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Encuentro con la Vida

Tercera Parte - Reflexiones

La Belleza, el Dolor y el Amor

Ojai, California, 18 de mayo de 1985

¿Qué es aquello que los seres humanos de todo el mundo han buscado más allá de sus penosas, aburridas y solitarias existencias? ¿Qué hay más allá, no sólo para el individuo sino para toda la humanidad? ¿Qué hay que no haya sido tocado por el pensamiento, que no tenga nombre, que pueda ser constante, perdurable, eterno? Vamos a hablar sobre estas cuestiones y acerca de la meditación y el yoga. Todos parecen interesarse en el yoga, quieren mantenerse jóvenes y hermosos.

El yoga se ha vuelto ahora un asunto comercial como cualquier otro. Y con él están amasando fortunas, como es habitual. Sin embargo, en un tiempo el yoga se enseñaba a muy, muy pocas personas; me lo han contado quienes saben muchísimo al respecto. El yoga no implica meramente mantener nuestro cuerpo sano, normal, activo e inteligente. También significa ‑la palabra “yoga” en sánscrito quiere decir “unir”‑ unir lo superior y lo inferior; ésa es la tradición. Existen varias formas de yoga, de las cuales la más elevada se llama raja yoga, el rey de los yogas. Ese estilo de vida se interesaba no solamente en el bienestar físico, sino también, y mucho más, en la psique. No había disciplina ni sistema, nada que debiera repetirse día tras día. Se trataba de tener un cerebro en orden, un cerebro constantemente activo ‑no parloteando sino activo-. Implicaba llevar una vida muy profundamente ordenada y disciplinada moral y éticamente, pero no basada en tomar diversas clases de votos. Así, aunque el cuerpo se mantenía saludable, eso no era de primordial importancia. Lo fundamentalmente importante era tener un cerebro, una mente, un estado de bienestar interno lúcido y activo; no activo en el sentido del movimiento físico, sino un cerebro que en sí mismo fuera activo, enérgico, pleno de vitalidad. Pero hoy ala el yoga se ha vuelto más bien superficial, mediocre, una fuente de lucro personal.

La más alta forma de yoga no es para enseñarse ocasionalmente; es algo que uno hace, quizá todos los días, para estar perfectamente atento a su cuerpo. Uno vigila su cuerpo de modo que éste no haga ningún movimiento, ningún gesto que no sea observado. No hay ni un solo movimiento innecesario del cuerpo, pero sin que éste sea controlado. Tal vez consideren ustedes que el yoga es algo que debe practicarse día tras día para desarrollar los músculos, para poseer un cuerpo musculoso. No se trata de eso en absoluto. Es algo que uno vive todo el día, observándolo todo atentamente, estando claro al respecto.

El otro día hablamos acerca de maestra relación con la naturaleza, con toda la belleza del mundo, con las montañas, los bosques, los cerros y las sombras, los lagos y los ríos. Hablamos de la imagen que crea el pensamiento y que se interpone entre uno mismo y la montaña, los campos y las flores, tal como uno crea una imagen de la esposa o el marido, etcétera, imagen que impide una relación completa.

Ahora hay una relación entre ustedes y quien les habla. Es muy importante que se comprenda esa relación. Quien les habla no está persuadiéndolos acerca de ningún punto de vista ni está ejerciendo ninguna clase de presión para que ustedes escuchen, acepten o rechacen lo que se dice. El no tiene autoridad alguna. No es un gurú. Detesta la idea de liderazgo, tanto el psicológico como el espiritual. Para él todo eso es una abominación (y eso es lo que realmente quiere decir). Esto no es para ser tomado a la ligera.

Las conversaciones que hemos sostenido han sido mutuas; no son conversaciones unilaterales. El mundo está poblado de intimidaciones: las intimidaciones religiosas, las intimidaciones de los diarios, de los políticos, de los gurús y los sacerdotes, las intimidaciones en la familia. Esas intimidaciones nos hacen sentir culpables; primero nos atacan y entonces tenemos que defendernos. Ese es el juego que tiene lugar en nuestras relaciones y origina un sentimiento de culpa.

Hemos hablado acerca del miedo y de por qué los seres humanos, que han evolucionado a través de muchos milenios, viven con esta terrible carga llamada miedo. El miedo es una sensación. La sensación adopta muchas formas: la sensación de las drogas, del alcohol, etcétera, la sensación sexual, la sensación de lograr algo, de ascender por la escala, ya sea la escala mundana o la así llamada escala espiritual. Tenemos muchos, muchos miedos que destruyen no sólo la capacidad humana, sino que deforman el cerebro, lo cual distorsiona o cercena o limita tanto nuestra actividad biológica como la psicológica. Hemos examinado eso. Dijimos que el tiempo y el pensamiento son la raíz del miedo.

Ustedes pueden escuchar esto casualmente o pueden hacerlo seriamente mientras prestan atención a nuestra conversación mutua. Pero las palabras no son la cosa. El miedo no es la palabra miedo, pero la palabra puede crear el miedo. La palabra es la representación, la idea. Pero el hecho del miedo es algo por completo diferente. De modo que uno ha de tener en claro si la palabra está induciendo o cultivando el miedo. Porque entonces la superación de ese miedo implica la superación de la palabra, pero no del hecho.

Y uno dijo también que es de suma importancia cómo nos enfrentamos al hecho; no el hecho mismo, sino la manera en que lo abordamos, en que llegamos a él. Si uno llega al miedo con conclusiones, con conceptos de cómo vencerlo, cómo reprimirlo o trascenderlo, o si acude a alguien para que lo ayude a superarlo, entonces ese miedo continuará en una forma u otra. Y a causa del miedo la humanidad ha hecho cosas terribles. Por miedo a no tener seguridad hemos destruido por millones a los seres humanos. La última guerra y la anterior lo han demostrado; y donde está el miedo, están Dios y todo el consuelo que deriva de las ilusiones. Pero cuando hay seguridad psicológica y, por lo tanto, seguridad biológica, uno está libre del miedo. No es que primero esté la seguridad física y después la seguridad psicológica. Los socialistas y los totalitarios han tratado de establecer el orden exteriormente, y no están teniendo éxito. Lo único que hacen es reprimir. Pero si se comienza a comprender toda la estructura psicológica de uno mismo, de cada ser humano, entonces se empieza a comprender la naturaleza del miedo y se puede terminar con él.

Puesto que la mañana es tan hermosa, sería bueno que investigáramos juntos la belleza. ¿Qué es la belleza? Si a uno se le permite preguntarlo respetuosamente, ¿cuál es la respuesta de ustedes a la pregunta qué es la belleza? ¿Está la belleza en las montañas y en las sombras, en la luz moteada que hay debajo de estos árboles? ¿Está en una extensión de agua tranquila a la luz de la luna o en las estrellas de un claro anochecer? ¿O es un rostro hermoso, bien proporcionado, el que posee esa belleza interna? ¿O la belleza se encuentra en las pinturas y estatuas de los museos? En el Louvre hay una estatua maravillosa, La Victoria de Samotracia; ¿es eso la belleza? ¿O la belleza es una mujer hermosa, esmeradamente maquillada?

Uno debería formularse esta pregunta, porque estamos buscando esta cosa todo el tiempo. Es por eso que los museos se han vuelto tan importantes. ¿Se debe a que dentro de nosotros mismos somos tan feos, a que estamos tan divididos y fragmentados, que nunca podemos ver nada que sea total? Jamás vivimos de un modo holístico, y entonces pensamos que la belleza está ahí afuera, en un exquisito poema de Keats o en una pieza de literatura maravillosamente escrita.

¿Qué es, entonces, la belleza? ¿Es amor la belleza? ¿Es placer? ¿Es la belleza algo que nos da ánimo, que nos proporciona una sensación? Cuando vemos esas colinas allá detrás, y el cielo azul, y el perfil de aquellas montañas contra el cielo, y vemos las sombras y el pasto quemado por el sol y los árboles umbríos, o contemplamos los altos picos con sus nieves eternas en un cielo que jamás ha sido contaminado, cuando vemos estas cosas, cuando las miramos sin verbalizarlas inmediatamente, ¿qué es lo que ocurre? ¿Acaso la majestuosidad de esa montaña con su enorme solidez no aleja, durante ese segundo en que la estamos viendo, toda nuestra pequeñez, todas nuestras preocupaciones y problemas y todo el afán de la vida? Durante ese segundo nos hemos vuelto totalmente silenciosos.

Es como un niño pequeño que ha estado corriendo por ahí todo el día, gritando y siendo algo desobediente. ¿Qué sucede con esa desobediencia cuando le damos al niño un hermoso y complicado juguete? Toda su energía se concentra en ese juguete y deja de desobedecer. El juguete lo absorbe y se convierte para él en algo de suma importancia. El niño lo ama y se afierra a él (ustedes habrán visto esos gastados ositos de felpa). Y así la montaña nos absorbe por un segundo y nos olvidamos de nosotros mismos. Si contemplamos una maravillosa estatua ‑no sólo una de las estatuas griegas, sino las antiguas estatuas egipcias con su extraordinario sentido de la tierra, con su notable riqueza, estabilidad y dignidad-, por un momento, esa dignidad e inmensidad alejan nuestra insignificancia. De manera similar al niño, nosotros los adultos somos absorbidos por juguetes, que pueden ser nuestros negocios, nuestra trapacería en la política, etcétera. Estas cosas nos absorben y, si nos las quitan, nos deprimimos y tratamos de librarnos de esa depresión escapándonos de lo que somos.

Por lo tanto, ¿no es la belleza algo que tiene lugar cuando el “yo” está ausente? El “yo” con todos sus problemas, con su inseguridad y ansiedad, ya sea que a uno lo amen o no lo amen. Cuando el “yo”, con todas estas complejidades psicológicas, está ausente, entonces ese estado es belleza. Cuando “yo” no estoy, hay belleza, que no es placer ni sensación.

El placer es para nosotros una cosa extraordinariamente importante: el placer de una puesta de sol, el placer de ver divertirse a alguien a quien queremos. Debemos, pues, considerar juntos todo el concepto del placer, porque es placer lo que deseamos, no podemos negarlo si somos honestos. Y ésa es nuestra dificultad, porque nunca somos seriamente honestos con nosotros mismos. Pensamos que ser tan honestos con nosotros mismos puede causar perturbación, no sólo a nosotros sino a otras personas.

¿Qué es el placer? ¿Poseer un hermoso automóvil, tener un exquisito moblaje antiguo, lustrarlo, contemplarlo y evaluarlo? Entonces uno se identifica con esos muebles y, al hacerlo, se convierte en esos muebles, porque con cualquier cosa que uno se identifica, uno es eso. Puede tratarse de una imagen, de un mueble, puede ser alguna idea, alguna conclusión, alguna ideología. Y la identificación es algo conveniente, satisfactorio; no incomoda demasiado y nos proporciona muchísimo placer. Sin embargo, el placer va acompañado por el temor. No sé si lo han observado.

Está la otra cara de la moneda, pero uno no quiere mirar la otra cara y se dice a sí mismo que el placer es lo más importante, aun por medio de las drogas (que se están utilizando más y más en todo el mundo). Y hay placer en poseer a una mujer o a un hombre, el placer de tener poder sobre alguien, sobre la esposa o el marido. Admiramos el poder, lo exaltamos, lo idolatramos, ya sea el poder espiritual de la jerarquía religiosa o el poder de un político o el poder del dinero. Para quien les habla el poder es maligno. Están los que desean poder mediante el conocimiento, mediante la iluminación (la iluminación existe, pero no es la clase de estúpido disparate del que algunos hablan y que les confiere poder). La educación, la televisión, el medio, todo hace que seamos mediocres. Leemos demasiado acerca de lo que otros dicen. Y el éxito... ¡el éxito es la mediocridad absoluta!

Debido a que nosotros mismos carecemos de poder, posición, status, entregamos el poder a algún otro y después le rendimos culto, lo adoramos. Y hemos vivido de ese modo por milenios, buscando poder, seguridad, dinero, y sintiendo que esas cosas nos darán libertad, la cual no es libertad en absoluto. En esa libertad podemos elegir lo que deseamos o lo que nos gusta, pero, ¿es libertad eso? ¿Han investigado esta cuestión de lo que implica la verdadera libertad? ¡No en el cielo! (Seguramente recuerdan aquel chiste... ¿puedo repetirlo? Dos hombres están en el cielo con sus alas y aureolas. Uno le dice al otro: “Si estoy muerto, ¿por qué me siento tan espantosamente mal?”). De modo que todas las formas de placer son parte de nuestras vidas, que se vuelven más y más repletas de sensaciones, más fáciles, vulgares y mediocres. Y así continuamos con nuestros placeres, y como secuela de los placeres viene el temor.

La palabra “sensación” implica “la actividad de los sentidos”. La actividad de los sentidos es siempre parcial, limitada, a menos que los sentidos estén completamente despiertos. Uno desea más y más, porque la sensación pasada no ha sido suficiente. ¿Existe una actividad holística de todos los sentidos? Nuestras sensaciones son limitadas y tomamos drogas y otras cosas para tener sensaciones mayores. Pero éstas siguen siendo limitadas y necesitamos más. Cuando uno requiere más, es porque sus sensaciones son parciales. Así que les pregunto ¿Existe una conciencia holística con participación de todos los sentidos, de modo que jamás haya un requerimiento de más? Y donde existe esta conciencia completa de todos los sentidos ‑no que “uno” sea consciente de ello, sino una conciencia de todos los sentidos en sí-, no hay un centro desde el cual exista una conciencia de esa totalidad. Cuando ustedes miran aquellas colinas, ¿pueden mirarlas no sólo con los ojos ‑ la operación de los nervios ópticos ‑, sino con todos sus sentidos, con toda su energía, con toda su atención? Entonces no hay un “yo” en absoluto. Cuando no hay “yo”, no hay requerimiento de “más” ni un tratar de obtener algo mayor.

Todas estas cuestiones de que hemos hablado se relacionan entre sí. El sentimiento de culpa, las heridas psicológicas que tiene la mayor parte de la gente y las consecuencias de esas heridas psicológicas; la vanidad de la inteligencia propia que uno ha cultivado y las imágenes que ha elaborado de sí mismo... todo eso es lo que se siente lastimado, y ninguna otra cosa. La relación, el miedo y el placer están todos vinculados entre sí; no son algo que pueda tomarse parte por parte o separadamente diciendo: “Este es mi problema” o “si puedo resolver eso, lo demás no importa”. Pero lo demás permanece ahí. ¿Podemos, entonces, ver este movimiento como una totalidad, no sólo como si se tratara de un movimiento parcial a la vez?

El dolor es una cuestión inmensa. El dolor ha estado en las mentes de hombres y mujeres desde el principio del tiempo, un dolor que jamás ha cesado. Si uno viaja, especialmente en el mundo asiático o en África, ve una pobreza inmensa, ¡inmensa!, y llora o hace alguna reforma social o entrega alimentos y ropas, pero el dolor sigue estando ahí. Y está el dolor por alguien a quien hemos perdido. Conservamos su retrato en la repisa de la chimenea o lo colgamos en la pared; lo miramos y ello revive todos los recuerdos que se asocian con ese retrato. El retrato no es la persona, ni lo son los recuerdos; pero nos aferramos a esos recuerdos que nos causan más y más dolor. Y está el dolor de esas personas que poseen muy poco en sus vidas, nada de dinero y sólo unos pocos muebles. Viven en la ignorancia, no la ignorancia con respecto a algo grande, sino la simple ignorancia de sus vidas cotidianas, de no tener nada internamente ‑tampoco lo tienen las personas ricas, tienen mucho en sus cuentas bancarias pero nada internamente-. Luego está el inmenso dolor de la humanidad, que es la guerra. Millones han sido muertos; uno ha visto en Europa miles de cruces, todas dispuestas en filas rectas. ¡Cuántas mujeres, hombres, niños, han llorado en cada comunidad, en cada país, en cada estado!

En todas las épocas históricas ha habido guerras año tras año: guerras tribales, guerras nacionales, guerras ideológicas, guerras religiosas. En la Edad Media se torturaba a las personas consideradas herejes. Desde los comienzos del hombre, el dolor ha continuado en diferentes formas. El dolor de la pobreza, la pobreza de no poder satisfacer nuestros deseos, la pobreza del logro (porque siempre hay más que lograr); todo ello ha ocasionado inmenso dolor, no sólo dolor personal, sino el dolor de la humanidad. Leemos acerca de lo que está pasando en los estados totalitarios, pero nunca derramamos una lágrima. Somos indiferentes a todo eso, porque nos consumen nuestro propio dolor, nuestra propia soledad, nuestra propia insuficiencia. De modo que nos preguntamos: ¿Hay un final para el dolor? ¿Hay un final para nuestros dolores personales, con todas las implicaciones de ese final? Si estamos de algún modo seriamente involucrados en esto, comprometidos a descubrir, nos preguntamos: ¿Existe un final para el dolor? Y si existe un final, ¿qué hay después?... porque siempre deseamos una recompensa: “Si terminamos con esto, debemos tener eso otro”. Jamás terminamos con nada por sí mismo, per se.

¿Qué relación hay entre el dolor y el amor? Conocemos lo que es el dolor: gran pena, aflicción, soledad, una sensación de aislamiento. Sentimos el propio dolor como si fuera por completo diferente del dolor de otro, y en ese mismo sentimiento nos aislamos. ¿Sabemos, no sólo verbalmente sino en lo profundo de nuestro ser íntimo, cuál es el significado de ese dolor? Y, ¿qué relación tiene el dolor con el amor? ¿Qué es el amor? ¿Se han formulado alguna vez esta pregunta? El amor, ¿es una sensación sexual? ¿Es placer? Por favor, tenemos que ser muy honestos con nosotros mismos, de lo contrario esto no es divertido. (El humor es necesario; que seamos capaces de reír, de reír juntos ante un buen chiste, no a solas sino juntos). Nos estamos preguntando qué es el amor. ¿Es deseo? ¿Es pensamiento? ¿Es el amor algo que uno posee y retiene? ¿Es eso que uno siente cuando adora la estatua, la imagen, el símbolo? ¿Es eso el amor? El símbolo ‑la estatua o la pintura- es el resultado del pensamiento. Nuestras plegarias son elaboradas por el pensamiento. ¿Es amor eso? Por supuesto, el miedo no es amor, obviamente. ¿Han mirado alguna vez el odio? Si uno odia, disipa el miedo. Si odiamos realmente a alguien, no hay miedo.

Mediante la completa negación, en nosotros mismos, de lo que no es amor, al desechar totalmente aquello que no es amor, ese perfume está ahí. Y ese perfume jamás puede desvanecerse una vez que hemos descartado por completo todas las cosas que no son el amor. Entonces el amor, que acompaña a la compasión, tiene su propia inteligencia, que no es la inteligencia del cerebro científico. Cuando uno tiene ese amor, esa compasión, no hay pena ni angustia ni dolor. Ese existe cuando negamos todo lo que no es amor. Si hay amor, uno jamás matará a otro ser humano, ¡jamás! Nunca matará un animal para alimentarse. (Por supuesto, ¡sigan comiendo carne!, no les estoy diciendo que no lo hagan).

Es algo inmenso dar con el amor. Nadie puede transmitir el amor a otro. Nada puede dárnoslo. Pero si uno, en lo profundo de su ser, desecha todo lo que no es amor, todo lo que ha producido el pensamiento, entonces uno se ha renovado realmente, se ha vaciado de todos sus problemas y lo otro está ahí. Y ésa es la cosa más positiva, más práctica. Lo no práctico en la vida es fabricar armamentos, matar a la gente, ¿verdad? En eso se gasta el dinero de nuestros impuestos. Yo no soy un político, de modo que no escuchen todo esto. Pero vean lo que estamos haciendo, y lo que hacemos es la sociedad que hemos creado. La sociedad no es diferente de nosotros, nosotros la hemos formado. El amor no tiene nada que ver con ninguna organización, con ninguna persona. Es como una brisa fresca que sopla desde el océano; ustedes pueden cerrarle la puerta o vivir con ella. No hay sendero que conduzca al amor, no hay sendero que conduzca a la verdad, ningún sendero en absoluto. Uno tiene que vivir con el amor. Y sólo podemos dar con él cuando hemos comprendido por completo nuestra propia naturaleza y estructura psicológica.

Mañana debemos hablar acerca de la muerte. No es un tema morboso. No es algo de lo que haya que huir. Si ustedes han vivido la cosa de que hemos estado hablando, llegarán a todo esto delicadamente, suavemente, silenciosamente, no por curiosidad. Llegarán a ello con cierta vacilación, con gran dignidad y con un profundo respeto interno. Como el nacimiento, la muerte es una cosa inmensa. La muerte también implica creación ‑no invención. Los científicos inventan y sus invenciones nacen del conocimiento.

La creación es continua, no tiene comienzo ni final. No nace del conocimiento. Y la muerte puede ser el sentido de la creación, no un asunto de tener una próxima vida con mejores oportunidades, una casa mejor, un mejor refrigerador... La muerte puede ser un sentido de creación inmensa, de creación perpetua sin comienzo ni final.

Del Boletín 51 (KF), 1986

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