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La Mutación Psicológica

Capítulo Sexto

Me parece bastante importante que descubramos por nosotros mismos lo que se está buscando. La palabra “buscar” tiene un extraordinario significado, ¿no es así? Prescindiendo del significado del diccionario, el acto de buscar implica que uno avanza desde la periferia hacia el centro. Y este buscar, este investigar, depende del propio temperamento, de las presiones y tensiones del ambiente, de las calamidades de la experiencia, de las penalidades de la vida, de los innumerables afanes de nuestra existencia. Todos estos factores lo fuerzan a uno a buscar. Si no hubiera presión, reto, calamidad, desdicha, yo me pregunto cuantos de nosotros buscaríamos algo.

Investigar significa andar buscando algo, con la esperanza de encontrarlo. Esta mañana busque esta palabra en el diccionario. Viene de una palabra latina cuyo significado es ir a buscar, pedir, preguntar, inquirir, explorar. Yo me pregunto para que estamos explorando, que es lo que buscamos. ¿Podremos descubrirlo alguna vez? ¿O es algo vago, fugaz, en cambio constante según las circunstancias, según el propio temperamento, los propios placeres y dolores peculiares de uno?

Perpetuamente habremos de buscar, investigar. ¿Qué implican esas palabras? Implican que desde lo exterior os trasladáis gradualmente al centro, con arreglo a vuestras particularidades idiosincrasias, gustos y presiones del ambiente. Es como ir de tienda en tienda probándose varios trajes hasta que os viene bien algo que os gusta, Y os lo quedáis. Cuando decís que estáis buscando, lo que en realidad queréis decir es que estáis experimentando diferentes ideas, conceptos, formulas, pasando de una religión a otra, de un maestro a otro, hasta que con el tiempo hayáis algo que os gusta, Algo que se ajusta a vuestro particular temperamento o idiosincrasia. Si no os gusta lo que hayáis en occidente, acudís al oriente, con su antigua y compleja filosofía, en la que hay innumerables maestros y gurus entre los cuales escoger; y ahí quedáis presos, en un grupo de pensamiento, imaginando que es la realidad perenne. O bien, si no hacéis eso, os volvéis un católico aún más ardiente, o os sumáis a los existencialistas. ¡Oh Dios mío! ¡Hay tantas cosas de estas en el mundo! Para mi no hay ni Occidente ni Oriente; la mente humana no es Occidental ni Oriental. Sea que fuere su origen, Todas las teologías son inmaduras, como lo son todas las filosofías. Son invenciones del hombre, que, como está preso en una cárcel de su propia construcción, cree en algo, y en torno a esa fe crea una teología o proyecta alguna extraordinaria filosofía; y cuanto más listo sea el filosofo o el teólogo, tanto más aceptable resulta para el público, para el lector, para el seguidor.

Mas, ¿es eso lo que todos estamos haciendo? Venís y pasáis aquí dos o tres semanas, escuchando lo que se dice. Si os parece que no es muy satisfactorio, que no se os da lo que queréis, acudís algún o instructor o adoptáis alguna otra filosofía, de la que sacáis un poco más de satisfacción. Así que, si no quedáis retenidos de modo permanente en un remazo de pensamiento, seguís adelante, hasta que en otro año tal vez volveréis aquí; y entonces empezáis de nuevo. Creo, pues, que deberíamos comprender éste fenómeno extraordinario, sea en occidente o en oriente, de pasar de una cosa a otra, para buscar, preguntar, pedir, reclamar, tantear de modo incesante. Es decir, creo que deberíamos ver muy claramente nosotros mismos que es lo que estamos buscando y por qué. Y si hay necesidad siquiera alguna de buscar. Seguramente que toda búsqueda implica un movimiento de la periferia al centro, de la circunstancia a la causa de los confines al verdadero origen de la existencia. Es decir pasamos de lo externo a lo interno, esperando encontrar algo real profundo, vital, algo de extraordinario significado.

En el curso de éste movimiento, pugnamos por practicar distintos métodos, sistemas, nos torturamos con varias formas de disciplinas, de modo que al fin de nuestras vidas estamos machacados, con la mente casi paralizado. Me temo que ala mayoría de nosotros nos ocurre esto entramos a la periferia al centro, porque queremos descubrir el modo de ser felices, que es la verdad, si existe Dios, algo que sea perpetuo, y, por ello, estamos luchando, respetando, imitando, siguiendo, brutalizándonos las mentes y los corazones con la disciplina, hasta que no queda nada de nosotros que sea original, verdadero, real. Ésa es nuestra vida; y cuanto mayor sea la presión, dolor, la furia de la vida en periferia, tanto mas queremos avanzar hacia el centro. Y en, pero, ¿hay una llegada inmediata al centro – sin esta pugna interminable por llegar a él- y un florecimiento desde el centro? ¿Comprendéis mi pregunta?

Durante millones de años nos hemos esforzado para pasar de lo exterior a lo interior con el fin de descubrir lo que es real, y acabamos de ver lo que esta implicado en este proceso. Me digo, pues: “¡que absurdo es todo esto! ¿Por qué he de torturarme? ¿Por que he de copiar, de imitar, seguir? ¿No hay una posibilidad de descubrir o estar en el centro mismo y florecer desde ahí, en vez de ir al revés?”. Porque, para mi al menos el hacerlo al revés carece de sentido; no tiene sentido alguno y, por tato, lo rechazo por completo. No quiero atormentarme ni seguir a nadie. No quiero leer un solo leer o sobre filosofía ni aguzarme la mente con sutiles argumentos. Mi mente ya esta bastante aguzada tal como esta, por ambición, por la ansiedad y la desesperación, por todas las brutalidades de la vida y no quiero practicar otro método, otro sistema, ni seguir a otro gurú, maestro, salvador: No quiero hacer nada de eso. Mirad, estoy pensando en voz alta, no sólo para mi mismo, sino para aclarar ciertas cosas y para que vosotros y yo podamos entrar en comunión uno con otro sobre lo que es real, y no luchar perpetuamente mediante la reacción para pasar de lo externo a lo internos. Estoy poniendo en palabras lo que sintáis en raros momentos, cuando estéis arto de todo de todo de vuestras iglesias, vuestros políticos, vuestros bancos y la mezquindad de nuestras relaciones en el hogar, del fastidio de la oficina, de todas las tonterías de la vida que son un insulto a la dignidad humana. Después de haber pasado veinte años o más en ir a la oficina día tras día o guisando comidas y pariendo hijos, uno tras otro; después de haber experimentado placer tanto como el fastidio, la mezquindad, la desesperación de todo eso, tenéis que haberos preguntado a veces si no hay una posibilidad de llegar de repente, de modo inesperado, a la fuente original, a la esencia misma de las cosas y vivir desde allí funcionando, floreciendo para que nunca tengáis que leer un sólo libro, estudiar ninguna filosofía, adoptar ninguna imagen ni salvador, porque, desde donde miréis, ahí estará ese centro del que parten toda acción, todo amor, todas las cosas.

El hecho evidente es que, con nuestra codicia, nuestros celos, nuestro afán de poseer, con nuestro temor, sentimentalismo, nuestros fugaces placeres, nuestro ronroneo de satisfacción, somos animales; animales altamente evolucionados. Si contempláis un animal, veréis que tiene los mismos conflictos que vosotros. Los monos antropoides son celosos y tienen sus dificultades matrimoniales; se unen en grupos, primero la familia, luego la tribu, y todo eso, lo mismo que nosotros; y alguien decía el otro día que estos monos podrían sentarse en las Naciones Unidas, exactamente igual que cualquier humano. Es un hecho evidente que nuestro carácter, nuestra devoción, nuestro valor, el miedo, las guerras, nuestra llamada paz social, nuestras luchas, todo parte de este trasfondo animal. No tenéis que discutir esto conmigo. Los biólogos, los antropólogos dicen que es así, si es que queréis autoridades.

Pues bien, ¿es posible estar libre de todo eso, no con el tiempo, gradualmente, sin poder desligarse de golpe, para que todo termine y uno tenga una moralidad, del trasfondo animal? Es evidente que para vivir juntos en el mundo necesitamos una moralidad en la conducta social; pero actualmente nuestra moralidad, diaria- siguen siendo los del animal, y no queremos reconocerlo. Nos gusta creer que, porque somos un poco más capaces, más eficientes, más inventivos que los monos, somos también más humanos; pero aun los monos mismos utilizan instrumentos para captar cosas, inventan a medida que avanzan, de modo que hay muy escasa diferencia entre ellos y nosotros.

Así, pues, existe esta extraordinaria actividad de los animales y la igualmente extraordinaria actividad de la mente humana, que quiere estar segura, no sólo en el mundo físico, sino también interiormente, lo cual es todavía un resultado del instinto animal. Y existe, al mismo tiempo, el deseo de encontrar alguna cosa real, original, un estado sin contaminación, inocente. Pues, bien, ¿es posible llegar a ese estado de manera súbita, de modo que no sea cultivado, buscado? Porque la belleza no puede cultivarse; lo mismo que ocurre con el amor. Tenéis que llegar a ella de repente, como llegarías a una vista que nunca hubierais contemplado. De súbito ahí está, frente a vosotros, rica, plena, vital, y formáis parte de ella; y desde ahí vivís, actuáis, sois. Sin hacer esfuerzo, sin disciplinar, controlar, forzar lo externo, sin imitar, ni todo eso, de súbito llegáis a la fuente de la vida, al manantial originario de la existencia. Y, una vez que la mente ha bebido de esa fuente, habrá vivido y vive de ella para siempre. ¿Es posible tal cosa?

¿Comprendéis mi pregunta? Esto no es algo sentimental ni místico, no es algo que deba entusiasmarnos o inspirarnos, ni es nada que sintáis intuitivamente. No es ninguna de esas cosas, Mientras llevamos vida animal, con nuestras envidias, celos desesperanzas, eso no es posible; las dos no pueden ir juntas. ¿Es posible cortar, romper de un golpe todo el trasfondo animal y entonces empezar de nuevo?

Os mostraré cuán importante, cuán necesario es que esto se haga posible. Si admitís el tiempo: ayer, hoy, y mañana, entonces quedáis inevitablemente cautivos del proceso de degeneración, porque siempre estaréis mirando al mañana y siempre habrá un ayer que condicione el presente. Y, así, la mente, que es el resultado de siglos, tiene que olvidar el tiempo. De lo contrario, queda presa en sus redes, en la pugna por lograr, por llegar a ser, por alcanzar, pasa por todo eso que sólo conduce a la pena, a la desdicha, o ala decadencia. ¿Qué ha de hacer uno, pues?

Quiero descubrir de modo inmediato lo que es la verdad, y no esperar unos pocos segundos ni hasta pasado mañana; quiero salir allá, estoy demasiado impaciente para esperar. No me sirve el tiempo, la idea de alcanzar algo, al término de mi vida O después de diez mil vidas. Para mí, eso es totalmente infantil, inmaduro. Todo eso es una invención de la mente en su pereza, en su confusión, en su desesperación. Quiero estar tan despierto que, cuando abra mis ojos, mi corazón, mi mente, esté ahí la verdad; y, partiendo de ahí, funcionar, actuar, vivir, disfrutar de las bellezas de la tierra.

Ahora vamos a hablar de algo que no puede, en modo alguno, copiarse, imitarse. Voy a explorar, y espero que exploréis vosotros conmigo, mas, si os limitáis a seguirme, entonces estáis perdidos.

Por muy distintas que sean las variedades de temperamentos, todo movimiento de la periferia al centro es un movimiento positivo, una búsqueda deliberada, una reacción de hallar y, por tanto, implica disciplina, imitación, seguimiento, obediencia, la práctica de un sistema. Todo esto es un proceso positivo; por lo menos es lo que llamáis positivo.

Comprended esto. No disputéis interiormente conmigo. Veréis cuán verdadero es a medida que avancemos. No os estoy hipnotizando, ni tratando de imponeros algo, ni estoy haciendo ninguna clase de propaganda. Eso sería ridículo.

Percibe uno, pues, este movimiento positivo y ve toda su importancia, la ve uno inmediatamente, y no de una manera casual, distraída, con la idea de “mañana lo pensaré”. No hay pensamiento del mañana, no hay idea de “entre tanto”. Lo ve uno de modo inmediato y, por tanto, cesa por completo el movimiento positivo. Uno no ha hecho nada; no ha habido ningún acto de voluntad, causa deliberada, investigación o llegada a un resultado. Uno ve lo inmaduro de este movimiento positivo, con sus sacerdotes; ve uno la completa inutilidad de todo eso. Sacerdotes, iglesias, teologías, los inventores de ideas, todo esto se desvanece, porque uno percibe la verdad de que este movimiento positivo de la periferia al centro nunca puede llegar a este último. Es el movimiento de lo exterior que trata de entrar y, por tanto, sigue siendo lo exterior. Ve uno ese hecho con agudeza, con una extraordinaria claridad; y entonces empieza a comprender la belleza del movimiento negativo, ese movimiento negativo de la mente que no es lo opuesto de lo positivo, sino que viene a la existencia cuando la mente ha captado el significado de todo movimiento positivo. Así, la mente ya no esta presa en el movimiento positivo y, por ello, se encuentra en un estado de negación. Es decir, habiendo visto, no de modo fragmentario sino completo, la trascendencia de este movimiento positivo, la mente ya no está en movimiento, ya no esta actuando o haciendo; esta, pues, en un estado que puede llamarse negativo. ¿Comprendéis? Voy a explicarlo de manera distinta.

Personalmente, nunca leo libros de estas cosas, no quiero, no me interesa, porque, veo en mi mismo a la humanidad entera, no en forma mística, metafórica o simbólica, sino real. Yo soy vosotros y el mundo. En mí está todo el tesoro del mundo y, para descubrirlo, tengo que comprenderme e ir más allá de mí mismo. Si no me comprendo, no tengo razón de ser, no tengo esencia; no soy más que una entidad confusa. Y cuanto más busco, estudio, sigo, tanto más confuso que vuelvo; dependo de maestro, de mi temperamento, de mis deseos y, por tanto, mi confusión crece.

Veo, pues, lo importante que es comprenderme a mí mismo por entero, sin esfuerzo, es decir, sin convertir en un problema la comprensión de mí mismo. Para comprenderme a mí mismo debo tener una mente que no haga ningún movimiento positivo para corregir o no corregir lo que ve. Como dije el otro día, tanto la mente consciente como la inconsciente son triviales, y tengo que comprender esta trivialidad; tengo que comprenderla inmediatamente, para que el inconsciente no me gaste bromas, no proyecte visiones, imágenes, secretos deseos, cuando no le presto una atención total, lo cual se convierte a su vez en otro problema.

¿Entendéis todo esto?

Veo que, para comprenderme por completo, hace falta una mente que no esté influida, sin motivo, sin movimiento, una mente vacía por completo de acción positivo. Y cuando, con esa claridad mental, puedo mirarme, ese mirar mismo disuelve lo trivial, que es el “yo”.

Fíjense que no estoy inventando una filosofía y, por el amor de Dios, no interpreten esto como algo peculiar de Oriente y todos esos disparates. No es una idiosincrasia del que habla, que casualmente ha nacido en un país donde el sol calienta mucho y pone morena la piel. Por ese calor y por la indolencia que suscita, y también por la pobreza, existen los que siguiendo un camino interior escriben filosofía, inventan religiones, dioses y todo lo demás.

Dejad eso para ellos, no estoy hablando de estas cosas.

Estoy hablando sobre algo que no es de Oriente ni Occidente, que no es personal ni impersonal: es lo verdadero. Ha llegado uno de modo súbito a un estado en que la mente ya no está movida por el deseo de quedar satisfecha, ya no exige experiencia ni la busca. Tiene uno que dar con ello, Porque no hay nadie que lo enseñe, y esto requiere energía. Con la palabra “energía” me refiero al enfoque de toda nuestra atención, sin ningún sentido de distracción. En realidad, no existe la distracción, sólo existe la inatención. ¿No? Me alegro de que alguien no esté conforme.

¿Existe eso que llamamos distracción? Al caminar, al avanzar, miro. La mente va de acá para allá, a distintos puntos, y si se mueve, si se sale del camino principal, del propio centro, lo llamo distracción. Más cuando no hay un centro propio, ni un sendero recto por el cual caminar, entonces no hay distracción.

Es muy importante comprender esto. Si comprendéis esto con toda claridad, veréis que desaparece por completo todo esfuerzo para concentraros, con el conflicto que ello crea; y entonces no hay distracción. El mirar al cielo, ver la faz de un bello niño, oír el murmullo de ese riachuelo y el terrible ruido de un reactor que pasa por alto, observar a la gente, a los políticos, a los sacerdotes, escuchar vuestra propia mente y vuestro propio corazón, percibir vuestras propias exigencias, desesperaciones: no hay distracción de ninguna de estas cosas, desde el mirar al cielo hasta el miraros a vosotros mismos. Todo ello forma parte de una formalidad. Y esta sólo puede ser vista cuando hay completa atención; y la atención completa se niega cuando admitís la distracción. ¡Ojala veáis esto!

Cuando hay atención completa, nunca consideráis algo como distracción. Sexo, celos, ansiedad, miedo, amor, pasión, nada de lo que miráis es distracción, todo está dentro de la llama de la atención, y, por tanto, no hay nada fragmentario. El político, el sacerdote, el rito, todos ellos forman parte de la totalidad. En el movimiento positivo de la mente hay distracción, fragmentación; mas cuando la mente no tiene movimiento y es, por tanto, negativa, si puedo usar esta palabra, no hay fragmentación de la vida. Entonces la nube del cielo, el polvo del camino, la flor al lado de él y el susurro de vuestro propio pensamiento, todo ello forma parte de la totalidad. Mas esa totalidad sólo puede comprenderse cuando ha cesado por completo el movimiento positivo de la mente.

Veis, pues, por vosotros mismos, que para dar con este centro, con esta fuente original de las cosas, que es lo supremo, tiene que terminar todo movimiento de la mente, mas no torturándola con la disciplina ni, como hacen en ciertas sectas, planteando la cuestión de manera tan extraordinariamente difícil o fantástica, que la mente tenga que callarse asustada. Eso carece por completo de madurez. Desde el principio tenéis que ver la verdad de todo movimiento de vuestro pensar y sentir; y eso sólo lo podéis hacer cuando la mente es por completo “negativa”, está en silencio, quieta. Y eso puede hacerse de modo inmediato. Es como salirse del camino, el camino de la acción positiva que el hombre ha seguido por costumbre durante miles y miles de años. Podéis, simplemente, saliros de ese camino sin ninguna expectación, sin exigir ni buscar nada. Sólo lo podéis hacer cuando veis todo el movimiento del hombre y no sólo el de un hombre determinado; es decir, cuando veáis en vosotros mismo el movimiento de la totalidad. Cuando percibís todo esto de una ojeada (y esto es lo único que tenéis que hacer, nada más), Entonces estáis realmente caminando en libertad; y partiendo de esa libertad hay acción, que no deja la mente paralizada.

Os ruego que, si así lo deseáis, preguntéis sobre todo lo tratado. ¿O no hay nada que preguntar?

Pregunta: ¿Que es la madurez?

Krishnamurti: ¿Estamos hablando sobre la madurez? Muy bien. Señor, ¿que es la madurez? ¿Tiene algo que ver la madurez con la edad? ¿Tiene algo que ver la madurez con la experiencia, con el conocimiento, con la capacidad? ¿Tiene algo que ver con la competencia y con la acumulación de dinero? Si no es ninguna de estas cosas, entonces ¿qué es la madurez? ¿Tiene algo que ver con el tiempo? No digáis que “no” tan fácilmente. Si en realidad estuvierais libres del tiempo, si el tiempo no tuviera importancia alguna para vosotros, ¿cual sería el estado de vuestra mente? No hablo del tiempo cronológico; es evidente que este tiene importancia. Mas, si el tiempo no significa nada para vosotros, en el sentido psicológico –tiempo para logra, para triunfar, vencer, conquistar, para volveros listos, captar, comparar-, ¿no seríais entonces maduros? Es, pues, solo la mente inocente la que está madura, no la que haya acumulado conocimientos durante un millar de años. Se necesita el conocimiento y tiene importancia a cierto nivel; mas el conocimiento no contribuye a la claridad, a la inocencia. Sólo hay inocencia cuando todo conflicto ha terminado. Cuando la mente ya no se mueve en ninguna dirección determinada porque se han comprendido todas las direcciones, está entonces en ese estado original que es inocencia, y desde ahí puede penetrar en la distancia sin medida en donde puede estar lo supremo; y sólo una mente así es madura.

23 de julio de 1964

La Mutación Psicológica

Jiddu Krishnamurti, La Mutación Psicológica, conversaciones en Saanen 1964. Incluidas en el libro “The New Mind”. Jiddu Krishnamurti en español.

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