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Encuentro con la Vida

Tercera Parte - Reflexiones

Más Allá del Pensamiento y del Tiempo

Brockwood Park, Inglaterra, 8 de septiembre de 1974

Si estamos seriamente interesados en la transformación de la mente y el corazón humanos, debemos dedicarnos totalmente a la resolución de nuestros problemas, porque el contenido de nuestra conciencia es el contenido del mundo. Aunque hay modificaciones, la conciencia de cada uno de nosotros es la conciencia del resto del mundo. Y si hay un cambio radical en esa conciencia, esa conciencia afectará al resto del mundo. Ése es un hecho obvio. Hemos gastado una gran cantidad de energía intentando resolver nuestros problemas ‑energía intelectual, emocional, física-, y toda esta energía, con sus contradicciones, sus conflictos, su variable y deliberada actividad destructiva, no ha resuelto para nada nuestros problemas humanos de origen psicológico. Creo que éste es un hecho que nadie puede negar.

Nos interesa descubrir si existe una clase diferente de energía que, si pudiéramos tocarla, resolvería todos nuestros problemas. Estamos, pues, investigando juntos la posibilidad de una clase diferente de energía que no sea contradictoria en sí misma, que no esté basada en la actividad divisiva del pensamiento, que no dependa del ambiente, de la educación, de la influencia cultural. Nos preguntamos si existe una actividad diferente, un movimiento diferente que no dependa de las actividades egocéntricas, las actividades y energías que crea el sí mismo, el “yo”, con todas sus contradicciones. ¿Existe una energía sin causa? Porque la causa implica tiempo.

Nosotros hemos utilizado sólo una pequeña zona del cerebro, y esa zona pequeña es controlada y moldeada por el pensamiento; y el pensamiento, tanto intelectual como emocional y físicamente, ha creado una energía contradictoria, el “yo” y el “tú”, “nosotros” y “ellos”, lo que somos y lo que deberíamos ser, el ideal, el prototipo perfecto. Espero que estén siguiendo esto. Creo que es muy importante comprender que estamos trabajando juntos, que quien les habla no les dice lo que deben hacer, porque él no tiene autoridad alguna. La autoridad en cuestiones espirituales ha sido muy destructiva, porque la autoridad implica conformidad, miedo, obediencia, seguimiento y aceptación, pero cuando estamos investigando juntos, eso significa que no hay sentido alguno de seguimiento, de aceptación o rechazo, sino que solamente existen el observar, el inquirir. Esto es lo que estamos haciendo juntos. Por lo tanto, cuando estamos juntos, unidos, desaparecen el “yo” y el “tú”. Lo importante es el trabajo, no ustedes o yo. Estamos, pues, trabajando juntos para descubrir si existe una clase por completo diferente de energía, una energía que no esté basada en una causa que divide la acción del presente de la del pasado.

Ahora bien, esta investigación implica que nos estamos preguntando si hay en el cerebro una zona que no esté contaminada por el pensamiento, que no sea producto de la evolución y que no haya sido tocada por la cultura. Desde la remota antigüedad, el hombre ha utilizado sólo una pequeña zona del cerebro, en la cual ha habido conflicto entre el bien y el mal. Podemos verlo en todas las pinturas, en todos los símbolos y actividades del hombre. Este conflicto entre el bien y el mal, entre “lo que es” y “lo que debería ser”, entre “lo que es” y el ideal, ha producido la cultura cristiana, la hindú, la budista, etcétera. Y esta pequeña zona del cerebro está condicionada por esas culturas. ¿Puede la mente librarse a sí misma de ese condicionamiento, de esa zona limitada, y moverse en un área que no esté controlada por el tiempo, por la causación, por la dirección?

Por lo tanto, tenemos que empezar a descubrir qué es el tiempo, qué es la dirección y qué es lo que los seres humanos tratan de lograr en el campo psicológico. Psicológicamente, ¿qué es el tiempo? Está el tiempo cronológico, del reloj, pero psicológicamente, ¿existe en absoluto el tiempo? El tiempo implica movimiento, ¿verdad? También implica dirección. Psicológicamente, decimos que “lo que es” sólo puede cambiarse a través de un proceso gradual y que eso requiere tiempo. Y el proceso gradual se mueve en una dirección definida, la dirección que ha establecido el ideal. Para alcanzar eso uno tiene que disponer de tiempo como un movimiento de aquí hacia allá, y en esa área del tiempo estamos atrapados. O sea: yo soy lo que soy y tengo que transformar eso en lo que yo debería ser; para hacerlo necesito el movimiento del tiempo. Y la dirección del movimiento es controlada, moldeada por el ideal, por la fórmula, por el concepto que ha creado el pensamiento. Vale decir que el ideal es creado por el pensamiento, el pensamiento que dice: “soy esto y debo ser aquello”, y luego viene el movimiento hacia aquello. Ésta es la manera tradicional de abordar la transformación del hombre. Ahora bien, nosotros estamos cuestionando eso completamente.

El tiempo es, pues, un movimiento en una dirección específica establecida por el pensamiento, ¿correcto? Y, debido a eso, vivimos siempre en conflicto. Este proceso divisivo entre lo que soy y lo que debería ser es la acción propia del pensamiento, que en sí mismo es divisivo, fragmentario. El pensamiento ha dividido a los seres humanos a través de las nacionalidades, las religiones, el “tú” y el “yo”, y así estamos siempre en conflicto y tratamos de resolver nuestros problemas dentro de esa área del tiempo.

¿Puede, entonces, la mente, que se halla tan condicionada en esta tradición, romper con ella y habérselas solamente con “lo que es” y no con “lo que debería ser”? Para hacer eso necesitamos energía, y esa energía surge y se sostiene a sí misma donde no hay un movimiento del pensar que se aleje de “lo que es”. ¿Puede nuestra mente, que es la mente del hombre, porque somos lo colectivo, no somos individuos ‑individuo significa indivisible, total, no fragmentado, no dividido, como están los seres humanos-, puede nuestra mente con su actividad egocéntrica, librarse ella misma de su condicionamiento, no en el futuro sino instantáneamente? ¿Puede hacerlo sin el pensamiento, que es del tiempo?

El tiempo es el observador, que es el pasado, y lo observado es el presente. ¿Comprenden? Mi mente está condicionada y el observador dice: “Tengo todos estos problemas y no he sido capaz de resolverlos; por lo tanto, observaré mi condicionamiento, tomaré conciencia de él y lo superaré”. Esta es la respuesta de la tradición, ¿verdad? De modo que el observador, que es el pasado, lo cual implica que es la esencia del tiempo, está tratando de superar, de trascender e ir más allá de lo que observa, que es su condicionamiento. Ahora bien, el observador, que es el pasado, ¿es diferente de la cosa que él observa? Lo que observa es lo que ve conforme a su condicionamiento, obviamente. Por lo tanto, observa con el pensamiento, que es el resultado del tiempo, y está tratando de resolver el problema por medio del tiempo. Pero uno ve que el observador es lo observado.

Vean, señores, lo expondré muy sencillamente. ¿Es la violencia diferente del observador que dice “Yo soy violento”? ¿Es la violencia diferente del actor que es violento? Indudablemente, ambos son la misma cosa, ¿no es así? De modo que el observador es lo observado, y mientras haya una división entre el observador y lo observado, tiene que haber conflicto. Esta división aparece cuando el observador supone que es diferente de lo observado. Tengan un poco de discernimiento en esto y verán lo que implica.

Vivimos física, psicológica e intelectualmente en total desorden y confusión, siendo la confusión nuestra contradicción: decimos una cosa, hacemos otra, pensamos algo y actuamos de un modo distinto. Pero el orden es necesario a fin de que el cerebro pueda funcionar con propiedad, objetivamente. Es obvio que, al igual que una máquina, si no funciona apropiadamente es inútil. Entonces, ¿puede el orden surgir gracias a este descubrimiento? El orden, no conforme al sacerdote ni al orden social ‑que es inmoral-, sino el orden sin conflicto, sin control, sin admisión del tiempo en absoluto. ¿Puede ese orden perfecto, que es virtud, surgir de la observación de este desorden en que uno vive? O sea, ¿puede la mente observar, estar atenta a este desorden sin buscar cómo habérselas con él o cómo trascenderlo, estar atenta al desorden sin preferencia alguna? Y para que esté atenta de ese modo, el observador no tiene que interferir con la observación. El observador, que es el pasado, que dice: “Esto está bien, esto está mal, debo elegir esto, no debo elegir aquello, esto debe ser, aquello no debe ser”, ese observador no tiene que interferir en absoluto con la observación.

¿Pueden, entonces, observar su desorden sin la interferencia, sin el movimiento del pensar, que es tiempo? ¿Pueden simplemente observar? La observación implica atención, obviamente, y cuando uno está prestando atención completa al desorden, ¿hay desorden? De este modo, el orden llega a ser como la más elevada forma de las matemáticas, que son el orden completo. ¿Existe, entonces, una manera de vivir sin ningún control, la cual implica observar sin el movimiento del pensar, que es tiempo? Investíguenlo y lo verán. Lo que crea el tiempo es la división entre el observador y lo observado, y uno ha eliminado por completo esta división cuando hay atención total y percepción alerta. Por lo tanto, la relación en nuestra vida cotidiana, que hemos discutido en pláticas anteriores, es una verdadera relación en la que no existen la imagen del “yo” y la imagen de “él” o “ella”. Ahora bien, habiendo establecido esto, que es orden, nos preguntamos si el cerebro, esa pequeña zona tan controlada, tan moldeada por la cultura, por el tiempo, si el cerebro, la mente, puede estar libre de todo eso y, no obstante, funcionar con eficacia en el campo del conocimiento.

Lo expondré de una manera diferente. ¿Hay una parte del cerebro que no haya sido tocada por todo el empeño humano, por la violencia humana, la esperanza, el deseo y todo eso? ¿Comprenden mi pregunta? La mente ha generado orden dentro de esa zona pequeña, y sin ese orden no hay libertad para poder investigar. El orden implica libertad, obviamente. El orden implica seguridad de modo que no haya perturbaciones. Ahora la mente dice: “Veo la necesidad del orden, de la responsabilidad en la relación, etcétera, pero los problemas humanos no se han resuelto”. Entonces la mente pregunta: “¿Hay una clase diferente de energía?” ¿Están siguiendo esto? Esto es meditación, no el sentarse quietamente, respirando de cierta manera, siguiendo un sistema, a un gurú... todo lo cual es una absurda insensatez. La meditación es descubrir si existe un área del cerebro donde puede haber una clase diferente de energía, un área donde no exista el tiempo y, por lo tanto, haya un espacio inmensurable. ¿Cómo descubrirá la mente si tal cosa existe?

Primero, es preciso dudar. La duda es un agente purificador, pero tiene que ser bien manejada. Uno no sólo debe dudar sino que debe tomar las riendas de la duda, de lo contrario dudará de todo, lo cual sería demasiado estúpido. De modo que la duda es necesaria, dudar de todo lo que uno experimenta, porque esa experiencia se basa en el experimentador. El experimentador es la experiencia, ¿comprenden? Por lo tanto, la búsqueda de más experiencias se vuelve absurda. La mente ha de estar muy clara a fin de no crear ilusiones; uno puede imaginar que posee la nueva clase de energía, que ha alcanzado el estado intemporal; por eso tiene que estar muy seguro de que no proyecta ilusiones. Ahora bien, la ilusión surge solamente cuando hay deseo de alcanzar algo, psicológicamente hablando. Cuando deseo alcanzar a Dios, cualquier cosa que pueda ser ese Dios que he creado desde mí mismo, hay una ilusión. Debo, pues, comprender muy claramente este deseo y el impulso y la energía que este deseo promueve. Por lo tanto, tiene que haber duda y ausencia de todo factor de ilusión. ¿Comprenden? Esto es muy serio, no es cosa de juego. Todas las religiones han creado ilusiones, porque las religiones son el producto de nuestros deseos, explotados por los sacerdotes.

Para dar, pues, con esa energía, si es que existe tal energía, si es que existe tal estado inmensurable, el pensamiento tiene que aquietarse por completo y sin control alguno. ¿Es eso posible? Nuestro pensamiento está parloteando incesantemente, está siempre en acción: “Quiero averiguar si existe ese estado; muy bien, dudaré, no tendré ilusiones, viviré una vida ordenada porque ese otro estado puede ser maravilloso, de modo que debo tenerlo”. Está parloteando sin cesar. ¿Puede ese parloteo llegar a su fin sin ningún control, sin ninguna represión, porque cualquier forma de represión o control distorsiona todo el movimiento del cerebro? Tiene que cesar toda distorsión, de lo contrario el cerebro termina por caer en una neurótica ilusión de seguridad.

A menos que la mente esté completamente quieta, no puede penetrar en ningún otro campo; ella introducirá su propio movimiento en lo otro (si es que existe “lo otro”, porque estoy dudando de “lo otro” todo el tiempo debido a que no quiero quedar atrapado en ninguna ilusión, lo cual es muy fácil, muy barato y vulgar). Estoy planteando este problema para que lo resuelvan ustedes, para que ejerciten su capacidad, su cerebro, a fin de descubrir si nuestra mente puede estar absolutamente quieta, lo cual implica la cesación del tiempo, la cesación del pensamiento sin ninguna clase de esfuerzo, de control o represión. ¿Está quieta alguna vez la mente de ustedes? No soñando despierta, no en blanco, sino quieta, atenta, perceptiva. ¿Han experimentado eso ocasionalmente? Para ver cualquier cosa, para escuchar algo, la mente tiene que estar quieta, ¿no es así? El interés mismo que ustedes tienen en lo que se está diciendo, genera esta quietud de la mente que quiere escuchar. Estoy interesado en lo que se habla porque ello afecta mi vida, mi manera de vivir, y yo quiero prestar atención completa, no sólo a las palabras, al movimiento semántico del pensar, sino a lo que está detrás. Quiero descubrir exactamente lo que se dice, no interpretarlo, no traducirlo conforme a mi placer o a mi vanidad. Así, en la intensidad misma de mi escuchar lo que se está diciendo, debo tener una mente quieta. No sé si ustedes ven esto. No he obligado a mi mente a estar quieta; la atención misma del escuchar es la quietud. La atención misma que pongo en descubrir si la mente puede estar completamente quieta, es la quietud. Y este silencio de la mente es esencial; un silencio que no es producto del adiestramiento, porque en ese caso el silencio es ruido, carece de significación. Por lo tanto, la meditación no es una actividad controlada o dirigida; es una actividad de “no pensamiento”.

Entonces descubrirán ustedes por sí mismos si existe o no existe algo innominable, algo que no está dentro del campo del tiempo. Sin descubrir eso, sin dar con eso, sin ver la verdad de ello o su falsedad, la vida se vuelve una cosa superficial y vacía.

Podemos tener un orden perfecto dentro de nosotros mismos, podemos estar libres de conflicto porque nos hemos vuelto muy alertas, muy observadores, pero todo esto llega a ser algo completamente superficial sin lo otro.

De modo que la meditación, la contemplación (no en el sentido cristiano o en el asiático), significa que el pensamiento opera únicamente en el campo de lo conocido y que se da cuenta por sí mismo de que no puede penetrar en ningún otro campo. Por lo tanto, la terminación del pensamiento implica la terminación del tiempo.

Del Boletín 25 (KF), primavera de 1975

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