviera alimentando un horno. Puede ser que disfrute del sabor de la comida, pero todo es tan mecánico, tan descuidada la manera en que mezcla la comida en su plato... Cuando se dé cuenta de todo esto, sus dedos, sus ojos, sus oídos, todo su cuerpo se volverá sensible, activo y responderá apropiadamente. Esto es relativamente fácil. Pero lo que resulta más difícil es liberar la mente de sus hábitos mecánicos de pensamiento, sentimiento y acción, a los que ha sido empujado por las circunstancias, por la esposa, por los hijos, por el trabajo. La mente misma ha perdido su elasticidad. Se le escapan las formas más sutiles de la observación. Éstas significan vernos a nosotros mismos como realmente somos, sin querer corregirnos ni cambiar lo que vemos ni escapar de ello, tan sólo vernos como somos realmente, de modo que la mente no vuelva a caer en otra serie de hábitos. Cuando una mente así mira una flor o el color de un vestido o una hoja muerta cayendo de un árbol, es entonces capaz de ver vívidamente el movimiento de esa hoja mientras cae y el color de esa flor. De modo que, tanto en lo externo como en lo interno, la mente se vuelve intensamente activa, dúctil, alerta; hay una sensibilidad que la torna inteligente. Sensibilidad, inteligencia y libertad en la acción son la belleza del vivir.

Interlocutor: De acuerdo. Así que uno observa, se vuelve muy sensible, muy atento... ¿y luego qué? ¿Es eso todo lo que hay, maravillarse para siempre de cosas perfectamente comunes? Estoy seguro de que todos hacen esto constantemente, al menos cuando son jóvenes, y no hay nada estremecedor al respecto. ¿Entonces qué? ¿No existe ningún paso ulterior? ¿Sólo esta observación de la que usted habla?

Krishnamurti: Usted empezó esta conversación preguntando acerca de la belleza, diciendo que no la siente. También dijo que en su vida no hay belleza; es por eso que estamos investigando esta cuestión de lo que es la belleza, haciéndolo no sólo de manera verbal o intelectual, sino percibiendo el latido mismo de la belleza.

Interlocutor: Sí, así es, pero cuando le hice la pregunta deseaba saber si no existe algo más que mirar del sensible que usted describe.

Krishnamurti: Por supuesto que existe, pero a menos que uno tenga la sensibilidad de observación, no puede surgir la visión de lo que es infinitamente más grande.

Interlocutor: Son muchas las personas que realmente ven con una sensibilidad acrecentada. Los poetas miran con un sentir intenso... Sin embargo, en todo esto no parece haber una apertura hacia lo infinitamente grande, lo infinitamente más bello, hacia algo que la gente llama lo divino. Porque siento que, ya sea uno muy sensible o más bien torpe como yo lo soy, a menos que haya una brecha hacia una dimensión por completo diferente, lo que nosotros percibimos son solamente variados matices de gris. A mí me parece que en toda esta sensibilidad que, según usted afirma, surge a través de la observación, sólo hay una diferencia cuantitativa, nada más que un pequeño progreso, no algo que de hecho sea inmensamente distinto. Francamente, no estoy interesado en sólo un poquito más de la misma cosa.

Krishnamurti: ¿Qué es, entonces, lo que usted pregunta ahora? ¿Está preguntando cómo puede uno abrirse paso, a través de la insulsa y gris monotonía de la vida, hacia una dimensión por completo diferente?

Interlocutor: Sí. La verdadera belleza tiene que ser alguna otra cosa que la belleza del poeta, del artista, de la mente joven y alerta, aunque de ninguna manera estoy menospreciando esa belleza.

Krishnamurti: ¿Es esto realmente lo que está buscando? ¿Es lo que realmente quiere? Si así fuera, tendría que haber una revolución total en su ser. ¿Es esto lo que desea? ¿Desea una revolución que haga añicos todos sus conceptos, sus valores, su moralidad, su respetabilidad, sus conocimientos, que lo aniquile de tal manera que se sienta usted reducido a la nada absoluta, que ya no posea carácter alguno, que no sea más el que busca, el que juzga, el que es agresivo o tal vez no agresivo, de modo que esté completamente vacío de todo aquello que es “usted”? Este vacío es belleza con su extrema austeridad, en la que no hay ni una pizca de aspereza o afirmación agresiva. Esto es lo que implica abrirse paso. ¿Es esto lo que le interesa? Tiene que haber una inteligencia asombrosa, no información y aprendizaje de conocimientos. Esta inteligencia opera todo el tiempo, ya sea que uno esté despierto o dormido. Por eso dijimos que debe haber una observación de lo externo y de lo interno, la cual agudiza el cerebro. Y es esta agudeza misma del cerebro la que lo aquieta. Y esta sensibilidad e inteligencia son las que hacen que el cerebro opere sólo cuando tiene que hacerlo; el resto del tiempo el cerebro no está inactivo sino atentamente quieto. Y así el cerebro no origina conflicto alguno con sus reacciones. Funciona sin esfuerzo y, por lo tanto, sin distorsión. Entonces el hacer y el actuar son inmediatos, como cuando vemos un peligro. En consecuencia, uno está siempre libre de acumulaciones conceptuales. Esta acumulación conceptual es el observador, el ego, el “yo” que divide, resiste y erige barreras. Cuando el “yo” está ausente, no hay un abrirse paso, no hay brechas; entonces la totalidad de la vida está en la belleza del vivir, en la belleza de la relación, sin sustituir una imagen por otra. Sólo entonces lo infinitamente grande es posible.

Del Boletín 32 (KF), 1977

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Jiddu Krishnamurti, Encuentro con la vida - Piezas Cortas, Preguntas y Respuestas, Pláticas. Jiddu Krishnamurti en español.

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