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Encuentro con la Vida

Tercera Parte - Reflexiones

Los Problemas de la Juventud

Saanen, Suiza, agosto de 1967

Yo no creo que puedan separarse los problemas de la juventud, los de la edad madura y los de la vejez; la juventud no tiene un problema especial. Puede parecer que sí porque los jóvenes recién están empezando sus vidas. O hacemos una confusión de nuestras vidas desde el principio mismo y así quedamos presos en un cenagal de problemas, incertidumbres, insatisfacciones y desesperación, o cuando somos jóvenes (y pienso que tal vez sea la única época) echamos los cimientos apropiados. No quiero decir que las personas mayores no puedan salirse completamente de la trampa en que están presas, pero para los jóvenes parece mucho más fácil empezar a comprender qué cosa tan extraordinaria es la vida. La vida no es sólo sexo, fumar marihuana, tomar LSD, ir a la iglesia o adquirir nombradía en los negocios; ni es abandonar todo a la desesperación y llevar una vida licenciosa, bohemia, una clase de existencia incierta. Creo que hay algo más importante en la vida, una cuestión mucho más profunda que requiere muchísima seriedad. Y solamente cuando uno es joven puede sembrar las semillas de la seriedad, que se abrirán y florecerán a medida que uno vaya viviendo. Pero para sembrar estas semillas de claridad, seriedad y recta conducta, son necesarias una cuidadosa observación y una atenta vigilancia.

Cuando uno es joven tiene que ser revolucionario, no por mera rebelión, eso es bastante fácil, es lo que hace todo el mundo. Pero ser realmente revolucionario en el verdadero sentido de la palabra, no en el sentido chino o comunista, sino psicológicamente revolucionario, implica la no aceptación de norma alguna establecida por uno mismo o por otro, implica no amoldarse ni aceptar ninguna clase de autoridad, lo cual significa estar libre de temor. Y sobre la base de esa libertad, uno puede vivir una clase de vida por completo diferente. No una vida establecida por las viejas generaciones con sus guerras, su modo comparativo de vivir, sus dioses, sus religiones, sus salvadores y sus sacerdotes. Todo eso está acabado, muerto.

Por lo tanto, cuando uno es joven y no está comprometido con una familia, un empleo y todas las actividades y desdichas consiguientes, es entonces, me parece, que puede empezar a sembrar una semilla que habrá de florecer a lo largo de su vida, en vez de perderse en todas las insensatas y absurdas búsquedas de nuestra existencia cotidiana. Y eso implica, de hecho, una acción continua que sólo puede tener lugar cuando hay intensidad, urgencia y pasión; no la urgencia superficial de alguna satisfacción sexual, ni la urgencia de amoldarse a un patrón particular de fumar marihuana o tomar drogas. Estas diversas formas de abuso e indulgencia distorsionan la mente y, a medida que uno envejece, estas distorsiones empeoran. Es por eso que uno debe estar atento no sólo a las cosas exteriores, sino también al profundo movimiento interno de los deseos, las búsquedas, los motivos, los temores y las ansiedades.

Es como arar un campo y después sembrarlo; desgraciadamente, casi todos nosotros estamos perpetuamente arando y cavando, pero al parecer jamás sembramos. La siembra es acción, pero si esa acción es el resultado de un pavón particular, entonces no sólo es incompleta sino que engendra todo tipo de problemas y ansiedades. Yo no sé si han notado que, cuando uno hace algo completamente, no sólo con el intelecto sino que pone en ello la totalidad de la mente y el corazón, entonces una acción así no tiene pasado ni futuro. Es completa; y en esa acción completa hay belleza y hay amor. Y eso es lo que está perdiéndose en nuestra vida; no conocemos esta acción completa en la que no existen ni el pasado ni la sombra del futuro. Es una acción total, inmediata y urgente. Y en esa acción hay una llama; esta llama puede dar origen a una revolución tremenda, tanto en lo externo como internamente. Ustedes habrán advertido cómo un río cambia su curso cuando está bloqueado por una gran roca; todo el río ha tomado un rumbo completamente distinto. De la misma manera, una acción que es total, completa, que no está contaminada por nuestro ambiente, por nuestras inclinaciones o tendencias personales, una acción así origina un modo de vida diferente. Y, después de todo, eso es lo que nos interesa en estas discusiones, el vivir cotidiano factual. En ese vivir hay muy poca belleza, jamás hay una acción completa y, por lo tanto, no se percibe ese perfume que uno puede llamar amor. Casi todos nosotros somos egocéntricos; todas nuestras actividades se hallan trabadas por este anhelo que es el núcleo mismo de nuestra existencia, que es el “yo”.

Siento que es importante que aprendamos a ser muy sencillos con nosotros mismos, lo cual es una de las cosas más difíciles que hay; jamás somos sencillos. Nuestra mente es muy compleja, nuestro tan cultivado intelecto es muy sofisticado: tiene innumerables razones para hacer y no hacer esto o aquello. La sencillez de que estamos hablando no consiste de ningún modo en vivir en la suciedad y en la escualidez con muy pocas ropas, sino que es la sencillez de la percepción directa, de ver algo claramente; y el ver es el actuar. Esto produce realmente una sencillez extraordinaria en la acción. Cuando ustedes hacen algo sin dedicar a ello mucho esfuerzo mental, porque pueden verlo muy claramente sin distorsión alguna, entonces ahí está realmente “lo que es”. Y este mismo ver y actuar traen consigo un extraordinario sentido de libertad. Sin esta libertad ‑no como una idea sino estando verdaderamente libres en lo interno-, no alcanzo a ver cómo es posible comprender la vida con toda su enorme complejidad de problemas, exigencias, actividades y búsquedas. Pero, desgraciadamente, la mayoría de nosotros no quiere ser libre; la libertad es un peligro, es algo que debe evitarse o, cuando está ahí, debe ser controlado, puesto en una jaula. Y la mente hace eso notablemente bien, sabe poner la libertad en una trampa y retenerla ahí.

¡Tenemos tantas preguntas! ¿Qué he de hacer viviendo en este mundo violento, demente, brutal y cruel? ¿Cuál es mi relación con el resto del mundo? ¿Cómo he de actuar en esa relación? Todos éstos son problemas muy serios. La mayoría de nosotros trata de producir alguna actividad periférica, quiere reformar o corregir el mundo. Decimos: “Veo muy claramente la necesidad de no ser violento, porque entonces, de algún modo, debo de afectar al mundo”. Pienso que sí, que uno afecta tremendamente al mundo si en lo interno uno es violento, no como una idea sino efectivamente. Vivir cada día, en un estado de paz interior, una vida no competitiva, no ambiciosa ni envidiosa, una vida que no engendre antagonismo. Entonces, viviendo en este mundo, tengo una relación con él.

Vean, lo que soy importa enormemente, porque yo he creado esta sociedad; yo la he formado con mis requerimientos, mis prejuicios, mis odios, mis religiones y mi nacionalismo. Yo he dividido el mundo en fragmentos y, si en mí mismo estoy dividido, mi relación con el mundo estará fragmentada y tendrá muy poco significado. Pero si no funciono en fragmentos sino que actúo de una manera completa, total, entonces tengo una relación enteramente distinta con el mundo. Pero nosotros queremos que se nos diga mediante palabras, imágenes y símbolos, qué clase de relación será ésa; queremos el modelo de esta relación de un individuo libre cuya acción es completa. Pero la palabra, el símbolo, no es el hecho; sin embargo, nos satisfacemos con palabras y explicaciones. Si en cambio pudiéramos, como individuos, realizar dentro de nosotros mismos un mundo no fragmentario, entonces pienso que toda nuestra relación experimentaría una revolución tremenda. Y, después de todo, cualquier movimiento que valga la pena, cualquier acción que tenga un significado profundo, tiene que comenzar dentro de nosotros mismos, de cada uno de nosotros. Primero tengo que cambiar yo. Tengo que ver qué implica la naturaleza, la estructura de esa relación con el mundo; y el propio ver es el hacer. Por lo tanto, como ser humano que vive en este mundo, doy origen a una calidad por completo diferente, y esa calidad, me parece, es una mente religiosa.

No sé si ustedes han sentido profundamente qué implica esa palabra: “religiosa”. Ciertamente, no es la religión de la creencia y la propaganda organizadas, de las iglesias, los sacerdotes, las ceremonias y los rituales. Eso no es religión. En mi sentir, la religión es algo del todo diferente. No tiene nada que ver con lo que el hombre ha inventado a causa del miedo. Esto que el hombre llama “religión”, es algo que él ha buscado y aprisionado en la trampa de las religiones organizadas. Nosotros estamos hablando de la mente religiosa, que es muy difícil de explicar debido a las muchas cosas que abarca. Una mente religiosa implica, sin duda, un estado mental que no contiene ningún temor y, por ende, ningún sentido de seguridad en momento alguno; en una mente así no hay ninguna clase de creencia, sólo existe lo que es, lo que realmente es. Y en esa mente impera un estado de silencio no producido por el pensamiento, sino que ese silencio es el resultado natural de una percepción alerta y una atención muy intensas. Es el resultado de una meditación en la cual el meditador está por completo ausente; entonces, de ello surge un silencio en el que no existen ni el observador ni lo observado. Y en ese silencio uno comienza a descubrir por sí mismo el origen y principio del pensamiento. Se da cuenta, entonces, de que el pensamiento es siempre viejo y que, por consiguiente, jamás puede descubrir nada nuevo. Y, al descubrir todo esto a causa de ese silencio que es parte de la mente religiosa, uno conoce un estado de energía que no es la energía del conflicto ni es la energía engendrada por medio del esfuerzo, la ambición, la codicia y la envidia. Es una energía que no ha sido tocada por ninguna clase de conflicto. Todo eso, me parece, es el estado de la mente religiosa.

Sin dar con eso, pueden ustedes tomar LSD, tener innumerables visiones o experiencias, hallarse en un estado de sensibilidad intensificada o hipnotizarse a sí mismos mediante la repetición de diversos dogmas y credos; pero estas sensaciones no contienen esa calidad de la mente religiosa. Lo importante, pues, ya sea uno muy joven o muy viejo, es traer todo el proceso de la propia vida a un nivel diferente, a una dimensión diferente, ahora, en el presente, en este mismo instante.

Del Boletín 12 (KF), 1971-2

Encuentro con la Vida

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Jiddu Krishnamurti, Encuentro con la vida - Piezas Cortas, Preguntas y Respuestas, Pláticas. Jiddu Krishnamurti en español.

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