Jiddu Krishnamurti texts Jiddu Krishnamurti quotes and talks, 3000 texts in many languages. Jiddu Krishnamurti texts

Libro de Notas

Gstaad, Suiza. Julio 13 a Septiembre 3, 1961

Pienso que es la quietud y pureza del lugar, de las verdes laderas de las montañas, la belleza de los árboles, eso y otras cosas, lo que ha hecho que se intensificaran grandemente la presión y la tirantez; la cabeza ha dolido todo el día; eso em­peora cuando uno está solo consigo mismo. Parece haber con­tinuado durante toda la noche, y uno despertó varias veces gri­tando y gimiendo; aun durante el descanso, por la tarde, el mal proseguía acompañado de gritos. Aquí el cuerpo se halla com­pletamente relajado y en descanso. La noche anterior, después del largo y bello paseo en automóvil a través de la región mon­tañosa, al entrar en la habitación, esa extraña bendición sagrada estaba ahí. El otro también la sintió [4]. Sintió también esa quie­ta, penetrante atmósfera. Hay un sentimiento de gran belleza y amor y de una madura plenitud.

El poder se deriva del ascetismo, de la acción, de la posición, la virtud, la dominación, etc. Todas esas formas de poder son malignas. Ese poder corrompe y pervierte. El empleo del dinero, del talento, de la destreza, para obtener poder o derivar poder de ello, cualquiera sea el uso que se le dé, es corruptor, nocivo.

Pero existe un poder que en manera alguna está relacionado con ese poder que es el mal. Este poder no es para ser comprado por medio del sacrificio, de la virtud, de las buenas obras y creencias, ni puede comprarse con la adoración, las plegarias y la abnegación del yo o con las meditaciones destinadas a destruir al yo. Todo esfuerzo para ser o llegar a ser, debe cesar completa y naturalmente. Sólo entonces puede existir ese poder que no es el mal.

14

Todo el proceso ha continuado el día entero -la presión, la tirantez y el dolor en la parte posterior de la cabeza; uno des­pertó gritando varias veces, y aun durante el día hubo gritos y gemidos involuntarios. La noche pasada, ese sentimiento sa­grado llenó la habitación y el otro también lo percibió.

Qué fácil es engañarse uno mismo acerca de casi todo, es­pecialmente con respecto a las más profundas y sutiles urgencias y deseos. Es arduo estar enteramente libre de todas estas urgen­cias e impulsos. Sin embargo, es esencial liberarse de ellos o de otro modo el cerebro engendra todas las formas de ilusión. El impulso por repetir una experiencia, no importa lo placen­tera, bella o provechosa que haya sido, es el terreno donde crece y se desarrolla el dolor. La pasión del dolor es tan limitadora como la pasión del poder. El cerebro debe cesar de moverse por si mismo, y ha de estar completamente pasivo.

15

El proceso fue muy doloroso la noche anterior; lo ha dejado a uno un poco cansado e insomne.

Al despertar en medio de la noche había una sensación de inmensa e inmensurable fuerza. No era la fuerza que han producido la voluntad o el deseo, sino la fuerza que hay en un río, en una montaña, en un árbol. Esa fuerza está en el hombre cuando toda forma de deseo o voluntad han cesado completa­mente. No puede ser valorada ni significa provecho alguno para un ser humano, pero sin ella no hay ser humano, ni hay árbol.

La acción del hombre es opción y voluntad, y en una acción así hay contradicción y conflicto; por lo tanto, hay dolor. Toda acción semejante tiene una causa, un motivo y, en consecuencia, es una reacción. La acción de esta fuerza no tiene causa ni mo­tivo y, por consiguiente, es inmensurable y es la esencia.

16

El proceso continuó durante la mayor parte de la noche; fue más bien intenso. ¡Cuánto puede el cuerpo resistir! El cuerpo entero estuvo estremeciéndose y, esta mañana, uno despertó con la cabeza cimbreando.

Había esta mañana esa peculiar cualidad de lo sagrado lle­nando la habitación. Tenía un gran poder penetrante, entraba en cada rincón del propio ser llenándolo, purificándolo, ha­ciéndolo todo por sí misma. El otro también lo sintió. Esa cosa es lo que todos los seres humanos desean con vehemencia, y porque la desean ella los elude. El monje, el sacerdote, el saináis torturan sus cuerpos y su carácter anhelando esto, pero ella los evade. Porque esa cosa no puede ser comprada; ni el sacrificio, ni la virtud, ni la plegaria pueden producir este amor. Esta vida, ese amor no pueden ser si la muerte se utiliza como medio para ello. Toda búsqueda, toda súplica deben cesar completamente.

La verdad no puede ser exacta. Lo que puede medirse no es la verdad. Lo que no es vida puede ser medido y puede en­contrarse su altura.

17

Estábamos subiendo por el sendero de una boscosa ladera de la montaña y pronto nos sentamos en un banco. Súbitamente, de la manera más inesperada, esa sacra bendición descendió sobre nosotros; el otro también la sintió sin que nos hubiéramos dicho nada. Tal como en diversas oportunidades llenó una habitación, esta vez pareció cubrir toda la amplitud de la ladera, extendiéndose sobre el valle y más allá de las montañas. Estaba en todas partes. El espacio entero pareció desaparecer; lo que se encontraba lejos, la ancha quebrada, los distantes picos nevados y la persona sentada en el banco, todo se desvaneció. No había uno ni dos ni muchos, sino sólo esta inmensidad. El cerebro había perdido todas sus respuestas; era sólo un instrumento de observación que estaba viendo, no como el cerebro que perte­nece a una persona en particular, sino como un cerebro que no está condicionado por el tiempo, como la esencia de todos los cerebros.

Fue una noche tranquila y el proceso en general no fue tan intenso. Al despertar esta mañana hubo una experiencia que duró quizás un minuto, una hora, o tal vez fue algo intemporal. Una experiencia que se inspira en el tiempo, que tiene continui­dad, deja de ser una experiencia. Al despertar, había en las mismas profundidades, en la inmensurable hondura de la mente total, ardiendo furiosamente, una intensa llama viva de atención, de percepción lúcida, de creación. La palabra no es la cosa, el símbolo no es lo real. Los fuegos que arden en la superficie de la vida pasan, se apagan dejando dolor, cenizas, recuerdos. Estos fuegos son llamados vida, pero eso no es vida. Es decadencia. Vida es el fuego de la creación, que es destrucción. En ello no hay comienzo ni final, no hay mañana ni ayer. Eso está ahí y ninguna actividad superficial podrá jamás ponerlo al descubierto. El cerebro debe morir para que esta vida sea.

18

El proceso ha sido muy agudo, impidiendo dormir; aun en la mañana y por la tarde, hubo gritos y quejidos. El dolor ha sido bastante fuerte.

Al despertar esta mañana había muchísimo dolor, pero al mismo tiempo hubo el relámpago de un ver que era revelador. Nuestros ojos y cerebro registran las cosas externas, los árboles, las montañas las rápidas corrientes; acumulan conocimiento, técnica, etc. Con esos mismos ojos y cerebro entrenados para observar, escoger, condenar y justificar, nos volvemos hacia adentro, miramos dentro de nosotros, reconocemos objetos, construimos ideas que se organizan en razonamientos. Esta mirada interna no llega muy lejos, porque está aún dentro de la limitación de su propio observar y razonar. Este fijar la mira­da en lo interno sigue siendo la mirada externa y, por lo tanto, no hay mucha diferencia entre ambas. Lo que pueda aparecer como diferente, puede ser similar.

Pero existe una observación interna que no es la observación externa vuelta hacia adentro. El cerebro y el ojo que observan sólo parcialmente no contienen la visión total. Ellos deben estar completamente activos pero quietos; deben cesar de escoger y juzgar, pero tienen que hallarse pasivamente atentos. Entonces existe la visión total sin la frontera del tiempo. En este relámpago nace una nueva percepción.

19

El proceso había sido muy intenso durante toda la tarde de ayer y parece más doloroso. Hacia el anochecer advino esa cua­lidad de lo sagrado llenando la habitación y el otro también la sintió. Toda la noche transcurrió bastante tranquila aunque la presión y la tirantez estaban ahí, como el sol detrás de las nubes; temprano en la mañana el proceso recomenzó.

Parece como si uno despertara meramente para registrar cierta experiencia; esto ha ocurrido muy a menudo durante el año pasado. Esta mañana uno estaba despierto con un vivo sen­timiento de júbilo; ello ocurría en el momento del despertar: no era algo del pasado, tenía lugar en el instante mismo. Este éxtasis venia desde «afuera», no era inducido por uno mismo sino que era empujado a través del sistema, fluyendo por todo el organismo con gran energía y caudal. El cerebro no tomaba parte en ello sino que sólo lo registraba, no como un recuerdo sino como un hecho real que estaba aconteciendo. Había, al parecer, una inmensa fuerza y vitalidad tras de este éxtasis; no era algo sentimental, no se trataba de un sentimiento o una emoción; era algo tan sólido y real como ese río abriéndose paso por la vertiente de la montaña o ese pino solitario en la verde ladera. Todo sentimiento y emoción están relacionados con el cerebro mientras que el amor no lo está, y así era este éxtasis. Es con la mayor dificultad que el cerebro puede recor­darlo.

Esta mañana temprano había una bendición que parecía cubrir la tierra y llenar toda la estancia. Con ella adviene un sosiego que todo lo consume, una quietud que contiene en sí todo movimiento.

20

El proceso fue particularmente intenso ayer por la tarde. Esperando en el automóvil, uno se hallaba tan abstraído que casi no advertía lo que estaba sucediendo alrededor. Más tarde la intensidad aumentó y fue casi insoportable, al punto que uno estuvo forzado a acostarse. Afortunadamente había alguien en el cuarto.

El cuarto se llenó con esa bendición. Lo que siguió entonces es casi imposible de registrar en palabras; las palabras son cosas tan muertas, con un significado tan definitivamente estable­cido, y lo que ocurrió estaba más allá de todas las palabras y no puede ser descrito. Ello era el centro de toda creación; era una purificadora seriedad que limpiaba el cerebro de todo pen­samiento y sentimiento; esa seriedad era como un relámpago que destruye y quema; su profundidad no tenía medida, ahí estaba inmutable, impenetrable, una solidez que era tan leve como los cielos. Estaba en los ojos, en la respiración. Estaba en los ojos y los ojos podían ver. Los ojos que veían, que mira­ban, aun totalmente diferentes de los ojos orgánicos y, sin em­bargo, eran los mismos ojos. Sólo existía el ver los ojos que veían más allá del tiempo. Había una impenetrable dignidad y una paz que era la esencia de todo movimiento, de toda acción. Ninguna virtud la alcanzaba porque estaba más allá de toda virtud y de todas las sanciones humanas. Era el amor, el amor que es totalmente perecedero y que por eso tiene la delicadeza de todo lo que es nuevo, vulnerable, des­tructible; no obstante, aquello estaba más allá de todo esto. Ahí estaba, imperecedero, inopinable, lo desconocido. Ningún pensamiento podría jamás penetrarlo, ninguna acción podría jamás alcanzarlo. Era «puro», incontaminado y, por eso, siem­pre bello, como la muerte.

Todo esto pareció afectar el cerebro; éste no era como había sido antes. (El pensamiento es algo tan trivial, necesario pero trivial). A causa de ello la relación parece haber cambiado. Tal como una terrible tormenta, como un destructivo terremoto da un curso nuevo a los ríos, cambia el paisaje y cava profunda­mente la tierra, así ello ha arrasado los contornos del pensa­miento, ha cambiado la forma del corazón.

21

Todo el proceso continúa como es habitual a pesar del frío y del estado febril. Se ha vuelto más agudo y persistente. Uno se pregunta hasta cuándo podrá el cuerpo aguantarlo.

Ayer, mientras subíamos por un hermoso, angosto valle, con sus empinadas laderas sombreadas de pinos y los verdes campos llenos de flores silvestres, súbitamente, de la manera más ines­perada porque estábamos hablando de otras cosas, una bendición descendió como suave lluvia sobre nosotros. Nos convertimos en el centro de ella. Era dulce, apremiante, infinitamente tierna y pacifica, nos envolvía en un poder que estaba más allá de toda tacha y razón.

Esta mañana temprano, al despertar, había una inmutable seriedad purificadora transformándolo todo y un éxtasis que no tenía causa; simplemente estaba allí. Y durante el día, cualquier cosa que uno hiciera, ahí permaneció como un trasfondo y avanzaba directa e instantáneamente cuando uno estaba quieto. Hay en ello urgencia, y hay belleza.

Ninguna imaginación ni deseo alguno podrían jamás for­mular una profunda seriedad semejante.

22

Mientras esperaba en la oscura y mal ventilada sala del médico, esa bendición que ningún deseo puede proyectar, vino y llenó el pequeño cuarto. Y allí permaneció hasta que nos fuimos. Es imposible decir si fue percibida por el doctor.

¿Por qué existe el deterioro? Tanto en lo interno como en lo externo. ¿Por qué? El tiempo produce destrucción en todo lo que está mecánicamente organizado; desgasta por el uso y las enfermedades toda forma de organismo. ¿Por qué debe haber deterioro internamente, psicológicamente? Más allá de todas las explicaciones que un buen cerebro pueda ofrecer, ¿por qué escogemos lo peor y no lo mejor, por qué el odio antes que el amor, por qué la codicia y no la generosidad, por qué la acti­vidad egocéntrica y no una acción libre y total? ¿Por qué ser mezquino cuando existen las altísimas montañas y los ríos centelleantes? ¿Por qué los celos y no el amor? ¿Por qué? Ver el hecho conduce a una cosa, y las opiniones, las explicaciones, a otra. Lo realmente importante es ver el hecho de que declina­mos, de que nos deterioramos, y no él por qué y la razón de ello. Las explicaciones tienen muy escaso significado frente a un hecho, pero el satisfacerse con explicaciones, con palabras, es uno de los principales factores de deterioro. ¿Por qué guerra y no paz? El hecho es que somos violentos; el conflicto, dentro y fuera de la piel, es parte de nuestra vida diaria de ambición y éxito. Lo que pone fin al deterioro es el ver este hecho y no la explicación astuta o la palabra ingeniosa. La opción, una de las mayores causas de la decadencia, debe cesar por completo para que ésta toque a su fin. El deseo de realizarse, con la satis­facción y el dolor que existen a su sombra, es también uno de los factores del deterioro.

Uno despertó temprano esta mañana para experimentar esa bendición, y fue «forzado» a incorporarse para estar en esa claridad y belleza. Más tarde, en la mañana, sentado en un banco al borde del camino, bajo un árbol, uno sintió la inmensi­dad de ello. Esta daba amparo, protección, como el árbol que estaba encima de uno y cuyas hojas protegían contra el fuerte sol de la montaña, permitiendo, no obstante, que la luz pasara a través de las mismas. Toda relación es una protección de esta naturaleza en la que hay libertad, y porque hay libertad, hay amparo.

23

Uno despertó temprano esta mañana con un inmenso sentido de poder, belleza e incorruptibilidad. No era algo que ya había sucedido, una experiencia que pertenecía al pasado y que, por eso, uno despertó para recordarla como se recuerda un sueño, sino que estaba ocurriendo en el presente. Uno tenía conciencia de algo totalmente incorruptible, algo en lo cual nada podía existir que fuera susceptible de corromperse, de deteriorarse. Era demasiado inmenso para que el cerebro pudiera asirlo, re­cordarlo; él sólo podía registrar mecánicamente la existencia de tal «estado» de incorruptibilidad. Experimentar un estado así es sumamente importante; ahí estaba, ilimitado, intocable, im­penetrable.

A causa de su incorruptibilidad había en ello belleza. No la belleza que se marchita ni la de algo producido por la mano del hombre, ni el mal con su belleza. Uno sentía que todo cuanto es esencial existe en su presencia y que, por lo tanto, ello era sagrado. Era una vida en la que nada podía perecer. La muerte es incorruptible pero el hombre hace una corrupción de ella, tal como es para él la vida.

En todo ello había ese sentido de poder, de fuerza tan só­lida como la de aquella montaña que nada puede quebrantar, un poder que jamás puede alcanzar ningún sacrificio, plegaria ni virtud.

Ahí estaba, inmenso, y ninguna onda de pensamiento podía corromperlo como a una cosa recordada. Estaba ahí, y eran sus ojos, su hálito los que estaban.

El tiempo, la pereza, corrompen. Ello debe de haber con­tinuado por un cierto periodo. Estaba amaneciendo y había rocío afuera sobre el automóvil y sobre el pasto. El sol no se había levantado aún, pero el agudo pico nevado se destacaba en el cielo azul grisáceo; era una mañana encantadora, sin una sola nube. Pero ello no duraría, era demasiado hermoso.

¿Por qué debe sucedernos todo esto? Ninguna explicación es suficientemente buena, aunque uno puede inventar una docena de ellas. Pero algunas cosas están bastante claras. 1. Uno debe ser por completo «indiferente» a ello, tanto cuando viene como cuando se va. 2. No debe haber deseo de continuar la experien­cia ni de almacenarla en la memoria. 3. Tiene que haber cierta sensibilidad física, una cierta indiferencia hacia el bienestar. 4. Tiene que existir una disposición autocrítica en el modo de abordar el hecho.

Pero aun si uno tiene todas estas cosas -casualmente, no mediante su cultivo deliberado - y además humildad, ni aun así ellas son suficientes. Es necesario algo por completo dife­rente, o nada es necesario; ello debe venir por si mismo, no se puede ir tras de ello haga uno lo que hiciere. Puede incluso añadirse el amor a la lista, pero eso está más allá del amor. Una cosa es cierta, el cerebro no puede jamás aprehenderlo ni contenerlo. Bienaventurado es aquel a quien ello es concedido. -Y uno también puede añadir a la lista un cerebro quieto, silencioso.

24

El proceso no ha sido tan intenso durante algunos días en que el cuerpo no ha estado bien; pero aunque débil, de vez en cuando uno puede sentir su intensidad. Es extraño como este proceso se ajusta por sí mismo a las circunstancias.

Ayer, paseando en auto a través del estrecho valle, en medio del ruido que producía un torrente que al costado de la húmeda carretera se abre paso en la montaña, ahí estaba esta bendición. Era muy poderosa, y todo se hallaba bañado por ella. Era parte de ella el ruido del torrente, y también contenía en si a la alta cascada que después se convertía en torrente. Era como la dulce lluvia que estaba cayendo, y uno se volvía completamente vulnerable; el cuerpo parecía haberse tornado tan leve como una hoja, tan expuesto y trémulo. Esto prosiguió durante el largo y refrescante paseo; la conversación se volvió monosilábica; la belleza de ello parecía algo increíble. Persistió durante todo el anochecer y, aunque hubo risas, se mantuvo la sólida, la im­penetrable seriedad.

Al despertar temprano esta mañana, cuando el sol todavía se encontraba bajo el horizonte, el éxtasis de esta seriedad lle­naba el corazón y el cerebro, y había en todo ello un sentido de inmutabilidad.

Mirar es importante. Nosotros miramos a las cosas inmediatas y, en función de las necesidades inmediatas, miramos al futuro; que está coloreado por el pasado. Nuestro ver es muy restringido y nuestros ojos están acostumbrados a las cosas cer­canas. Nuestro mirar está atado por el tiempo-espacio, tal como lo está nuestro cerebro. Nunca miramos, nunca vemos más allá de esta limitación; no sabemos cómo mirar a través y más allá de estas fragmentarias fronteras. Pero los ojos tienen que es más allá de ellas penetrándolas profunda y extensamente, sin preferencia alguna, sin buscar refugio; tienen que transponer las fronteras de hechura humana constituidas por las ideas y los valores, y ver más allá del amor.

Entonces hay una bendición que ningún dios puede dar.

25

Pese a la reunión [5], el proceso continúa, algo más suave­mente pero continúa.

Uno despertó esta mañana más bien temprano, con la sen­sación de que la mente había penetrado en profundidades des­conocidas. Era como si la propia mente hubiera penetrado dentro de sí misma, muy lejos y a gran profundidad, y el viaje parecía haberse realizado sin movimiento alguno. Y esta experiencia de inmensidad se daba con una plenitud y riqueza incorruptibles.

Es extraño que si bien cada experiencia, cada estado es por completo diferente, se trata, no obstante, del mismo movimiento; aunque parezca cambiar es, sin embargo, lo inmutable.

26

El proceso continuó en toda la tarde de ayer y fue bastante doloroso. Caminando en la profunda sombra de una montaña, junto al ruidoso torrente, en plena intensidad del proceso uno se sintió enteramente vulnerable, desnudo y muy expuesto; ape­nas si parecía existir. Y era profundamente conmovedora la belleza de la montaña cubierta de nieves sostenida en la copa de dos oscuras laderas de cerros curvilíneos poblados de pinos.

Temprano en la mañana, cuando el sol aun no se había levantado y el rocío cubría la hierba, acostado todavía en la cama quietamente, sin pensamiento alguno, sin ningún movi­miento, había un ver que no era el ver superficial con los ojos, sino un ver a través de los ojos desde detrás de la cabeza. Los ojos y el ver desde detrás de la cabeza eran sólo el instru­mento a través del cual el inmensurable pasado veía dentro del espacio inmensurable y sin tiempo. Y más tarde, aún en la cama, había un ver que parecía contener en sí toda la vida.

Qué fácil es engañarse uno mismo, proyectar estados que se desean y experimentarlos realmente, en especial cuando implican placer. No hay ilusión ni engaño cuando no existe el deseo, consciente o inconsciente, de experiencias de ninguna clase, cuando uno es por completo indiferente al ir y venir de toda experiencia, cuando uno no pide absolutamente nada.

27

Era un bello paseo en automóvil a través de dos valles dife­rentes, en lo alto de un paso; las inmensas rocas montañosas, las fantásticas formas y curvas, su soledad y grandeza, y muy lejos la verde, sesgada montaña, impresionaban al cerebro, que permanecía silencioso. Mientras viajábamos, la extraña intensi­dad y la belleza de estos muchos días se tornaban más y más apremiantes en uno. Y el otro también lo sintió.

Al despertar temprano en la mañana, esa bendición y esa fuerza estaban ahí y el cerebro se daba cuenta de ellas como se da cuenta de un perfume, pero no eran una sensación, una emoción; simplemente, estaban ahí. Haga uno lo que haga, es­tarán siempre ahí; no hay nada que uno pueda hacer al res­pecto.

Esta mañana hubo una plática, y durante la plática el cerebro que reacciona, que piensa, que construye, permaneció ausente. El cerebro no estuvo funcionando excepto, probablemente, para recordar las palabras.

28

Ayer paseamos a lo largo del camino favorito que está junto al ruidoso torrente, en el estrecho valle de oscuros pinos, campos florecidos y en la distancia la maciza montaña cubierta de nieve y la cascada. Era un paseo encantador, pacífico y refrescante. Fue allí, mientras caminábamos, que advino esa sagrada bendición; era algo que casi podía palparse, y muy profundamente dentro de uno había movimientos de cambio. Era un atardecer de encantamiento y de belleza que no pertenecían a este mundo. Estaba ahí lo inmensurable y, por consiguiente, estaba el silencio.

Esta mañana uno despertó temprano para registrar que el proceso era intenso, y desde detrás de la cabeza, proyectándose hacia adelante a través de ella como una flecha, con ese sonido peculiar que ésta produce cuando vuela por el aire, había una fuerza, un movimiento que venia desde ninguna parte e iba hacia ninguna parte. Y había un sentido de inmensa estabilidad y una «dignidad» inaccesible. Y una austeridad que ningún pen­samiento podría formular, y con ella una pureza de infinita dulzura. Todas éstas son meras palabras y por eso jamás podrán representar lo real; el símbolo nunca es lo real, y el símbolo en si carece de valor.

El proceso continuó toda la mañana y una copa que no tenía altura ni profundidad parecía estar llena hasta el desborda­miento.

29

Después de haber visto a algunas personas, cuando éstas se fueron uno sintió como si estuviera suspendido entre dos mun­dos. Y pronto retornó el mundo del proceso y de esa inextin­guible intensidad. ¿Por qué esta separación? Las personas que uno vio no eran serias, al menos ellas pensaban que eran serias pero sólo lo eran de un modo superficial. Uno no podía entre­garse por completo y de ahí nuevamente este sentimiento de no encontrarse en el hogar pero, pese a ello, fue una rara ex­periencia.

Estábamos conversando y alguien señaló una pequeña por­ción del torrente que asomaba entre los árboles. Era una vista común, un incidente cotidiano, pero mientras uno miraba ocu­rrieron varias cosas, no acontecimientos externos sino una clara y nítida percepción. Para que la madurez exista es absoluta­mente necesario que haya: 1. Completa sencillez que acompaña a la humildad, no en cosas o en posesiones sino en la cualidad del ser. 2. Pasión, con esa intensidad que no es solamente física. 3. Belleza; no sólo la sensibilidad a la realidad externa, sino sensibilidad a esa belleza que está más allá y por encima de todo pensamiento y sentimiento. 4. Amor; la totalidad del amor, no esa cosa que conoce los celos, el apego, la dependencia; no eso que se divide en carnal y divino. La total inmensidad del amor. 5. Y la mente que pueda seguir y que pueda penetrar sin mo­tivo, sin propósito alguno en sus propias inmensurables profundidades; la mente que no tiene límite, que es libre para moverse sin el tiempo-espacio.

Súbitamente uno se dio cuenta de todo esto y de lo que implicaba cuanto en ello estaba envuelto; apenas la simple vista de un torrente entre ramas y hojas marchitas en un día triste y lluvioso.

Mientras conversábamos, sin razón alguna porque aquello de que hablábamos no era muy serio, desde ciertas inaccesibles profundidades uno sintió de pronto esta inmensa llama de poder, destructivo en su creación. Era el poder que existía antes de que todas las cosas nacieran; era inaccesible, y por su misma fuerza uno no podía acercarse a él. Nada existe sino esa única cosa. Inmensidad y temor reverente.

Parte de esta experiencia debe de haber «continuado» du­rante el sueño, porque al despertar temprano esta mañana, ahí estaba, y a uno lo había despertado la intensidad del proceso. Eso está más allá de todo pensamiento y de las palabras que pu­dieran describir lo que ocurre, la maravilla de ello, y el amor, la belleza de ello. No hay imaginación que pueda jamás conce­bir todo esto, ni se trata de una ilusión; su fuerza y su pureza no son para una mente-cerebro llena de ficciones. Eso está más allá y por encima de todas las facultades del hombre.

30

Fue un día nublado, un día cargado de oscuras nubes; había llovido en la mañana y el tiempo se volvió frío. Después de un paseo conversábamos, pero más mirábamos la belleza de la tierra, las casas y los oscuros árboles.

Inesperadamente, hubo un relámpago de esa fuerza, de ese poder inaccesible que era físicamente quebrantador. El cuerpo quedaba helado en su inmovilidad, y uno tenía que cerrar los ojos para no desmayarse. Era algo que destrozaba completa­mente, y todo cuanto era parecía no existir. La inmovilidad de esa fuerza y la energía destructiva que la acompañaba, quema­ban las limitaciones de la visión y el sonido. Era algo indescrip­tiblemente grande cuya altura y profundidad son incognoscibles.

Esta mañana temprano, justo cuando amanecía, sin una sola nube en el cielo y con las nevadas montañas nítidamente visi­bles, uno despertó con ese sentimiento de impenetrable fuerza en los ojos y en la garganta; parecía ser un estado palpable, algo que nunca podría dejar de existir. Ahí estuvo por cerca de una hora y el cerebro permaneció vacío. No era una cosa que pu­diera ser atrapada por el pensamiento y almacenada en la memoria para recordarla. Estaba ahí y todo pensamiento había muerto. El pensamiento es funcional, sólo es útil en ese do­minio; el pensamiento no podía pensar acerca de eso porque el pensamiento es tiempo, y eso estaba más allá de todo tiempo y medida. El pensamiento, el deseo no podían buscar la conti­nuación de ello o su repetición, porque el pensamiento, el deseo, estaban por completo ausentes. ¿Qué es, entonces, lo que re­cuerda para escribir esto? Meramente un registro mecánico, pero el registro, la palabra, no es la cosa.

El proceso continúa, más suavemente, tal vez a causa de las pláticas y también porque hay un límite más allá del cual el cuerpo estallaría. Pero ello está ahí, persistente e insistente.

31

Caminando a lo largo del sendero que seguía el rápido to­rrente, con un tiempo fresco y agradable y con mucha gente alrededor, estaba esa bendición tan suave como las hojas, y había en ella una danzarina alegría. Pero más allá y a través de ella estaban esa inmensa, sólida fuerza y ese poder inacce­sible. Uno sentía que tras de ello existía una inmensurable, insondable profundidad. Ahí estaba, a cada paso, con apremio y, sin embargo, con infinita «indiferencia». Tal como una presa grande y alta retiene el río formando un vasto lago de muchas millas, así era esta inmensidad.

Pero a cada instante había destrucción; no la destrucción para producir un nuevo cambio -el cambio nunca es nuevo - sino la destrucción total de lo que ha sido de modo que ya nunca pueda ser. No había violencia en esta destrucción; la violencia existe en el cambio, en la revolución, en la sumisión, en la dis­ciplina, en el control y dominio, pero aquí la violencia en cual­quiera de sus formas y de sus diferentes nombres, había cesado totalmente. Esta destrucción es creación.

Pero la creación no es paz. La paz y el conflicto pertenecen al mundo del cambio y del tiempo, al movimiento externo e interno de la existencia, pero esto no era del tiempo ni de ningún movimiento en el espacio. Ello es pura y absoluta des­trucción, y sólo entonces lo «nuevo» puede ser.

Al desertar en la mañana esta esencia estaba ahí; debe de haber estado toda la noche, y al desertar parecía llenar la cabeza y el cuerpo entero. Y el proceso continúa suavemente. Uno tiene que hallarse solo y quieto, entonces está ahí.

Mientras uno escribe esa bendición está presente, como la suave brisa entre las hojas.

Agosto 1

Fue un bello día, y viajando por el hermoso valle estaba ahí aquello que no podía ser negado; ahí estaba como el aire, el cielo y esas montañas.

Uno desertó temprano, gritando porque el proceso era in­tenso, pero durante el día, a pesar de la plática [6], ha continuado benignamente.

2

Esta mañana uno despertó temprano y así como estaba, aún sin haberse lavado, fue forzado a incorporarse. Generalmente uno permanece sentado en la cama por un tiempo antes de abandonarla. Pero esta mañana eso estaba fuera del proceder habitual, era una urgente e imperativa necesidad. En el momento de incorporarse, al poco rato advino esa inmensa bendi­ción, y pronto sintió uno que todo este poder, toda esta impene­trable, austera fuerza estaban en uno, alrededor de uno y en la cabeza, y que en medio de toda esta inmensidad había com­pleta quietud. Era una quietud que ninguna mente puede ima­ginar, formular; ninguna violencia puede producirla; esta quie­tud no tenía causa, no era un resultado; era la quietud en el mismo centro de un tremendo huracán. Era la quietud de todo movimiento, la esencia de toda acción; era la explosión crea­dora, y es sólo en una quietud así que la creación puede tener lugar.

Tampoco ahora podía el cerebro capturarla; no podía re­gistrarla en sus recuerdos, en el pasado, porque esta cosa está fuera del tiempo; no tiene futuro, no tiene pasado ni presente. Si ella perteneciera al tiempo, el cerebro podría capturarla y moldearla de acuerdo con su condicionamiento. Como esta quietud es la totalidad de todo movimiento, la esencia de toda acción, una vida sin oscuridad, lo que es de la oscuridad no podía, por ningún medio, medirla. Es demasiado inmensa para que el tiempo la retenga y ningún espacio puede contenerla.

Todo esto puede haber durado un minuto o una hora.

Antes de dormir el proceso era agudo, y ha continuado de una manera suave durante todo el día.

3

Uno despertó temprano con ese fuerte sentimiento de «lo otro», de otro mundo que está más allá de todo pensamiento; era muy intenso y tan claro y puro como la madrugada, como el cielo sin nubes. La mente está limpia de toda imaginación e ilusión, porque no hay continuidad. Todo es y jamás ha sido antes. Donde la continuidad es posible, hay ilusión.

Era una mañana despejada, aunque pronto habrían de jun­tarse nubes. Al mirar por la ventana, los árboles, los campos se destacaban muy nítidamente. Está sucediendo algo muy curioso: hay una intensificación de la sensibilidad. Sensibilidad no sólo a la belleza sino a todas las otras cosas. La brizna de hierba estaba asombrosamente verde; esa sola brizna contenía en sí todo el espectro de los colores; era algo intenso, deslumbrante en una cosa tan pequeña, tan fácil de destruir. Esos árboles, con su altura y su profundidad, estaban llenos de vida; las líneas de aquellas arrebatadoras colinas y los árboles solitarios eran la expresión de todo tiempo y espacio; y las montañas contra el pálido cielo estaban más allá de todos los dioses del hombre. Era increíble va, sentir todo esto con sólo mirar afuera por la ventana. Los ojos se purificaban.

Es extraño cómo durante una o dos entrevistas, esa fuerza, ese poder llenó la estancia. Parecía estar en los propios ojos y en la respiración. Eso surge a la vida súbitamente, de la manera más inesperada, con una fuerza e intensidad completamente abrumadoras, y otras voces está ahí quieta y serenamente. Pero está ahí, quiéralo uno o no. No hay posibilidad de acostum­brarse a ello porque jamás ha sido antes ni jamás será. Pero está ahí.

El proceso ha sido leve, tal vez debido a estas pláticas y a las entrevistas con la gente.

4

Esta mañana uno despertó muy temprano; todavía estaba oscuro pero pronto amanecería; hacia el Este, a la distancia había una pálida luz. El cielo estaba bien despejado y era casi visible la forma de las montañas y de las colinas. Había mucha quietud.

Desde este vasto silencio, súbitamente, en el momento en que uno se incorporó en la cama, cuando el pensamiento estaba quieto y ausente, cuando no había siquiera el susurro de un sentimiento, advino aquello que ahora ya era una realidad só­lida, inagotable. Era algo compactó sin peso, sin medida; estaba ahí y fuera de ello nada existía. Estaba ahí, y no había otra cosa. Las palabras sólido, inmóvil, imperecedero no transmiten en modo alguno esta condición de estabilidad intemporal. Ninguna de estas palabras ni palabra alguna podrían comunicar la naturaleza de eso que estaba ahí. Sólo eso existía totalmente, en sí mismo, y nada más; eso que era la totalidad de todas las cosas, la esencia.

La pureza de ello persistió dejándolo a uno sin pensamiento, sin actividad. No es posible unirse a ello; no es posible unirse a un río que fluye rápidamente. Uno jamás puede unirse a lo que no tiene forma, ni medida, ni cualidad. Ello es; eso es todo.

Qué profundamente maduras y tiernas se han vuelto todas las cosas y, extrañamente, la vida entera está en ello; como una hoja nueva, totalmente indefensa.

5

Esta mañana, al despertar temprano, hubo un relámpago de «ver», de «mirar» que parece proseguir y proseguir para siem­pre. Ello se inició en ninguna parte y fue hacia ninguna parte, pero en ese ver estaba incluida toda visión, ese ver contenía todas las cosas. Era un ver que iba más allá de los ríos, las co­linas, las montañas, más allá de la tierra y el horizonte y la gente. En este ver había una luz penetrante y una increíble ve­locidad. El cerebro no podía seguirlo ni la mente podía con­tenerlo. Era pura luz, una velocidad que no conocía resistencia.

Durante el paseo de ayer, la belleza de la luz entre los árboles y sobre la hierba fue tan intensa, que lo dejó a uno real­mente sin aliento y con el cuerpo debilitado.

Más tarde en esta mañana, justo cuando uno estaba a punto de desayunarse, tal como un cuchillo se introduce en tierra blanda, ahí estaba la bendición con su poder y su fuerza. Llegó como lo hace el relámpago y con igual rapidez se había ido.

El proceso fue más bien intenso ayer en la tarde y un poco menos esta mañana. Hay una condición de fragilidad en el cuerpo.

6

Habiendo dormido, aunque no muy bien, al despertar uno fue consciente de que el proceso había continuado durante toda la noche pero, mucho más aún, de que había un florecer de esa bendición, y se sentía como si ella estuviera operando sobre uno.

Al despertar había un efluvio, una emanación de este poder y esta fuerza. Era como un torrente precipitándose fuera de las rocas, fuera de la tierra. Había en esto una extraña, inimagina­ble bendición, un éxtasis que nada tenía que ver con el pen­samiento y el sentimiento.

Las hojas del álamo temblón se estremecen bajo la brisa, y sin esa danza la vida no existe.

7

Uno estaba fatigado después de la plática [7] y de las entre­vistas con la gente, y hacia el anochecer salimos a dar un corto paseo. Después de un día brillante se estaban concentrando nubes y llovería durante la noche. Las nubes rodeaban las mon­tañas y el torrente hacía mucho ruido. El camino estaba polvo­riento a causa de los automóviles, y al otro lado del torrente había un estrecho puente de madera. Lo cruzamos y subimos por un sendero de hierba, y la verde ladera estaba toda cubierta de flores e intensamente coloreada.

El sendero subía suavemente hasta pasar un cobertizo para vacas, pero éste se hallaba vacío; el ganado había sido llevado a pastar más arriba. Ahí en lo alto todo era muy tranquilo, no había nadie, pero estaba el ruido del impetuoso torrente. Aque­llo llegó calladamente, con tanta suavidad, tan próximo a la tierra, entre las flores, que uno no se dio cuenta. Se extendía cubriendo la tierra, y uno estaba en ello, no como un observador sino que era parte de ello. No había pensamiento ni sentimiento, el cerebro se hallaba absolutamente quieto. De pronto estaba ahí, una inocencia muy simple, clara. Era una pra­dera de inocencia más allá de todo placer y dolor, más allá de toda la tortura de la esperanza y la desesperación. Estaba ahí, y hacía que la mente, que todo el ser de uno fuera inocente; uno era parte de ello, más allá de toda medida, más allá de la palabra; la mente era toda transparencia y el cerebro era intem­poralmente joven.

Ello continuó por algún tiempo y ya era tarde y teníamos que regresar.

Esta mañana, al despertar, pasó un rato antes de que esa inmensidad llegara, pero ahí estaba y el pensamiento y el sen­timiento fueron aquietados. Mientras uno se lavaba los dientes, la intensidad de ello era aguda y clara. Llegó tan súbitamente como se fue, nada puede sujetarlo y nada puede atraerlo.

El proceso ha sido algo agudo y el dolor penetrante.

8

Al despertar todo estaba tranquilo, mientras que el día ante­rior había resultado agotador. La serenidad era sorprendente, y uno se sentó para efectuar la habitual meditación. Inesperada­mente, de la misma manera en que uno oye un sonido distante, ello comenzó quietamente, dulcemente, y de pronto estaba ahí en toda su fuerza. Debe haber permanecido por unos minutos. Al desaparecer dejó su perfume en lo hondo de la conciencia y la visión de ello en los ojos.

Esa inmensidad con su bendición estuvo ahí durante la plá­tica de esta mañana [8]. Cada cual debe haberlo interpretado a su manera, destruyendo así su indescriptible naturaleza. Toda interpretación deforma.

El proceso ha sido agudo y el cuerpo se ha tornado un poco frágil. Pero más allá de todo esto hay una pureza de belleza increíble, una belleza que no es de las cosas, que ni el pensa­miento ni el sentimiento han producido, que no es el don de un artesano, sino que es como un río que fluye, nutrido e indi­ferente; está ahí, completa y rica en sí misma. Es un poder que no puede valorarse en la estructura social y en la conducta del hombre. Pero está ahí, impasible, inmenso, inalcanzable. Gra­cias a esto, existen todas las cosas.

9

Esta mañana, al despertar uno sintió otra vez que había sido una noche vacía; el cuerpo había estado sometido a un esfuerzo excesivo a causa de la plática [el día anterior] y de las entre­vistas personales, y estaba cansado. Al sentarse uno en la cama como era habitual, se hallaba en calma; la ciudad dormía, no se escuchaba un sonido y la mañana estaba cargada de nubes. Desde dondequiera que tenga ella su existencia, esta bendición advino súbita y plenamente con su fuerza y su poder. Perma­neció llenando la habitación y expandiéndose fuera de ella; luego desapareció dejando tras de sí un sentimiento de vastedad cuya dimensión estaba más allá de las palabras.

Ayer, caminando en medio de las colinas, prados y torren­tes, entre tanta agradable quietud y belleza, uno fue consciente otra vez de esa extraña y hondamente conmovedora inocencia. Calladamente, sin resistencia alguna, penetraba en cada rincón y recodo de la mente purificándola de todo pensamiento y sen­timiento. Lo dejó a uno vacío y pleno. Cada uno de nosotros advirtió su paso [9]. Súbitamente, todo el tiempo se había detenido.

El proceso continúa, pero más suave y profundamente.

10

Había llovido muy intensamente, y la penetrante lluvia lavó el blanco polvo depositado sobre las grandes hojas que abundan junto al camino sin pavimentar que llega profundamente hasta el interior de las montañas. El aire era suave y dulce, liviano a esa altitud; era un aire limpio y agradable y había un olor a tierra lavada por la lluvia. Subiendo por el camino uno advertía la belleza de la tierra y la delicada línea de los empi­nados cerros contra el cielo del anochecer, la maciza montaña rocosa con su glaciar y su vasta extensión de nieve, la abundancia de las flores. Era un anochecer de gran belleza y serenidad. La reciente y fuerte lluvia había enlodado el ruidoso torrente; éste había perdido esa peculiar claridad brillante que tiene el agua de la montaña, pero en unas pocas horas volvería a estar clara de nuevo.

Mientras uno miraba las formas y curvas de las macizas rocas y la nieve fulgurante, como entre sueños, sin pensamiento alguno en la mente, de pronto ahí estaba, una fuerza, una ben­dición de inmensa y sólida dignidad. En un instante llenó el valle y la mente no podía medirla; ello estaba muchísimo más allá de la palabra. Era, otra vez, inocencia.

Al despertar esta mañana temprano, ello estaba ahí y la meditación era muy poca cosa; todo pensamiento había muerto y había cesado todo sentimiento; el cerebro se hallaba absoluta­mente silencioso. Su registro no es lo real. Ello estaba ahí, in­tangible e incognoscible. Ya jamás sería lo que ha sido; su belleza es inextinguible.

Fue una mañana extraordinaria. Esto ha estado prosiguiendo por cuatro meses completos, cualquiera fuera el medio circun­dante, cualquiera la condición del cuerpo. Jamás es lo mismo y, no obstante, es lo mismo; es destrucción y es creación que nunca cesa. Su poder y su fuerza están más allá de toda com­paración y palabras. Y ello jamás continúa, es muerte y es vida.

El proceso ha sido algo agudo y todo él parece más bien de poca importancia.

Agosto 11, 1961 [10]

Sentado en el automóvil, junto a un ruidoso torrente de la montaña, en medio de ricas y verdes praderas y de un cielo oscurecido, ahí estaba esa incorruptible inocencia cuya auste­ridad es belleza. El cerebro se hallaba totalmente quieto y fue alcanzado por ella.

El cerebro se alimenta de la reacción y la experiencia; vive de la experiencia. Pero la experiencia siempre es limitadora y condicionante; la maquinaria de la acción es la memoria. Sin la experiencia, el conocimiento y la memoria, la acción no es posible, pero tal acción es fragmentaria, limitada. La razón, el pensamiento organizado, es siempre incompleto; la idea, la res­puesta del pensar es estéril y la creencia es el refugio del pen­samiento. Toda experiencia sólo fortifica al pensamiento, nega­tiva o positivamente.

El experimentar está condicionado por la experiencia, el pasado. Vaciar la mente de toda experiencia es libertad. Cuando el cerebro cesa de nutrirse por medio de la experiencia, el recuer­do y el pensamiento, entonces su actividad no es egocéntrica. Entonces su alimento proviene de otra parte. Es este alimento el que hace que la mente sea religiosa.

Al despertar en esta mañana, más allá de toda meditación y pensamiento, y de las ilusiones que los sentimientos provocan, había una intensa y clara luz en el centro mismo del cerebro y, más allá del cerebro, en el centro mismo de la conciencia, del propio ser. Era una luz que no tenía sombra, ni se hallaba situada en dimensión alguna. Estaba ahí, inmóvil. Con esa luz se encontraba presente aquella incalculable fuerza y belleza que está más allá del pensamiento y del sentimiento.

El proceso fue más bien agudo por la tarde.

12

Ayer, subiendo por el valle, con las montañas cubiertas por las nubes y el torrente que parecía más ruidoso que nunca, había un sentido de asombrosa belleza, y no porque los prados y las colinas y los oscuros pinos hubieran cambiado. Sólo la luz era diferente, más suave, con una claridad que parecía penetrarlo todo sin dejar ninguna sombra. Cuando llegamos a lo alto del camino, pudimos ver abajo una granja rodeada de una verde pradera. Era una verde pradera, con un verde de una riqueza tal que no se ve en ninguna parte, pero esa pequeña alquería y ese verde pasto contenían en sí toda la tierra y toda la huma­nidad. Había en ello una finalidad absoluta; era la finalidad de la belleza que no está torturada por el pensamiento y el senti­miento. La belleza de un cuadro, una canción, una casa, es producida por el hombre para que se la compare, se la critique, para que se le sumen cosas, pero esta belleza no era una obra hecha por la mano del hombre. Todo lo que es obra del hambre debe ser negado con decisión antes de que esta belleza pueda ser. Porque ella necesita total inocencia, total austeridad; no la inocencia urdida por el pensamiento ni la austeridad del sacri­ficio. Sólo cuando el cerebro está libre del tiempo y sus respuestas son absolutamente silenciosas, existe esa austera ino­cencia.

Uno despertó mucho antes del amanecer, cuando el aire se halla muy quieto y la tierra aguarda al sol. Despertó con una claridad peculiar y una urgencia que exigía atención plena. El cuerpo estaba completamente inmóvil; era una inmovilidad sin tirantez, sin tensión. Y dentro de la cabeza tenía lugar un singular fenómeno. Un río anchísimo fluía con la presión de un inmenso caudal de agua, fluía entre altas y bruñidas rocas de granito. A cada lado de este anchísimo río estaba el bruñido, reluciente granito en el cual nada crecía, ni siquiera una brizna de hierba; no había nada excepto pura roca pulida remontán­dose más allá del mensurable alcance de la vista. El río se abría paso silenciosamente, sin un susurro, indiferente, majestuoso. Ello ocurría realmente, no era un sueño, una visión o un símbolo que deba ser interpretado. Ahí estaba sucediendo, más allá de cualquier duda; no era cosa de la imaginación. Ningún pen­samiento puede inventar eso; era demasiado inmenso y real para que el pensamiento pudiera formularlo.

La inmovilidad del cuerpo y este gran río fluyendo entre los bruñidos muros de granito del cerebro, continuaron por una hora y media del reloj. A través de la ventana los ojos podían ver la llegada del alba. No había error con respecto a la reali­dad de lo que estaba sucediendo. Por una hora y media todo el ser estuvo atento sin esfuerzo y sin desviarse. Y súbitamente ello se terminó y comenzó el día.

Esta mañana esa bendición llenaba el aposento. Llovía fuerte, pero más tarde el cielo estaría azul.

El proceso, con su presión y dolor, continua suavemente.

13

Tal como el sendero que sube por la montaña jamás puede contener toda la montaña, así esta inmensidad no es la palabra. Y, sin embargo, mientras uno subía por la ladera de la montaña, con el pequeño torrente corriendo al pie de la misma, ahí estaba esta increíble, innominable inmensidad que colmaba la mente y el corazón; y cada gota de agua sobre la hoja o sobre la brizna de hierba resplandecía con esa inmensidad.

Había estado lloviendo toda la noche y toda la mañana, con el cielo cargado de densas nubes, y ahora el sol se dejaba ver sobre los altos cerros y había sombras en las verdes e in­maculadas praderas cubiertas de flores. El pasto estaba muy húmedo y el sol brillaba sobre las montañas. En lo alto de ese sendero había encantamiento; ahora conversábamos y entonces parecía que en modo alguno [omitida una palabra] la belleza de esa luz ni la simple paz que hay en el campo. La bendición de esa inmensidad estaba ahí y había júbilo.

Mientras caminábamos en esta mañana, de nuevo estaba ahí esa impenetrable fuerza cuyo poder es bendición. Uno estaba despierto a ello y el cerebro lo advertía sin ninguna de sus res­puestas. Eso hacia que el claro cielo y las Pléyades fueran increíblemente bellos. Y el temprano sol sobre la montaña con su nieve, era la luz del mundo.

Durante la plática [11] estaba ahí, intangible y puro, y por la tarde entró en la habitación con la velocidad de un relámpago y desapareció. Pero en alguna medida está siempre aquí con esa extraña inocencia cuyos ojos jamás han sido tocados.

El proceso fue un poco agudo la noche pasada y mientras esto se escribe.

14

Aunque el cuerpo estaba fatigado después de la plática [de ayer] y de ver a la gente, sentado en el auto bajo el espa­cioso árbol tenía lugar una actividad profundamente extraña. No era una actividad que el cerebro con sus respuestas acos­tumbradas pudiera concebir o formular; eso estaba más allá de su alcance. Pero había una actividad, muy en lo profundo, que deshacía todo obstáculo. La naturaleza de esa actividad es im­posible de expresar. Como hondas aguas subterráneas que se abren paso hacia la superficie, había una actividad que llegaba mucho más profundamente y más allá de toda conciencia.

Uno se da cuenta del aumento de sensibilidad del cerebro; el color, la figura, la línea, la forma total de las cosas se han vuelto más intensas y extraordinariamente vivas. Las sombras parecen tener una existencia propia de mayor profundidad y pureza. Era un quieto y bello atardecer; corría una brisa entre las hojas y el follaje del álamo temblón también se estremecía y danzaba. Un alto y recto tronco con una corona de flores blancas tocadas por un tenue color rosado, se erguía como un centinela junto al torrente de la montaña. El torrente era de oro al sol del ocaso y los montes se hallaban en hondo silencio; ni siquiera el paso de los automóviles parecía perturbarlos. Las montañas cubiertas de nieve estaban en profunda oscuridad; las densas nubes y los prados conocieron la inocencia.

La mente se hallaba mucho más allá de toda experiencia. Y el meditador estaba silencioso.

15

Caminando cerca del torrente y con las montañas entre las nubes, había momentos de intenso silencio, como los brillantes retazos de cielo azul que dejan las nubes al separarse. Era un atardecer frío, cortante, con una brisa que venía del norte. La creación no es para el talentoso, para el dotado, ellos sólo conocen la creatividad pero nunca la creación. La creación está más allá del pensamiento y de la imagen, más allá de la palabra y la expresión. No es para ser comunicada porque no puede formularse, no puede envolverse en palabras. Puede sentirse en estado de completa y lúcida atención. No es posible utilizarla y exhibirla en el mercado para que se la regatee y se la venda.

La creación no puede ser comprendida por el cerebro con sus complicadas variedades de respuestas. El cerebro no tiene modo de entrar en contado con ella; es absolutamente incapaz. El conocimiento es un obstáculo, y sin el conocimiento de uno mismo la creación no puede existir. El intelecto, ese agudo ins­trumento del cerebro, no puede en modo alguno aproximársele. El cerebro total, con sus ocultas urgencias secretas y sus em­peños, con sus múltiples variedades de astutas virtudes, debe hallarse completamente silencioso, mudo, pero sin embargo alerta y sereno. La creación no es hornear pan o escribir un poema. Toda actividad del cerebro debe cesar, voluntaria y fácil­mente, sin conflicto ni dolor. No debe haber ni sombra de conflicto e imitación.

Entonces existe el asombroso movimiento llamado creación. Este sólo puede tener existencia en la negación total; no puede existir en el paso del tiempo ni el espacio puede abarcarlo. Debe haber muerte completa, destrucción total para que la creación sea.

Esta mañana; al despertar, había completo silencio externa e internamente. El cuerpo, y el cerebro que mide y pesa, estaban quietos, en un estado de inmovilidad, aunque ambos se hallaban activos y altamente sensibles. Y tan silenciosamente como llega el alba, vino desde alguna parte muy íntima y profunda, esa fuerza con su energía y su pureza. Parecía no tener raíces ni causa, pero no obstante estaba ahí, intensa y sólida, con una profundidad y una altura inmensurables. Permaneció por algún tiempo del reloj y desapareció, como la nube desaparece detrás de la montaña.

Cada vez hay algo «nuevo» en esta bendición, una «nueva» cualidad, un «nuevo» perfume y, sin embargo, ella es inmuta­ble. Es totalmente incognoscible.

El proceso fue agudo por un rato pero ahora prosigue de una manera benigna. Todo es muy extraño e impredecible.

16

Había un retazo de cielo azul entre dos vastas, interminables nubes; era un azul claro, sobrecogedor por lo suave y penetrante. Sería absorbido en unos pocos minutos y desaparecería para siempre. Ningún cielo de un azul así se vería jamás otra vez. Había estado lloviendo la mayor parte de la noche y de la ma­ñana, y había nieve fresca en las montañas y sobre los altos cerros. Y los prados estaban más verdes y fértiles que nunca, pero ese pequeño retazo de límpido cielo azul ya jamás volvería a verse. En ese pequeño retazo estaba la luz de todo el firma­mento y el azul de todos los cielos. Mientras uno lo observaba su forma empezó a cambiar y las nubes se agolpaban para cubrirlo a fin de que no fuera demasiado visible. Desapareció para no aparecer ya nunca más. Pero había sido visto y el prodigio de ello persiste.

En ese momento, mientras uno descansaba sobre el sofá, y las nubes iban conquistando el azul, de una manara totalmente inesperada llegó esa bendición con su pureza e inocencia. Llego en abundancia y colmó el aposento hasta que el aposento y el corazón no pudieron retenerla más; su intensidad era peculiar­mente abrumadora y penetrante, y su belleza cubría la tierra entera. El sol resplandecía sobre un sector de brillante color verde y los oscuros pinos estaban quietos e indiferentes.

Esta mañana -era muy temprano, faltaba un par de horas para la llegada del alba -, al despertar con ojos que el sueño ha abandonado, había una alegría insondable de la cual uno era lúcidamente consciente; no tenía causa ni había tras de ella sentimentalismo, entusiasmo o alguna extravagancia emocional; era clara, simple alegría, incontaminada y rica, pura e intan­gible. No estaba basada en pensamiento o razón alguna, y uno jamás podría comprender esa alegría porque ella no tenía causa. Esta alegría, este júbilo manaba de la totalidad del propio ser, y el ser estaba absolutamente vacío. Tal como un torrente de agua se derrama por la ladera de una montaña, naturalmente y bajo presión, así se derramaba esta alegría en gran abundan­cia, viniendo desde ninguna parte y yendo hacia ninguna parte, pero el corazón y la mente ya nunca volverían a ser los mismos.

En el momento en que esta alegría estallaba hacia afuera, uno no era consciente de su cualidad; ello sucedía y su natura­leza habría de revelarse, probablemente, en el tiempo, y el tiempo no podría medirla. El tiempo es mezquino y no puede pesar la plenitud.

El cuerpo ha estado un poco frágil y vacío, pero en la noche pasada y esta mañana el proceso ha sido agudo, aunque sin mucha duración.

17

Había sido un día nublado, lluvioso, con viento noroeste, un día opresivo y frío. Estábamos subiendo por el camino que lleva a la cascada que luego se transforma en el ruidoso torren­te; se veía a pocas personas en los caminos, pasaban pocos auto­móviles y el torrente se precipitaba más rápido que nunca. Subíamos por el camino con el viento detrás de nosotros, y el estrecho valle se dilataba y había retazos de sol sobre los pastos verdes y relucientes. Estaban ensanchando la carretera y cuando pasamos nos saludaron con amistosas sonrisas y algunas palabras en italiano. Habían estado trabajando todo el día, cavando y acarreando rocas, de modo que hasta parecía imposible que aún pudieran sonreír. Pero lo hacían. Algo más lejos y en lo alto, bajo un gran cobertizo, una moderna maquinaria aserraba madera, taladrándola y recortando moldes sobre gruesos ta­blones. Y el valle se abría más y más, y a lo lejos había un pueblo y más lejos aún estaba la cascada que surgía del glaciar en la cumbre de la montaña rocosa.

Más que verla, uno sentía la belleza del país, el cansancio de esas personas, el impetuoso torrente y las tranquilas praderas. Detrás de nosotros, cerca del chalet, todo el cielo se hallaba cubierto de densas nubes, y de pronto el sol poniente se posó sobre algunas rocas en lo alto de la montaña. El retazo de luz solar sobre la superficie de esas rocas revelaba una profundidad de belleza y sentimiento que ninguna imagen esculpida puede contener. Era como si estuvieran iluminadas desde adentro con una luz propia, serena, que jamás se apaga. Era el fin del día.

Sólo al despertar temprano en la mañana siguiente uno tuvo conciencia del previo esplendor de ese atardecer y del amor que pasó junto a uno. La conciencia no puede contener la in­mensidad de la inocencia; puede recibirla, pero no proseguirla ni cultivarla. La conciencia toda debe estar quieta, sin desear, sin buscar y sin perseguir en modo alguno. Sólo cuando hay quietud en la totalidad de la conciencia, puede surgir eso que no tiene principio ni fin. La meditación es el vaciado de la conciencia, no con el propósito de recibir, sino que es el vaciado de todo esfuerzo por alcanzar algo. Debe haber espacio para el silencio, no el espacio creado por el pensamiento y sus activi­dades sino el espacio que adviene por la negación y la des­trucción, cuando nada ha quedado del pensamiento y sus pro­yecciones. Sólo en el vacío puede haber creación.

Esta mañana temprano, al despertar, la belleza de esa fuerza con su inocencia estaba ahí, profundamente adentro y aflorando a la superficie de la mente. Tenía la cualidad de ser infinita­mente flexible, pero nada podía moldearla; esa belleza no podía ajustarse, conformarse al patrón del hombre. No podía ser atra­pada en símbolos o palabras. Pero estaba ahí, inmensa, intan­gible. Toda meditación parecía trivial y tonta. Sólo eso subsistía y la mente estaba silenciosa.

Algunas voces, durante el día, en raros instantes, esa ben­dición habría de llegar y desaparecer. El desear y el pedir care­cen en absoluto de significación.

El proceso continúa suavemente.

18

Había estado lloviendo la mayor parte de la noche y el tiempo se había vuelto muy frío; sobre los más altos cerros y montañas se veía nieve fresca en cantidad. Y también soplaba un viento cortante. Los prados florecidos tenían un brillo extra­ordinario y el color verde era sorprendente. Y también había llovido casi todo el día y sólo hacia las últimas horas de la tarde comenzó a aclarar y el sol apareció entre las montañas. Cami­nábamos a lo largo de un sendero que llevaba de un pueblo a otro, un sendero que serpenteaba en torno de granjas entre fértiles prados verdes. Los postes que sostienen los pesados ca­bles eléctricos se destacaban impresionantes contra el cielo crepuscular; al contemplar estas imponentes estructuras de acero en contraste con las veloces nubes, se advertía un sentido de belleza y poder. Cruzamos un puente de madera, y el torrente lleno, engrosado por toda esta lluvia, se deslizaba veloz con una energía y una fuerza que sólo poseen los torrentes de la mon­taña. Mirando a uno y otro lado del torrente estrechamente encajonado entre apretados grupos de rocas y árboles, uno per­cibía el movimiento del tiempo -pasado, presente y futuro; el puente era el presente y toda la vida pasaba y bullía a través del presente.

Pero más allá de todo esto, a lo largo de esa vereda fangosa bañada por la lluvia, estaba «lo otro» [otherness], un mundo que jamás podría ser tocado por el pensamiento humano, por sus actividades y sus inacabables infortunios. Este mundo no era el producto de la esperanza ni de la creencia. Uno no era del todo consciente de ello en ese momento, había demasiadas cosas para observar y sentir, demasiada fragancia para oler; las nubes, el sol entre las montañas, y más allá el pálido cielo azul, y la luz del crepúsculo sobre los prados centelleantes; el olor de los establos y las flores rojas alrededor de las granjas. «Lo otro» estaba ahí abarcándolo todo sin pasar por alto ni la cosa más insignificante; y mientras uno permanecía despierto en la cama, «eso» advino llenando a borbotones la mente y el corazón. En­tonces uno fue consciente de su belleza sutil, de la pasión y el amor de ello. No el amor que se guarda en imágenes como una reliquia, no el amor evocado por los símbolos, los cuadros y las palabras, ni el que está embozado tras de los celos y la envidia, sino aquel amor que está ahí, liberado de cualquier pensamiento y sentimiento, un movimiento circular, eterno, cuya belleza se revela en el abandono de la pasión egocéntrica. La pasión de esa belleza no existe si no hay austeridad. La austeridad no pertenece a la mente, no es una cosa que pueda obtenerse mediante un esmerado sacrificio, por la represión o la disciplina. Todo esto debe cesar naturalmente, porque estas cosas no tienen significado alguno para «lo otro». Ello advino inundándolo a uno con su inmensurable caudal. Este amor no tenía centro ni periferia y era tan completo, tan invulnerable que no había en él imagen alguna y, por lo tanto, era por siempre indestructible.

Nosotros siempre miramos desde afuera hacia adentro; desde el conocimiento proseguimos hacia ulteriores conocimien­tos, siempre sumando, y el mismo restar es otro modo de sumar. Y nuestra conciencia está formada por miles de recuerdos y reconocimientos; somos conscientes de la hoja que tiembla, de la flor, de ese hombre que pasa, del niño que cruza corriendo por el campo; conscientes de la rosa, del torrente, de la brillante flor roja y del mal olor que proviene de un chiquero. Desde este recordar y reconocer, a partir de las respuestas externas tratamos de tornarnos conscientes con respecto a las interiori­dades ocultas, a los impulsos y motivos más hondos; exploramos más y más adentro en las vastas profundidades de la mente. Todo este proceso de retos y respuestas, todo este movimiento del experimentar y reconocer las actividades ocultas y las mani­festadas, todo esto es la conciencia atada al tiempo.

La copa no es solamente la forma, el color, el diseño, sino que es también ese vacío que hay dentro de la copa. La copa es el vacío retenido dentro de una forma; sin ese vacío no ha­bría copa ni forma. Nosotros conocemos la conciencia por los signos externos, por sus limitaciones de altura y profundidad, de pensamiento y sentimiento. Pero todo esto es la forma exte­rior de la conciencia: por lo exterior tratamos de encontrar lo interno. ¿Es esto posible? Las teorías y especulaciones carecen de significación; de hecho, impiden todo descubrimiento. Par­tiendo de lo exterior tratamos de encontrar lo interno, desde lo conocido exploramos con la esperanza de encontrar lo descono­cido. ¿Es posible investigar desde lo interno hacia lo externo? Conocemos el instrumento que investiga a partir de lo externo, pero ¿existe un instrumento que, desde lo desconocido, pueda investigar en lo conocido? ¿Existe? ¿Y cómo podría existir? No puede. Si lo hubiera seria reconocible, y si es reconocible está dentro del área de lo conocido.

Esa extraña bendición llega cuando quiere, pero con cada visita hay, muy en lo profundo, una transformación; ello jamás es lo mismo.

El proceso continúa, a veces suave y a veces agudo.

19

Era un hermoso día, un día sin nubes, un día de luz y de sombras; después de las fuertes lluvias el sol brilló en un claro y límpido cielo azul. Las montañas con su nieve estaban muy cerca, uno casi podía tocarlas; se destacaban vivamente contra el cielo. Los prados refulgían resplandecientes al sol, cada brizna de hierba danzaba su propia danza y el movimiento de las hojas era mucho más intenso. El valle estaba radiante y todo reía, era un día magnifico, y había miles de sombras.

Las sombras son más vivas que la realidad; las sombras son más largas, ricas y profundas; parecen tener una vida propia independiente y protectora; en su invitación existe una satis­facción peculiar. El símbolo se torna más importante que la realidad. El símbolo proporciona un refugio; a su amparo es fácil hallar bienestar. Uno puede hacer con el símbolo lo que quiera, éste jamás ha de contradecirlo, jamás cambiará; puede ser cubierto de guirnaldas o de cenizas. Existe una satisfacción extraordinaria en una cosa muerta, en una pintura, una con­clusión, una palabra. Son cosas que están muertas sin posibilidad alguna de revivir, y hay placer en los múltiples aromas del ayer. El cerebro siempre es el ayer, y lo que en el hay es la sombra del ayer, y el mañana es la continuación de esa sombra, un poco modificada pero exhalando aún el aroma del ayer. Así, el cerebro vive y tiene su existencia en las sombras; se siente más seguro, más confortable.

La conciencia está siempre recibiendo, acumulando e interpretando según lo que ha acopiado; recibe a través de todos sus poros; acopia, y desde lo que ha almacenado experimenta, juz­gando, recopilando, modificando. Mira, no sólo mediante los ojos, mediante el cerebro, sino a través de este trasfondo. La conciencia sale para recibir, y en el acto de recibir existe. En sus recónditas profundidades ha almacenado por siglos aquello que ha recibido, los instintos, las memorias, la seguridad, siempre agregando, agregando, y si quita es sólo para agregar más. Cuando esta conciencia mira hacia afuera lo hace para pesar, contrapesar y recibir. Y cuando mira hacia adentro, su mirar es aun el mirar externo que pesa, contrapesa y recibe; cuando se despoja internamente, ello es otra forma de agregar. Este proceso, atado al tiempo, prosigue y prosigue dolorosamente, con fugaces alegrías y pesares.

Pero mirar, ver, escuchar sin esta conciencia -un salir, un avanzar en el que no existe el recibir - es el movimiento total de la libertad. Este avanzar no tiene un centro, un punto, pe­queño o extenso, desde el cual moverse; así es como se mueve en todas las direcciones sin la barrera del tiempo-espacio. Su escuchar es total, su mirar es total. Este movimiento es la esencia de la atención. En la atención están contenidas todas las dis­tracciones, y entonces no hay distracción. Solamente la concen­tración conoce el conflicto de la distracción. La conciencia toda es pensamiento expresado o no expresado, pensamiento verbal o en busca de la palabra; el pensamiento como sentimiento, el sentimiento como pensamiento. El pensamiento jamás está quie­to; la reacción que se expresa a sí misma es pensamiento, y el pensamiento a su vez multiplica las respuestas. De este modo la belleza es el sentir expresado por el pensamiento, y el amor está aún dentro del campo del pensamiento. ¿Hay amor y belleza dentro del cerco del pensamiento? ¿Hay belleza cuando hay pen­samiento? La belleza y el amor conocidos por el pensamiento son los opuestos de la fealdad y el odio. La belleza no tiene opuesto, ni lo tiene el amor.

Ver sin el pensamiento, sin la palabra, sin la respuesta de la memoria, es por completo diferente del ver con el pensa­miento y el sentimiento. Lo que uno ve con el pensamiento es superficial; entonces el ver es tan sólo parcial. Esto no es ver en absoluto. El ver total es el ver sin el pensamiento. Ver una nube sobre una montaña sin el pensamiento y sus respuestas, es el milagro de lo nuevo; ello no es «hermoso», es algo explo­sivo en su inmensidad; es algo que nunca ha sido y que ya jamás será. Para ver, para escuchar es preciso que toda la con­ciencia esté quieta a fin de que la destructiva creación pueda ser. Ello es la totalidad de la vida y no el fragmento que implica todo pensar. No hay «belleza», sino sólo una nube sobre la montaña; eso es creación.

El sol poniente tocaba las cimas de las montañas, brillante, sobrecogedor, y la tierra estaba silenciosa. Sólo existía el color y no los diferentes colores; sólo existía el escuchar y no los múltiples sonidos.

Esta mañana, al despertar tarde cuando ya el sol avanzaba sobre los cerros, ahí estaba asa bendición como una luz resplan­deciente; parecía tener su propia fuerza y su propio poder. Igual que el distante murmullo de las aguas de un río, prosigue una actividad que no es del cerebro con sus voliciones y engaños, sino una actividad que es la intensidad misma.

El proceso continúa con fuerza variable; a voces es bastante agudo.

20

Era un día perfecto, el cielo estaba intensamente azul y todo centelleaba al sol de la mañana. Había unas pocas nubes flo­tando aquí y allá, ociosamente, sin tener adónde ir. El sol hacia que las vibrantes hojas del álamo temblón fueran joyas brillando contra los escarpados cerros verdes. Los prados habían cambiado durante la noche, eran más intensos, más tiernos, de un color verde completamente imposible de imaginar. Lejos, más allá del cerro, había tres vacas pastando perezosamente, y sus campanillas podían escucharse en el claro aire mañanero; mientras masticaban iban desplazándose constantemente en línea recta de un extremo al otro del prado. Y el funicular pasaba por encima sin que se perturbaran ni molestaran siquiera en mirar jamás hacia arriba. Era una mañana hermosa, y las montañas nevadas se destacaban nítidamente contra el cielo; el aire estaba tan transparente que uno podía ver las numerosas cascadas pequeñas. Era una mañana de largas sombras y de una infinita belleza. Es extraño cómo el amor tiene su existencia en esta belleza; había tanta dulzura que todas las cosas parecían aquietarse por miedo de que cualquier movimiento despertara a algún espíritu oculto. Y ya había unas pocas nubes más.

Era un paseo hermoso en un automóvil que parecía disfrutar aquello para lo cual había sido construido; tomaba cada curva, por cerrada que fuese, con determinación y facilidad; ascendió la larga pendiente sin una sola queja y había gran poder en el modo que tenía de subir adonde quiera llevase el camino. Era como un animal que tuviera conciencia de su propia fuerza. El camino tenía curvas que entraban y salían a través de un monte iluminado por el sol, y cada retazo de luz estaba vivo y danzaba con las hojas; cada curva del camino mostraba más luz, más danzas, más encanto. Cada árbol, cada hoja estaban en soledad, intensos y silenciosos. A través de una pequeña abertura entre los árboles se divisaba un sector de prado expuesto al sol, de un verde sorprendente. Era tan sobrecogedor que le hacía a uno olvidar que estaba en un peligroso camino de mon­taña. Pero el camino se suavizaba serpenteando con pereza en torno de un valle diferente. Ahora se estaban juntando nubes y era agradable que no hubiera un sol tan fuerte. El camino se volvió casi plano, si es que puede ser plano un camino mon­tañoso; continuaba más allá de un cerro cubierto de oscuros pinares, y ahí al frente estaban las enormes, subyugantes montañas, los peñascos y la nieve, y los verdes campos, las cascadas, las pequeñas chozas de madera y los arrebatadores contornos curvilíneos de la montaña. Uno apenas si podía creer lo que veían los ojos, la subyugante dignidad en la forma de esos peñascos, la desnuda montaña cubierta por la nieve, y despeña­dero tras despeñadero de roca interminable; e inmediatamente después los verdes prados, todo contenido en el inmenso abrazo de una montaña. Era algo absolutamente increíble; había belle­za, amor, destrucción, y la inmensidad de la creación, no en esas rocas, no en esos campos, en más pequeñas chozas; aquella in­mensidad no estaba en eso ni era parte de eso, sino que estaba mucho más allá y por encima de eso. Ahí estaba con una majestad, con un bramido que los ojos no podían ver ni los oídos escuchar; estaba ahí con una totalidad y una quietud tal que el cerebro con sus pensamientos se redujo a la nada, como esas hojas muertas en el monte. Estaba ahí con tal ple­nitud, con una fuerza tal que el mundo, los árboles y la tierra entera llegaron a su fin. Eso era amor, creación y destrucción. Y no había nada más.

Era la esencia de lo profundo. La esencia del pensamiento es ese estado en el que no hay pensamiento. Por mucha que sea la hondura y la amplitud a que el pensamiento pueda ser segui­do, éste siempre permanecerá siendo poco profundo, superficial. El cese del pensamiento es el principio de esa esencia. El cese del pensamiento es negación, y lo que es negativo no tiene medios positivos; no hay método ni sistema para terminar con el pensamiento. El método, el sistema es un modo positivo de abordar la negación, y es así que el pensamiento jamás puede encontrar su propia esencia. Para que la esencia sea, el pensa­miento debe cesar. La esencia del ser es el no-ser, y para «ver» la profundidad del no-ser, uno debe estar libre del devenir. La li­bertad no existe si hay continuidad, y aquello que tiene con­tinuidad está atado al tiempo. Cada experiencia ata la mente al tiempo, y es la mente que se halla en un estado de no-experi­mentar la que percibe todo cuanto es esencia. Este estado en que ha llegado a su fin todo cuanto sea experimentar, no es la pará­lisis de la mente; por el contrario, es la mente aditiva, la mente que está acumulando la que decae y se marchita. Porque el acumular es algo mecánico, es repetición; el negar para adquirir y la mera adquisición son ambos repetitivos e imitativos. La mente que destruye de modo total este mecanismo de acumu­lación y defensa, es una mente libre y, por lo tanto, el experi­mentar ha perdido su significación.

Entonces existe el hecho y no la experiencia del hecho; la opinión acerca del hecho, su evaluación, su belleza y no-belleza, son la experiencia del hecho. Experimentar el hecho es negarlo, es escapar de él. El experimentar un hecho sin pen­samiento ni sentimiento es un suceso de gran profundidad.

Al despertar esta mañana había esa extraña inmovilidad del cuerpo y del cerebro; con ella advino una gran bendición y un movimiento que penetraba en insondables profundidades de intensidad; y estaba ahí «lo otro».

El proceso continúa suavemente.

21

Nuevamente ha sido un día claro, soleado, con largas som­bras y hojas relumbrantes; las montañas se veían serenas, maci­zas y cercanas; el cielo era de un azul extraordinario, límpido y apacible. Las sombras llenaban la tierra, era una mañana espe­cial para las sombras: sombras pequeñas y grandes, sombras largas, delgadas unas y otras satisfechas de su opulencia, alguna rechoncha sombra vulgar y jubilosas sombras espirituales. Los tejados de las granjas y de los chalets brillaban como mármol pulido, tanto los nuevos como los antiguos. Parecía haber un gran regocijo y griterío entre los árboles y en medio de los prados; todo existía lo uno para lo otro, y por encima de ello estaba el cielo. Nada era de la hechura del hombre con sus torturas y esperanzas; y había vida, vasta, espléndida vida pal­pitando y doblegándose en todas las direcciones. Era vida, siempre joven y siempre peligrosa; vida que jamás se detiene, que recorre la tierra indiferente sin dejar nunca una huella, sin pedir ni reclamar nada. Ahí estaba en plenitud, misteriosa e inmortal, sin que importara de dónde venia ni hacia dónde iba. Dondequiera qué estuviese había vida, más allá del tiempo y del pensamiento. Era algo maravilloso, libre, sutil e impenetra­ble. No era para ser encerrado; allí donde se le encierra, en los lugares de culto y adoración, en el mercado, en la casa, hay decadencia y corrupción con sus perpetuas reformas. Ahí estaba, simple, majestuoso y quebrantador, y la belleza de ello sobrepasa todo pensamiento y sentimiento. Es algo tan inmenso e incom­parable que llena la tierra y los cielos y la hoja de hierba que tan prontamente se destruye. Está ahí, con el amor y con la muerte.

En el monte el aire era fresco y unos metros más abajo corría un ruidoso torrente; los pinos se proyectaban hacia los cielos sin inclinarse jamás para mirar la tierra. Era un lugar espléndido con las negras ardillas comiendo setas de los árboles mientras los recorrían de arriba abajo persiguiéndose las unas a las otras en apretadas espirales; había un petirrojo, o lo que parecía un petirrojo, moviéndose de un lado a otro. Todo era sosiego y quietud, excepto por el torrente con sus frías aguas de montaña. Y lo que allí había era amor, creación y destrucción, no como un símbolo, no como algo del pensamiento o del sentimiento sino como una tangible realidad. Uno no podía verlo ni sentirlo, pero estaba ahí, sobrecogedoramente inmenso, con una fuerza más allá de toda medida y con el poder de lo más vulnerable. Estaba ahí, y todas las cosas se aquietaban, el cerebro y el cuer­po; era una bendición y la mente era parte de ello.

Esa profundidad no tiene fin; su esencia está fuera del tiempo y del espacio. No es para experimentarse; la experiencia es algo tan chabacana, tan barato; con la misma facilidad que se obtiene se pierde; el pensamiento no puede producir la pro­fundidad, ni el sentimiento puede alcanzarla. Estas cosas son tan tontas e inmaduras. La madurez no es del tiempo, no es una cuestión de edad, ni adviene merced a las influencias y al medio. No puede comprarse, y ni los libros, ni los maestros o los salva­dores, ni el uno ni los muchos pueden jamás crear el clima apro­piado para esta madurez. Ella no es un fin en sí misma; se ori­gina sin que el pensamiento la cultive, sin que se la busque a través de la meditación; adviene oscuramente, secretamente. Tiene que haber madurez, eso que es la sazón de la vida; no la sazón que engendran la enfermedad y el alboroto de la existencia, el dolor y la esperanza. La desesperación y el esfuerzo no pueden traer consigo esta total madurez, pero ella tiene que existir sin que se la busque.

Porque en esta madurez total hay austeridad. No la auste­ridad de las cenizas y el cilicio, sino la casual e impremeditada indiferencia hacia las cosas del mundo con sus virtudes, sus dioses, su respetabilidad, sus esperanzas y sus méritos. Esas cosas deben ser totalmente negadas para que exista esa austeri­dad que adviene con la madura soledad interna. Ninguna in­fluencia de la sociedad o de la cultura puede alcanzar jamás esta soledad. Ella debe existir, pero no evocada por el cerebro que es hijo de las influencias y del tiempo. Debe llegar, como un trueno, desde ninguna parte. Y sin esa austeridad no hay total madurez. La otra soledad -ésa que es la esencia de la auto­compasión y la autodefensa, de la vida aislada en mitos, cono­cimientos e ideas - está muy lejos de la madura soledad interna; está eternamente intentando integrar y siempre está dividiendo, separando. La madura soledad significa una vida en la que ha llegado a su fin toda influencia. Esta soledad interna es la esencia de la austeridad.

Pero esta austeridad adviene cuando el cerebro permanece claro, no dañado por ninguna clase de heridas psicológicas causadas por el temor; el conflicto, en cualquiera de sus formas, destruye la sensibilidad del cerebro; la ambición con su crueldad despiadada, con su esfuerzo incesante por llegar, consume las sutiles capacidades del cerebro; la codicia y la envidia hacen que el cerebro se recargue de satisfacciones y rechace molesto las insatisfacciones. Tiene que haber un estado de alerta sin prefe­rencia, una percepción lúcida en la que hayan cesado toda po­sesión y conformismo. El comer en exceso y la complacencia en cualquiera de sus formas embotan el cuerpo y entorpecen el cerebro.

Hay una flor a la orilla del camino, una cosa clara y bri­llante abierta a los cielos; el sol, las lluvias, la oscuridad de la noche, los vientos y el trueno y el suelo han intervenido para producir esa flor. Pero la flor no es ninguna de esas cosas. Ella es la esencia de todas las flores. La libertad con respecto a la envidia, al temor, a la autoridad, al aislamiento, no han de producir esa madura soledad con su austeridad extraordi­naria. Esta adviene cuando el cerebro no la espera; adviene cuando uno le está dando la espalda. Entonces nada hay que pueda agregársele o quitársele. Entonces ello tiene su vida propia, un movimiento que es la esencia de toda vida, un movimiento sin tiempo ni espacio.

Esa bendición estaba ahí acompañada de una gran paz.

El proceso continúa suavemente.

22

La luna estaba oculta entre las nubes, pero las montañas y los oscuros cerros se veían claramente y había en torno de ellos una intensa quietud. Suspendida justo sobre un cerro cubierto de árboles, se veía una gran estrella, y el único sonido que pro­venía del valle era el del torrente de la montaña precipitándose sobre las rocas. Todo dormía salvo el pueblo distante, pero sus sonidos no llegaban con tanta fuerza. El ruido del torrente pron­to se debilitó, continuaba ahí pero sin colmar el valle. No corría brisa alguna y los árboles permanecían inmóviles; la luz de la pálida luna se reflejaba sobre los dispersos tejados y todo estaba quieto, aun las tenues sombras.

En el aire había ese sentimiento de abrumadora inmen­sidad, intenso e insistente. No era un capricho de la imagina­ción; la imaginación se detiene frente a la realidad; la imagi­nación es peligrosa, carece de validez, sólo el hecho la tiene. La fantasía y la imaginación son placenteras, engañosas y deben ser completamente desterradas. Toda forma de mito, fantasía e imaginación tiene que ser comprendida, y esta misma com­prensión las despoja de su significado. Aquello estaba ahí, y lo que había comenzado como meditación, cesó. ¡Qué significado puede tener la meditación cuando la realidad está ahí! No fue la meditación la que hizo que la realidad se manifestara, nada puede hacerlo; la realidad estaba ahí a pesar de la meditación; pero sí era necesario un cerebro sensible, alerta, que hubiera detenido por completo, fácil y voluntariamente, su parloteo de razones y sinrazones. El cerebro se había vuelto muy silencioso, viendo y escuchando sin interpretar, sin dosificar; estaba quieto y no había entidad alguna ni había necesidad de aquietarlo. El cerebro estaba muy quieto, muy vivo y sensible. Esa inmen­sidad llenaba la noche y con ella advino la bienaventuranza.

Ello no tenía relación con cosa alguna; no procuraba mol­dear, cambiar, defender; no podía ser influido y, en consecuen­cia, era inexorable. No hacia el bien, no reformaba; no se tor­naba respetable y, por lo tanto, era sumamente destructivo. Pero ello era amor, no el amor que es cultivado por la sociedad, asa cosa torturada. Era la esencia del movimiento de la vida. Estaba ahí, implacable, destructivo, con una ternura que sólo lo nuevo -como la nueva hoja de primavera - conoce y puede revelar. Y había una fuerza más allá de toda medida, y el poder que sólo tiene la creación. Y todas las cosas permanecían quietas. Esa única estrella que se desplazaba sobre el cerro estaba bien alta destacándose brillante en su soledad.

En la mañana, mientras recorríamos el monte en la parte superior del torrente, con el sol resplandeciendo en cada árbol, otra vez estaba ahí esa inmensidad, tan inesperada, tan silenciosa que uno caminaba maravillado a través de ella. Una única hoja danzaba rítmicamente y el resto del abundante follaje permanecía inmóvil. Ahí estaba ese amor que no se encuentra al alcance de los anhelos y de la medida del hombre. Estaba ahí, y un soplo del pensamiento podría alejarlo, y un sentimiento podría rechazarlo. Estaba ahí lo que jamás puede conquistarse, lo que Jamás puede capturarse.

La palabra «sentir» es engañosa; sentir es más que la emo­ción, que un sentimiento, que una experiencia, que el tacto o el olfato. Aunque esa palabra pueda confundir, debe ser em­pleada en la comunicación, especialmente cuando hablamos de la esencia. El sentimiento de la esencia no se origina en el cere­bro ni en fantasía alguna; no es experimentable como una sacudida; sobre todo, no es la palabra. Uno no puede experi­mentarlo; para que exista la experiencia debe haber un experi­mentador, el observador. Experimentar sin el experimentador es completamente otra cosa. Es en este «estado», en el cual no hay experimentador ni observador, que existe ese «sentimiento». Este no es intuición que el observador pueda interpretar o seguir ciega o razonablemente; no es el deseo, el anhelo que se transforma en intuición o en «la voz de Dios», evocada por los políticos y los reformadores sociales. Es necesario alejarse muchísimo de todo esto para comprender este sentir, este ver, este escuchar. El «sentir» requiere la austeridad de lo que es límpido y claro, de lo que no contiene en si confusión ni conflicto. El «sentimiento» de la esencia adviene cuando existe la sencillez de seguir algo hasta su mismo fin, sin ninguna desviación, pena, envidia, temor, ambición, etc. Esta sencillez está más allá de las capacidades del intelecto; el intelecto es fragmentario. Esta per­secución de algo hasta su fin es la más alta forma de sencillez; no la vestidura mendicante o el comer una sola vez al día. El «sentimiento» de la esencia es la negación del pensamiento y sus capacidades mecánicas -el conocimiento y la razón. La ra­zón y el conocimiento son necesarios en el manejo de los proble­mas mecánicos, y todos los problemas del pensamiento y del sen­timiento son mecánicos. Debe existir esta negación de los mecanismos de la memoria, cuya reacción es el pensamiento. Destruir para llegar hasta el mismo fin; destrucción no de las cosas exteriores sino de las guaridas psicológicas y de las resis­tencias, de los dioses y sus refugios secretos. Sin esto no puede haber viaje dentro de esa profundidad cuya esencia es amor, creación y muerte.

Al despertar temprano esta mañana, el cuerpo y el cerebro permanecían inmóviles porque estaba presente ese poder, esa fuerza que es una bendición.

El proceso es benigno.

23

Había unas pocas nubes errantes en el cielo de la madru­gada, un cielo claro, sereno y sin tiempo. El sol aguardaba a que la sublimidad de la mañana tocara a su fin. El rocío cubría los prados, no había sombras y los árboles, estaban solitarios, es­perándolas. Era muy temprano, y hasta el torrente vacilaba en iniciar su turbulenta carrera. Todo estaba en silencio, la brisa no había despertado todavía y las hojas permanecían inmóviles. Aún no salía humo desde ninguna de las granjas, pero los teja­dos ya comenzaban a brillar con la luz cercana. Las estrellas se sometían con renuencia al amanecer, y había esa peculiar y silen­ciosa expectativa que precede a la salida del sol; los cerros aguardaban, y también los árboles y los prados que manifestaban su júbilo. Entonces el sol tocó los picos de las montañas, un toque suave, dulce, y la nieve se puso brillante con la primera luz de la mañana; las hojas empezaron a despertar de la larga noche, el humo subía recto desde una de las quintas y el torrente parloteaba a su gusto sin restricción alguna. Y lentamente, con cierta vacilación y tímida delicadeza, las largas sombras se extendieron por toda la tierra; las montañas proyectaron sus som­bras sobre los cerros y los cerros sobre los prados, y los árboles esperaban por sus sombras, y éstas pronto estuvieron allí, unas leves como plumas, otras profundas, densas. Y los álamos tem­blones danzaban, y el día había comenzado.

La meditación es esta atención en la que hay una percep­ción lúcida, sin preferencia alguna, del movimiento de todas las cosas -el graznar de los cuervos, el rasguear de la sierra eléc­trica a través de la madera, el temblor de las hojas, el ruidoso torrente, el llamado de un niño, los sentimientos, los motivos, los pensamientos persiguiéndose los unos a los otros y, aún más en lo profundo, la percepción alerta y lúcida de la conciencia total. Y en esta atención, el tiempo como el ayer en per­secución del mañana dentro del espacio, y el retorcimiento y la deformación de la conciencia, se aquietan y acallan. En esta silenciosa quietud hay un movimiento inmensurable, incompa­rable; un movimiento que no tiene existencia, que es la esencia de la bienaventuranza, de la muerte y la vida. Un movimiento que no puede ser seguido porque no deja un sendero tras de sí y porque es quieto y es inmóvil; un movimiento que es la esencia de todo movimiento.

La carretera iba hacia el poniente, enroscándose a través de prados empapados por la lluvia, pasaba por pequeños poblados sobre la ladera de los cerros, atravesando los torrentes monta­ñosos de puras aguas de nieve, pasando por iglesias con cam­panarios de cobre; seguía y seguía hasta penetrar en oscuras, cavernosas nubes y lluvias que envolvían a las montañas. Em­pezó una fina llovizna, y al mirar casualmente hacia atrás por la ventanilla trasera del automóvil que se desplazaba con len­titud, en el lugar desde donde habíamos venido se veían las nubes iluminadas por el sol, el cielo azul y las brillantes y claras montañas. Sin que se dijera una palabra, instintivamente, el auto se detuvo, retrocedió, dio la vuelta y se dirigió hacia la luz y las montañas. Era algo increíblemente bello, completa­mente estremecedor en su belleza, y a medida que el camino iba penetrando en un valle abierto, el corazón se calmaba; estaba silencioso y tan abierto como el dilatado valle. Varias veces habíamos pasado por este valle; la forma de los cerros nos era bastante familiar; los prados y las casas eran reconocibles y se escuchaba el familiar estruendo del torrente. Todo estaba ahí excepto el cerebro, aunque éste se hallara conduciendo el auto­móvil. Todo se había vuelto muy intenso, había muerte. No por­que el cerebro estuviera inmóvil, no a causa de la belleza de la tierra o de la luz sobre las nubes o de la inmutable dignidad de las montañas; no era ninguna de estas cosas, aun cuando todas estas cosas pueden haber agregado algo a ello. En su sen­tido literal, era muerte; de pronto todo había llegado a su fin; no había continuidad, el cerebro estaba dirigiendo al cuerpo que conducía el auto y eso era todo. Literalmente eso era todo. El auto continuó por cierto tiempo y se detuvo. Había vida y muerte, tan estrechamente juntas, tan íntimamente, inseparable­mente unidas; y nada era importante. Había ocurrido algo de­vastador.

No había engaño ni imaginación; era muchísimo más serio que esa clase de tontas aberraciones, algo con lo cual no se podía jugar. La muerte no es un asunto fortuito; con ella no valen los argumentos. Uno puede discutir permanentemente con la vida, pero eso no es posible con la muerte. Así es ella de final y absoluta. Esta no era la muerte del cuerpo, lo cual seria un asunto bastante simple y decisivo; era vivir con la muerte, que es una cuestión por completo diferente. Había muerte y había vida; ambas estaban unidas inexorablemente. No era una muerte psicológica; no era una conmoción que ahuyentaba todo pensa­miento, todo sentimiento; no era una súbita aberración del cere­bro ni una enfermedad mental. No era ninguna de estas cosas, ni tampoco una curiosa decisión de un cerebro fatigado o deses­perado. No era un deseo inconsciente de morir. No era ninguna de estas cosas, las que serian inmaduras y la mente podría com­placerse en ellas con facilidad. Era algo que estaba en una di­mensión diferente, algo que desafiaba cualquier descripción del tiempo-espacio.

Estaba ahí la esencia misma de la muerte. La esencia del yo es muerte, pero esta muerte era igualmente la esencia de la vida. De hecho, ambas no están separadas -la vida y la muerte. Esto no era algo suscitado por el cerebro para su bienestar y su ideada seguridad. El vivir mismo era el morir y el morir era el vivir. En ese automóvil, con toda esa belleza y color, con ese «sentimiento» de éxtasis, la muerte era parte del amor, era parte del todo. La muerte no era un símbolo, una idea, algo que uno conociera. Estaba ahí como una realidad, como un hecho, tan intensa y apremiante como la bocina de un automóvil que desea­ra pasar a otros. Del mismo modo en que la vida jamás quisiera cesar ni puede ser rechazada, así ahora la muerte no se iría ni seria rechazada. Estaba ahí con una intensidad extraordinaria y con una finalidad.

Toda la noche vivió uno con ello; parecía haber tomado po­sesión del cerebro y de las actividades habituales; no eran mu­chos los movimientos del cerebro que proseguían, pero había respecto de ellos una inusitada indiferencia. Hubo indiferencia en oportunidades anteriores, pero ahora eso estaba más allá y fuera de cualquier formulación. Todo se había vuelto mucho más intenso, tanto la vida como la muerte.

La muerte estaba ahí al despertar, sin dolor, acompañando a la vida. Era una mañana maravillosa. Había esa bendición que era el deleite de los árboles y de las montañas.

24

Era un día cálido, y había de sombras; las rocas resplandecían con un brillo puro. Los oscuros pinos parecían completamente inmóviles, a diferencia de esos álamos temblones listos para estremecerse al más leve soplo. Una fuerte brisa del oeste barría todo el valle. Las rocas estaban tan vivas que parecían correr tras de las nubes, y las nubes se adherían a ellas rodeándolas en su carrera y adoptando la forma y la curva de las rocas; y era difícil separar las rocas de las nubes y las rocas caminaban con las nubes. Todo el valle parecía estar mo­viéndose, y los pequeños, estrechos senderos que ascendían a los montes y más allá, parecían obedecerle y cobrar vida a su vez. Y los prados resplandecientes eran el refugio de tímidas flores. Pero en esta mañana las rocas regían el valle; contenían tantos colores que sólo existía la cualidad del color; estas rocas se veían apacibles en la mañana, y las había de innumerables formas y tamaños. Eran tan indiferentes a todo, al viento, a las lluvias y a las explosiones que producen las necesidades del hombre. Habían estado ahí y seguirían atando ahí hasta el fin de los tiempos.

Era una mañana espléndida y había sol en todas partes y cada hoja ataba en movimiento; era una buena mañana para el paseo en automóvil, no a gran distancia pero lo suficiente pata ver la belleza del país. Era una mañana nueva, una mañana que había sido renovada por la muerte, no la muerte por deca­dencia, enfermedad o accidente, sino la muerte que destruye para que haya creación. No hay creación si la muerte no barre con todas las cosas que el cerebro ha acumulado para proteger la existencia egocéntrica. Anteriormente, la muerte era una nueva forma de continuidad, la muerte estaba relacionada con la con­tinuidad. Con la muerte llegaba una nueva existencia, una nueva experiencia, un hálito nuevo y una nueva vida. Lo viejo cesaba y nació lo nuevo, y lo nuevo daba entonces lugar a algo más nuevo todavía. La muerte era el medio hacia el nuevo estado hacia la nueva invención, hacia un nuevo modo de vida, un nuevo pensamiento. Era un cambio aterrorizador, pero ese mismo cambio traía una nueva esperanza.

Pero ahora la muerte no trajo nada nuevo -un nuevo horizonte, un nuevo hálito. Es la muerte, absoluta y final. Y entonces nada hay, ni pasado ni futuro. Nada. No nace de ello cosa alguna. Pero no hay desesperación ni búsqueda; hay muerte completa, sin tiempo; un asomarse a grandes profundidades que no están allí. La muerte está ahí, sin lo viejo ni lo nuevo. Es la muerte sin sonrisa ni llanto. No es una máscara que cubre, que esconde alguna realidad. La realidad es la muerte y no hay ne­cesidad de esconder cosa alguna. La muerte ha borrado todo y nada ha dejado. Esta nada es la danza de la hoja, es el llamado de aquel niño. Es la nada, y eso es lo que tiene que haber: nada. Lo que continúa es decadencia, la máquina, el hábito, la ambición. Hay corrupción, pero no la hay en la muerte. La muer­te es la nada total. Y tiene que haber la muerte, porque gracias a ella existe la vida, existe el amor. Porque en esta nada esta la creación. Sin la muerte absoluta, no hay creación.

Estábamos leyendo algo, al azar, y reparábamos en el estado del mundo, cuando súbitamente, de modo inesperado, la estancia se llenó con la bendición que ha advenido tan frecuentemente en estos tiempos. Habían abierto la puerta del pequeño aposento y nos dirigíamos a comer cuando «eso» llegó a través de la puerta abierta. Uno podía literalmente, físicamente sentirlo, como a una ola fluyendo dentro de la habitación. Se tornó «más» y «más» intenso -el más no está usado comparativamente; era algo increíblemente fuerte e inmutable, con un poder devasta­dor. Las palabras no son la cosa y la cosa real jamás puede ser puesta en palabras; debe ser vista, oída y vivida; entonces tiene una significación por completo diferente.

Últimamente el proceso ha sido agudo, y uno no necesita escribir sobre ello todos los días [12].

25

Era muy temprano; aun no amanecería por un par de horas o más. Orión estaba surgiendo justamente sobre la cúspide de ese pico que está tras de los curvos y boscosos cerros. No había una sola nube en el cielo, pero, por lo que se sentía en el aire, probablemente habría niebla. Era una hora de quietud y el to­rrente aun estaba dormido; había una débil luz lunar y los cerros estaban oscuros, destacándose sus formas contra el pálido cielo. No soplaba brisa alguna y los árboles permanecían quietos y brillaban las estrellas.

La meditación no es una búsqueda; no consiste en buscar, probar o explorar. Es una explosión y un descubrimiento. No es un domesticar el cerebro para que se amolde, ni es un auto­ análisis introspectivo; ciertamente no es el entrenamiento en la concentración, que incluye preferencias y rechazos. Es algo que llega con naturalidad cuando todas las aseveraciones positivas y negativas y las realizaciones han sido comprendidas y abando­nadas fácilmente. La meditación es el vacío total del cerebro. Lo esencial es el vacío, no lo que hay en el vacío; el ver sólo existe desde el vacío; de él proviene toda virtud, no la mo­ralidad social y la respetabilidad. Es desde este vacío que llega el amor, de otro modo no es amor. Los cimientos de la recta conducta están en este vacío. Él es el principio y fin de todas las cosas.

Mirando a través de la ventana, a medida que Orión iba as­cendiendo más y más, el cerebro estaba intensamente vivo y sensible, y la meditación se tornó en algo por completo dife­rente, algo a lo que el cerebro no podía enfrentarse; por lo tanto, éste se replegó sobre si mismo y quedó silencioso. Las horas que precedieron al amanecer y aun las siguientes, parecían no haber existido, y cuando el sol surgió sobre las montañas y las nubes atraparon sus primeros rayos, sólo había asombro en medio de tanto esplendor. Y comenzó el día. Extrañamente, la meditación continuaba.

26

Había sido una mañana hermosa, soleada, llena de luz y de sombras; el jardín del hotel cercano rebosaba de colores, de todos los colores, y éstos eran tan brillantes y el pasto era tan verde que lastimaban los ojos y el corazón. Y más allá las mon­tañas resplandecían destacándose frescas y nítidas bañadas por el rocío de la mañana. Era una mañana encantadora, y había belleza por todas partes; sobre el estrecho puente, en lo alto de un sendero que está al otro lado del torrente y que penetra en el monte, donde la luz jugaba con las hojas que temblaban y cuyas sombras se movían; eran plantas comunes pero sobrepa­saban con su verdor y frescura a todos los árboles que se encum­braban hacia el cielo azul. Uno no podía más que maravillarse de todo este encanto, este derroche, este estremecimiento; no se podía estar sino atónito ante la quieta dignidad de cada árbol, de cada planta, y ante la infinita alegría de esas negras ardillas con sus largas y peludas colas. Las aguas del torrente se veían claras y centelleantes al sol que llegaba a través de las hojas. Había humedad en el monte y se estaba bien. Mientras uno permanecía ahí observando la constante danza de las hojas, súbitamente advino «lo otro», un suceso intemporal, y hubo quietud. Era una quietud en la que todo se movía, danzaba y gritaba; no era la quietud que viene cuando una máquina deja de trabajar; la quietud mecánica es una cosa y la quietud en el vacío es otra. Lo uno es repetitivo, habitual, corruptor, y es buscado como un refugio por el cerebro cansado y en conflicto; lo otro es explosivo, nunca es lo mismo, no puede ser buscado, jamás es repetitivo y, por lo tanto, no brinda refugio alguno. Una quietud así fue la que advino y permaneció mientras paseá­bamos sin rumbo, y la belleza del monte se intensificó y los colores estallaron para ser atrapados en las hojas y en las flores.

No era una iglesia muy vieja, como de los comienzos del siglo diecisiete, al menos eso decía sobre la bóveda; había sido renovada y la madera era de pino ligeramente coloreado, y los clavos de acero se velan brillantes y pulidos, lo que era impo­sible, por supuesto; uno estaba casi seguro de que quienes se habían reunido allí para escuchar alguna música, nunca mira­ban esos Pavos que llenaban todo el techo. No era una iglesia muy ortodoxa, no había olor de incienso, velas ni imágenes. Estaba ahí y el sol penetraba a través de los ventanales. Había muchos chicos a quienes se les había dicho que no hablaran ni jugaran, lo que no les impedía estar inquietos; se les veía terriblemente solemnes y con los ojos prontos para reír. Uno de ellos deseaba jugar y se aproximó, pero era demasiado tímido para acercarse más. Ensayaban para el concierto de esa noche; había interés y todos estaban respetuosamente solemnes. Afuera el pasto era brillante, el cielo de un claro azul y había innumera­bles sombras.

¿Por qué esta eterna lucha para ser perfecto, para alcanzar la perfección, igual que las máquinas? La idea, el ejemplo, el símbolo de la perfección es algo maravilloso, ennoblecedor, pero, ¿existe la perfección? Por supuesto que existe el intento de imitar lo perfecto, el ejemplo perfecto. ¿Es perfección la imi­tación? ¿Existe la perfección o es ésta meramente una idea que el predicador le da al hombre para mantenerlo respetable? En la idea de perfección hay mucho bienestar y seguridad, y ella es siempre provechosa tanto para el sacerdote como para el que está tratando de llegar a ser perfecto. Un hábito mecánico re­petido una y otra y otra vez, puede eventualmente ser perfec­cionado; sólo el hábito puede perfeccionarse. Pensar, creer en la misma cosa una y otra vez sin ninguna desviación, se vuelve un hábito mecánico y tal vez sea ésta la clase de perfección que todos desean. Esto cultiva un perfecto muro de resistencia, el cual impedirá cualquier perturbación, cualquier incomodidad. Además, la perfección es una forma glorificada del triunfo, y la ambición es exaltada por la respetabilidad y los representantes y héroes del éxito. La perfección no existe, es una cosa fea salvo en una máquina. El intento de ser perfecto es, realmente, un intento de batir el récord, como en el golf; se santifica la com­petencia: competir con el prójimo y con Dios para alcanzar la perfección es lo que llaman fraternidad y amor. Pero cada in­tento de perfección sólo conduce a una confusión mayor y a más dolor, lo que únicamente da mayor ímpetu para tratar de ser más perfecto.

Es curioso, siempre queremos ser perfectos en algo o con relación a algo; esto provee los medios para la realización, y el placer de la realización es, desde luego, vanidad. Él en cualquiera de sus formas, es brutal y lleva al desastre. El deseo de perfección externa o interna niega el amor, y sin amor, haga uno lo que haga, siempre habrá frustración y dolor. El amor no es perfecto ni imperfecto; sólo cuando no hay amor surgen la perfección y la imperfección. El amor jamás se es­fuerza en pos de algo; no procura llegar a ser perfecto. El amor es la llama sin el humo; en el esfuerzo por ser perfecto sólo hay muchísimo humo; la perfección, pues, descansa únicamente en el esfuerzo que es mecánico, más y más perfecto por el há­bito, por la imitación, por la acción de engendrar más temor. Todos somos educados para competir, para alcanzar el éxito; entonces el fin se torna importantísimo y el amor por la cosa misma desaparece. Entonces el instrumento musical se usa no por amor al sonido sino por lo que el instrumento ha de producir: fama, dinero, prestigio, etc.

El ser es infinitamente más importante que el devenir. Ser no es lo opuesto de devenir; si es lo opuesto o está en oposición, entonces no es el ser. Cuando el devenir muere completamente, entonces existe el ser. Pero este ser no es estático; no es acepta­ción ni es mera negación; el devenir, el llegar a ser esto o aque­llo, implica tiempo y espacio. Todo esfuerzo debe cesar; sólo entonces existe el ser. El ser no está dentro del campo de la virtud y la moralidad social. Hace pedazos la fórmula social de la vida. Este ser es la vida, no el patrón de vida. Donde hay vida no existe la perfección; la perfección es una idea, una pa­labra; la vida, el ser, está más allá de toda fórmula del pensa­miento. Cuando la palabra, el ejemplo y el patrón son destrui­dos, ahí está el ser.

Durante horas y por relámpagos, esta bendición había es­tado ahí. Al despertar esta mañana muchas horas antes de la salida del sol, cuando había eclipse de luna, ahí estaba, con tanta fuerza y poder que el sueño no fue posible por un par de horas. Hay en ello una extraña pureza e inocencia.

27

El torrente, al que se incorporaban otros pequeños torrentes, serpenteaba ruidoso a través del valle, y el alboroto jamás era el mismo. Tenía sus propios estados de humor, pero éstos nunca eran desagradables. Jamás un mal humor. Los torrentes peque­ños poseían una nota más aguda, había en ellos más rocas y cantos rodados; tenían lugares profundos y tranquilos en la pe­numbra, y trechos superficiales donde danzaban las sombras; y por la noche adquirían un sonido por completo diferente, suave, dulce y vacilante. Descendían a través de diferentes valles desde fuentes distintas, una mucho más lejana que la otra; uno venía desde un glaciar y una sinuosa cascada, mientras que el otro debía proceder de una fuente demasiado lejana como para llegar hasta ella caminando. Ambos se unían al torrente más grande, el cual tenía un tono profundamente sereno, grave, más dilatado y vivido. Los tres estaban totalmente bordeados por filas de ár­boles y la línea curva de los árboles mostraba el lugar de donde provenían estos torrentes y hacia donde iban; eran los ocupan­tes de los valles y todos los demás eran extraños, incluso los ár­boles. Uno pudo observarlos por una hora y escucharlos en su interminable parloteo; estaban muy alegres y divertidos, aun el más grande, pese a tener que conservar cierta dignidad. Pertenecían a las montañas, venían desde alturas de vértigo cercanas al cielo y así eran de puros y nobles; no eran esnobs pero con­servaban su lugar y se mantenían más bien fríos y distantes. En la oscuridad de la noche, cuando pocos escuchaban, tenían su propio canto. Era un canto compuesto por muchos cantos.

Cruzando el puente, en lo alto del monte jaspeado por el sol, la meditación era una cosa por completo diferente. Era un silencio sin esfuerzo, sin deseo ninguno, sin búsqueda, sin re­querimiento alguno del cerebro; los pajarillos se alejaban gor­jeando, las ardillas se perseguían sobre los árboles, la brisa ju­gueteaba con las hojas y había silencio. El torrente pequeño, el que venía desde una gran distancia, estaba más alegre que nunca y, no obstante, había silencio, no afuera sino muy profun­damente en lo interno. Había una completa quietud en la tota­lidad de la mente, la cual no tenía límites. No era el silencio que existe dentro de un espacio cercado, en un área que está dentro de los límites del pensamiento y que entonces se reco­noce como silencio. No había fronteras ni medidas y, por lo tanto, el silencio no estaba contenido en la experiencia para ser reconocido y guardado. Podría no volver a ocurrir jamás, y de hacerlo seria por completo diferente. El silencio no puede repe­tirse a si mismo; sólo el cerebro por medio de la memoria y los recuerdos puede repetir lo que ha sido, pero lo que ha sido no es lo real. La meditación era esta ausencia total de una conciencia acumulada por el tiempo y el espacio. El pensamiento, núcleo esencial de la conciencia, no puede, haga lo que haga, producir este silencio; el cerebro con todas sus sutiles y complicadas acti­vidades debe aquietarse por su propia cuenta, sin la promesa de ninguna recompensa o seguridad. Sólo entonces puede ser sen­sible, vivo y silencioso. El cerebro que comprende sus propias actividades, las ocultas y las visibles, es parte de la meditación; constituye el fundamento de la meditación; sin eso la meditación es sólo autoengaño, autohipnosis, que carece en absoluto de sig­nificación. Tiene que haber silencio para que tenga lugar la explosión creadora.

La madurez no es cosa del tiempo ni de la edad. No hay intervalo entre ahora y la madurez; no existe un «mientras tanto». La madurez es ese estado en que cesa toda opción; es sólo el inmaduro el que escoge y conoce el conflicto de la opción. En la madurez no hay dirección, pero existe una direc­ción que no es la dirección que señalan las opciones. El con­flicto a cualquier nivel, a cualquier profundidad, indica inma­durez. No existe eso que llaman el ir madurando, excepto orgá­nicamente - la inevitabilidad mecánica de que ciertas cosas ma­duren. La comprensión, que consiste en superar el conflicto con todas sus complejas variedades, es madurez. Por muy com­pleja y sutil que sea, por dentro y por fuera, la profundidad del conflicto, puede ser comprendida. El conflicto, la frustración, la realización, son un solo movimiento interno y externo. La marea que se retira debe volver, y para ese movimiento mismo llamado marea, no hay fuera ni dentro. El conflicto tiene que ser com­prendido en todas sus formas, no intelectualmente sino de hecho, poniéndose uno realmente en contacto emocional con el conflicto. El contacto emocional, la conmoción, no es posible si el conflicto es aceptado como algo necesario desde el punto de vista intelectual, verbal, o si es negado sentimentalmente. La aceptación o la negación no alteran un hecho, ni la razón ha de producir el impacto necesario. Lo que lo hace es el acto de «ver» el hecho. El «ver» no existe si hay condena o justifica­ción o identificación con el hecho. El «ver» sólo es posible cuando el cerebro no participa activamente sino que observa, absteniéndose de clasificar, juzgar o evaluar. Tiene que haber conflicto cuando existe el impulso de realizarse, con todas sus inevitables frustraciones; hay conflicto cuando hay ambición con su sutil y despiadada competencia; la envidia es parte de este incesante conflicto por llegar a ser, por lograr, por triunfar.

No hay comprensión en el tiempo. La comprensión no llega mañana; jamás llegará mañana; la comprensión es ahora o nunca. Sólo existe el ahora. El «ver» es instantáneo; cuando eventual­mente se borra del cerebro el significado del «ver», del com­prender, entonces el ver es instantáneo. El «ver» es explosivo, no razonado, no calculado. El temor es el que a menudo impide «ver», comprender. El temor con sus defensas y su coraje, es el origen del conflicto. Ver no es sólo ver con el cerebro, sino también más allá de él. Ver el hecho produce su propia acción, que es por completo diferente de la acción que se basa en la idea, en el pensamiento; la acción que procede de una idea, de un pensamiento, engendra conflicto; la acción es en tal caso una aproximación, una comparación con la fórmula, con la idea, y eso es lo que produce el conflicto. No hay fin para el conflicto - grande o pequeño - dentro del campo del pensamiento. La esencia del conflicto es el estado de no-conflicto, el cual es madurez.

Al despertar muy temprano en la mañana, la extraña ben­dición era meditación, y la meditación era esa bendición. Estaba ahí con gran intensidad mientras uno paseaba por un apacible monte.

28

Había sido un día más bien caluroso y soleado, caluroso aun a esta altitud; la nieve de las montañas resplandecía en su blancura. Habían sido varios los días de sol y calor, y los to­rrentes estaban limpios y el cielo era de un azul pálido; no obstante, en esa montaña aun había intensidad con respecto al azul. Las flores al frente del camino lucían extraordinariamente brillantes y alegres, y había frescura en los prados; las sombras eran profundas y abundantes. Existe un pequeño sendero que cruza los prados ascendiendo por los quebrados cerros y per­diéndose más allá de las granjas; no había nadie en el sendero excepto una mujer anciana portando una lata con leche y un canastillo con hortalizas; ella debe haber estado subiendo y ba­jando por ese sendero toda su vida, ascendiendo los cerros a la carrera cuando era joven, y ahora, toda encorvada y decrépita, subía lentamente, penosamente, levantando apenas la vista del suelo. Ella morirá y las montañas habrán de continuar. Más en lo alto había dos cabras blancas, con esos ojos tan peculiares; habían subido para ser domesticadas, manteniéndose a segura distancia de la valla electrificada puesta para impedir que se extraviaran. Había una gatita blanquinegra que pertenecía a la misma granja que las cabras; quería jugar; más en lo alto aún, en un prado, había otro gato perfectamente quieto a la espera de cazar una rata de campo.

Allá arriba, a la sombra, todo era fresco, puro y bello, las montañas, los cerros y los valles. El suelo era pantanoso en ciertos lugares y crecían juncos, cortos y de color dorado, y entre el oro había flores blancas. Pero esto no era todo. Mientras su­bíamos y bajábamos, durante toda esa hora y media, estuvo ahí esa fuerza que es una bendición. Tiene la cualidad de una in­mensa e impenetrable solidez; no hay materia que pueda tener esa solidez. La materia es penetrable, puede ser quebrada, di­suelta, vaporizada; el pensamiento y el sentimiento poseen cierto peso; pueden ser medidos y también pueden ser cambiados, des­truidos sin que nada quede de ellos. Pero esta fuerza que nada podía penetrar ni disolver, no era la proyección del pensamiento y, ciertamente, no era materia. Esta fuerza no era una ilusión, no era la creación de un cerebro que secretamente busca poder, ni era la fuerza que provee el poder. Ningún cerebro podría formular una fuerza semejante con su extraña intensidad y so­lidez. Estaba ahí, y ningún pensamiento podía inventarla o disi­parla. Existe una intensidad que adviene cuando no hay ningún requerimiento psicológico. La comida, la ropa y el techo son ne­cesidades y no requerimientos psicológicos. El requerimiento psicológico es el oculto y vehemente deseo de algo, el cual con­tribuye al apego. El deseo por el sexo, por la bebida, por la fama, por el culto, con sus complejas causas; el deseo de autorrealización con sus ambiciones y frustraciones; el deseo de Dios, de inmortalidad. Todas estas formas del deseo inevitablemente engendran ese apego que conduce al infortunio, al temor y al dolor de la soledad. El deseo de expresarse uno a si mismo mediante la música, mediante el escribir, el pintar o por otros medios, lleva a una desesperada atadura a los medios. Un mú­sico que usa su instrumento para alcanzar la fama, para llegar a ser el mejor, cesa de ser un músico; él no ama la música sino los beneficios que da la música. Nos utilizamos los unos a los otros en función de nuestros requerimientos psicológicos, y a eso lo llamamos con bonitos nombres; de esto brotan la desesperación y el interminable infortunio. Utilizamos a Dios como un refugio, como una protección, igual que una medicina, y así la iglesia, el templo con sus sacerdotes se vuelven muy insignificantes, cuan­do no carentes de significado alguno. Lo usamos todo, las má­quinas, las técnicas, para nuestros requerimientos psicológicos, y no hay amor por la cosa misma.

El amor existe sólo cuando no existe el requerimiento psico­lógico, el deseo. La esencia del yo es este deseo y el cambio constante de los deseos, y la eterna búsqueda, de una atadura a otra, de un templo a otro templo, de un compromiso a otro. El comprometerse uno a sí mismo con una idea, con una fórmula, el pertenecer a algo, a alguna secta, a algún dogma, todo ello está impulsado por el deseo, es la esencia que toma la forma de las más altruistas actividades. Es un pretexto, una máscara. La libertad con respecto a los deseos, es madurez. Con esta libertad adviene la intensidad que no tiene causa ni es utilitaria.

29

Más allá de los pocos chalets diseminados y de las gran­jas, hay un sendero que atraviesa los prados y las alambradas de púas; antes de que descienda, se aprecia una espléndida vista de las montañas con sus nieves y glaciares, del valle y del peque­ño poblado con gran número de tiendas. Puede verse desde allí el origen de uno de los torrentes y los oscuros cerros cubiertos de pinares; las líneas de estos cerros contra el cielo del atar­decer eran magnificas y parecían expresar infinidad de cosas. Era una bella tarde; no se había visto ni una nube durante todo el día, y ahora la pureza del cielo y de las sombras era sobre­cogedora y era un deleite la luz del anochecer. El sol estaba des­cendiendo detrás de los cerros, y estos derramaban sus grandes sombras a través de otros cerros y prados. Al cruzar otro campo de hierba, el sendero bajaba algo empinadamente y se unía a un camino más grande y ancho que penetraba en los montes. En ese camino no había nadie, se hallaba desierto y en los montes había un gran silencio excepto por el torrente que pareció más ruidoso antes de apaciguarse para la noche. Había allí altos pinos y el aire estaba perfumado. Súbitamente, al dar el sen­dero una vuelta a través de un túnel de árboles, había un sector de césped y un pedazo recién cortado de madera de pino con el sol de la tarde sobre él. Era algo sobrecogedor en su inten­sidad y su júbilo. Uno lo vio y desaparecieron el tiempo y el espacio; sólo existía ese sector de luz y nada más. No era que uno se hubiera vuelto esa luz o que uno se identificara con esa luz; las agudas actividades del cerebro se habían detenido y todo el ser estaba ahí con esa luz. Los árboles, el sendero, el ruido del torrente habían desaparecido por completo, lo mismo que las quinientas y más yardas que separaban la luz del observador. El observador había cesado y la intensidad de ese trozo de sol crepuscular era la luz de todos los mundos. Esa luz era todo el cielo y esa luz era la mente.

La mayoría de las personas niega ciertas cosas fáciles y su­perficiales; otros van más lejos en su negación y están aquellos que niegan totalmente. Negar ciertas cosas es comparativa­mente fácil: la iglesia y sus dioses, la autoridad y el poder de quienes la tienen, el político y sus métodos, etc. Uno puede llegar bastante lejos en la negación de cosas que aparentemente carecen de importancia, las relaciones, los absurdos de la socie­dad, la concepción de la belleza que establecen los críticos y aquellos que dicen que saben. Uno puede descartar todo esto y quedarse solo, solo no en el sentido de aislamiento y frustración, sino solo porque uno ha visto el significado de todo esto y even­tualmente se ha apartado de ello sin ningún sentimiento de su­perioridad. Esas cosas se han terminado, están muertas y uno no vuelve a ellas. Pero ir hasta el mismo fin de la negación es un asunto completamente distinto; la esencia de la negación es la libertad en soledad. Pero son pocos los que llegan tan lejos y hacen pedazos todo refugio psicológico, toda fórmula, toda idea, todo símbolo, quedando incólumes, desnudos e inocentes.

Pero qué necesario es negar; negar sin procurar obtener algo, negar sin la amargura de la experiencia y la esperanza del co­nocimiento. Negar y quedarse solo, sin mañana, sin un futuro. La tormenta de la negación es la desnudez total. Es esencial que uno permanezca solo, sin estar comprometido con ningún curso de acción, con ninguna conducta en particular, con nin­guna experiencia, porque solamente esto libera a la conciencia de la esclavitud del tiempo. Así, toda forma de influencia es comprendida y negada, lo cual impide que el pensamiento trans­curra en el tiempo. La negación del tiempo es la esencia de la intemporalidad.

Negar el conocimiento, la experiencia, lo conocido, es invitar a lo desconocido. La negación es explosiva; no es un asunto de ideas, algo intelectual con lo que el cerebro pueda jugar. En el mismo acto de negar hay energía, la energía de la comprensión; y esta energía no es dócil, no puede ser domeñada por el temor o por la conveniencia. La negación es destructiva, no repara en las consecuencias; no es una reacción y, por tanto, no es el opuesto de la afirmación. Afirmar que algo existe o que no existe, es continuar en la reacción, y la reacción no es negación. La negación no escoge y, por consiguiente, no es el resultado del conflicto. La opción es conflicto, y el conflicto es inmadurez. Ver la verdad como verdad, lo falso como falso y la verdad en lo falso, es el acto de la negación. Es un acto y no una idea. La total negación del pensamiento, de la idea y la palabra trae libertad con respecto a lo conocido; con la total negación del sentimiento, de las emociones y sensaciones, hay amor. El amor está más allá y por encima del pensamiento y del sentimiento.

La total negación de lo conocido es la esencia de la libertad.

Al despertar temprano esta mañana, faltando aún muchas horas para el amanecer, la meditación estaba más allá de las respuestas del pensamiento; era una saeta que penetraba en lo desconocido y el pensamiento no podía seguirla. Y llegó el alba para alegrar el cielo, y tan pronto como el sol tocó las cumbres más altas, había esa inmensidad cuya pureza está más allá del sol y de las montañas.

30

Había sido un día despejado, caluroso, y la tierra y los ár­boles estaban reuniendo fuerzas para el próximo invierno; ya el otoño estaba tornando amarillas las pocas hojas que quedaban, un amarillo brillante contra el verde oscuro. Estaban cortando el rico pasto de los prados y los campos para alimentar a las vacas durante el largo invierno; todos trabajaban, los adultos y los niños. Era un trabajo serio y no había mucha charla ni risas. Las máquinas estaban reemplazando las guadañas, y sólo aquí y allá se veían guadañas cortando los pastos. Al lado del torrente hay un camino que atraviesa los campos; se estaba fresco ahí porque el ardiente sol ya se había ocultado detrás de los cerros. El camino iba hasta más allá de las granjas y de un aserradero; en los campos recientemente cortados había miles de plantas de azafrán, tan delicadas, con ese perfume que les es tan pecu­liar. Era una tarde clara y tranquila y las montañas se veían más cerca que nunca. El torrente estaba silencioso, no había demasiadas rocas y el agua se deslizaba rápidamente. Si uno quería mantenerse a su ritmo, tenía que correr. En el aire había un aroma a pasto recién cortado, en una tierra que era próspera y estaba contenta. Todas las granjas tenían electricidad y parecía haber ahí paz y abundancia.

Qué pocos son los que ven las montañas, o una nube. Miran, hacen alguna observación y siguen de largo. Las palabras, los gestos, las emociones impiden ver. Se le da un nombre a un árbol, a una flor, se les pone en categorías, y «eso es tal cosa o tal otra». Alguien ve un paisaje a través de un arco o desde una ventana y, si sucede que sea un artista o que esté familiarizado con el arte, dice casi inmediatamente que eso es como aquellas pinturas medievales o menciona el nombre de algún pintor mo­derno. O si se trata de un escritor, mira con el fin de describirlo; si es un músico, probablemente no ha visto jamás la curva de un cerro o las flores que tiene a sus pies, es un prisionero de su práctica diaria o la ambición lo tiene asido por el cuello. Si es un profesional de alguna clase, es probable que jamás vea nada. Porque para ver debe haber humildad, y la esencia de la humildad es la inocencia. Ahí está esa montaña iluminada por el sol de la tarde; verla por vez primera, verla, como si nunca se la hubiera visto antes, verla con inocencia, verla con ojos que han sido bañados por el vacío, con ojos no marcados por el conocimiento -entonces el ver es una experiencia extraordina­ria. La palabra experiencia es fea, va acompañada por la emo­ción, el conocimiento, el reconocimiento, la continuidad; este ver no es ninguna de estas cosas. Es algo totalmente nuevo. Para ver esta cualidad de lo nuevo tiene que haber humildad, esa humildad que nunca ha sido contaminada por el orgullo, por la vanidad. Con este hecho cierto, esa mañana existía este ver, que era como el ver la cumbre de la montaña, el sol del ocaso. Ahí estaba la totalidad del propio ser, el que no se ha­llaba en estado de necesidad, conflicto y opción; el ser estaba totalmente pasivo, con una pasividad activa. Existen dos clases de atención: una es activa y la otra carece de movimiento. Lo que estaba sucediendo era realmente nuevo, algo que jamás había sucedido antes. «Verlo» suceder era el milagro de la hu­mildad; el cerebro permanecía completamente quieto, sin nin­guna respuesta pese a que se hallaba despierto en su totalidad. «Ver» la cima de esa montaña tan espléndida al sol poniente, aunque uno la hubiera visto miles de veces, verla con ojos que no guardaban conocimiento, era ver el movimiento de lo nuevo. Esto no es tonto romanticismo ni sentimentalidad con sus crueldades y humores, ni emoción con sus olas de entusiasmo y de­presión. Es algo tan completamente nuevo, que en esta atención total sólo hay silencio. Lo nuevo existe desde este vacío.

La humildad no es una virtud; no es para ser cultivada, no está dentro de la moralidad de lo respetable. Los santos no la conocen, porque ellos son reconocidos por su santidad; el ado­rador no la conoce porque está pidiendo, buscando; tampoco la conoce el devoto, ni el seguidor, porque está persiguiendo algo. La acumulación niega la humildad -ya sea la acumulación de propiedades, de experiencias o de capacidades. El aprender no es un proceso aditivo; el conocimiento lo es. El conocimiento es mecánico; el aprender no lo es nunca. Puede haber más y más conocimiento, pero nunca existe el «más» en el aprender. El aprender cesa cuando hay comparación. El aprender es el ver instantáneo, el cual no está en el tiempo. Toda acumulación y todo conocimiento son mensurables. La humildad no es com­parable; no hay más o menos humildad; por lo tanto, ésta no puede cultivarse. La moralidad y la técnica pueden cultivarse, puede haber más o menos de ellas. La humildad no está dentro de la capacidad del cerebro, ni lo está el amor. La humildad es siempre la acción de la muerte.

Al despertar muy temprano esta mañana, horas antes del amanecer, estaba presente esa intensidad tan aguda, esa fuerza con su austeridad. En esta austeridad había bienaventuranza. Según el reloj eso «duró» cuarenta y cinco minutos con intensi­dad creciente. Dentro de ello estaban el torrente y la noche serena con sus brillantes estrellas.

31

La meditación sin una fórmula establecida, sin causa ni razón, sin una finalidad ni un propósito, es un fenómeno increíble. No es sólo una gran explosión que purifica, sino que también es muerte, muerte que no tiene un mañana. Su pereza es devastadora; no deja un solo rincón secreto donde el pensa­miento pueda esconderse entre sus propias sombras. Su pureza es vulnerable; no es una virtud engendrada mediante la resis­tencia. Es pura porque carece de resistencia, como el amor. En la meditación no hay mañana, ni hay argumentos con la muerte La muerte del ayer y del mañana no deja el mezquino presente del tiempo, y el tiempo es siempre mezquino; pero una destrucción así es lo nuevo. Esto es la meditación, no los tontos cálculos del cerebro en busca de seguridad. La meditación es la destrucción de la seguridad, y en la meditación hay gran be­lleza, no la belleza de las cosas que han sido producidas por el hombre o por la naturaleza, sino la belleza del silencio. Este silencio es el vacío en el cual todas las cosas fluyen y existen. Es lo incognoscible, y ni el intelecto ni el sentimiento pueden llegar a ello; no hay un sendero que conduzca a este silencio, y cualquier método para ello es la invención de un cerebro co­dicioso. Todos los sistemas y recursos del yo calculador deben ser completamente destruidos; todo avanzar o retroceder - el camino del tiempo - debe llegar a su fin, sin mañana. La me­ditación es destrucción, es un peligro para quienes desean llevar una vida superficial, una vida de mito y fantasía.

Las estrellas brillaban muy claras a hora tan temprana. El amanecer estaba muy lejos; había una quietud sorprendente y aun el tumultuoso torrente estaba tranquilo y los cerros en silen­cio. Toda una hora transcurrió en ese estado en que el cerebro no duerme sino que se halla despierto, sensible y solamente ob­serva; durante ese estado la totalidad de la mente puede ir más allá de sí misma, sin dirección alguna porque no existe un di­rector. La meditación es una tempestad que destruye y purifica. Después, el lejano amanecer llegó. La luz venia extendiéndose desde el Este, tan joven y pálida, tan tímida y apacible; vino desde más allá de aquellos cerros distantes y alcanzó las cumbres de las más elevadas montañas. En grupos o individualmente, los árboles permanecían inmóviles, el álamo temblón comenzó a despertar y el torrente voceaba su júbilo. Aquella blanca pared de una granja que daba frente al Oeste, se tornó muy blanca. Lentamente, apaciblemente, casi implorando con humildad, el amanecer llegó y colmó la tierra. Luego, los picos nevados co­menzaron a brillar tiñéndose de un rosado claro, y se iniciaron los tempranos ruidos de la mañana. Tres cornejas volaban cru­zando el cielo, silenciosas, en la misma dirección; desde lejos llegaba el sonido del cencerro de una vaca, pero aun había quie­tud. Entonces, mientras un automóvil iba ascendiendo por la colina, comenzó el día.

Sobre el sendero del monte cayó una hoja amarilla; para al­gunos de los árboles el otoño ya estaba allí. Era una única hoja, sin un solo defecto, sin una mancha, perfecta. Del color ama­rillo del otoño, era bella aun en su muerte, ninguna enfermedad la había alcanzado. Sin embargo, persistía aún la plenitud de la primavera y el verano, y todas las hojas de ese árbol estaban verdes todavía. Era la muerte en toda su gloria. La muerte estaba ahí, no en la hoja amarilla, sino realmente ahí; no la inevitable muerte tradicional, sino la muerte que está siempre ahí. No era una fantasía sino una realidad imposible de abarcar. Está siem­pre ahí, a la vuelta de cada curva de un camino, en cada casa, con cada dios. Ahí estaba en toda su fuerza y su belleza.

Nadie puede eludir a la muerte; uno puede olvidarla, puede racionalizarla o creer que va a reencarnar o resucitar. Puede uno hacer lo que quiera, acudir a un templo o a algún libro, y ella estará siempre ahí, en medio de la fiesta, en plena salud. Uno debe vivir con ella para conocerla, y no puede conocerla si le teme; el temor sólo la oscurece. Para conocerla, para vivir con ella, uno debe amarla. El conocimiento de la muerte no es el fin de la muerte. Es el fin del conocimiento pero no el de la muerte. Amarla es no estar familiarizado con ella; uno no puede familiarizarse con la destrucción. Uno no puede amar algo que no conoce, pero uno no conoce nada, ni siquiera a la esposa o al jefe, y mucho menos algo totalmente extraño. Pero no obs­tante, uno debe amarlo, lo extraño, lo desconocido. Uno ama solamente aquello de lo que está seguro, aquello que propor­ciona bienestar, seguridad. No ama lo incierto, lo desconocido; uno puede amar el peligro, puede dar su vida por otro o matar a otro por su país, pero esto no es amor; estas cosas tienen su propio beneficio y recompensa; la gente ama la ganancia y el éxito aunque en ello haya dolor. No hay beneficio alguno en conocer a la muerte pero, extrañamente, la muerte y el amor van siempre juntos; nunca se separan. Uno no puede amar sin la muerte; no puede abrazarse a alguien sin que la muerte esté ahí. Donde está el amor también está la muerte, son insepa­rables.

¿Pero sabemos qué es el amor? Conocemos la sensación, la emoción, el deseo, el sentimiento y el mecanismo del pensar, pero ninguna de estas cosas es amor. Amamos a nuestro cón­yuge, a nuestros hijos; odiamos la guerra pero practicamos la guerra. Nuestro amor conoce el odio, la envidia, la ambición, el miedo; el humo de estas cosas no es amor. Amamos el poder y el prestigio, pero el poder y el prestigio son malignos, corrup­tores. ¿Sabemos qué es el amor? No saberlo nunca es el prodigio de ello, la belleza de ello. Nunca saberlo, lo cual no significa permanecer en la duda, ni significa desesperación; ello es la muerte del ayer y, por tanto, la completa incertidumbre del ma­ñana. El amor no tiene continuidad, ni la tiene la muerte. Sólo la memoria y la pintura en el marco tienen continuidad, pero estas cosas son mecánicas (y aun las máquinas se desgastan) y ceden el lugar a otras, a nuevas pinturas, a nuevos recuerdos. Lo que tiene continuidad está siempre deteriorándose, y lo que se deteriora no es muerte. Amor y muerte son inseparables, y donde están el amor y la muerte siempre está la destrucción.

Septiembre 1

La nieve de las montañas se estaba derritiendo rápidamente porque habían transcurrido muchos días de ardiente sol y ciclo despejado; el torrente se había puesto turbio con el barro, tenía mayor caudal de agua y estaba más impetuoso y turbu­lento. Cruzando el puente de madera y dirigiendo la mirada hacia lo alto del torrente, allí estaba la montaña, de una sor­prendente delicadeza, distante, atractiva; su nieve resplandecía al sol del crepúsculo. Era bello estar atra­pado entre los árboles de ambos lados del torrente y las veloces aguas, era algo sobrecogedoramente inmenso deslizarse por el cielo, suspendido en el aire. No sólo la montaña era bella, sino la luz del atardecer, los cerros, los prados, los árboles y el to­rrente. De pronto, toda la tierra con sus sombras y su paz se tornó intensa, extraordinariamente viva y absorbente. Ello se abrió camino a través del cerebro como una llama que quemara la insensibilidad del pensamiento. El cielo, la tierra y el obser­vador, todos habían sido alcanzados por esta intensidad y sola­mente existía la llama y nada más. Durante ese paseo al lado del torrente, caminando por un sendero que serpenteaba con suavidad a través de numerosos campos verdes, la meditación no tenía lugar porque hubiera silencio o porque la belleza de la tarde absorbiera todo pensamiento; ella continuaba pese a al­gunas conversaciones. Nada podía interferirla; la meditación proseguía, no inconscientemente en algunos lugares recónditos del cerebro y de la memoria, sino que estaba ahí, era un hecho, como la luz del atardecer entre los árboles. La meditación no es una búsqueda con un propósito, lo cual engendra distracción y conflicto; no es el descubrimiento de un juguete que ha de absorber todo pensamiento, tal como un niño está absorto en su juguete; no es la repetición de una palabra con el fin de aquietar la mente. La meditación comienza con el conocerse a si mismo y va más allá del conocer. Durante el paseo, ella continuaba, moviéndose en las profundidades con un movimiento que no tenía dirección. Proseguía más allá del pensamiento consciente u oculto, y había un ver que estaba fuera del alcance del pensamiento.

La mirada va más allá de la montaña; esa mirada abarca las casas cercanas, los prados, los bien delineados cerros y las mon­tañas mismas; cuando uno maneja un automóvil mira bien al frente, trescientas yardas de distancia o más; ese mirar incluye los caminos laterales, aquel auto que está detenido a un costado, el muchacho que cruza la carretera y el camión que viene hacia uno; pero si uno vigilara meramente el auto que va delante, tendría un accidente. La mirada distante incluye lo cercano, pero el mirar lo que está cerca no incluye lo distante. Nuestra vida se consume en lo inmediato, lo superficial. La vida en su totalidad presta atención al fragmento, pero el fragmento jamás puede comprender la totalidad. Sin embargo, esto es lo que siempre intentamos hacer: aferrarnos a lo pequeño y, no obs­tante, tratar de asir lo total. Lo conocido es siempre lo pequeño, el fragmento, y con lo pequeño buscamos lo desconocido. Nun­ca soltamos lo pequeño; de lo pequeño estamos seguros, en ello encontramos seguridad, al menos eso es lo que pensamos. Pero, de hecho, jamás podemos estar seguros con respecto a nada salvo, probablemente, en cosas superficiales y mecánicas, y aun éstas fallan. Podemos confiar, más o menos, en cosas exteriores como los trenes en cuanto a su funcionamiento, y estar seguros de ellos. Psicológicamente, internamente, por mucho que poda­mos anhelarlo, no hay certidumbre, no hay permanencia; ni en nuestras relaciones, ni en nuestras creencias, ni en los dioses de nuestro cerebro. El intenso anhelo de certidumbre, de alguna clase de permanencia, y el hecho de que no hay permanencia de ninguna clase, es la esencia del conflicto entre la ilusión y la realidad. Es inmensamente más significativo comprender el poder de crear ilusión, que comprender la realidad. El poder de engendrar ilusión debe cesar completamente, no con el fin de conquistar la realidad; no se puede negociar con el hecho. La realidad no es un premio; lo falso debe desaparecer, no para lograr lo verdadero sino porque es falso.

La renunciación tampoco existe.

2

La tarde era hermosa en el valle, al lado del torrente, con los verdes prados tan ricos en pastura, las limpias granjas y las arrobadoras nubes plenas de color y claridad. Una de ellas estaba suspendida sobre la montaña, con tan vivida brillantez que parecía ser la favorita del sol. El valle estaba fresco, agradable y rebosante de vida. En torno de él todo era quietud y paz. Se veía ahí moderna maquinaria agrícola, pero ellos usaban todavía la guadaña, y la presión y brutalidad de la civilización no los había alcanzado. Los pesados cables eléctricos corrían sobre postes a lo largo de todo el valle y también parecían for­mar parte de este mundo tan sencillo y natural. Mientras cami­nábamos a través de los campos por el estrecho sendero de hierba, las montañas con su nieve y su color parecían tan cerca­nas, tan delicadas, tan completamente irreales. Las cabras ba­laban para ser ordeñadas. De modo absolutamente inesperado toda esta pródiga belleza, el color, los cerros, la rica tierra, este intenso valle, todo ello estaba dentro de uno. No es en realidad que estuviera en el interior de uno, sino que el propio corazón y el cerebro se hallaban tan completamente abiertos sin la barrera del tiempo y el espacio, tan vacías de todo pensamiento y sentimiento, que sólo existía esta belleza sin forma ni sonido. Es­taba ahí y toda otra cosa había cesado de existir. La inmensidad de este amor, con la belleza y la muerte, llenaba el valle entero y la totalidad del propio ser que era ese valle. Era un anochecer extraordinario.

No existe la renunciación. Aquello que se abandona está siempre ahí, y el renunciar, el abandonar, el sacrificar no existen donde hay comprensión. La comprensión es la esencia misma del no-conflicto; la renunciación es conflicto. Abandonar algo re­nunciando a ello es la acción de la voluntad, la cual nace de la opción y el conflicto. La renuncia es un canje, y en el canjear no hay libertad sino solamente más confusión y desdicha.

[4] El amigo que estuvo con él en Gstaad. volver
[5] La primera de las nueve platicas ofrecidas en Sannen, el pueblo cercano a Gstaad. volver
[6] La cuarta plática en Sannen. volver
[7] La plática tuvo lugar el día anterior. volver
[8] Esta fue la séptima plática. Versó principalmente sobre el tema de la meditación. volver
[9] Presumiblemente, él había estado, caminando con algunos amigos. volver
[10] Aquí comienza el «libro de notas» mas extenso, registrando el año por primera vez. volver
[11] Esta fue la última plática. Estuvo dedicada principalmente a la mente religiosa. volver
[12] El proceso no vuelve a mencionarse, aunque es presumible que continuó. volver

Libro de Notas

Gstaad, Suiza. Julio 13 a Septiembre 3, 1961

Jiddu Krishnamurti, diario Libro de Notas. Krishnamurti's Notebook, 1961...1962. Jiddu Krishnamurti en español.

suntzuart

the 48 laws of power