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Encuentro con la Vida

Tercera Parte - Reflexiones

No Puede Enseñarse a Amar

Bombay, India, enero de 1968

¿Por qué escuchamos a alguien que habla públicamente? ¿Es para adquirir ciertas ideas, para aprender algo? ¿Es meramente a causa de la curiosidad? ¿O escuchamos para descubrir por nosotros mismos en las palabras del que habla, lo que realmente somos? Es un hecho sorprendente que, dondequiera que uno vaya, el auditorio parece escuchar meramente un montón de palabras, teorías y posibilidades. Y me temo que lo mismo ocurre aquí; como ustedes se sientan allí y quien les habla lo hace en el estrado, uno se sorprende ante este extraño fenómeno; y es muy extraño, porque si supiéramos cómo mirar, cómo mirar el mundo con sus múltiples actividades, y también supiéramos cómo mirar dentro de nosotros mismos, creo que nunca asistiríamos a una reunión, nunca escucharíamos a otro para aprender, porque en nosotros mismos está escrita toda la historia del hombre; en nosotros mismos, si sabemos cómo mirar, cómo escuchar, podemos leer muy nítidamente toda la historia, la desdicha y la lucha del hombre. Pensamos que algún otro va a enseñarnos cómo mirar, que algún otro va a mostrarnos el camino y a salvarnos de nuestra interminable lucha y desdicha. Si ustedes observan, tanto externa como internamente, se darán cuenta de que no hay nadie que pueda darnos la llave, la comprensión de nuestra vida tan desesperadamente desconcertante, compleja y desgraciada. Pero rehusamos mirar, nos negamos a escuchar las sugestiones, las insinuaciones de eso que nos está contando la historia, tanto en detalle como en su totalidad abarcadora; eso nos dice lo que realmente está ocurriendo.

Por lo tanto, si se me permite señalarlo, quien les habla no tiene nada que enseñarles, y eso es lo que realmente quería decir: ninguna nueva filosofía, ningún nuevo sistema, ningún nuevo sendero hacia la realidad. No hay sendero que conduzca a la realidad; los muchos senderos que el hombre ha inventado hacia la realidad, han nacido del miedo; de hecho, no hay en absoluto sendero alguno. Un sendero implica algo permanente, estático, que está ahí inmóvil; lo único que tienen que hacer es andar por el sendero y llegarán allá. Me temo que no es así en lo más mínimo. Es mucho más complejo, mucho más sutil y extraordinariamente bello si uno comprende que no hay sendero, que no hay salvador, que nadie puede liberarnos de nuestra propia confusión, de nuestra lucha y de nuestra eterna búsqueda. Porque, como dijimos, todo está ahí si uno sabe cómo explorar, cómo mirar; está todo dentro de nosotros mismos, porque somos el resultado del tiempo, el resultado de una experiencia infinita, de una vasta tradición.

Queremos que se nos diga cómo mirar, cómo escuchar, qué hacer. No formulen esas preguntas nunca, a nadie ‑qué hacer, cómo escuchar, cómo estar atentos-. Todo lo que tienen que hacer es mirar. No es cuestión de “cómo” mirar; sólo mirar, con todo el corazón, con toda la mente, de modo que vean las cosas tal como realmente son. Rehusamos mirar porque nuestros corazones se hallan repletos con las cosas de la mente, la cual tiene múltiples imágenes que no podemos mirar ni con claridad ni con afecto. Y el afecto no puede enseñarse; no hay escuela, no hay maestro ni libro que puedan dar origen a esta calidad del amor. Y sin amor, hagan lo que hagan, aunque vayan a todos los templos, mezquitas e iglesias y se sacrifiquen y se comprometan con un particular curso de acción y pertenezcan a algún partido político, sin amor, la desdicha de ustedes, la dolorosa soledad y la desesperación que padecen, jamás tendrán fin.

La libertad no puede otorgarse; la libertad es algo que aparece cuando uno no lo busca. Surge sólo cuando uno sabe que es un prisionero, cuando conoce completamente, por sí mismo, su estado de condicionamiento, cuando sabe hasta qué punto está atrapado por la sociedad, por la cultura, por la tradición, por todo lo que le han dicho. La libertad es orden, jamás es desorden, y uno debe tener completa libertad, tanto externa como internamente; sin libertad no hay claridad, sin libertad ustedes no pueden amar, sin libertad no pueden dar con la verdad. Sin libertad no pueden ir más allá de las limitaciones de la mente. Tiene que haber libertad y deben exigirla con la totalidad del ser. Cuando la exijan así, descubrirán por sí mismos qué es el orden, un orden que no consiste en seguir un patrón o un diseño, que no es el resultado del hábito.

Hagan el favor de escuchar todo esto, sólo escuchen, sin aceptar ni rechazar.

Sin libertad sólo hay desorden. El desorden dentro de la sociedad jamás es moralidad; esta sociedad, tal como es, prospera en el desorden. ¡Obsérvenlo! Pueden ver cómo cada hombre está en competencia con el otro, cómo cada uno envidia al otro y busca su propia seguridad, busca poder, posición y prestigio para sí mismo y para su familia. Y a causa de esta lucha y este conflicto, el hombre ha desarrollado cierta moralidad, la moralidad de la adaptación al desorden; esa moralidad se considera virtud, se considera que es respetable. Pero una moralidad semejante, la moralidad social, no es moralidad en absoluto; es la inmoralidad que ha creado el patrón de la sociedad, su cultura, sus religiones, su educación, sus gobiernos. Ustedes pueden ver, si prestan un poco de atención a ello, cómo están atemorizados, cada cual buscando su propia seguridad, cada cual deseando realizarse a sí mismo (sin tratar de averiguar jamás si existe eso de la realización), cada cual anhelando llegar al tope del montón, lo cual se considera alcanzar el éxito.

Debemos tener libertad para producir el orden, porque la sociedad, tal como está, es totalmente desordenada, y somos desordenados dentro de nosotros mismos. Tenemos que producir orden, no el orden del gobierno, no el orden de la ley, de una sociedad que se desintegra, sino el orden que surge cuando uno está atento a este desorden y lo comprende, tanto externa como internamente; sin orden no hay virtud, sólo existe esa cosa terrible que se llama respetabilidad.

Para encontrar este orden absoluto (no es que uno lo encuentre) ‑tal como hay orden en las matemáticas, un orden absoluto-, ha de darse con él, y eso sólo es posible cuando se comprende el desorden interno. Nosotros somos desordenados, decimos una cosa, pensamos otra y hacemos una diferente; somos deshonestos con nosotros mismos. Este desorden es la búsqueda para encontrar seguridad psicológica. Obviamente, debemos tener seguridad externa, una casa, ropas, alimento; esa seguridad es esencial; pero tal seguridad externa es destruida por la exigencia interna de seguridad psicológica, la seguridad en la creencia, la seguridad en las ideologías y en las relaciones. Psicológicamente, no hay seguridad alguna; en lo interno no hay permanencia de ninguna clase. Los dioses, las creencias, las ideologías que han sido inventadas, son el producto de esta búsqueda de seguridad interna; y a los dioses se los adora de un modo tan totalmente inútil que no tienen ningún significado en absoluto, todos ellos son invenciones de nuestras mentes pequeñas y mezquinas.

Uno puede ver cómo ha nacido todo este desorden: cuando el hombre es ambicioso y lucha y compite para triunfar, tiene que ser despiadado; un hombre ambicioso engendra desorden y nunca sabrá lo que es el amor. Cuando usted, a causa del miedo, cree en una cosa y cuando otro, a causa de su miedo, cree en otra distinta ‑el dios de él y el suyo, el país de él y su país, él es indio, usted es pakistaní-, eso es desorden. De modo que sus creencias, sus religiones e ideologías, sus comunidades, sus familias, han creado este desorden, ¡sólo mírenlo! En este desorden tratamos de producir orden. Decimos: “Debemos” y “no debemos”, “esto está bien”, “eso está mal”, todo dentro del patrón del desorden. Y el orden, que es virtud, es tan claro y absoluto como el orden en las matemáticas. Ustedes tienen que tener orden, de otro modo no hay paz, de otro modo jamás sabrán lo que es la meditación. Un orden semejante no es hábito, no es la repetición de algo una y otra vez. Llega cuando hemos comprendido el desorden y lo hemos negado totalmente dentro de nosotros mismos; llega cuando no somos más codiciosos y envidiosos, cuando ya no tememos, cuando hemos abandonado completamente nuestra pequeña ideología particular, nuestros dioses y nuestro país; desde esa negación del desorden, adviene el orden; a través de la negación surge lo positivo. Para dar con esa negación deben ustedes tener una mente disciplinada en grado sumo, una disciplina que no es represión ni control ni imitación. Comprender el desorden, tanto externa como internamente, observar, prestar atención a la discordia, a la confusión, es disciplina, ¿verdad? Escuchar a quien les habla es disciplina, significa que están dedicándole toda la atención, que ponen en ello la totalidad del corazón y de la mente ‑y espero que lo estén haciendo. Ese entregar la mente y el corazón es en sí mismo disciplina; y en esa disciplina hay belleza. Uno tiene que volverse un discípulo, no de alguna otra persona, sino un discípulo que está aprendiendo, aprendiendo a ver el desorden. El ver ese desorden es orden; uno no tiene que hacer nada y, sin embargo, tiene que trabajar muy duramente para mirar.

Cuando uno presta atención, atención plena con la mente y el corazón, esa atención es disciplina y es virtud. No hay virtud si somos inatentos; es la inatención la que crea el desorden.

Por lo tanto, éstos son los cimientos para la meditación, una de las cosas más maravillosas que existen.

No pongan especial atención a la palabra “meditación”. Veo que están familiarizados con la palabra, pero la palabra no es la cosa. Observo que en sus rostros se insinúa de pronto una expresión seria y que a la mención de esa palabra súbitamente se sientan más derechos. ¡Qué esclavos son de esa palabra los seres humanos!... Ustedes no saben lo que significa. Todo lo que saben es que esa palabra señala alguna fantasía que tienen. Saben que en todo el mundo están esas escuelas y esos suamis y yoguis que enseñan diversas formas de meditación (no se rían, todos ustedes lo hacen a su manera). Piensan que repitiendo ciertas palabras van a alcanzar el más extraordinario de los estados, que repitiendo un mantra obtendrán alguna experiencia milagrosa. Eso no es en absoluto meditación, es una insensatez, es autoengaño y autohipnosis. La meditación es algo mucho más inmenso, más profundo. Pero ustedes no pueden dar con ella jugando meramente con “palabras” y “energías”; sin embargo, tienen que dar con ella, porque sin la meditación jamás sabrán lo que es el amor, jamás asomarán lágrimas de pura alegría a sus ojos, jamás sabrán lo que es la belleza. Puede que tengan pequeñas experiencias vulgares por medio de las drogas, de la repetición de palabras, de la adoración de una imagen, pero esas experiencias que los seres humanos anhelan son sus propias proyecciones, lo que experimentan proviene de lo que ya han conocido. Por favor, investíguenlo y lo verán; ustedes no pueden experimentar algo si no pueden reconocer lo que es. Si lo reconocen, ya es lo viejo. Por lo tanto, cuando anhelan experiencias inmensas y son capaces de reconocer lo que experimentan, eso es ya algo que proviene de la memoria, una proyección más de lo que ha sido, un recuerdo; y eso no es meditación.

La meditación es el estado de la mente libre; no libre de algo, sino libre sin motivo alguno; no es un resultado. Puede surgir solamente cuando existe un orden absoluto, no el orden conforme a un patrón ni el orden establecido por el hábito o la tradición. Cuando hay orden, hay virtud, la virtud que no pertenece a la sociedad, que no tiene nada que ver con la respetabilidad, con la tradición o con la moralidad desarrollada a través del desorden.

La virtud es algo viviente, es como una flor llena de belleza, llena de perfume; sin embargo, no puede cultivarse. La virtud es un movimiento y, como con todas las cosas vivientes, ustedes no pueden capturarla, retenerla y decir que son virtuosos. Y sin libertad, orden, disciplina, virtud ‑que de hecho son la misma cosa-, la meditación se titula meramente así, pero no es más que un escape, un escaparnos de la realidad, un escaparnos de la vida cotidiana. Pero el orden, la libertad y la disciplina se encuentran en la vida cotidiana; por consiguiente, la vida cotidiana es meditación, ¿comprenden? Espero que lo comprendan. La meditación está en la vida de cada día, en el modo como sonríen, como miran a otro, está en la solicitud, la ternura, la generosidad, está en la atención a la ira, a la brutalidad, a la violencia, a la agresión; ahí está la mente meditativa.

Cuando tienen este orden total ‑no el orden fragmentario, no el orden en una parte de la mente y el resto en desorden; el orden no es fragmentario, es tan absoluto como dos y dos son cuatro, no cinco-, entonces en ese orden hay cordura. El desorden existe porque no somos cuerdos debido a nuestras creencias, a nuestros dogmas, a nuestras posesiones y apegos; nos falta cordura porque en la raíz de todo ello está el miedo. Así, cuando meditativamente han echado ustedes los cimientos en su vida cotidiana, en las palabras que usan, en los gestos, en el sentimiento, en la pasión del vivir de cada día, entonces han echado los cimientos del orden y pueden proseguir.

Verán que la meditación no es concentración. La concentración es un proceso que limita, excluye, separa, y no tiene nada que ver con la meditación. Vean, señores, para descubrir la verdad tiene uno que negar todo lo que ha sido dicho por alguien, negar a su gurú, negar su religión, sus libros. Negar su condición de indio, musulmán, cristiano, inglés o alemán, negarla completamente; entonces, en esa negación (y depende de cómo nieguen ustedes, porque si niegan desde la reacción crearán otro desorden), en esa negación verán la verdad como verdad en el desorden, porque hay verdad en el ver cómo surge el desorden ‑como cuando vemos lo falso en lo verdadero.

De modo que, como la libertad con su orden, su virtud y su disciplina no es fragmentaria, ya no hay más fragmentación en la estructura y naturaleza de la mente. Por lo tanto, la mente ya no vive en un estado de lucha y conflicto; una mente así no tiene fin, es inmensa, increíblemente profunda, no puede ser medida. Una mente así, que en sí misma se ha vuelto lo inconmensurable, vive en afecto, con amor y belleza. Y cuando hay belleza y amor, hay verdad, y no existe ningún dios de los que la mente del hombre ha inventado.

La mente que ha comprendido el vivir cotidiano y ha generado orden en ese vivir y, por ende, belleza y amor, es una mente religiosa. Una mente así no conoce la pena, esa mente es una bendición y hay en ella una bienaventuranza inmensa, inconmensurable.

Esto inmutable es amor, pero la palabra no es la cosa. Tiene su propio movimiento, su propia belleza, que el pensamiento, por altamente sutil y sensible que sea, jamás podrá capturar. El pensamiento debe silenciarse por completo y entonces, tal vez, lo inmutable pueda entrar en contacto con él. La meditación consiste en percibir la no‑dualidad en ambos movimientos, en ver lo inmutable tocando el siempre cambiante movimiento de la vida. El hombre que ha progresado desde ser un pecador a ser un santo, ha progresado de una ilusión a otra. Todo este movimiento es una ilusión. Cuando la mente ve esta ilusión ya no crea más ilusión alguna, ya no mide más. Por lo tanto, el pensamiento ha cesado con respecto al “llegar a ser mejor”. De ello surge un estado de liberación, que es sagrado. Sólo esto puede, tal vez, recibir lo inmutable.

Del Boletín 22 (KF), 1974

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Jiddu Krishnamurti, Encuentro con la vida - Piezas Cortas, Preguntas y Respuestas, Pláticas. Jiddu Krishnamurti en español.

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