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Encuentro con la Vida

Tercera Parte - Reflexiones

¿Existe un Sentido para la Vida?

Brockwood Park, Inglaterra, 5 de septiembre de 1976

Creo que debemos considerar juntos algo que es de fundamental importancia, algo que debería preocupar a todos los seres humanos, porque concierne a nuestra vida, a nuestra actividad cotidiana: el modo en que gastamos nuestros días y años. ¿Qué hay al respecto? ¿Y para qué es todo eso? Nacemos y morimos, y durante esos años de pena y dolor, alegría y placer, están la perpetua lucha y el esfuerzo, el ir a la oficina o a la fábrica por cuarenta o cincuenta años tratando de trepar por la escalera del éxito, acumulando dinero, placeres, experiencias, conocimientos... y al final, la muerte. Algunos científicos dicen que el hombre progresa a través del conocimiento. ¿Es así? Tenemos una infinita cantidad de conocimientos acerca de muchas cosas, conocimientos biológicos, arqueológicos, históricos, etcétera, pero aparentemente el conocimiento no ha cambiado radical y profundamente al hombre; prosiguen el mismo conflicto, la misma lucha, la pena, el placer, la perpetua batalla por la existencia.

Viendo que eso continúa en todos los países y en todos los climas, ¿cuál es nuestra respuesta? Es muy cómodo responder con una explicación emocional, romántica, neurótica, o con una explicación intelectual, racional. Pero si descartan todas estas explicaciones porque son, evidentemente, más bien superficiales, por intelectuales que sean, creo que es muy importante preguntar, descubrir y responder por nosotros mismos, sin depender de algún sacerdote, de algún gurú o de algún concepto filosófico, sin afirmar nada, sin creer en nada, sin tener ideal alguno, sino simplemente observarlo todo muy profundamente. De lo contrario, llevaremos una vida muy mecánica. Nuestros cerebros se han habituado a un estilo mecánico de vida; una parte de este cerebro tiene que ser necesariamente mecánica para poder adquirir conocimientos y utilizarlos con destreza en todos los órdenes de la vida, en toda acción externa, tecnológica. Pero este conocimiento que hemos adquirido (y que podemos seguir acumulando más y más), no responde a la pregunta fundamental: ¿Cuál es el significado profundo de nuestra vida?

Uno ve que la humanidad tiene que estar unida, porque ése es el único modo en que la raza humana podrá sobrevivir física, biológicamente. Los políticos no van a resolver ese problema, ¡nunca! Por el contrario, mantendrán las divisiones, son muy lucrativas. Toda la humanidad tiene que estar unida, es esencial para su existencia, pero eso no puede lograrse mediante la legislación, mediante dogmas burocráticos, códigos y esas cosas. Cuando uno observa, pues, todo esto, cuando lo observa como un ser humano que vive en el caos de un mundo que casi ha enloquecido ‑la venta de armamentos para beneficiarse con ella, la matanza de gente en nombre de ideas, países, en el nombre de Dios, etcétera-, ¿qué es lo que ha de hacer? ¿Y para qué es todo eso?

Las religiones han tratado de brindarnos el significado de la vida ‑es decir, las religiones organizadas con su propaganda y sus rituales-. Pero, a pesar de dos mil o diez mil años, el hombre ha afirmado meramente ciertos principios, ciertos ideales, ciertas conclusiones, todo ello verbal, superficial, carente de realidad. Pienso, pues, que se torna muy importante descubrir un significado por nosotros mismos, si es que somos del todo serios ‑y uno tiene que ser serio, de lo contrario no vive en absoluto verdaderamente, lo cual no implica que uno jamás ría o sonría-, serios en el sentido de un compromiso cabal con toda la cuestión del vivir. Por lo tanto, al preguntarnos cuál es el significado de la vida, nos enfrentamos al hecho de que nuestro cerebro está preso en una rutina, preso en el hábito, en la tradición, en el condicionamiento de nuestra educación, y así, cultivando sólo el conocimiento, la información, se vuelve cada vez más mecánico.

Si vamos a investigar esto muy profundamente, tiene que haber mucha duda. La duda, el escepticismo, son esenciales, porque generan cierta condición de libertad de la mente al negar todo lo que el hombre ha producido, sus religiones, sus rituales, sus dogmas y creencias, que son todos movimientos del pensar. El pensamiento es un proceso material, como lo aceptan incluso los científicos. Pero el pensamiento no ha resuelto nuestros problemas, no ha sido capaz de ahondar profundamente en sí mismo; siendo él mismo un fragmento, ha dividido meramente toda la existencia en fragmentos. Está, pues, esta cualidad mecánica del cerebro, que es imprescindible en ciertas áreas, pero internamente, en la estructura psicológica de la mente humana, no hay libertad. La mente está condicionada, amarrada por creencias, por los así llamados ideales, por la fe. De modo que cuando uno duda de todo eso, cuando lo descarta ‑no teóricamente sino de hecho, con minuciosidad-, ¿qué es lo que queda, entonces? Tenemos miedo de hacer eso porque nos decimos: “Si niego todo lo que ha producido el pensamiento, ¿qué me queda?” Cuando uno comprende la naturaleza del pensamiento, que es un proceso mecánico del tiempo, que es medida, la respuesta de la memoria, un proceso que trae más y más sufrimiento, angustia, ansiedad y miedo a la humanidad, cuando uno comprende todo eso y va más allá y lo niega, ¿qué es, entonces, lo que hay?

Para descubrir lo que hay, tenemos que empezar con libertad, porque la libertad es el primero y último paso. Sin libertad ‑no la libertad para optar- el hombre es meramente una máquina. Pensamos que a través de la opción somos libres, pero la opción existe sólo cuando la mente está confusa. Cuando está clara, no hay opción. Cuando vemos las cosas muy claramente, sin distorsión alguna, sin ninguna clase de ilusiones, entonces no hay opción posible. Una mente que no opta es una mente libre, pero una mente que opta y, por lo tanto, establece una serie de conflictos y contradicciones, jamás es libre, porque en sí misma está confusa, dividida, fragmentada.

Para explorar, pues, en cualquier campo, tiene que haber libertad, libertad a fin de examinar de tal modo que, en el examen mismo, no haya distorsión alguna. Cuando hay distorsión, detrás de esa distorsión existe un motivo, un motivo para hallar una respuesta, un motivo para lograr un deseo, una solución a nuestros problemas, un motivo que puede tener su base en la experiencia pasada, en el conocimiento pasado ‑­y todo conocimiento es el pasado-. Dondequiera que haya un motivo tiene que haber distorsión. ¿Puede, entonces, nuestra mente estar libre de distorsión? Y examinar nuestra mente es examinar la mente común a toda la humanidad, porque el contenido de nuestra conciencia es el mismo que el de todos los seres humanos que, dondequiera que vivan, pasan por el mismo proceso de miedo, angustia, tortura, ansiedad y conflicto incesante, interna y externamente. Ésa es la conciencia común de la humanidad.

Cuando examinamos, pues, nuestra propia conciencia, estamos investigando la conciencia del hombre; por lo tanto, no es un examen personal, individualista. Por el contrario, estamos investigando la conciencia del mundo, que es cada uno de nosotros. Y esto es un hecho cuando uno lo examina muy profundamente. Tener una mente libre plantea una exigencia tremenda; exige que uno, como ser humano, esté completamente comprometido con la transformación del contenido de la conciencia, porque el contenido constituye la conciencia. Y a nosotros nos interesa la transformación, la total transformación psicológica de esta conciencia. Para explorar esto se requiere una gran energía, una energía que aparece cuando no hay disipación energética. Uno disipa energías tratando de superar “lo que es”, de rechazar “lo que es” o escapar de ello, o de analizar “lo que es” (porque el analizador es lo analizado, el analizador no es diferente de aquello que él analiza). Como dijimos durante muchas de estas pláticas y por muchos años, ésa es una realidad fundamental.

Nos estamos preguntando cuáles son el sentido y la significación de la vida y si tiene algún sentido en absoluto. Si ustedes dicen que lo tiene, ya se han comprometido con algo y, por lo tanto, no pueden examinar porque ya han comenzado con una distorsión. De igual modo, si dicen que la vida no tiene sentido, ésa es otra forma de distorsión. En consecuencia, uno tiene que estar libre de ambas afirmaciones, la positiva y la negativa. Y éste es el verdadero principio de la meditación. Los gurús, que brotan como hongos y desde la India se abalanzan sobre todo el mundo, han suministrado una gran cantidad de significados para esa palabra meditación. Está la meditación trascendental ‑y yo desearía que no hubieran usado esa hermosa palabra-, que consiste en repetir determinadas palabras (¡entregadas por cierto precio!) tres veces al día durante veinte minutos. La repetición constante de cualquier clase de palabras nos da, ciertamente, una cualidad de quietud, porque hemos sometido al cerebro a una calma mecánica. Pero eso no es más trascendental que cualquier otra cosa. Y pensamos que por medio de esto experimentaremos algo que está más allá del proceso material del pensamiento.

El hombre busca experimentar otra cosa que la corriente experiencia cotidiana. Estamos aburridos o hartos de todas las experiencias que hemos tenido de la vida y esperamos capturar alguna experiencia que no sea producto del pensamiento. La palabra “experiencia” significa “pasar por”, llevar a cabo algo y terminarlo, no recordarlo y continuar con ello. Pero nosotros no hacemos eso. Para reconocer una experiencia ya tenemos que haberla conocido, no es algo nuevo. De manera que una mente que reclama experiencias distintas de la mera experiencia física o psicológica, algo que sea mucho más grande y esté por encima de todo esto, experimentará su propia proyección y, por consiguiente, seguirá siendo materialista, mecánica, un producto del pensamiento. Cuando uno ya no reclama ninguna experiencia, cuando ha comprendido todo el significado del deseo, el cual, como lo hemos investigado muchas veces, es sensación más pensamiento y su imagen, entonces no hay distorsión ni ilusiones. Sólo entonces la mente, la estructura total de la conciencia, estando libre, puede ser capaz de mirarse a sí misma sin ningún movimiento que distorsione, sin esfuerzo. La distorsión ocurre cuando hay esfuerzo, ¿correcto? El esfuerzo implica un “yo” y algo que ese “yo” va a alcanzar, una división entre el yo y eso. La división engendra, invariablemente, conflicto. La meditación surge solamente cuando hay una completa terminación del conflicto. Por lo tanto, donde hay esfuerzo, práctica, control, ninguna forma de meditación tiene sentido. Por favor, no acepten lo que dice quien les habla. Estamos examinando juntos; por lo tanto, es importante que no acepten lo que se dice sino que lo examinen por sí mismos.

Debemos, pues, investigar el problema del control. Desde la infancia se nos educa para controlar ‑todo el proceso de controlar nuestros pensamientos-. En el control están el controlador y lo controlado, el controlador que piensa que es diferente de aquello que desea controlar. De ese modo, se ha dividido a sí mismo y, en consecuencia, siempre hay conflicto. O sea, que un fragmento del pensar se dice a sí mismo: “Debo controlar otros fragmentos del pensar”, pero el pensamiento que dice eso es él mismo una parte del pensar. El controlador es lo controlado, el experimentador es lo experimentado, no son dos entidades o movimientos diferentes. El pensador es el pensamiento; no hay pensador si no hay pensamiento. Esto es muy importante, porque cuando se ha comprendido completamente, a fondo, no de manera verbal o teórica sino factual, entonces el conflicto llega a su fin. Cuando uno comprende esto profundamente como la verdad, como una ley, entonces se termina todo esfuerzo, y la meditación puede surgir sólo cuando no hay esfuerzo de ninguna clase.

Es necesario meditar para descubrir si la vida tiene algún significado. Y la meditación consiste también en echar los cimientos de una conducta recta, recta en el sentido de precisa, no conforme a un ideal, no según un patrón o alguna fórmula, sino una acción que tiene lugar cuando hay observación completa de aquello que ocurre dentro de uno mismo. Y, a través de la meditación, tenemos que establecer una relación correcta entre los seres humanos, lo cual implica una relación exenta de conflicto. El conflicto existe cuando hay una división entre las dos imágenes, cosa que ya hemos discutido muchísimo: la imagen que uno tiene del otro y la que el otro tiene de uno. Y en la meditación no tiene que haber ninguna clase de temor psicológico y, por lo tanto, ello significa la terminación del dolor; y tiene que existir aquello de que hemos hablado anteriormente: compasión y amor. Ésa es la base, ésos son los cimientos de la meditación. Sin eso, pueden ustedes sentarse bajo un árbol con las piernas cruzadas por el resto de sus vidas, pueden respirar apropiadamente ‑ya conocen todos los trucos que uno juega-, pero ninguna de estas cosas va a ayudarlos.

Por lo tanto, cuando realmente, profundamente, han establecido un modo de vida que en sí mismo no es un fin sino sólo el principio, entonces podemos proceder a descubrir si la mente ­‑que es la totalidad, el cerebro, la conciencia completa- está en calma sin ninguna distorsión. Es sólo cuando la mente está quieta, en silencio, que podemos oír correctamente. Hay distintas clases de silencio: el silencio entre dos ruidos, el silencio entre dos pensamientos, el silencio después de una larga batalla con uno mismo, el silencio entre dos guerras, al que ustedes llaman paz. Todos esos silencios son producto del ruido. Eso no es silencio. Existe un silencio que no es producido ni cultivado, de modo que no hay un “yo” que observe ese silencio; sólo hay silencio, quietud.

Comenzamos con la pregunta: ¿Hay algún significado en la vida o no hay ninguno en absoluto? En ese silencio uno realmente no formula tal pregunta; hemos preparado el campo de la mente que es capaz de descubrir. Sin embargo, tenemos que encontrar una respuesta. ¿Dónde encontrar una respuesta y quién va a responder? Yo, un ser humano, ¿voy a responder a ello? ¿O en ese silencio mismo está la respuesta? O sea, que cuando no hay distorsión a causa de un motivo, de un esfuerzo, de una demanda de experiencia, de una división entre el observador y lo observado, entre el pensador y el pensamiento, no hay desperdicio de energía. Entonces, en este silencio está esa energía mayor, y tiene que existir esa energía, esa vitalidad, esa fuerza, para ver más allá de las palabras. Porque la palabra no es la cosa, la descripción no es lo descrito. Ir a la luna, crear un instrumento de un millón de piezas, exige una energía tremenda y la cooperación de trescientas mil personas para armarlo todo. Pero esa energía es por completo diferente de la energía que estamos considerando.

Vean, quien les habla es muy serio con respecto a todo esto. Él ha hablado sobre ello por cincuenta años o más, y como casi todas las mentes están presas en rutinas, profundas o superficiales, uno está vigilando constantemente para ver si el cerebro forma una rutina y, sintiéndose seguro ahí, permanece en ella, porque si uno permanece en una rutina, por hermosa, placentera o confortable que sea, la mente se torna mecánica, repetitiva, y así pierde su profundidad, su belleza. De modo que nos preguntamos: El silencio, ¿es mecánico, es un producto del pensamiento que dice: “Tiene que haber algo más allá de mí y para descubrir eso debo estar en silencio, debo controlarme, debo subyugarlo todo a fin de descubrir”? Eso sigue siendo el movimiento del pensar, ¿no es así? Por lo tanto, tenemos que entender la diferencia entre concentración, percepción consciente y atención.

La concentración implica enfocar nuestra energía en una dirección particular excluyendo todas las otras direcciones, erigir un muro contra todas las otras cosas, resistir. La percepción consciente es bastante simple si no la complicamos. Es ser consciente de todo lo que nos rodea, sólo observar. Después está la atención. La atención implica que no hay un centro desde el cual uno esté atendiendo. El centro es el “yo”, y si uno está consciente de ese centro, entonces su atención es limitada. El centro existe cuando hay opción, y donde hay opción está siempre el “yo”, “mi” experiencia, “mi” conocimiento, yo separado de los demás.

Ahora bien, de lo que estamos hablando es de la atención en la que no hay en absoluto un centro. Si ustedes atienden de esa manera ahora, mientras están sentados ala, verán que su atención es inmensa, no hay límites, de modo que toda la mente, todo en ustedes está completamente atento, sin opción y, por lo tanto, sin centro, sin un “yo” que diga: “Estoy atento”. En esa atención hay silencio, un silencio que contiene la energía, que ya no se disipa. Es sólo una mente así la que puede encontrar la respuesta, la que puede descubrir algo que está más allá de todo este afán, de toda esta desdicha (infortunadamente, si yo lo escribo se vuelve irreal). Si uno entrega toda su energía, su tiempo, su capacidad a esto, no lleva más una vida superficial, carente de sentido. Y la totalidad de esto es meditación, del principio al fin.

Del Boletín 35 (KF), 1978

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Jiddu Krishnamurti, Encuentro con la vida - Piezas Cortas, Preguntas y Respuestas, Pláticas. Jiddu Krishnamurti en español.

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