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Encuentro con la Vida

Tercera Parte - Reflexiones

Una Calidad de Mente que no Conoce la Separación

Bombay, India, enero de 1968

Me parece que lo primero que es preciso comprender en este mundo caótico y más bien demente, es cómo prestar atención a las conclusiones, descripciones y análisis que la gente ofrece en relación con los problemas que todos tenemos. ¡Tenemos tantos problemas! No sólo en este deteriorado país, sino también en todo el mundo, los seres humanos se enfrentan a problemas extraordinariamente complejos. Los expertos, los intelectuales, los gurús, los teólogos, los sacerdotes, todos ofrecen explicaciones, cada cual conforme a su condicionamiento particular, a su particular creencia, etcétera. Y cuanto más confundido está uno, tanto más sufre, cuanto más busca, tanto más desea consuelo, seguridad o claridad. Están los que ofrecen seguridad y claridad, y pienso que es sensato aprender cómo escuchar lo que ellos ofrecen (cómo escuchar, no sólo a ellos sino también a quien les habla), porque somos tan crédulos que queremos aceptar, queremos que se nos engañe, queremos ser hipnotizados por las palabras, queremos una salida fácil para nuestra confusión y nuestro dolor. Es muy desafortunado, pero estamos ansiosos por aceptar especialmente lo que ofrecen aquellos que, de acuerdo con una fórmula, explican cómo afrontar la crisis que existe en todo el mundo; las fórmulas de ellos varían según su condicionamiento, según la cultura en que han sido educados.

Los seres humanos de todo el mundo han sido condicionados por miles de años conforme a fórmulas y conceptos, y cuando la vida, que es un movimiento, exige nuestra atención total, no podemos concedérsela porque estamos funcionando y pensando de acuerdo con una fórmula, ya sea que ésta provenga de Shankara, de Marx, de Lenin o de nuestro último gurú. Por lo tanto, uno tiene que preguntarse: ¿Por qué los seres humanos viven en todo el mundo sobre la base de fórmulas? No sé si ustedes se han preguntado alguna vez por qué viven en el nivel conceptual, por qué siempre formulan una ideología y luego intentan vivir y pensar en ese nivel, mientras que la realidad es algo por completo diferente. La realidad es el vivir de cada día que nada tiene que ver con los conceptos; esto es lo primero que hay que comprender. Uno ha de descartar completamente todas las fórmulas, todos los métodos, ha de reconsiderar nuevamente toda la cuestión; no puede ya seguir siendo un hindú, un cristiano, un budista, un musulmán. Como ser humano que vive en este país, en esta ciudad espantosa con todas sus miserias, su escualidez y su suciedad, uno ya no puede pensar más en términos de fórmulas si es que ha de vivir una vida completa, total, de instante en instante. El vivir es relación. Uno no puede estar relacionado con otro según una fórmula, ¿comprenden? Esto es muy sencillo. Uno tiene que vivir, tiene que ir a su oficina o a la fábrica y trabajar duramente, esforzarse; pero si ustedes tratan de vivir conforme a una fórmula o a una imagen establecida por los antiguos maestros, no están en absoluto relacionados, están viviendo meramente de acuerdo con una idea. Lo mismo ocurre en un estado comunista en el que se ha establecido una ideología política por medio de la tiranía y de condicionar al pueblo ‑tal como lo han hecho los cristianos y los hindúes, que han condicionado a la gente por medio de palabras, de propaganda y de la constante repetición.

La mente de ustedes funciona en un nivel ideológico, conceptual, abstracto, mientras que el vivir es el contacto cotidiano, el dolor, la desdicha, la soledad, la desesperación de todos los días que tenemos que comprender, no la abstracción, no los brillantes artículos de escritores ingeniosos. Cuando nuestra vida cotidiana está tan fuertemente envuelta en ideologías, se vuelve vulgar, contusa y carente de significado.

Lo que tenemos que hacer es darnos cuenta de nuestro condicionamiento, sólo saber que estamos condicionados, que hemos sido condicionados por siglos y siglos. Si uno no comprende esto, entonces continuará creando gran confusión, gran desdicha para otros y para sí mismo.

No sabemos lo que es el amor, no amamos, nos hemos vuelto crueles, insensibles, indiferentes, despiadados. Sin amor, ustedes nada pueden resolver. ¿Se han preguntado alguna vez por qué carecen en absoluto de amor? ¿Saben lo que entiendo por amor? Sólo ser amable sin ningún motivo, sólo ser generoso, tener sentimientos por los demás, sentir la fealdad de una calle sucia, sentir la pobreza, ver esta explosión demográfica que continúa en todo el mundo, sentirla, descubrir sus causas, llorar, no por nuestra propia pequeña y desdichada familia o por la muerte de alguien que nos agrada, sino llorar por el caos total de este mundo.

Hemos perdido todo sentir por habernos vuelto tan notablemente ingeniosos. El ingenio es mundano, dénse cuenta de eso. Cuando somos ingeniosos, somos realmente mundanos; nos hemos vuelto ingeniosos a través de la educación, porque la superpoblación nos obliga a luchar duro para vivir, luchar compitiendo, desplazando a otros gracias a nuestro ingenio, aprobando exámenes y consiguiendo un empleo. Nos hemos vuelto ingeniosos por el deseo de la mera supervivencia. Obsérvense a sí mismos. Nunca discutimos realidades ‑cómo terminar con las guerras, cómo ser amables, generosos-; sin embargo, estamos siempre dispuestos a discutir cosas abstractas.

Entiendo por amor una calidad de mente que no conoce la separación, ¿comprenden? Porque cuando hay separación, hay conflicto, envidia, celos, antagonismo, deseo de poder, de posición... los resultados de nuestra ingeniosa mundanidad. Cuando hay separación entre uno y otro, no hay relación ‑aunque estén ustedes casados, tengan hijos, sexo, etcétera-, y cuando uno se siente separado del otro, carece de amor, y sin amor no es posible resolver los problemas de este mundo ni cualquier clase de problema a que deban ustedes enfrentarse. Por favor, comprendan esta cuestión fundamental: ustedes carecen de amor. ¿Por qué? ¿Por qué el amor no bulle en ustedes cuando ven la belleza de una puesta de sol, o miran un árbol, cuando ven el dolor, la desdicha, la confusión, la angustiosa existencia del hombre? ¿Por qué les falta amor? Ese es el problema fundamental, no si Dios existe o no, o qué va a suceder con ustedes cuando mueran, sino por qué, como seres humanos, no tienen esta calidad de la mente que está más allá de la separación, más allá de todos los nacionalismos, de todas las religiones con sus creencias, sus dogmas y todas esas cosas que el hombre ha inventado para protegerse a sí mismo. ¿Por qué? Pregúntenselo en serio, por favor. Ésta es una pregunta realmente muy importante, no la desatiendan.

¿Por qué ustedes, como seres humanos, tan capaces, tan ingeniosos, tan astutos, tan competidores, habiendo logrado tanto tecnológicamente, siendo capaces de ir a la luna o de vivir por semanas bajo el mar, de inventar el extraordinario cerebro electrónico, por qué no tienen la única cosa que importa? Sin amor se vuelven ustedes amargados, temerosos, toda relación es conflicto. No sé si alguna vez han encarado seriamente esta cuestión y se han preguntado por qué sus corazones están vacíos.

Ésta no es una reunión emocional o sentimental. El amor no es sentimental ni emocional, no tiene nada que ver con la devoción o la lealtad. Uno tiene que descubrir por qué carece de amor; al descubrir eso, puede ser que uno dé con el amor. No es posible cultivar el amor, uno no puede obtenerlo practicando un método; no hay escuela a la que puedan asistir para aprenderlo. Y sin amor, hagan lo que hagan, aunque acudan a todos los templos del mundo y lean todos los libros que se titulan sagrados, sin amor la vida de ustedes transcurrirá en medio de la confusión y el dolor.

Tal como es nuestra vida cotidiana, así es nuestra sociedad. ¿Comprenden, señores? La sociedad no es diferente de nosotros, de lo que somos, de lo que hemos sido; o sea, es la comunidad en que vivimos. El desorden social existe porque somos desordenados en nuestra propia vida. Sin embargo, el orden no puede surgir por medio de la organización intelectual, a través de un plan; hemos intentado todas estas cosas por miles de años; son muchísimos los seres humanos que se han esforzado por crear una nueva sociedad, una comunidad nueva, una nueva forma de vivir, y todos ellos han fracasado y siempre fracasarán, porque construyen sobre una fórmula, sobre un concepto, sobre una ideología.

Vamos, pues, a averiguar si podemos dedicar nuestros corazones a resolver este problema de la existencia: la tortura diaria del vivir, la diaria desdicha, la diaria confusión, las efímeras alegrías y los placeres pasajeros, a todo lo cual llamamos vida. Ustedes no pueden resolver eso sin comprenderlo, y comprenderlo es amarlo. Pero no pueden amarlo si no saben qué implica la separación y qué significa estar relacionado; vamos a examinar eso, no de manera intelectual o verbal, sino de hecho. Hacer esto es mirar, observar en qué consiste nuestra presente relación, la relación cotidiana con nuestra esposa, con nuestra familia, con nuestro jefe, con nuestro vecino, y ver si es de algún modo posible ir más allá de esta separativa y limitada existencia.

En primer lugar, no queden presos en las palabras, ¿comprenden? La palabra no es la cosa real, la palabra “árbol” no es el árbol real ‑eso es muy simple-. La palabra no los ayudará a tocar el árbol; ustedes tienen que entrar en contacto con él, apoyar la mano sobre el árbol. Somos esclavos de las palabras, esclavos de ideas, imágenes y símbolos. Para que podamos entrar en contacto directo con algo, la palabra no tiene que interferir. Por lo tanto, uno tiene que aprender el arte de ver y escuchar, y descubrir cómo mirar, cómo mirar el mundo en que vivimos, cómo mirar un árbol, una nube, la belleza del crepúsculo. Para ver algo muy claramente, tenemos que ser sensibles, ¿comprenden? Y si nuestras manos son ásperas, brutales, crueles, no podemos tocar el árbol. Si tenemos los ojos cegados por las preocupaciones, por nuestros dioses, por nuestra esposa, por nuestro sexo, por nuestros temores, no podemos ver la nube, la belleza de la puesta del sol.

Uno tiene que aprender cómo mirar, cómo ver, y este arte no podemos aprenderlo de otro, uno tiene que hacerlo por sí mismo. Aunque quien les habla lo está explicando, no se dejen llevar por la explicación, sino háganlo realmente. No digan: “Trataré de hacerlo”, ésa es una de las declaraciones más evasivas que puedan jamás pronunciar. O lo hacen o no lo hacen; no existe el “tratar” o el “hacer lo mejor que puedan”.

Cuando miran una hoja, ¿cómo la miran? Obviamente, la miran con los ojos pero también la miran con la mente ‑la mente que tiene su propia memoria de la hoja, el nombre botánico de esa hoja-. Así que la miran con los ojos, pero también la miran a través de recuerdos asociados, ¿correcto? Tiene lugar un proceso dual. Ustedes ven con los ojos y también ven a través de la memoria, a través de la imagen que tienen de esa hoja (o de la esposa o el marido o de la nube).

Cuando miran al marido o a la esposa, los miran con la imagen que han formado a través de muchos años, con los recuerdos de sexo, de placer, de irritación, de regaños, de palabras airadas, etcétera; han construido imágenes el uno del otro, ése es un hecho real. Ahora bien, son meramente estas dos imágenes las que se relacionan, y por esta razón no tienen ustedes en absoluto una relación directa; hay separación ‑tiene que haberla por fuerza- y, en consecuencia, hay conflicto. Por lo tanto, hay total ausencia de amor. En tanto no se den cuenta del mecanismo, de la estructura y naturaleza de la imagen, jamás se librarán de ella y siempre estarán en conflicto.

El mundo necesita cooperación, este país la necesita desesperadamente. Este país, que se está dividiendo tan catastróficamente por las divisiones lingüísticas, por las mezquinas divisiones nacionales y así sucesivamente, necesita de la cooperación para poder siquiera vivir. ¿Cómo pueden cooperar unos con otros si no tienen amor? ¿Cómo pueden usar la palabra “cooperación” cuando son ambiciosos, separativos, competidores y se dividen entre ustedes mismos mediante palabras, dogmas y creencias? Sin embargo, cuando sepan cómo cooperar verdaderamente, también sabrán cómo no cooperar, tienen que saber ambas cosas. Cuando conozcan el sentido y la profundidad y la significación del cooperar, entonces sabrán cuál es el momento para una acción correcta de no cooperación. Pero primero debe uno saber cómo cooperar, y no podemos cooperar si hay separación. Si tienen una imagen, la separación existirá siempre, aunque vivan en una familia, aunque duerman con la esposa o el marido. Vean, en primer lugar, que a causa de la imagen que tienen, imagen de ambición, de codicia, de envidia y de éxito, aunque ambos puedan vivir en la misma casa y engendrar hijos, están separados, no están cooperando. La cooperación puede surgir solamente cuando hay amor. El amor no es sentimental, no tiene nada que ver con el emocionalismo, el amor no es placer, no es deseo. Para dar con esta cosa extraordinaria, con su belleza, tienen ustedes que aprender a mirar, a mirar ese árbol, a mirar a la esposa y a los hijos.

¿Por qué los seres humanos han llegado a esta crisis extraordinaria, esta crisis de total desorganización, este desorden, esta confusión que impera dentro de ellos y se expresa exteriormente en la sociedad? ¿Por qué el hombre, que ha vivido durante tantos miles y miles de años, llega a semejante desdicha y conflictos? ¿Por qué? Este caos se ha vuelto muy alarmante. ¿Cuál es la razón de ello? Ustedes dirán: “Es la superpoblación” ‑doce millones y medio de personas nacen cada año en la India, que ya está superpoblada-. Dirán: “Es el tipo de moralidad que acompaña al conocimiento tecnológico”. Dirán: “Es la falta de comunicación”. Éstas son las respuestas hábiles, cómodas. En respuestas cómodas como ésas no encontrarán ustedes la profundidad o la verdad de este problema. Realmente, ¿por qué ustedes, en este país, habiendo vivido por tanto tiempo con sus maestros, sus Shankaras, Gitas, gurús, con sus inmaduros santos, por qué se encuentran hoy en este estado de desorden, en esta confusión? ¿Por qué? Si descartan las explicaciones fáciles de la superpoblación, de la falta de moralidad que acompaña al conocimiento tecnológico y de esta falta de comunicación directa ‑que puede ser cierta-, ¿cuál es, entonces, la razón fundamental de esta desdicha? ¿Por qué un país como éste, que ha tenido la tradición de la bondad, de la amabilidad, de no matar, de no ser crueles (no es que lo vivieran así), por qué, habiendo tenido todos estos maestros, algo ha resultado totalmente mal? ¿Cuál es y de dónde proviene la causa de ello?

Para investigarlo, deben ustedes examinar muy detenidamente; para examinar, no deben tener prejuicios; para poder descubrir, tienen que ser libres y estar exentos de temor. Nosotros vamos a descubrir, o sea, a descubrir la causa. Por favor, entiendan bien esto. Ustedes pueden saber que se sienten enfermos porque tienen cáncer; pero saber que uno tiene cáncer no lo libra de esa enfermedad, ustedes pueden recurrir a una operación quirúrgica. Del mismo modo, pueden encontrar la causa de su dolor, pero esto no los libra del efecto; lo que los libra del efecto del dolor es la comprensión instantánea de la causa, la operación quirúrgica sobre ella. Uno tiene que mirar, tiene que examinar la causa, y para esto tiene que haber libertad; puede que ello los asuste, porque la libertad implica una total negación del pasado, una total negación de sus dioses, de sus creencias y sus rituales, la total negación de todo eso. Casi todos tienen miedo de ser libres y, sin embargo, es sólo la mente libre, la mente apasionada, despierta, la que puede descubrir realmente cómo esta calamidad, este dolor inmenso se ha abatido sobre el ser humano.

Para emprender el viaje, pues, lo primero es asegurarse de que uno viaja liviano, sin todas sus cargas, sin todos sus prejuicios y sus preocupaciones. Y eso implica producir una total revolución en nosotros mismos; tiene que ocurrir una mutación total de la mente. Y esta mutación no es posible si no estamos libres para descubrir, si tenemos miedo de lo que pueda pasar.

Si son lo bastante afortunados y descubren cómo escuchar, cómo ver, entonces encontrarán por sí mismos que hay una bendición en el acto mismo de ver, en el acto mismo de escuchar; no la bendición de un dios, no existe la bendición de los dioses ni la bendición de las plegarias ni la de los templos. Es una bendición que adviene sólo cuando uno sabe cómo amar.

Del Boletín 20 (KF), 1973-4

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Jiddu Krishnamurti, Encuentro con la vida - Piezas Cortas, Preguntas y Respuestas, Pláticas. Jiddu Krishnamurti en español.

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