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Encuentro con la Vida

Segunda Parte - Preguntas y Respuestas

No Pida Ayuda

Saanen, Suiza, 30 de agosto de 1981

Interlocutor: He estudiado, he estado en Asia y he discutido con personas de allá. Aunque soy un hombre lógico, he tratado de ir más allá de las religiones y de penetrar en algo que estoy seguro que existe, algo profundamente misterioso y sagrado. No obstante, parece que no he logrado aprehenderlo. ¿Puede usted ayudarme?

Krishnamurti: Depende de quiénes sean las personas con las que usted ha intentado discutir. ¿Vamos a examinar esta cuestión?

Uno se pregunta por qué viajan ustedes al Asia en absoluto, excepto por cuestiones de negocios. Tal vez las personas que van allá con propósitos religiosos, en realidad están comerciando: “Usted me da algo y yo le daré algo a cambio”. ¿Está la verdad allá y no aquí? La verdad, ¿ha de encontrarse por medio de otras personas, por medio de un gurú, de un sendero, de un sistema, de un profeta, de un salvador? ¿O la verdad no tiene senderos?

Hay un maravilloso relato indio acerca de un muchacho que deja su hogar para ir en busca de la verdad. Acude a numerosos maestros recorriendo sin cesar diversas regiones del país, y cada maestro afirma una cosa u otra. Al cabo de muchos años, ya anciano, después de buscar y buscar, de interrogar, de meditar, de adoptar ciertas posturas, de respirar apropiadamente, de ayunar, de privarse del sexo y todo eso, regresa a su antigua casa. Apenas abre la puerta, allí está; la verdad está justamente ahí. ¿Comprende? Usted podrá decir: “La verdad no habría estado ahí si él no hubiera viajado por todas partes”. Ése es un comentario ingenioso, pero usted pierde la belleza del relato si no ve que la verdad no puede ser buscada. La verdad no es algo que pueda obtenerse, experimentarse, retenerse. Está ahí para quienes puedan verla. Pero casi todos nosotros estamos buscándola perpetuamente, pasando de una moda a otra, de una excitación a otra excitación, sacrificándonos (ya conoce todos esos desatinos que ocurren), pensando que el tiempo nos ayudará a dar con la verdad. El tiempo no lo hará.

De modo que el problema es: Soy un hombre lógico y, no obstante, siento que existe algo misterioso pero no puedo aprehenderlo Puedo entenderlo, puedo verlo lógicamente pero no puedo contenerlo en mi corazón, en mi mente, en mis ojos, en mi sonrisa. El interlocutor dice: “Ayúdeme”. Si se me permite señalar algo: no pida ayuda a nadie, porque todo el afán está en usted y en usted está todo el misterio, si es que existe un misterio. Todo aquello por lo que el hombre ha luchado, todo lo que ha buscado, encontrado, descartado como ilusión, todo eso forma parte de su conciencia. Cuando usted pide ayuda ‑perdóneme si señalo esto, lo hago con el mayor respeto, no cínicamente-, cuando pide ayuda está solicitando algo de afuera, solicita algo de otro. ¿Cómo sabe que el otro tiene esa condición de la verdad? A menos que usted mismo la tenga, jamás sabrá si el otro la tiene o no.

Por lo tanto, y esto lo digo con gran afecto y solicitud, lo primero es que, por favor, no pida ayuda. Si la pide, entonces los sacerdotes, los gurús, los intérpretes, todos ellos lo ahogarán con su verborrea. Mientras que si mira el problema, ve que el problema es éste: El hombre, durante siglos y siglos, ha estado a la búsqueda de algo sagrado, de algo no corrompido por el tiempo, por todos los afanes del pensamiento. Lo ha buscado, lo ha deseado con ansia, se ha sacrificado, se ha torturado físicamente, ha ayunado por semanas, pero no lo ha encontrado. Entonces viene alguien y dice: “yo te lo mostraré, yo te ayudaré”. Con lo cual uno está perdido. Vea, cuando usted pregunta si hay algo profundamente misterioso, sagrado, el misterio existe sólo como un concepto; pero si lo descubre, ya no es más un misterio, es algo que está mucho más allá de todo concepto de misterio.

¿Qué es, entonces, lo que uno ha de hacer? Soy humano, puedo reír, puedo llorar, pero soy un hombre serio. He investigado todos los aspectos de la religión y reconozco su superficialidad, así como la superficialidad de los gurús, de las iglesias, de los templos, de las mezquitas y de todos los predicadores. Si he visto la real superficialidad de uno de ellos, he visto la de todo el conjunto. No tengo que pasar por todos ellos. ¿Qué he de hacer, entonces? ¿Hay algo que deba ser hecho? ¿Quién es el hacedor? ¿Y qué es lo que hace? Por favor, siga esto paso a paso, si es que le interesa. ¿Puede usted descartar toda esa superficialidad con sus guirnaldas, sus pinturas, todo ese desatino? ¿Puede usted descartar todo eso y quedarse solo? Porque uno tiene que permanecer solo. La palabra “solo” (alone) significa “todo uno” (all one). Ser un solitario es una cosa y estar totalmente solo es otra. El primer estado contiene en sí la cualidad del aislamiento. Uno puede pasear por el bosque y estar solo o puede pasear por el bosque sintiéndose un solitario. Este sentimiento es por completo diferente de sentir que uno está solo. ¿Qué he de hacer, pues? He meditado, he seguido diversos sistemas, prácticas, y reconozco su superficialidad.

Debo contarle esta historia, si no le importa. Estábamos en Bombay hablando a una enorme multitud y al día siguiente un hombre vino a vernos. Era un anciano, cabello blanco, barba blanca, y me contó la siguiente historia: Él había sido un juez importante en la India, un abogado, con una alta posición social, familia, hijos, respeto y todo eso. Y una mañana se dijo a sí mismo: “He juzgado a otros, criminales, estafadores, ladrones, desfalcadores, hombres de negocios y políticos, pero no sé qué es la verdad”. Y entonces se retiró, se alejó de su familia y se internó en el bosque para meditar. Esa es una de las antiguas tradiciones de la India, sumamente estimada hasta nuestros días: que cuando un hombre renuncia al mundo, por dondequiera que vaya en la India, debe ser vestido, alimentado, respetado. No se trata de una sociedad organizada de monjes. Un hombre así está solo. De modo que se retiró a un bosque y, según me dijo, estuvo meditando por veinticinco años. Ahora, después de haberlo escuchado a uno en la tarde anterior, dijo: “He venido a decirle cuán profundamente me he hipnotizado a mí mismo y cómo me he engañado en esta hipnosis”. Para un hombre que estuvo meditando durante veinticinco años, reconocer que estuvo engañándose a sí mismo... ¿comprende usted la naturaleza de un ser humano que admite eso?

Aquí estoy, pues, soy serio, dispongo de cierto tiempo libre, no sigo a nadie, porque si uno sigue a alguien ése es el final. Por favor, vea esto: es el final para cualquier posibilidad de penetrar en lo eterno. Uno tiene que ser completamente una luz para sí mismo. Me doy cuenta de esto, así que no sigo a nadie, no practico ningún culto, ningún ritual y, no obstante, lo eterno me sigue eludiendo. No está en mi respiración, en mis ojos, en mi corazón. ¿Qué he de hacer, entonces?

En primer lugar, ¿puede el cerebro estar libre del centro que es el “yo”? ¿Comprende mi pregunta? ¿Puede el cerebro estar libre del “sí mismo”, del yo? Aunque ese yo sea un súper o un ultra súper yo, sigue siendo el yo. Para expresarlo muy sencillamente: ¿Puede haber una total disolución del egoísmo? El centro‑yo es muy astuto, puede pensar que ha escapado de todo egoísmo, de todo interés en su propia entidad, en su propio devenir y, sin embargo, de manera muy sutil y profunda, está extendiendo uno de sus tentáculos. De modo que uno ha de descubrir por sí mismo si puede haber una completa y total libertad con respecto a todo egoísmo, a toda actividad centrada en el yo. Eso es la meditación: descubrir un modo de vivir en este mundo sin ser egoísta, sin estar centrado en uno mismo, sin ninguna actividad egocéntrica, sin movimiento egocéntrico alguno. Si hay un vestigio, un solo movimiento de eso, entonces estamos perdidos. Por lo tanto, tenemos que estar tremendamente alertas a cada movimiento del pensar.

Eso es muy fácil, no lo complique. En el momento en que está usted iracundo, ni siquiera sabe lo que es ese sentimiento. Pero cuando lo examina, puede ver cómo surge, cómo surgen la codicia, la envidia, la ambición, la agresión. Observe eso mientras está surgiendo, no cuando ya ha desaparecido, ¿entiende? Mientras surge y usted lo observa, eso se marchita. Así el cerebro puede estar alerta a la aparición del pensamiento, y ese estado de alerta es la atención. No reprima el sentimiento, no lo destruya, no lo mate, sólo esté alerta a él. ¿Acaso no conoce la sensación del hambre cuando aparece en usted, o la sensación sexual? Obviamente, sí. Mientras surge, esté completamente alerta a ello y, con esa percepción alerta, con esa atención al movimiento del “yo”, su deseo, su ambición, su búsqueda egoísta se marchitan y desaparecen. Esa atención es absolutamente necesaria, de modo que no quede ni una partícula, ni un vestigio de este “yo”, porque el “yo” implica separación. Ya hemos examinado todo eso. Por lo tanto, eso es lo primero que tenemos que comprender, no el control del cuerpo, las formas especiales de respiración, el yoga... ¡Lávese las manos de todo eso! Entonces tiene usted un cerebro que no actúa parcialmente sino en su totalidad.

El otro día señalamos que nosotros no funcionamos con todos nuestros sentidos, sino sólo con una parte. La parcialidad, la limitación, acentúan el yo, desde luego. No voy a examinar eso en detalle, usted puede verlo por sí mismo. Cuando observa con todos sus sentidos la montaña, los árboles, el río, el cielo azul, cuando mira así a la persona que ama, en eso no hay “yo”. No hay un “yo” que esté sintiendo todo esto, y ello implica un cerebro que no está funcionando como dentista o erudito o jornalero o astrónomo, sino un cerebro que funciona como una totalidad. Eso puede ocurrir sólo cuando el cerebro está completamente quieto, sin vestigio alguno del “yo”, cuando hay un silencio absoluto de la mente, no un vacío, esta palabra puede comunicar un significado erróneo. (De cualquier modo, los cerebros de casi toda la gente están vacíos). Pero un cerebro que no está ocupado con nada, incluyendo a Dios, es un cerebro silencioso, lleno de vitalidad, y un cerebro así contiene un gran sentido de amor, de compasión, que es inteligencia.

Del Boletín 47 (KF), 1984

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