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Libro de Notas

Madrás. Noviembre 20 a Diciembre 17, 1961

21

Toda existencia implica opción; sólo en la madura soledad interna no hay opción. La opción, en todas sus formas, es con­flicto y contradicción inevitable; esta contradicción, sea interna o externa, engendra confusión y desdicha. Para escapar de esta desdicha, se vuelven necesidades compulsivas los dioses, las creencias, el nacionalismo, el compromiso con diversos patrones de actividades. Habiendo escapado, todo esto llega a ser de primordial importancia, y el escape es el camino de la ilusión; entonces sobrevienen el temor y la ansiedad. La opción conduce a la desesperación y al sufrimiento, y no hay fin para el dolor. La selección, las opciones deben existir siempre en tanto haya uno que opta, que escoge - la memoria acumulada de dolor y placer - y cada experiencia de opción sólo refuerza la memoria cuya respuesta se convierte en pensamiento y sentimiento. La memoria sólo tiene un significado parcial: el de responder mecá­nicamente; esta respuesta es la opción. En la opción no hay liber­tad. Uno opta, elige de acuerdo con el ambiente en que se ha criado, de acuerdo con su condicionamiento social, económico y religioso. La opción inevitablemente fortalece este condiciona­miento, del cual no es posible escapar; el escapar sólo engendra más sufrimiento.

Había unas pocas nubes reuniéndose alrededor del sol; esta­ban muy bajas en el horizonte y ardían. Las palmeras resaltaban oscuras contra el cielo en llamas; se hallaban en medio de ver­des y dorados arrozales que se extendían a lo lejos hasta perderse en el horizonte. Había una que se destacaba por sí misma sobre un campo verde amarillento de arroz; no estaba sola, aunque parecía como perdida y muy distante. Desde el mar soplaba una suave brisa y unas cuantas nubes estaban persiguiéndose las unas a las otras con más velocidad que la brisa. Las llamas se estaban apagando y la luna ahondaba las sombras. Había som­bras por todas partes susurrando quedamente entre si. La luna estaba bien alta y a través de la carretera las sombras eran pro­fundas y engañosas. Una culebra de agua podría estar cruzando el camino, deslizándose silenciosamente a la caza de una rana; había agua en los arrozales y las ranas croaban, casi rítmicamente; en la larga extensión de agua al costado de la carretera, con sus cabezas asomando fuera de la superficie, se perseguían las unas a las otras, sumergiéndose y emergiendo para desapare­cer otra vez. El agua era plata reluciente que centelleaba, cálida al tacto y llena de ruidos misteriosos. Pasaban carretas de bue­yes transportando leña a la ciudad; una bicicleta hacia sonar la campanilla, un camión con faros deslumbradores exigía estri­dentemente que se le hiciera lugar, y las sombras permanecían inmóviles.

Era un hermoso atardecer y allí en la carretera, tan cerca de la ciudad, había un silencio profundo que ningún sonido perturbaba, ni siquiera el del camión. Era un silencio que ningún pensamiento ni palabra alguna podrían alcanzar, un silen­cio que acompañaba a las ranas, a las bicicletas, un silencio que lo seguía a uno; uno caminaba en él, lo respiraba, lo veía. No era tímido, estaba ahí insistente y acogedor. Iba más allá de uno penetrando en vastas inmensidades, y uno podía seguirlo sí el pensamiento y el sentimiento estaban completamente quietos, olvidados de sí mismos, perdidos con las ranas en el agua; ellos no tenían importancia alguna, podían perderse fácilmente y recuperarse cuando se les necesitara. Era un atardecer encantador, pleno de claridad y de una sonrisa que se iba desvaneciendo rápidamente.

La opción siempre está engendrando desdicha. Si uno la ob­serva, la verá acechando, exigiendo, insistiendo y suplicando, y antes de saber uno dónde está, se halla aprisionado en su red de dudas, responsabilidades y desesperaciones de las que no es posible escapar. Basta observarlo para darse cuenta del hecho. Darse cuenta del hecho; uno no puede cambiar d hecho; podrá ocultarlo, escapar de él, pero no puede cambiarlo. Está ahí. Sí lo dejamos solo, si no interferimos con nuestras opiniones y espe­ranzas, temores y desesperación, con nuestros juicios astutos y calculados, el hecho florecerá y revelará todas sus intrincaciones, sus sutiles modos de actuar - y los hay en cantidad -, su aparente importancia y ética, sus motivos ocultos, sus caprichos. Si dejamos solo al hecho, él nos mostrará todo esto y mucho más. Pero es preciso estar lúcidamente atento a ello, sin opción alguna, avanzando paso a paso. Entonces veremos que la opción, habiendo florecido muere, y que hay libertad; no que uno está libre, sino que hay libertad. Uno mismo es el que produce la opción, y uno ha cesado de producirla. No hay nada por lo que optar, nada que escoger. En este estado sin opción, florece la madura soledad interna. Su muerte es un no terminar jamás. Ello está siempre floreciendo y es siempre nuevo. Morir para lo conocido es estar internamente solo. Toda opción se halla dentro del campo de lo conocido; la acción en este campo siem­pre engendra dolor. La terminación del dolor está en la madura y lúcida soledad interior.

22

En la abertura que dejaban las masas de hojas había una flor rosada de tres pétalos; estaba encajada dentro del verde y ella también debe haberse sorprendido de su propia belleza. Crecía sobre un alto arbusto, pugnando por sobrevivir entre todo ese verdor; había un árbol enorme elevándose sobre ella y también algunos arbustos, todos luchando por la vida. Muchas otras flores crecían en este arbusto, pero esta única flor entre el follaje no tenía compañera, se erguía solitaria y, por ello, más sobrecogedora. Soplaba una ligera brisa entre las hojas pero nunca llegaba hasta esta flor, que estaba inmóvil y sola; y porque estaba sola tenía una extraña belleza, como una estrella única cuando el cielo está despejado. Y más allá de las verdes hojas se veía el negro tronco de una palmera; no era realmente negro pero se parecía al tronco de un elefante. Y mientras uno lo miraba, el negro se tornó en rosado; el sol del atardecer estaba sobre él y todas las copas de los árboles ardían, inmóvi­les. La brisa había cesado y sobre las hojas había retazos de sol poniente. Un pajarillo posado sobre una rama estaba compo­niendo sus plumas. Dejó de mirar a su alrededor y en seguida levantó vuelo hacia el sol.

Nosotros estábamos sentados enfrente de los músicos, y éstos se hallaban de cara al sol poniente; éramos muy pocos, y el pequeño tambor era tocado con notable destreza y deleite; resultaba realmente extraordinario lo que esos dedos hacían. El músico nunca miraba sus manos; éstas parecían tener vida propia, moviéndose con gran rapidez y firmeza, golpeando con precisión la tensa piel; jamás vacilaban. La mano izquierda desconocía por completo lo que hacía la mano derecha, porque golpeaba con un ritmo diferente pero siempre en armonía. El instrumentista era muy joven, serio, de ojos chispeantes; tenía talento y estaba encantado de tocar para ese auditorio pequeño y capaz de apreciarlo. Luego se incorporó un instrumento de cuerdas y el pequeño tambor lo siguió. Ya no estuvo más solo.

El sol se había puesto y las pocas nubes errantes se estaban tornando de un rosa pálido; en esta latitud no hay crepúsculo y la luna, casi llena, resaltaba clara en un cielo sin nubes. Pa­seando por esa carretera, con la luz de la luna sobre el agua y el croar de innumerables ranas, advino una bendición. Es extraño lo lejos que está el mundo y a qué gran profundidad ha viajado uno. Los postes del telégrafo, los autobuses, las carretas de bueyes y los exhaustos aldeanos estaban ahí, al lado de uno, pero uno estaba muy lejos, a una profundidad que ningún pen­samiento podía alcanzar; todo sentimiento había quedado muy atrás. Uno caminaba, lúcidamente alerta con respecto a todo cuanto sucedía alrededor, al oscurecimiento de la luna por ma­sas de nubes, a la campanilla de advertencia de la bicicleta, paro uno estaba muy lejos; no uno, sino una grande, vasta profundidad. Esta profundidad prosiguió más hacia lo hondo de sí misma, fuera del tiempo y más allá de los límites del espacio. La memoria no podía seguirla; la memoria está encadenada, pero esto no lo estaba. Esta era libertad total y completa, sin raíces, sin dirección ninguna. Y muy en lo profundo y lejos de todo pensamiento, había una energía explosiva que era puro éxtasis, palabra que tiene un significado agradable que gratifica al pensamiento, pero el pensamiento jamás podrá capturar ese éxtasis ni recorrer la distancia sin espacio para perseguirlo. El pensamiento es una cosa estéril y nunca será capaz de seguir o comunicarse con aquello que es intemporal. El atronador auto­bús con sus luces enceguecedoras casi lo empujó a uno fuera de la carretera a las danzantes aguas.

La esencia del control es la represión. El puro ver termina con toda forma de represión; el ver es infinitamente más sutil que el mero control. El control es comparativamente fácil, no requiere mucha comprensión; la conformidad a un patrón, la obediencia a la autoridad establecida, a la tradición, el temor de no hacer lo correcto, la búsqueda del éxito, son las cosas que dan origen a la represión de lo que es o a la sublimación de lo que es. La comprensión se produce por si misma en el puro acto de ver el hecho cualquiera que éste pueda ser, y en virtud de ello tiene lugar la mutación.

25

El sol se hallaba oculto por las nubes y las tierras llanas se extendían lejos en el horizonte que se estaba tornando de color rojo y castaño dorado; había un pequeño canal sobre el que pasaba la carretera entre los arrozales. Éstos eran verdes y amarillo oro, esparcidos a ambos lados de la carretera, al este y al oeste, en dirección al mar y al sol poniente. Hay algo extra­ordinariamente conmovedor y bello en la vista de las palmeras, negras contra el cielo en llamas, entre los campos de arroz; no es que la escena fuera sentimental o romántica o propia de una tarjeta postal; probablemente era todo esto, pero había una in­tensidad y una dignidad arrebatadoras y un deleite que brotaba de la misma tierra y de las cosas comunes junto a las que uno pasaba todos los días. El canal, una larga, estrecha franja de agua, fuego derretido, corría de norte a sur entre los arrozales, silencioso y solitario. No había mucho tráfico en el canal, sólo unos lanchones toscamente construidos, con velas cuadradas o triangulares, que transportaban leña o arena, y hombres de muy grave aspecto sentados en compactos grupos. Las palmeras dominaban la ancha tierra verde; eran de todas las formas y tamaños, independientes y libres de cuidados, barridas por los vientos y quemadas por el sol. Los arrozales tenían un maduro color amarillo oro y en medio de ellos había grandes pájaros blancos; ahora estaban volando en dirección al sol con sus largas patas extendidas hacia atrás y las alas batiendo perezosamente al aire. Las carretas de bueyes que llevaban leña de casuarina a la ciudad pasaban rechinantes formando una larga fila, los hombres caminaban y la carga era pesada. No era nin­guna de estas escenas comunes la que tornaba encantadora la tarde; todas ellas formaban parte del atardecer que iba mu­riendo, los ruidosos autobuses, las silenciosas bicicletas, el croar de las ranas, el aroma de las últimas horas del día. Había una profunda y dilatada pureza. Lo que era bello estaba ahora glori­ficado de esplendor; todo se hallaba envuelto en ello; había éxtasis y júbilo no sólo profundamente dentro de uno sino entre las palmeras y los arrozales. El amor no es una cosa común, pero estaba ahí en la choza alumbrada por una lámpara de acei­te; estaba con esa mujer ya anciana que iba cargando algo pesado sobre la cabeza; con ese niño desnudo que llevaba un pedazo de madera atado a un trozo de cuerda y lo balanceaba, y la madera despedía chispas que eran para él sus fuegos arti­ficiales. Estaba en todas partes, tan simple que uno podía encontrarlo bajo una hoja muerta o en aquel jazmín junto a la vieja casa que se desmoronaba. Pero todo el mundo se hallaba atareado, perdido en sus ocupaciones. Aquello estaba ahí lle­nando el corazón, la mente y el cielo; permanecía en uno y ya nunca lo abandonarla. Sólo hay que morir a todo, sin dejar raíces, sin una lágrima. Entonces ello vendrá a nosotros si so­mos afortunados y hemos dejado para siempre de correr tras de ello implorando, esperando, llorando. Indiferentes hacia ello pero sin dolor, y habiendo dejado atrás y muy lejos el pensa­miento. Y ello estará ahí, como en esa polvorienta, oscura carretera.

El florecer de la meditación es bondad. No es una virtud para ser acumulada pedacito a pedacito, lentamente, en el espa­cio del tiempo; no es la moralidad que la sociedad considera res­petable, ni es la sanción de la autoridad. Es la belleza de la meditación la que da perfume a su florecimiento. ¿Cómo puede haber alegría en la meditación si ella es una artimaña del deseo y del dolor? ¿Cómo puede ella florecer si estamos buscándola por medio del control, la represión y el sacrificio? ¿Cómo puede florecer en las tinieblas del miedo o en la corruptora ambición o en el olor del éxito? ¿Cómo puede florecer a la sombra de la esperanza y la desesperación? Es preciso desprenderse de todo esto y dejarlo muy atrás sin pesar, fácilmente, naturalmente. La meditación no es el esfuerzo de erigir defensas para resistir y consumirse; no se ajusta a la sostenida práctica de ningún sistema. Todos los sistemas terminan inevitablemente por adap­tar el pensamiento a un patrón, y la conformidad destruye el florecer de la meditación. Esta florece tan sólo en libertad. Sin libertad no hay conocimiento propio y sin el conocimiento de uno mismo no hay meditación. El pensamiento es siempre mez­quino v superficial por lejos que pueda perderse en la búsqueda de conocimiento; el adquirir y desarrollar conocimientos no es meditación. Esta florece únicamente cuando hay libertad con respecto a lo conocido; en lo conocido, la meditación se marchita muere.

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Hay una palmera que se yergue totalmente sola en medio de un arrozal: ya no es joven, quedan sólo unas pocas palmas. Es muy alta y derecha; tiene la cualidad de la rectitud sin la bulla y el alboroto de la respetabilidad. Está ahí, y está sola. Nunca ha conocido otra cosa y seguirá de este modo hasta que muera o sea destruida. Uno súbitamente se encontró con ella en la curva de la carretera y quedó sobrecogido al verla entre los ricos campos de arroz y el agua que fluía; el agua y los verdes campos intercambiaban murmullos, como siempre lo han estado haciendo desde remotos días, y estos suaves susurros nunca llegaban hasta la palmera; ella se erguía solitaria con los altos cielos y las nubes resplandecientes. Existía por si misma, com­pleta y distante, y jamás sería otra cosa que esto. El agua rutilaba bajo la luz del atardecer y la palmera estaba hacia el oeste, en dirección opuesta a la carretera; más allá se extendían otros arrozales. Antes de dar con ella uno tuvo que pasar por el ruido, las calles sucias y polvorientas colmadas de niños, cabras y ga­nado; los autobuses levantaban nubes de tierra que a nadie pare­cían importarle, y los perros sarnosos poblaban la carretera. El automóvil dio la vuelta y salió de la arteria principal que continuaba, y pasó por muchas casas pequeñas, huertas y arrozales. Luego dobló a la izquierda, atravesó algunos pórticos ostentosos y un poco más lejos, en medio de un claro, había unos ciervos pastando. Deben haber sido unas dos o tres doce­nas; algunos tenían grandes y pesadas astas y, entre los más pequeños, los había que ya mostraban nítidamente lo que iban a ser; muchos de ellos eran de un color blanco a manchas; esta­ban nerviosos, agitando sus grandes orejas, pero continuaban pastando. Algunos cruzaron la roja senda hacia campo abierto y varios otros estaban entre los arbustos a la expectativa de lo que iba a suceder; el pequeño automóvil se había detenido y pronto todos ellos pasaron al otro lado y se reunieron con los demás. Era un límpido atardecer y estaban apareciendo las estrellas, claras y brillantes; los árboles se recogían para la noche y había cesado el parloteo impaciente de los pájaros. La luz del atardecer se reflejaba en el agua.

En esa luz vespertina, y mientras uno recorría el estrecho camino, la intensidad del deleite fue creciendo sin que exis­tiera una causa para ello. Había comenzado mientras uno obser­vaba a una pequeña araña saltarina que con brincos asombrosa­mente rápidos atrapaba las moscas y las retenía ferozmente; había comenzado durante la contemplación de una solitaria hoja que se agitaba en tanto las otras hojas permanecían inmóviles; había mientras uno se hallaba observando a la pe­queña ardilla listada que rezongaba por cualquier cosa meneando su larga cola hacia arriba y abajo. El deleite no tenía causa; la alegría que es un resultado de algo, es en todos los casos muy trivial y cambia con los cambios. Este extraño, inesperado deleite crecía en su intensidad, y lo que es intenso nunca es brutal; tiene la cualidad de someterse pero permanece siendo intenso. No es la intensidad que tiene toda energía que se concentra; no es la intensidad producida por el pensamiento que persigue una idea o que está ocupado consigo mismo: no es un sentimiento exaltado, porque todo esto tiene tras de sí motivos o propósitos. Esta intensidad no tenía causa, no tenía un fin, ni era producida por medio de la concentración, la cual realmente impide el despertar de la energía total. Ella crecía sin que nada se hiciera al respecto; era como algo que está fuera de uno mismo, sobre lo cual uno no tiene ningún control; uno nada tiene que ver en la cuestión. En el mismo incremento de la intensidad había dulzura, mansedumbre. Esta palabra está echada a perder; su­giere debilidad, desaliño, irresolución, incertidumbre, un tímido aislamiento, cierto temor, etc. Pero no es ninguna de estas cosas; es algo vital y poderoso, sin defensas y, por eso mismo, intenso. Aunque uno lo desee no puede cultivarlo; no pertenece a la categoría de «lo débil y lo fuerte». Aquello era vulnerable, como lo es el amor. El deleite con su mansedumbre crecía en intensidad. No había otra cosa sino eso. El ir y venir de la gente, el manejo del automóvil, la charla, el ciervo y la palmera, las estrellas y los arrozales estaban ahí, en toda su belleza y lozanía, pero todo eso se encontraba dentro y fuera de esta intensidad. Una llama tiene forma, tiene un contorno, pero dentro de la llama sólo existe la intensidad del calor sin forma ni contorno.

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Las nubes, empujadas por un fuerte viento, se estaban amon­tonando hacia el sudoeste; grandes nubes, magnificas, que se hinchaban como olas, plenas de furia y espacio; eran de color blanco y gris oscuro, cargadas de lluvia, cubriendo todo el cielo. Los viejos árboles se irritaban con ellas y con el viento. Querían que se les dejara tranquilos, aun cuando necesitaran de la lluvia; ésta los dejaría limpios otra vez lavando todo el polvo, y las hojas volverían a resplandecer; pero ellos, al igual que las per­sonas viejas, no deseaban que se los molestara de este modo. En el jardín había muchas flores, muchos colores, y cada flor danzaba, una cabriola, un brinco, y todas las hojas estaban en movimiento; aun las minúsculas briznas de hierba temblaban sobre el pequeño sector de césped. Dos mujeres viejas, flacas, lo estaban escardando; viejas antes de tiempo, magras y gasta­das; en cuclillas sobre el césped charlaban arrancando las ma­lezas perezosamente; no estaban del todo ahí, estaban en alguna otra parte llevadas por sus pensamientos, aunque siguieran escar­dando y charlando. Parecían inteligentes, con sus ojos chispean­tes, pero tal vez demasiados hijos y la falta de una buena ali­mentación las había desgastado y envejecido prematuramente. Uno se transformó en ellas, ellas eran uno mismo y la hierba y las nubes; no se trataba de un puente verbal que uno cruzara llevado por la piedad o por algún vago sentimiento poco fami­liar; uno no pensaba en absoluto ni estaba agitado por sus emo­ciones. Esas mujeres eran uno mismo y uno era ellas; habían cesado la distancia y el tiempo. Llegó un automóvil con un chofer y él penetró en ese mundo. Su tímida sonrisa y su saludo eran los de uno, y uno se preguntaba a quién estaba él sonriendo y saludando. El chofer sentía cierto embarazo, no estaba muy habituado a este sentimiento de unidad. Las mujeres y el chofer eran uno y uno era las mujeres y el chofer; la barrera que ellos habían edificado desapareció y, tal como las nubes que pasa­ban, todo eso parecía ser parte de un circulo que se iba ensan­chando e incluyendo dentro de sí muchas cosas, la sucia carretera, el espléndido cielo y los transeúntes. Aquello nada tenía que ver con el pensamiento, el pensamiento es en todos los casos algo muy sórdido; y tampoco el sentimiento estaba para nada involu­crado en ello. Era como una llama que ardía abrasándolo todo sin dejar huellas ni cenizas; no era una experiencia con sus re­cuerdos, una experiencia que pudiera repetirse. Ellos eran uno mismo y uno era ellos, y eso murió con la mente.

Es extraño el deseo de alardear ante los demás, de ser al­guien. La envidia es odio y la vanidad corrompe. Parece tan difícil e imposible ser sencillo, ser lo que somos y no presumir. Ser lo que uno es resulta en sí mismo muy arduo, ser lo que uno es sin tratar de llegar a ser esto o aquello -lo cual no es demasiado difícil. Siempre puede uno aparentar, ponerse una máscara, pero ser lo que se es constituye una cuestión muy com­pleja; porque uno está siempre cambiando, nunca es el mismo y cada instante revela una nueva faceta una nueva profundidad, una superficie nueva. No es posible ser en un instante todo esto, porque cada instante conlleva su propio cambio. De modo que si uno es siquiera un poco inteligente, renuncia a ser esto o aquello. Cada uno de nosotros piensa que es muy sensitivo, y un inci­dente cualquiera, un pensamiento fugaz, demuestra que no lo es; piensa que es talentoso, instruido, artístico, moral, pero al voltear la esquina se encuentra con que no es ninguna de estas cosas sino profundamente ambicioso, envidioso, inepto, brutal e impaciente. Alternativamente uno es todas estas cosas y desea algo que tenga continuidad, permanencia -por supuesto, sólo aquello que sea provechoso, agradable. Así es como corremos tras de ello, y todos nuestros otros yoes claman por salirse con la suya, por lograr su propia realización. De este modo, cada uno de nosotros se convierte en un campo de batalla en el cual generalmente triunfa la ambición con todos sus placeres y su infortunio, su envidia y su temor. A ello se añade la palabra «amor» en aras de la respetabilidad y para mantener la inte­gridad de la familia; pero uno mismo está atrapado en los pro­pios compromisos y actividades, aislado, clamando por recono­cimiento y fama: yo y mi país, yo y mi partido, yo y mi dios consolador.

De modo que ser lo que uno realmente es resulta un asunto muy difícil; si uno está de algún modo despierto, conoce todas estas cosas y el dolor que siempre las acompaña. Así es que uno se sumerge en su trabajo, en su creencia, en sus fantásticos ideales y meditaciones. Para entonces uno ha envejecido y está listo para la sepultura, si es que ya no está muerto internamente. Desechar todas estas cosas con sus contradicciones y su creciente sufrimiento, es la cosa más natural e inteligente que podamos hacer. Pero antes de que uno llegue a ser nada, debe haber des­enterrado todas estas cosas ocultas exponiéndolas y, de ese modo, comprendiéndolas. Para comprender estos impulsos secretos, estas compulsiones, es preciso estar lúcidamente alerta a ellas, alerta sin opción alguna, igual que con la muerte; entonces, en el puro acto de ver, estas cosas se marchitarán y uno estará libre del dolor y será como la nada. Ser como la nada no es un es­tado negativo; la misma negación de todo lo que uno ha sido, es la más positiva de las acciones, no lo positivo de la reacción, que es inacción; es dicha inacción la que da origen al dolor. Esta negación es libertad. Esta acción positiva de negar, pro­porciona energía, y las meras ideas disipan energía. La idea es tiempo, y el vivir en el tiempo es desintegración, dolor.

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Había un gran claro en la densa arboleda de casuarinas al costado de la tranquila carretera; al atardecer ésta se hallaba a oscuras, desierta, y el claro era una invitación al cielo. Más allá de la carretera y rodeada por un pequeño cerco, había una choza con techo formado por hojas de palma entrelazadas; la choza se hallaba iluminada por una débil luz proveniente de una mecha que ardía en un platillo con aceite, y dentro se encontraban dos personas, un hombre y una mujer, tomando su comida de la tarde sentados sobre el piso mientras charlaban y reían ocasionalmente. Dos hombres venían atravesando los arrozales por un estrecho sendero que dividía a los mismos y que estaba destinado a contener agua. Conversaban volublemente y llevaban alguna carga sobre sus cabezas. Había un grupo de aldeanos que algo estaban explicándose los unos a los otros entre risas agudas y muchas gesticulaciones. Una mujer llevaba un becerro de unos pocos días, seguida por la madre de éste, que suavemente in­fundía confianza en su bebé. Una bandada de pájaros blancos con largas patas volaba hacia el norte batiendo el aire lenta y rítmicamente con sus alas. El sol se había puesto en un cielo claro al que un rayo de color grisáceo atravesaba casi de hori­zonte a horizonte. Era un atardecer muy sereno y las luces de la ciudad estaban lejos. Esta abertura entre la arboleda de casuarinas contenta toda la tarde, y al pasar por ahí, uno era cons­ciente de la extraordinaria calma que reinaba; todas las luces y el resplandor del día habían sido olvidados, así como el bu­llicio de los hombres yendo y viniendo. Ahora, rodeado uno por oscuros árboles y una luz que se desvanecía rápidamente, había quietud. No sólo quietud, sino que en esa quietud había júbilo, el júbilo de una inmensa soledad; y mientras uno pasaba por ello, advino «lo otro» siempre extraño, siempre desconocido; advino cobijando a la mente y al corazón en su claridad y belleza. Todo tiempo cesó, el instante siguiente no tuvo comienzo. En el vacío sólo hay amor.

La meditación no es un juego imaginativo. Toda clase de imagen, toda palabra, todo símbolo tienen que cesar para que florezca la meditación. La mente debe perder su esclavitud a las palabras y a las reacciones que éstas conllevan. El pensamiento es tiempo, y el símbolo, por antiguo y significativo que sea, debe dejar de aferrarse al pensamiento. Entonces el pensamiento no tiene continuidad, existe sólo de instante en instante y pierde así su obstinación mecánica; el pensamiento no moldea entonces a la mente, no la encierra dentro de la estructura de las ideas y no la condiciona a la cultura, a la sociedad en que vive. La libertad no lo es con respecto a la sociedad sino con respecto a las ideas; entonces la relación, la sociedad no condiciona a la mente. La totalidad de la conciencia es residual y está cambian­do, modificándose, adaptándose, y la mutación sólo es posible­ cuando han llegado a su fin el tiempo y la idea. Este fin no es una conclusión, una palabra que hay que destruir, una idea que deba ser negada o aceptada. Es para ser comprendido mediante el conocimiento de uno mismo; conocer no es aprender; cono­cer implica reconocimiento y acumulación, que impiden el apren­der. El aprender es de instante en instante, porque el «yo», el «mí» está cambiando permanentemente, nunca es constante. La acumulación, el conocimiento, deforma y pone fin al aprender. El reunir conocimientos, por más que se expandan sus fronteras, se vuelve algo mecánico, y una mente mecánica no es una mente libre. El conocimiento de uno mismo libera a la mente de lo conocido; vivir la vida entera dentro de la actividad de lo cono­cido engendra interminable conflicto y desdicha. La meditación no es un logro personal, una búsqueda personal de la realidad; se torna en eso cuando se halla restringida por métodos y siste­mas, con lo cual se engendran engaños e ilusiones. La medita­ción saca a la mente de la existencia estrecha, limitada, y la libera hacia una vida intemporal en eterna expansión.

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Sin sensibilidad no puede haber afecto; la reacción personal no indica sensibilidad; uno puede ser sensible con respecto a su familia, a su realización, a su status y capacidad. Esta clase de sensibilidad es una reacción limitada, estrecha, y es perjudicial. El buen gusto no es sensibilidad, porque el buen gusto es per­sonal, y la lúcida percepción de la belleza es la libertad con respecto a las reacciones personales. Sin la apreciación de la belleza y sin la percepción sensible de la misma, no hay amor. Esta percepción sensible de la naturaleza, del río, del cielo, de la gente, de la sucia calle, es afecto. La esencia del afecto es la sensibilidad. Pero la mayoría de las personas tienen miedo de ser sensibles; para ellas ser sensibles implica ser lastimadas, y por eso se endurecen para protegerse del dolor. O escapan hacia toda forma de entretenimiento, la iglesia, el templo, la chismografía, el cine y la reforma social. Pero el ser sensible no es algo personal, y cuando lo es conduce a la desdicha. Romper con estas reacciones personales e ir más allá de ellas es amar, y el amor es tanto para el uno como para los muchos; no está limi­tado a uno o a muchos. Para ser sensibles, es preciso que todos nuestros sentidos estén totalmente despiertos, activos, y el tener miedo de ser un esclavo de los sentidos es meramente eludir un hecho natural. La lúcida percepción del hecho no conduce a la esclavitud; lo que lo hace es el temor al hecho. El pensamiento pertenece a los sentidos, y el pensamiento contribuye a la limi­tación; sin embargo, no tememos al pensamiento. Por el contra­rio, éste es ennoblecido junto con la respetabilidad y cultivado devotamente con la presunción. Ser sensiblemente perceptivo con respecto al pensamiento, al sentimiento, al mundo que a uno lo rodea, a la oficina y a la naturaleza, es estallar en afecto de instante en instante Sin afecto, toda acción se torna pesada, mecánica, y conduce a la decadencia.

Era una mañana lluviosa y el cielo, oscuro y tumultuoso, estaba cargado de nubes; la lluvia había comenzado muy tem­prano y uno podía oírla entre las hojas. Y en el pequeño sector cubierto de césped había muchos pájaros, grandes y pequeños, pájaros de color gris claro, pardos con ojos amarillos, grandes cuervos negros y otros pajarillos más chicos que gorriones; esta­ban todos escarbando, arrancando la hierba, parloteando inquie­tos, quejándose unos y satisfechos otros. Lloviznaba y eso parecía no importarles, pero cuando comenzó a llover con más intensi­dad volaron todos protestando ruidosamente. Pero los arbustos y los voluminosos y viejos árboles se regocijaban; sus grandes hojas eran lavadas del polvo de muchos días. Gotas de agua col­gaban suspendidas en los extremos de las hojas; una gota caería al suelo y otra habría de formarse para caer; cada gota era la lluvia, el río y el mar. Y cada gota brillaba, centelleaba; era más rica y más hermosa que todos los diamantes; una gota se formaba, permanecía en su belleza para luego desaparecer en la tierra sin dejar rastros. Era una procesión interminable y desaparecía en el interior de la tierra. Era una procesión infi­nita más allá del tiempo.

Ahora llovía, y la tierra se llenaba para los calurosos días que habrían de prolongarse por muchos meses. El sol estaba tras de las nubes y la tierra descansaba del calor. La carretera era pésima, con gran cantidad de profundos baches llenos de un agua pardusca; a veces el pequeño automóvil los atravesaba, a veces los esquivaba, pero seguía adelante. Había flores rosadas que trepaban por los árboles, a lo largo de las alambradas de púas, creciendo salvajemente sobre los arbustos; y la lluvia caía entre ellas tornando más suaves y dulces sus colores; esta­ban en todas partes y no podían dejar de verse. La carretera proseguía pasando por una aldea sucia, con sucias tiendas y sucios restaurantes, y al dar vuelta en una curva había un arrozal encerrado entre palmeras. Éstas lo rodeaban casi como adheridas a él para que los hombres no lo estropearan. El arrozal seguía las líneas curvas de las palmeras y más allá había arboledas de bananos cuyas grandes, brillantes hojas eran visibles entre las palmeras. Ese arrozal estaba hechizado; era tan pasmosamente verde, tan rico y maravilloso; era increíble, arrebataba la mente y el corazón. Uno lo miraba y uno desaparecía para ya jamás volver a ser el mismo. Ese color era Dios, era música, era el amor de la tierra; los cielos llegaban hasta las palmeras y cubrían la tierra. Pero ese arrozal era la bendición de la eterni­dad. Y la carretera proseguía hacia el mar; ese mar de color verde claro, con enormes y agitadas olas rompiendo sobre una playa arenosa; eran olas asesinas y encolerizadas, con la furia reprimida de muchas tempestades; el mar parecía furiosamente tranquilo y las olas mostraban el peligro. No se veían botes, esos endebles catamaranes tan toscamente unidos por un trozo de cuerda; todos los pescadores estaban en las oscuras chozas, cu­biertas con hojas de palma, que se levantaban sobre la arena muy cerca del agua. Y las nubes venían rodando arrastradas por los vientos que uno no podía sentir. Y nuevamente volvería a escucharse la grata risa de la lluvia.

Para la persona que se llama religiosa, ser sensible significa pecar, un mal reservado para lo carnal, lo mundano; para más personas religiosas lo bello es tentación que debe ser resistida, una distracción maligna que es preciso rechazar. Pero las buenas obras no son un sustituto del amor, y sin amor toda actividad, noble o innoble, conduce al sufrimiento. La esencia del afecto es la sensibilidad, y sin ésta todo culto o adoración son un es­cape de la realidad. Para el monje, para el saináis los sentidos son la vía del dolor, salvo el pensamiento que debe dedicarse al dios para el cual se está condicionado. Pero el pensamiento pertenece a los sentidos. El pensamiento es lo que da origen al tiempo psicológico, y es el pensamiento el que torna peca­minosa a la sensibilidad. La virtud consiste en ir más allá del pensamiento, y esa virtud es sensibilidad en su más alto grado, la cual es amor. Donde hay amor no hay pecado; quien ama puede hacer lo que quiera, y entonces no hay lugar para el dolor.

30

Una región sin un río es una región desolada. Éste es un río pequeño - si es que puede llamársele río - pero tiene un puente bastante grande hecho de piedra y ladrillos [29]; no es muy ancho y los autobuses y automóviles tienen que desplazarse muy lentamente; siempre hay gente a pie y están las inevitables bicicletas. Pretende ser un río, y durante las lluvias luce como un río pleno y profundo, pero ahora las lluvias casi se han ter­minado y parece una amplia extensión de agua con una gran isla y muchos arbustos en medio de ella. Va hacia el mar, direc­tamente al este, muy animado y alegre. Pero ahora existe una ancha faja arenosa que aguarda la próxima estación de las lluvias. Había ganado que estaba vadeando el río hacia la isla y unos cuantos pescadores que trataban de atrapar algún pez; los peces eran siempre pequeños, del tamaño aproximado a un dedo grande, y olían horriblemente cuando eran puestos en venta bajo los árboles. Y esa tarde, en las tranquilas aguas había una gran garza, totalmente inmóvil y silenciosa. Era el único pájaro que había en el río; en los atardeceres solían cruzarlo volando cuervos y otras aves, pero en ese atardecer no se veía sino esta garza solitaria. Resultaba imposible dejar de verla; tan blanca era, tan inmóvil estaba bajo el cielo iluminado del atar­decer. El sol amarillo y el mar verde pálido se hallaban algo dis­tantes y allí donde la tierra se les unía, tres grandes palmeras se enfrentaban al río y al mar. El sol del atardecer estaba sobre ellas y más lejos el mar inquieto, peligroso y agradablemente azul. Visto desde el puente, el cielo parecía tan vasto, tan cer­cano, tan puro; el aeropuerto estaba lejos. Pero en ese atarde­cer, la garza solitaria y esas tres palmeras eran toda la tierra, el tiempo pasado y el presente y la vida que no tenía pasado. La meditación se tornó en un florecer sin raíces y, por tanto, en un morir. La negación es un movimiento maravilloso de la vida, y lo positivo es sólo una reacción a la vida, una resistencia. Con resistencia no hay muerte sino sólo temor; el temor engen­dra más temor y degeneración. La muerte es el florecer de lo nuevo; la meditación es el morir de lo conocido.

Es extraño que uno nunca pueda decir, «yo no sé». Para decirlo y sentirlo realmente, tiene que haber humildad. Pero uno nunca acepta el hecho de no saber; es la vanidad la que nutre la mente de conocimientos. La vanidad es una enfermedad ex­traña, siempre llena de esperanzas y siempre desalentada. Pero admitir que uno no sabe es detener el proceso mecánico del conocimiento. Hay diversas maneras de decir «no sé»: la pre­tensión con todos sus sutiles y secretos recursos para impresionar, para ganar importancia, etc.; el «no sé» que en realidad está haciendo tiempo para encontrar; y el «no sé» que no im­plica una búsqueda para saber. El primer estado nunca aprende, sólo acumula y así no aprende, y el último es siempre un estado de aprender sin acumular jamás. Para aprender tiene que haber libertad, y entonces la mente puede permanecer joven y en es­tado de inocencia; la acumulación hace que la mente decaiga, envejezca y se marchite. La inocencia no es falta de experiencia sino libertad con respecto a la experiencia; esta libertad significa morir a cada experiencia y no dejar que ésta arraigue en el fer­tilizado terreno del cerebro. La vida no existe sin la experiencia pero no hay vida cuando el terreno está repleto de raíces. La humildad no es una consciente purificación de lo conocido; ésa es la vanidad de la realización; la humildad es ese completo no saber qué es morir. El miedo a la muerte lo es sólo con respecto a lo conocido, no a lo desconocido. No hay miedo a lo desconocido; lo que tememos es sólo el cambio, el cese de lo conocido.

Pero el hábito de la palabra, el contenido emocional de la palabra, las implicaciones ocultas en la palabra, impiden libe­rarse de la palabra. Sin esa libertad uno es el esclavo de las pa­labras, de las conclusiones, de las ideas. Si uno vive de pala­bras, como tantos lo hacen, el hambre interior es insaciable; es un eterno arar sin sembrar jamás. Entonces uno vive en un mundo de irrealidades, un mundo ficticio de dolor que no tiene sentido alguno. Una creencia es una palabra, es una conclusión del pensamiento hecha de palabras, y esto es lo que corrompe y deteriora la belleza de la mente. Destruir la palabra es demoler la estructura interna de seguridad, la cual no tiene realidad alguna. Permanecer inseguro no implica desprenderse violenta­mente de la seguridad, lo cual conduce a diversos tipos de en­fermedades; esa inseguridad que surge del florecimiento de la seguridad y de su comprensión, es humildad y es inocencia, cuya fuerza el arrogante jamás podrá conocer.

Diciembre 1, 1961

La carretera estaba fangosa, con surcos profundos y colma­da de gente; se hallaba fuera de la ciudad y lentamente estaban construyendo un suburbio, pero ahora se encontraba increíblemente sucia, llena de hoyos, perros, cabras, ganado errabun­do, bicicletas, automóviles y más gente. Había almacenes que vendían botellas con bebidas coloreadas, tiendas que tenían a la venta telas, comida, leña para el fuego, un taller donde arre­glaban bicicletas, y más comida, más cabras y más gente. El campo proseguía a ambos lados de la carretera, con arrozales, palmeras y grandes charcos de agua. Detrás de las palmeras, el sol entre las nubes estallaba de color y vastas sombras; los char­cos ardían, y cada árbol, cada arbusto estaban atónitos ante la inmensidad del cielo. Las cabras mordisqueaban las raíces, las mujeres lavaban ropa junto a un grifo, los niños proseguían con sus juegos; en todas partes había actividad y nadie se mo­lestaba en mirar el cielo o esas nubes repletas de color; era un atardecer que pronto desaparecería para no aparecer nunca más, y a nadie parecía importarle. Lo verdaderamente importante era lo inmediato, lo inmediato que puede extenderse en el futuro más allá de donde alcanza la vista. Para ellos la visión de largo alcance es la visión inmediata.

El autobús avanzaba embistiendo, sin ceder jamás una pul­gada, seguro de sí mismo; todos le abrían paso pero el pesado búfalo lo obligó a detenerse; estaba justo en medio de la carrete­ra, moviéndose con su paso lento, sin prestar en ningún mo­mento atención a la bocina, y la bocina terminó por exasperarse. En el fondo cada uno es un político interesado en lo inmediato y tratando de forzar la vida dentro de lo inmediato. Después, a la vuelta de la esquina, quizás esté aguardando el dolor, pero éste podrá evitarse: están la píldora, la bebida, el templo y el conjunto de las necesidades primordiales. Uno podría terminar con todo eso si creyera ardientemente en algo, o se sumergiera en el trabajo o se comprometiera con algún patrón de pensamiento. Pero ha probado todas esas cosas y la mente quedó tan árida como el corazón; entonces uno cruzó al otro lado del camino y se perdió en lo inmediato.

El cielo estaba ahora cubierto de densas nubes y sólo se veía un retazo de color donde había estado el sol. La carretera continuaba, pasando por palmeras, casuarinas, arrozales, chozas, y seguía y seguía y súbitamente, inesperado como siempre, «lo otro» advino con esa pureza y fuerza que ningún pensamiento, que ninguna locura podrían jamás formular. Y ello estaba ahí y el corazón parecía estallar de éxtasis en la vacía inmensidad de los cielos. El cerebro estaba completamente silencioso, in­móvil, pero sensible, alerta. No podía seguir el movimiento en el vacío; él era del tiempo, pero el tiempo había cesado y el cerebro no podía experimentar; la experiencia es reconocimiento y lo que el cerebro reconocería sería tiempo. Por lo tanto, estaba inmóvil, simplemente quieto, sin pedir, sin buscar. Y esta tota­lidad de amor o como quiera uno llamarlo - la palabra no es la cosa - lo penetró todo y se perdió. Todo tenía su espacio, su lugar, pero esto no tenía ninguno; en consecuencia, no podía ser hallado; haga uno lo que haga, no lo hallará. No se encuentra en el mercado ni en templo alguno; todo ha de destruirse, no ha de quedar una piedra sin ser volteada, ni un cimiento en su lugar, pero aun así, en este vacío no debe haber una sola lágrima; y entonces, tal vez, lo incognoscible podría pasar cerca. Ello estaba ahí, y estaba la belleza.

Todo deliberado patrón de cambio es no-cambio; ese cambio tiene un motivo, un propósito, una dirección y, por tanto, es me­ramente una continuidad modificada de lo que ha sido. Se­mejante cambio es inútil; es como cambiarle los vestidos a una muñeca, la cual permanece invariable, mecánica, carente de vida, frágil, destinada a romperse y a ser desechada como un desper­dicio. El fin inevitable de ese cambio es la muerte; la revolución social, económica, es muerte dentro del patrón del cambio. No es revolución en absoluto, es una continuidad modificada de lo que ha sido. La mutación, la revolución total ocurre sólo cuando el cambio, el patrón de tiempo, es visto como falso y entones, al abandonárselo por completo, tiene lugar la mutación.

2

El mar estaba encrespado con olas atronadoras cuyo sonido llegaba desde lejos; cerca había una aldea edificada en torno de una profunda y gran laguna - se le llama aljibe - y un templo derruido El agua del aljibe era de un color verde pá­lido y había escalones que descendían en su interior desde todos lados. La aldea se hallaba descuidada, sucia, y apenas si había algún camino; alrededor de este aljibe había casas y a un cos­tado estaba el antiguo templo en ruinas y además había uno comparativamente nuevo, con muros veteados de rojo; las casas estaban desmoronándose, pero existía en relación con la aldea un sentimiento familiar, amistoso. Cerca del sendero que llevaba hacia el mar, había un grupo de mujeres regateando con voces chillonas acerca de un pescado; parecían muy excitadas por todo; era su entretenimiento vespertino ya que también reían. Y es­taba la basura del camino que se amontonaba en un rincón, y los perros sarnosos de la aldea que hurgaban con sus hocicos en ese montón de desperdicios; junto al mismo había un almacén donde vendían bebidas y cosas para comer, a cuya puerta una pobre mujer andrajosa y con una criatura pedía limosna. El cruel mar estaba muy cerca, atronador, y los deliciosos arro­zales verdes se extendían más allá de la aldea, apacibles, llenos de promesas en la luz del atardecer. A través del mar venían, sin prisa, masas de nubes iluminadas por el sol, y en todas partes había actividad, pero nadie levantaba los ojos para mirar el cielo. El pez muerto, el bullicioso grupo, las verdes aguas en esa profunda laguna, los muros veteados del templo, todo parecía contener al sol poniente. Si uno sigue por ese camino hasta el otro lado del canal, cerca del arrozal y los bosquecillos de casuarinas, cada transeúnte que uno conoce se muestra amistoso, se detiene y le habla a uno, le dice que debería venir a vivir con ellos, que ellos lo atenderían bien. El cielo se está oscure­ciendo y el verde de los arrozales ha desaparecido; las estrellas lucen muy brillantes.

Paseando por ese camino en plena oscuridad, con la luz de la ciudad reflejada en las nubes, esa fuerza inquebrantable llegó con tanta plenitud y tal claridad que literalmente le quitó a uno el aliento. Esa fuerza era toda la vida. No era la fuerza de una voluntad cuidadosamente elaborada, ni la fuerza de muchas defensas y resistencias; no era la fuerza del coraje ni la de los celos y la muerte. No tenía cualidad, ninguna descripción podría contenerla y, sin embargo, estaba ahí como aquellos oscuros cerros distantes y esos árboles junto al camino. Era demasiado inmensa para que pudiera tener su origen en el pensamiento o para que éste pudiera especular sobre ella. Era una fuerza que no tenía causa y, por tanto, nada podía añadírsele ni qui­társele. No podía ser conocida; carecía de forma, de figura y era inaccesible. Conocer implica reconocimiento, pero ella es siempre nueva, es algo que no puede medirse en el tiempo. Había estado allí todo el día, inciertamente, sin insistir, como un susurro, pero ahora estaba ahí con tanta urgencia y una ple­nitud tal que nada había sino eso. Las palabras se han deterio­rado tornándose vulgares; la palabra amor está en el mercado, pero esa palabra tenía un significado por completo diferente mientras uno paseaba por ese camino desierto. Llegó junto con esa impenetrable fuerza; ambos eran inseparables, como el color es inseparable de un pétalo. Consumían totalmente el cerebro, el corazón y la mente, y nada quedaba sino eso. No obstante, los autobuses pasaban rechinando, los aldeanos charlaban ruido­samente, y las Pléyades estaban sobre el horizonte. Ello conti­nuó, tanto caminando solo como yendo acompañado de otros, y prosiguió durante la noche hasta que la mañana vino entre las palmeras. Pero está ahí, como un susurro entre las hojas.

Qué cosa tan extraordinaria es la meditación. Si existe cual­quier clase de compulsión, de esfuerzo para que el pensamiento se ajuste o imite, entonces la meditación se vuelve una pesada carga. El silencio que se desea deja de ser esclarecedor; si la meditación es la persecución de visiones y experiencias, conduce a la ilusión y a la autohipnosis. Sólo en el florecer del pensa­miento y, por tanto, en el cese del pensamiento, tiene signi­ficado la meditación; el pensamiento únicamente puede florecer en libertad, no en los patrones de conocimiento que siempre están ensanchándose. El conocimiento puede brindar experiencias más nuevas con sensaciones mayores, pero una mente que está buscando experiencias de cualquier clase, es una mente inmadura. La madurez implica libertad de toda experiencia; ser maduro es no estar más influido por el ser o el no-ser. La madurez en la meditación es la liberación de la mente con res­pecto al conocimiento que moldea y controla toda experiencia. Una mente que es luz para sí misma no necesita experiencias. La meditación es un viajar por el mundo del conocimiento y, habiéndose liberado de él, un penetrar en lo desconocido.

3

En ese agradable camino hay una choza iluminada por una lámpara de aceite, y dentro de ella estaban riñendo; con una voz de tono alto, chillón, la mujer gritaba algo acerca de dinero, que no había quedado bastante para comprar arroz; él, en un tono bajo, acobardado, estaba mascullando algo. Uno podía oír la voz de ella desde muy lejos y sólo el atestado autobús la ahogaba. Las palmeras permanecían silenciosas y aun las plumo­sas copas de las casuarinas habían detenido su suave movimien­to. No había luna y estaba oscuro, el sol se había puesto tiempo atrás entre masas de nubes. Pasaron autobuses y automóviles en gran cantidad, porque toda la gente había ido a ver un antiguo templo cerca del mar, y otra vez la carretera quedó tranquila, aislada y muy lejos de todo. Los pocos aldeanos que transitaban lo hacían conversando en voz baja, cansados de la labor del día. Llegaba esa extraña inmensidad y ya estaba ahí con increíble dulzura y afecto; como una tierna, nueva hoja en prima­vera, tan fácil de destruir, estaba ahí totalmente vulnerable y, por ello, eternamente indestructible. Todo pensamiento y sen­timiento desaparecieron, y cesó el reconocimiento.

Es extraño lo importante que se ha vuelto el dinero, tanto para quien lo da como para quien lo recibe, para el hombre que tiene poder y para el pobre. Ellos hablan eternamente de dinero o evitan hablar de dinero porque eso es de mal gusto, pero son conscientes del dinero. Dinero para hacer buenas obras, dinero para el partido, dinero para el templo, y dinero para comprar arroz. Si uno tiene dinero es un desdichado, y si no lo tiene también lo es. Ellos le dicen a uno cuánto vale esa persona cuan­do hablan de su posición, de los títulos que ha logrado, de su talento, de su capacidad, de lo mucho que está haciendo. Siempre la envidia del rico y la envidia del pobre, la compe­tencia en la ostentación, en el conocimiento, en las ropas y la brillantez de la conversación. Todos tratan de impresionar a alguien, cuanto más grande la multitud, mejor. Pero el dinero es más importante que ninguna otra cosa excepto el poder. Ambos constituyen una maravillosa combinación; el santo tiene poder aunque no tenga dinero; él tiene influencia sobre el pobre y el rico. El político utilizará al país, al santo, a los dioses que hay, para llegar a la cúspide y hablarle a uno del absurdo de la ambición y de la crueldad del poder. Para el dinero y el poder no hay fin; cuanto más se tiene más se desea y eso nunca ter­mina. Pero tras de todo lo que es dinero y poder está el dolor, que no puede descartarse; uno podrá ponerlo a un lado, podrá tratar de olvidarlo, pero siempre estará ahí; uno no puede ale­jarlo mediante argumentaciones, siempre está ahí, una profunda herida que jamás parece curarse.

Nadie quiere verse libre del dolor, es demasiado complejo para que se le comprenda; todo está explicado en los libros, y los libros, las palabras, las conclusiones se vuelven suma­mente importantes, pero el dolor sigue estando ahí oculto bajo las ideas. Y el escape adquiere significación; el escape es la esencia de la superficialidad, aunque pueda variar en hondura. Pero el dolor no puede ser trampeado fácilmente. Es preciso llegar al mismo corazón del dolor para acabar con él; uno tiene que ahondar muy profundamente dentro de si mismo sin dejar de poner al descubierto un solo rincón. Tiene que ver cada doblez, cada vuelta del astuto pensamiento, cada sentimiento en relación con todas las cosas, cada movimiento de cada reacción, y tiene que hacerlo sin limitaciones, sin preferencias. Es como seguir el curso de un río hasta su origen; el río lo llevará a uno hasta allí. Es preciso seguir cada hebra, cada indicio hasta llegar al corazón mismo del dolor. Sólo hay que observar, ver, escuchar; todo está ahí, claro y a la vista. Uno tiene que em­prender el viaje, no a la luna, no a los dioses, sino al interior de si mismo. Uno puede dar un rápido paso hacia la propia interioridad y, así, rápidamente acabar con el dolor; o bien puede prolongar el viaje con desidia, con pereza y sin pasión. Es indis­pensable tener pasión para terminar con el dolor, y la pasión no se compra con el escape. Está ahí cuando uno deja de escapar.

4

Bajo los árboles había mucha quietud; una gran cantidad de pájaros cantaban, se llamaban los unos a los otros, parlotea­ban, perpetuamente inquietos. Las ramas eran enormes, bella­mente formadas, pulidas, lisas, sobrecogía verlas; tenían una línea, una gracia tal que impresionaban profundamente, y uno se maravillaba de las cosas de la tierra. La tierra no tenía nada más bello que el árbol, y cuando éste muriera seguirla siendo bello, con cada rama desnuda abierta al cielo, blanqueada por el sol y con pájaros reposando sobre su desnudez. Habría refugio para los búhos, ahí en ese profundo hueco, y los bri­llantes y chillones papagayos harían su nido bien alto en la cavidad de aquella rama; vendrían los pájaros carpinteros con los rojos penachos de plumas asomando rectos de sus cabezas, para hacer unas cuantas perforaciones; por supuesto, llegarían esas ardillas listadas corriendo alrededor de las ramas, quejándose permanentemente de algo y siempre curiosas; justo en la rama más alta habría un águila blanca y roja inspeccionando la tierra con solitaria dignidad. Habría muchas hormigas, rojas y negras, subiendo veloces por el árbol y otras corriendo hacia abajo, y sus picaduras serian muy dolorosas. Pero ahora el árbol estaba vivo, era maravilloso y daba abundante sombra, y el sol abrasador no lo alcanzaba a uno; era posible sentarse ahí por una hora y ver y escucharlo todo, lo vivo y lo muerto, lo ex­terno y lo interno. Uno no puede ver y atender a lo externo, sin transitar por lo interno. En realidad lo externo es lo interno y lo interno es lo externo, y es difícil, casi imposible, separarlos. Al mirar este magnifico árbol uno se pregunta quién está ob­servando a quien, y pronto ya no hay observador en absoluto. Todo está intensamente vivo; sólo hay vida y el observador está tan muerto como aquella hoja. No existe una línea divisoria entre el árbol, los pájaros, ese hombre sentado a la sombra y la ‘tierra tan plena, tan abundante. Allí hay virtud sin pensamiento y, por lo tanto, hay orden. El orden no es permanente; está ahí sólo de instante en instante, y esa inmensidad llega con el sol poniente, tan casual, tan espontánea, tan bienvenida. Los pájaros han callado porque está oscureciendo y todo se aquieta poco a poco aprestándose para la noche. El cerebro, esa cosa tan sen­sible, tan viva, tan maravillosa, está totalmente silencioso, tan sólo observando, escuchando sin un momento de reacción, sin registrar, sin experimentar, sólo viendo y escuchando. Con esa inmensidad hay amor y destrucción, y esa destrucción es una fuerza inaccesible. Todo esto son palabras, como aquel árbol muerto, un símbolo de lo que fue y ya no es. Eso se ha ido, se ha alejado de la palabra; la palabra está muerta y nunca podrá aprehender esa vertiginosa y arrebatadora cualidad de la nada. Sólo en ese vacío inmenso existe el amor con su inocencia. ¿Cómo puede el cerebro percibir ese amor, el cerebro que es tan activo, que está tan atestado, tan cargado de conocimiento, de experiencia? Todo debe ser negado para que ello sea.

El hábito, por conveniente que pueda ser, destruye la sen­sibilidad; el hábito proporciona el sentimiento de seguridad, y ¿cómo puede haber un estado de alerta, cómo puede haber sen­sibilidad cuando se cultiva el hábito? No es que la inseguridad produzca una percepción alerta y sensible. Qué rápidamente se convierte todo en hábito, tanto el dolor como el placer, y enton­ces sobreviene el aburrimiento y esa cosa tan peculiar llamada ocio. Después del hábito que ha estado funcionando durante cuarenta años, uno tiene ocio, o tiene ocio al terminar el día. El hábito tuvo su oportunidad y ahora le toca el turno al ocio, el cual a su vez se convierte en un hábito. Sin sensibilidad no hay afecto ni existe esa integridad que no es la reacción estimu­lada por una existencia contradictoria. La maquinaria del hábito es el pensamiento que siempre está buscando seguridad, algún estado confortable desde el cual nunca será perturbado. Es esta búsqueda de lo permanente la que niega la sensibilidad. Ser sensible no lastima jamás, son sólo aquellas cosas en las cuales uno ha encontrado refugio las que causan dolor. Ser totalmente sensible es estar totalmente vivo, y eso es amor. Pero el pensamiento es muy astuto; él evadirá al perseguidor, que es siem­pre otro pensamiento; el pensamiento no puede perseguir a otro pensamiento. Sólo el florecer del pensamiento puede ser visto, escuchado; y lo que florece en libertad llega a su fin, muere sin dejar una huella.

5

Este cucú cuyo reclamo se había estado escuchando desde el amanecer, era más chico que un cuervo, más gris; tenia una larga cola y brillantes ojos rojizos; se hallaba posado sobre una pequeña palmera, semioculto, llamando con tonos claros y deli­cados; se divisaban su cola y cabeza, y más allá, en un arbolillo estaba su compañera. Ésta era más pequeña, más tímida, se hallaba más oculta; luego el macho voló hacia donde estaba la hembra, y ésta salió hasta el extremo de una rama descubierta; permanecieron ahí mientras el macho continuaba con su reclamo y pronto levantaron vuelo y desaparecieron. El cielo estaba nu­blado y una suave brisa jugueteaba entre las hojas; las pesadas palmas se hallaban inmóviles, ya les tocaría el turno al fin del día, hacia el anochecer, de iniciar su lenta danza; pero ahora permanecían quietas, aletargadas e indiferentes. Debe haber llovido durante la noche, el suelo estaba húmedo y la arena que­bradiza; reinaba la paz en el jardín porque el día no había co­menzado aún; los grandes y espesos árboles se hallaban somno­lientos, mientras que los más pequeños habían despertado todos, y dos ardillas se perseguían la una a la otra juguetonamente sa­liendo y penetrando entre las ramas. Las nubes del temprano amanecer cedían el paso a las nubes del día y las casuarinas co­menzaban a mecerse.

Cada acto de la meditación jamás es igual, hay un hálito nuevo, un nuevo estallido; no existe un molde que deba que­brarse, porque no hay construcción de otro, de un nuevo hábito que encubra al viejo. Todos los hábitos, aunque hayan sido adquiridos recientemente, son viejos; se han formado a partir de lo viejo, pero la meditación no consiste en quebrar el viejo molde para construir uno nuevo. La meditación era el estallido de lo nuevo, era nueva, no se hallaba en el campo de lo viejo; nunca había penetrado en ese terreno; era nueva y jamás había conocido lo viejo; era explosiva en sí misma; no hacía pedazos alguna cosa sino que ella era la destrucción misma. Destruía y, por tanto, era nueva y había creación.

En la meditación no existe un juguete que lo absorba a uno o al cual uno pueda absorber. Ella es la destrucción de todos los juguetes, las visiones, las ideas, las experiencias que contri­buyen a elaborar lo que se llama meditación. Uno debe echar los cimientos para la verdadera meditación, de otro modo estará atra­pado en diversas clases de ilusiones. La meditación es la negación más pura, una negación que no es el resultado de reacción al­guna. Negar y permanecer negando en la negación, es una acción sin motivo, y eso es amor.

6

Era un pájaro de color gris jaspeado, casi tan grande como un cuervo; no era ni pizca de tímido y uno podía observarlo el tiempo que quisiera; estaba comiendo bayas que colgaban en gruesos racimos de color verde plateado y las seleccionaba muy cuidadosamente. Pronto otros dos pájaros, casi del mismo tama­ño que el de color gris jaspeado, vinieron a posarse sobre otros racimos; eran los cucús de ayer; esta vez no había dulces re­clamos, todos estaban muy atareados comiendo. Estos cucús son por lo general pájaros muy asustadizos, pero no parecía importarles que alguno estuviera tan cerca de ellos observán­dolos, sólo a unos pocos metros de distancia. Después llegó la ar­dilla listada para unirse al grupo, pero los tres pájaros escaparon volando y la ardilla se dedicó a comer con voracidad, pero cuando vino un cuervo graznando esto fue demasiado para ella y huyó velozmente. El cuervo no comió ninguna baya, pero probablemente le disgustaba que otros se divirtieran viéndolo. Era una mañana fresca y el sol asomaba lentamente tras de los tupidos árboles; había largas sombras y el suave rocío permanecía año sobre los pastos; en la pequeña laguna había dos lirios azules con el corazón de oro; era un color dorado claro y el azul era el azul de los cielos en primavera; las hojas eran redondas, muy verdes, y una ranita se hallaba sentada sobre una de ellas, inmóvil, mirando fijamente. Los dos lirios constituían la delicia de todo el jardín, pero los grandes árboles los despreciaban sin darles sombra; eran delicados, tiernos y estaban quietos en su laguna. Cuando uno los miraba, llegada a su fin toda reacción, se desvanecían los pensamientos y sentimientos y sólo los lirios quedaban en su belleza y quietud; eran intensos como toda cosa viviente, excepto el hombre que está perpetuamente ocupado consigo mismo. Mientras uno los contemplaba el mundo había cambiado, no hacia un orden social mejor con menos tiranía y más libertad o con la pobreza eliminada, sino que no existía el pesar ni el dolor, ni el ir y venir de la ansiedad, ni el afán que surge del tedio; el mundo había cambiado porque esos dos lirios estaban ahí, azules y con los corazones del color del oro. Ese era el milagro de la belleza.

El camino nos era ahora familiar a todos: el aldeano, la larga fila de carretas de bueyes, unas quince o veinte, con el hombre caminando al lado de cada una de ellas, con los perros, las cabras y los maduros arrozales; y en ese atardecer el camino se abría en una sonrisa y los cielos estaban muy cercanos. Oscurecía y el camino brillaba con la luz del cielo, la noche se apro­ximaba. La meditación no proviene del esfuerzo; todo esfuerzo contradice, resiste; el esfuerzo y la opción siempre engendran conflicto, y entonces la meditación se vuelve un escape del hecho, de lo que es. Pero en ese camino, la meditación se rendía a «lo otro», silenciando por completo al ya aquietado cerebro; el cere­bro era meramente un pasaje para aquello que es inmensurable; como un río profundo entre dos empinadas orillas, esta cosa extraña, desconocida que es «lo otro» se movía sin dirección, sin tiempo.

7

Por la ventana uno podía ver una joven palmera y un árbol lleno de grandes flores con pétalos rosados entre las verdes hojas. Las palmas ondeaban en todas direcciones pesada y desma­ñadamente, mientras que las flores permanecían inmóviles. Más lejos estaba el mar y uno podía oírlo toda la noche, profundo y penetrante; nunca variaba su opresivo sonido que se mantenía vibrando en el aire; en él había amenaza, desasosiego y una fuerza brutal. Con el alba, el bramido del mar disminuyó y otros sonidos tomaron posesión: los pájaros, los automóviles y el tambor. La meditación era el fuego que quemaba todo tiempo y distancia, toda realización y experiencia. Sólo existía el vasto, infinito vacío, pero en él había movimiento, creación. El pensa­miento no puede ser creativo; puede producir cosas en el lienzo, o mediante palabras, o en la piedra o con un maravilloso cohete; el pensamiento, por refinado o sutil que pueda ser, está dentro de los límites del tiempo; él sólo puede abarcar el espacio; no puede ir más allá de si mismo. El pensamiento no puede puri­ficarse a sí mismo, no puede perseguirse; sólo puede florecer - si no se bloquea a sí mismo - y morir. Todo sentimiento es sensación y la experiencia pertenece a la sensación; el senti­miento y el pensamiento erigen las barreras del tiempo.

9

El mar podía oírse desde una gran distancia, atronando ola tras ola, interminablemente; éstas no eran olas innocuas; eran peligrosas, violentas y despiadadas. El mar parecía en calma, soñador, paciente, pero las olas eran enormes, altas, temibles. Se llevaban a los hombres, los ahogaban, y la corriente era muy fuerte. Las olas jamás eran suaves, sus altas curvas eran magni­ficas, espléndidas para verlas a distancia, pero en ellas había fuerza bruta y crueldad. Los catamaranes, tan endebles, condu­cidos por hombres delgados y morenos, atravesaban esas olas, indiferentes, sin cuidarse, sin albergar jamás un pensamiento de temor; irían lejos en dirección al horizonte y probablemente regresarían tarde en el día con su nutrida pesca. Esa tarde las olas se mostraban particularmente furiosas, arrogantes en su impaciencia, y su estallido sobre la playa era ensordecedor; la playa se extendía de norte a sur con una arena perfectamente limpia, amarillenta, quemada por el sol. Y el sol tampoco era benigno; siempre ardiente, abrasador; sólo en la madrugada, justo cuando asomaba surgiendo del mar o al ponerse entre masas de nubes, era templado, agradable. El furioso mar y el sol abrasador torturaban la tierra y la gente era muy pobre, flaca, siempre hambrienta; la presencia de la miseria era per­manente y morir resultaba muy fácil, más fácil que nacer, lo cual engendraba indiferencia y deterioro. Los acomodados tam­bién eran indiferentes, insensibles, excepto para hacer dinero o para construir un puente o en la búsqueda de poder; para esta clase de cosas eran muy hábiles en obtener más y más - más conocimientos, más capacidad - pero siempre perdiendo y con la muerte siempre ahí. La muerte es tan definitiva, no puede ser engañada, no hay argumentos, por sutiles y astutos que pue­dan ser, capaces de detenerla; está siempre ahí. Uno no puede construir murallas contra la muerte, pero si puede hacerlo con­tra la vida; a la vida puede engañársela, uno puede escapar de ella, acudir al templo, creer en salvadores, ir a la luna; uno puede hacer cualquier cosa con la vida, pero ahí están el dolor y la muerte. Uno puede esconderse del dolor pero no de la muerte. Aun a esa distancia podía oírse el tronar de las olas y las palmeras se destacaban contra el cielo rojizo del atardecer. Los charcos y la acequia fulguraban con el sol poniente.

Nos impulsan toda clase de motivos, cada acción tiene tras de si un motivo, y así es como carecemos de amor. No amamos aquello que hacernos. Creemos que no es posible actuar, vivir sin un motivo y de ese modo convertimos nuestra existencia en una cosa insulsa y trivial. Utilizamos la función para adquirir status; la función es tan sólo un medio para alguna otra cosa. No existe el amor por la cosa misma, y entonces todo se vuelve falso y la relación es algo terrible. El apego es sólo un recurso para ocultar nuestra propia superficialidad, nuestra soledad estéril, nuestra insuficiencia; la envidia no engendra más que odio. El amor carece de motivos, y es porque no hay amor que se intro­ducen subrepticiamente toda clase de motivos en nuestros actos. Vivir sin motivos no es difícil; ello requiere integridad, no con­formidad a las ideas, a las creencias. Tener integridad es tener percepción autocrítica, estar sensiblemente alerta, alerta a lo que uno es de instante en instante.

10

Era una luna muy joven que parecía colgar suspendida entre las palmeras; ayer no estaba ahí; puede que haya permanecido oculta tras de las nubes, tímidamente esquiva, porque era sólo una cinta, una delicada y curva línea de oro, y ahí entre las palmeras oscuras y solemnes, resultaba un milagro de encanto. Las nubes se congregaban para ocultarla, pero estaba ahí visi­ble, tierna y muy cercana. Las palmeras se erguían silenciosas, austeras, ásperas, y los arrozales se estaban tornando amari­llentos con la vejez. El atardecer estaba lleno de voces entre las hojas y unas millas más lejos atronaba el mar. Los aldeanos no se daban cuenta de la belleza del atardecer; estaban habituados a ella; lo aceptaban todo, la pobreza, el hambre, el polvo, la escualidez y las nubes que se iban acumulando. Uno termina por acostumbrarse a todo, al dolor y a la felicidad; si la gente no se acostumbrara a las cosas, seria más desdichada aún, más inquieta. Resulta mejor ser insensible, embotarse que dar paso a más disgustos; es más fácil así, ir muriendo lentamente. Uno puede encontrar razones económicas y sociales para todo esto, pero persiste el hecho, tanto con el pobre como con el acomo­dado, de que es más simple acostumbrarse a las cosas, ir a la oficina, a la fábrica, por los siguientes treinta años, con el abu­rrimiento y la futilidad de todo ello; pero uno tiene que vivir, uno tiene responsabilidades y, por lo tanto, es más seguro habi­tuarse a todo. Nos habituamos al amor, al miedo y a la muerte. En hábito se convierten la bondad y la virtud, y aun los esca­pes y los dioses. Una mente manejada por los hábitos es una mente lerda, superficial.

11

El amanecer tardaba en llegar; aun brillaban las estrellas y los árboles permanecían recogidos en si mismos; no se escuchaba el llamado de ningún pájaro, ni siquiera los pequeños búhos que parlotearon durante la noche de árbol en árbol. Todo se hallaba extrañamente callado, excepto el bramido del mar. Se sentía el perfume de muchas flores, el olor a hojas pu­driéndose y a tierra mojada; el aire estaba muy quieto y los olores penetraban en todas partes. La tierra aguardaba el ama­necer y la llegada del día; había expectativa, paciencia y una extraña quietud. La meditación proseguía en esa quietud, y esa quietud era amor; no el amor a algo o a alguien, la imagen y el símbolo, la palabra y el cuadro. Era simplemente amor, sin sensaciones, sin sentimientos. Era algo que existía completamente por si mismo, desnudo, intenso, sin raíz y sin designio. El sonido de aquel pájaro a lo lejos era ese amor, y era la direc­ción de donde provenía el sonido, y la distancia; estaba ahí sin tiempo, sin palabras. No era una emoción, ésta se marchita y es cruel; el símbolo, la palabra pueden sustituirse, pero no la cosa. Al estar desnudo era totalmente vulnerable y, por ello, indestruc­tible. Tenía esa inaccesible fuerza de «lo otro», lo incognosci­ble que llegaba a través de los árboles y desde más allá del mar. La meditación era el sonido de aquel pájaro que llamaba desde ese vacío, y era el bramido del mar atronando contra la playa. El amor sólo puede existir en el vacío total. El grisáceo amane­cer ya estaba ahí, lejos en el horizonte, y los oscuros árboles se veían más oscuros aún, más intensos. En la meditación no existe la repetición, una continuidad del hábito; hay muerte de todo lo conocido y un florecer de lo desconocido. Se desvanecían las estrellas y las nubes despertaban con la llegada del sol.

La experiencia destruye la claridad y la comprensión. La ex­periencia es sensación, una respuesta a diversas clases de estímulos, y cada experiencia refuerza los muros que nos encie­rran, por mucho que esa experiencia pueda ampliarse y expan­dirse. El conocimiento acumulado es mecánico, lo son todos los procesos aditivos; éstos resultan necesarios para la existencia mecánica, pero el conocimiento está atado al tiempo. El anhelo de experiencias es interminable, como lo es toda sensación. La crueldad de la ambición es lo que promueve la experiencia, con la sensación de poder y el endurecimiento de la capacidad. La experiencia no puede producir humildad, que es la esencia de la virtud. Sólo en la humildad existe el aprender y el aprender no es la adquisición de conocimientos.

Un cuervo inauguró la mañana y todos los pájaros en el jardín se le unieron, y de pronto todo estaba despierto y la brisa soplaba entre las hojas y todo era esplendor.

13

Había de horizonte a horizonte - norte a sur - una larga extensión de negras nubes cargadas con lluvia, y las rompientes eran blancas; al norte llovía a cántaros y la lluvia venía lentamente hacia el sur; desde el puente sobre el río se veía una larga línea blanca de olas contra el horizonte negro. Autobuses, bicicletas, automóviles y pies desnudos avanzaban por el puente mientras la lluvia venía acercándose con furia. El río estaba desierto, como generalmente lo está con ese tiempo, ni siquiera se hallaba en él aquella hermosa garza, y las aguas eran tan oscuras como el cielo. A través del puente pasaba una parte de la gran ciudad atestada, ruidosa, sucia, presumida, próspera, y a poca distancia hacia la izquierda se hallaban las chozas de barro, los edificios arruinados, los pequeños y sucios alma­cenes, una pequeña fábrica y un camino atestado en el que una vaca estaba echada justo en el medio y los autobuses y automó­viles debían rodearla para avanzar. Hacia el oeste había franjas de color rojo vivo, pero éstas también iban siendo cubiertas por la lluvia próxima. Más allá de la estación de policía, al otro lado de un estrecho puente, está el camino que atraviesa los arrozales hacia el sur, tejos de la ciudad sucia y ruidosa. En­tonces comenzó a llover, un cortante y espeso aguacero que en un segundo formó charcos en el camino y había agua corriente donde antes el suelo estaba reseco; era una lluvia furiosa, explosiva, que lavaba, limpiaba, purificaba la tierra. Los aldeanos estallan empapados hasta la piel pero eso no parecía importarles; proseguían con sus risas y sus charlas, metiendo sus pies des­nudos en los charcos. La pequeña choza con la lámpara de aceite hacia agua, los autobuses pasaban rugiendo, salpicando a todo el mundo, y las bicicletas con sus débiles faros avanza­ban en la densa lluvia haciendo sonar sus campanillas.

Todo era lavado hasta quedar limpio, el pasado y el pre­sente, no había tiempo, no había futuro. Cada paso que uno daba era intemporal, y el pensamiento, una cosa del tiempo, ­se detuvo; no podía avanzar ni retroceder, no existía. Y cada gota de esa furiosa lluvia era el río, el mar y las nieves perpe­tuas. Había un vacío completo, total, y ese vacío era creación, amor y muerte no separados.

Era preciso vigilar cada paso, los autobuses casi lo tocaban a uno al pasar.

15

Era un hermoso atardecer; unas cuantas nubes se habían congregado en torno del sol poniente; había también algunas nubes errantes ardiendo en color y la luna nueva estaba atra­pada entre ellas. El bramido del mar llegaba entre las casua­rinas y las palmeras, que suavizaban su furia. Las altas, rectas palmeras se destacaban negras contra el cielo de un rosa intenso y resplandeciente, y una bandada de blancas aves acuáticas se dirigía al norte, grupo tras grupo, con sus delgadas patas ten­didas hacia atrás y batiendo lentamente las alas. Y una larga fila de chirriantes carretas de bueyes avanzaban en dirección a la ciudad, cargadas con leña de casuarinas. El camino estuvo atestado por un rato y quedó casi desierto a medida que uno avanzaba e iba oscureciendo. Justo en el momento de ponerse el sol, quietamente adviene sobre la tierra una extraña sensa­ción de paz, de dulzura, de purificación. No se trata de una reacción; está ahí en la ciudad con todos sus ruidos, con la es­cualidez, el bullicio y el circular de la gente; está ahí en ese pequeño retazo de tierra descuidada; está ahí donde se encuen­tra ese árbol con una coloreada cometa presa entre las ramas; está en esa desierta calle, al otro lado del templo, está en todas partes, uno sólo tiene que vaciarse del día. Y en ese atardecer, a lo largo del camino, ahí estaba, invitándolo a uno dulcemente a alejarse de todo y de todos, y a medida que oscurecía ello se tornó más bello e intenso. Las estrellas brillaban entre las palmeras y Orión estaba entre ellas asomando desde el mar, y las Pléyades se encontraban fuera de su alcance con las tres cuartas partes del trayecto ya recorridas. Los aldeanos se acercaban para conocernos y querían conversar con nosotros, vendernos algún terreno para que así viviéramos entre ellos. A medida que avanzaba el anochecer, «lo otro» descendió con su explosiva bienaventuranza y el cerebro estaba tan inmóvil como esos ár­boles en los que no temblaba una sola hoja. Todo se tornó más intenso, cada color, cada forma, y en esa pálida luz lunar los charcos que había al costado del camino eran las aguas de la vida. Hay que desprenderse de todo, todo debe ser borrado, no hay que admitir nada, pero el cerebro debe estar totalmente quieto, sensible para observar, para ver. Como una inundación que cubre la tierra seca y abrasada, aquello llegó pleno de en­canto y claridad; llegó para quedarse.

17

Fue mucho antes del amanecer que el agudo grito de un pájaro despertó a la noche por un instante, y la luz de ese grito se desvaneció. Los árboles permanecían inmóviles, oscuros, fun­diéndose en el aire; era una noche suave y serena, infinita­mente viva, despierta; había en ella movimiento, una conmo­ción profunda que acompañaba al silencio total. Aun la aldea cercana, con sus innumerables perros que siempre estaban la­drando, ahora se hallaba silenciosa. Era una calma extraña, te­rriblemente poderosa, destructivamente viva. Tan viva y tan quieta que uno sentía temor de moverse; fue así que el cuerpo quedó congelado en su inmovilidad, y el cerebro, que había despertado con aquel agudo grito del pájaro, terminó por aquie­tarse también con su sensibilidad intensificada. Era una noche brillante de estrellas en un cielo sin nubes; parecían tan cer­canas, y la Cruz del Sur se encontraba justo encima de los ár­boles, rutilante en el aire cálido. Todo estaba muy quieto. La meditación jamás está en el tiempo; el tiempo no puede pro­ducir la mutación; puede producir cambios que, a su vez, nece­sitan ser cambiados, como todas las reformas; la meditación que brota del tiempo, ata siempre, en una meditación así no hay libertad, y sin libertad nunca cesan la opción y el conflicto.

[29] El puente Elphinstone sobre el río Adyar. La casa donde él vivía se hallaba sobre el lado noroeste del puente. volver

Libro de Notas

Madrás. Noviembre 20 a Diciembre 17, 1961

Jiddu Krishnamurti, diario Libro de Notas. Krishnamurti's Notebook, 1961...1962. Jiddu Krishnamurti en español.

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