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Libro de Notas

Ojai, California. Junio 18 a Julio 8, 1961

Al anochecer estaba ahí: súbitamente estuvo ahí llenando la sala, un gran sentido de belleza, poder y dulzura. Otros lo advirtieron.

19

Toda la noche estuvo ahí siempre que despertaba. La cabeza dolía mientras nos dirigíamos a tomar el avión [para volar a Los Ángeles]. -La purificación del cerebro es necesaria. El ce­rebro es el centro de todos los sentidos; cuanto más alertas y sen­sibles son los sentidos, tanto más agudo es el cerebro; éste es el centro de los recuerdos, del pasado: es el depósito de la expe­riencia y el conocimiento, de la tradición. Por tanto, está limi­tado, condicionado. Sus actividades son planeadas, pensadas, razonadas, pero funciona dentro de la limitación, en el espacio-­tiempo. Así es que no puede formular ni comprender aquello que es total, lo íntegro, lo completo. Lo completo, lo total es la mente; ella está vacía, absolutamente vacía, y debido a esta vacuidad el cerebro existe en el espacio-tiempo. Sólo cuando el cerebro se ha limpiado de su condicionamiento, de su codi­cia, su envidia, su ambición, sólo entonces puede comprender aquello que es total. Esta totalidad es amor.

20

En el automóvil, viajando hacia Ojai [1], eso comenzó de nue­vo, la presión y el sentimiento de inmensa vastedad. No es que uno estuviera experimentando esta vastedad; simplemente ella estaba ahí; no había un centro desde el cual tuviera lugar la experiencia. Todo, los automóviles, la gente, los carteles, se destacaba con sorprendente claridad y el color era dolorosamente intenso. Eso continuó por más de una hora, y la cabeza estaba muy mal, el dolor la abarcaba enteramente.

El cerebro puede y debe desarrollarse; su desarrollo pro­vendrá siempre de una causa, de una reacción, de la violencia a la no-violencia, etc. El cerebro se ha desarrollado desde el estado primitivo y, por muy refinado, inteligente y técnico que sea, estará siempre dentro de los confines del espacio-tiempo.

El anonimato es humildad; no está en el cambio de un nombre, en la ropa o en la identificación con lo que pueda ser anónimo: un ideal, un acto heroico, un país y cosas así. Ese ano­nimato es una acción del cerebro, es el anonimato consciente; hay un anonimato que surge con la lúcida percepción de lo total. Lo total, lo completo jamás está dentro del campo del cerebro o de la idea.

21

Al despertar alrededor de las dos, había una presión pecu­liar y el dolor era más agudo, estaba más en el centro de la cabeza. Persistió por más de una hora, y uno despertó varias veces por la intensidad de la presión. Cada vez el éxtasis se expandía más y más; este júbilo continuó. La presión comenzó súbitamente otra vez mientras uno esperaba sentado en el sillón del dentista. El cerebro se quedó muy quieto; palpitaba total­mente activo; todos los sentidos estaban alerta; los ojos veían la abeja en la ventana, la araña, los pájaros y las montañas de color violeta en la distancia. Veían todo eso pero el cerebro no lo registraba. Uno podía sentir al palpitante cerebro, algo tremendamente vivo, vibrante y, por lo tanto, no un mero registra­dor. La presión y el dolor eran intensos y el cuerpo necesitó adormecerse.

La lúcida percepción autocrítica es esencial. La imaginación y las ilusiones distorsionan la clara observación. La ilusión exis­tirá siempre que sigan existiendo el impulso a continuar el placer y a evitar el dolor. Las dos cosas engendran ilusión: la urgencia por continuar o recordar las experiencias placenteras, y el acto de evitar el dolor, el sufrimiento. A fin de borrar por completo toda ilusión, el placer y el dolor deben ser comprendidos, no controlándolos o sublimándolos, no identificándose con ellos ni negándolos.

Sólo cuando el cerebro está quieto puede existir la correcta observación. ¿Puede el cerebro estar quieto alguna vez? Puede estarlo cuando siendo altamente sensible, sin el poder de dis­torsión, se halla negativamente atento.

La presión ha continuado toda la tarde.

22

Al despertar en mitad de la noche, la mente estaba expe­rimentando un estado de incalculable expansión; la mente misma era ese estado. El «sentimiento» de este estado, desnudo de todo sentimentalismo, de toda emoción, era muy factual, muy real. Este estado continuó por un tiempo considerable. -Toda esta mañana la presión y el dolor han sido agudos.

La destrucción es esencial. No de edificios y cosas, sino de todos los ardides y defensas psicológicas, de los dioses, las creencias, la dependencia de los sacerdotes, las experiencias, los conocimientos, etc. Sin destruir todo esto no puede haber crea­ción. Es sólo en libertad que la creación surge a la vida. Otro no puede destruir esas defensas por uno; es uno mismo quien debe negarlas mediante la lúcida percepción que da el cono­cimiento propio.

La revolución social, económica, solamente puede cambiar los estados y cosas exteriores, aumentando o disminuyendo círculos, pero esa revolución estará siempre dentro del limitado campo del pensamiento. Para una revolución total, el cerebro debe desechar todo su interno, secreto mecanismo de autoridad, envidia, temor, etc.

La fuerza y belleza de una tierna hoja radica en su vulne­rabilidad a la destrucción. Como una brizna de hierba que brota a través del pavimento, ella tiene el poder que le permite enfrentarse a la muerte fortuita.

23

La creación nunca pertenece al individuo. Ella cesa entera­mente cuando la individualidad, con sus capacidades, dones, técnicas, etc., se vuelve dominante. La creación es el movimiento de la incognoscible esencia de lo total; nunca es la expresión de la parte.

Justo en el momento en que uno se disponía a acostarse, ahí estaba aquella plenitud de il L. [2] Estaba no sólo en la habita­ción sino que parecía cubrir la tierra de horizonte a horizonte. Era una bendición.

La presión, con su dolor peculiar, persistió toda la mañana. Y continúa en la tarde.

Sentado en el sillón del dentista, uno miraba por la ven­tana, miraba más allá del seto, de la antena de TV, del poste de telégrafo, las purpúreas montañas. Uno miraba no sólo con los ojos sino con toda la cabeza, como si mirara desde la parte posterior de la cabeza, con todo el ser. Era una experiencia sin­gular, extraordinaria. No había un centro desde el cual tuviera lugar la observación. Eran intensos los colores y la belleza y las líneas de las montañas.

Cada distorsión del pensamiento debe ser comprendida; porque todo pensamiento es una reacción, y cualquier actividad que provenga de esto sólo puede incrementar la confusión y el conflicto.

24

Ayer, durante el día entero hubo presión y dolor; todo eso se está volviendo más bien difícil. Comienza en el momento que uno está solo consigo mismo. El deseo de que continúe y la decepción de que no continúe no existen. Pero eso está simple­mente ahí sea que uno lo quiera o no; está más allá de toda razón y pensamiento.

Hacer algo sin motivo, por sí mismo, parece muy difícil y casi indeseable. Los valores sociales se basan en hacer algo en función de alguna otra cosa. Esto lleva a una existencia árida, una vida que nunca es completa, total, plena. Es una de las razones que promueven el descontento que desintegra.

Estar satisfecho es feo, pero estar insatisfecho engendra odio. Ser virtuoso con el fin de ganar el cielo o la aprobación de lo respetable, de la sociedad, hace de la vida un campo estéril que ha sido arado una y otra y otra vez, pero en el que nunca se ha sembrado. Esta actividad de hacer algo en función de alguna cosa es, en esencia, una intrincada serie de escapes, escapes de uno mismo, de lo que es.

Sin experimentar la esencia, no hay belleza. La belleza está meramente en las cosas exteriores o en los íntimos pensa­mientos, sentimientos e ideas; la belleza existe más allá de este pensar y sentir. La belleza es esta esencia. Pero esta belleza no tiene opuesto.

La presión continúa y la tirantez está en la base de la cabeza, y es muy dolorosa.

25

Al despertar en mitad de la noche, el cuerpo se encontraba perfectamente quieto, extendido sobre su espalda, inmóvil; esta posición debe haberse mantenido por algún tiempo. Ahí estaban la presión y el dolor. El cerebro y la mente se hallaban intensa­mente silenciosos. No existía división alguna entre ellos. Había una intensidad extraña, quieta, como la de dos grandes dinamos trabajando a muy alta velocidad; era una tensión peculiar en la que no había esfuerzo. Existía, con relación a todo esto, un sentido de inmensidad y un poder sin dirección ni causa alguna y, por lo tanto, sin brutalidad, sin crueldad. Y ello prosiguió por la mañana.

Durante casi todo el año pasado, uno solía despertarse para experimentar, en estado de vigilia, lo que había sucedido mien­tras dormía, ciertos estados del ser. Es como si uno despertara meramente para que el cerebro pudiera registrar lo que había estado sucediendo. Pero, curiosamente, la singular experiencia se desvanecía muy pronto. El cerebro no la había estado guar­dando era los rollos de la memoria.

Sólo hay destrucción y no cambio. Porque todo cambio es una continuidad modificada de lo que ha sido. Todas las revolu­ciones sociales o económicas son reacciones, una continuidad modificada de lo que ha sido. Este cambio no destruye en modo alguno las raíces de las actividades egocéntricas.

La destrucción, en el sentido en que estamos empleando la palabra, carece de motivo: no tiene un propósito, el cual implica una acción con vistas a un fin o resultado. La destrucción de la envidia es total y completa; implica libertad con respecto a la represión, al control, y sin que exista motivo alguno para ello.

Esta destrucción total es posible; radica en ver la estructura completa de la envidia. Este ver no está en el espacio-tiempo sino que es instantáneo.

26

La presión y la tirantez continuaron muy fuertemente ayer por la tarde y esta mañana. Sólo había cierto cambio: desde la parte posterior de la cabeza, la presión y la tirantez se despla­zaron a través del paladar hacia la coronilla. Prosigue una ex­traña intensidad. Sólo tiene uno que permanecer quieto para que ella comience.

El control, en cualquiera de sus formas, es dañino para la comprensión total. Una existencia que ha sido disciplinada es una vida de conformidad; en la conformidad no hay libertad con respecto al temor. El hábito destruye la libertad; el hábito del pensamiento, el hábito de la bebida, etc., contribuyen a una vida superficial e insípida. La religión organizada con sus creencias, dogmas y rituales impide el libre acceso a la vastedad de la mente. Es al entrar en esta vastedad que el cerebro se purifica del espacio-tiempo. Al estar purificado, el cerebro puede en­tonces habérselas con el tiempo y el espacio.

27

Esa presencia que estuvo en il L. estaba ahí, esperando pa­cientemente, benignamente, con inmensa ternura. Era como el relampaguear en una oscura noche, pero estaba ahí, penetrante, bienaventurada.

Algo extraño le está ocurriendo al organismo físico. Es algo que uno no puede identificar exactamente, pero hay una «rara» insistencia, una urgencia; no es de ningún modo algo autocreado o engendrado por la imaginación. Se toma evidente cuando uno está quieto, solo, bajo un árbol o en una habitación; se manifiesta con mayor urgencia cuando uno se halla a punto de dormirse. Está ahí mientras esto se escribe: la presión y la tirantez con su dolor familiar.

Formulaciones y palabras acerca de todo esto parecen tan inútiles; las palabras, por exactas que sean, por clara que pueda ser la descripción, no comunican la cosa real.

Hay una grande e inenarrable belleza en todo esto.

Existe un único movimiento de la vida, lo externo y lo inter­no; este movimiento es indivisible, aunque esté dividido. Al estar dividido, la mayoría sigue el movimiento externo de las ideas, del conocimiento, de las creencias, la autoridad, la segu­ridad, la prosperidad, etc. Como una reacción a esto, uno sigue la llamada vida interior con sus visiones, esperanzas, aspiracio­nes, secretos, conflictos, desesperación. Como este movimiento es una reacción, está en conflicto con el otro. Por tanto, hay con­tradicción con sus dolores, ansiedades y escapes.

Hay sólo un movimiento, que es lo externo y lo interno. Con la comprensión de lo externo, comienza el movimiento in­terno, no en oposición o en contradicción. Al ser eliminado el conflicto, el cerebro, aunque altamente sensible y alerta, se torna silencioso. Entonces sólo el movimiento interno tiene sig­nificación y validez.

De este movimiento surgen una compasión y una generosi­dad que no son el resultado de una razonada y deliberada abne­gación.

La flor es fuerte en su belleza, aunque pueda ser olvidada, desdeñada o destruida.

El ambicioso no conoce la belleza. La belleza es el senti­miento de lo esencial.

28

Al despertar en medio de la noche uno estaba gritando y gimiendo; la presión y la tirantez, con su dolor peculiar, eran intensas. Eso debe haber estado sucediendo por algún tiempo y desapareció poco después de despertar. Los gritos y los gemidos tienen lugar con mucha frecuencia. No ocurren a causa de una indigestión. Sentado en el sillón del dentista, mientras aguarda­ba, toda la cosa comenzó de nuevo y continúa por la tarde mientras esto se escribe. Es más perceptible cuando uno se encuentra solo o en algún bello lugar, o también en una calle sucia y ruidosa.

Aquello que es sagrado carece de atributos. Una piedra en un templo, una imagen en una iglesia, un símbolo, no son sa­grados. El hombre los llama sagrados, hace de eso algo santo para ser adorado en función de complejos impulsos, temores y anhelos. Esta «santidad» está aún dentro del campo del pensa­miento, es producida por el pensamiento, y en el pensamiento nada hay que sea nuevo o sagrado. El pensamiento puede pro­ducir todos los intrincados enredos de los sistemas, dogmas, creencias; y las imágenes, los símbolos que él proyecta no son más santos que los planos de una casa o el diseño de un nuevo avión. Todo esto se encuentra dentro de las fronteras del pensa­miento, y nada hay de sagrado o místico al respecto. El pensa­miento es materia y puede ser convertido en cualquier cosa, fea o bella.

Pero existe algo sagrado que no es del pensamiento ni per­tenece a un sentimiento revivido por éste. El pensamiento no puede reconocerlo ni utilizarlo. El pensamiento no puede for­mularlo. Pero existe algo sagrado que ningún símbolo o palabra pueden tocar. Eso no es comunicable. Es un hecho.

Un hecho es para ser visto, y el ver no tiene lugar por medio de la palabra. Cuando un hecho es interpretado, cesa de ser un hecho; se vuelve algo por completo diferente. El ver es de la más alta importancia. Este ver está fuera del tiempo-espacio; es inmediato, instantáneo. Y lo que es visto, nunca es igual otra vez. No hay otra vez o mientras tanto.

Esto que es sagrado no tiene un adorador, el observador que medita sobre ello. No se halla en el mercado para que pueda comprarse o venderse. Como la belleza, no puede ser visto me­diante su opuesto, porque no tiene opuesto.

Esa presencia está aquí, llenando la habitación, esparciéndose sobre las colinas, más allá de los mares, cubriendo la tierra.

La noche pasada, como ha sucedido una o dos voces antes, el cuerpo era sólo un organismo y nada más, funcionando, vacío y silencioso.

29

Hay presión y tirantez con el hondo dolor que las acompaña; es como si muy en lo profundo prosiguiera una operación. Eso no es causado mediante la propia volición por sutil que ésta pu­diera ser. Durante algún tiempo uno lo ha investigado profun­damente de manera deliberada. Ha tratado de inducirlo, de producir diversas condiciones externas, estando solo, etc. En­tonces nada sucede. Todo esto no es algo reciente.

El amor no es apego. El amor no produce pesar. En el amor no hay desesperación ni esperanza. El amor no puede hacerse respetable, convertirse en parte del esquema social. Cuando él no está presente, comienza el afán en todas sus formas.

Poseer y ser poseído se considera que es una forma de amar. Este instinto de poseer - a una persona o un trozo de algo que sea propiedad de uno - no proviene meramente de las exigen­cias de la sociedad o de las circunstancias, sino que brota de una fuente mucho más profunda. Procede de las profundidades de la soledad. Cada cual intenta llenar esta soledad de diferentes maneras, con la bebida, con la religión organizada, las creencias, alguna forma de actividad, etc. Son todos escapes, pero eso aún sigue ahí.

El comprometerse con alguna organización, con alguna creen­cia o actividad, es ser poseído por ellas negativamente; y posi­tivamente es poseerlas. La posesividad negativa y la positiva consisten en hacer el bien, cambiar el mundo, y en el así lla­mado amor. Controlar a otro, moldear a otro en el nombre del amor son expresiones del instinto de posesión, negativo y posi­tivo, así como el impulso de encontrar en otro seguridad, protección y bienestar. El olvidarse de uno mismo por medio de otro o de alguna actividad, contribuye al apego. De este apego provienen el dolor y la desesperación, y de ello surge la reac­ción para el desapego. Y en esta contradicción entre apego y desapego se originan el conflicto y la frustración.

No hay escape de la soledad; ella es un hecho y el escapar de los hechos engendra confusión y dolor.

Pero no poseer nada es un estado extraordinario, no poseer siquiera una idea, saber dejar en paz a una persona o una cosa. Cuando la idea, el pensamiento echa raíces, eso ya se convierte en posesión y entonces comienza la guerra para verse libre. Y esta libertad no es libertad en absoluto; sólo es una reacción. Las reacciones arraigan, y nuestra vida es el terreno en que las raíces se han desarrollado. Cortar todas las raíces, una por una, es un absurdo psicológico. Eso no puede hacerse. Sólo debe ser visto el hecho - la soledad -, y entonces todas las otras cosas se desvanecen.

30

Ayer en la tarde eso estuvo bastante mal, fue casi intole­rable; continuó por unas cuantas horas.

Caminando, rodeado por estas violáceas y desnudas monta­ñas rocosas, súbitamente advino la soledad. Completa soledad. Estaba en todas partes y tenía una inmensa, insondable riqueza; poseía esa belleza que está más allá del pensamiento y del sen­timiento. No estaba quieta; era algo viviente, en movimiento, que llenaba cada rincón y escondrijo. La cima de la alta mon­taña rocosa fulguraba con el sol poniente, y esa misma luz y color colmaban los cielos de soledad.

Era un estado singular de soledad, no de aislamiento sino de soledad, como una gota de lluvia que contiene en sí todos los mares de la tierra. No era alegría ni tristeza, sino plena soledad. No tenía cualidad, forma ni color, que harían de ella algo reconocible, mensurable. Vino como un relámpago y sem­bró su semilla. No germinó, pero ahí estaba en toda su ple­nitud. No existía el tiempo para que hubiera maduración; el tiempo tiene sus raíces en el pasado. Este era un estado sin raíces y sin causa. Un estado totalmente «nuevo», que nunca ha sido y nunca será, porque es algo vivo.

El aislamiento es lo conocido, y así es la soledad que pro­cede del aislamiento; son estados reconocibles porque han sido experimentados con frecuencia, real o imaginariamente. Su misma familiaridad engendra temor y cierto menosprecio san­turrón, de lo cual surgen el cinismo y los dioses. Pero este autoaislamiento y su soledad, no conducen a la vital y madura soledad; debe terminarse con ellos, no con el fin de ganar algo, sino que deben morir tan naturalmente como el marchitarse de una flor. La resistencia engendra temor pero también acepta­ción. El cerebro debe lavarse a sí mismo y quedar limpio de todos estos astutos artificios.

Sin relación alguna con estos rodeos y retorcimientos de la conciencia autocontaminada, por completo diferente es esta inmensa soledad. Toda creación tiene lugar en ella. La creación destruye, y así ella es siempre lo desconocido.

Esta soledad estuvo ahí durante toda la tarde de ayer, y se mantenía al despertar uno en medio de la noche.

La presión y la tirantez prosiguen, aumentando y disminu­yendo en ondas continuas. Son bastante dolorosas hoy, durante la tarde.

Julio 1

Es como si todo se encontrara quieto. No hay movimiento, ni agitación, sólo completa vacuidad de todo pensar, de todo ver. No existe un intérprete que traduzca, que observe, que censure. Es una inmensurable vastedad totalmente quieta y si­lenciosa. No hay espacio, ni hay tiempo para cubrir ese espacio. Están aquí el principio y el fin de todas las cosas. Realmente, nada hay que pueda decirse acerca de ello.

La presión y la tirantez han continuado quietamente todo el día; sólo ahora han aumentado.

2

Eso que ocurrió ayer, esa inmensurable y silenciosa vastedad, prosiguió toda la tarde aun cuando hubiera gente alrededor y conversaciones. Continuó toda la noche; estaba ahí en la ma­ñana. Aunque hubiera un conversar más bien exagerado y agi­tado emocionalmente, de pronto ahí estaba en medio de ello. Y aquí está ahora, hay gloria y belleza, y un sentimiento de éxtasis que no puede expresarse en palabras.

La presión y la tirantez comenzaron algo temprano.

3

Uno estuvo afuera el día entero. Y a pesar de eso, por la tarde, durante dos o tres horas, la presión con su tirantez conti­nuaron en medio de la ciudad populosa.

4

Atareado en la tarde, ahí estaba, pese a ello, la presión con su tirantez.

Cualesquiera sean las actividades que uno ha de realizar en la vida cotidiana, las conmociones y los diversos incidentes no deberían dejar sus cicatrices. Estas cicatrices se convierten en el ego, el yo, y a medida que uno va viviendo ello se vuelve muy fuerte y sus muros llegan a ser casi impenetrables.

5

Muy ocupado, pero todas las veces en que había cierta quie­tud, la presión y la tirantez proseguían.

6

Uno despertó en la noche pasada con ese sentido de com­pleta quietud y silencio; el cerebro estaba totalmente alerta, in­tensamente vivo; el cuerpo se encontraba muy quieto. Este estado duró cerca de media hora. Ello a pesar de un día agotador.

El punto más alto de intensidad y sensibilidad es la expe­riencia de lo esencial. Esto es belleza, belleza que está más allá de las palabras y del sentimiento. La proporción y la profun­didad, la luz y la sombra están limitadas al tiempo-espacio, atra­padas en la belleza-fealdad. Pero eso que está más allá de todo límite y forma, más allá del aprendizaje y del conocimiento, es la belleza de la esencia.

7

Varias veces uno despertó gritando. Otra vez estaba ahí esa intensa quietud del cerebro y un sentimiento de vastedad. Ha habido presión y tirantez.

El éxito es brutalidad. El éxito en todas sus formas, en la política y en la religión, en el arte y en los negocios. Tener éxito implica crueldad.

8

Algunas veces, antes de dormir o justo en el instante en que uno se abandonaba al sueño, hubo gritos y quejidos. El cuer­po está demasiado alterado a causa del viaje, ya que uno parte esta noche para Londres [vía Los Ángeles]. Hay algo de presión y tirantez.

9

Sentado en el avión entre todo el ruido, el fumar y las con­versaciones en alta voz, de lo más inesperadamente comenzó a presentarse la sensación de inmensidad y esa extraordinaria ben­dición experimentada en IL L., ese inminente sentimiento de lo sagrado. El cuerpo estaba nerviosamente tenso a causa de la apertura, el ruido, etc. pero, a pesar de todo eso, «aquello» estaba: ahí. La presión y la tirantez eran intensas y había un agudo dolor en la parte posterior de la cabeza. Sólo existía este estado y no había observador. Todo el cuerpo estaba enteramente en ello, y el sentimiento de lo sagrado era tan intenso que un gemido escapó del cuerpo, y había pasajeros sentados en los asientos contiguos. Eso continuó por varias horas hasta tarde en la noche. Era como si uno estuviese mirando no con los ojos solamente, sino con un millar de siglos; era un suceso entera­mente extraño. El cerebro estaba por completo vacío, había cesado cualquier tipo de reacción; durante todas esas horas uno no era consciente de esta vacuidad, sino que ella se torna en algo conocido solamente al escribir; pero este conocimiento es sólo descriptivo y no real. Que el cerebro pueda vaciarse a sí mismo es un raro fenómeno. En cuanto los ojos se cerraban, el cuerpo, el cerebro parecía sumergirse en insondables profundidades, en estados de increíble sensibilidad y belleza. El pasajero del asiento contiguo comenzó a preguntar algo y, habiéndole replicado, esta intensidad estaba ahí; no había continuidad sino solamente el ser. La aurora llegaba lentamente y el claro cielo se llenaba de luz. Mientras esto se escribe ya avanzado el día, con insomne fatiga, eso que es sagrado está ahí. La presión y la tirantez también.

[1] El Valle de Ojai, unas ochenta millas al norte de Los Ángeles. volver
[2] Una casa de Florencia donde él había estado en abril. volver

Libro de Notas

Ojai, California. Junio 18 a Julio 8, 1961

Jiddu Krishnamurti, diario Libro de Notas. Krishnamurti's Notebook, 1961...1962. Jiddu Krishnamurti en español.

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