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Libro de Notas

Paris. Septiembre 4 a Septiembre 25, 1961

Bajar desde los valles y las altas montañas y penetrar en una grande, ruidosa y sucia ciudad, afecta el cuerpo [13]. Era un hermoso día cuando salimos cruzando por valles profundos, montes y cascadas, hacia un lago azul y anchas carreteras. Fue un cambio violento pasar del lugar aislado, pacifico, a una ciudad estrepitosa de día y de noche, a un aire caliente y pegajoso. Por la tarde, mientras uno miraba quietamente sentado los altos de las casas, observando la forma de los tejados y sus chimeneas, muy inesperadamente esa bendición, esa fuerza, la cualidad de «lo otro» advino con suave resplandor; llenó la habitación y permaneció en ella. Está aquí mientras esto se escribe.

5

Vistos desde la ventana de un octavo piso, los árboles a lo largo de la avenida se estaban tornando amarillos, bermejos y rojos en medio de una larga hilera de vivo verde. Desde esta altura las copas de los árboles brillaban en su colorido y el estruendo del tráfico ascendía suavizándose un poco al pasar a través de ellas. Sólo existe el color y no diferentes colores; sólo existe el amor y no diferentes expresiones del amor; las dife­rentes categorías del amor no son el amor. Cuando el amor se divide al fragmentarse como divino y carnal, deja de ser amor. Los celos son el humo que ahoga el fuego, y la pasión se torna en algo estúpido cuando no hay austeridad, y la austeridad no existe si no hay abnegación, la cual es humildad dentro de una absoluta sencillez. Al mirar hacia abajo esa masa de color con los diferentes colores, sólo hay pureza, por mucho que ésta pueda fragmentarse; pero la impureza, por más que pueda modi­ficarse, taparse, resistir, siempre seguirá siendo impura, como la violencia. La pureza no se halla en conflicto con la impureza. La impureza nunca puede llegar a ser pura, más de lo que la violencia puede llegar a ser no-violencia. La violencia simplemente tiene que cesar.

Hay dos palomas que han hecho su nido bajo el tejado de pizarra al otro lado del patio. La hembra entra primero y des­pués, lentamente, con gran dignidad el macho la sigue, y du­rante toda la noche permanecen allí; esta mañana salieron tem­prano, primero el macho y después la hembra. Extendieron las alas, compusieron sus plumas y se tendieron aplastándose contra el frío tejado. Pronto, como desde ninguna parte, llegaron otras palomas, una docena de ellas; se posaron alrededor de estas limpiándose las plumas, arrullándose, empujándose las unas a las otras de un modo amistoso. Después, súbitamente, todas se fueron volando excepto las primeras dos. El cielo estaba car­gado de densas nubes, pero lleno de luz en el horizonte donde había una larga veta de cielo azul.

La meditación no tiene comienzo ni tiene fin; en ella no hay logro ni fracaso, no hay acumulación ni renunciamiento; es un movimiento que carece de finalidad y, por tanto, está más allá y por encima del tiempo y del espacio. Experimentar la medita­ción es negarla, porque el experimentador está atado al tiempo y al espacio, a la memoria y al reconocimiento. La base funda­mental de la verdadera meditación es ese estado pasivo de lúcida percepción que consiste en la libertad total con respecto a la autoridad y la ambición, la envidia y el temor. La meditación no tiene sentido ni significación alguna sin esta libertad, sin el co­nocimiento de uno mismo; en tanto haya opción, no habrá co­nocimiento de si mismo. La opción implica conflicto, el cual impide la comprensión de lo que es. Perderse en alguna fanta­sía, en ciertas creencias románticas, no es meditación; el cerebro debe despojarse de todo mito, de toda ilusión y seguridad, y enfrentarse a la realidad de que todas esas cosas son falsas. En­tonces no hay distracción, todo está dentro del movimiento de la meditación. La flor es la forma, el perfume, el color y la belleza que constituye la totalidad de la flor. Si uno la rompe en pedazos, de hecho o verbalmente, entonces no hay flor, sólo un recuerdo de lo que ha sido, el cual nunca es la flor. La me­ditación es toda la flor en su belleza, marchitándose y viviendo.

6

Temprano en la mañana, el sol apenas comenzaba a mos­trarse entre las nubes, y el cotidiano estrépito del tránsito no había empezado todavía; estaba lloviendo y el cielo era de un gris oscuro. En la pequeña terraza disminuía el golpeteo de la lluvia y soplaba una fresca brisa. Estando uno ahí a cubierto, mientras observaba una franja del río y las hojas otoñales, ad­vino «lo otro», llegó como un relámpago y permaneció por un rato para volver a irse. Es extraño lo muy intenso y real que ello ha llegado a ser. Era tan real como esos altos tejados con centenares de chimeneas. Hay en ello una singular fuerza im­pulsora; es fuerte a causa de su pureza, tiene la fuerza de la inocencia que nada puede corromper. Y eso era una bendición.

Para el descubrimiento, el conocimiento es destructivo. El conocimiento siempre está en el tiempo, en el pasado; nunca puede traer libertad. Pero el conocimiento es necesario para actuar, para pensar, y sin la acción la existencia no es posible. Pero por sabia que sea la acción, por noble y virtuosa, no abrirá las puertas a la verdad. No hay sendero hacia la verdad; ella no puede ser comprada mediante ninguna acción ni por ninguna sutileza del pensamiento. La virtud es solamente orden en un mundo desordenado, y debe haber virtud, la cual es un movimiento de no-conflicto. Pero nada de esto abrirá la puerta a esa inmensidad. La totalidad de la conciencia debe vaciarse de todo su conocimiento, de sus actividades y su virtud; no vaciarse a si misma con un propósito, para ganar, para realizar, para llegar a ser. Ella debe permanecer vacía aunque esté funcionando en el cotidiano mundo del pensamiento y la acción. Es desde este vacío que deben surgir el pensamiento y la acción. Pero este vacío no abrirá la puerta. No debe haber puerta ni intento al­guno de llegar. No debe haber un centro en este vacío, porque este vacío no tiene medida; es el centro el que mide, pesa, calcula. Este vacío está fuera del tiempo y del espacio; está más allá del pensamiento y el sentimiento. Adviene tan silenciosa­mente, tan recatadamente como el amor; no tiene principio ni fin. Está ahí, inmutable e inmensurable.

7

Qué importante es para el cuerpo estar por un largo tiempo en un solo lugar; este constante viajar, cambiar de clima, de casas, afecta al cuerpo; éste debe adaptarse, y durante el periodo de adaptación nada muy «serio» puede ocurrir. Y entonces uno debe partir otra vez. Todo esto significa una prueba para el cuerpo. Pero esta mañana, al despertar temprano antes de que el sol se hubiera levantado, cuando ya amanecía, y a pesar del cuerpo, la fuerza estaba ahí con su intensidad. Es curioso el modo en que el cuerpo reacciona a ella; éste nunca ha sido perezoso, si bien a menudo se fatiga; pero esta mañana, aunque el aire era frío, el cuerpo se tornó, o más bien quiso estar, activo. Es sólo cuando el cerebro se halla quieto, no dormido o pesado sino sensible y alerta, que «lo otro» puede presentarse. Ello fue algo enteramente inesperado esta mañana, porque el cuerpo está adaptándose todavía al nuevo ambiente.

El sol apareció en un cielo claro; uno no podía verlo porque se interponían muchas chimeneas, pero su resplandor llenó el firmamento; y las flores sobre la pequeña terraza parecieron cobrar vida y su color se tornó más brillante e intenso. Era una bella mañana llena de luz y el cielo se tornó de un azul mara­villoso. La meditación incluía ese azul y esas flores; formaban parte de la meditación, se movían a través de ella; no eran una distracción. No hay distracción realmente, porque la meditación no es concentración; esta última excluye, interrumpe, resiste y, por lo tanto, implica conflicto. Una mente meditativa puede concentrarse, lo que entonces no es una exclusión, una resisten­cia; pero una mente concentrada no puede meditar. Es curioso lo altamente importante que se vuelve la meditación; para ella no hay un fin ni hay un comienzo. Es como una gota de lluvia; en la gota están todos los arroyos, los grandes ríos, los mares y las cascadas; esa gota alimenta a la tierra y al hombre; sin ella la tierra seria un desierto. Sin la meditación, el corazón se vuelve un desierto, una tierra desolada. La meditación tiene su propio movimiento; uno no puede dirigirla, moldearla o for­zarla; si lo hace, ello deja de ser meditación. Este movimiento cesa si uno es meramente un observador, si uno es el experi­mentador. La meditación es el movimiento que destruye al observador, al experimentador; es un movimiento que está más allá de todo símbolo, pensamiento y sentimiento. Su rapidez no puede medirse.

Pero las nubes cubriendo el cielo y tenía lugar una batalla entre ellas y el viento, y el viento estaba triunfando. Había una gran extensión de azul, muy azul, y las nubes aun extraordinarias, llenas de luz y oscuridad, y esas del Norte parecían haber olvidado el tiempo pero el espacio les pertenecía. En el parque [el Campo de Marte] el suelo estaba cubierto por las hojas del otoño, que también llenaban el pavimento. Era una mañana clara, fresca, y las flores lucían espléndidas en sus colores estivales. Más allá de la inmensa, alta y abierta torre [la Torre Eiffel] -la principal atracción - pasaba una procesión funeraria, el féretro y el coche fúnebre recubierto con flores y seguido por muchos automóviles. Aun en la muerte querernos ser importantes, no hay fin para nuestra presunción y vanidad. Todos quieren ser alguien o estar relacionados con alguno que sea «alguien». Desean el poder y el éxito, grande o pequeño, y quieren ser reconocidos. Sin el reconocimiento, carecen de sig­nificación; desean ser reconocidos por los muchos o por aquel que domina. El poder es siempre respetado y, por lo tanto, se lo convierte en respetable. El poder es siempre maligno, ya sea manejado por el político, por el santo, o por la esposa sobre el marido. Por muy maligno que sea, todos lo anhelan con vehe­mencia, y aquellos que lo poseen desean tener más. Ese coche fúnebre con esas alegres flores al sol parece tan lejano; y ni siquiera la muerte pone fin al poder, porque éste continúa en otro. Es la antorcha del mal que continúa de generación en ge­neración. Pocos pueden rechazarla amplia y libremente, sin mirar hacia atrás; ellos no tienen recompensa. La recompensa es el éxito, la aureola del reconocimiento. Cuando no se es recono­cido, cuando el fracaso ha sido olvidado hace mucho tiempo, cuando ha cesado todo esfuerzo y conflicto y uno es nadie, en­tonces adviene una bendición que no es de la iglesia ni de los dioses del hombre. Los niños jugaban y daban voces cuando el coche fúnebre pasó junto a ellos y ni siquiera lo miraron, ab­sortos en su juego y en sus risas.

8

Las estrellas aún pueden verse en esta bien iluminada ciudad, y hay otros sonidos fuera del estrépito del tráfico - el arrullo de las palomas y el piar de los gorriones; hay otros olores además de los gases de monóxido: el olor de las hojas del otoño y el perfume de las flores. Esta mañana temprano había unas pocas estrellas en el cielo y nubes blanquecinas, y con ellas advino ese intenso penetrar en la profundidad de lo desconocido. El cerebro estaba quieto, tan quieto que podía oír el más tenue ruido, y estando quieto - y por tanto incapaz de interferir - había un movimiento que comenzaba en ninguna parte y continuaba, a través del cerebro, penetrando en desconocidas profundidades donde las palabras pierden su significado. Pasaba rápidamente por el cerebro y proseguía más allá del tiempo y del espacio. Uno no está describiendo una fantasía, un sueño, una ilusión, sino un hecho real que tenia lugar, pero lo que tenía lugar no es la palabra ni la descripción. Había una energía abrasadora, una vitalidad explosiva e instantánea, y con ella advino este penetrante movimiento. Era como un viento tremendo, acopiando potencia y furia a medida que pasaba embistiendo, destruyendo, purificando, dejando un inmenso vacío. Había una completa y lúcida percepción de la cosa total, y una gran fuerza y belleza; no la fuerza y la belleza que son fabricadas, sino las de algo que era completamente puro e incorruptible. Ello duró, por el reloj, diez minutos, pero fue algo incalculable.

El sol surgió en medio de una gloria de nubes fantásticamente vivas y profundas en su color. El estrépito de la ciudad aún no había comenzado y las palomas y gorriones estaban fuera. Qué curiosamente superficial es el cerebro. Por sutil y profundo que sea el pensamiento, nace no obstante de la superficialidad. El pensamiento está atado al tiempo y el tiempo es mezquino; esta mezquindad es la que pervierte el «ver». El ver es siempre instantáneo, como el comprender, y el cerebro, que es un producto del tiempo, impide el ver y lo pervierte. Tiempo y pensamiento son inseparables; si se pone fin a uno se le pone fin al otro. El pensamiento no puede ser destruido por la voluntad, porque la voluntad es pensamiento en acción. El pensamiento es una cosa y el centro desde el cual proviene el pensamiento, es otra. El pensamiento es la palabra y la palabra es la acumulación de la memoria, de la experiencia. Sin la palabra, ¿existe el pensa­miento? Hay un movimiento que no es la palabra y que no per­tenece al pensamiento; puede ser descrito por el pensamiento pero no es el pensamiento. Este movimiento adviene mando el cerebro está quieto pero activo, y el pensamiento jamás puede buscarlo y encontrarlo.

El pensamiento es memoria, y la memoria es una acumulación de respuestas; por lo tanto, el pensamiento está siempre condicionado por mucho que pueda imaginar que es libre. El pensar es mecánico, está amarrado al centro de su propio cono­cimiento. La distancia que abarca el pensar depende del conocimiento, y el conocimiento es siempre el residuo del ayer, del movimiento que ya no existe. El pensamiento puede proyectarse hacia el futuro pero está sujeto al pasado. El pensamiento cons­truye su propia cárcel y vive en ella, tanto si está en el futuro como en el pasado, sea una cárcel dorada o una cárcel ordinaria. El pensamiento jamás puede estar quieto, porque su misma na­turaleza es la inquietud, siempre embistiendo, siempre aislán­dose. La maquinaria del pensar está en permanente movimiento, ruidosa o silenciosamente, en la superficie o en lo recóndito. No puede acabar consigo misma. El pensamiento puede refi­narse, puede controlar sus divagaciones; puede escoger su pro­pia dirección y adaptarse al medio.

El pensamiento no puede ir más allá de sí mismo; puede funcionar en campos estrechos o amplios pero siempre estará dentro de las limitaciones de la memoria, y la memoria es siempre limitada. La memoria debe morir psicológicamente, interna­mente, y funcionar tan sólo en lo externo. Internamente debe haber muerte y externamente sensibilidad a cada reto y respuesta. Cuando el pensamiento se ocupa de lo interno, impide la acción.

9

Tener un día tan bello en la ciudad parece un verdadero desperdicio; no hay una nube en el cielo, el sol es cálido y las palomas se calientan sobre el tejado, pero el estrépito de la ciudad continúa despiadado. Los árboles sienten el aire del otoño y sus hojas están cambiando lenta y lánguidamente, sin que nadie les preste atención. Las calles están atestadas de personas que siempre miran las tiendas, muy pocas el cielo; se ven cuando pasan el uno al lado del otro, pero están demasiado ocupados consigo mismos, con el modo en que lucen, con la impresión que causan; la envidia y el temor están siempre ahí pese a sus afeites, a su refinada apariencia. Los trabajadores se hallan de­masiado cansados, abatidos y descontentos. Y los árboles agru­pados contra la pared de un museo parecen tan absolutamente suficientes por sí mismos; el río contenido por la piedra y el cemento se ve tan por completo indiferente. Hay profusión de palomas, contoneándose con esa dignidad que les es característica. Y así transcurre un día en la calle, en la oficina. Es un mundo de monotonía y desesperación, con risa que muy pronto desaparece. En el anochecer, los monumentos y las calles se iluminan, pero hay en todo ello una futilidad inmensa y un dolor insoportable.

Una hoja amarilla acaba de caer sobre el pavimento; todavía está llena del verano y aun en la muerte sigue siendo muy bella; ni una sola parte de esa hoja está marchita, tiene todavía la forma y la gracia primaverales, pero está amarilla y habrá de secarse al anochecer. Temprano en la mañana, cuando el sol recién se asomaba en un cielo claro, hubo un relámpago de «lo otro» con su bendición, y la belleza de ello persiste. No es que el pensamiento lo haya capturado y lo retenga, sino que ello ha dejado su huella en la conciencia. El pensamiento es siempre fragmentario y lo que retiene como recuerdo es siempre parcial. El pensamiento no puede observar la totalidad; la parte no puede ver el todo, y la huella de la bendición no es verbal, no puede comunicarse mediante palabras, ni mediante símbolo alguno. El pensamiento fracasará siempre en su tentativa de descubrir, de experimentar aquello que está fuera del tiempo y del espacio. El cerebro, la maquinaria del pensamiento puede aquietarse; el cerebro muy activo puede estar quieto; su maquinaria puede fun­cionar muy lentamente. La quietud del cerebro es esencial, aunque éste debe hallarse intensamente sensible; sólo entonces puede haber inocencia, frescura, una cualidad nueva del pensa­miento. Es esta cualidad la que pone fin al dolor y a la deses­peración.

10

Es una mañana sin una sola nube; el sol parece haber des­terrado todas las nubes de la escena. Hay paz excepto por el rugir del tráfico, que prosigue aun en domingo. Las palomas se calientan sobre los tejados de zinc y son casi del mismo color que éstos. No corre un soplo de aire, aunque se está agrada­blemente fresco.

Hay una paz que está más allá del pensamiento y el senti­miento. No es la paz del sacerdote, ni la del político, ni la de aquel que la busca. La paz no es para ser buscada. Lo que se busca ya debe ser conocido y lo que se conoce nunca es lo real. La paz no es para el creyente o para el filósofo que se especializa en teorías. No es una reacción, una respuesta contraria a la vio­lencia. No tiene opuesto, todos los opuestos deben cesar, debe cesar el conflicto de la dualidad. La dualidad existe, luz y os­curidad, hombre y mujer, etc., pero de ningún modo es nece­sario el conflicto entre los opuestos. El conflicto entre los opues­tos surge únicamente cuando hay deseo, el compulsivo apremio por realizar, el deseo sexual, la exigencia psicológica de segu­ridad. Sólo entonces hay conflicto entre los opuestos; escapar de los opuestos - apego y desapego - es buscar la paz mediante la iglesia o la ley. La ley puede dar y, de hecho, da un orden superficial; la paz que ofrecen la iglesia y el tiempo es una fan­tasía, un mito hacia el cual puede escapar una mente que está confusa. Pero esto no es paz. El símbolo, la palabra deben ser destruidos, no destruidos con el fin de tener paz, sino que deben ser hechos pedazos porque son un impedimento para la comprensión. La paz no es algo que esté en venta, un artículo de canje. El conflicto en todas sus formas debe cesar, y enton­ces tal vez eso esté ahí. Tiene que haber negación total, el cese de las urgencias internas, de los deseos; sólo entonces el con­flicto llega realmente a su fin. En ese vacío hay un nacer. Toda la estructura interna de resistencia y seguridad debe desvane­cerse y desaparecer; únicamente entonces adviene el vacío. Sólo en este vacío hay paz, una paz cuya virtud no tiene precio ni significa una ganancia.

Temprano en la mañana estaba ahí, llegó con el sol en un cielo claro y opaco; era algo maravilloso pleno de belleza, una bendición que nada pedía, ni sacrificio, ni discípulos, ni virtud, ni rezos secretos. Estaba ahí en plenitud y sólo una mente y un corazón plenos podían recibirla. Estaba más allá de toda medida.

11

El parque estaba atestado de gente por todas partes, niños, nurses, razas diferentes; todos hablando, gritando, jugando, y funcionaban las fontanas. El director de jardines debe tener muy buen gusto; había flores en abundancia con infinidad de colo­res, todos combinados entre si. Se vivía un aire de espectáculo y alegre festividad. Era una tarde agradable y todo el mundo parecía estar afuera luciendo sus mejores ropas. Atravesando el parque y después de cruzar una vía pública, había una calle tranquila con árboles y casas antiguas bien conservadas; el sol estaba poniéndose, incendiando las nubes y el río. El día si­guiente prometía ser otra vez un hermoso día, y esta mañana el temprano sol atrapó unas pocas nubes coloreándolas de un vivo rosa y carmín. Era una buena hora para permanecer quieto, para meditar. El letargo y la quietud no marchan juntos; para estar quieto debe haber intensidad y meditación; ello no es, entonces, un vagar a la ventura sino algo activo y potente. La meditación no consiste en perseguir un pensamiento o una idea, sino que es la esencia de todo pensamiento, lo que significa estar más allá de todo pensamiento y sentimiento. Entonces la medi­tación es un movimiento dentro de lo desconocido.

La inteligencia no es la mera capacidad de concebir, recordar y comunicar; es más que eso. Uno puede estar muy informado y ser hábil en un nivel de existencia y completamente torpe en otros niveles. En cuanto a eso, el conocimiento por muy pro­fundo y amplio que pueda ser, no indica necesariamente inteli­gencia. La capacidad no es inteligencia. La inteligencia es una sensible y lúcida percepción de la totalidad de la vida; la vida con sus problemas, contradicciones, desdichas, alegrías. Darse cuenta de todo esto sin preferencia alguna y sin ser atrapado por ninguno de sus eventos sino fluir con la totalidad de la vida, es inteligencia. Esta inteligencia no es el resultado de influencia alguna ni del medio circundante; no es la prisionera de ninguna de estas cosas y, por lo tanto, puede comprenderlas y así estar libre de ellas. La conciencia es limitada, tanto la evidente como la oculta, y su actividad, por alerta que sea, está confinada dentro de los límites del tiempo; la inteligencia no lo está. La per­cepción alerta y sensible, sin opciones, de la totalidad de la vida, es inteligencia. Esta inteligencia no puede ser usada para obtener ganancia o provecho de ninguna especie, sea en lo individual o en lo colectivo. Esta inteligencia es destrucción y, por tanto, la forma no significa nada y la reforma es una re­gresión. Sin destrucción, todo cambio es una continuidad modi­ficada. La destrucción psicológica de todo lo que ha sido, no el mero cambio exterior, eso es esencialmente inteligencia. Sin esta inteligencia toda acción conduce a la confusión y a la desdicha. El dolor es la negación de esta inteligencia.

La ignorancia no es la falta de conocimiento sino la falta del conocimiento de sí mismo; sin el conocimiento de sí mismo no hay inteligencia. El conocimiento de sí mismo no puede acu­mularse como conocimiento; el aprender es de instante en ins­tante. No es un proceso aditivo; en el proceso de acumular, de sumar, se forma un centro, el centro del conocimiento, de la experiencia. En este proceso, positivo o negativo, no existe el comprender, porque en tanto haya una intención de acumular o de resistir, el movimiento del pensar y del sentir no pueden comprenderse, no hay conocimiento de sí mismo. Sin el cono­cimiento de sí mismo no hay inteligencia. Ese conocimiento es presente activo, no es un juicio; todo juicio acerca de uno mismo implica una acumulación, una evaluación a partir de un centro de experiencia y conocimiento. Es este pasado el que impide la comprensión del presente activo. En la acción de conocerse uno a sí mismo, hay inteligencia.

12

Una ciudad no es un lugar agradable, por bella que sea la ciudad, y ésta lo es. El limpio río, los espacios abiertos, las flo­res, el ruido, el polvo y la sorprendente torre, las palomas y la gente, todo esto y el cielo tienden a que una ciudad sea agra­dable, pero no es como los campos, los bosques y el aire puro; el campo es siempre bello, tan lejos de todo el humo y el rugir del tráfico, tan lejos; allá está la tierra en toda su plenitud, en toda su riqueza. Caminando a lo largo del río, con el incesante estruendo del tráfico, el río parecía contener en sí toda la tierra; aunque retenido por la tierra y el cemento, era en su vastedad todos los ríos, desde las montañas hasta los llanos. Se tornó de color del crepúsculo, con todos los colores que el ojo haya visto jamás, tan espléndidos y tan efímeros. La brisa del anochecer jugaba con todo, y cada hoja era alcanzada por el otoño. El cielo estaba muy cercano abrazando la tierra y había una paz increíble. La noche llegó lentamente.

Al despertar temprano esta mañana, cuando el sol sé en­contraba aun bajo el horizonte y el amanecer había comenzado, la meditación se rindió a «lo otro», a «aquello» cuya bendición es luz y es poder. Estuvo ahí la noche pasada cuando uno se acostó, tan inesperadamente, con tanta claridad. Por algunos días había estado ausente, mientras el cuerpo se adaptaba a las cos­tumbre de la ciudad, y fue así que cuando advino hubo gran intensidad y belleza, y todo se tornó silencioso; aquello llenaba la habitación y mucho más allá de la habitación. Aunque el cuerpo estaba relajado había en él cierta rigidez, no, cierta inmo­vilidad. Ello debe haber proseguido durante toda la noche, por­que al despertar estaba activamente presente. Toda descripción de ello carece de significado porque la palabra nunca podrá abarcar su inmensidad y belleza. Cuando eso es, todo cesa, y el cerebro con sus respuestas y actividades, de un modo extraño, se descubre a sí mismo súbita y voluntariamente quieto, sin una sola respuesta, sin un solo recuerdo y sin que haya registro algu­no de lo que está. Está extraordinariamente vivo, pero absolutamente quieto. Ello es demasiado inmenso para cualquier imaginación, la cual es más bien inmadura y tonta en todas sus formas. El hecho, lo que realmente ocurre, es tan vital y significativo, que toda imaginación e ilusión pierden su sen­tido.

La comprensión de las necesidades es de gran significación. Existen las necesidades exteriores, útiles y esenciales, comida, ropa, techo; pero fuera de eso, ¿hay alguna otra necesidad? Aunque cada cual esté atrapado en el torbellino de sus necesi­dades internas, ¿son ellas esenciales? La necesidad del sexo, la necesidad de realización, el apremiante impulso de la ambición, de la envidia, la codicia, ¿son el camino de la vida? Cada cual ha hecho de eso el camino de la vida por miles de años; la so­ciedad y la iglesia respetan y honran grandemente esas cosas. Todos han aceptado ese modo de vivir, o estando tan condi­cionados a esa vida continúan con ella, luchando débilmente contra la corriente, desalentados, buscando escapes. Y los escapes se vuelven más significativos que la realidad. Las necesidades psicológicas son un mecanismo de defensa contra algo que es mucho más significativo y real. La necesidad de realizarse, de ser importante, brota del miedo a algo que está ahí pero que no se conoce, que no ha sido experimentado. La realización y la autoimportancia en el nombre del propio país o de un partido, o en virtud de alguna creencia gratificadora, son escapes del hecho de la propia nada, de la vacuidad y soledad de nuestras actividades autoaislantes. Las necesidades internas, que parecen no tener fin, se multiplican, cambian y continúan. Éste es el origen, la fuente del contradictorio y abrasador deseo.

El deseo siempre está ahí; los objetos del deseo cambian, disminuyen o se multiplican, pero el deseo está siempre ahí. Controlado, torturado, negado, aceptado, reprimido, dejado en libertad de moverse o interceptado en su carrera, él está siempre ahí, débil o fuerte. ¿Qué hay de malo en el deseo? ¿Por qué esta incesante guerra contra él? Es perturbador, doloroso, lleva a la confusión y a la desgracia, pero no obstante está ahí, siem­pre está ahí, frágil o poderoso. Comprenderlo completamente, sin reprimirlo, sin disciplinarlo, comprenderlo más allá de todo reconocimiento es comprender la necesidad. La necesidad y el deseo marchan juntos, como la realización y la frustración. No hay deseo noble o innoble sino sólo deseo en permanente con­flicto dentro de sí mismo. El ermitaño y el jefe del partido se consumen de deseo, lo llaman con diferentes nombres pero ahí está corroyendo el corazón de las cosas. Cuando existe la com­prensión total de la necesidad, tanto en lo externo como en lo interno, entonces el deseo no es una tortura. Entonces tiene un sentido por completo diferente, una significación que está mu­cho más allá del sentimiento con sus emociones, mitos e ilusio­nes. Con la total comprensión de la necesidad, no meramente de la cantidad o cualidad de ella, el deseo es entonces una llama y no una tortura. Sin esta llama la vida misma se malogra, se pierde. Esta llama es la que quema la mezquindad de su objeto, las fronteras, las vallas que le han sido impuestas. Entonces uno puede darle el nombre que quiera, amor, muerte, belleza. Enton­ces está ahí sin que tenga fin.

13

El de ayer fue un día extraño. «Lo otro» persistió todo el día, durante el corto paseo, mientras uno estuvo descansando y, muy intensamente, durante la platica [14]. Se mantuvo insistente­mente la mayor parte de la noche, y esta mañana temprano, al despertar después de un breve sueño, continuaba. El cuerpo está muy cansado y necesita descanso. Extrañamente, el cuerpo se torna muy quieto, muy sereno, inmóvil, pero cada pulgada de él está intensamente viva y sensible.

Tan lejos como la vista pueda abarcar, hay pequeñas y cor­tas chimeneas, todas sin humo porque el tiempo es muy calu­roso; el horizonte está muy lejos, se ve irregular, confuso; la ciudad parece extenderse y prolongarse interminablemente. A lo largo de la avenida hay árboles en espera del invierno, porque el otoño ya comienza lentamente.

El cielo estaba plateado, pulido y brillante y la brisa dibu­jaba figuras sobre el río. Las palomas se pusieron en movimiento temprano en la mañana, y apenas el sol calentó los tejados de zinc, ahí estaban ellas calentándose. La mente, dentro de la cual están el cerebro, el pensamiento, el sentimiento y todas las sutiles emociones, la fantasía y la imaginación, es una cosa extraordinaria. Todos sus contenidos no constituyen la mente y, no obstante, sin ellos la mente no existe; ella es más que lo que contiene. Sin la mente no habría contenidos; éstos existen gra­cias a ella. En el total vacío de la mente tienen su existencia el intelecto, el pensamiento, la totalidad de la conciencia. Un árbol no es la palabra, ni la hoja, la rama o las raíces; la totalidad de ello es el árbol y, sin embargo, él no es ninguna de estas cosas. La mente es ese vacío en el cual las cosas de la mente pueden existir, pero las cosas no son la mente. Es a causa de este vacío que surgen el tiempo y el espacio. Pero el cerebro y las cosas del cerebro cubren todo un campo de la existencia; ésta se halla ocupada por sus múltiples problemas. El cerebro no puede aprehender la naturaleza de la mente, ya que funciona tan sólo en la fragmentación y los muchos fragmentos no hacen lo total. Y, no obstante, el cerebro está ocupado en reunir los fragmentos contradictorios para componer la totalidad. Lo total nunca puede ser el resultado de reunir y juntar las partes.

La actividad de la memoria, el conocimiento en acción, el conflicto de los deseos opuestos, la búsqueda de libertad, están aun dentro de los confines del cerebro; el cerebro puede per­feccionar, aumentar, acumular sus deseos, pero el dolor ha de proseguir. No hay fin para el dolor en tanto el pensamiento sea meramente una respuesta de la memoria, de la experiencia. Existe un «pensar» que nace del total vacío de la mente; ese vacío no tiene un centro y, por tanto, es capaz de un movimiento infinito. La creación nace desde este vacío, pero no es la creación del hombre que produce cosas. Esa creación que proviene del vacío es amor y es muerte.

Ha sido nuevamente un extraño día. «Lo otro» ha estado presente cualquiera haya sido la actividad diaria o el lugar en el que uno se hubiera encontrado. Es como si el cerebro estu­viera viviendo dentro de ello; el cerebro ha permanecido muy quieto sin dormirse, sensible y alerta. Hay un sentido de obser­vación que actúa desde una profundidad infinita. Aunque el cuerpo está cansado, existe un estado peculiar de lucidez. Una llama que está siempre ardiendo.

14

Ha estado lloviendo toda la noche, y ello resulta agradable después de muchas semanas de sol y polvo. La tierra se había resecado, estaba quemada y llena de grietas; un denso polvo cubría las hojas y el césped estaba siendo regado. En una ciudad sucia y populosa, tantos días de sol eran algo desagradable; el aire se había puesto pesado y ahora ha estado lloviendo por muchas horas. Sólo a las palomas les disgusta eso; se ponen al abrigo donde pueden, se las ve alicaídas y han cesado sus arru­llos. Los gorriones acostumbraban a bañarse junto con las palo­mas en cualquier lugar donde hubiera agua, y ahora se han escondido lejos en alguna parte; tenían el hábito de venir a la terraza, tímidos y ansiosos, pero la fuerte lluvia ha tomado posesión de todo y la tierra está mojada.

Otra vez «lo otro», esa bendición, estuvo ahí la mayor parte de la noche, estuvo incluso durante el sueño; uno sintió esa bendición al despertar, intensa, persistente, apremiante; estaba ahí como si hubiera continuado por toda la noche. Siempre se halla acompañada de una gran belleza, no de imágenes, sentimientos o pensamientos. La belleza no es del pensamiento ni del senti­miento; ella nada tiene que ver con el emocionalismo o el sen­timentalismo.

Existe el temor. El temor jamás está en el ahora; está antes o después del presente activo. Cuando hay temor en el presente activo, ¿es ello temor? Está ahí y no hay modo de escapar, de evadirse de él. Ahí, en ese momento, hay atención total al ins­tante de peligro físico o psicológico. Cuando hay completa atención, no hay temor. Pero el momento presente de inatención es el que engendra el temor; el temor surge cuando se elude el hecho, cuando se escapa de él; entonces el escape mismo es el temor.

El temor y sus múltiples formas, culpa, ansiedad, esperanza, desesperación, está ahí en cada momento de la relación; está ahí en toda búsqueda de seguridad; está ahí en el llamado amor y en la adoración, en la ambición y el éxito; está ahí en la vida y en la muerte, en las cosas físicas y en los factores psicológicos. El temor existe en muchísimas formas y en todos los niveles de nuestra conciencia. La defensa, la resistencia y el rechazo pro­vienen del temor. Temor a la oscuridad y temor a la luz; temor de ir y temor de venir. El temor empieza y termina en el deseo de estar seguro, de tener permanencia. La continuidad de la permanencia es buscada en todas las direcciones, en la virtud, en la relación, en la acción, en la experiencia, en el conocimiento, en las cosas externas y en las internas. Encontrar un refugio y estar seguro, ése es el eterno clamor. Esta insistente demanda es la que engendra el miedo.

¿Pero existe la permanencia, sea externa o internamente? Tal vez podría haberla, hasta cierto punto, en lo externo, y aun así eso es precario; hay guerras, revoluciones, hay progreso, acciden­tes, terremotos. Uno tiene que tener comida, ropa y techo; eso es esencial y necesario para todos. Aunque se la busque, ciega­mente o con razón, ¿existe certidumbre interna alguna, continui­dad interna, permanencia? No existe. El escape de esta realidad es temor. La incapacidad de hacer frente a esta realidad en­gendra todas las formas de esperanza y desesperación.

El pensamiento mismo es el origen del temor. El pensamien­to es tiempo; el pensamiento acerca del mañana es placer o dolor; si es placentero, el pensamiento lo perseguirá temiendo que termine; si es doloroso, el huir de ello es miedo. Ambos, el placer y el dolor, son la causa del miedo. El tiempo como pensamiento y el tiempo como sentimiento, producen temor. El cese del temor es la comprensión del pensamiento, del meca­nismo de la memoria y de la experiencia. El pensamiento es el proceso total de la conciencia, la evidente y la oculta; el pensa­miento no es meramente la cosa acerca de la que se piensa sino el origen mismo de ese pensamiento. El pensamiento no es sólo la creencia, la idea y la razón, sino el centro desde el cual estas cosas surgen. Este centro es el origen de todo temor. ¿Pero existe la experiencia del temor, o hay conciencia acerca de la causa del temor, de la cual el pensamiento está escapando? La autoprotección física es una cosa sensata, normal y sana, pero internamente toda otra forma de autoprotección implica resis­tencia y siempre acumula, fortalece esa energía que es el temor. Este temor interno hace de la seguridad externa un problema de clase, de prestigio, de poder, y entonces hay crueldad compe­titiva.

Cuando este proceso total de pensamiento, tiempo y temor es visto —no como una idea, como una fórmula intelectual— hay completa terminación del temor tanto consciente como oculto. La comprensión de sí mismo es el despertar y el fin del temor.

Y cuando el temor cesa, también cesa el poder de engendrar ilusión, mitos, visiones con su esperanza y su operación, y sólo entonces comienza un movimiento que va más allá de la conciencia, la cual es pensamiento y sentimiento. Este movi­miento es un vaciar de los recónditos rincones de la mente y de los más profundos y escondidos deseos y necesidades. Entonces, cuando existe este total vacío, cuando no hay absoluta y literal­mente nada, ni influencia, ni evaluación, ni frontera, ni pala­bra, entonces en esta completa quietud del tiempo-espacio, está eso que es innominable.

15

Fue un bello anochecer, el cielo estaba claro y, a pesar de las luces de la ciudad, se veían brillar las estrellas; aunque la torre estaba iluminada por todos los lados, uno podía divisar el horizonte distante y bien abajo había retazos de luz sobre el río; pese al incesante rugir del tráfico, fue un anochecer apacible. La meditación se deslizó sobre uno como una ola cuando cubre las arenas. No era una meditación que el cerebro pudiera cap­turar en la red de su memoria; era algo a lo que el cerebro se rindió totalmente sin resistencia alguna. Era una meditación que iba mucho más allá de cualquier forma o método; el mé­todo, la fórmula, la repetición, destruyen la meditación. Ésta lo incluía todo en su movimiento, las estrellas, el ruido, la quie­tud y la extensión del río. Pero no había un meditador; el medi­tador, el observador debe cesar para que la meditación sea. La disolución del meditador es también meditación; pero cuando el meditador cesa, entonces existe una meditación que es por completo diferente.

Era muy temprano en la mañana; Orión venia levantándose en el horizonte y las Pléyades estaban casi sobre uno. El rugir del tráfico se había aquietado y a esa hora no había luces en ninguna de las ventanas y corría una brisa fresca y agradable. En la completa atención no existe el experimentar. Existe en la inatención; es esta inatención la que acopia experiencia y multi­plica los recuerdos erigiendo muros de resistencia; es esta inaten­ción la que vigoriza las actividades egocéntricas. La inatención es concentración, la cual es un excluir, un separar; la concentración conoce las distracciones y el interminable conflicto del control y la disciplina. En el estado de inatención, es impropia toda res­puesta a un reto cualquiera; esta insuficiencia de la respuesta es experiencia. La experiencia contribuye a la insensibilidad; em­bota el mecanismo del pensamiento; refuerza los moros de la memoria, y el hábito y la rutina se convierten en la norma. La experiencia, la inatención, niegan la libertad. La inatención es lento deterioro.

En la completa atención no existe el experimentar; no hay un centro que experimente ni una periferia dentro de la cual pueda tener lugar la experiencia. La atención no es concentra­ción; ésta es empequeñecedora, limitativa. La atención incluye, jamás excluye. La superficialidad de la atención es inatención; la atención total incluye lo superficial y lo recóndito, el pasado con su influencia sobre el presente y su movimiento en el fu­turo. Toda conciencia es parcial, está confinada, y la atención total incluye a la conciencia con sus limitaciones; por lo tanto, puede destruir esas limitaciones, puede demoler las fronteras. Todo pensamiento está condicionado, y el pensamiento no puede descondicionarse a sí mismo. El pensamiento es tiempo y es experiencia; es, esencialmente, el resultado de la no-atención.

¿Qué es lo que produce la atención total? Ningún método, ningún sistema; éstos producen un resultado, el resultado que prometen. Pero la atención total no es un resultado, como no lo es el amor; ella no puede ser inducida, no puede ser provo­cada por ninguna acción. La atención total es la negación de los resultados a que da lugar la inatención, pero esta negación no es el acto de conocer la atención. Lo que es falso debe ser negado no porque uno conozca ya lo que es verdadero; si uno conociera lo que es verdadero, lo falso no existiría. Lo verdadero no es lo opuesto de lo falso; el amor no es el opuesto del odio. De­bido a que uno conoce el odio, no conoce el amor. La negación de lo falso, el negar las cosas de la no-atención, no es el resul­tado del deseo de alcanzar la atención total. Ver lo falso como falso, lo verdadero como verdadero y lo verdadero en lo falso, no es el resultado de la comparación. Ver lo falso como falso es atención. Lo falso no puede ser visto como falso cuando hay opiniones, juicios, cuando existen la evaluación, el apego, etc., que son el resultado de la no-atención. Ver la completa textura de la no-atención, es la total atención. Una mente atenta es una mente vacía.

La pureza de «lo otro» es su inmensa e impenetrable fuerza. Y esta mañana ello estaba ahí acompañado de una quietud ex­traordinaria.

16

Fue un paro y claro anochecer, sin una sola nube. Tan bello que resultaba sorprendente que un anochecer así pudiera tener lugar en una ciudad. La luna estaba entre los arcos de la torre y toda la puesta del sol parecía tan ficticia, tan irreal. El aire es tan suave y agradable que éste bien podría haber sido un anochecer de verano. En el balcón había una gran quietud; todo pensamiento se había apaciguado y la meditación parecía un movimiento casual, sin dirección alguna. Sin embargo, ahí esta­ba. Comenzó en ninguna parte y proseguía en el vasto, insondable vado donde está la esencia de todas las cosas. En este vacío hay un movimiento que se expande, que estalla, y cuyo mismo estallido es creación y destrucción. La esencia de esta destrucción es amor.

O buscamos a causa del temor o, estando libres de éste, buscamos sin ningún motivo. Esta búsqueda no brota del desconten­to; estar insatisfecho de todas las formas de pensamiento y senti­miento, ver su significado, no es descontento. El descontento se satisface muy fácilmente cuando el pensamiento y el sentimiento han encontrado alguna forma de refugio, de éxito, una posición gratificadora, una creencia, etc., sólo para ser nuevamente provocado cuando alguien ataca ese refugio, o lo hace tambalear o lo derriba. La mayoría de nosotros estamos familiarizados con este ciclo de esperanza y desesperación. La búsqueda cuyo motivo es el descontento sólo puede conducir a alguna forma de ilu­sión, ilusión colectiva o privada, una prisión con muchos atrac­tivos. Peto existe un buscar que no tiene tras de sí absolutamente ningún motivo; ¿es eso, entonces, un buscar? El buscar implica un objetivo, un fin ya conocido o sentido o formulado. Si es for­mulado, es el cálculo del pensamiento reuniendo todas las cosas que ha experimentado o conocido; para encontrar lo que se trata de obtener se han inventado los métodos y los sistemas. Esto no es buscar en absoluto; es meramente un deseo de conquistar un fin que nos satisfaga o simplemente escapar hacia alguna fantasía o promesa ofrecida por una teoría o una creencia. Esto no es buscar. Cuando el temor, la satisfacción, el escape han perdido su significación, ¿hay entonces, en absoluto, un buscar?

Si el motivo de toda búsqueda se ha secado, si el descontento y el impulso de lograr están muertos, ¿existe el buscar? Si no existe el buscar, ¿habrá de decaer la conciencia, habrá de estan­carse? Por el contrario, es este buscar, este pasar de un compro­miso a otro, de una iglesia a otra, el que debilita esa energía esencial para comprender lo que es. «Lo que es» es siempre nuevo; nunca ha sido y nunca será. La liberación de esta energía sólo es posible cuando cesa toda forma de búsqueda.

Era, a hora tan temprana, una mañana completamente des­pejada, y el tiempo parecía haberse detenido. Eran las cuatro y media pero el tiempo parecía haber perdido todo su significado, como si no hubiera ayer ni mañana ni el instante siguiente. El tiempo permanecía inmóvil y la vida proseguía su marcha sin una sola sombra; la vida proseguía, sin pensamiento ni senti­miento. El cuerpo estaba ahí en la terraza, allá estaba la alta torre con su centelleante luz de advertencia, y las incontables chime­neas; el cerebro veía todas estas cosas pero no iba más lejos. El tiempo es medida, y el tiempo como pensamiento y senti­miento se había detenido. No existía el tiempo; todo movimiento había cesado pero nada estaba estático. Por el contrario, había una extraordinaria intensidad y sensibilidad, un fuego que ardía, un fuego sin temperatura ni color. Arriba estaban las Pléyades y más abajo, hacia el este, Orión, y el lucero del alba asomaba sobre los tejados. Y con este fuego había júbilo, bienaventu­ranza. No es que uno estuviera jubiloso, pero había un éxtasis. No una identificación con ello, no podía haberla porque d tiempo había cesado. El fuego no podía identificarse con nada ni estar en relación con nada. Estaba ahí porque el tiempo se había detenido. Y ya llegaba el amanecer, y Orión y las Pléya­des se desvanecían y dentro de poco el lucero del alba también habría de seguirlos.

17

Había sido un día caluroso, sofocante, y aun las palomas estaban escondiéndose y el aire quemaba, y eso en una ciudad no es nada agradable. La noche era cálida y las pocas estrellas visibles estaban brillantes, ni siquiera las luces de la ciudad podían atenuar su brillo. Ahí estaban con sorprendente intensidad.

Fue un día de «lo otro»; ello continuó quietamente toda la jornada; por momentos se encendía tornándose muy intenso y volvía a aquietarse para proseguir serenamente [15]. Estuvo ahí con tal intensidad que tornaba imposible todo movimiento; uno estaba forzado a detenerse. Al despertar en medio de la noche estaba ahí con notable fuerza y energía. En la terraza, con el rugir del tráfico algo menos insistente, toda forma de medita­ción se volvía innecesaria e inadecuada, porque aquello estaba ahí can toda su plenitud. Es una bendición, y todo parece más bien tonto e infantil. En estas ocasiones el cerebro está siempre muy quieto, pero de ningún modo dormido, y el cuerpo se queda totalmente inmóvil. Es algo muy extraño.

Qué poco cambia uno. Uno cambia mediante alguna forma de compulsión, alguna presión externa o interna, lo cual es de hecho un modo de ajustarse. Cierta influencia, una palabra, un gesto le hacen cambiar a uno el patrón del hábito, pero no de­masiado. La propaganda, un diario, un incidente puede, sí, al­terar hasta cierto punto el curso de la vida. El temor y la recom­pensa rompen el hábito del pensamiento sólo para reformarlo dentro de otro patrón. Una nueva invención, una ambición nueva, una nueva creencia produce, ciertamente, algunos cam­bios. Pero todos estos cambios están en la superficie, como el fuerte viento sobre el agua; no son fundamentales, profundos, devastadores. Todo cambio que obedece a un motivo no es cambio en absoluto. La revolución económica, social, es una reacción, y cualquier cambio producido mediante una reacción, no es un cambio radical; es sólo un cambio en el patrón. Un cambio semejante es un simple ajuste, un asunto mecánico que proviene del deseo de bienestar, de seguridad, de la mera su­pervivencia física.

¿Qué es, entonces, lo que produce una mutación fundamen­tal? La conciencia, tanto la evidente como la oculta, toda la ma­quinaria del pensamiento, del sentimiento, de la experiencia, está dentro de las fronteras del tiempo y el espacio. Ella es un todo indivisible; la división —lo consciente y lo oculto— existe tan sólo para conveniencias de la comunicación, pero la división no es factual. El nivel superior de la conciencia puede modifi­carse a sí mismo y ciertamente lo hace, puede ajustarse, cambiar, reformarse, adquirir nuevos conocimientos y técnicas; puede cambiar para amoldarse a un nuevo patrón económico, social, pero tales cambios son superficiales y frágiles. Lo inconsciente, lo oculto, puede insinuarse y de hecho lo hace sugiriendo a través de los sueños sus compulsiones, sus exigencias, sus de­seos acumulados. Los sueños requieren interpretaciones, pero quien los interpreta está siempre condicionado. No hay nece­sidad de soñar si durante las horas de vigilia existe una lúcida percepción sin opciones en la cual se comprenden cada fugaz pensamiento y sentimiento; entonces el dormir tiene un sentido por completo diferente. El análisis de lo oculto implica el ob­servador y lo observado, el censor y la cosa juzgada. En esto no solamente está el conflicto sino que el observador mismo se halla condicionado y su evaluación, su interpretación nunca puede ser verdadera; estará retorcida, falseada. De modo que el autoanálisis o un análisis que haga otro por muy profesional que sea, podrá producir algunos cambios superficiales, un ajuste en la relación, etc., pero el análisis no producirá una transfor­mación radical de la conciencia. El análisis no transforma la conciencia.

18

La última tarde el sol estuvo sobre el río y entre las hojas de color bermejo de los árboles otoñales que bordean la larga avenida; los colores ardían intensamente y en notable variedad; el angosto arroyo estaba en llamas. Toda una larga fila de gente esperaba a lo largo del muelle para tomar el bote de recreo, y los automóviles hacían un ruido terrible. En un día caluroso la gran ciudad resultaba casi intolerable; el cielo estaba despejado y el sol no tenía misericordia. Pero esta mañana muy temprano, cuando Orión estaba en lo alto y sólo uno o dos automóviles pasaban junto al río, en la terraza había quietud y meditación acompañada de una completa apertura de la mente y el corazón rayana con la muerte; Estar completamente abierto, ser totalmente vulnerable es muerte. La muerte no tiene entonces rincón alguno donde refugiarse; sólo en la sombra, en los secretos escondrijos del pensamiento y del deseo hay muerte. Pero la muerte está siempre ahí para un corazón que se ha marchitado en el temor y la esperanza; está siempre ahí donde el pensamiento aguarda y acecha. En el parque ululaba un búho, y era un sonido grato, tan claro y tan primitivo; iba y venia con variados intervalos, y parecía gustar de su propia voz, ya que ningún otro replicaba.

La meditación derriba las fronteras de la conciencia; des­barata el mecanismo del pensamiento y del sentimiento que aquel despierta. La meditación que está atrapada en un mé­todo, en un sistema de recompensas y promesas, mutila y somete a la energía. La meditación consiste en liberar energía en abun­dancia, y el control, la disciplina y la represión corrompen la pureza de esa energía. La meditación es la llama ardiendo inten­samente sin dejar cenizas. Las palabras, el sentimiento, el pen­samiento siempre dejan cenizas, y el mundo acostumbra a vivir de cenizas. La meditación es un riesgo porque lo destruye todo, no deja absolutamente nada, ni siquiera el susurro de un deseo, y en este vasto e insondable vacío, hay creación y amor.

Para continuar: el análisis, personal o profesional, no pro­duce una mutación de la conciencia. Ningún esfuerzo puede transformarla; el esfuerzo es conflicto y el conflicto tan sólo fortifica los muros de la conciencia. Ningún razonamiento, por lógico y cuerdo que sea, puede liberar a la conciencia, porque el razonamiento es la idea que ha sido moldeada por las influen­cias, la experiencia y el conocimiento, y éstos son todos hijos de la conciencia. Cuando todo esto es visto como falso - un modo falso de encarar la mutación - la negación de lo falso es el vaciado de la conciencia. La verdad no tiene Opuesto ni lo tiene el amor; la persecución del opuesto no conduce a la verdad, sólo lo hace la negación del opuesto. No hay negación si éste es el resultado de la esperanza o del logro. La negación existe únicamente cuando no hay recompensa ni trueque. Hay renunciamiento sólo cuando no hay ganancia en el acto de re­nunciar. Negar lo falso es liberarse de lo positivo, de lo positivo con su opuesto. Lo positivo es la autoridad con su aceptación, su conformismo, su imitación, y es la experiencia con su cono­cimiento.

Negar es estar solo; solo con respecto a toda influencia y tra­dición, solo respecto de la necesidad interna con su dependencia y su apego. Estar solo es negar el condicionamiento, el trasfon­do. La estructura dentro de la cual la conciencia es y existe, es su condicionamiento. Estar solo es permanecer alerta, sin opción alguna, a este condicionamiento, negándolo por completo. Esta madura soledad no es aislamiento, no es ese estado de soledad que proviene de la separativa actividad egocéntrica. Esta soledad no es un apartarse de la vida; por el contrario, es la total libertad con respecto al conflicto y al dolor, al temor y a la muerte. Esta soledad es vacío, no el estado positivo del ser ni el no ser. Es vacío; en este fuego del vacío la mente se rejuvenece, se torna fresca e inocente. Es sólo la inocencia la que puede recibir lo intemporal, lo nuevo que permanentemente está destruyéndose a si mismo. La destrucción es creación. Sin amor, la destrucción no existe.

Más allá de la enorme y desperdigada ciudad están los cam­pos, los bosques y las colinas.

19

¿Existe un futuro? Hay un mañana ya planeado; ciertas cosas que deben ser hechas; también está el día de pasado mañana con todas las cosas que deben hacerse, la semana próxima, el año siguiente. Esto no puede alterarse, quizá modificarse o cambiarse por completo, pero los muchos mañanas están ahí; no pueden ser negados. Y existe el espacio, de aquí hasta allá, cerca y lejos; la distancia en kilómetros; el espacio entre entidades; la distancia que el pensamiento cubre en un relám­pago; el otro lado del río y la luna distante. El tiempo para recorrer el espacio, la distancia, y el tiempo para cruzar el río; de aquí hasta allá el tiempo es necesario para recorrer el espacio, puede tomar un minuto, un día o un año. Este tiempo se mide por el sol y por el reloj, el tiempo es para llegar a algo, a alguna parte. Esto es bastante simple y claro. ¿Existe un futuro aparte de este tiempo mecánico, cronológico? ¿Hay un llegar, existe un fin para el cual el tiempo sea necesario?

Las palomas estaban sobre los tejados, tan temprano en la mañana; se arrullaban, se limpiaban las plumas y se perseguían las unas a las otras. El sol aun no estaba en lo alto y había unas pocas nubes vaporosas desperdigadas por todo el cielo; todavía carecían de color, y el rugir del tráfico no había comenzado. Fal­taba aún muchísimo tiempo para que empataran los ruidos habi­tuales, y más allá de todos estos muros estaban los jardines. Ayer, en el anochecer, el césped que nadie tiene permiso para pisar - salvo, claro está, las palomas y los pocos gorriones - estaba muy verde, sobrecogedoramente verde, y el color de las flores resaltaba por su brillantez. En otras partes el hombre proseguía con sus actividades y su interminable faena. Ahí estaba la torre, tan sólida, tan delicadamente construida; pronto estaría inundada de brillante luz. El pasto se veía tan perecedero, y las flores se marchitarían porque el otoño ya estaba en todas partes. Pero mucho antes de que las palomas aparecieran sobre el tejado, mientras uno estaba en la terraza, la meditación era puro júbilo. No había ninguna razón para este éxtasis -si se tiene un motivo para el júbilo, éste ya no es más júbilo; ello estaba simplemente ahí y el pensamiento no podía capturarlo y convertirlo en un recuerdo. Era demasiado fuerte y activo para que el pensamiento jugara con ello. Y tanto el pensamiento como el sentimiento se tornaron muy quietos y silenciosos. Ello venía en olas, una ola sobre otra, era algo viviente que no podía ser contenido por nada, y con este júbilo había una bendición. Todo estaba tan completamente más allá de cualquier pensa­miento, de cualquier exigencia interna.

¿Existe un llegar? Llegar implica que uno sufre y está bajo la sombra del temor. ¿Existe, en lo interno, un llegar, una meta para ser alcanzada, un fin que deba obtenerse? El pensamiento ha fijado un fin, Dios, bienaventuranza, éxito, virtud, etc. Pero el pensamiento es tan sólo una reacción, una respuesta de la memoria, y el pensamiento engendra al tiempo a fin de recorrer el espacio entre lo que es y lo que debería ser. Lo que debería ser, el ideal, es algo verbal, teórico, que carece de realidad. Lo real es intemporal, no tiene un fin que alcanzar ni distancia que recorrer. El hecho es, y todo lo demás no es. El hecho no existe si no hay muerte para el ideal, para la realización, para un fin propuesto; el ideal, la meta, son un escape del hecho. El hecho no tiene tiempo ni espacio. ¿Existe entonces la muerte? Lo que hay es un marchitarse; la maquinaria del organismo físico se deteriora, sufre un desgaste, el cual es muerte. Pero eso es inevi­table, tal como el grafito de este lápiz habrá de gastarse. ¿Es eso lo que origina el temor, o lo es la muerte del mundo que componen el devenir, el ganar, el realizar? Ese mundo carece de validez; es el mundo de los pretextos, de los escapes. El hecho - lo que es - y lo que debería ser, constituyen dos cosas por completo diferentes. Lo que deberla ser implica tiempo y distancia, dolor y miedo. La muerte de estos factores deja sólo el hecho, lo que es. No hay un futuro hacia lo que es; el pensa­miento, que engendra al tiempo, no puede actuar sobre el hecho; el pensamiento no puede cambiar el hecho, sólo puede escapar de él, y cuando todo el impulso de escapar ha muerto, entonces el hecho experimenta una tremenda mutación. Pero tiene que haber muerte para el pensamiento, que es tiempo. Cuando el tiempo como pensamiento no existe, existe entonces el hecho, lo que es. Cuando hay destrucción del tiempo como pensamien­to, no hay movimiento en ninguna dirección ni hay espacio que recorrer, sólo existe la inmovilidad del vacío. Esto es la total destrucción del tiempo como ayer, hoy y mañana, como me­moria de la continuidad, del devenir.

Entonces el ser es intemporal, sólo existe el presente activo, pero ese presente no es del tiempo. Es atención sin las fronteras del pensamiento y sin las palabras, los símbolos no tienen en si mismos significado alguno. La vida está siempre en el pre­sente activo; el tiempo pertenece siempre al pasado y, por lo tanto, al futuro. Y la muerte con respecto al tiempo es vida en el presente. Es esta vida la que es inmortal, no la que está dentro de la conciencia. El tiempo es el pensamiento en la con­ciencia, y la conciencia está contenida en su estructura. Hay siempre miedo y dolor dentro de la malla del pensamiento y del sentimiento. El fin del dolor es el cese del tiempo.

20

Había sido un día muy caluroso y en ese salón caldeado, lleno de un gran gentío, el aire era sofocante [16]. Pero a pesar de todo esto y del cansancio, uno despertó en medio de la noche con la presencia de «lo otro» en la habitación. Estaba ahí con gran intensidad, no sólo llenando la habitación y mucho más lejos, sino muy profundamente dentro del cerebro, tan profun­damente que parecía atravesarlo e ir más allá de todo pensa­miento, del espacio y del tiempo. Era increíblemente fuerte, con una energía tal que se hacía imposible permanecer en la cama; y en la terraza, donde el aire era puro y soplaba un viento fresco, la intensidad de ello continuó. Continuó por cerca de una hora, con gran impulso y vigor; toda la mañana había es­tado ahí. Ello no es una artimaña, ni es el deseo tomando esta forma de sensación, de excitación; el pensamiento no lo ha cons­truido en base a los incidentes del pasado; ninguna imaginación podría formular algo como «lo otro». Extrañamente, cada vez que esto ocurre es algo totalmente nuevo, inesperado y súbito. El pensamiento, habiéndolo intentado, se da cuenta de que no puede recordar lo que ha ocurrido otras veces ni puede despertar el recuerdo de lo que ha sucedido esta misma mañana. Eso está fuera y más allá de todo pensamiento, deseo e imaginación. Es demasiado vasto para que el pensamiento o el deseo puedan evocarlo; es demasiado inmenso para que el cerebro pueda pro­ducirlo. Ello no es una ilusión.

La parte extraña de todo esto es que uno ni siquiera está preocupado al respecto; si viene, está ahí sin invitación, y si no viene hay un modo de indiferencia. La belleza y la fuerza de eso no son cosa de juego; no hay invitación ni hay negación de ello. Viene y se va cuando quiere.

Esta mañana temprano, poco antes de que saliera el sol, la meditación, en la que toda clase de esfuerzo había cesado hacia tiempo, se tornó en silencio, un silencio en el que no había un centro y, por consiguiente, no había periferia. Era sólo silencio. No tenía cualidad, ni movimiento, ni profundidad ni altura. Era completa quietud. Es esta quietud la que tenía un movimien­to que se expandía infinitamente y cuya medida no estaba en el tiempo y el espacio. Esta quietud se hallaba en permanente esta­llido, siempre alejándose, expandiéndose. Pero no tenía un centro; si hubiera un centro ello no seria quietud, seria estanca­miento y deterioro; esto no tenía nada que ver con las intrinca­das complicaciones del cerebro. La cualidad de la quietud que el cerebro puede producir es por completo diferente, en todas sus formas, de la quietud que tenía lugar esta mañana. Era una quietud que nada podía perturbar porque en ella no había resis­tencia; todo estaba en esa quietud, y esa quietud estaba más allá de todo. El temprano tráfico matinal de los grandes camio­nes que traían productos alimenticios y otras cosas a la ciudad, no perturbaba en modo alguno esa quietud, ese silencio, ni lo turbaban los rayos giratorios de luz provenientes de la alta torre. Ello estaba ahí, sin tiempo.

Mientras el sol ascendía lo atrapó una nube magnifica, en­viando rayos de luz azul a través del cielo. Era la luz jugando con la oscuridad, y el juego prosiguió hasta que la fantástica nube descendió tras de los miles de chimeneas. Qué curiosamen­te insignificante es el cerebro por inteligentemente educado e ilustrado que sea. Él siempre permanecerá siendo insignificante, haga lo que hiciere; puede ir a la luna y más allá o puede bajar a las regiones más profundas de la tierra; puede inventar, cons­truir las máquinas más complicadas, computadoras que inventarán computadoras; puede destruirse y reconstruirse a sí mismo, pero haga lo que hiciere siempre seguirá siendo insignificante. Porque el cerebro puede funcionar tan sólo en el tiempo y el espacio; sus filosofías están sujetas a su propio condiciona­miento; sus teorías, sus especulaciones son una prolongación de su propia astucia. Cualquier cosa que haga, el cerebro no puede escapar de sí mismo. Sus dioses y sus salvadores, sus maes­tros y líderes son tan pequeños e insignificantes como él mismo. Si él es torpe trata de volverse talentoso, y su talento lo mide en términos de éxito. Está siempre persiguiendo o siendo perseguido. Su propio dolor es su sombra. Haga lo que haga, será siempre insignificante.

Su acción es la inacción de perseguirse a sí mismo; su reforma es una acción que siempre necesita ulteriores reformas. Está sostenido por su propia acción e inacción. Nunca duerme, y sus sueños son la vigilia del pensamiento. Por activo, por noble o innoble que sea, siempre es insignificante. No hay fin para su insignificancia. Él no puede huir de sí mismo, su virtud es mez­quina y es mezquina su moralidad. Hay sólo una cosa que el cerebro puede hacer -estar total y completamente quieto. Esta quietud no es sueño ni pereza. El cerebro es sensible y para permanecer sensible, sin sus familiares respuestas autoprotecto­ras, sin sus acostumbrados juicios, su condena y su aprobación, la única cosa que puede hacer es estar totalmente quieto, lo que implica permanecer en un estado de negación, completa nega­ción de sí mismo y de sus actividades. En este modo de nega­ción, el cerebro ya no es más insignificante; entonces ya no está acumulando para obtener, para realizar, para llegar a ser esto o aquello. Entonces, es lo que es, mecánico, inventivo, autoprotec­tor, calculador. Una máquina perfecta nunca es insignificante, y cuando funciona a ese nivel es una cosa admirable. Y como las máquinas, el cerebro se desgasta y muere. Se torna insigni­ficante cuando procede a investigar lo desconocido, aquello que no es mensurable. Su función está en lo conocido y no puede funcionar en lo desconocido. Sus creaciones están en el campo de lo conocido, pero la creación de lo incognoscible el cerebro no puede capturarla jamás, ni en pintura ni en palabras; él nunca puede conocer su belleza. Sólo cuando está totalmente sereno, silencioso, sin una sola palabra y quieto, sin un solo gesto, sin un movimiento, sólo así existe esa inmensidad.

21

La luz del anochecer se reflejaba sobre el río, y el tráfico a través del puente era impetuoso y veloz. El pavimento se hallaba atestado de gente que volvía a sus casas después de una jornada de trabajo en las oficinas. El río centelleaba, había ondas pe­queñas persiguiéndose unas a otras con gran deleite. Uno casi podía oírlas, pero la furia del tráfico era excesiva. Más lejos, en la parte baja del río, la luz sobre el agua cambiaba tornán­dose más profunda, y pronto se oscurecería del todo. La luna se hallaba al otro lado de la enorme torre, luciendo tan artifi­cial, tan fuera de lugar; no tenía realidad, pero la alta torre de acero si la tenía; había gente en ella; el restaurante que hay en la parte superior estaba iluminado y uno podía ver multi­tudes entrando. Y como la noche era brumosa, los rayos de las luces giratorias eran más intensos que la luna. Todo parecía muy lejano, excepto la torre. Qué poco sabemos acerca de nos­otros mismos. Parece que sabemos mucho acerca de otras cosas, la distancia a la luna, la atmósfera de Venus, cómo construir los más extraordinarios y complicados cerebros electrónicos, desintegrar los átomos y las más íntimas partículas de la materia. Pero conocemos tan poco acerca de nosotros mismos. Ir a la luna es mucho más excitante que penetrar en uno mismo; quizá se deba a que uno es perezoso o está atemorizado, o porque penetrar en uno mismo no rinde beneficios en el sentido de di­nero o éxito. Ese es un viaje mucho más largo que el de ir a la luna; no hay máquinas disponibles para hacer este viaje, y nadie puede ayudarnos para ello, ningún libro, ni teorías ni gula de ninguna especie. Es un viaje que uno tiene que hacer por sí mismo. Es preciso tener para ello muchísima más energía que al inventar y armar las partes de una inmensa máqui­na. Esa energía no puede lograrse por medio de ninguna droga, ni por la interacción en las relaciones ni mediante el control o la negación. No hay dioses que puedan proveérsela a uno, ni rituales, ni creencias ni plegarias. Por el contrario, en el acto mismo de descartar estas cosas, de estar lúcidamente alerta a su significación, esa energía adviene penetrando en la conciencia y más allá.

Uno no puede obtener esa energía canjeándola por la acu­mulación de conocimientos acerca de sí mismo. Toda forma de acumulación y el apegarse a ella, degrada y pervierte esa ener­gía. El conocimiento acerca de uno mismo pesa, lo ata a uno, lo restringe; no hay libertad para moverse, y uno actúa y se mueve dentro de los límites de ese conocimiento. Aprender acerca de uno mismo nunca es igual que acumular conocimientos acerca de uno mismo. Aprender implica el presente activo y el conocimiento es el pasado; si uno está aprendiendo con el fin de acumular, ello deja de ser un aprender; el conocimiento es estático, puede sumársele o puede restársele, pero el aprender es activo, nada puede sumársele o restársele porque no hay acu­mulación en ningún momento. El conocer, el aprender acerca te uno mismo no tiene principio ni fin, mientras que el cono­cimiento lo tiene. El conocimiento es finito, y el aprender, el conocer es infinito.

Uno es el multado de la acumulación de muchos miles de siglos del hombre, sus esperanzas y deseos, sus culpas y ansie­dades, sus creencias y sus dioses, sus realizaciones y frustracio­nes; uno es todo eso y los muchos agregados que a ello se han hecho en tiempos recientes. Aprender acerca de todo esto, tanto en lo profundo como en lo superficial, no implica meros enun­ciados verbales o intelectuales de lo obvio, las confusiones. Aprender es experimentar estos hechos, emocionalmente y de manera directa; entrar en contacto con ellos no teóricamente, verbalmente, sino realmente, como un hombre hambriento res­pecto de la comida.

Aprender no es posible si hay un aprendedor; el aprendedor es lo acumulado, el pasado, el conocimiento. Existe una división entre el que aprende y la cosa acerca de la cual él está apren­diendo y, por lo tanto, entre ellos hay conflicto. El conflicto destruye, degrada la energía necesaria para aprender, para seguir hasta su mismo fin los mecanismos que constituyen la concien­cia. La opción es conflicto, y la opción impide ver; la conde­nación, el juicio también impiden ver. Cuando este hecho es visto, comprendido no verbalmente, no teóricamente, sino que en verdad es visto como un hecho, entonces el aprender es un acontecer de instante en instante. Y el aprender no tiene fin; el aprender es importantísimo, no los fracasos, éxitos y equivoca­ciones. Sólo existe el ver, y no el que ve y la cosa vista. La con­ciencia es limitada; su misma naturaleza es la restricción; funcio­na dentro de la estructura de su propia existencia, que es el conocimiento, la experiencia, la memoria. El aprender acerca de este condicionamiento demuele la estructura; entonces el pen­samiento y el sentimiento tienen la función limitada que les co­rresponde; no pueden interferir con las cuestiones más amplias y profundas de la vida. Donde el yo llega a su fin con todas sus intrigas ocultas y evidentes, sus instintos compulsivos y sus exi­gencias, penas y alegrías, ahí comienza un movimiento de la vida que está más allá del tiempo con su esclavitud.

22

Hay un pequeño puente que cruza el río y que fue proyec­tado exclusivamente para peatones; se está bastante tranquilo ahí. Una gran barcaza cargada de arena de las playas, venía remontando el río plenamente iluminado; era una arena fina, limpia. En el parque había un montón de esa arena, puesta ahí con el propósito de que los niños jugaran con ella. Algunos estaban construyendo profundos túneles y un gran castillo con un foso alrededor; se divertían muchísimo. Era un día agra­dable, bastante fresco, el sol no estaba demasiado fuerte y había humedad en el aire; más árboles se estaban tornando castaños y amarillos y se sentía el aroma del otoño. Los árboles se preparaban ya para el invierno; muchas ramas se destacaban desnudas contra el claro cielo; cada árbol tenía su propio patrón de color con intensidad variable, desde bermejo al amarillo pálido. Aun en la muerte eran bellos. Era un grato anochecer lleno de luz y de paz pese al rugido del tráfico.

En la terraza hay unas pocas flores, y esta mañana las ama­rillas estaban más vivas y ansiosas que nunca; a la temprana luz parecían más despiertas y tenían más color, mucho más que sus vecinas. El este comenzaba a ponerse más brillante y «lo otro» estaba en la habitación; había estado ahí por algunas horas. Al despertar en medio de la noche, estaba ahí, algo comple­tamente objetivo que ningún pensamiento o imaginación po­drían producir. Otra vez, al despertar, el cuerpo estaba perfec­tamente quieto sin ningún movimiento, al igual que el cerebro. El cerebro no estaba inactivo sino muy, pero muy despierto, observando sin interpretación alguna. Era una fuerza de inacce­sible pureza, con una energía que resultaba sobrecogedora. Estaba ahí, siempre nueva, siempre penetrante. No estaba sólo afuera, allí en la habitación o en la terraza, estaba adentro y afuera pero no había división. Era algo en lo cual estaban atra­pados en su totalidad la mente y el corazón; y la mente y el corazón cesaron de existir.

No hay virtud, sólo humildad; donde está la humildad, está toda la virtud. La moralidad social no es virtud; es meramente un ajuste a un patrón, y el patrón varía y cambia de acuerdo con el tiempo y el clima. La sociedad y la religión organizada hacen de ello algo respetable, pero eso no es virtud. La moralidad, tal como es reconocida por la iglesia, por la sociedad, no es virtud; la moralidad es algo compuesto, se amolda; puede ser enseñada y practicada; puede inducirse mediante el premio y el castigo, mediante la compulsión. La influencia moldea la moralidad, como lo hace la propaganda. En la estructura de la sociedad existen grandes variables de moralidad con diferentes matices. Pero eso no es virtud. La virtud no es cosa del tiempo ni de la influencia; no puede ser cultivada; no es el resultado del control o la disciplina; no es en absoluto un resultado, y no tiene causa. No puede hacerse de ella algo respetable. La virtud no es divisible como bondad, caridad, amor fraternal, etc. No es el producto de un medio determinado, de la opulencia o pobreza social, del monasterio ni de dogma alguno. La virtud no nace de un cerebro sagaz; no es el multado del pensamiento y la emoción; ni es una rebelión contra la moralidad social con su respetabilidad, una rebelión es una reacción y una reacción es una continuidad modificada de lo que ha sido.

La humildad no puede ser cultivada; cuando se la cultiva, es la soberbia que se pone el manto de la humildad, la cual se ha vuelto respetable. La vanidad nunca puede convertirse en humildad, así como el odio no puede convertirse en amor. La violencia no puede transformarse en no-violencia; la violencia debe cesar. La humildad no es un ideal para ser perseguido; los ideales carecen de realidad; sólo lo que es tiene realidad. La humildad no es el opuesto de la soberbia; ella no tiene opuesto. Todos los opuestos están relacionados entre sí, y la humildad no tiene relación alguna con la soberbia. La soberbia debe terminar, no por alguna decisión o disciplina, o en virtud de algún bene­ficio; ella toca a su fin solamente en la llama de la atención, no en las contradicciones y confusiones de la concentración. Ver la soberbia, externa e internamente, en sus múltiples formas, es el fin de la soberbia. Verla es estar atento a cada uno de sus movimientos; en la atención no hay preferencia. La atención existe sólo en el presente activo; no puede ser entrenada; si lo es, se convierte en otra astuta cualidad del cerebro, y la humildad no es un producto del cerebro. Hay atención cuando el cerebro está completamente quieto; vivo y sensible, pero quieto. Ahí no hay un centro desde el cual atender, mientras que la concentra­ción tiene un centro con sus exclusiones. La atención, el ver completo e instantáneo de toda la significación de la soberbia, termina con la soberbia. Este «estado» despierto es humildad. La atención es virtud, porque en ella florecen la bondad y la caridad. Sin humildad no hay virtud.

23

Hacia calor y el aire era más bien sofocante aun en los jardines; había estado así de caluroso por mucho tiempo, lo que no era habitual. Serán agradables una buena lluvia y un tiempo más fresco. En los jardines estaban regando el césped y, a pesar del calor y de la falta de lluvia, el pasto se veía lustroso y centelleante y las flores lucían espléndidas; había algunos árboles en flor, fuera de estación porque ya pronto el invierno estaría aquí. Las palomas se encontraban todas en la plaza elu­diendo tímidamente a los niños, y algunos de éstos las perseguían por diversión y las palomas lo sabían. El sol brillaba rojo en un cielo apagado y denso; no había color excepto en las flores y en el pasto. El río se mostraba opaco e indolente.

La meditación a esa hora era libertad, y era como penetrar en un mundo desconocido de belleza y quietud; un mundo sin imagen, símbolo ni palabra, sin las ondas de la memoria. El amor era la muerte de cada minuto y cada muerte era la reno­vación del amor. Éste no era apego ni tenia raíces; florecía sin causa y era la llama que quemaba los limites, las defensas cui­dadosamente construidas por la conciencia. Era belleza, belleza más allá del pensamiento y del sentimiento. La meditación era júbilo y con ella advino una bendición.

Es muy singular cómo cada uno anhela el poder, el poder del dinero, de la posición, la capacidad, el conocimiento. En el ganar poder hay conflicto, confusión y dolor. El ermitaño y el político, la dueña de casa y el científico buscan el poder. Para obtenerlo se matarán y destruirán los unos a los otros. Los asce­tas, por medio de la abnegación del yo, del control, de la repre­sión, conquistan ese poder; el político logra ese poder gracias a su palabra, a su capacidad, a su destreza; la esposa y el marido sienten este poder mediante el dominio del uno sobre el otro; el sacerdote que ha asumido, que ha tomado a su cargo la respon­sabilidad de su dios, conoce este poder. Todos buscan este poder, o desean estar asociados con el poder divino o mundano. El poder engendra autoridad y con ésta llegan el conflicto, la con­fusión y el dolor. La autoridad corrompe a quien la tiene y a quienes están cerca de ella o la buscan. El poder del sacerdote y el de la dueña de casa, el del líder y el del organizador efi­ciente, el del santo y el del político local, es maligno; cuanto mayor es el poder, más grande es el mal que este poder implica. El poder es una enfermedad que todo hombre contrae, aprecia y a la que le rinde culto. Pero con el poder vienen siempre el conflicto interminable, la confusión y el infortunio. Sin embar­go, nadie quiere rehusarlo, nadie quiere desecharlo.

Este poder va acompañado de la ambición y el éxito, y de una crueldad que ha sido convertida en algo respetable y, por tanto, aceptable. Toda sociedad, templo o iglesia le conceden su bendición y así es como el amor se pervierte y destruye. Y la envidia es cultivada y la competencia se considera moral. Pero con todo esto vienen el temor, la guerra y el infortunio; sin embargo, ningún hombre rechazará estas cosas. Negar el poder en todas sus formas es el comienzo de la virtud; la virtud es claridad, ella extirpa el conflicto y el dolor. Esta energía co­rruptora con sus interminables y astutas actividades siempre trae consigo daño y desdicha; no hay fin para ella; por mucho que se la reforme y se le pongan vallas mediante la ley o las convenciones morales, siempre encontrará su camino oscura­mente, sin ser invitada. Porque ella está ahí, oculta en los se­cretos rincones de los propios pensamientos y deseos. Son éstos los que deben ser examinados y comprendidos si es que ha de haber un vivir sin conflicto ni confusión ni dolor. Cada cual ha de hacer esto, no por medio de otro, no mediante un sistema de premios o castigos. Cada uno ha de estar lúcidamente atento a la compleja estructura de su propio ser. Ver lo que eso, implica la terminación de eso que es.

Con la completa terminación de este poder con su confusión, conflicto y dolor, cada uno se enfrenta a lo que es, un manojo de recuerdos y una soledad que se ahonda más y más. El deseo de poder y de éxito es un escape de esta triste soledad y de las cenizas que son los recuerdos. Para ir más allá de eso uno ha de verlo, ha de enfrentarse a ello, no eludirlo de ninguna ma­nera, ni mediante la condenación ni por el miedo a lo que es. El miedo surge únicamente en el mismo acto de escapar del hecho, de lo que es. Uno debe descartar el poder y el éxito de modo completo y total, voluntaria y fácilmente; entonces, en el acto de enfrentarse a ello, de verlo, de estar pasivamente atento sin preferencia alguna, las cenizas y la soledad tienen una significación por completo diferente. Vivir con algo es amarlo, no estar atado a ello. Para vivir con las cenizas de la soledad tiene que haber una gran energía, y esta energía adviene cuando ya no hay más temor.

Cuando uno ha pasado por esta soledad, como pasaría por una puerta material, entonces comprende que uno y la soledad son una sola cosa, que uno no es el observador que observa ese sentimiento que está más allá de las palabras. Uno es eso, y no puede escapar de eso como antes lo hacía de muchos sutiles modos. Uno es esa soledad; no hay manera de eludirla y nada puede abarcarla ni llenarla. Sólo entonces está uno viviendo con ello; eso es parte de uno, es la totalidad de uno. Ni la desespe­ración ni la esperanza pueden ahuyentarlo, ni forma alguna de cinismo o de agudeza intelectual. Uno es esa soledad, las ceni­zas que alguna vez fueron fuego. Esta es completa, irremediable soledad más allá de toda acción. El cerebro ya no puede inventar más formas y medios de escape; él es el creador de esta soledad a través de sus incesantes actividades de autoaislamiento, de defensa y agresión. Cuando el cerebro se da cuenta de esto, nega­tivamente, sin preferencia alguna, entonces está dispuesto a morir, a permanecer totalmente quieto, inmóvil.

Desde esta aislante soledad, desde estas cenizas, nace un movimiento nuevo, el movimiento de lo que es libremente solo. Es ese estado en el que todas las influencias, toda compulsión, toda forma de búsqueda y realización han cesado natural y com­pletamente. Es la muerte de lo conocido. Sólo entonces tiene lugar el eterno viaje de lo incognoscible. Entonces hay un poder cuya pureza es creación.

24

Era un sector de césped bellamente conservado, no muy grande e increíblemente verde; estaba detrás de una vería de hierro, bien regado, cuidado con esmero, alisado y espléndida­mente vivo, centelleante en su belleza. Debía tener muchos cen­tenares de años; no había en él ni una silla, estaba aislado y guardado por un alta y estrecha cerca. Al terminar el césped había un único rosal con una sola rosa roja plenamente flore­cida. Ello era un milagro, el delicado césped y la única rosa; estaban ahí apartados de todo el mundo del ruido, el mundo del caos y la desdicha; aunque fuera el hombre quien las había puesto ahí, esas cosas eran bellísimas, bellísimas mucho más allá de los museos, las torres y la graciosa línea de los puentes. Eran espléndidas en su espléndida indiferencia. Eran lo que eran, hierba y flor y ninguna otra cosa. Había gran belleza y quietud en torno de ellas, y la dignidad de la pereza. Era una tarde calurosa sin la más pequeña brisa y con el aire impregnado del olor de los escapes de tantos automóviles, pero ahí la hierba tenía su aroma propio y uno podía casi oler el perfume de la solitaria rosa.

Al despertar muy temprano, con la luna llena penetrando en la habitación, la cualidad del cerebro era diferente. Este no estaba dormido ni pesado de sueño; se hallaba totalmente despierto, observando; no se observaba a sí mismo, sino algo que estaba más allá de él. Se hallaba lúcidamente atento, atento a sí mismo como parte de un movimiento total de la mente. El cerebro funciona en la fragmentación; funciona en partes, dividido. Se especializa. Nunca es lo total; trata de capturar lo total, de comprenderlo, pero no puede. Por su misma naturaleza el pensamiento es siempre incompleto, como lo es el sentimiento; el pensamiento, que es la respuesta de la memoria, puede funcionar únicamente con las cosas que conoce o que interpreta a partir de lo que ha conocido -el conocimiento; el cerebro es el produc­to de la especialización; no puede ir más allá de sí mismo. Él se divide y especializa -el científico, el artista, el sacerdote, el abogado, el técnico, el agricultor. Al funcionar, el cerebro proyecta el «status» que le es propio, los privilegios, el poder, el prestigio. La función y el «status» van juntos, porque el cerebro es un organismo autoprotector. De la exigencia de «status» se originan los elementos opuestos y contradictorios que hay en la sociedad. El especialista no puede ver lo total.

25

La meditación es el florecimiento de la comprensión. La com­prensión no está de las fronteras del tiempo; el tiempo nunca trae comprensión. La comprensión no es un proceso gra­dual para ser acumulado poco a poco, con solicitud y paciencia. La comprensión es ahora o nunca; es un rayo que destruye, no una cosa dócil y manejable; es a esto a lo que uno teme, a lo que destroza, y por eso lo evita consciente o inconscientemente. La comprensión puede alterar el curso de la vida, el modo que uno tiene de pensar y actuar; puede ser agradable o no, pero el comprender es un riesgo para cualquier relación. Pero sin la comprensión no hay fin para el dolor. El dolor termina sólo a través del conocimiento propio, de la lúcida percepción alerta de cada pensamiento y sentimiento, de cada uno de los movi­mientos de lo consciente y lo oculto. La meditación es la com­prensión de la conciencia, la recóndita y la visible, y del movi­miento que se encuentra más allá de todo pensamiento y senti­miento.

El especialista no puede percibir lo total; su cielo es aquel en el que se especializa, pero su cielo es un asunto mezquino del cerebro, el cielo de la religión o el del técnico. La capacidad, el don es, evidentemente, perjudicial, porque fortifica el ego­centrismo; es algo fragmentario y, por lo tanto, engendra con­flicto. La capacidad tiene significación sólo en la percepción total de la vida, la que está en el campo de la mente y no del cerebro. La capacidad con su función está dentro de los límites del cerebro y por eso se torna despiadada, indiferente al proceso total de la vida. La capacidad engendra orgullo, envidia, y su realización se vuelve importantísima; así es como produce con­fusión, enemistad y dolor; ella tiene su significado únicamente en la percepción total de la vida. La vida no está meramente en un nivel fragmentario -pan, sexo, prosperidad, ambición; la vida no es fragmentaria; cuando se la obliga a serlo se torna enteramente una cuestión de desesperación y desdicha sin fin. El cerebro funciona en la especialización del fragmento, en las actividades autoaislantes y dentro del campo limitado del tiempo; de ver la totalidad de la vida. El cerebro, por muy educado que esté es sólo una parte, no la totalidad. Sólo la mente ve lo total, y dentro del campo de la mente está el cerebro; el cerebro no puede contener a la mente, haga lo que haga.

Para que haya un ver total, el cerebro tiene que estar en un estado de negación. La negación no es el opuesto de lo positivo; todos los opuestos están estrechamente relacionados entre sí. La negación no tiene opuesto. El cerebro ha de hallarse en estado de negación para que haya un ver total, no debe interferir con sus evaluaciones y justificaciones, con sus acusaciones y defensas. Tiene que estar quieto, no aquietado por compulsión de nin­guna clase, porque en ese caso es un cerebro muerto que mera­mente imita o se amolda. Cuando se halla en estado de nega­ción, está quieto sin preferencia alguna, sin opción. Sólo en­tonces existe un ver total. En este ver total, que es la cualidad de la mente, no hay uno que ve, un observador ni un experimen­tador; sólo existe el ver. La mente está entonces por completo despierta. En este estado de completo despertar no existen el observador y lo observado; sólo hay luz, claridad. Cesan la con­tradicción y el conflicto entre el pensador y el pensamiento.

[13] Él había volado a París donde permaneció con amigos en un apartamento del 8º piso sobre la Avenida de la Bourdonnais. volver
[14] Ésta fue la tercera plática; verso principalmente sobre el tema del conflicto y la conciencia. volver
[15] Esa mañana él ofreció su quinta plática. volver
[16] En su plática del día anterior. Fue la séptima plática y estuvo relacionada en su mayor parte con la muerte. Al comenzarla, él sugirió cortésmente a su auditorio que deberían abstenerse de tomar notas. volver

Libro de Notas

Paris. Septiembre 4 a Septiembre 25, 1961

Jiddu Krishnamurti, diario Libro de Notas. Krishnamurti's Notebook, 1961...1962. Jiddu Krishnamurti en español.

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