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Libro de Notas

Roma e Florencia. Septiembre 27 a Octubre 18, 1961

Caminando a lo largo de la vía pavimentada que domina la basílica mayor y más abajo los famosos escalones que llevan a la fuente, con gran cantidad de flores selectas de variados y múltiples colores, y cruzando la atestada plaza seguimos por una estrecha calle de dirección única [vía Margutta], tranquila, con no demasiados automóviles; ahí, en esa calle oscuramente ilumi­nada, súbitamente y del modo más inesperado advino «lo otro» con tan intensa ternura y belleza que el cuerpo y el cerebro que­daron inmóviles. Hasta ahora y por algunos días ello no había hecho sentir su inmensa presencia; estaba ahí vagamente, a la distancia, sólo un susurro y, no obstante, en él lo inmenso se manifestaba sutilmente, con expectante paciencia. El pensamiento y el habla se desvanecieron y había un júbilo peculiar acompañado de claridad. Ello prosiguió con menor intensidad por la larga y estrecha calle hasta que el rugir del tráfico y el atestado pavimento nos tragaron a todos. Era una bendición que estaba más allá de todas las imágenes y pensamientos.

28

En raros e inesperados momentos, «lo otro» ha venido súbita e imprevisiblemente y prosiguió su camino, sin invitación y sin que hubiera habido necesidad de ello. Toda necesidad y toda exigencia interna deben cesar por completo para que ello sea.

La meditación en las tranquilas horas de la madrugada, sin ningún automóvil cerca que metiera ruido, era el descubrimiento de la belleza. No era el pensamiento; no era ninguna sustancia externa o interna que estuviera expresándose a sí misma; no era el movimiento del tiempo, porque el cerebro estaba quieto. Era la negación total de todo lo conocido, no una reacción sino una negación que no tenía causa; era un movimiento en com­pleta libertad, un movimiento que no tenía dirección ni medida; en ese movimiento había una energía ilimitada cuya misma esen­cia era silencio, quietud. Su acción era inacción total, y la esencia de esa inacción es libertad. Había una gran bienaventuranza, un gran éxtasis que pereció al ser tocado por el pensamiento.

30

El sol se estaba poniendo entre grandes nubes coloreadas tras de las colinas de Roma; eran nubes brillantes, el cielo estaba sal­picado de ellas, y toda la tierra se puso espléndida, aun los postes del telégrafo y las interminable filas de edificios. Pronto oscurecería y el automóvil corría velozmente [17]. Las colinas se desvanecían y la campiña se aplanaba. Mirar con el pensamiento y mirar sin el pensamiento son dos cosas diferentes. Mirar con el pensamiento esos árboles al costado de la carretera y los edi­ficios al otro lado de los áridos campos, mantiene al cerebro atado a sus propias amarras de tiempo, experiencia, memoria; la maquinaria del pensamiento trabaja interminablemente, sin descanso, sin frescor; el cerebro se vuelve torpe, insensible, sin el poder de recuperación. Está eternamente respondiendo al reto, y su respuesta es inapropiada, nunca es fresca, nueva. Mirar con el pensamiento mantiene al cerebro en el surco del hábito y del reconocimiento; lo torna cansado y perezoso; vive dentro de las estrechas limitaciones de su propia hechura. Nunca es libre. Esta libertad tiene lugar cuando no es el pensamiento el que mira; mirar sin el pensamiento no significa una observación en blanco, estar ausente, distraído. Cuando el pensamiento no mira, entonces hay sólo observación, sin el proceso mecánico del reconocimiento y la comparación, la justificación y la con­dena; este ver no fatiga al cerebro porque han cesado todos los procesos mecánicos del tiempo. Mediante el completo descanso, el cerebro se refresca a fin de responder sin reacción, de vivir sin deterioro, de morir sin la tortura de los problemas. Mirar sin el pensamiento es ver sin la interferencia del tiempo, del cono­cimiento y el conflicto. Esta libertad para ver no es una reacción; todas las reacciones tienen causas; mirar sin reacción alguna no es indiferencia, ni aislamiento, ni separativa frialdad. Ver sin el mecanismo del pensamiento es el ver total sin particulariza­ción ni división, lo que no significa que la separación y la desigualdad no existan. El árbol no se transforma en una casa ni la casa en un árbol. Ver sin el pensamiento no adormece el cerebro; por el contrario, éste se halla totalmente despierto, atento, sin fricción ni dolor. La atención sin las fronteras del tiempo es el florecimiento de la meditación.

Octubre 3

Las nubes eran magnificas, el horizonte estaba cubierto de ellas, salvo en el oeste donde el cielo se hallaba despejado. Al­gunas nubes eran negras, cargadas de truenos y lluvia; otras, de un blanco puro, llenas de luz y esplendor. Las había de todas las formas y tamaños, delicadas, amenazantes, como olas; se amontonaban las unas contra las otras, con inmenso poder y belleza. Parecían inmóviles pero había un impetuoso movi­miento dentro de ellas y nada podía refrenar su arrasadora in­mensidad. Un viento suave soplaba desde el oeste, conduciendo estas vastas montañas de nubes contra las colinas; las colinas daban forma a las nubes y las formas se movían con estas nubes de luz y oscuridad. Las colinas con sus aldeas desparramadas aquí y allá, esperaban por las lluvias que tanto estaban tardando en llegar; esas colinas pronto estarían verdes otra vez y los árbo­les perderían pronto sus hojas con el ya cercano invierno. La recta carretera estaba bordeada a cada lado con árboles de bellas formas y el automóvil la recorría a gran velocidad, aun en las curvas; había sido hecho para desarrollar grandes velocidades en carreteras y se estaba comportando muy bien esa mañana [18]. Lo habían modelado para acelerar, para bajar la velocidad bordeando la carretera. Muy pronto dejamos el campo y entramos en la ciudad [Roma] pero aquellas nubes estaban ahí, inmensas, furiosas y expectantes.

En medio de la noche [en Circeo], cuando todo estaba com­pletamente quieto excepto por el ocasional grito de un búho que llamaba sin obtener respuesta, en una casita en los bosques [19], la meditación era un puro gozo, sin el aleteo de un solo pensa­miento con sus interminables sutilezas; era un movimiento que no tenía fin, una observación desde el vacío en la que había cesado todo movimiento del cerebro. Era un vacío para el que nunca había existido el conocer; era un vacío que no había conocido el espacio; era un vacío de tiempo. Estaba más allá de todo ver, conocer y ser. En este vacío había furia, la furia de una tempestad, la furia del universo en explosión, la furia de la creación que nunca podría expresarse de ningún modo. Era la furia de toda la vida, la muerte y el amor. Pero no obstante era el vacío, un vasto, ilimitado vacío que nada podría llenar jamás, ni transformar, ni abarcar. La meditación era el éxtasis de este vacío.

La sutil relación que hay entre la mente, el cerebro y el cuerpo, es el complicado juego de la vida. Hay desdicha cuando uno predomina sobre el otro y la mente no puede dominar el cerebro o el organismo físico; cuando hay armonía entre ambos, entonces la mente puede consentir en obrar de acuerdo con ellos; ella no es un juguete de ninguno de los dos. Lo total puede contener lo particular, pero lo pequeño, la parte, jamás puede formular el todo. Es algo increíblemente sutil para ambos el vivir juntos en completa armonía, sin que el uno o el otro domi­ne, opte, ejerza violencia. El intelecto puede destruir el cuerpo y lo hace, y el cuerpo con su torpeza e insensibilidad puede per­vertir al intelecto y ocasionar su deterioro. El descuido del cuer­po con su complacencia y sus gustos en reclamo permanente, con sus apetitos, puede volver al cuerpo pesado e insensible y así embotar el pensamiento. Y el pensamiento, cuando se torna más refinado, más sagaz, puede descuidar y de hecho descuida las exigencias del cuerpo, el que entonces comienza a pervertir al pensamiento. Un cuerpo obeso, grosero, interfiere con las sutile­zas del pensamiento, y el pensamiento, al escapar de los conflictos y problemas que él ha engendrado, hace del cuerpo real­mente una cosa perversa. El cuerpo y el cerebro han de ser sen­sibles y estar en armonía para acompañar la increíble sutileza de la mente, que siempre es explosiva y destructiva. La mente no es un juguete del cerebro, cuya función es mecánica.

Cuando se ve la absoluta necesidad de una armonía total del cerebro y del cuerpo, entonces el cerebro vigilará al cuerpo sin dominarlo, y este mismo vigilar agudiza al cerebro y hace que el cuerpo sea sensible. El ver es el hecho, y con el hecho no hay transacciones; el hecho podrá ser descartado, negado o eludido, pero seguirá siendo un hecho. Lo que es esencial es la com­prensión del hecho y no su evaluación. Cuando el hecho es visto, entonces el cerebro está alerta a los hábitos, a los factores dege­nerativos del cuerpo. Entonces el pensamiento no impone una disciplina sobre el cuerpo ni lo controla. Porque la disciplina y el control contribuyen a la insensibilidad, y cualquier forma de insensibilidad es deterioro, marchitez.

De nuevo al despertar, automóviles rugien­do en la cuesta de la colina y en el aire se respiraba el aroma de un bosquecillo cercano [20], y la lluvia golpeaba sobre la ventana, ahí estaba otra vez «lo otro» llenando la habitación; era intenso y había en ello una sensación de furia; era la furia de una tor­menta, de un río pletórico y rugiente, la furia de la inocencia. Estaba ahí en la habitación con tal plenitud, que toda forma de meditación llegó a su fin y el cerebro estaba mirando, sintiendo desde su propio vacío. Ello persistió por un tiempo considerable pese a la furia de su intensidad, o bien a causa de ella. El cere­bro quedó vacío, lleno de «lo otro», que hacia trizas cuanto uno pensaba, sentía o veía; era un vacío en el que nada existía. Ese vacío era completa destrucción.

4

El tren [a Florencia] iba muy rápido, a más de noventa millas por hora; los pueblos sobre las colinas eran familiares y el lago [Trasimenus] parecía un amigo. Era un país familiar, el olivo y el ciprés y el camino que seguía el ferrocarril. Estaba lloviendo y la tierra se alegraba de ello porque habían transcu­rrido meses sin lluvia, y ahora se veían nuevos retoños verdes y los ríos, de color pardo, se deslizaban henchidos y veloces. El tren seguía por los valles, lanzando su aviso en los cruces, y los obreros que trabajaban a lo largo de las vías interrumpían su tarea para saludar con la mano cuando el tren amenguaba la velocidad. Era una mañana fresca y agradable, y el otoño tor­naba el color de muchas hojas en amarillo y castaño; estaban arando profundamente la tierra para la siembra de invierno, y las colinas parecían tan amigables, nunca demasiado altas, y tan apacibles, tan antiguas. El tren eléctrico corría otra vez a mucha velocidad, y los conductores nos habían dado la bienvenida invi­tándonos a entrar en su casilla, porque nos habíamos encontrado varias veces en el curso de algunos años; antes de que el tren arrancara nos dijeron que debíamos ir a verlos; eran tan amigables como los ríos y las colinas. Desde la ventanilla de ellos uno veía extenderse todo el campo; y las colinas con sus poblados y el río cuyo curso estábamos siguiendo parecían estar a la espera del familiar bramido de su tren. El sol rozaba unas pocas coli­nas y había una sonrisa sobre la faz de la tierra. Mientras corríamos velozmente hacia el norte el cielo se aclaraba y los cipreses y olivos se mostraban delicados en su esplendor contra el azul del cielo. La tierra, como siempre, era bella.

Era noche profunda cuando la meditación llenaba los espa­cios del cerebro y más allá. La meditación no es un conflicto, una guerra entre lo que es y lo que debería ser; no había con­trol alguno y, por tanto, no había distracción. No había contra­dicción entre el pensador y el pensamiento porque no existía ninguno de los dos. Sólo había un ver sin el observador; este ver provenía del vacío, y el vacío no tenía causa. Toda causa­lidad engendra inacción, la cual es llamada acción.

Qué extraño es el amor y qué respetable se ha vuelto: el amor a Dios, el amor al prójimo, el amor a la familia. Qué pul­cramente se le ha dividido, el profano y el sagrado; deber y res­ponsabilidad; obediencia y buena voluntad para morir y para dar muerte. Los sacerdotes hablan de él y lo mencionan los ge­nerales cuando planean las guerras; de él se lamentan eterna­mente los politices y la dueña de casa. Los celos y la envidia ali­mentan el amor, y en ese amor se encuentra aprisionada la rela­ción. El amor está en la pantalla y en las revistas, y lo pregona estridentemente la radio y la televisión. Cuando la muerte se lleva al amor, está la fotografía en el marco o la imagen que la memoria continua repasando, o es celosamente mantenido por me­dio de la creencia. Generación tras generación se educan en esto y así el dolor prosigue interminablemente.

La continuidad del amor es placer y con éste viene siempre el dolor, pero nosotros tratamos de evitar a uno y de aferrarnos al otro. Esta continuidad implica estabilidad y seguridad en la relación, y en la relación no debe haber ningún cambio porque la relación es hábito, y en el hábito hay seguridad y hay dolor. Es a esta inacabable maquinaria de placer y dolor que nos afe­rramos, y esta cosa es llamada amor. Para escapar de su aburri­miento están la religión y el romanticismo. Las palabras cambian y se modifican con cada uno, pero el romanticismo ofrece un maravilloso escape del hecho que constituyen el placer y el dolor. Y, por supuesto, el último refugio, la última esperanza es Dios, quien así se ha vuelto muy respetable y provechoso.

Pero todo esto no es amor. El amor no tiene continuidad; no puede ser trasladado al mañana, no tiene futuro. Si lo tiene es memoria, recuerdos, y los recuerdos son cenizas de todo cuan­to está muerto y sepultado. El amor no tiene mañana; no puede ser encerrado en el tiempo y convertido en algo respetable. El amor está ahí cuando el tiempo no está. El amor no tiene expec­tativas ni esperanzas; la esperanza engendra la desesperación. No pertenece a ningún dios y, por tanto, a ningún pensamiento ni sentimiento. No puede ser conjurado por el cerebro. Vive y muere a cada minuto. Es algo terrible, porque el amor es des­trucción. Es destrucción sin mañana. Amor es destrucción.

5

En el jardín hay un árbol alto, inmenso [21], que tiene un tronco enorme; durante la noche sus hojas secas hacen ruido al ser agitadas por el viento del otoño; todos los árboles del jardín estaban vivos, crujientes, todos murmuraban, gritaban; el invier­no estaba muy lejos todavía y el viento soplaba sin descanso. Pero el árbol dominaba el jardín; se elevaba por sobre la casa de cuatro pisos y era alimentado por el río [el Mugnone]. Éste no era uno de esos grandes ríos arrolladores y peligrosos; su existencia había adquirido fama, y sus curvas penetraban en los valles y salían de ellos para desembocar a cierta distancia en el mar. Siempre hay agua en él, y se ven pescadores suspendidos sobre los puentes y a lo largo de sus orillas. Por la noche, la pequeña cascada se queja mucho y su sonido llena el aire; el crujir de las hojas, la cascada y el bullicioso viento parecen ha­blarse constantemente entre ellos. Era una mañana agradable, con un cielo azul y unas pocas nubes desperdigadas en él; hay dos cipreses, alejados de todos los demás, que se destacan nítidamente contra el cielo.

Otra vez, bien pasada la medianoche, cuando el viento ulu­laba con fuerza entre los árboles, la meditación se tornó en algo furiosamente explosivo que destruía todas las cosas del cerebro; cada pensamiento moldea cada respuesta y limita la acción. La acción nacida de la idea es no-acción; tal no-acción engendra conflicto y dolor. En el silencioso instante de la medi­tación era cuando había fuerza, fuerza que no está compuesta por las múltiples fibras de la voluntad; la voluntad es resistencia y la acción de la voluntad engendra confusión y dolor, tanto in­terna como externamente. La fuerza no es el opuesto de la debi­lidad; todos los opuestos contienen en si su propia contradicción.

7

Había comenzado a llover y el cielo estaba cargado de nu­bes; antes de que estuviera completamente cubierto, nubes in­mensas llenaban el horizonte, y era algo maravilloso verlas, tan vastas, tan pacificas, con la paz de un poder y una fuerza enormes. Y las colinas de la Toscana se hallaban muy cerca de esas nubes aguardando su furia. Ésta llegó durante la noche estallando en truenos y relámpagos que mostraban a cada hoja vibrante de viento y de vida. Era una noche espléndida, plena de tormenta, vida e inmensidad. Toda la tarde «lo otro» había estado presente en el automóvil y en la calle. Estuvo ahí la ma­yor parte de la noche y esta mañana temprano mucho antes del amanecer, cuando la meditación se abría paso en desconocidas profundidades y alturas; ahí estaba con furia insistente. La me­ditación se rindió a «lo otro». Ello estaba ahí, en la habitación, en las ramas de ese enorme árbol del jardín; estaba ahí con un poder tan increíble que los mismos huesos parecían presionar a través de todo el ser inmovilizando completamente el cuerpo y el cerebro. Había estado ahí toda la noche en una forma benigna y suave, y el sueño se tornó en algo muy liviano, pero a medida que el alba se aproximaba, ello se convirtió en un poder quebrantador, penetrante. El cuerpo y el cerebro esta­ban muy alertas, escuchando el crujir de las hojas y viendo la llegada del amanecer a través de las oscuras ramas de un alto y erguido pino. Había en ello una gran dulzura y belleza que estaban más allá y fuera de todo pensamiento y emoción. Estaba ahí, y con ello había una bendición.

La fuerza no es el opuesto de la debilidad; todos los opuestos engendran ulteriores opuestos. La fuerza no es un evento de la voluntad, y la voluntad es acción siempre contradictoria. Existe una fuerza que no tiene causa, que no es el producto de múltiples decisiones. Es esa fuerza que hay en la negación; esa fuerza que nace de la madura y total soledad. Es esa fuerza que adviene cuando han cesado completamente todo esfuerzo y conflicto. Está ahí cuando llegan a su fin todo pensamiento y sentimiento y solamente existe el ver. Está ahí cuando la ambición, la codi­cia, la envidia han cesado sin compulsión alguna, marchitándose con la comprensión. Esa fuerza existe cuando el amor es muerte y la muerte es vida. La esencia de esa fuerza es humildad.

¡Qué fuerte es la hoja recién nacida en primavera, tan vul­nerable, tan fácil de destruir! La vulnerabilidad es la esencia de la virtud. La virtud nunca puede resistir el oropel de la respetabilidad y la vanidad del intelecto. La virtud no es la con­tinuidad mecánica de una idea, de un pensamiento dentro del hábito. La fuerza de la virtud radica en que ésta es fácilmente destruida para renacer de nuevo cada vez. Fuerza y virtud van juntas porque ninguna de las dos puede existir sin la otra. Ambas pueden sobrevivir únicamente en el vacío.

8

Había estado lloviendo todo el día; los caminos estaban fangosos, en el río había más agua pardusca y la pequeña cascada estaba metiendo más bulla. Era una noche tranquila, una invitación A las lluvias que no habían parado un momento hasta tempranas horas de la mañana. Y súbitamente salió el sol, y hacia el oeste el cielo estaba y lavado por la lluvia, con esas enormes nubes plenas de luz y esplendor. Era una bella mañana, y mirando hacia el oeste, con el cielo tan intensamente azul, desaparecieron todo pensamiento, toda emo­ción, y sólo existía un ver desde el vacío.

Antes del amanecer, la meditación era una inmensa aper­tura en lo desconocido. Nada puede abrir la puerta, salvo la destrucción completa de lo conocido. La meditación es com­prensión explosiva. No hay comprensión sin el conocimiento de uno mismo; aprender acerca de sí mismo no es acumular conocimientos al respecto; la acumulación de conocimientos im­pide el aprender; el aprender no es un proceso aditivo; el apren­der es de instante en instante, como lo es el comprender. Este proceso total del aprender es la cualidad explosiva que hay en la meditación.

9

Esta mañana temprano no había una nube en el cielo; el sol estaba surgiendo por detrás de las colinas toscanas del color gris del olivo, pobladas de oscuros cipreses. No había sombras sobre el río y las hojas del álamo temblón estaban quietas. Pocos pájaros no habían emigrado aún, y el río parecía estar inmóvil. Cuando el sol asomó detrás del río, proyectó largas sombras sobre las quietas aguas[22]. Pero una suave brisa venía de las colinas y a través de los valles; pasaba entre las hojas haciéndolas temblar y danzar bajo el sol de la mañana. Había sombras cortas y largas, unas opulentas y otras exiguas sobre las rutilantes aguas parduscas; una solitaria chimenea comenzó a humear lanzando grises nubes de humo sobre los árboles. Era una hermosa mañana plena de encanto y belleza, con tantas sombras, con tantas hojas temblando. El aire estaba perfumado y aunque el sol era otoñal, se sentía el hálito de la primavera. Un auto pequeño estaba remontando la colina haciendo un ruido terrible, pero miles de sombras permanecían inmóviles. Era una bella mañana.

En la tarde de ayer ello comenzó súbitamente, en una habi­tación que daba sobre una ruidosa calle[23]; la fuerza y la belleza de «lo otro» se esparcía desde la habitación hacia afuera por encima del tránsito, traspasaba los jardines e iba más allá de las colinas. Estaba ahí, inmenso e impenetrable; permaneció ahí en la tarde, y justo cuando uno se disponía a acostarse, ahí estaba con furiosa intensidad, una bendición de gran beatitud. No hay modo de acostumbrarse a ello porque es siempre diferente, hay algo siempre nuevo, una nueva cualidad, un sutil significado, una nueva luz, algo que no había sido visto antes. No era una cosa para ser almacenada, recordada y examinada en un rato de ocio; estaba ahí y no había pensamiento que pudiera aproxi­mársele, porque el cerebro estaba quieto y no existía el tiempo para experimentar, para acumular. Estaba ahí y todo pensa­miento se aquietaba.

La intensa energía de la vida siempre está ahí, día y noche. Es una energía sin fricción, sin dirección, ni opción ni esfuerzo. Está ahí con tal intensidad que el pensamiento y el sentimiento no pueden capturarla y moldearla de acuerdo con sus antojos, creencias, experiencias y requerimientos. Está ahí con una abun­dancia tal que nada puede disminuirla. Pero nosotros tratamos de usarla, de darle una dirección, de capturarla dentro del molde de nuestra existencia y así torcerla para ajustarla a nuestro pa­trón, a nuestra experiencia y conocimiento. Están la ambición, la codicia, la envidia; éstas reducen su energía y así hay con­flicto y dolor; la crueldad de la ambición personal o colectiva distorsiona su intensidad ocasionando odio, antagonismo, con­flicto. Cada acto de la envidia pervierte esta energía, creando descontento, desdicha, temor; con el temor hay culpa, hay an­siedad y la interminable desgracia de la comparación y la imi­tación. Es esta energía adulterada la que produce al sacerdote y al general, al político y al, estafador. Esta ilimitada energía hecha incompleta por nuestro deseo de permanencia es el suelo donde se desarrollan las estériles ideas, la compe­tencia, la crueldad y la guerra; ésa es la causa del eterno conflicto entre hombre y hombre.

Cuando todo esto es descartado, fácilmente y sin esfuerzo, sólo entonces hay esa intensa energía que únicamente puede existir y florecer en libertad. Sólo en libertad ella no es causa de conflicto y dolor; sólo entonces se multiplica y no tiene fin. Ella es la vida sin principio ni fin; esa creación, la cual es amor, destrucción.

La energía que se utiliza en una dirección determinada con­duce a una sola cosa: conflicto y dolor; la energía que es la expresión de la totalidad de la vida, es una bienaventuranza que está más allá de toda medida.

12

El cielo estaba amarillo con el sol poniente, y el oscuro ciprés y el gris olivo eran sobrecogedoramente hermosos; más abajo, el sinuoso río se veía dorado. Era un anochecer esplén­dido, pleno de luz y silencio. Desde esa altura [24] uno podía ver la ciudad en el valle, la cúpula y el hermoso campanario, y el río que atravesaba en curvas la ciudad. Bajando la pen­diente y los escalones, uno sentía la gran belleza del anochecer; había poca gente, y los excéntricos, bulliciosos turistas habían pasado temprano por allí, siempre parloteando, tomando fotos y escasamente viendo cosa alguna. El aire estaba perfumado, y a medida que el sol se ponía, el silencio se tornaba profundo, rico e insondable. Sólo desde este silencio existe el ver, el ver­dadero escuchar, y desde este silencio advino la meditación, aunque el pequeño automóvil descendía ruidosamente la curva carretera dando innumerables topetazos. Había dos pinos ro­manos contra el cielo amarillento y, aunque uno los había visto a menudo con anterioridad, era como si nunca hubieran sido vistos; la colina suavemente inclinada era de un gris plateado por la presencia del olivo, y en todas partes se veía el oscuro ciprés solitario. La meditación era explosiva, no algo cuidadosamente planeado, tramado y preparado con un determi­nado propósito. Era una explosión que no dejaba ningún rema­nente del pasado. Ella hacia estallar el tiempo, y el tiempo ya nunca más necesitaba detenerse. En esta explosión todo era sin sombra, y ver sin sombra es ver más allá del tiempo. Era un anochecer maravilloso, pleno de humor y espacio. La ciudad ruidosa con sus luces y el tren que corría suavemente, se hallaban dentro de este vasto silencio cuya belleza estaba en todas partes.

El tren, yendo hacia el sur [de regreso a Roma] estaba ates­tado con muchísimos turistas y hombres de negocios; fumaban sin cesar y comieron pesadamente cuando se sirvió la comida. El campo estaba hermoso, lavado por la lluvia, fresco, y no se veía una nube en el cielo. Sobre las colinas había antiguos pue­blos amurallados, y el lago de tantos recuerdos estaba azul, sin una sola onda; el rico país cedía al suelo pobre y árido, y las granjas parecían menos prósperas, los pollos estaban más fla­cos, no había ganado en los alrededores y se veían pocas ovejas. El tren corría velozmente, tratando de recuperar el tiempo que había perdido. Era un día maravilloso, y ahí, en ese compartimiento lleno de humo, con pasajeros que apenas si miraban hacia afuera por la ventanilla, ahí estaba «lo otro». Toda esa noche estuvo ahí con tanta intensidad que el cerebro sentía su presión. Era como si en el centro mismo de toda la existencia ello estuviera operando en su pureza e inmensidad. El cerebro observaba, como estaba observando la escena que pasaba veloz­mente, y en este mismo acto él fue más allá de sus propias limi­taciones. Y durante la noche, en singulares momentos, el medi­tar era un fuego de explosión.

13

El cielo es claro, el pequeño bosque al otro lado del camino está lleno de luz y sombras. Temprano en la mañana, antes de que el sol surgiera sobre la colina, cuando el amanecer todavía estaba sobre la tierra y no había automóviles subiendo por la ladera, la meditación era inagotable. El pensamiento siempre es limitado, no puede ir muy lejos porque está arraigado en la memoria, y cuando va lejos se torna meramente especulativo, imaginativo, carente de validez. El pensamiento no puede en­contrar lo que está más allá de sus propias fronteras de tiempo; el pensamiento está atado al tiempo. El pensamiento desenre­dándose a sí mismo, desembarazándose de la red de su propia hechura, no es el movimiento total de la meditación. El pensa­miento en conflicto consigo mismo no es meditación; la medi­tación es el cese del pensamiento y el comienzo de lo nuevo. El sol trazaba diseños sobre la pared, los automóviles venían remontando la colina y pronto los obreros estarían silbando y cantando en la nueva construcción al otro lado del camino.

El cerebro no tiene descanso, es un instrumento asombrosa­mente sensible. Está siempre recibiendo impresiono, interpre­tándolas, almacenándolas; jamás se halla quieto, ni cuando está despierto ni cuando duerme. Su preocupación es la supervi­vencia y la seguridad, las heredadas respuestas animales; sobre las bases de éstas se construyen sus astutas invenciones internas y externas; sus dioses, sus virtudes, sus moralidades son sus defensas; sus ambiciones, deseos, compulsiones y adaptacio­nes son los instintos de supervivencia y seguridad. Siendo altamente sensible, el cerebro con su maquinaria del pensamiento comienza a cultivar el tiempo, los ayeres, el hoy y los múltiples mañanas; esto le brinda una oportunidad de postergación y rea­lización; la postergación, el ideal y la realización son su propia continuidad. Pero en esto siempre hay dolor; de esto deriva el escape hacia la creencia, el dogma, la actividad y las múltiples formas de entretenimiento, incluidos los rituales religiosos. Pero siempre está la muerte con su temor; el pensamiento busca entonces bienestar y escape en creencias racionales e irracionales, en esperanzas, en conclusiones. Las palabras y las teorías se vuelven pasmosamente importantes, se vive en función de ellas y se construye toda la estructura de la existencia sobre los sen­timientos que despiertan dichas palabras y conclusiones.

El cerebro y su pensamiento funcionan en un nivel muy superficial, por muy profundamente que el pensamiento pueda creer que ha viajado. Porque el pensamiento, por mucho que haya experimentado, por hábil y erudito que sea, es superficial. El cerebro y sus actividades constituyen un fragmento de la totalidad de la vida; el fragmento se ha vuelto completamente importante para sí mismo y para su relación con otros fragmen­tos. Esta fragmentación y las contradicciones que engendra constituyen su misma existencia; el pensamiento no puede comprender la totalidad, y cuando intenta formular la totalidad de la vida, él únicamente puede pensar en términos de opuestos y reacciones que tan sólo engendran conflicto, confusión y des­dicha.

El pensamiento jamás puede comprender o formular la tota­lidad de la vida. Sólo cuando el cerebro y su pensamiento están completamente quietos, no dormidos ni drogados por la disci­plina, la compulsión o la hipnosis, sólo entonces existe la lúcida percepción de lo total. El cerebro, que es tan asombrosamente sensible, puede permanecer inmóvil, inmóvil en su sensibilidad, amplia y profundamente atento pero completamente quieto. Cuando el tiempo y su medida cesan, sólo entonces existe lo total, lo incognoscible.

14

En los jardines [de la villa Borghese], justo en medio del ruido y de los olores de la ciudad, con sus chatos pinos y sus muchos árboles que se estaban tornando de color amarillo cas­taño, y con el aroma de la tierra húmeda, ahí, mientras uno se hallaba paseando con cierta seriedad, surgió la percepción de «lo otro». Estaba ahí con admirable belleza y dulzura; no era que uno se hallara pensando al respecto - ello impide todo pen­samiento - sino que estaba ahí con tal plenitud que causaba sorpresa y un intenso deleite. La seriedad del pensamiento es muy fragmentaria e inmadura, y no obstante tiene que haber una seriedad que no es el producto del deseo. Existe una serie­dad que tiene la cualidad de la luz, cuya misma naturaleza con­siste en profundizar, una luz que carece de sombra; esta es infinitamente flexible y, por tanto, gozosa. Estaba ahí, y cada árbol, cada hoja, cada brizna de hierba y cada flor cobraron intensa vida y esplendidez; el color era rico y el cielo inmensu­rable. La tierra, húmeda y sembrada de hojas, era la vida.

15

El sol de la mañana está sobre el bosquecillo al otro lado de la carretera; es una mañana tranquila, apacible, dulce bajo el sol no demasiado fuerte, y el aire es puro y fresco. Cada árbol está tan fascinantemente vivo, con tantos colores, y hay tantas sombras; todo es un llamado y una espera. Mucho antes de que el sol se levantara, cuando aún había quietud, sin nin­gún automóvil que subiera por la colina, la meditación era un movimiento en medio de la bendición. Este movimiento fluía dentro de «lo otro» que estaba ahí, en la habitación, colmándola y desbordándola hacia afuera y más allá, sin fin. Había en ello una profundidad inmensa e insondable y había paz. Esta paz jamás conoció el conflicto, no estaba contaminada por el pensamiento y el tiempo. No era la paz de la finalidad última; era algo tremenda y peligrosamente vivo. Y no tenía defensas. Toda forma de resistencia es violencia y, por consiguiente, tam­bién es concesión. Esa no era la paz que engendra el conflicto; esa paz estaba más allá de todo conflicto y de sus opuestos. No era el fruto de la satisfacción y el descontento, en lo cual están las semillas del deterioro.

16

Fue antes del amanecer, cuando no había ruido y la ciudad aún se hallaba dormida, que el cerebro al despertar se quedó inmóvil porque «lo otro» estaba ahí. Entró muy quietamente y con tan vacilante cuidado porque en los ojos había sueño todavía, pero ello fue un gran gozo, de una admirable simpli­cidad y pureza.

18

En el avión [25]. Truenos y un gran chaparrón lo habían des­pertado a uno en medio de la noche [en Roma], con la lluvia golpeando contra la ventana y entre los árboles al otro lado de la carretera. El día había sido caluroso y el aire era agradable­mente fresco; la ciudad dormía y la tormenta había cesado. Los caminos estaban húmedos y había escaso tránsito tan tem­prano en la mañana; el cielo todavía se hallaba cargado de nubes y había amanecida sobre la tierra. La iglesia [S. Giovanni in Luterano] con sus mosaicos dorados estaba brillantemente ilumi­nada con luz artificial. El aeropuerto se encontraba muy lejos [26] y el poderoso automóvil corría bellamente; estaba tratando de competir en carrera con las nubes. Pasó a los pocos automóviles que había en el camino, y abrazaba a gran velocidad la carretera en cada recodo. Lo habían retenido demasiado tiempo en la ciu­dad, y ahora estaba libre en la carretera. Y muy pronto estaría en el aeropuerto. En el aire se percibía el aroma del mar y de la tierra húmeda; los campos recientemente arados estaban oscuros y el verde de los árboles lucía muy vivo aun cuando el otoño había alcanzado ya unas pocas hojas; el viento soplaba del oeste y no habría sol durante todo el día. Cada hoja estaba limpia, lavada por la lluvia, y había belleza y paz sobre la tierra.

En medio de la noche, en la calma que siguió al trueno y al relámpago, el cerebro estaba totalmente quieto y la meditación era una apertura dentro del inmensurable vacío. La misma sen­sibilidad del cerebro lo aquietaba; estaba quieto pero sin motivo; la acción de la quietud que obedece a un motivo es desintegra­ción. El cerebro estaba tan quieto que el espacio limitado de una habitación había desaparecido y había cesado el tiempo. Sólo existía una atención despierta sin un centro que estuviera atento; era la atención en la que el origen del pensamiento había cesado sin violencia alguna, naturalmente, fácilmente. Esa aten­ción podía oír la lluvia y el movimiento en la habitación conti­gua; escuchaba sin ninguna interpretación y observaba sin el conocimiento. También el cuerpo estaba inmóvil. La meditación se rendía a «lo otro», que era de una pureza que todo lo des­hacía sin dejar residuos; ello estaba ahí; eso es todo, y nada existía. Como nada existía, ello era. Era la pureza de toda esen­cia. Esta paz es un vasto, ilimitado espacio de inmensurable vacuidad.

[17] En el camino a Circeo, cerca del mar, entre Roma y Nápoles. volver
[18] En la ruta de regreso a Roma desde Circeo, donde pasó tres noches en el Hotel «La Baya d’argento». volver
[19] Una de las pequeñas casas que pertenecen al hotel de Circeo, situado en un jardín boscoso. Hay allí mucha tranquilidad. Cada casa contenía dos dormitorios, un cuarto de baño y una sala de estar. volver

[20] Él estaba parando en Roma en la vía dei colli della Farnesina, una nueva carretera con muy poco tránsito: el bosquecillo se hallaba al otro lado del camino. volver
[21] Un acebo. Él estaba parando en una casa de campo. Il Lección, al norte de Florencia, sobre el Fiesole. volver
[22] Una pequeña laguna formada por la corriente de un bosque. volver
[23] Un apartamento en Florencia donde estaba de visita. volver
[24] Desde S. Miniato al Monte, en el lado sur del Arno. volver
[25] Volando hacia Bombay, adonde llegó el día 20. volver
[26] Ciampino. El aeropuerto de Fiumicino aún no había sido construido. volver

Libro de Notas

Roma e Florencia. Septiembre 27 a Octubre 18, 1961

Jiddu Krishnamurti, diario Libro de Notas. Krishnamurti's Notebook, 1961...1962. Jiddu Krishnamurti en español.

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