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Libro de Notas

Rajghat, Benarés. Diciembre 18, 1962 a Enero 20, 1962

Muy alto en las montañas, entre los áridos peñascos sin un solo árbol ni arbusto, había una pequeña corriente brotando de la sólida, inaccesible roca; apenas si era una corriente, más bien un gotear. A medida que descendía formaba una cascada, sólo un murmullo, y bajaba, bajaba hacia el valle; y ahí ya procla­maba su fuerza, el largo camino que recorrería a través de ciu­dades, bosques y espacios abiertos. Estaba destinada a conver­tirse en un río irresistible que barrería sus márgenes purificán­dose a si mismo a medida que avanzara, estallando sobre las rocas, fluyendo a lejanos lugares, fluyendo perpetuamente hacia el mar [30]. Lo que importaba no era llegar hasta el mar, sino ser un río, un río ancho, profundo, rico y espléndido; un río que entraría en el mar para desaparecer en las vastas, insondables aguas; pero el mar se hallaba muy lejos, a muchos miles de millas, y de aquí a entonces estaban la vida, la belleza y el jú­bilo incesante; nada podía detener eso, ni aun las fábricas o las represas. Era realmente un río maravilloso, ancho, profundo, con tantas ciudades en sus márgenes, tan despreocupadamente libre y sin abandonarse jamás. Toda la vida estaba en sus orillas: verdes campos, florestas, casas solitarias, muerte, amor y des­trucción; lo cruzaban largos y anchos puentes de graciosas for­mas y muy transitados. Otras corrientes y ríos se le unían, pero él era el río madre de todos los ríos, de los pequeños y los grandes. Siempre estaba lleno, siempre purificándose a si mismo, y en un atardecer era una bendición contemplarlo, con el color cada vez más profundo de las nubes y con sus doradas aguas. Pero el pequeño gotear tan lejano, en medio de aquellas gi­gantescas rocas que parecían concentrarse para producirlo, era el principio de la vida, y el final estaba más allá de sus orillas y más allá de los mares.

La meditación era como ese río, sólo que no tenía comienzo ni fin; comenzaba y su fin era su comienzo. No había causa, y su movimiento era su renovación. Ella era siempre nueva, nunca se acumulaba para envejecer; jamás quedaba contaminada por­que no tenía raíces en el tiempo. Es bueno meditar, no for­zarlo, no hacer ningún esfuerzo, comenzar gota a gota e ir más allá del tiempo y del espacio, donde el pensamiento y el sentimiento no pueden penetrar, donde no existe la expe­riencia.

19

Era una hermosa mañana, bastante fresca, y el alba estaba lejos aún; los pocos árboles y arbustos que crecían alrededor de la casa parecían haberse convertido durante la noche en un bosque con muchas serpientes escondidas y animales salvajes, y la luz de la luna con sus miles de sombras ahondaba la im­presión; eran árboles grandes, sobrepasaban en altura a la casa, y todos se hallaban silenciosos aguardando el alba. Y súbita­mente, a través de los árboles y desde más allá, llegó un canto, un canto religioso de devoción; la voz era rica, el cantor ponía en ella su corazón, y el canto viajaba lejos en la noche de luna. Mientras uno lo escuchaba iba cabalgando sobre la onda del sonido y era parte de él e iba más allá de él, más allá del pen­samiento y el sentimiento. Luego se agregó otro sonido de un instrumento, muy tenue pero claro.

26

El río es ancho y espléndido aquí; es profundo y tranquilo como un lago, sin una sola onda. Hay unos pocos botes, la mayoría de pescadores, y una embarcación grande con una vela rasgada, que lleva arena a la ciudad que está más allá del puen­te. Lo realmente hermoso es la extensión de agua que se pro­longa hacia el este y la margen del otro lado; el río parecía un enorme lago, pleno de inenarrable belleza y de espacio como para equipararse al cielo; es ésta una región llana, el cielo colma la tierra y el horizonte está más allá de los árboles, muy lejos. Los árboles se encuentran en la otra orilla pasando los tri­gales recién sembrados; primero se extienden los verdes campos y más allá están los árboles, y en medio de ellos hay aldeas. El río crece mucho durante las lluvias y trae consigo más rico sedimento; cuando el río baja se siembra el trigo de invierno; éste es de un verde maravilloso, rico y pleno, y la larga, ancha orilla, es una alfombra de verdor fascinante. Desde este lado del río los árboles se ven como una impenetrable floresta, pero hay aldeas que se cobijan entre ellos. Sin embargo, hay un árbol enorme, con sus raíces al descubierto, que es la gloria de la ri­bera; debajo de él se levanta un pequeño templo blanco, pero sus dioses son como el agua que pasa al lado mientras el árbol permanece; éste tiene un tupido follaje con hojas de largos tallos y los pájaros cruzan el río. Tiene la presencia de la be­lleza, la dignidad de lo que está solo. Pero aquellas aldeas se hallan atestadas, son pequeñas, mugrientas, y los seres humanos ensucian la tierra que los rodea. Desde este lado, las blancas pa­redes de las aldeas entre los árboles se ven nuevas, tienen gracia y una gran belleza. La belleza no es algo hecho por el hombre; las cosas del hambre despiertan sentimientos, sensaciones, pero nada tienen que ver con la belleza. La belleza jamás puede ser un producto, no está en algo que se haya construido ni se en­cuentra en los museos. Uno tiene que ir más allá de todo esto, del gusto personal y la preferencia, tiene que purificarse de toda emoción, porque el amor es belleza.

A medida que fluye hacia el este [31], el curso del río se curva majestuosamente pasando por aldeas, ciudades y bosques pro­fundos; pero aquí, bajo la ciudad y el puente, el río y su ribera opuesta es la esencia de todos los ríos y de todas las riberas. Cada río tiene su propio canto, su propio deleite y sus travesu­ras, pero aquí, en su silencio mismo contiene la tierra y los cielos. Es éste un río sagrado, como todos los ríos lo son; no obstante, en esta parte del largo, sinuoso río hay una dulzura, una delicadeza de inmensa profundidad, y hay destrucción. Al contemplarlo ahora uno quedaba hechizado por su madurez y tranquilidad. Y perdía todo sentido de la tierra y el cielo. En ese quieto silencio advino «lo otro» y la meditación perdió su significado. Aquello era como una ola que viniera desde muy lejos, acumulando impulso a medida que avanzaba, estallando sobre la playa, barriéndolo todo ante sí. Sólo que no había tiem­po ni distancia; estaba ahí con impenetrable fuerza, con des­tructiva vitalidad y, por tanto, ahí estaba la esencia de la belleza, que es amor. No hay imaginación que pueda suscitar todo esto, ningún hondo y recóndito motivo podrá jamás proyectar esta inmensidad. Todo pensamiento y sentimiento, todo deseo y compulsión estaban por completo ausentes. Esto no era una experiencia; la experiencia implica reconocimiento, un centro que se acumula, memoria y continuidad. No era una experiencia; sólo los inmaduros anhelan experiencias y, por eso, quedan atra­pados en la ilusión. Esto era simplemente un suceso, un evento, un hecho, como una puesta de sol, como la muerte y el sinuoso río. La memoria no podía atraparlo en su red para retenerlo y, en consecuencia, destruirlo. Ello no podía ser contenido por el tiempo y el recuerdo, ni perseguido por el pensamiento. Era un relámpago en el que todo tiempo, toda eternidad se consumía sin dejar cenizas, recuerdos. La meditación es el completo y total vaciado de la mente, no con el fin de recibir, de ganar, de llegar, sino un total desnudarse sin motivo alguno; es, en ver­dad, un vaciar la mente de lo conocido, tanto la consciente como la inconsciente, vaciarla de toda experiencia, pensamiento y sen­timiento. La negación es la misma esencia de la libertad; la aserción y la búsqueda positiva implican esclavitud.

30

Dos cuervos peleaban malignamente enojados el uno con el otro; había furia en sus voces, ambos se hallaban en el suelo pero uno llevaba ventaja sobre el otro pues le estaba clavando su duro y negro pico. Fue inútil gritarles desde la ventana, y uno de ellos ya estaba a punto de ser matado. Un cuervo que pasaba interrumpió su vuelo y descendió súbitamente llamando, graz­nando con más estridencia que los que peleaban en el suelo; aterrizó junto a ambos batiendo contra ellos sus negras y lus­trosas alas. En un segundo llegaron media docena de cuervos más, todos graznando furiosamente, y varios de ellos separaron con sus picos y alas a los dos que intentaban matarse. Ellos podían matar a otros pájaros, otras cosas, pero no debía haber ase­sinatos entre los de su propia clase; y ése había de ser el fin de la cuestión para todos. Los dos aún querían pelear pero los otros los disuadieron y pronto todos volaron y hubo quietud en el pequeño espacio abierto entre los árboles junto al río.

Era ya avanzada la tarde y el sol se hallaba tras de los árbo­les; el frío realmente riguroso había desaparecido y todos los pájaros estuvieron cantando el día entero, llamándose mutua­mente y produciendo todos esos gratos sonidos que les son característicos. Los papagayos volaban enloquecidos aprestándose para la noche; era un poco temprano aún pero ya llegaban; el gran tamarindo podía albergar a una buena cantidad de ellos; tenían casi el color de las hojas, pero el verde de sus plumas era más intenso, más vivo; si uno observaba cuidadosamente podía apreciar la diferencia, y también distinguir los brillantes picos curvos que usaban para sujetarse y trepar; se veían más bien torpes entre las ramas, trasladándose de una a otra, pero en su movimiento eran la luz de los cielos; sus voces sonaban ásperas y agudas y su vuelo nunca era recto, pero su color era la primavera de la tierra.

Más temprano en la mañana, sobre una rama de ese árbol, dos pequeños búhos estuvieron asoleándose de cara al sol na­ciente; se hallaban tan inmóviles que era imposible advertirlos - eran del color de la rama, gris moteado - a menos que por casualidad uno los viera salir de su hueco en el tamarindo. El frío había sido muy agudo, cosa de lo más insólita, y esa ma­ñana dos papamoscas de color verde-oro cayeron muertos por congelación; eran un macho y una hembra, debían haber for­mado una pareja; murieron en el mismo instante y aún estaban suaves al tacto. Eran realmente de color verde-oro con largos picos curvos; eran tan delicados, estaban tan extraordinariamente vivos todavía. El color es algo muy extraño; el color es dios, y el de esos dos pájaros era la gloria de la luz; el color permanecería aunque el mecanismo de la vida hubiera tocado a su fin. El color era más perdurable que el corazón: estaba más allá del tiempo y del dolor.

Pero el pensamiento jamás podrá resolver la agonía del dolor. Uno podrá razonar y razonar pero el dolor seguirá es­tando ahí después del largo y complicado viaje del pensamiento. El pensamiento nunca podrá resolver los problemas humanos; el pensamiento es mecánico y el dolor no lo es. El dolor es tan extraño como el amor, pero el dolor mantiene fuera al amor. Uno podrá disipar completamente al dolor, pero no es posible invitar al amor. El dolor es autocompasión con todas sus ansiedades, temores, culpas, pero todo esto no puede ser borrado por el pensamiento. El pensamiento engendra al pensador y entre ambos procrean al dolor. El fin del dolor llega cuando uno se libera de lo conocido.

31

Había muchos botes de pescadores a medida que el sol avan­zaba profundamente hacia el oeste, y el río despertó de pronto entre risas y conversaciones ruidosas; había veintitrés de esos botes y cada uno contenta dos o tres hombres. El río es ancho aquí y esos pocos botes parecían haber tomado posesión de las aguas; los hombres echaban carreras gritando, llamándose unos a otros con voces excitadas, como de niños que jugaran; eran gente muy pobre, con sucios andrajos, pero en esos momentos no tenían preocupaciones y sus ruidosas charlas y risas llenaban el aire. El río centelleaba y la suave brisa trazaba diseños sobre el agua. Los cuervos comenzaban ahora a volar de regreso a través del río hacia sus árboles habituales; las golondrinas volaban a baja altura, casi tocando el agua.

Enero 1, 1962 [32]

Una sinuosa corriente de agua se abre paso hacia el ancho río, viene a través de una parte de la ciudad sucia de todo cuanto uno pueda imaginarse, y llega al río casi exhausta; cerca de donde se encuentra con éste hay un puente destartalado que la cruza, hecho con cañas de bambú, trozos de cuerda y paja; cuando está casi por derrumbarse, colocan un largo palo en el blando lecho del arroyo y más paja y barro, y lo atan con una cuerda no muy gruesa llena de nudos. Toda la cosa es una ver­dadera ruina; alguna vez debe haber sido un puente bastante derecho, pero ahora sus depresiones casi tocan el perezoso arro­yo, y cuando uno lo cruza oye el barro y la paja hundiéndose en el agua. Pero de algún modo debe ser bastante fuerte; es un puente estrecho; resulta algo difícil evitar rozarse con otra per­sona que venga en sentido contrario. Lo recorren bicicletas car­gadas con tarros de leche, sin la menor preocupación por si mismas o por otros; está siempre ocupado por aldeanos que van a la ciudad con sus productos y vuelven de noche a sus aldeas, fatigados, llevando una cosa u otra, tenazas, cometas, un pedazo de madera, una losa y objetos que no pueden obtener en sus propias aldeas. Visten harapos, están sucios, enfermos, y tienen una paciencia infinita caminando, con los pies desnudos, millas y millas interminables; les falta la energía para rebelarse, para echar del país a todos los políticos, pero si lo hicieran, pronto ellos mismos querrían convertirse en políticos, explotadores as­tutos, inventando medios para sostenerse en el poder, ese mal que destruye a los hombres.

Estábamos cruzando ese puente junto con un enorme búfalo, algunas bicicletas y los aldeanos que habitualmente lo utiliza­ban; estaba a punto de derrumbarse, pero de algún modo todos logramos cruzarlo y al pesado y fastidioso animal no parecía importarle nada. Al remontar la ribera siguiendo un muy gasta­do sendero de arena y después de pasar por una aldea con un antiguo aljibe, uno llegaba a terreno abierto y llano con mangos y tamarindos y campos de trigo invernal; es una llanura que se extiende milla tras milla hasta que, muy lejos, se encuentra con las colinas y las montañas eternas. El sendero es antiquísimo, tiene muchos miles de años, hay templos en ruinas y lo han transitado incontables peregrinos [33]. Cuando el sendero dobla, uno alcanza a ver en la lejanía el río entre los árboles.

Era un bello atardecer, fresco, silencioso, y el cielo era in­menso, ningún árbol, ninguna tierra podía contenerlo; era como si no hubiera horizonte, como si los árboles y la interminable llanura se fundieran en la expansión del cielo. Éste era pálido, de un delicado azul, y la puesta del sol había dejado una bruma de oro donde debería haber estado el horizonte. Los pájaros lla­maban desde sus refugios en los árboles, se escuchaba el balido de una cabra y, muy a lo lejos, silbaba un tren; algunas personas de la aldea, todas mujeres, se hallaban agrupadas en torno de un fuego y, extrañamente, también ellas habían callado. La mostaza estaba en flor, un amarillo que se esparcía por los campos y, a través de éstos, desde una aldea, una columna de humo se elevaba recta en el aire. El silencio era extrañamente penetrante; pasaba a través de uno e iba mucho más allá de uno; no tenía movimiento, ni una sola onda; uno caminaba en él, lo sentía, lo respiraba, era parte de ese silencio. Uno no lo había producido mediante las acostumbradas tretas del cerebro; estaba ahí, y uno mismo era parte de él, no lo estaba experimentando; no había pensamiento que pudiera experimentar, que pudiera recordar, acumular. Uno no se hallaba separado de él para observar, para analizar. Sólo eso estaba ahí y nada más. El tiempo, el tiempo cronológico, estaba avanzando y, por el reloj, este milagro de silencio duró cerca de media hora, pero no existía la duración, no había tiempo. De nuevo estaba uno ca­minando en él, y pasó por el antiguo aljibe, por la aldea, cruzó el estrecho puente y penetró en el paraje oscuro. El silencio es­taba ahí, y acompañándolo estaba «lo otro» con su irresistible y sobrecogedora bienvenida. El amor no es una palabra ni un sentimiento; ahí estaba con su impenetrable fuerza y con la delicadeza de una tierna hoja que tan fácilmente se destruye. Las Pléyades estaban bien en lo alto y Orión sobre las copas de los árboles; la estrella más brillante descansaba en las aguas del río.

2

Los muchachos de la aldea estaban remontando cometas a lo largo de la orilla del río; daban verdaderos alaridos, reían, se perseguían unos a otros y vadeaban el río para recuperar los cometas caídos; su excitación era contagiosa, porque las per­sonas mayores que se hallaban en una parte más alta de la ribera los observaban gritándoles, alentándolos. Parecía ser el entretenimiento vespertino de toda la aldea; aun los famélicos perros sarnosos acompañaban con sus ladridos; todo el mundo tomaba parte en la excitación. Todos estaban medio muertos de hambre, no había un solo gordo entre ellos, ni siquiera entre los viejos; los más ancianos eran los más flacos; incluso los niños eran muy delgados pero parecían tener energía en abundancia. Todos vestían harapos rotos y sucios, remendados con diferentes telas de muchos colores, pero eran alegres, aun los más viejos y achacosos; parecían no ser conscientes de su propia miseria, de su debilidad física, ya que muchos de ellos llevaban pesados fardos; tenían una paciencia asombrosa, y debían tenerla por­que la muerte estaba ahí, muy cerca, y con ella la agonía de la vida; todo estaba ahí al mismo tiempo: muerte, nacimiento, sexo, pobreza, inanición, excitaciones, lágrimas. Bajo algunos árboles en la parte más alta de la ribera, no lejos de un antiguo templo en ruinas, ellos tenían un lugar para sepultar a sus muertos[34]; había multitud de pequeñas criaturas que habrían de conocer el hambre, el olor de los cuerpos sin lavar y el olor de la muerte. Pero el río estaba ahí todo el tiempo, a veces ame­nazando a la aldea, pero ahora se hallaba tranquilo, plácido, y las golondrinas lo sobrevolaban a tan baja altura que casi roza­ban el agua que tenía el color de un suave fuego. El río lo era todo, ellos se bañaban ocasionalmente, lavaban sus ropas y sus flacos cuerpos, y lo adoraban y le ponían flores - cuando logra­ban obtenerlas - para demostrarle su respeto; en él pescaban y junto a él morían. El río era en absoluto indiferente a su alegría y a su dolor; era tan profundo, había en él tanta gravedad, tanto poder; estaba terriblemente vivo y era muy peligroso. Pero ahora estaba quieto, sin una sola onda que perturbara la superficie, y sobre ésta cada golondrina proyectaba una sombra; no volaban muy lejos, sólo cerca de algunos metros; se elevaban un poco, volvían a bajar y otra vez volaban unos metros o algo así, hasta que llegaba la oscuridad. Había pequeñas aves acuá­ticas que volaban velozmente moviendo sus colas hacia arriba y abajo; las había algunas más grandes, casi del color de la tierra húmeda, pardo grisáceo; elevándose y descendiendo recorrían la orilla del agua. Pero el prodigio de todo ello era el cielo sin horizonte, tan vasto, tan infinito. La luz de la tarde que moría era suave y apacible; no proyectaba sombra alguna y cada ar­busto, árbol y pájaro estaban solos. El río que centelleaba du­rante el día, era ahora la luz del cielo; estaba hechizado, so­ñaba perdido en la belleza y amor de esta luz en la que todas las cosas cesan de existir, el corazón con su llanto y el cerebro con su astucia; desaparecieron el placer y el dolor y sólo dejaron luz, luz transparente, suave, acariciante. Había sólo luz; el pensamiento y el sentimiento no participaban en ello, jamás podrían dar luz; no estaban ahí, solamente estaba esta luz mando el sol se ocultó tras los muros de la ciudad y en el cielo no quedaba una nube. No es posible ver esta luz a menos que uno conozca el movimiento intemporal de la meditación; este movimiento existe cuando cesa el proceso del pensar. El pensamiento o el sentimiento no conducen al amor.

Había mucha oscuridad y quietud, no se movía una hoja; todas las estrellas que podían caber en el río estaban ahí y rebosaban en el cielo. El cerebro se hallaba completamente inmó­vil pero muy activo y alerta, observando sin el observador, sin un centro desde el cual pudiera observar; tampoco había sensa­ción alguna. «Lo otro» estaba ahí, profundamente dentro, a una profundidad inaccesible; ello era acción, acción que barría con todo sin dejar una huella de lo que ha sido o de lo que es. No había espacio en el cual pudiera existir un límite, ni había tiempo para que el pensamiento pudiera formarse en él.

3

Hay algo curiosamente agradable en recorrer caminando solo un sendero metido profundamente en el campo, un sendero que ha sido utilizado por los peregrinos durante varios miles de años; a lo largo de él hay árboles muy añosos, mangos y tama­rindos, y pasa por diversas aldeas y entre verdes trigales; el polvo fino y seco es suave bajo los pies, y debe convertirse en pesado barro durante la estación de las lluvias; la tierra blanda, fina, penetra en los pies y se introduce, aunque no demasiado, en los ojos y la nariz. Hay antiguas fuentes y templos con dio­ses marchitos. La región es plana, plana como la palma de la mano, y se extiende hasta el horizonte, si es que hay un hori­zonte. El sendero tiene tantas vueltas que en unos cuantos mi­nutos se enfrenta a todas las direcciones de una brújula. El cielo parece seguir ese sendero que se muestra abierto y amistoso. Existen pocos senderos como ése en el mundo, aun cuando cada uno tenga su propio encanto y belleza. Hay uno [en Gstaad] que atraviesa el valle escalándolo suavemente entre ricas pastu­ras, las que son cosechadas para el invierno a fin de que sirvan de alimento a las vacas; ese valle está blanco con la nieve, pero para aquel entonces [cuando él estuvo allí], era el fin del ve­rano y había abundancia de flores, y rodeándolo todo estaban las montañas nevadas y el torrente atravesaba ruidoso el valle; difícilmente se encontraba a alguien en aquel sendero y uno caminaba por él en medio del silencio. También hay otro sen­dero [en Ojai] montañoso que trepa empinadamente por una árida, polvorienta ladera que se desmorona; un sendero rocoso, áspero y resbaladizo, sin un solo árbol en ninguna parte, ni si­quiera un arbusto; había allí una codorniz con sus crías recién nacidas, una docena de ellas, y un poco más arriba una serpiente de cascabel toda enroscada, lista para atacar pero lanzándole a uno una clara advertencia. No obstante, este sendero era ahora diferente de cualquier otro sendero, estaba lleno de polvo, lo habían ensuciado aquí y allá los seres humanos, y había en él antiguos templos en ruinas con sus imágenes; un gran toro se estaba hartando entre las altas espigas sin que nadie lo molestara; también había monos, y papagayos, que eran la luz de los cie­los. Éste fue el sendero de millares de seres humanos por mu­chos miles de años. Mientras uno iba caminando por él, se perdía a sí mismo; uno caminaba sin un solo pensamiento, y ahí esta­ban el cielo increíble y los árboles con su tupido follaje y sus pájaros. Hay en ese sendero un mango espléndido, tiene tantas hojas que las ramas no pueden verse, y es muy viejo. Y a me­dida que uno prosigue su camino no queda en absoluto un solo sentimiento; también el pensamiento se ha desvanecido, pero hay belleza. Esta belleza llena la tierra y el cielo, llena cada hoja y cada brizna marchita de hierba. Está ahí cubriéndolo todo y uno mismo es parte de ella. Uno no ha sido hecho para sentir todo esto, pero ello está ahí, y porque uno no está, está eso, sin una palabra, sin un movimiento. El regreso es silencioso, en medio, de una luz que va palideciendo.

Cada experiencia deja una huella y cada huella distorsiona la experiencia; de modo que no hay experiencia que no haya sido. Todo es viejo, nada es nuevo. Pero esto no es así. Todas las huellas de todas las experiencias se han borrado; el cerebro, depósito del pasado, está completamente inmóvil y quieto, sin reacción alguna pero activo, sensible; entonces pierde el pasado y se renueva.

Estaba ahí, esa inmensidad que no tenía pasado ni futuro; estaba ahí sin conocer jamás el presente. Llenaba el lugar y se expendía más allá de toda medida.

5

El sol asoma desde los árboles y se instala sobre la ciudad y entre los árboles y la ciudad está toda la vida, está todo el tiempo. El río pasa en medio de ellos, profundo, vivo y sereno; muchos botes pequeños suben y bajan por él; algunos con grandes velas cuadradas, cargan leña, arena y cortes de piedra, y a voces llevan a hombres y mujeres que vuelven a sus aldeas, pero la mayoría son pequeños botes de pescadores tripulados por flacos hombres morenos. En apariencia son gente muy feliz, voluble, se llaman y gritan los unos a los otros, todos visten harapos, no tienen mucho que comer e inevitablemente tienen numerosos hijos. No pueden leer ni escribir; carecen de entretenimiento externo, no hay cinematógrafos, etc., pero se divier­ten cantando, en coros, cantos devocionales, o relatando historias religiosas. Son todos muy pobres y la vida es muy difícil, siem­pre están ahí la enfermedad y la muerte, como la tierra y el río. Y en ese atardecer había más golondrinas que nunca; volaban a baja altura, casi tocando el agua, y el agua tenía el color del fuego moribundo. Todo estaba tan vivo, era tan intenso; cuatro o cinco robustos cachorrillos jugaban en torno de la madre ham­brienta y flaca; muchos grupos de cuervos volaban de regreso a la otra orilla; los relumbrantes papagayos también volvían chi­llando a los árboles, con su vuelo tan característico; un tren atravesaba el puente y el estrépito llegaba muy lejos por el río, en cuyas frías aguas se estaba lavando una mujer. Todo luchaba por vivir; una batalla por la vida misma en la que siempre está ahí la muerte; luchar en cada momento de la existencia y des­pués morir. Pero entre la salida del sol y su puesta detrás de los muros de la ciudad, el tiempo consumía toda la vida, el tiempo pasado y presente corroía el corazón del hombre; el hombre tenía su existencia en el tiempo, y por eso conocía el dolor.

Los hombres de la aldea que marchaban detrás por el es­trecho sendero junto al río, como engarzados uno por uno, de algún modo eran parte del que caminaba al frente; había ocho de ellos, y el más anciano que iba directamente detrás tosía y escupió todo el tiempo, mientras que los otros caminaban más o menos silenciosamente. El hombre que los precedía tenía una lúcida conciencia de ellos, de su silencio, de sus toses, de su agotamiento después de una larga jornada; no estaban agita­dos sino tranquilos y prontos a alegrarse por cualquier cosa. É1 era consciente de ellos, tal como lo era del río resplandecien­te, del suave fuego que ardía en el cielo y de los pájaros que retornaban a sus nidos; no existía un centro desde el cual él estuviera viendo, sintiendo, observando; todo esto implica pala­bras, pensamientos. No había pensamiento alguno sino sólo estos hechos. Todos los hombres caminaban firmemente y el tiempo había dejado de existir; esos aldeanos regresaban al hogar, a sus chozas, y el hombre iba con ellos; ellos aun parte de él, no que se diera cuenta de ellos como formando parte. Ellos fluían con el río, volaban con los pájaros y eran tan abiertos y amplios como el cielo. Esto era un hecho, no era imaginación; la imaginación es algo artificial, mientras que el hecho es una ardiente realidad. Esos nueve hombres marchando perpetuamente, venían desde ninguna parte e iban hacia nin­guna parte; era una procesión infinita de la vida. Extrañamente, el tiempo y toda identidad habían llegado a su fin. Cuando el hombre que iba al frente se volvió para regresar, todos los aldea­nos, especialmente el viejo que estaba tan cerca, justo detrás de él, saludaron como si fueran amigos desde hacia mucho tiempo. Oscurecía, las golondrinas habían desaparecido; brilla­ban luces sobre el largo puente y los árboles se estaban reco­giendo en ellos mismos. Muy lejos sonaba la campana de un templo.

7

Hay un pequeño canal, de medio metro de ancho, que corre entre los verdes trigales. A lo largo de ese canal existe un sen­dero por el que uno puede caminar bastante tiempo sin encontrar un alma. En ese atardecer se hallaba particularmente tran­quilo; bebiendo en ese canal había un opulento grajo, con alas sorprendentemente azules y brillantes; tenía un color pardo ama­rillento bajo las rutilantes alas azules; no era uno de esos grajos rezongones; uno podía aproximársele bastante sin ser insultado. Él lo miraba a uno con extrañara y uno lo miraba con una explosión de afecto; era un pájaro robusto, confortante y muy bello. Aguardaba a fin de ver qué haría uno, y cuando uno no hizo nada se calmó y enseguida levantó vuelo para alejarse sin un solo grito. En ese pájaro uno se había encontrado con todos los pájaros que jamás hubieran existido; fue aquella explosión lo que hizo esto posible. No fue una explosión bien planeada, razonada; simplemente ocurrió, con una intensidad y una furia cuya misma conmoción hizo que el tiempo se detuviera por completo. Pero al proseguir por ese estrecho sendero uno pasaba junto a un árbol que se había convertido en el símbolo de un templo, porque había flores y una imagen crudamente pintada, y el templo era el símbolo de alguna otra cosa y esa otra cosa también era un enorme símbolo. Las palabras, los símbolos se han vuelto, al igual que la bandera, terriblemente importantes. Los símbolos son cenizas que alimentan la mente, y la mente es estéril; y es en este desierto donde tiene su origen el pensa­miento, el cual es hábil, inventivo como lo son todas las cosas que proceden de lo árido e insignificante. Pero el árbol era es­pléndido, tenía un espeso follaje y albergaba a numerosos pája­ros; la tierra alrededor estaba barrida y la mantenían limpia se había construido una plataforma de barro alrededor del árbol y sobre ella estaba la imagen apoyada contra el grueso tronco. Las hojas eran perecederas y la imagen de piedra no lo era; ésta perduraría, destruyendo las mentes.

8

El temprano sol de la mañana se hallaba sobre el agua y era deslumbrador; un bote de pescadores atravesaba ese brillante sendero y había una ligera niebla entre los árboles de la ori­lla opuesta. El río jamás está quieto, siempre hay un movi­miento, una danza de innumerables pasos, y esta mañana se ha­llaba muy activo haciendo que los árboles y arbustos parecieran desvaídos y pesados; no así los pájaros que llamaban y canta­ban, y los papagayos con sus chillidos. Estos papagayos vivían en el tamarindo que está junto a la casa, y solían ir y venir todo el día con su bullicioso vuelo. Los cuerpos de color verde claro resplandecían al sol y sus curvos picos rojos eran más brillantes cuando pasaban volando como relámpagos. Tenían un vuelo agudo y veloz, y uno podía divisarlos entre las verdes hojas si miraba cuidadosamente cuando se habían vuelto más torpes y no tan ruidosos como en su vuelo. Era muy temprano pero todos los pájaros habían salido ya mucho antes de que el sol se posara sobre el agua. Aun a esa hora el río se hallaba des­pierto con la luz de los cielos y la meditación era una intensi­ficación de la inmensidad de la mente; la mente nunca está dormida, nunca del todo inatenta; aquí y allá, sectores de ella son avivados por el conflicto y el dolor, embotados por el hábi­to y la satisfacción pasajera, y cada placer deja una huella de vehemente deseo. Pero todos estos confusos episodios no dejan espacio para la totalidad de la mente. Ellos se vuelven enormemente importantes y siempre engendran una mayor signifi­cación de lo inmediato, y así la inmensidad es puesta a un lado por lo inmediato, lo pequeño. Lo inmediato es el tiempo del pensamiento, y el pensamiento jamás puede resolver ninguna cuestión, excepto las mecánicas. Pero la meditación no es obra de la máquina; la meditación nunca puede ser un medio para llegar a alguna parte; ella no es el bote para cruzar a la otra orilla. No hay orilla, no hay un llegar; como el amor, la medi­tación existe sin motivo. Es un movimiento infinito cuya acción está en el tiempo, pero el movimiento no es del tiempo. Toda acción de lo inmediato, del tiempo, es el terreno donde arraiga el infortunio; nada puede crecer ahí excepto el conflicto y el dolor. Pero la meditación es la lúcida percepción de este terreno, y es el no permitir jamás - sin opciones, sin preferencias - que una semilla arraigue, por placentera o dolorosa que pudiera ser. La meditación es la muerte de la experiencia. Y sólo entonces hay claridad cuya libertad está en el ver. La meditación es un extraño deleite que no puede comprarse en el mercado; nin­gún gurú o discípulo pueden jamás conocerla; todo seguimien­to, toda gula tienen que cesar tan fácil y naturalmente como una hoja que se desprende y cae al suelo.

Lo inmensurable estaba ahí, llenando el pequeño espacio y el espacio entero; llegó tan dulcemente como la brisa llega sobre el agua, pero el pensamiento no podía contenerlo y el pasado, el tiempo, era incapaz de medirlo.

9

Al otro lado del río, el humo se elevaba en una recta colum­na; era un simple movimiento que se abría expandiéndose en el cielo. No había un soplo de aire ni la más pequeña onda sobre el río, y todas las hojas estaban quietas; el único movimiento ruidoso era el de los papagayos cuando pasaban como relám­pagos. Ni siquiera el pequeño bote de pescadores alteraba el agua; todo parecía haberse congelado en la inmovilidad, excepto el humo. Aun cuando se elevara tan recto hacia el cielo, había en él cierta alegría, y la libertad de la acción total. Y más allá de la aldea y del humo estaba el resplandeciente cielo del atar­decer. Había sido un día fresco, el cielo estuvo despejado y la luz era la luz de mil inviernos, de corta duración pero penetran­te y expansiva; es luz iba con uno a todas partes sin abandonarlo en ningún momento. Como un perfume, estaba en los lugares más inesperados; parecía haber penetrado en los rincones más secretos del propio ser. Era una luz que no dejaba sombra y las sombras perdían su profundidad; debido a ello toda sustancia perdió su densidad; era como si uno mirara a través de todo, a través de los árboles al otro lado del muro, a través del propio ser, tan opaco y tan desnudo como el cielo. La luz era intensa, y estar con ella implicaba ser apasionado, no con la pasión del sentimiento o el deseo, sino con la pasión que jamás se marchita ni muere. Era una luz extraña, lo exponía todo tornándolo vul­nerable, y lo que no tenía defensas era amor. Uno no podía seguir siendo lo que era, uno había ardido, se había consumido sin dejar cenizas, y repentinamente nada hubo sino esa luz.

12

Era una niñita como de diez o doce años, y se hallaba apoya­da contra un poste del jardín; estaba sucia, llena de polvo, despeinada, y su cabello no había sido lavado en muchas sema­nas; sus ropas estaban rotas y sucias como ella misma. Tenía un largo trapo enrollado al cuello y contemplaba a varias personas que estaban tomando el té en la galería; miraba con total indi­ferencia, sin ningún sentimiento, sin pensamiento alguno acerca de lo que ocurría; sus ojos estaban fijos sobre el grupo del primer piso, y los papagayos que pasaban chillando no le cau­saban impresión alguna, ni tampoco las palomas de suave color terroso que tan cerca estaban de ella. La pequeña no tenía hambre, probablemente era la hija de uno de los sirvientes porque parecía familiarizada con el lugar y se veía bastante bien alimentada. Se comportaba como si fuera una mujercita adulta, llena de seguridad, y había con relación a ella una ex­traña condición de lejanía, de retraimiento. Mirándola recor­tada contra el río y los árboles, uno mismo sintió de pronto que estaba observando al grupo que tomaba el té; lo observaba sin ninguna emoción, sin pensamiento alguno, por completo indife­rente a todo y a cuanto pudiera ocurrir. Y cuando ella se fue caminando hacia aquel árbol que domina el río, era uno mismo el que caminaba, uno era el que se sentó en el suelo áspero y polvoriento; era uno el que tomó ese trozo de madera y lo arrojó sobre la orilla, solitario, adusto, sin interesarse jamás en nada. Pronto uno se levantó y vagó alrededor de la casa. Y, extra­ñamente, uno era las palomas, la ardilla que trepaba veloz por el árbol, ese chofer desaseado, sucio, y el río que pasaba cerca, tan quietamente. El amor no es sufrimiento ni está hecho a base de celos, pero es peligroso porque destruye. Destruye todo cuanto el hombre ha edificado en torno de sí mismo, excepto los ladrillos. El amor no puede erigir templos ni reformar la corrupta sociedad; él no puede hacer nada, pero sin él, haga uno lo que haga, nada puede hacerse. Las computadoras y la automatización podrán alterar la forma de las cosas y proveer al hombre de ocio, el cual se convertirá en otro problema cuando ya hay tantos problemas. El amor carece de problemas y por ello es tan destructivo y peligroso. El hombre vive para los pro­blemas, esas cosas que continúan sin resolverse jamás; sin los problemas él no sabría qué hacer; estaría perdido. Así es que los problemas se multiplican interminablemente; al resolver uno ya hay otro, pero la muerte, por supuesto, es destrucción; no es amor. La muerte es la vejez, la enfermedad y los problemas que ninguna computadora puede resolver. No es la destrucción que proviene del amor; ésa no es la muerte que se origina en el amor. Esa muerte son las cenizas de un fuego que ha sido cuidadosamente alimentado, es el ruido de las máquinas auto­máticas que continúan funcionando sin interrupción. Amor, muerte y creación son inseparables; no se puede tener a uno y negar a los otros; el amor no puede comprarse en el mercado ni en iglesia alguna; son ésos los últimos lagares donde uno podría encontrarlo. Pero si uno no busca y uno no tiene pro­blemas, ningún problema, entonces quizás el amor podría llegar cuando uno está mirando hacia otro lado.

El amor es lo desconocido, y todo cuanto uno conoce debe arder y consumirse sin dejar cenizas; el pasado, rico o sórdido, debe abandonarse como casualmente, sin motivo alguno, tal como hace esa niña arrojando un palo sobre la orilla del río. El arder de lo conocido es la acción de lo desconocido. Muy lejos están tocando una flauta, no demasiado bien, y el sol, una enorme bola roja, se pone tras de los muros de la ciudad; el río tiene el color de un fuego apacible y todos los pájaros regresan para la noche.

13

El alba apenas estaba llegando y ya todos los pájaros parecían hallarse despiertos, llamando, cantando, repitiendo inter­minablemente una nota o dos; los más ruidosos eran los cuer­vos. Los había en cantidad, graznándose los unos a los otros, y había que escuchar con mucha atención para poder captar las notas de otros pájaros. Los papagayos chillaban ya en su vuelo al pasar como centellas, y en esa pálida luz el hermoso verde de sus cuerpos era realmente espléndido. No se movía una hoja, y el río de plata fluía ancho, dilatado, profundo como la noche; la noche le había hecho algo al río; éste se había vuelto más rico, más profundo con la tierra, más inseparable; estaba vivo, vivo con una intensidad que era destructiva en su pureza. La otra orilla todavía estaba las anchas extensiones de verde trigo y los árboles aún permanecían quietos, misteriosos, y muy a lo lejos repicaba, sin música, la campana de un tem­plo. Ahora todo comenzaba a despertar clamorosamente con la salida del sol. Cada graznido era más agudo, y se intensificaba también cada chillido, y el color de cada hoja, de cada flor, e intenso era el perfume de la tierra. El sol alcanzó las hojas de los árboles y trazó un sendero de oro a lo largo del río. Era una mañana hermosa cuya belleza perdularia, pero no en la memoria; la memoria es una cosa artificial, muerta, y jamás puede retener la belleza o el amor. Los destruye. La me­moria es mecánica, tiene su utilidad, pero la belleza no es de la memoria. La belleza es siempre nueva, pero lo nuevo carece de relación con lo viejo, que pertenece al tiempo.

14

Era una luna muy nueva y, sin embargo, daba luz suficien­te para las sombras; había abundancia de sombras y éstas se hallaban muy quietas. A lo largo del estrecho sendero todas las sombras parecían estar dotadas de vida, susurrando entre sí, cada hoja en penumbras charlando con su vecina. La forma de las hojas y el voluminoso tronco se destacaban nítidos sobre el suelo, y más abajo el río era de plata; ancho, silencioso, había en él una curtiente profunda que no dejaba rastro en la super­ficie. Incluso la brisa vespertina había cesado y no había nubes que se concentraran en torno del sol poniente; más arriba en el cielo se vela una nube solitaria, sólo una vislumbre de color rosado que permaneció inmóvil hasta que desapareció en la noche. Los tamarindos y los mangos se estaban recogiendo para el descanso nocturno, y los pájaros habían callado procurándose un refugio profundamente oculto entre las hojas. Un búho pe­queño se hallaba posado sobre el cable del telégrafo y justo cuando uno estuvo debajo de él voló con esas extraordinarias alas silenciosas. Después de haber entregado la leche, las bici­cletas regresaban haciendo sonar los tarros vacíos; había muchas, solas o en grupos, pero a pesar del ruido y de la charla, ese peculiar silencio del campo abierto y del cielo inmenso, se man­tuvo invariable. Nada podía alterarlo en ese atardecer, ni siquie­ra un tren de carga que cruzaba el puente de acero. Hacia la derecha hay un pequeño sendero que se pierde entre los verdes campos, y mientras uno lo recorre muy lejos de todo, de rostros, de lágrimas, súbitamente se da cuenta de que algo está ocurrien­do. Uno sabe que no se trata de la imaginación, del deseo afe­rrándose a alguna fantasía o a alguna experiencia olvidada, o reviviendo algún placer, alguna esperanza; uno sabe bien que no es ninguna de estas cosas, ya ha pasado antes por este exa­men y rápidamente descarta todo eso con un gesto; y entonces se da cuenta de que algo está ocurriendo. Ello es tan inesperado como ese enorme toro que surge viniendo desde el atardecer en penumbras; está ahí, insistente e inmenso, «lo otro», lo que ninguna palabra o símbolo pueden capturar; está ahí llenando el cielo y la tierra y toda pequeña cosa que en ellos existen. Uno y ese aldeano que pasa al lado sin decir palabra, son parte de ello. En ese intervalo intemporal no hay pensamiento ni sentimiento, sólo esa intensidad; y el cerebro está completa­mente quieto. Ha desaparecido toda sensibilidad meditativa, sólo está ahí esa pureza increíble. Es la pureza de una fuerza inaccesible e impenetrable. Pero ahí estaba. Todo permanecía quieto, no había movimiento alguno, ni agitación, y aun el sil­bato del tren sonaba dentro del silencio. Este silencio lo acom­pañó a uno al regresar a la habitación, y ahí estaba también, porque nunca lo había abandonado.

16

Con el camello pesadamente cargado, atravesábamos todos el puente nuevo que cruza el pequeño arroyo: los ciclistas, las mujeres de la aldea que regresaban de la ciudad, un perro sar­noso y un anciano arrogante con una larga barba blanca. Habían quitado el viejo y desvencijado y ahora estaba este puen­te nuevo hecho con fuertes pilares, cañas de bambú, paja y barro; tenía una construcción sólida y el camello no vaciló al cruzarlo; era aún más arrogante que el anciano, llevaba la cabe­za bien erguido en el aire, era desdeñoso y bastante maloliente. Todos pasamos por el puente y la mayoría de los aldeanos pro­siguieron a lo largo del río mientras que el camello se dirigió en sentido opuesto. Era ése un sendero polvoriento, con una fina arcilla reseca; el camello dejaba una ancha, enorme huella y no podía instársele a que anduviera algo más rápido de lo que él quería hacerlo; iba cargado con sacos de grano y parecía por completo indiferente a todo; pasó por el antiguo aljibe y los templos en ruinas, y el hombre que lo conducía se empeñaba en que apurara el paso dándole palmadas con las manos desnudas. Existe otro camino que da la vuelta hacia la derecha y pasa por las mostazas de flores amarillas, los florecidos guisantes y los ricos trigales verdes; este camino no es muy utilizado y es agradable pasear por él. La mostaza tenía un aroma ligero pero el del guisante era más intenso; y el trigo, que había comen­zado a formar espigas, tenía también su propio aroma. Y la com­binación de los tres llenaba el aire del atardecer con una fra­gancia no demasiado fuerte, sino moderada y agradable. Era un bello atardecer, con el sol poniente detrás de los árboles; en ese sendero uno estaba muy lejos de todo, aunque hubiera alrededor aldeas dispersas; pero era uno mismo el que estaba muy lejos y nada podía acercarse a uno. Ello no era algo del espacio, el tiempo o la distancia; uno se hallaba muy lejos y no había medida. La profundidad era insondable, una profundidad sin altura ni circunferencia. Un ocasional aldeano pasó llevando las pocas y magras cosas que había comprado en la ciudad, y al pasar casi tocándolo a uno, en realidad no se había acercado.

Uno estaba muy lejos, en algún mundo desconocido que no tenía dimensión; aun cuando uno quisiera conocerlo ello no sería posible. Ese mundo estaba demasiado lejos de lo cono­cido; no tenía relación alguna con lo conocido. No era una cosa que se experimentara; nada había que experimentar, y además toda experiencia está siempre en el campo de lo conocido y se reconoce por aquello que ya ha sido alguna vez. Uno estaba muy lejos, inmensurablemente lejos, pero los árboles, las flores ama­rillas y la espiga del trigo se hallaban asombrosamente cerca, más cerca que el propio pensamiento, y maravillosamente vivos, con una intensidad y una belleza que jamás podría marchitarse. La muerte, la creación y el amor estaban ahí y uno, que era parte de ello, no podía distinguir cuál era cuál; no estaban sepa­rados, no era algo que pudiera dividirse para discutir sobre ello. Eran inseparables, estaban estrechamente relacionados entre si, no con la relación que proviene de las palabras, los actos o la expresión. El pensamiento no podía formularlos, ni el senti­miento abarcarlos; el pensamiento y el sentimiento son dema­siado mecánicos, demasiado lentos y tienen sus raíces en lo conocido. La imaginación está dentro de ese campo y jamás puede acercarse a lo otro. Amor-muerte-creación constituyen un hecho, una realidad tan efectiva como el cuerpo que ardía en la orilla del río bajo el árbol. El árbol, el fuego y las lágrimas son reales, son hechos que no pueden negarse, pero ésas son realidades de lo conocido y son la libertad de lo conocido, y en esa libertad, amor, muerte y creación son inseparables. Pero uno ha de ir muy lejos y, no obstante, estar muy cerca.

El hombre en la bicicleta iba cantando con una voz más bien ronca y cansada; regresaba de la ciudad con los ruidosos tarros de leche vacíos; estaba ansioso de charlar con alguien y cuando pasó al lado de uno dijo algo, vaciló, se repuso y pro­siguió su camino. Ahora la luna proyectaba sombras, algunas oscuras y otras casi transparentes, y se intensificaba el aroma de la noche. Al volver la curva del sendero estaba el río; parecía iluminado desde adentro con mil bujías; la luz era suave, tenía color de plata y oro pálido y estaba completamente quieta, embrujada por la luna. Las Pléyades brillaban encima de uno y Orión se encontraba bien alto en el cielo; un tren subía reso­plando por la cuesta para cruzar el puente. El tiempo se había detenido y la belleza estaba ahí con el amor y la muerte. Y so­bre el nuevo puente de bambú no había nadie, ni siquiera un perro. El pequeño arroyo estaba colmado de estrellas.

20

Aún faltaba mucho para el amanecer, con un cielo limpio, iluminado por las estrellas; había una ligera neblina sobre el río y la margen opuesta apenas si era visible; se escuchaba el traqueteo de un tren que subía por la cuesta para cruzar el puente; era un tren de carga y estos trenes, cuando remontan la pendiente, siempre resoplan de una manera especial, con un soplo pesado, a golpes largos y lentos; en cambio, los trenes de pasajeros emiten explosiones cortas y rápidas y casi de inme­diato llegan al puente. Este tren de carga en medio del vasto silencio, producía un bramido más estrepitoso que nunca, pero nada parecía perturbar ese silencio en el cual todos los movimientos se perdían. Era un silencio impenetrable, puro, intenso penetrante; había en él una urgencia de tal naturaleza que ella jamás podría ser el producto del tiempo. La pálida estrella era clara y los árboles oscuros en su sueño. La meditación era un lúcido darse cuenta de estas cosas y un ir más allá de ellas y del tiempo. El movimiento en el tiempo es el proceso del pensar, y el pensamiento no puede ir más allá de su propia esclavitud al tiempo; nunca es libre. El amanecer asomaba sobre los árbo­les y el río, un pálido vestigio todavía, pero las estrellas estaban perdiendo su brillantez y ya había un llamado de la mañana, un pájaro en un árbol muy cercano. Pero ese inmenso silencio persistía aun y siempre estaría ahí, aunque los pájaros y el es­trépito del hombre continuaran.

[30] Él estaba entonces en Benarés y recordaba el origen del Ganges que una vez había visitado. Se alojaba en Rajghat, al norte de Benarés, sobre las orillas del Ganges, donde existe una escuela Krishnamurti. Los hindúes llaman a Bena­rés, Banaras o Varanasi. volver
[31] Aunque Rajghat está al norte de Benarés, se halla río abajo, porque aquí el río dobla hacia el nordeste antes de correr nuevamente hacia el sur. volver
[32] En este día, él ofreció la primera de siete pláticas en Rajghat. volver
[33] El sendero de los peregrinos corre a través del estado de Rajghat que une a Kashi con Sarnath, donde el Buda predico su primer sermón después de la iluminación. volver
[34] Estos aldeanos eran musulmanes. volver

Libro de Notas

Rajghat, Benarés. Diciembre 18, 1962 a Enero 20, 1962

Jiddu Krishnamurti, diario Libro de Notas. Krishnamurti's Notebook, 1961...1962. Jiddu Krishnamurti en español.

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