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Encuentro con la Vida

Tercera Parte - Reflexiones

La Mente sin Carga

Nueva Delhi, India, noviembre de 1969

Hay muchos problemas. La casa está ardiendo, no sólo el pequeño lugar particular de ustedes sino la casa de todos; no importa dónde viva uno, en el mundo comunista o en el mundo de la opulencia o en este mundo agobiado por la pobreza, la casa está ardiendo. Ésta no es una teoría, no es una idea, no es algo que señale el experto, el especialista. Hay rebeliones, conflictos raciales, inmensa pobreza y explosión demográfica. Ya no hay límites que se opongan, sea yendo a la luna o en la dirección del placer. Las religiones organizadas con sus doctrinas, creencias, dogmas y sacerdotes, han fracasado por completo perdiendo todo su significado. Hay guerras, y la paz que el político está tratando de producir no es paz en absoluto.

¿Ven ustedes todo esto? ¿Lo ven, no como una teoría, no como algo que se les señala para que lo acepten o lo rechacen, sino como algo de lo que no tienen posibilidad alguna de escapar, ya sea acudiendo a algún monasterio o a alguna ideación tradicional del pasado? El reto está ahí para que ustedes respondan a él; es responsabilidad de ustedes. Tienen que actuar, tienen que hacer algo por completo diferente y, si es posible, descubrir si existe una acción nueva, un nuevo modo de mirar todo el fenómeno de la existencia.

No podemos encarar estos problemas con una mente vieja, viviendo una vida condicionada, nacionalista, individualista. La palabra “individuo” quiere decir un ser que no está dividido, que es indivisible. Pero los individuos están internamente divididos, fragmentados, se hallan en un estado de contradicción. Lo que son ustedes, eso es la sociedad, el mundo. Por lo tanto, el mundo es uno mismo, no algo que está aparte, fuera de uno mismo. Y cuando observamos este fenómeno que tiene lugar en todo el mundo, la confusión creada por los políticos en su avidez de poder y por los sacerdotes volviendo a sus viejas respuestas, musitando unas cuantas palabras en latín, sánscrito, griego o inglés, ya no tenemos más fe ni confianza en nada ni en nadie. Cuanto más observa uno lo que ocurre exteriormente y más se observa internamente, tanto menos confía en nada, ni siquiera en sí mismo.

Por lo tanto, nos preguntamos si es de algún modo posible desprendernos inmediatamente de todo condicionamiento. Eso implica que, como la crisis es extraordinaria, necesitamos tener una mente nueva, un nuevo corazón, una nueva calidad de la mente, una frescura nueva, una condición de inocencia. Y esa palabra “inocencia” significa que no podemos ser lastimados. Esto no es un símbolo, no es una idea, es descubrir de hecho si nuestra mente es capaz de no ser lastimada por ningún acontecimiento, por ningún tipo de tensiones psicológicas, presiones o influencias, de modo que sea completamente libre. Si la mente resiste de cualquier forma, entonces eso no es inocencia. Uno tiene que mirar esta crisis como si la mirara por primera vez, con una mente fresca, joven y, sin embargo, no con una mente en estado de rebelión. Los estudiantes se rebelan contra el patrón social, contra el orden establecido, pero la rebelión no da respuesta al problema humano, que es mucho más inmenso que la rebelión estudiantil.

¿Puede la mente, que está tan fuertemente condicionada, abrirse paso por ese condicionamiento de modo que haya una gran profundidad, una calidad que no sea el resultado del adiestramiento, de la propaganda, del conocimiento adquirido? ¿Y puede el corazón, cargado de dolor, agobiado por todos los problemas de la existencia, por los conflictos, la confusión, la desdicha, la ambición, la competencia, etcétera, puede ese corazón saber lo que significa amar? Amar con un amor en el que no haya celos ni envidia, un amor no dictado por el intelecto, un amor que no sea meramente placer. ¿Puede la mente estar libre para observar, para ver? ¿Puede razonar lógica, cuerda, objetivamente, y no ser esclava de opiniones y conclusiones? ¿Puede la mente no temer? ¿Puede el corazón saber lo que implica amar, no conforme a la moralidad social, porque la moralidad social es inmoralidad? Todos ustedes son muy morales con arreglo a la sociedad, pero en realidad son personas muy inmorales. No sonrían, ése es un hecho. Pueden ser ambiciosos, codiciosos, envidiosos, adquisitivos, pueden estar llenos de odio, de ira, y eso se considera perfectamente moral. Pero si son sexuales, eso se considera algo anormal y ustedes lo mantienen en reserva. Y tienen patrones de acción y de ideas: qué cosas deben hacer, cómo debe comportarse un sannyasi, que no debe casarse, que debe llevar una vida de celibato; todo esto es puro disparate.

Ahora bien, ¿cómo hemos de afrontar, entonces, este problema? ¿Qué debemos hacer? En primer lugar, tenemos que percatarnos de que todos somos esclavos de las palabras. La palabra “ser” ha condicionado nuestra mente. Todo nuestro condicionamiento se basa en ese verbo “ser”: yo fui, yo soy, yo seré. El “yo fui” condiciona y moldea el “yo soy”, el cual controla el futuro. Todas las religiones de ustedes se basan en eso. Todo su progreso conceptual se basa en ese término “ser”. En el momento en que usamos la palabra, no sólo verbalmente sino en su significación, inevitablemente afirmamos nuestra existencia como el “yo soy”: “yo soy Dios”, “yo soy lo eterno”, “yo soy hindú o musulmán”, etcétera. Al vivir dentro de esa idea o de ese sentimiento de ser o llegar a ser o haber sido, somos esclavos de esa palabra.

La crisis está en el presente. La crisis nunca está en el futuro ni en el pasado, sino en el presente, en el vivir, en el ahora factual de la mente que se halla condicionada por ese término “ser” y es incapaz de enfrentarse al problema. En el momento en que quedan presos en esa palabra y en el significado de esa palabra, tienen el tiempo. Y piensan que el tiempo va a resolver el problema. ¿Están siguiendo todo esto, no verbalmente sino con el corazón, con la mente, con todo el ser? Porque es una cuestión que tiene una importancia, un significado y un valor extraordinarios. Porque cuando están libres de esa palabra ‑el pasado, el haber sido que condiciona el presente y da forma al futuro-, entonces la respuesta de ustedes al presente es inmediata.

Si realmente comprenden esto, hay una revolución extraordinaria en la perspectiva que tienen de la vida. Esto es la verdadera meditación, estar libres de ese movimiento del tiempo.

¿Cómo puede la mente, al estar consciente de sí misma, percibir la verdad de esto?, no intelectualmente, porque eso no tiene ningún sentido. Ustedes saben que cuando hay un peligro, nuestra respuesta al peligro es inmediata. Vemos un autobús precipitándose hacia nosotros y respondemos instantáneamente. Cuando decimos: “Yo amaré”, eso no es amor. Por favor, no acepten esto como una teoría o como una idea sobre la que hay que pensar. Ustedes no piensan acerca del peligro, no hay tiempo, sólo existe la acción. Una mente que ya no piensa en términos de tiempo ‑que es el “ser”-, está actuando fuera del tiempo. Y la crisis exige una acción que no pertenece al tiempo.

Ésta es una de las cosas más difíciles que hay. No digan que la han comprendido. No digan que prosigamos con ello, porque en esas palabras “yo soy” se basa toda la cultura de ustedes. En el instante en que tienen este sentimiento de “yo soy”, por fuerza tiene que haber un estado de contradicción, de división: “yo soy”, “tú eres”, “nosotros y ellos”. Al tener lugar la división, la fragmentación que implica afirmar que “yo soy”, uno ya no es más un individuo, o sea, que no es más una unidad singular, total. ¿Saben lo que significa esa palabra “total”? Total significa sano y también significa santo[4]. De modo que el individuo que es total, indiviso en sí mismo, es sano, santo, lo cual implica que no está en conflicto.

¿Están ustedes trabajando tan intensamente como el que les habla, o meramente escuchan las palabras? Comunicarse significa construir, crear juntos, y ésa es la belleza de la comunicación. Y eso se acaba cuando el que habla se vuelve una autoridad y ustedes escuchan meramente como estudiantes o discípulos. No hay maestro ni discípulo, sólo existe el aprender. Lo que han aprendido pertenece al pasado, y actuar desde lo que ha sido acumulado es un proceso de adquisición, mientras que el aprender debe ser un movimiento, no una acumulación.

Si comprendieran esto con la mente y el corazón, llevarían ustedes una clase diferente de vida. La prueba y el examen del aprender son la vida que llevan. Una mente que se está enfrentando a esta crisis es una mente siempre nueva, fresca, plena de vitalidad. Pero si responden a la crisis en términos de “yo soy”, en términos del pasado, entonces la respuesta de ustedes va a crear más desdicha, más daño, más guerras. En tanto sean hindúes, musulmanes, en tanto afirmen “yo soy”, están provocando degeneración en sí mismos y en el mundo.

¿Cuál es la nueva calidad de la mente y el corazón que responde instantáneamente, no en términos del pasado ni en términos del futuro? Si responde en términos del pasado, sigue aún viviendo en la estructura del “ser”. Voy a exponerlo de una manera diferente. Nuestra acción se basa en la idea, en el conocimiento y la tradición; es memoria. En el mundo tecnológico eso es necesario. Todo el saber científico, el desarrollo tecnológico, se basan en la experiencia, en la acumulación de conocimientos. Eso es absolutamente necesario. Pero una mente que tiene una cualidad nueva, una dimensión nueva, un nuevo curso de acción, tiene que actuar sin el pasado y no en términos de futuro. Y esto implica libertad.

¿Cómo ha de actuar esa libertad a fin de manifestarse? ¿Cómo ha de actuar la mente sin el pasado, siendo el pasado el condicionamiento como hindú, siendo el resultado de la influencia, de la educación, de la raza? Si ustedes actúan en esos términos, entonces no están enfrentándose a la crisis. La pregunta es: ¿Cómo actuará una mente que se halla libre del pasado, libre de la implicación de “ser”?

Si han comprendido la pregunta, verán entonces que lo importante es la percepción, el ver, el observar. Si hay un intervalo entre percepción y acción, ese intervalo es tiempo. Cuando ustedes ven un peligro, algo que puede dañarlos físicamente, responden al instante, no piensan al respecto. No hay intervalo alguno entre percepción y acción, no hay un resquicio, hay respuesta inmediata y acción.

Ahora bien, si vemos que un problema no puede ser resuelto desde el pasado, que en ninguna circunstancia puede uno responder plenamente, totalmente a este reto inmenso en términos del pasado, si vemos esto, la acción que emerge es completamente nueva. ¿Han comprendido? ¿Alcanzan a ver esa respuesta? ¿O sólo la ven intelectualmente, vale decir verbalmente? Si la ven verbalmente, la están viendo de una manera fragmentaria y, por lo tanto, no es una respuesta total. Pero si realmente ven el peligro del propio condicionamiento, de la cultura en que fueron educados, hay una acción inmediata de la libertad.

Entonces la mente ‑entiendo por mente la totalidad no fragmentada en absoluto como intelecto, cerebro, ambición, sentimiento, etcétera, sino lo total-, una mente semejante ve el peligro del nacionalismo, de este absurdo llamado religión. Ve que todas las que se titulan personas religiosas sólo repiten, en términos del pasado, con la imagen que tienen de Cristo o del Buda o de Krishna; ve que si uno actúa conforme al pasado, no sólo está incrementando la confusión, la desdicha, sino que está degenerando completamente. La degeneración se introduce apenas uno ve el peligro y no actúa.

Si ustedes ven el peligro, actuarán; y es sólo la mente que ve, escucha y aprende, la que es siempre feliz. Por lo tanto, nunca hay acción, sino un actuar. En el actuar, que es el principio activo, no hay división y, por ende, no hay conflicto. El aprender es un movimiento, y lo que está en movimiento es libre. Pero una mente que tiene conclusiones, fórmulas, opiniones, juicios, compromisos, no es una mente libre; cuando se enfrenta al inmenso, complejo problema del vivir, es incapaz de afrontarlo totalmente, completamente, con ese sentir de lo sagrado.

De modo que eso es lo que está frente a ustedes. La casa está ardiendo, y todo lo que intenten en términos del pasado no apagará el fuego. La extinción de ese fuego exige una calidad nueva de la mente y un movimiento vital y por completo diferente del corazón.

El amor no es placer. El amor no es deseo. Ésta es la calidad que ustedes deben tener ahora, no mañana, una calidad que no pueden practicar ni cultivar. Lo que practican, lo que cultivan, se vuelve mecánico.

La verdad no es de ustedes ni mía, no está en ningún templo, en ninguna iglesia, no está en una imagen ni en un símbolo. Está ahí para que la vean y conozcan. Es una mente libre, la mente bella, clara, perceptiva, la que ve y actúa.

Del Boletín 17 (KF), 1973

[4] Krishnamurti se basa en la etimología inglesa, donde “total” (whole) deriva del inglés antiguo hol, que a su vez deriva de hal, que da origen a hale, que en inglés es “sano”. Por su parte, holy es “santo”. (N. del T.)

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