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Libro de Notas

Bombay y Valle Rishi. Octubre 20 a Noviembre 20, 1961

El mar, a unos cuatrocientos pies más abajo, parecía tan calmo, tan vasto, sin una sola onda, sin ningún movimiento; el desierto y los ardientes cerros, desnudos de árboles, se veían bellos y despiadados; luego más mar y las distantes luces de la ciudad donde todos los pasajeros descendieron; el vocerío, la montaña de valijas, la inspección y el largo viaje por calles mal iluminadas y atestadas con una población en constante incre­mento; los múltiples olores penetrantes, las voces agudas, los templos decorados, los automóviles festoneados con flores por ser un día de fiesta; casas suntuosas, oscuros arrabales, y luego de bajar por una empinada pendiente, el automóvil se detuvo y abrieron la puerta.

Hay un árbol lleno de hojas verdes y brillantes, muy sereno en su dignidad y pureza; está rodeado de casas mal proporcio­nadas, con gente que jamás lo ha mirado ni ha mirado si­quiera una sola de sus hojas. Pero esa gente gana dinero, va a la oficina, bebe, engendra hilos y come enormemente. En la noche pasada, la luna estuvo sobre ese árbol, y toda la espléndida penumbra tenía vida. Y al despertar hacia el amanecer, la medi­tación era el esplendor de la luz, porque «lo otro» estaba ahí, en una habitación poco familiar. De nuevo era ello paz, una paz inminente y apremiante, no la paz de los políticos o de los sacer­dotes o de los satisfechos; era demasiado inmensa para ser con­tenida por el espacio y el tiempo, para ser formulada por el pensamiento o el sentimiento. Esa paz era todo el peso de la tierra y las cosas que hay sobre la tierra; era los cielos y más allá de los cielos. El hombre debe dejar de ser para que ella sea.

El tiempo está siempre repitiendo su reto y sus problemas; las respuestas y réplicas se internan en lo inmediato. Estamos ocupados con el reto inmediato y con la inmediata respuesta al mismo. Esta respuesta inmediata al llamado de lo inmediato es la mundanalidad con todos sus insolubles problemas y agonías; el intelectual responde con una acción nacida de ideas que tienen sus raíces en el tiempo, en lo inmediato, y el irreflexivo lo sigue pasmado; el sacerdote de la religión bien organizada en base a la propaganda y a la creencia, responde al reto de acuerdo con lo que le han enseñado; el resto sigue el patrón del agrado y desagrado, del prejuicio y la malicia. Y cada ar­gumento, cada gesto es la continuidad de la desesperación, la confusión y el dolor. No hay fin para ello. Volver la espalda a todo eso designando con diferentes nombres a esta actividad, no es acabar con ella. Eso está ahí sea que uno lo niegue o no, sea que uno lo haya analizado críticamente o que diga que toda la cosa es una ilusión, maya. Está ahí y uno siempre uno está midiéndolo. Son estas respuestas inmediatas a una serie de llamadas de lo inmediato las que tienen que cesar. Entonces uno responderá al reclamo inmediato del tiempo, desde el vacío del no-tiempo, o quizás uno no responda en absoluto, lo que puede ser la verdadera respuesta. Toda réplica del pensamiento y la emoción sólo han de prolongar la desesperación y la agonía de los problemas que no tienen respuesta; la respuesta final está más allá de lo inmediato.

En lo inmediato está toda nuestra esperanza, vanidad y am­bición, sea que la inmediatez se proyecte hacia el futuro de los muchos mañanas o en el ahora. Este es el camino del dolor. El cese del dolor nunca está en la respuesta inmediata a los múltiples retos. El cese del dolor radica en el acto de ver este hecho.

21

Las palmeras se mecían con gran dignidad, inclinándose placenteramente ante la brisa marina que venia del oeste; parecían tan distantes de la ciudad ruidosa y atestada. Se veían oscuras contra el cielo crepuscular; sus troncos eran altos y bien formados, finos a fuerza de muchos años de paciente trabajo; esas palmeras dominaban el anochecer de las estrellas y el cálido mar. Casi tendían sus palmas para recibirlo a uno, para arrebatarlo de la sórdida calle, pero la brisa vespertina se las llevaba para llenar el cielo con su movimiento. La calle estaba atestada; nunca estaría limpia, demasiada gente había escupido sobre ella; habían ensuciado sus paredes con los anuncios de los últimos filmes; las habían embadurnado con los nombres de aquellos a quienes uno debía otorgar su voto, con los símbolos partidarios; era una calle sórdida aun cuando fuera una de las arterias principales de la ciudad; pasaban autobuses mugrientos; los taxis lo aturdían a uno con sus bocinazos y parecía que por ahí habían transitado muchos perros. Un poco más lejos estaban el mar y el sol poniente, que era una roja bola de fuego; había sido un día abrasador y el sol enrojecía el mar y las escasas nubes. No había una sola onda en el mar, pero éste se veía inquieto y sombrío. Hacia demasiado calor para que fuera un anochecer agradable y la brisa parecía haber olvidado su encanto. A lo largo de la sórdida calle, con la gente empujándolo a uno, la meditación era la misma esencia de la vida. El cerebro, tan delicado y vigilante, estaba completamente quieto, observando las estrellas, atento a la gente, a los olores, al ladrido de los perros. Una solitaria hoja amarilla cayó sobre la sucia carretera y el automóvil que pasaba la destruyó; estaba tan llena de color y belleza y fue destruida tan fácilmente.

Mientras uno caminaba por la calle bordeada de unas pocas palmeras, «lo otro» advino como una ola que purificaba y fortalecía; estaba ahí como un perfume, como un hálito de inmensidad. No era un sentimiento, una ficción engendrada por la ilusión o por la fragilidad del pensamiento; estaba ahí, distinto y claro, sin confusión posible, sin vacilación, definido, preciso. Estaba ahí, una cosa sagrada, y nada podía alcanzarla, nada podía quebrar su finalidad. El cerebro era consciente de la proximidad de los autobuses que pasaban, de la calle húmeda y del chillido de los frenos; se daba cuenta de todas estas cosas y, más allá, del mar; pero el cerebro no tenía relación con ninguna de estas cosas; estaba completamente vacío, sin raíces de ninguna clase, vigilando, observando desde esta vacuidad. «Lo otro» presionaba sobre él con aguda urgencia. Ello no era un sentimiento, una sensación, sino algo tan real como el hombre que estaba lla­mando. No era una emoción que cambia, que varia y continúa, y el pensamiento no podía alcanzarlo. Estaba ahí con la deter­minación de la muerte que ningún pensamiento podría disuadir. Como no tenía raíces ni relación alguna con nada, nada podía contaminarlo; era indestructible.

23

La completa quietud del cerebro es una cosa extraordinaria; en esa quietud el cerebro es altamente sensible, vigoroso, lleno de vida, consciente de cada movimiento externo, pero se halla completamente abierto, libre de cualquier estorbo, sin ningún deseo secreto, sin perseguir nada; está quieto y, por tanto, no existe conflicto alguno, el cual es esencialmente un estado de contradicción. Está completamente quieto en el vacío; esta va­cuidad no es un estado de carencia, de mente en blanco; es energía que no tiene un centro, que no tiene un límite. Bajando por la apiñada calle, sórdida y maloliente, en medio del rugir de los autobuses, el cerebro estaba atento a las cosas que lo rodeaban, y el cuerpo caminaba, sensible a los olores, a la sucie­dad, a los sudorosos obreros, pero no había un centro desde el cual tuviera lugar una observación, un dirigir, un censurar las cosas. Durante toda esa milla y al regresar, el cerebro estuvo sin un solo movimiento que significara pensar o sentir; el cuerpo se fatigaba, poco acostumbrado a la humedad y al espantoso calor reinante pese a que el sol se había puesto cierto tiempo atrás. Era un fenómeno extraño, aun cuando ya hubiera ocurrido antes algunas veces. Uno nunca puede habituarse a nin­guna de estas cosas, porque no es algo que pertenezca al hábito o al deseo. Ello es siempre sorprendente después que ha pasado.

En el atestado avión [a Madrás] hacia calor y aun a aquella altura, unos ocho mil pies, parecía que jamás iría a refrescar. En ese avión matinal, súbitamente y del modo más inesperado, advino «lo otro». Ello nunca es igual, es siempre nuevo, im­previsto; lo más extraño al respecto es que el pensamiento no puede volver a ello, reconsiderarlo, examinarlo deliberadamente. La memoria no interviene en eso, porque cada vez que ocurre es tan totalmente nuevo e inesperado que no deja tras de sí ningún recuerdo. Por ser un acontecimiento completo y total, no se graba en la memoria para registrarse como un recuerdo Así, siempre es nuevo, joven, imprevisto. Llegó acompañado de una extraordinaria belleza, no a causa de la forma fantástica de las nubes o por la luz que éstas contenían, ni por el cielo tan infinitamente delicado y azul; no había razón ni causa para su increíble belleza y por eso era bello. Era la esencia, no la de todas las cosas que han sido producidas y a las que se ha dado forma para que se las sienta y se las vea, sino la esencia de toda la vida que ha sido, es y será, la vida sin tiempo. Ello estaba ahí y era el frenesí de la belleza.

El pequeño automóvil volvía a su valle [27], lejos de las ciuda­des y las civilizaciones; saltaba por caminos accidentados llenos de baches, tomaba agudas curvas gimiendo, crujiendo, pero seguía adelante; no era un auto viejo, pero había sido descuidadamente montado; olía a petróleo y aceite, pero corría de vuelta al hogar, tan rápido como le era posible, sobre caminos pavimentados y sin pavimentar. La tierra estaba hermosa, había llovido reciente­mente, la noche anterior. Los árboles rebosaban de verdes y brillantes hojas -el tamarindo, la gran higuera y otros innume­rables árboles; se veían muy vitales, frescos y jóvenes pese a que algunos de ellos debían ser muy viejos. Estaban ahí los ce­rros y la tierra roja; no eran cerros impresionantes sino suaves y antiguos, algunos de ellos los más antiguos de la tierra, y a la luz del anochecer se veían con ese azul añejo que sólo determinados cerros suelen tener. Algunos eran rocosos y esta­ban desnudos, otros tenían arbustos achaparrados y en unos pocos había unos cuantos árboles, pero se mostraban benévolos y amistosos como si hubieran visto todo el dolor del mundo. Y la tierra a sus pies era roja; las lluvias la habían tornado más roja aún; no era el rojo de la sangre o el del sol o el de algún tinte fabricado por el hombre; era rojo, el color que contenía todos los rojos; había en él claridad y pureza, y el verde resal­taba sobrecogedor en contraste con ese rojo. Era un hermoso anochecer y estaba refrescando porque el valle se encontraba a cierta altura.

En medio de la luz crepuscular y de los cerros que se toma­ban más azules y del rojo cada vez más vivo de la tierra, «lo otro» advino silenciosamente acompañado de una bendición. Ello es maravillosamente nuevo cada vez, y sin embargo es lo mismo. Era inmenso en su fuerza, la fuerza de la destrucción y la vulnerabilidad. Llegó con tanta plenitud, y en un instante había desaparecido; fue un instante más allá de todo tiempo. El día había sido agotador pero el cerebro se hallaba extraña­mente alerta, viendo sin el observador; viendo no con la expe­riencia sino desde el vacío.

24

La luna estaba llegando exactamente sobre los cerros, atra­pada en una larga nube serpentina que le daba una fantástica forma. Estaba enorme, empequeñecía a los cerros, a la tierra con sus verdes pastizales. Allí donde ella iba surgiendo, el cielo se tornaba más claro y había menos nubes; pero pronto des­apareció entre los oscuros nubarrones cargados de lluvia. Comenzó a lloviznar y la tierra estaba contenta; aquí no llueve mucho y cada gota tiene valor; la gran higuera y el tamarindo y el mango disputarían a causa de ello, pero las plantas pequeñas y la siembra de arroz se regocijaban aún con una lluvia tan escasa. Infortunadamente, incluso las pocas gotas cesaron y pronto la luna brilló en un cielo claro. En la costa estaba lloviendo furiosamente, pero aquí donde la lluvia era indispen­sable, las nubes cargadas pasaban de largo. Era un hermoso anochecer y había sombras oscuras y profundas de múltiples diseños. La luna brillaba intensamente, las sombras estaban muy quietas y las hojas recién lavadas centelleaban. Mientras uno iba paseando y conversando, la meditación proseguía bajo las palabras y la belleza de la noche. Proseguía a una gran profundidad fluyendo hacia adentro y hacia afuera; era un movimiento que estallaba y se expandía. Uno se daba cuenta de ello; ocurría; no era algo que uno estuviera experimentando, el experimentar limita; ello tenía lugar, sucedía sin la participación de uno; el pensamiento no podía compartirlo porque el pensamiento, en cualquiera de sus formas, es una cosa muy vana y mecánica; ni la emoción podía enredarse en ello; era algo demasiado perturbadoramente activo para ambos. Estaba ocurriendo a una profundidad tan desconocida que no existía medida posible para ella. Pero había una gran quietud. Era algo muy sorprendente y nada común.

Las hojas oscuras brillaban y la luna había trepado bien alto; estaba del lado occidental e inundaba la habitación. Falta­ban aún muchas horas para el amanecer y no se escuchaba un sonido; hasta los perros de la aldea habían callado con sus pe­netrantes ladridos. Al despertar, ello estaba ahí, con claridad y precisión; estaba ahí «lo otro», y era necesario despertar, no dormir; fue algo deliberado para que uno advirtiera lo que estaba sucediendo, para que hubiera plena y lúcida conciencia respecto de lo que ocurría. Dormido, ello podría haber sido un sueño, una insinuación del inconsciente, una treta del cere­bro; pero al estar totalmente despierto, «lo otro», esta cosa extraña e incognoscible, era una palpable realidad, un hecho y no una ilusión o un sueño. Tenía una cualidad - si es que tal palabra puede aplicársele - de levedad e impenetrable fuer­za. Incluso estas palabras poseen cierto significado definido y comunicable, pero pierden todo sentido cuando «lo otro» tiene que comunicarse en palabras; las palabras son símbolos pero ningún símbolo puede jamás transmitir la realidad. Ello estaba ahí, con un poder tan incorruptible, tan inaccesible que nada podía destruirlo. Uno puede acercarse a algo con lo que está familiarizado, uno debe conocer el mismo idioma para poder comunicarse, tiene que haber alguna clase de proceso del pen­samiento, verbal o no verbal; sobre todo tiene que haber mutuo reconocimiento. No había nada de eso. Uno puede decir: es esto o es aquello, es tal o cual cualidad, pero en el momento en que ello tenía lugar no había verbalización porque el cere­bro estaba completamente silencioso, sin movimiento alguno del pensar. «Lo otro» no está relacionado con nada, y todo pensa­miento, toda existencia es un proceso de causa-efecto; por consi­guiente, no había relación alguna con ello ni había comprensión de ello. Era una llama inaccesible y uno sólo podía mirarla y guardar su distancia. Y al despertar súbitamente eso estaba ahí. Y con eso adivino un éxtasis inesperado, un júbilo sin razón alguna; no había causa para ello, porque en ningún momento había sido buscado ni perseguido. Este éxtasis estaba ahí al despertar otra vez a la hora habitual, y continuó por un largo período de tiempo.

25

Hay una hierba de largo tallo, alguna clase de maleza sil­vestre que crece en el jardín y que tiene una florescencia plu­mosa, oro candente que destella en la brisa inclinándose hasta quebrarse, pero sin romperse jamás salvo bajo un viento fuerte. Hay un grupo de estas malezas color beige dorado, y cuando la brisa sopla las hace danzar; cada tallo tiene su propio ritmo, su propio esplendor, y son como una ola cuando se mecen todos juntos; entonces el color, a la luz del atardecer, es indescriptible; es el color del crepúsculo, de la tierra de los cerros dorados y de las nubes. Las flores contiguas son dema­siado definidas, demasiado toscas, y exigen que uno las mire. Estas hierbas silvestres poseen una extraña delicadeza; tienen un tenue aroma a trigo y a tiempos antiguos; son fuertes y puras, plenas de vida en abundancia. Pasaba cerca una nube crepuscular llena de luz mientras el sol descendía tras del os­curo cerro. La lluvia había dado a la tierra un grato olor y el aire era agradablemente fresco. Llegaban las lluvias y la tierra estaba expectante.

Ello ocurrió de pronto, al regresar a la habitación; estaba ahí, con una acogedora bienvenida, totalmente inesperado. Uno había entrado sólo para volver a salir; habíamos estado conver­sando sobre diversas cosas, ninguna demasiado seria. Fue una conmoción y una sorpresa encontrarse con la bienvenida de «lo otro» en la habitación; estaba aguardando ahí con tan clara invi­tación que parecía vana una disculpa. En varias oportunidades, muy lejos de aquí, en Wimbledon, bajo algunos árboles y a lo largo de un sendero que muchísimos transitaban, ello había estado aguardando en un recodo del camino; con asombro uno permanecía ahí, cerca de aquellos árboles, completamente abier­to, vulnerable, sin habla, sin un solo movimiento. No era una fantasía, una ilusión autoproyectada; la otra persona que para ese entonces se encontraba allí también lo percibió. Ello se pre­sentó ahí en distintas ocasiones, con una bienvenida de amor que todo lo abarcaba, y era algo completamente increíble; cada vez tenía una nueva cualidad, una nueva belleza, una nueva auste­ridad. Y así era en esta habitación, algo totalmente nuevo y absolutamente inesperado. Era belleza que aquietaba la mente entera y dejaba el cuerpo sin un solo movimiento, tornando a la mente, al cerebro y al cuerpo intensamente alertas y sensibles; ello hacia estremecer al cuerpo, y en unos pocos minutos «lo otro», con su acogedora bienvenida, había desaparecido tan ve­lozmente como había llegado. Ningún pensamiento, ninguna emoción caprichosa podría jamás suscitar un acontecimiento semejante; el pensamiento es mezquino, haga lo que haga, y el sentimiento es muy frágil y engañoso; ninguno de ellos, en sus más disparatados empeños, podría fabricar estos sucesos. Son inmensurablemente grandes, demasiado inmensos en su fuerza y pureza para el pensamiento o el sentimiento; éstos tienen raíces y aquellos no tienen ninguna. No son para que se les invite o retenga; el pensamiento y el sentimiento pueden jugar toda clase de tretas hábiles e imaginativas, pero no pueden inventar ni con­tener «lo otro». Ello existe por si mismo y nada puede alcanzarlo.

La sensibilidad es por completo diferente del refinamiento; la sensibilidad es un estado integral, el refinamiento siempre es parcial. No hay sensibilidad parcial; o ella es el estado de la totalidad del propio ser, de la conciencia total, o no existe en absoluto. La sensibilidad no es para ser acumulada poco a poco; no se la puede cultivar; no es el resultado de la experiencia y el pensamiento, no es un estado emocional. Tiene la cualidad de la precisión, sin la sugestión del romanticismo y de la fantasía. Sólo quien es sensible puede enfrentarse a lo real sin escapar hacia toda clase de confusiones, opiniones y evaluacio­nes. Únicamente aquel que es sensible puede estar solo, y esta madura soledad interna es destructiva. Esta sensibilidad está despojada de todo placer y, por tanto, tiene austeridad, no la austeridad del deseo y la voluntad sino la del ver y comprender. En el refinamiento hay placer; el refinamiento está relacionado con la educación, la cultura, el medio; su curso es interminable y es el resultado de la opción, el conflicto y el dolor, y siempre está aquel que opta, el que se refina, el que censura. Y así es como siempre existen el conflicto, la contradicción, el dolor. El refinamiento lleva a aislarse, a apartarse mediante el encierre en uno mismo, conduce a la separación que engendran el inte­lecto y el conocimiento. Es una actividad egocéntrica, por ilumi­nada que pueda estar estética y moralmente. Hay una gran sa­tisfacción en el proceso del refinamiento, pero sin el júbilo de lo profundo; es superficial y mezquino, sin mayor significación. El refinamiento y la sensibilidad son dos cosas diferentes: una conduce a la muerte que aísla y la otra a la vida que no tiene fin.

26

Justo al otro lado de la galería hay un árbol con gran can­tidad de espectaculares flores de color rojo, mientras que el verde de las enormes hojas resalta vívido e intenso después de las últimas lluvias. El rojo de las flores tiene un tinte anaran­jado, y contra el verde del follaje y de la colina rocosa, parece como si se hubieran apartado de la tierra y cubrieran todo el espacio de la madrugada. Era una hermosa mañana con nubes, y había esa luz que torna claro y brillante cada color. No se agi­taba una sola hoja y todas aguardaban esperanzadas otra lluvia; el sol sería ardiente y la tierra necesitaba más agua en abundan­cia. Los lechos de los ríos habían permanecido silenciosos por muchos años; en ellos crecían arbustos y el agua resultaba indis­pensable en todas partes. Los pozos estaban muy bajos y los aldeanos sufrirían si el agua siguiera faltando. Las nubes sobre los cerros eran negras, cargadas con la promesa de la lluvia. Tronaba y había relámpagos lejanos, y en seguida se desen­cadenó un aguacero. No duró mucho pero de momento era su­ficiente y había una promesa de más lluvia.

Donde el camino desciende hay un puente que cruza el rojo y arenoso lecho seco de un río; mirando desde el puente hacia el oeste, las colinas resaltaban negras, melancólicas; a la luz del atardecer los ricos campos florecidos de arroz eran increíblemente bellos. Al otro lado había árboles de un intenso verde oscuro, y hacia el norte estaban los cerros de color violáceo; el valle descansaba abierto a los cielos. Todos los colores, visibles e invisibles, se hallaban en ese valle bajo la luz crepuscular. Cada color principal tenía sus armónicos, unos ocultos, otros manifiestos, y cada hoja y cada brizna de arroz estallaban con el deleite del color. Este era intenso, poderoso, no suave ni dulce. Las nubes se estaban amontonando negras y cargadas, en espe­cial sobre los cerros, y en la lejanía relampagueaba silenciosa­mente. Comenzaron a caer las primeras gotas; entre los cerros ya estaba lloviendo y pronto la lluvia estaría aquí. Una bendi­ción para una tierra extenuada y hambrienta.

Después de una comida liviana, estábamos todos hablando acerca de cosas relativas a la escuela, de cómo era necesario esto o aquello, de lo difícil que resultaba encontrar buenos maestros, de lo indispensables que eran las lluvias, etc. Ellos continuaban hablando, y entonces súbita e inesperadamente apareció «lo otro»; estaba ahí con tal inmensidad y con una fuerza tan arro­lladora que uno se aquietó completamente; los ojos lo veían, el cuerpo lo sentía y el cerebro estaba alerta sin pensamiento algu­no. La conversación no era demasiado seria, y en medio de esta atmósfera incidental estaba ocurriendo algo tremendo. Permane­ció con uno en el momento de ir a acostarse y prosiguió como un susurro durante la noche. No hay experiencia de ello; está simplemente ahí, con su ímpetu incontenible y su bendición. Para que algo sea experimentado debe haber un experimentador, pero cuando no lo hay existe un fenómeno por completo dife­rente. No hay aceptación de ello ni rechazo; está simplemente ahí, como un hecho. Este hecho no se hallaba relacionado con cosa alguna ni en el pasado ni en el futuro, y el pensamiento no podía establecer ninguna comunicación con él; carecía de valor en términos de utilidad o provecho, nada podía obtenerse de él. Pero estaba ahí, y por su misma existencia había amor, belleza, inmensidad. Sin efe hecho, nada hay. Sin la lluvia, la tierra perecería.

El tiempo es una ilusión. Existe un mañana y han existido muchos ayeres; este tiempo no es una ilusión. El pensamiento que utiliza al tiempo como un medio para producir un cambio interno, un cambio psicológico, está persiguiendo un no-cambio, porque un cambio semejante sólo es una continuidad modificada de lo que ha sido; un pensamiento así es perezoso, pospone, en­cuentra refugio en la ilusión de lo gradual, en los ideales, en el tiempo. La mutación no es posible a través del tiempo. La misma negación del tiempo es la mutación; ésta tiene lugar cuando son negadas todas las cosas que han tenido su origen en el tiempo: el hábito, la tradición, la reforma, los ideales. Uno niega el tiem­po y la mutación ha ocurrido, una mutación total, no la altera­ción de los patrones o la sustitución de un patrón por otro. Pero adquirir conocimiento, aprender una técnica requiere tiem­po, que no puede ni debe ser negado; estas cosas son esenciales para la existencia. El tiempo para ir desde aquí hasta allá no es una ilusión, pero toda otra forma de tiempo es ilusoria. En esta mutación hay atención, y gracias a esta atención existe una clase de acción por completo diferente. Una acción así no se vuelve un hábito, una sensación, una experiencia, un conocimiento que se repiten y que embotan el cerebro y lo tornan insensible a una mutación. La virtud, pues, no consiste en el hábito mejor, en la mejor conducta; la virtud carece de un patrón, no esta limitada; no tiene el sello de la respetabilidad; no es un ideal que pueda ser perseguido, materializado por el tiempo. La virtud es, por eso, algo peligroso para la sociedad, no una cosa dócil y sumisa. Amar implica, pues, destrucción, una revolución no económica o social, sino una revolución de la totalidad de la conciencia.

27

Varios de nosotros nos hallábamos cantando, aprendiendo nuevas tonadas y canciones; la sala daba sobre el jardín, el cual a duras penas podía ser mantenido dada la gran escasez de agua; las flores y arbustos se regaban con pequeños baldes, en realidad latas de queroseno. Era un jardín muy bonito en el que, pese a la abundancia de flores, dominaban los árboles; éstos eran de hermosas formas, tenían anchas copas y, en determina­das estaciones, se llenaban de flores; ahora sólo un árbol estaba florecido; las flores, de un rojo anaranjado, tenían grandes pétalos, una profusión de ellos. Había algunos árboles con finas, delicadas y pequeñas hojas, parecidos a las mimosas pero con una abundancia mayor de follaje. Por eso acudían muchos pá­jaros, y ahora, después de dos prolongados y fuertes aguaceros, se veían sucios, con las plumas mojadas, calados hasta la piel. Había un pájaro amarillo de alas negras, más grande que un estornino, casi como un mirlo; el amarillo se destacaba muy bri­llante contra el verde oscuro del follaje, y sus claros ojos alar­gados lo vigilaban todo, el más leve movimiento entre las hojas y el ir y venir de otros pájaros. Dos de éstos, negros, más pe­queños que cuervos, con las plumas empapadas, se hallaban po­sados en el mismo árbol cerca del pájaro amarillo; habían ex­tendido las plumas de sus colas y agitaban las alas para que se secaran; llegaron a me árbol más pájaros de diversos tamaños, todos en paz los unos con los otros, todos vigilando atentamente. El valle necesitaba la lluvia con desesperación y cada gota era bienvenida; los pozos tenían muy poca agua, los grandes tan­ques de la ciudad estaban vacíos y estas lluvias ayudarían a lle­narlos. Habían estado vacías por muchos años y ahora había esperanzas. El valle se había puesto muy hermoso, lavado por la lluvia, fresco, cubierto totalmente por un verde rico y variado. Las rocas limpias, bañadas, habían perdido su gran calor y los raquíticos arbustos que crecían entre ellas en los cerros, se mostraban complacidos, y los lechos secos de los ríos cantaban otra vez. La tierra volvía a sonreír.

Los cantos continuaban en esa sala casi desnuda, sin mue­bles, donde parecía cómodo y normal sentarse sobre el piso. En mitad de un canto, de manera totalmente súbita e inespe­rada apareció «lo otro»; los demás proseguían con el canto pero también se quedaron silenciosos sin darse cuenta de su silencio. Aquello estaba ahí, acompañado de una bendición, y llenaba el espacio entre la tierra y los cielos. Cuando se trata de cosas corrientes, hasta cierto punto es posible la comunicación me­diante las palabras; éstas tienen un significado, pero pierden completamente su limitada significación cuando tratamos de co­municarnos acerca de sucesos que no pueden ser verbalizados. El amor no es la palabra que lo nombra, y se torna en algo por completo diferente cuando cesa toda verbalización y toda tonta división entre lo que es y lo que no es. Este suceso no es una experiencia, no pertenece al pensamiento, no surge de reconocer algo que ha ocurrido, ayer, no es el producto de la conciencia a cualquier nivel de profundidad. No está contaminado por el tiempo. Es algo que se encuentra más allá y por encima de todo esto; aquello estaba ahí, y eso es suficiente para el cielo y la tierra.

Toda oración es una súplica, y el pedir no existe cuando hay claridad y el corazón está liviano. Instintivamente, en los pe­riodos de angustia, acude a los labios alguna clase de súplica para conjurar la causa de la perturbación, el dolor, o para obte­ner cierto beneficio. Existe la esperanza de que algún dios te­rrenal o los dioses de la mente responderán de manera satisfactoria, y a veces por casualidad o gracias a alguna extraña coin­cidencia de acontecimientos, se recibe una respuesta a una ple­garia. Ha respondido el dios y la fe está justificada. Los dioses del hombre - únicos dioses genuinos - están ahí para la como­didad, para la protección, para responder a todos los mezquinos o nobles requerimientos humanos. Hay abundancia de tales dio­ses, cada iglesia, cada templo y mezquita los tienen. Los dioses terrenales son todavía más poderosos e inmediatos; cada estado los tiene. Pero el hombre continúa sufriendo pese a todas las formas de súplica y plegaria. Sólo el poder arrollador de la comprensión puede terminar con el dolor, pero la otra alterna­tiva es fácil, respetable y exige mucho menos de uno. Y el dolor consume el cuerpo y el cerebro, los embota, los fatiga y los toma insensibles. La comprensión requiere autoconocimiento, el cual no es cosa momentánea; aprender acerca de uno mismo no tiene fin, y la belleza e inmensidad de ello es su infinitud. Pero el autoconocimiento es de instante en instante, sólo existe en el presente activo; carece de continuidad como conocimiento. Lo que tiene continuidad es el hábito, es el proceso mecánico del pensamiento. La comprensión no tiene continuidad.

28

Hay una flor roja que se destaca entre el follaje de color verde oscuro, y uno sólo ve eso desde la galería. Están los cerros, la roja arena de los lechos secos, la enorme higuera de Bengala y los numerosos tamarindos, pero uno sólo ve esa flor; es tan vistosa, tan plena de color, que no existe otro color; los retazos de cielo azul, las nubes ardiendo en luz, los cerros vio­leta, el rico verde de los campos de arroz, todo se desvanece y sólo queda el asombroso color de esa flor. Llena todo el cielo y el valle; pronto habrá de marchitarse y desaparecer; se acabará mientras que los cerros perdurarán. Pero en esta mañana ella era la eternidad; más allá del tiempo y del pensamiento; contenía en sí todo el amor y la felicidad; no había en ello senti­mentalismo ni romanticismo absurdo, ni era un símbolo de alguna otra cosa. La flor estaba ella misma destinada a morir en el atardecer, pero contenía toda la vida. No era algo sobre lo cual pudiera razonarse ni era tampoco algo irracional, alguna fantasía romántica; era tan real como aquellos cerros y aquellas voces llamándose las unas a las otras. Era la completa medita­ción de la vida, y la ilusión sólo existe cuando cesa el impacto del hecho. Esa nube tan llena de luz es una realidad cuya belleza no hace poderoso impacto sobre una mente que se ha em­botado y se ha vuelto insensible por la influencia, el hábito y la interminable búsqueda de seguridad. La seguridad en la fama, en las relaciones, en el conocimiento, destruye la sensibilidad y allí se asienta el deterioro. Esa flor, aquellos cerros y el agi­tado mar azul son los retos de la vida, como si fueran bombas nucleares, y sólo la mente sensible puede responder a esos retos de manera total; sólo una respuesta total no deja tras de sí las huellas del conflicto, y el conflicto indica una respuesta parcial.

Los llamados santos y sannyasis han contribuido al embota­miento de la mente y a la destrucción de la sensibilidad. Todos los hábitos, la repetición, los rituales reforzados por las creen­cias y los dogmas, por las respuestas de los sentidos, pueden ser perfeccionados y lo son, pero la lúcida percepción alerta, la sensibilidad, es un asunto muy distinto. La sensibilidad es abso­lutamente esencial para mirar profundamente en lo interno; este movimiento de penetrar en lo interno no es una reacción a lo externo; lo externo y lo interno son un solo movimiento, no están separados. La división de este movimiento como lo externo y lo interno engendra insensibilidad. Penetrar en lo interno es el fluir natural de lo externo; el movimiento de lo interno tiene su propia acción que se expresa exteriormente, pero ésta no es una reacción a lo externo. La lúcida percepción alerta de este movimiento es sensibilidad.

29

Era en verdad un atardecer extraordinariamente bello. Había estado lloviznando a intervalos desde la mañana y eso lo man­tuvo a uno enjaulado adentro durante todo el día; hubo una plática con su discusión correspondiente, entrevistas personales, etcétera. Había cesado de llover por algunas horas y era agra­dable poder salir. Hacia el occidente había nubes oscuras, casi negras, cargadas de lluvia y truenos; estaban suspendidas sobre los cerros tiñéndolos de un oscuro color purpúreo y tornándolos excepcionalmente opresivos y amenazantes. El sol se ponía entre un tumultuoso frenesí de nubes. Hacia el oriente las nubes estallaban colmadas de luz crepuscular; cada una de ellas tenía una forma diferente, brillaba con su propia luz y se destacaba sobre los cerros inmensa, sobrecogedoramente viva, remontán­dose hacia los astros. Había sectores de cielo azul, tan intensa­mente azul, con un verde tan delicado que se desvanecía en la blanca luz de las estallantes nubes. Los cerros estaban esculpidos con la dignidad de un tiempo infinito; uno de ellos se veía ilu­minado desde adentro; transparente y extrañamente delicado pa­recía por completo artificial; otro, cincelado en granito, oscura­mente solitario, tenía la forma de todos los templos del mundo. Cada cerro estaba vivo, pleno de movimiento, distante con la profunda gravedad del tiempo. Era un atardecer maravilloso, lleno de belleza, silencio y luz.

Todos nosotros habíamos empezado el paseo juntos, pero ahora nos habíamos separado, silenciosos, a corta distancia los unos de los otros. El camino atravesaba ásperamente el valle so­bre los lechos secos de arena roja salpicados de finas gotas de lluvia. Luego el camino daba una vuelta y se dirigía hacia el este. En la parte baja del valle hay una alquería blanca rodeada de árboles, entre los que se destaca uno enorme que abarca a todos los demás. Era una vista apacible y la tierra parecía estar bajo un hechizo. La silenciosa casa se hallaba a una milla o algo así entre los verdes, deliciosos campos de arroz. Uno la había visto a menudo desde donde el camino proseguía hacia la desemboca­dura del valle y más allá; era éste el único camino para entrar o salir del valle a pie o en automóvil. La casa blanca rodeada de esos pocos árboles había estado ahí por algunos años y siempre había sido una vista agradable, pero al verla en este atardecer desde un recodo del camino, había en relación con ella una belleza y un sentimiento por completo diferentes. Porque «lo otro» estaba ahí, y ascendía por el valle; como si hubiera una cortina de lluvia y tan sólo ahí no lloviera; llegaba como llega la brisa, suave y dulcemente, y estaba ahí tanto fuera como dentro de uno. No era pensamiento ni sentimiento, ni era una fantasía, una cosa del cerebro. Cada vez que ocurre, ello es tan nuevo y sorprendente, tan puras su fuerza y su vastedad, que hay siempre asombro y júbilo. Es algo totalmente desconocido y lo conocido no tiene contacto con ello. Para que ello sea, lo conocido debe morir completamente. La experiencia sigue estan­do dentro del campo de lo conocido, de modo que ello no es una experiencia. Toda experiencia es un estado de inmadurez. Uno sólo puede experimentar y reconocer como experiencia algo que ya haya conocido previamente. Pero esto no era experimen­table, cognoscible; debe cesar toda forma de pensamiento y sen­timiento, porque todo eso es conocido y cognoscible; el cerebro y la totalidad de la conciencia tienen que estar libres de lo cono­cido y deben vaciarse sin ninguna clase de esfuerzo. Ello estaba ahí, dentro y fuera de uno; uno caminaba en ello y con ello. Los cerros, el campo, la tierra entera estaban con ello.

Era muy temprano en la mañana y aun había oscuridad. Du­rante toda la noche hubo lluvia y truenos; las ventanas se golpea­ban y el agua entraba copiosamente en la habitación. Ni una sola estrella era visible, el cielo y los cerros se hallaban cubiertos de nubes y llovía furiosa y ruidosamente. Al despertar, la lluvia había cesado y todavía estaba oscuro. La meditación no es una práctica, no consiste en seguir un sistema, un método; éstos sólo conducen al oscurecimiento de la mente y siempre son un movi­miento que está dentro de las fronteras de lo conocido; en su actividad hay desesperación e ilusión. Reinaba mucha quietud en el amanecer y ni una hoja ni un pájaro se movían. La meditación que comenzó a desconocidas profundidades y continuaba crecien­do en intensidad y alcance, esculpía el cerebro tornándolo total­mente silencioso, arrancando de raíz los pensamientos, extirpan­do sentimientos, vaciando el cerebro de lo conocido y su sombra. Era una operación quirúrgica en la que no había operador, ni cirujano; ella continuaba, tal como un cirujano opera un cáncer, cortando todo el tejido contaminado para que la contaminación no vuelva a extenderse. Esta meditación prosiguió du­rante una hora por el reloj. Y era una meditación sin el medi­tador. El meditador interfiere con sus estupideces y vanidades, sus ambiciones y su codicia. El meditador es el pensamiento que se nutre en estos conflictos y males, y el pensamiento debe cesar completamente en la meditación. Estas son las bases, los cimientos para la meditación.

30

En todas partes había silencio; los cerros permanecían inmó­viles, los árboles estaban quietos y desiertos los lechos de los ríos; los pájaros habían encontrado refugio por la noche y todo se hallaba en silencio, aun los perros de la aldea. Había llovido y las nubes estaban también inmóviles. El silencio fue creciendo y se tornó más intenso, amplio y profundo. Lo que antes estaba fuera, ahora estaba dentro de uno; el cerebro que había escu­chado el silencio de los cerros, los campos y los bosques, ahora se hallaba silencioso; ya no se escuchaba a sí mismo; había pasado por eso y se había aquietado naturalmente, sin esfuerzo alguno. Sin embargo, estaba pronto para moverse al instante. Muy pro­fundamente dentro de sí el cerebro estaba inmóvil, quieto; como un pájaro que pliega sus alas, se había replegado sobre sí mismo; no se hallaba dormido ni había pereza en él, sino que al replegarse sobre sí mismo había penetrado en profundidades que se encontraban completamente fuera de su alcance. El cere­bro es esencialmente superficial; sus actividades y respuestas son inmediatas, aunque esta inmediatez sea traducida a términos de futuro. Los pensamientos y sentimientos del cerebro están en la superficie, aun cuando pueda pensar y sentir muy lejos dentro del futuro y retroceder hacia el interior del pasado. Toda expe­riencia y recuerdo son profundos sólo hasta donde alcanza su propia limitada capacidad, pero cuando el cerebro se aquieta y se repliega sobre sí mismo, deja de experimentar tanto externa como internamente. La conciencia - los fragmentos de tantas experiencias, de tantas compulsiones, miedos, esperanzas y deses­peración del pasado y del futuro, las contradicciones de la raza y de sus propias actividades egocéntricas - se hallaba ausente; la conciencia no estaba ahí. Todo el ser permanecía absoluta­mente quieto, silencioso, y en esa intensidad del ser no había más ni menos; había un penetrar en profundidad -o surgió una profundidad en la cual no podían penetrar el pensamiento, el sentimiento, la conciencia. Era una dimensión que el cerebro no podía capturar ni comprender. Y no había un observador que observara esta profundidad. Cada parte de la totalidad del propio ser estaba alerta, sensible, pero intensamente quieta. Esta cualidad de lo nuevo, esta profundidad se expendía, estallaba alejándose, desplegándose mediante sus propias explosiones, pero fuera del tiempo y más allá del tiempo y del espacio.

31

Era un bello atardecer; el aire era puro, los cerros de color azul, violeta y púrpura oscuro; los campos de arroz disponían de agua en abundancia y lucían un color vivo que variaba del verde claro a un metálico y centellante verde intenso; algunos árboles ya se habían recogido para la noche, oscuros y silencio­sos, mientras que otros aun permanecían abiertos reteniendo la luz del día. Las nubes eran negras sobre las colinas del oeste, y al norte y este reflejaban en plenitud la luz del sol que se había puesto tras de los cerros que ahora eran de un denso tono morado. No había nadie en el camino, los pocos que pasaron lo hicieron en silencio, y ya no se vela un trozo de cielo azul; las nubes se estaban reuniendo para la noche. Sin embargo, todo parecía estar despierto, las rocas, el lecho seco del río, los ar­bustos en la luz moribunda. La meditación, a lo largo de ese silencioso y desierto camino, llegó como una suave lluvia sobre los cerros; vino tan fácilmente, tan naturalmente como la noche cercana. No había esfuerzo de ninguna clase ni control con sus concentraciones y distracciones; no había un ordenar ni un perseguir; no existía en la meditación un negar o un aceptar, ni continuidad alguna de la memoria. El cerebro permanecía atento a cuanto lo rodeaba, pero silencioso, sin réplica, despreocupado pero reconociéndolo todo sin reaccionar. Estaba muy quieto y las palabras se habían desvanecido junto con el pensamiento. Se hallaba presente esa extraña energía - puede llamársela por cualquier otro nombre, ello no tiene importancia alguna -, una energía profundamente activa, sin objeto ni propósito; esa ener­gía era creación, creación sin lienzo y sin mármol, y era también destrucción; no era el producto del cerebro humano, de la ex­presión y la decadencia. Era inaccesible, no podía ser clasificada y analizada, y el pensamiento y el sentimiento no son los ins­trumentos para su comprensión. No tenía absolutamente ningu­na relación con nada; estaba totalmente sola en su vastedad e inmensidad. Y mientras uno avanzaba por ese camino que se iba oscureciendo, había el éxtasis de lo imposible; no del logro, del llegar, del éxito y todas esas inmaduras urgencias y respues­tas, sino la profunda y vasta soledad de lo imposible. Lo posi­ble es mecánico y lo imposible puede ser contemplado, tanteado y tal vez alcanzado, lo cual a su vez lo torna mecánico. Pero el éxtasis no tenía causa ni razón. Estaba simplemente ahí, no como una experiencia sino como un hecho, no para ser aceptado o negado, ni para ser discutido o disecado. No era una cosa que pudiera buscarse, porque no hay sendero que conduzca hacia ella. Todo tiene que morir para que ella sea; muerte, destruc­ción, vale decir, amor.

Un pobre, agotado trabajador con ropas sucias y rasgadas, volvía al hogar con su vaca esquelética.

Noviembre 1

El cielo ardía con colores fantásticos, grandes salpicaduras de un fuego increíble; por el sur las nubes eran llamas de un color explosivo y cada nube ardía con más intensa furia que las otras. El sol se había puesto detrás del cerro con figura de es­finge, pero allí no había color, todo era opaco, triste, sin la se­renidad de un hermoso atardecer. Pero el este y el sur contenían en si toda la grandeza de un día que muere. Hacia el este el cielo era azul, el azul de una campánula, flor tan delicada que el solo tocarla implica quebrar sus tiernos, transparentes pétalos; era un azul intenso increíblemente iluminado por un verde pálido, por una violeta y por la sutileza del blanco; rayos de este fantástico azul se difundían de este a oeste cruzando todo el cielo. Y el sur albergaba ahora enormes incendios que nunca podrían ser extinguidos. A lo largo del vivo verde de los arro­zales había una extensión sembrada con caña de azúcar en flor; aun flores plumosas, de un violeta claro teñido con el tierno y suave beige de una tórtola; la plantación, penetrada por la luz del ocaso, se extendía cubriendo y atravesando los deliciosos arrozales verdes y se prolongaba hacia los cerros que eran casi del mismo color que la flor de la caña de azúcar. Los cerros se aliaban con las flores, con la roja tierra y el cielo que se iba oscureciendo, y voceaban su júbilo y su encanto ante la gloria de ese atardecer. Iban apareciendo las estrellas; pronto ya no hubo una sola nube y cada estrella resplandecía con sorprendente bri­llantez en medio de un cielo lavado por la lluvia. Y esta ma­ñana temprano, con el alba aún lejana, Orión reinaba en el cielo y los cerros permanecían silenciosos. A través del valle, el soli­tario y grave ulular de un búho fue contestado por el alegre grito de otro en un tono más alto; en el aire todavía puro sus voces alcanzaban una gran distancia, y ahora llegaban más cerca hasta que parecieron aquietarse entre un grupo de árboles; luego, rítmicamente, siguieron llamándose, uno en tono más bajo que el otro, hasta que se oyó el grito de un hombre y un perro comen­zó a ladrar.

La meditación tenía lugar en el vacío, un vacío sin fron­teras. El pensamiento no podía seguirla; había quedado donde comienza el tiempo, y no existía sentimiento alguno que pudiera distorsionar el amor. Era éste un vacío sin espacio. El cerebro no participaba de ninguna manera en esta meditación; estaba com­pletamente silencioso, y en ese silencio se movía hacia adentro y hacia afuera de sí mismo, pero no compartía en modo alguno este inmenso vacío. La totalidad de la mente recibía o percibía o tenía conciencia de lo que estaba ocurriendo y, sin embargo, aquello no se encontraba fuera de ella misma como algo extraño, ajeno. El pensamiento impide la meditación, pero es sólo por medio de la meditación que este impedimento puede disolverse. Porque el pensamiento disipa energía, y la esencia de la energía es la libertad con respecto al pensamiento y al sentimiento.

2

El cielo se había nublado muchísimo, los cerros estaban car­gados de nubes y éstas se acumulaban en todas las direcciones. Lloviznaba a gotas y no se veía por ninguna parte un retazo de cielo azul; el sol se había puesto en la penumbra y los árboles se hallaban apartados y distantes. Había una vieja palmera que ahora se destacaba contra la oscuridad del cielo y que contenía en si toda la luz que aún pudiera subsistir; los lechos de los ríos permanecían silenciosos, la roja arena estaba húmeda pero no se escuchaba su canto; los pájaros habían callado buscando refugio entre las gruesas hojas. Desde el nordeste soplaba una brisa y con ella vinieron nubes todavía más oscuras y más lloviz­na, pero la lluvia aún no había empezado en serio; todo eso vendría más tarde con furia acumulada. El camino que hay enfrente estaba vacío; era un camino tosco, rojizo y arenoso, y los oscuros cerros lo desdeñaban; era un camino agradable, con escasos automóviles, y los aldeanos lo utilizaban para ir de un pueblo a otro con sus carretas de bueyes; estaban sucios, andra­josos, esqueléticos y con los estómagos hundidos, pero eran fuer­tes en su flacura y muy pacientes; habían vivido de este modo por siglos y ningún gobierno va a cambiar esto en una noche. Pero estas personas tenían una sonrisa aunque sus ojos estaban cansados. Podían bailar después de una dura jornada de trabajo, y había fuego en ellos, no se sentían desesperadamente vencidos. La tierra no había tenido buenas lluvias por muchos años y éste quizá fuera uno de esos años afortunados que podrían significar más alimento para ellos y forraje para el flaco ganado. Y el camino proseguía hasta unirse, a la entrada del valle, con la gran carretera por la que circulaban unos pocos autobuses y automóviles. Y en esta carretera, mucho más lejos, estaban las ciudades con su suciedad, sus industrias, las casas lujosas, los templos y las mentes insensibles. Pero aquí, en este camino libre y abierto, había soledad, y estaban los numerosos cerros, llenos de siglos e indiferencia.

Meditar es vaciar la mente de todo pensamiento, porque el pensamiento y el sentimiento disipan energía; son reiterativos y dan origen a actividades mecánicas que, si bien constituyen una parte necesaria de la existencia, sólo son una parte; el pensa­miento y el sentimiento no pueden penetrar en la inmensidad de la vida. Se necesita un acceso por completo diferente, no por la ruta del hábito, de la relación y lo conocido; debe haber li­bertad respecto todo esto. La meditación consiste en vaciar la mente de lo conocido. Esto no puede hacerlo el pensamiento, ni las ocultas insinuaciones que provienen del pensamiento; la mente no puede vaciarse de lo conocido por medio del deseo en la forma de plegaria ni por la autodestructiva hipnosis de las palabras, imágenes, esperanzas y vanidades. Todas estas cosas deben llegar a su fin fácilmente, sin esfuerzo ni opción alguna, en la llama de la percepción alerta.

Y mientras uno paseaba por ese camino, tenía lugar un com­pleto vaciado del cerebro y la mente estaba libre de toda expe­riencia, de todo conocimiento del ayer, aun cuando hubieran sido mil oyeres. El tiempo, producto del pensamiento, se había detenido; literalmente, no había movimiento alguno hacia ade­lante o atrás; no había un partir o un llegar o un estarse quieto. El espacio, como distancia, no existía; estaban los cerros y los arbustos, pero no como lo alto y lo bajo. No había relación con nada, pero existía una lúcida y atenta percepción del puente y de los transeúntes. La totalidad de la mente, que incluye al ce­rebro con sus pensamientos y sentimientos, estaba vacía; y a causa de este vacío había energía, una energía sin medida expan­diéndose en anchura y profundidad. Toda comparación, toda medida pertenecen al pensamiento y, por consiguiente, al tiem­po. «Lo otro» era la mente sin el tiempo; era el hálito de la inocencia y la inmensidad. Las palabras no son la realidad; son solamente medios de comunicación, pero no son la inocencia y lo inconmensurable. Sólo existía el vacío.

3

Había sido un día triste, pesado, con las nubes agolpándose permanentemente y lloviendo con violencia. Los rojos lechos de los ríos tenían ya un poco de agua, pero la tierra necesitaba muchísima más lluvia para que los grandes desagües, los tanques y los pozos se llenaran; no volvería a llover por varios meses y el ardiente sol calcinaría la tierra. Esta parte del país nece­sitaba urgentemente del agua y cada gota era bienvenida. Uno había permanecido dentro de la casa durante todo el día y era agradable salir. Llovía a cántaros, bajo cada árbol había un char­co y el agua chorreaba de los árboles y corría por los caminos. Estaba oscureciendo; los cerros eran visibles y se destacaban contra el cielo con el mismo color sombrío de las nubes, los árboles permanecían silenciosos e inmóviles, perdidos en sus cavilaciones; se habían recogido en si mismos y rehusaban co­municarse.

De pronto, uno fue consciente de esa extraña presencia de «lo otro»; estaba ahí y había estado ahí, sólo que habían tenido lugar pláticas, entrevistas con la gente, etc., y el cuerpo no había descansado lo necesario como para percibir esa maravillosa cua­lidad de lo extraño, pero al salir afuera «aquello» estaba ahí y sólo entonces uno se dio cuenta de que había estado ahí todo el tiempo. No obstante, ello fue súbito e inesperado, con esa intensidad que es la esencia misma de la belleza. Uno iba des­cendiendo con ello por el camino, no como si fuera algo sepa­rado, no como una experiencia, como algo para observar o exa­minar, para recordar. Estos son los medios que utiliza el pensamiento, pero el pensamiento había cesado y, por tanto, no había experiencia de aquello. Toda experiencia es separativa y perju­dicial, es parte de la maquinaria del pensamiento, y todos los procesos mecánicos están sometidos al deterioro. Cada vez aque­llo era algo totalmente nuevo, y lo que es nuevo no tiene rela­ción alguna con lo conocido, con el pasado. Y había belleza, belleza más allá de todo pensamiento y sentimiento.

No se escuchaba el llamado del búho a través del silen­cioso valle; era muy temprano; el sol tardaría aun varias horas en asomar sobre los cerros. Estaba nublado y las estrellas no eran visibles; si el cielo estuviera despejado, Orión se encontraría de este lado de la casa, mirando al occidente, pero por todas partes reinaban la oscuridad y el silencio. El hábito y la meditación jamás pueden morar juntos; la meditación nunca puede volverse un hábito, nunca puede seguir el patrón formulado por el pen­samiento que forma el hábito. La meditación es la destrucción del pensamiento, y no el pensamiento prisionero de sus propios enredos, visiones e inútiles empeños. El pensamiento, al hacerse trizas contra su misma insignificancia, es el estallido de la medi­tación. Esta meditación tiene su movimiento propio, un movi­miento sin dirección y, por tanto, sin causa. Y en esa habitación, en ese peculiar silencio que hay cuando las nubes están bajas tocando casi las copas de los árboles, la meditación era un movi­miento en el cual el cerebro se vaciaba a sí mismo hasta quedar inmóvil y silencioso. Era un movimiento de la totalidad de la mente en el vacío, y había intemporalidad. El pensamiento es materia cautiva del tiempo; nunca es libre, nunca es nuevo; cada experiencia refuerza el cautiverio y, por consiguiente, hay dolor. La experiencia jamás puede liberar al pensamiento; lo vuelve más agudo, pero el refinamiento no es la terminación del dolor. El pensamiento, por astuto, por experimentado que sea, jamás puede terminar con el dolor; puede escapar del dolor, pero no puede terminar con él. El cese del dolor es el cese del pensamiento. Nadie hay que pueda poner fin al pensamiento, no pueden hacerlo sus propios dioses, sus ideales, dogmas y creencias. Cada pensamiento, por sabio o insignificante que pue­da ser, moldea la respuesta al reto de la vida ilimitada, y esta respuesta del tiempo engendra dolor. El pensamiento es mecá­nico, de modo que nunca puede ser libre; sólo en la libertad no hay dolor. El fin del pensamiento es el fin del dolor.

4

Había estado amenazando llover pero nunca llovió; los azu­les cerros se veían cargados de nubes, las que siempre estaban cambiando, trasladándose de un cerro a otro; pero había una nube de color gris blancuzco que, habiéndose formado sobre uno de los cerros del lado oriental, ahora se prolongaba hacia el oeste extendiéndose sobre las numerosas colinas que se recorta­ban en el horizonte; parecía empezar ahí, en la ladera de cerro, y continuar con un movimiento rotatorio hacia el horizonte occi­dental, vivamente iluminado por el sol poniente; era blanca y gris, pero en lo profundo era de color violeta, un púrpura des­vaído; parecía arrastrar consigo los cerros que cubría. A través de una brecha en el oeste, el sol se ponía en medio de una furia de nubes, y los cerros se oscurecían tornándose cada vez más grises, y los árboles estaban cargados de silencio. Hay una enor­me, vieja y solitaria higuera de Bengala, al borde del camino; es un árbol realmente magnifico, inmenso, vital, indiferente, y en ese anochecer era el señor de los cerros, de la tierra y de los ríos; ante su majestad las estrellas parecían insignificantes. Por ese camino iba un aldeano con su mujer, el marido delante guiando y la esposa detrás siguiéndolo; se veían un poco más prósperos que los otros con los que uno se cruzaba en el camino. Pasaron junto a nosotros y se nos adelantaron, ella sin mirarnos en ningún momento y él con los ojos puestos en la aldea dis­tante. Alcanzamos a la mujer; era pequeña, nunca levantaba los ojos del suelo; no estaba muy limpia; vestía un sari verde, manchado, y su blusa, de color salmón, estaba impregnada de sudor. Llevaba una flor en su aceitado cabello y caminaba con los pies desnudos. Su rostro era moreno y se desprendía de ella una gran tristeza. Su andar tenía, no obstante, cierta firmeza y jovialidad que de ningún modo afectaban su tristeza; cada cosa tenía su existencia propia, independiente, vital y sin relación la una con la otra. Pero había una gran tristeza y uno la sentía inmediatamente; era una tristeza irremediable, sin salida, sin posibilidad alguna de alivio, de cambio. Estaba ahí y estaría ahí. La mujer se encontraba al otro lado del camino, unos metros más lejos, y nada podía afectarla. Caminamos lado a lado por un rato, y ella pronto se desvió para cruzar el rojo lecho de arena y proseguir hacia su aldea, con el marido delante guiando sin mirar nunca hacia atrás, y ella siguiéndolo. Antes de que ella se desviara, estaba ocurriendo algo muy Brioso. Los pocos metros de camino que había entre nosotros desaparecieron, y con ello desaparecieron también las dos entidades; sólo existía esa mujer caminando en su impenetrable tristeza. No era una identifica­ción con ella, ni un irresistible impulso de simpatía y afecto; estas cosas existían pero no eran la causa del fenómeno. La identificación con otro, por profunda que sea, mantiene aun la separación y la división; sigue habiendo dos entidades, una identificándose con la otra, un proceso consciente e inconsciente que actúa a través del afecto o del odio; en eso hay alguna clase de esfuerzo, sutil o manifiesto. Pero aquí no había nada de eso en absoluto. Ella era el único ser humano que existía en ese camino. Ella era y el otro no era. No se trataba de una fantasía o una ilusión sino de un hecho simple, y ningún razonamiento o explicación, por hábil y sutil que fuera, podría alterar ese hecho. Incluso cuando ella se desvió y se iba alejando, el otro no existía en ese camino recto que se prolongaba por delante. Pasó algún tiempo antes de que el otro se encontrara a si mismo andando junto a un largo montón de piedras quebradas y listas para ser utilizadas en la reparación del camino.

Fue a lo largo de ese camino, frente a la hondonada de los cerros meridionales, que advino «lo otro» con una intensidad y un poder tales que sólo con enorme dificultad pudo uno sos­tenerse en pie y proseguir andando. Era como una furiosa tem­pestad, pero sin el viento ni el ruido; su intensidad era arrolladora. Extrañamente, cada vez que ello adviene es siempre algo nuevo; nunca es lo mismo, y siempre es imprevisto. No es una cosa fuera de lo ordinario, alguna energía misteriosa; «lo otro» es misterioso en el sentido de que es algo que está más allá del tiempo y del pensamiento. Una mente que se halla prisionera del tiempo y del pensamiento, jamás podrá abarcarlo. No es una cosa para ser comprendida, no más de lo que el amor puede ser analizado y comprendido; pero sin esta inmensidad, sin esta fuerza y energía, la vida, la existencia toda a cualquier nivel, se vuelve una cosa triste y trivial. Hay en ello una condición abso­luta, no una finalidad; es energía absoluta; existe por sí misma, sin causa; no es la energía última, final, porque es la energía en su totalidad. Toda forma de energía y acción debe cesar para que ello sea. Pero en esta energía está contenida toda acción. Quien ama puede hacer lo que quiera. Para que ello exista tiene que haber muerte y destrucción total; no la revolución de las cosas externas sino la destrucción total de lo conocido dentro de lo cual se guarece y cultiva toda existencia. Tiene que haber un total vacío, y sólo entonces adviene «lo otro», lo intemporal. Pero este vacío no puede cultivarse; no es el resultado de una causa que pueda comprarse o venderse; ni tampoco es el resultado del tiempo y del proceso evolutivo; el tiempo sólo puede dar origen a más tiempo. La destrucción del tiempo no es un proceso; todos los métodos y procesos prolon­gan el tiempo. El cese del tiempo es el cese total del pensa­miento y del sentimiento.

5

La belleza nunca es personal. Los oscuros cerros azules con­tenían la luz del atardecer. Había estado lloviendo y ahora apa­recieron grandes espacios de azul, un azul que refulgía rodeado por nubes blancas; ese azul hacia que en los ojos destellaran lágrimas olvidadas; era el azul de la infancia y la inocencia. Y ese azul se convirtió en el pálido verde Nilo de las tempranas hojas de primavera, y más allá estaba el rojo fuego de una nube que se apresuraba para cruzar los cerros. Y al otro lado de los cerros se encontraban los nubarrones de la lluvia, oscuros, den­sos e inmutables, que se acumulaban contra las colinas del oeste; y el sol quedó atrapado entre las colinas y las nubes. El rojo suelo estaba empapado y limpio, y cada árbol y arbusto rezu­maban humedad; ya había hojas nuevas; las del mango eran largas y tiernas, de color bermejo, el tamarindo tenia pequeñas hojas brillantes y amarillas, el árbol de la lluvia lucia pimpollos de un verde puro y vivo; después de una larga espera de varios meses con sol calcinante, las lluvias traían alivio a la tierra; el valle entero sonreía. La aldea dominada por la pobreza, estaba sucia, maloliente, y en ella jugaban, gritaban y reían muchos niños; parecían totalmente despreocupados de cualquier cosa que no fuera sus juegos. Sus padres se veían rendidos, macilen­tos y descuidados; ellos jamás conocerían un día de descanso, limpieza y bienestar; hambre, trabajo y más hambre; eran tris­tes aunque sonrieran con bastante facilidad; en sus ojos había una irrevocable desesperanza. En todas partes había belleza: en el pasto, en las colinas y en el cielo poblado de nubes. Los pá­jaros cantaban y, muy en lo alto, un águila volaba en círculos. En los cerros, algunas cabras flacas devoraban toda cosa que crecía; estaban insaciablemente hambrientas, y sus crías brinca­ban de roca en roca. Eran muy suaves al tacto, su piel brillaba limpia y saludable. El muchacho que cuidaba de ellas estaba can­tando sentado sobre una roca, y en ocasiones las llamaba con un grito.

El cultivo personal del placer de la belleza es una actividad egocéntrica que conduce a la insensibilidad.

6

Era una madrugada hermosa, clara, las estrellas ardían y en el valle reinaba el silencio. Los cerros se veían oscuros, más oscuros que el cielo, y el aire fresco traía olor a lluvia, aroma de hojas y un intenso perfume de jazmines. Todo dormía, las hojas estaban inmóviles y había magia en la belleza de la mañana; era la belleza de la tierra, de los cielos y del hombre, la belleza de los pájaros dormidos y de la fresca corriente en el seco lecho de un río; era algo increíble y no personal. Había en relación con ello cierta austeridad, no la austeridad cultivada, que es mera­mente un producto de las actividades del temor y de la resis­tencia, sino la austeridad de lo total, de lo que es tan absoluta­mente total que no conoce la corrupción. Ahí, en la galería, con Orión en el cielo del oeste, la furia de la belleza barría las defensas del tiempo. Meditando, fuera de los limites del tiempo, con los ojos puestos en el cielo llameante de estrellas y en la tierra silenciosa, la belleza no es la persecución del placer, no está en las cosas creadas, en las cosas conocidas ni en las des­conocidas imágenes y visiones del cerebro con sus pensamientos y sentimientos. La belleza nada tiene que ver con el pensamiento y el sentimiento o con la grata emoción suscitada por un con­cierto, por una pintura o por el presenciar un partido de fútbol; los placeres del concierto, de los poemas, son tal vez más refi­nados que el del fútbol, pero están todos dentro del mismo campo, como la misa o algún puja en un templo. Belleza es aquello que está más allá del tiempo y de los dolores y placeres del pensamiento. El pensamiento y el sentimiento disipan ener­gía, y entonces la belleza nunca puede ser vista. La energía, con su intensidad, es indispensable para ver la belleza -la belleza que está fuera de la vista del espectador. Cuando hay uno que ve, un observador, entonces no hay belleza.

Ahí, en la perfumada galería, con el amanecer aun lejano y los árboles silenciosos, lo que es esencia es belleza. Pero esta esencia no es experimentable; el experimentar debe terminarse, porque la experiencia tan sólo refuerza lo conocido. Lo conocido jamás es la esencia. La meditación nunca consiste en experimen­tar más y más; no sólo es ella el fin de la experiencia, que es la respuesta al reto - grande o pequeño - sino que es un abrir la puerta a lo esencial, abrir la puerta de una caldera cuyo fuego lo destruye todo por completo, sin dejar ceniza alguna; no que­dan residuos. Nosotros somos los residuos, los que decimos sí a muchos miles de oyeres, a las series continuas de recuerdos inter­minables, de opciones y desesperación. El Gran Yo y el pequeño yo son el patrón de la existencia, y la existencia es pensamiento y el pensamiento es la existencia, con el dolor que jamás se termina. En la llama de la meditación el pensamiento llega a su fin y con él el sentimiento, porque ninguno de ellos es amor. Sin amor no hay esencia; sin amor sólo hay cenizas, y sobre estas cenizas se basa nuestra existencia. El amor surge desde el vacío.

7

Los búhos comenzaron muy temprano esta mañana a llamar­se el uno al otro. Al principio estaban en lugares diferentes del valle: uno en el oeste y el otro en el norte. Su ulular era clarí­simo en el aire quieto y llegaba muy lejos. En un comienzo los dos se encontraban a bastante distancia uno de otro y poco a poco se fueron acercando; a medida que lo hacían, sus gritos se tornaban roncos, muy profundos, no tan prolongados sino más cortos e insistentes. Al acercarse más aún, sus mutuos llamados se repetían con una frecuencia mayor; debían ser unos pájaros grandes; uno no podía verlos porque todavía estaba muy oscuro cuando ambos estuvieron bastante cerca en el mismo árbol y cambió el tono y la cualidad de su ulular. Hablaban entre sí en un tono tan grave y profundo que a duras penas podía es­cuchárseles. Permanecieron ahí por un tiempo considerable hasta que llegó el amanecer. Luego, lentamente, comenzaron una serie de ruidos, ladró un perro, alguien gritó en voz alta, explotó un cohete - en los últimos días se estaba celebrando alguna clase de fiesta -, se abrió una puerta y cuando hubo más luz comenzaron todos los ruidos del día.

Negar es esencial. Mantenerse despierto implica negar hoy sin saber qué traerá el mañana. Negar el patrón social, económi­co y religioso es estar solo internamente, lo que significa ser sensible. No ser capaz de negar totalmente, es ser mediocre. No poder negar la ambición con todas sus diferentes manifesta­ciones, es aceptar la norma de la existencia que engendra con­flicto, confusión y dolor. Negar al político y, por tanto, al político que hay en nosotros - la respuesta a lo inmediato, la visión de corto alcance - es estar libre de temor. La negación total implica negar lo positivo, el instinto de imitación, la conformidad. Pero esta negación es en sí misma positiva, porque no es una reacción. Negar el patrón aceptado de la belleza - pasada o presente - es descubrir la belleza que está más allá del pensa­miento y el sentimiento; pero para descubrirla se necesita ener­gía. Esta energía adviene cuando no hay conflicto, contradic­ción, y cuando la acción ya no es más una acción parcial.

8

La humildad es la esencia de toda virtud. La humildad no es para ser cultivada, ni lo es la virtud. La moralidad que se considera respetable en cualquier sociedad es un mero ajuste al patrón establecido por el medio social, económico y religioso, pero esta moralidad de ajuste variable no es virtud. El confor­mismo y la imitativa preocupación por la propia seguridad, lla­mada moralidad, son la negación de la virtud. El orden nunca es permanente; tiene que ser mantenido de día en día, como una habitación que uno debe limpiar cotidianamente. El orden ha de mantenerse de instante en instante, todos los días. Este orden no es personal, no es el ajuste individual al patrón de las respuestas condicionadas de agrado y desagrado, placer y dolor. Este orden no es un medio para escapar del dolor; la compren­sión y el cese del dolor significan virtud, y ésta produce orden. El orden no es un fin en sí mismo; el orden como un fin en sí mismo desemboca en el callejón sin salida de la respetabilidad que implica deterioro y decadencia. El aprender es la misma esencia de la humildad, aprender de todo y de todos. En el aprender no hay jerarquías. La autoridad niega el aprender y un seguidor jamás aprenderá.

Detrás de los cerros orientales había una nube solitaria, en llamas con la luz del sol poniente; ninguna fantasía podría ima­ginar una nube así. Ella era la forma de todas las formas; nin­gún arquitecto sería capaz de proyectar semejante estructura. Esta nube era el resultado de muchos vientos, de muchos soles y noches innumerables, de ímpetus y tensiones extraordinarias. Otras nubes eran oscuras, carecían de luz, no tenían altura ni profundidad, pero esta única nube hacía estallar el espacio. El cerro tras el cual se hallaba parecía sin vida ni fuerza; había perdido su habitual dignidad y la pureza de sus líneas. La nube había absorbido toda la cualidad propia de los cerros: su poder y su silencio. Bajo la dominante nube descansa el valle, verde y lavado por la lluvia. Después de las lluvias hay algo muy bello en este antiguo valle; se torna espectacularmente verde y bri­llante, con un verde de todos los matices, y la tierra se vuelve más roja. El aire es puro y las grandes rocas sobre los cerros se ven pulidas, azules, grises y de un pálido color violeta.

Había varias personas en la habitación, algunas sentadas sobre el piso y otras en sillas; reinaba la quietud propia de la sensibilidad estimativa y el goce interior. Un hombre tocaba un instrumento de ocho cuerdas. Tocaba con los ojos cerrados, dis­frutando al igual que el pequeño auditorio. Ello era sonido puro, y sobre ese sonido cabalgaba uno muy lejos y a gran pro­fundidad; cada nota lo llevaba a uno más y más hacia lo pro­fundo. La cualidad del sonido que producía ese instrumento tornaba infinito el viaje; desde el instante en que lo pulsaba hasta el instante en que se detenía, era el sonido lo que tenía importancia y no el instrumento, ni el hambre, ni el auditorio. Ese sonido tenía el efecto de eliminar todos los otros sonidos, aun los de los cohetes que los niños estaban disparando; uno los oía estallar con su estrépito, pero ello era parte del sonido y el sonido lo era todo -las cigarras que cantaban, los niños que reían, el llamado de una niñita y el sonido mismo del silencio. El hombre debe haber estado tocando por más de media hora, y el viaje prosiguió lejos y a gran profundidad durante todo ese periodo; no era un viaje imaginario, de los que se hacen en alas del pensamiento o en el frenesí de la emoción. Tales viajes duran muy poco y son acompañados por cierta intención o placer; este viaje carecía de intención y en él no había placer. Sólo había sonido y nada más, ni pensamiento ni sentimiento. Ese sonido lo llevaba a uno a través y fuera de los confines do tiempo, y quietamente penetraba en una grande e inmensa va­cuidad de la cual no había regreso. Lo que regresa siempre es el recuerdo, algo que ha sido, pero aquí no había recuerdo ni experiencia alguna. La realidad no tiene sombra -no tiene recuerdo.

9

No había una sola nube y el sol descendía tras de los cerros; el aire estaba quieto y no se movía una hoja. Todo parecía ha­llarse tensamente expectante en la luz de un cielo sin nubes. El reflejo de esa luz vespertina sobre una pequeña extensión de agua junto a la carretera, estaba pleno de energía extática, y la florerilla silvestre al borde del camino era la vida toda. Hay un cerro que parece uno de esos templos antiquísimos que jamás envejecen; era de color purpúreo, más oscuro que el violeta, intenso e impasible en su inmensidad; estaba animado por una luz interna sin sombras, y cada roca y arbusto voceaban su jú­bilo. Una carreta tirada por dos bueyes venía por el camino cargada con un poco de heno; sobre el heno se hallaba sentado un niño y un hombre conducía la muy ruidosa carreta. Ambos se destacaban nítidamente contra el cielo, en especial el perfil del niño con su nariz y su frente bien definidas, dulces; era el rostro de alguien que nunca había tenido educación y que pro­bablemente nunca la tendría; era un rostro incontaminado, no habituado todavía al rudo trabajo ni a las responsabilidades; era un rostro sonriente. El cielo puro se reflejaba en él.

Mientras uno proseguía a lo largo del camino, la meditación parecía la cosa más natural; había en ella fervor y claridad y la ocasión se adaptaba a tal estado. El pensamiento es un des­perdicio de energía, y también lo es el sentimiento. Ambos invitan a la distracción, y de ese modo la concentración se vuelve una defensiva absorción en uno mismo, como la de un niño absorto en su juguete. El juguete es fascinante y el niño está perdido en él; si se le quita el juguete se torna intranquilo. Lo mismo con los adultos: sus juguetes son los múltiples escapes. Ahí en el camino, el pensamiento con su sentimiento carecía del poder de absorción; no tenía energía autogenerada. Por consiguiente, llegó a su fin. El cerebro se aquietó, como las aguas se aquietan cuando no hay brisa. Era la quietud que había antes de la creación. Y allí, en ese cerro, muy cerca, un búho comenzó a ulular suavemente, pero de pronto calló; muy alto en el cielo una de esas águilas pardas volaba cruzando el valle. Es ésta la cualidad de quietud que tiene significación; una quietud in­ducida es estancamiento; la quietud que se compra es una mercadería que difícilmente puede tener valor alguno; una quietud que es el resultado de la represión, del control, de la disciplina, está acompañada por el clamor de la desesperación. No había un solo sonido en el valle ni en la mente, pero la mente fue más allá del valle y del tiempo. Y no existía un regreso porque la mente no se había ido. El silencio es la profundidad del vacío.

En la curva de la carretera, el camino desciende suavemente hasta el otro lado del valle a través de un par de puentes que hay sobre los lechos secos de los ríos. La carreta de bueyes se había marchado bajando por ese camino; algunos aldeanos venían subiendo por él, tímidos y silenciosos; en el lecho seco había niños jugando y se escuchaba el reclamo sostenido de un pájaro. Justamente donde el camino dobla hacia el este, advino «lo otro». Llegó derramándose en grandes olas de bendición, espléndido e inmenso. Parecía como si los cielos se hubieran abierto y desde esa inmensidad viniera lo innominable; había estado ahí todo el día, uno lo comprendió de pronto; y únicamente ahora mientras caminaba solo, con los otros un poco lejos, uno se dio cuenta del hecho; y lo que tornaba extraordi­nario ese hecho era esto que ocurría y que era la culminación de lo que había estado prosiguiendo todo el tiempo, no se tra­taba de un incidente aislado. Había luz, no la luz del sol po­niente ni la poderosa luz artificial, que producen sombras. Esta era una luz sin sombra; era la luz.

10

Un búho ululaba con tono gutural en los cerros; su voz pro­funda penetraba en la habitación golpeando los oídos. Excepto por ello, todo lo demás estaba silencioso; ni siquiera se escu­chaba el croar de una rana o el crujir del paso de algún animal. El silencio se tornaba más intenso entre cada ulular que provenía de los cerros meridionales; estos gritos llenaban el valle y los cerros y el aire vibraba con el llamado. Este no fue contestado por un tiempo muy largo, y cuando llegó la respuesta ésta vino desde muy lejos, de la parte occidental del valle; entre una y otra respuesta estaban el silencio y la belleza de la noche. Pronto llegaría el amanecer, pero ahora había oscuridad; uno podía distinguir los contornos del cerro y los de aquella enorme higue­ra de Bengala. Las Pléyades y Orión se estaban poniendo en un cielo claro y sin nubes; el aire era fresco gracias a un breve aguacero; tenía un perfume a viejos árboles, lluvia, flores y muy antiguos cerros y colinas. Era realmente una madrugada maravillosa. Lo que ocurría afuera tenía lugar adentro, y la me­ditación es en verdad un movimiento único, no dividido, de lo externo y lo interno. Los muchos sistemas de meditación no hacen otra cosa que aprisionar a la mente encerrándola en un patrón que ofrece maravillosos escapes y sensaciones; es sólo el inmaduro el que juega con esos sistemas, obteniendo de ellos una gran satisfacción. Sin el conocimiento de uno mismo, toda meditación conduce a lo ilusorio y a las diversas formas de auto­engaño, factual e imaginario. Éste era un movimiento de intensa energía, una energía que el conflicto jamás conocerá. El con­flicto pervierte y disipa la energía, tal como lo hacen los ideales y la conformidad. El pensamiento había desaparecido, y con éste el sentimiento, pero el cerebro estaba activo y totalmente sen­sible. Todo movimiento, toda acción que tiene tras de sí un motivo, es inacción; es esta inacción la que corrompe la energía. El amor con un motivo deja de ser amor; hay amor sin motivo. El cuerpo se hallaba totalmente inmóvil y el cerebro completa­mente quieto, y ambos estaban realmente atentos, perceptible­mente alertas a todo, pero no había pensamiento ni movimiento, alguno. No era una forma de hipnosis, un estado inducido, porque no había nada que ganar con ello, ni visiones ni sensaciones, nada de todo ese tonto negocio. Se trataba de un hecho, y un hecho carece de placer o dolor. Y este hecho era ajeno a todo reconocimiento, a lo conocido.

Llegaba el amanecer y con él advino «lo otro» que es, esen­cialmente, parte de la meditación. Ladró un perro y el día había comenzado.

11

Sólo existen los hechos, no hechos más grandes o más pe­queños. El hecho, lo que es, no puede ser comprendido si se aborda con opiniones o juicios; son entonces las opiniones, los juicios, los que se convierten en el hecho, y éste no es el hecho que uno desea comprender. Si uno sigue el hecho, si observa el hecho, lo que es, entonces el hecho enseña, y su enseñanza nunca es mecánica; y el seguir sus enseñanzas, el escuchar, el observar, tienen que ser agudos; esta atención es negada si existe algún motivo para el escuchar. El motivo disipa la energía, la deforma; la acción con un motivo es inacción, conduce a la confusión y al dolor. El dolor ha sido engendrado por el pensamiento, y el pensamiento, al alimentarse de si mismo, forma el «yo» y el «mí». Así como una máquina tiene vida, del mismo modo la tienen el yo y el mi, una vida que es alimentada por el pensa­miento y el sentimiento. El hecho destruye esta maquinaria.

La creencia es completamente innecesaria, como lo son los ideales. Ambos disipan la energía indispensable para seguir el desenvolvimiento del hecho, de lo que es. Las creencias, al igual que los ideales, son escapes del hecho, y en el escapar no hay fin para el dolor. El cese del dolor es la comprensión del hecho de instante en instante. No hay sistema ni método que pueda dar comprensión; sólo puede darla la lúcida percepción sin opciones de un hecho. La meditación conforme a un sistema significa eludir el hecho de lo que uno es; es muchísimo más importante comprenderse a sí mismo, comprender el constante cambio de los hechos que se relacionan con uno mismo, que meditar para encontrar a Dios, para tener visiones, sensaciones y demás for­mas de entretenimiento.

Un cuervo estaba graznando fuera de sí; se hallaba posado sobre una rama de espeso follaje. No ara visible; otros cuernos vinieron y se fueron, pero él seguía sin siquiera detenerse en su agudo, penetrante graznido; estaba enojado con algo o que­jándose de algo. Las hojas temblaban a su alrededor y ni aun las pocas gotas de lluvia lograron acallarlo. Se hallaba comple­tamente absorto en aquello que lo estaba perturbando, fuere lo que fuere. Salió, se sacudió y voló más lejos sólo para reanudar su penetrante lamento; luego se cansó y se detuvo. Y del mismo cuervo, del mismo lugar, llegó un graznido diferente, sumiso, una cosa entre amigable y seductora. Había otras aves en el árbol, el cucú de la India, un brillante pájaro amarillo de alas negras, un pájaro voluminoso de color gris plateado, uno de tantos que estaba escarbando a los pies del árbol. Una pe­queña ardilla listada vino corriendo y trepó al árbol. Todos es­taban ahí, en ese árbol, pero la voz del cuervo era la más alta y persistente. El sol apareció entre las nubes y el árbol proyectó una densa sombra, y desde el otro lado de la pequeña, estrecha depresión del terreno, llegaron los sones extrañamente patéticos de una flauta.

12

El cielo había estado todo el día cubierto con pesadas nubes oscuras, pero éstas no trajeron lluvia, y de no llover intensa­mente y por muchas horas, la gente sufrirla, la región se des­poblaría y no se escucharían voces en el lecho del río; el sol quemaría el suelo, desaparecería el verde de estas pocas semanas y la tierra quedaría desnuda. Un verdadero desastre que significaría sufrimiento para todas las aldeas de los alrededores; éstas estaban habituadas al sufrimiento, a las privaciones, a la carencia de comida. La lluvia era una bendición y de no llover ahora va no llovería durante los próximos seis meses, y el suelo se empo­brecería tornándose arenoso, pétreo. Los campos de arroz deberían ser regados con el agua de los pozos y existiría el peligro de que éstos también se secaran. La existencia resultaba dura, bru­tal, con muy pocos placeres. Los cerros eran indiferentes; ellos habían presenciado los sufrimientos de generación en genera­ción; habían visto todas las variedades de la desdicha, el llegar y el partir de las gentes, porque eran algunos de los más antiguos cerros del mundo; ellos sabían, pero poco podían hacer. Sus bosques eran derribados por los hombres, que usaban los árboles para leña, las cabras destruían sus arbustos, y la gente tenía que vivir. Y ellos, los cerros, eran indiferentes; el sufrimiento jamás podría alcanzarlos; se mantenían distantes y, aunque se encon­traban tan cerca, en realidad estaban muy lejos. Esta mañana se veían azules, y algunos eran violáceos y grises en su verdor. Ellos no podían prestar ayuda alguna pese a que eran fuertes y bellos, con el sentimiento de esa paz que adviene tan natural y fácil­mente, con profunda intensidad interna; paz completa y sin raíces. Pero no habría paz ni abundancia si las lluvias no lle­gaban. Es algo terrible que la felicidad de uno dependa de la lluvia; los ríos y canales de irrigación se encontraban muy lejos, pero el gobierno estaba ocupado con su política y sus sistemas. Lo que se necesita es el agua, el agua que está tan llena de luz y que danza infatigablemente, no palabras y esperanzas.

Estaba lloviznando y a baja altura sobre el cerro había un arco iris fantástico y delicado; circundaba las copas de los árboles y llegaba al otro lado de las colinas septentrionales. No duró mucho porque la llovizna fue cosa pasajera; pero sobre las hojas del voluminoso árbol cercano, tan parecidas a las de la mimosa, la llovizna había depositado innumerables gotitas. Sobre estas hojas se estaban bañando tres cuervos, mientras agitaban sus plumas de color gris oscuro para recoger las gotas en la parte inferior de las alas y de los cuerpos; se llamaban el uno al otro y sus graznidos reflejaban placer; cuando no hubo más gotas se trasladaron a otra parte del árbol. Lo miraban a uno con sus ojos brillantes, y sus picos realmente negros eran muy afilados. Existe una pequeña corriente muy cercana en uno de los lechos secos, y también hay una canilla que pierde agua y que forma un modesto charquito para los pájaros que acuden allí a menu­do; pero estos tres cuervos deben haber tenido el capricho de tomar su baño matinal entre las frías, refrescantes hojas. Es un árbol anchísimo en su extensión y muchos pájaros acuden a él durante el mediodía en busca de refugio. Siempre hay allí algún pájaro, llamando o parloteando o rezongando. Los árboles son bellos en la vida y en la muerte; viven y jamás piensan en la muerte; siempre se están renovando a sí mismos.

Qué fácil es degenerar, en todas las formas; al dejar que el cuerpo se desgaste, que se vuelva perezoso, gordo; al permitir que se sequen los sentimientos, al complacerse la mente en su superficialidad tornándose mezquina e insensible. Una mente lista es una mente superficial, no puede renovarse a sí misma y, por tanto, se marchita en su propia mezquindad; se deteriora por el ejercicio de su frágil agudeza, por su pensamiento. Cada pensamiento conforma a la mente en el molde de lo conocido; cada sentimiento, cada emoción, por refinados que sean, son vanos, significan desgaste, y el cuerpo alimentado con pensamientos y sentimientos termina por perder su sensibilidad. No es la energía física - aunque ésta es necesaria - la que se abre paso en medio del tedioso embotamiento; no es el entusiasmo o el sentimenta­lismo lo que puede producir sensibilidad en la totalidad del propio ser; el entusiasmo y el sentimentalismo corrompen. El factor que desintegra es el pensamiento, porque el pensamiento tiene sus raíces en lo conocido. Una vida basada en el pensa­miento y sus actividades, se vuelve mecánica; por suave que pueda deslizarse, su acción será siempre una acción mecánica. La acción con un motivo disipa energía y así sobreviene la desin­tegración. Todos los motivos, conscientes o inconscientes, se engendran en lo conocido. Una vida hecha de lo conocido, aun­que se proyecte en el futuro como lo desconocido, es decaden­cia; en esa vida no existe la renovación. El pensamiento nunca puede producir inocencia y humildad. Sin embargo, sólo la inocencia y la humildad pueden mantener la mente joven, sen­sible, incorruptible. Liberarse de lo conocido significa terminar con el pensamiento; morir para el pensamiento, de instante en instante, es estar libre de lo conocido. Es esta muerte la que pone fin a la decadencia.

13

Hay una enorme roca que se destaca por sí misma desde los cerros meridionales; cambia su color de hora en hora, es roja, es mármol rosa profundo intensamente pulido, es de un apagado rojo ladrillo, es una terracota tostada por el sol y la­vada por la lluvia, es de un desvaído gris verde-amarillento, o una flor de múltiples matice; y a veces parece meramente un bloque de piedra sin vida alguna. Es todas estas cosas, y en esta mañana, justo cuando el amanecer tornaba grises las nubes, esta roca era un fuego, una llama entre los verdes arbustos; es caprichosa como una persona mimada, pero sus estados de ánimo nunca son tenebrosos, amenazantes; ella siempre tiene color, llameante o sereno, estridente o risueño, acogedor o re­traído. Podría ser uno de esos dioses a los que se adora; sin embargo, es sólo una roca plena de color y dignidad. Cada uno de estos cerros parece tener en sí algo especial, ninguno es de­masiado alto, son duros en un clima que es duro, parecen esculpidos por una explosión. Es como si acompañaran al valle, no demasiado grande, muy alejado de las ciudades y del tráfico; el árido valle que es verde cuando llueve. La belleza del valle son los árboles en medio de los florecientes arrozales. Algunos de los árboles son macizos, de grandes troncos y ramas, con for­mas espléndidas; otros aguardan expectantes las lluvias, mal desarrollados pero creciendo pausadamente; hay otros que tienen hojas y sombra en abundancia. No hay demasiados de ellos, pero los que sobreviven son realmente muy hermosos. La tierra es roja y los árboles son verdes y los arbustos crecen muy pegados al rojo suelo. Todos sobreviven durante meses a los duros días asoleados y sin lluvia y, cuando por fin llueve, se regocijan y su regocijo sacude la quietud del valle; cada árbol, cada arbusto es un clamor de vida y el verde de las hojas es algo increíble; los cerros también se unen al júbilo y esa gloria abarca toda la tierra.

No se escuchaba sonido alguno en el valle; estaba oscuro y no se movía ninguna hoja; amanecería en una hora o algo así. La meditación no es una autohipnosis inducida por las palabras o el pensamiento, por la repetición o la imagen; toda imagina­ción, de cualquier clase que sea, debe ser desechada, puesto que las imágenes conducen a la ilusión. Lo que importa es la com­prensión de los hechos y no las teorías, las búsquedas de conclu­siones y el ajustarse a las mismas, o el ambicionar visiones. Todo esto debe ser descartado; la meditación significa comprender estos hechos y, de ese modo, ir más allá de ellos. El principio de la meditación es el conocimiento de uno mismo; de otro modo, lo que se llama meditación conduce a todas las formas de necedad e inmadurez.

Era temprano y el valle estaba dormido. Al despertar, la meditación era la continuación de lo que había estado ocurrien­do; el cuerpo se hallaba totalmente inmóvil; no había sido aquietado sino que estaba quieto; no había pensamiento pero el ce­rebro estaba alerta, sin sensación alguna; no existían el pensa­miento ni el sentimiento. Y se inició un movimiento intemporal. La palabra es tiempo, la palabra indica espacio; la palabra es del pasado o del futuro, pero el presente activo carece de pa­labras. Lo que está muerto puede ponerse en palabras, pero no lo que es vida. Toda palabra que se emplea para comunicarse acerca del vivir es la negación del vivir. Este era un movimiento que pasaba a través y entre los muros del cerebro, pero el ce­rebro no tenía contacto con él; el cerebro era incapaz de seguirlo o de reconocerlo. Este movimiento era algo no engendrado por lo conocido; el cerebro podía seguir lo conocido así como podía reconocerlo, pero aquí no era posible ninguna clase de reconoci­miento. Un movimiento tiene dirección, pero éste no la tenía; y no era estático. Debido a que no tenía dirección alguna, era la esencia misma de la acción. Toda dirección es un producto de las reaccione o de las influencias. Pero la acción que no es el resultado de las reacciones, compulsiones o influencias, es energía total. Esta energía, el amor, tiene su propio movimien­to. Pero la palabra amor, lo conocido, no es amor. Sólo existe el hecho, la libertad con respecto a lo conocido. La meditación era la explosión del hecho.

Nuestros problemas se multiplican y continúan; la continuación de un problema pervierte y corrompe la mente. Un pro­blema es un conflicto, una cuestión que no ha sido compren­dida; este problema se transforma en cicatrices y eso destruye la inocencia. Todo conflicto debe ser comprendido y, de ese modo, terminado. Uno de los factores de deterioro es la vida continuada de un problema; cada problema engendra otro pro­blema, y una mente abrasada por los problemas, personales o colectivos, sociales o económicos, se halla en estado de dete­rioro.

14

La sensibilidad y la sensación son dos cosas diferentes. Las sensaciones, las emociones, los sentimientos dejan residuos cuya acumulación embota y deforma. Las sensaciones son siempre contradictorias y, por tanto, conflictivas; el conflicto embota la mente, pervierte la percepción. Apreciar la belleza en términos de sensación, de agrado y desagrado, es no percibir la belleza; la sensación sólo puede dividirse como belleza y fealdad, pero la división no es belleza. Debido a que las sensaciones, senti­mientos engendran conflicto, para evitar el conflicto se ha abo­gado por la disciplina, el control, la represión; pero esto sólo genera resistencia y, de ese modo, incrementa el conflicto y produce mayor entorpecimiento e insensibilidad. El santo con­trol y la represión son la santa insensibilidad y la brutal torpeza que tanto se respetan. Para tornar a la mente más estúpida e insensible, se han inventado y divulgado los ideales y las con­clusiones. Todas las formas de sensaciones, por refinadas o groseras que puedan ser, cultivan la resistencia y son causa de deterioro. La sensibilidad es el morir a cada residuo de sensa­ción; ser sensible, total e intensamente sensible a una flor, a una persona, a una sonrisa, es no tener cicatrices en la memoria, porque toda cicatriz destruye la sensibilidad. Estar alerta a cada sensación, sentimiento o pensamiento a medida que brotan, de instante en instante, sin preferencia alguna, es estar libre de cicatrices sin permitir que se forme ni una sola de ellas. Las sensaciones, los sentimientos, los pensamientos son siempre parciales, fragmentarios y destructivos. La sensibilidad es una armonía total de cuerpo, mente y corazón.

El conocimiento es mecánico y funcional; cuando el cono­cimiento, la capacidad se utiliza para adquirir status, engendra conflicto, antagonismo, envidia. El cocinar y el gobernar son funciones, y cuando el status se introduce furtivamente en cual­quiera de las dos, entonces empiezan las disputas, el esnobismo y el culto de la posición, la función y el poder. El poder es siempre perverso, y es esta perversidad la que corrompe a la sociedad. La importancia psicológica de la función produce la jerarquía del status. Negar las jerarquías es negar el status; hay jerarquía de función pero no de status. Las palabras son de poca importancia, lo que tiene inmensa significación es el hecho. El hecho nunca es causa de dolor, pero las palabras que ocultan el hecho y escapan de él, sí engendran conflicto y desdicha incalculables.

Un grupo compacto de ganado estaba pastando en la verde pradera; todos los animales eran de un color pardo con diferen­tes matices, y cuando se movían en conjunto era como si se moviese la tierra. Son animales bastante grandes, indolentes, siempre importunados por las moscas; están especialmente cuidados y alimentados, no como los de la aldea; aquellos son pequeños, esqueléticos, rinden muy poco, huelen bastante mal y parecen eternamente hambrientos. Siempre hay algún muchacho o una niña con el ganado, gritándole, hablándole, llamándolo. La vida es difícil en todas partes, hay enfermedad y muerte. Una mujer ya anciana pasa cerca todos los días llevando un cacharro pequeño con leche o alguna clase de comida; es tímida, se nota que le faltan los dientes; sus ropas están sucias y hay desdicha en su rostro; ocasionalmente sonríe, pero es una sonrisa más bien forzada. Viene de la aldea cercana y anda siempre con los pies desnudos; son pies sorprendentemente pequeños y ásperos, pero en esa mujer hay fuego; es una anciana flaca pero toda nervio y vigor. Su manso caminar no es manso en absoluto. En todas partes hay desdicha y una sonrisa forzada. Los dioses han desaparecido excepto en los templos, y el pode­roso de la tierra jamás tiene ojos para esa mujer.

Está lloviendo, una prolongada y densa llovizna, y las nubes envuelven a los cerros. Los árboles siguen a las nubes y éstas son perseguidas por los cerros; el hombre es dejado atrás.

15

Amanecía; los cerros se ocultaban entre las nubes y todos los pájaros estaban cantando, llamándose, chillando; una vaca mugía y aullaba un perro. Era una mañana agradable, la luz era suave y el sol se hallaba detrás de los cerros y las nubes. Alguien estaba tocando una flauta bajo la antigua y enorme higuera de Bengala; el sonido era acompañado por el de un pequeño tambor. La flauta dominaba al tambor y llenaba el aire; sus muy tiernas y dulces notas parecían penetrar en el propio ser; uno sólo escuchaba esas notas aunque hubiera otros sonidos; las variables vibraciones del pequeño tambor llegaban a uno a través de las ondas de la flauta, y el áspero grito del cuervo venía con el tambor. Todos los sonidos penetran; uno resiste a algunos y acoge a otros, los agradables y los desagradables, y así es como uno los desperdicia. La voz del cuervo venía con el tambor y el tambor cabalgaba sobre la delicada nota de la flauta, y de ese modo la totalidad del sonido podía penetrar profundamente más allá de todo placer o resistencia. Y había en ello una gran belleza, no la belleza que conocen el pensamiento y el sentimiento. Y sobre ese sonido viajaba la explosiva meditación; y en esa meditación se reunían la flauta, el palpitante tambor, el áspero graznido del cuervo y todas las cosas de la tierra, que así daban hondura e inmensidad a la explosión. La ex­plosión es destructiva y la destrucción es la tierra y la vida, como lo es el amor. Esa nota de la flauta es explosiva si dejamos que lo sea, pero no la dejamos, porque queremos una vida segura, sin riesgos, y así la vida llega a ser un asunto bastante insípido; habiendo hecho de ella algo insípido, tratamos de dar una significación, un propósito a la fealdad y a la trivial belleza que la acompaña. Y así la música es algo que debe pro­curarnos goce despertando gran cantidad de sentimientos, tal como lo hace el fútbol o algún ritual religioso. Los sentimientos, las emociones son una disipación de energías, y así fácilmente se transforman en odio. Pero el amor no es una sensación, una cosa capturada por el sentimiento. Escuchar completamente, sin resistencia, sin barrera alguna, es el milagro de la explosión que hace pedazos lo conocido, y escuchar esa explosión sin mo­tivo alguno, sin una dirección determinada, es penetrar donde el pensamiento, el tiempo, no puede proseguir.

El valle tiene probablemente como una milla de ancho en su punto más estrecho, donde los cerros se juntan y corren hacia el este y el oeste, aunque uno o dos de los cerros impiden a los otros correr libremente; éstos se encuentran hacia el oeste; de donde asoma el sol hay espacio descubierto y se ve cerro tras cerro. Estos cerros se desvanecen en el horizonte con precisión y grandeza; parecen tener esa extraña propiedad de azul violáceo que viene con los años y el sol ardiente. En el atardecer atrapan la luz del sol poniente y entonces se vuelven por completo irreales, maravillosos en su color; entonces el cielo del este tiene todo el color de la puesta del sol; uno podría pensar que el sol se ha ocultado por allí. Era éste un atardecer suavemente rosado, con nubes oscuras. En el momento en que uno salía de la casa conversando con otra persona de muy diversas cosas, «lo otro», lo incognoscible, estaba ahí. Fue totalmente impre­visto, porque uno se encontraba en medio de una seria conver­sación y ello estaba ahí con tanto apremio. Todo hablar cesó muy fácil y naturalmente. La otra persona no advirtió el cambio en la cualidad de la atmósfera y continuó diciendo algo que no requería respuesta. Caminamos toda esa milla casi sin pronun­ciar una palabra, y caminamos con ello, bajo ello, dentro de ello. Es totalmente lo desconocido, aunque venga y se vaya; todo reconocimiento ha cesado porque el reconocimiento sigue siendo la actividad de lo conocido. Cada vez hay «mayor» be­lleza e intensidad e impenetrable fuerza. Ésta es también la natu­raleza del amor.

16

Era un atardecer muy sereno, las nubes se habían ido y esta­ban reuniéndose en torno del sol poniente. Los árboles, in­quietos por la brisa, se preparaban para pasar la noche; también ellos se habían serenado; los pájaros acudían en busca de refugio nocturno entre el denso follaje de esos árboles. Había dos pe­queños búhos posados en lo alto sobre los alambres del telé­grafo, con sus ojos fijos, sin parpadear. Y, como de costumbre, los cerros permanecían solitarios y distantes, lejos de cualquier clase de perturbación; durante el día habían tenido que aguantar los ruidos del valle, pero ahora se habían apartado de toda comunicación y la oscuridad se estaba cerrando sobre ellos, aun cuando persistía la débil luz de la luna. Esta tenía a su alrede­dor un halo vaporoso de nubes; todo estaba preparándose para dormir, excepto los cerros. Ellos nunca dormían; siempre vigilantes, aguardando, observando y comunicándose perpetuamente entre sí. Esos dos pequeños búhos posados sobre el alambre emitían sonidos de cascabel, como de piedrecillas en una caja de metal; ese cascabeleo producía un ruido muy superior al tamaño de sus cuerpecillos parecidos a grandes puños; uno podía oírlos en la noche, yendo de un árbol a otro, con un vuelo tan silen­cioso como el de los búhos más grandes. Desde el alambre baja­ron volando para posarse sobre los arbustos, y luego se remon­taron de nuevo hacia las ramas inferiores del árbol; desde allí se quedarían observando a distancia segura y pronto perderían el interés. Más lejos, en el poste ladeado, había un búho grande; era pardo, tenía ojos enormes y un agudo pico que parecía brotar entre esos llamativos y fijos ojos. Mediante unos pocos golpes de sus alas voló de allí con tan serena premeditación que la estructura y el poder de esas gráciles alas despertaba verda­dero asombro; voló hacia el interior de los cerros y se perdió en la oscuridad. Este debe haber sido el búho que, con su pareja, se llamaban el uno al otro durante la noche; en la noche pasada se fueron seguramente a los otros valles que están más allá de los cerros; volverían porque su nido se hallaba en uno de aquellos cerros del norte, donde podían oírse sus tempranos gritos maña­neros si uno pasaba por allí calladamente. Al otro lado de estos cerros había tierras más fértiles, con verdes y deliciosos arrozales.

El cuestionamiento se ha vuelto mera rebelión, una reacción a lo que es, y todas las reacciones tienen escasa significación. Los comunistas se rebelan contra los capitalistas, el hijo contra el padre; es la negativa a aceptar la norma social, el deseo de romper con las ataduras económicas y de clase. Tal vez estas rebeliones sean necesarias pero, no obstante, ellas no son muy profundas; en lugar del viejo patrón se repite uno nuevo, y en la misma ruptura del molde antiguo aparece uno nuevo ence­rrando la mente y destruyéndola. El rebelarse perpetuamente dentro de la prisión es el cuestionamiento reactivo de lo inmediato, y el remodelar y redecorar los muros de la prisión parece darnos una satisfacción tan intensa que jamás nos abrimos paso a través de los muros derrumbándolos. El descontento con el que ponemos en tela de juicio ciertas cosas está dentro de los muros de la prisión, lo cual no nos lleva muy lejos; podrá lle­varnos a la luna o a las bombas de neutrones, pero todo esto sigue siendo la invitación al dolor. Pero cuestionar la estructura del dolor e ir más allá de la misma, no es escapar mediante la reacción. Este cuestionamiento es mucho más urgente que el ir a la luna o al templo; es este cuestionamiento el que derriba la estructura y no erige una nueva y más costosa prisión, con sus dioses y sus salvadores, sus economistas y sus líderes. Este cuestionar es la destrucción de la maquinaria del pensamiento, y no la sustitución de un pensamiento por otro, una conclusión por otra, una teoría por otra teoría. Este cuestionamiento hace pedazos la autoridad, la autoridad de la experiencia, de la pala­bra y del tan respetado y maligno poder. Este cuestionamiento, que no nace de la reacción, de la preferencia o el motivo, hace estallar la moral y respetable actividad egocéntrica; es esta actividad la que siempre está siendo reformada y nunca destruida. Esta reforma interminable es el interminable dolor. Lo que tiene tras de sí una causa, un motivo, engendra inevitablemente agonía y desesperación.

Nosotros tememos esta destrucción total de lo conocido, el fundamento del yo, del mí y de lo mío; lo conocido es mejor que lo desconocido, lo conocido con su confusión, conflicto y desdicha; el liberarnos de esto que conocemos podría destruir lo que llamamos amor, relación, felicidad, etc. La libertad con respecto a lo conocido, el explosivo cuestionamiento - no el de la reacción - termina con el dolor, y entonces el amor es algo que está más allá de la medida del pensamiento y el sentimiento.

Nuestra vida es muy superficial y vacía; mezquinos pensa­mientos y mezquinas actividades entrelazadas con conflictos e infortunios; y siempre viajando de lo conocido a lo conocido en procura psicológica de seguridad. No hay seguridad en lo cono­cido por mucho que uno pueda desearla. La seguridad es tiempo y no existe el tiempo psicológico; es un mito y una ilusión que engendran temor. Nada existe que sea permanente, ni ahora ni más adelante en el futuro. El patrón moldeado por el pensa­miento y el sentimiento, el patrón de lo conocido, se hace peda­zos mediante el correcto cuestionar y escuchar. El conocerse a sí mismo, el conocer los modos en que actúan el pensamiento y el sentimiento, el escuchar atentamente cada movimiento del pensar y del sentir, termina con lo conocido. Lo conocido en­gendra dolor, y el amor es la libertad con respecto a lo conocido.

17

La tierra era del color del cielo; los cerros, los verdes y ma­duros arrozales, los árboles y el seco lecho arenoso del río tenían el color del cielo; cada roca de los cerros, los grandes cantos rodados, eran las nubes, y las nubes eran las rocas. El cielo era la tierra y la tierra el cielo; el sol poniente lo había transfor­mado todo. El cielo en llamas ardía en cada veta de las nubes, en cada piedra, en cada brizna de hierba, en cada grano de arena. Era un incendio verde, púrpura, violeta e índigo fulgu­rando con la furia de las llamas. Sobre aquel cerro había una vasta extensión de púrpura y oro; encima de los cerros meri­dionales un ardiente, delicado verde y pálidos azules; hacia el este una espléndida puesta de sol en oposición, rojo púrpura, ocre tostado, magenta y violeta pálido. La puesta de sol en oposición estallaba en esplendor igual que la del oeste; unas pocas nubes se habían reunido alrededor del sol poniente; eran puras, un fuego sin humo que jamás se apagaría. Este fuego, en su vastedad e intensidad, lo penetraba todo y se introducía en la tierra. Y la tierra era los cielos y los cielos eran la tierra. Y todo vivía y estallaba de color y el color era Dios, no el dios del hombre. Los cerros se tornaron transparentes, cada roca, cada piedra habían perdido su peso y flotaban en el color, y los cerros dis­tantes eran azules, del azul de todos los mares y del cielo de todos los climas. Los florecidos arrozales, una extensión intensamente verde y rosada, llamaban de inmediato la atención. Y el camino que atravesaba el valle se veía púrpura y blanco, tan vivo que era uno de los rayos que corrían de una a otra parte del cielo. Uno mismo era parte de esa luz que ardía furio­samente, que estallaba, esa luz sin sombra, sin raíz y sin pala­bras. Y a medida que el sol iba descendiendo, cada color se tornaba más violento, más intenso, y uno se perdía completamente, más allá de cuanto pudiera recordar. Este era un atardecer sin memoria.

Cada pensamiento y sentimiento deben florecer para poder vivir y morir; todo debe florecer en uno, la ambición, la envidia, el odio, la alegría, la pasión; en ese florecimiento está la muerte de todo ello y hay libertad. Es sólo en libertad que algo puede florecer, no en la represión, en el control y la disciplina; esto sólo pervierte, corrompe. En la libertad y el florecimiento radi­can la bondad y toda virtud. No es fácil dejar que la envidia florezca; uno la condena o la fomenta, pero jamás le da libertad. Es solamente en libertad que el hecho de la envidia revela su color, su forma, su profundidad, sus peculiaridades; si se la reprime no se revelará a sí misma en plenitud y libertad. Una vez que se ha mostrado completamente, la envidia cesa sólo para revelar otro hecho, el vacío, la soledad, el miedo. Y a medida que a cada hecho se le permite que florezca libremente, en toda su integridad, toca a su fin el conflicto entre el observador y lo observado; ya no existe más el censor sino sólo la observación, sólo el ver. La libertad puede existir únicamente en la consu­mación, no en la represión, en la repetición, en la obediencia a un patrón de pensamiento. Hay consumación tan sólo en el flo­recer y el morir; el florecer no existe si no hay un terminar. Lo nuevo no puede existir si no hay libertad con respecto a lo cono­cido. El pensamiento, lo viejo, no puede dar origen a lo nuevo; lo viejo debe morir para que lo nuevo sea. Lo que florece tiene que llegar a su fin.

20

Estaba muy oscuro; las estrellas brillaban en un cielo sin nubes y el aire de la montaña era puro y fresco. La luz de los faros atrapaba los grandes cactus tornándolos de plata bruñida; los cubría el rocío de la mañana y resplandecían; las pequeñas plantas también brillaban con el rocío y los faros hacían que el verde chispeara y centelleara con un tono muy diferente del diurno. Todos los árboles se hallaban en silencio, misteriosos, dormidos e inaccesibles. Orión y las Pléyades descendían entre los oscuros cerros; incluso los búhos estaban muy lejos y callados; excepto por el ruido del automóvil, el campo entero dormía; sólo las chotacabras, posadas en el camino con sus ojos rojizos y centelleantes, al ser sorprendidas por la luz de los faros clava­ron la vista en nosotros y escaparon revoloteando. Tan temprano en la mañana las aldeas dormían, y las pocas personas que había en el camino iban tan arropadas que sólo se les veía los rostros; se dirigían fatigosamente de una aldea a otra; tenían el aspecto de haber estado caminando toda la noche; algunos se habían agrupado en torno de una fogata y proyectaban largas sombras a través de la carretera. Un perro se estaba rascando en medio del camino; como no se movería, el automóvil tuvo que rodearlo para pasar. Entonces, apareció de pronto el lucero de la mañana; era fácilmente del tamaño de un pequeño platillo, asombrosa­mente brillante, y parecía tener al oriente bajo su dominio. Cuando se elevó, justo debajo de él surgió Mercurio, pálido y sometido. Había un tenue resplandor y muy a lo lejos comenzaba el amanecer.

La carretera doblaba hacia adentro y hacia afuera, difícilmente se mantenía recta alguna vez, y los árboles que había a ambos lados la detenían impidiendo que se desviara hacia el in­terior de los campos. Había grandes extensiones de agua para ser empleada con fines de irrigación durante el verano, cuando el agua escaseara. Los pájaros dormían aun, salvo uno o dos, y a medida que el amanecer se acercaba, comenzaron a despertar, cuervos, buitres, palomas y las innumerables avecillas. Estába­mos ascendiendo y pasamos por una vasta extensión boscosa; ningún animal salvaje se había cruzado en la carretera. Y ahora había monos en el camino, un ejemplar enorme sentado en el suelo junto al gran tronco de un tamarindo; ni se movió cuando pasamos, en tanto que los otros se dispersaron precipitadamente en todas direcciones. Había uno muy pequeño, debía tener unos días, que estaba aferrado al vientre de su madre, la cual parecía disgustada con todas las cosas. El amanecer estaba sucumbiendo al día, y los camiones que pasaban estrepitosamente a nuestro lado habían apagado sus faros. Y ahora las aldeas estaban des­piertas, la gente barría los umbrales y arrojaba la basura en medio del camino, donde yacían pesadamente dormidos varios perros sarnosos que, al parecer, preferían el centro mismo de la carretera; los camiones, los automóviles y la gente pasaban es­quivándolos. Había mujeres que transportaban agua del pozo y eran seguidas por niños pequeños. El sol comenzaba a tor­narse caluroso y deslumbrante y los cerros ya no resultaban agra­dables; había menos árboles y estábamos dejando las montañas en camino hacia el mar por un campo llano y abierto; el aire era húmedo y caliente, y nos acercábamos a la grande, populosa y suda ciudad [28]; los cerros habían quedado muy atrás.

El automóvil corría con bastante rapidez y era éste un buen lugar para meditar. Hay que estar libre de la palabra y no con­cederle demasiada importancia; ver que la palabra no es la cosa y que la cosa jamás es la palabra; no quedar atrapado en la suges­tión de las palabras y, sin embargo, emplear las palabras con cuidado y comprensión; ser sensible a las palabras sin verse abrumado por ellas; abrirse paso a través de la valla de las palabras y considerar el hecho; evitar el veneno de las palabras y sentir su belleza; desechar toda identificación con las palabras y examinarlas, porque las palabras son una celada y una trampa. Ellas son los símbolos y no lo real. La pantalla de las palabras actúa como un refugio para la mente perezosa, irreflexiva, que gusta de engañarse a sí misma. La esclavitud a las palabras es el comienzo de la inacción -que puede aparecer como acción. Y una mente que está atrapada en los símbolos no puede ir muy lejos. Toda palabra, todo pensamiento moldea a la mente, y sin comprender cada pensamiento la mente se convierte en esclava de las palabras y comienza el dolor. Las conclusiones y las explicaciones no dan fin al dolor.

La meditación no es un medio para un fin; no existe el fin, no hay una meta; la meditación es un movimiento en el tiempo y fuera del tiempo. Todo sistema, todo método ata el pensamien­to al tiempo, pero la lúcida percepción alerta y sin preferencias de cada pensamiento y sentimiento, el comprender los motivos, el mecanismo, el dejarlos florecer, es el principio de la medita­ción. Cuando el pensamiento y el sentimiento florecen y mueren, la meditación es un movimiento fuera del tiempo. En este movi­miento hay éxtasis; en el total vacío hay amor, y con el amor hay destrucción y creación.

[27] El Valle de Rishi, unas 170 millas al norte de Madrás y 2.500 pies sobre el nivel del mar. Hay allí una escuela fundada por Krishnamurti, en la que estuvo hospedado. volver
[28] Madrás. Él se hospedó en una casa edificada sobre siete acres de terreno en la ribera norte del río Adyar. Este río penetra en la bahía de Bengala, al sur de Madrás. volver

Libro de Notas

Bombay y Valle Rishi. Octubre 20 a Noviembre 20, 1961

Jiddu Krishnamurti, diario Libro de Notas. Krishnamurti's Notebook, 1961...1962. Jiddu Krishnamurti en español.

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