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El Arte de Escuchar

Pláticas en Alpino y Stresa, Italia

Primera plática en Stresa, 2 de julio de 1933

Amigos, en mis pláticas, no voy a tejer una teoría intelectual. Hablaré de mi propia experiencia, la cual no nace de ideas intelectuales, sino que es real. Por favor, no piensen en mí como en un filósofo que expone un nuevo conjunto de ideas para que el intelecto de ustedes pueda hacer malabares con ellas. Eso no es lo que voy a ofrecerles. Más bien, quisiera explicar que la verdad, la vida de plenitud y riqueza interna, no puede ser realizada por intermedio de otra persona, mediante la imitación o mediante alguna forma de autoridad.

Casi todos nosotros sentimos, ocasionalmente, que hay una vida verdadera, algo eterno, pero los instantes en que sentimos eso son tan raros, que este algo eterno retrocede más y más dentro del trasfondo y nos parece cada vez menos una realidad.

Y bien, para mí existe esa realidad, una realidad viviente y eterna, llámenla Dios, inmortalidad, eternidad o como quieran llamarla. Existe algo viviente, creativo, que no puede ser descrito, porque la realidad elude cualquier descripción. Ninguna descripción de la verdad puede ser duradera, porque sólo puede ser una ilusión hecha de palabras. Uno no puede conocer el amor mediante la descripción de otro; para conocer el amor, uno mismo debe experimentarlo. No podemos conocer el gusto de la sal hasta que hemos probado la sal por nosotros mismos. Sin embargo, gastamos nuestro tiempo buscando una descripción de la verdad, en vez de tratar de descubrir la manera de realizarla. Digo que no puedo describir, no puedo poner en palabras esa realidad viviente que está más allá de toda idea de progreso, de crecimiento. Cuídense del hombre que trata de describir esa realidad viviente, porque ésta no puede ser descrita; debe ser experimentada, vivida.

Esta realización de la verdad, de lo eterno, no se encuentra en el movimiento del tiempo, el cual no es sino un hábito de la mente. Cuando ustedes dicen que realizarán la verdad en el curso del tiempo, o sea, en algún futuro, entonces sólo están posponiendo esa comprensión que siempre debe estar en el presente. Pero si la mente comprende la integridad de la vida y está libre de la división del tiempo en pasado, presente y futuro, entonces adviene la realización de esa realidad viva y eterna.

Pero dado que todas nuestras mentes están presas en la división del tiempo, puesto que piensan en el tiempo como pasado, presente y futuro, surge el conflicto. Además, a causa de que hemos dividido la acción en pasado, presente y futuro, a causa de que para nosotros la acción no es completa en sí misma, sino más bien algo impulsado por motivos, por el temor, por directivas, por la recompensa o el castigo, nuestras mentes son incapaces de comprender el continuo total. La verdadera acción sólo puede resultar cuando la mente está libre de la división del tiempo. Cuando la acción nace de la integridad, no en la división del tiempo, entonces esa acción es armoniosa y está liberada de las trabas de la sociedad, de las clases, razas, religiones y del afán adquisitivo.

Para exponerlo de manera diferente, la acción debe volverse verdaderamente individual. No estoy usando esa palabra individual en el sentido de poner al individuo en oposición a los muchos. Por acción individual me refiero a la acción que nace del completo entendimiento, de la comprensión completa por parte del individuo, comprensión no impuesta por otros. Donde existe esa comprensión, está la verdadera individualidad, la verdadera soledad - no la soledad del escape a la solicitud, sino la soledad que nace del pleno entendimiento de las experiencias de la vida -. Para que haya integridad de acción, la mente debe estar libre de la idea del hoy, el ayer y el mañana. Si la mente no se ha liberado de esa división, entonces surge el conflicto, el cual conduce al sufrimiento y a la búsqueda de escapes para evadir ese sufrimiento.

Yo digo que existe una realidad viviente, una inmortalidad, una eternidad que no puede ser descrita; puede ser comprendida sólo en la plenitud de la propia acción individual, no como parte de una estructura, no como parte de una maquinaria social, política o religiosa. Por lo tanto, uno tiene que experimentar la auténtica individualidad, antes de que pueda comprender qué es lo verdadero. Mientras uno no actúe desde esa fuente eterna, ha de haber conflicto, división y rivalidad continua.

Ahora bien, cada uno de nosotros conoce el conflicto, la lucha, el dolor, la falta de armonía. Éstos son los elementos que mayormente componen nuestras vidas, y desde ellos tratamos de escapar, consciente o inconscientemente. Pero pocos conocen por sí mismos la causa del conflicto. Puede que la conozcan intelectualmente, pero ese conocimiento es sólo superficial. Conocer la causa es ser plenamente consciente de ella, tanto con la mente como con el corazón.

Puesto que pocos somos conscientes respecto de la causa profunda de nuestro sufrimiento, sentimos el deseo de escapar del sufrimiento, y este deseo de escapar ha creado y vitalizado nuestros sistemas morales, sociales y religiosos. Aquí no tengo tiempo de entrar en detalles, pero si ustedes están dispuestos a reflexionar sobre la cuestión, verán que todos nuestros sistemas religiosos en el mundo se basan en esta idea de la postergación y la evasión, en esta búsqueda de mediadores y dadores de consuelo. A causa de que no somos responsables de nuestros propios actos, de que buscamos escapar de nuestro sufrimiento, creamos sistemas y autoridades que habrán de darnos consuelo y protección.

¿Cuál es, entonces, la causa del conflicto? ¿Por qué sufre uno? ¿Por qué tiene que luchar interminablemente? Para mí, el conflicto surge al verse impedido el flujo de la acción espontánea, del pensamiento y sentimiento armoniosos. Cuando el pensamiento y la emoción carecen de armonía, hay conflicto en la acción; o sea, cuando la mente y el corazón se hallan en un estado de discordia, crean un impedimento a la expresión de la acción armoniosa; en consecuencia, hay conflicto. Tal impedimento a la acción armoniosa es causado por el deseo de escapar, por la continua evitación de afrontar la vida plenamente y por encararla siempre con el peso de la tradición, ya sea religiosa, política o social. Esta incapacidad de enfrentarse a la experiencia en su integridad, crea el conflicto y el deseo de escapar del conflicto.

Si ustedes consideran sus pensamientos y los actos que emanan de ellos, verán que donde hay deseo de escapar tiene que haber búsqueda de seguridad; a causa de que con todas sus acciones, sus inclinaciones, sus pensamientos, generan conflicto en la vida, quieren escapar de ese conflicto hacia una seguridad satisfactoria, hacia una permanencia. Así, toda nuestra acción está basada en este deseo de seguridad. Pero, de hecho, no hay seguridad en la vida, ni física ni intelectual ni emocional ni espiritual. Si sentimos que estamos seguros, jamás podremos encontrar esa realidad viviente; no obstante, casi todos nosotros buscamos la seguridad.

Algunos buscan la seguridad física mediante la riqueza, el confort y el poder sobre los demás, que la riqueza les otorga; ellos se interesan en las diferencias sociales y en los privilegios sociales que les aseguran una posición de la cual derivan su satisfacción personal. La seguridad física es una forma cruda de seguridad, pero puesto que para la mayor parte de la humanidad ha sido imposible obtenerla, el hombre se ha vuelto hacia formas sutiles de seguridad que él llama espiritual o religiosa. Debido al deseo de escapar del conflicto, ustedes buscan y establecen la seguridad, física o espiritual. El anhelo de seguridad física se revela en el deseo de tener una sustanciosa cuenta bancaria, una buena posición social, en el deseo de ser considerado alguien en la ciudad, en la lucha por grados y títulos y en todo ese tipo de insensatas estupideces.

Entonces, algunos de ustedes quedan insatisfechos con la seguridad física y se vuelven hacia una forma más sutil de seguridad. Sigue siendo seguridad, sólo que un poco menos obvia, y ustedes la llaman espiritual. Pero yo no veo una diferencia real entre ambas seguridades. Cuando se han saciado con la seguridad física o no pueden obtenerla, se vuelven a lo que llaman la seguridad espiritual. Y cuando hacen esto, afirman y vitalizan esas cosas que llaman religión y creencias espirituales organizadas. Debido a que buscan seguridad, establecen una forma de religión, un sistema o pensamiento filosófico en el cual quedan atrapados, del cual se convierten en esclavos. Por lo tanto, desde mi punto de vista, las religiones con todos sus intermediarios, sus ceremonias, sus sacerdotes, destruyen la comprensión creativa y pervierten el juicio.

Una forma de seguridad religiosa es la creencia en la reencarnación, la creencia en vidas futuras, con todo lo que esa creencia implica. Yo digo que cuando un hombre está atrapado en cualquier creencia, no puede conocer la plenitud de la vida. Un hombre que actúa plenamente está actuando desde esa fuente en la cual no existe la reacción, sino sólo la acción; pero aquél que busca seguridad, escape, tiene que aferrarse a una creencia porque de eso deriva continuo apoyo y aliento para su falta de comprensión.

Luego está la seguridad creada por el hombre en la idea de Dios. Muchas personas me preguntan si creo en Dios, si Dios existe. Uno no puede discutir eso. Casi todas nuestras concepciones de Dios, de la realidad, de la verdad, son meramente imitaciones especulativas. Por lo tanto, son completamente falsas, y todas nuestras religiones se basan en tales falsedades. Un hombre que ha vivido toda su vida en una prisión, sólo puede especular acerca de la libertad; el que jamás ha experimentado el éxtasis de la libertad, no puede conocer la libertad. Por consiguiente, tiene poco valor discutir a Dios, la verdad; pero si ustedes tienen la inteligencia, la intensidad necesaria para destruir las barreras que los rodean, entonces conocerán por sí mismos la plenitud de la vida y ya no serán esclavos de un sistema social o religioso.

Además, está la seguridad por medio del servicio. O sea, que ustedes gustan perderse a sí mismos en la marisma de la actividad, en el trabajo. Mediante esta actividad, esta seguridad, procuran escapar de sus propias luchas interminables.

Por lo tanto, la seguridad no es sino un escape. Y dado que casi todos están tratando de escapar, se han convertido en máquinas de hábitos, a fin de eludir el conflicto. Dan origen a las creencias religiosas, a las ideas; adoran la imagen de una imitación a la que llaman Dios; tratan de olvidar su incapacidad para afrontar la lucha, perdiéndose en el trabajo. Todas éstas son vías de escape.

Entonces, a fin de defender la seguridad, crean la autoridad. ¿No es así? Para recibir bienestar, necesitan de alguien o de algún sistema que les provea ese bienestar. Para tener seguridad, tiene que haber una persona, una idea, una creencia, una tradición que les ofrezca la garantía de seguridad. Así, en nuestro intento de encontrar seguridad, erigimos una autoridad y nos convertimos en sus esclavos. En nuestra búsqueda de seguridad establecemos ideales religiosos que, en nuestro temor, hemos creado; buscamos seguridad por medio de sacerdotes o guías espirituales a quienes llamamos maestros o instructores. O, de nuevo, buscamos nuestra autoridad en el poder de la tradición, ya sea social, económica o política.

Somos nosotros mismos, individualmente, los que hemos establecido estas autoridades. No han nacido espontáneamente. Durante siglos las hemos estado estableciendo y nuestras mentes se han mutilado y pervertido a causa de la influencia que han ejercido sobre nosotros.

O, supongamos que hemos descartado las autoridades; entonces hemos desarrollado una autoridad interna a la que llamamos autoridad intuitiva, espiritual, la cual, para mí, difiere poco de la autoridad externa. O sea, que cuando la mente está atrapada en la autoridad - externa o interna - puede ser libre y, por ende, no puede conocer el verdadero discernimiento. En consecuencia, donde hay autoridad nacida de la búsqueda de seguridad, en esa autoridad están las raíces del egoísmo.

Entonces, ¿qué hemos hecho? Hemos establecido autoridades espirituales desde nuestra debilidad, desde nuestro deseo de poder, desde nuestra búsqueda de seguridad. Y en esta seguridad, a la cual llamamos inmortalidad, queremos residir eternamente. Si consideran con calma, con discernimiento, ese deseo, verán que no es más que una forma refinada de egoísmo. Donde hay una división del pensamiento, donde existe la idea del “yo”, la idea de “lo mío” y “lo tuyo”, no puede haber integridad en la acción y, por lo tanto, no puede haber comprensión de la realidad viviente.

Pero, y espero que comprendan esto, esa realidad viviente, esa totalidad, se expresa a sí misma en la acción de la individualidad. He explicado qué entiendo por individualidad: es el estado en el cual la acción tiene lugar gracias a la comprensión liberada de todos los patrones sociales, económicos o espirituales. Eso es lo que yo llamo individualidad verdadera, porque es una acción nacida de la comprensión plena, mientras que el egoísmo es siempre incompleto, está siempre atado a la lucha incesante, con su angustia y su sufrimiento.

Éstas son unas cuantas de las trabas, de los obstáculos que impiden al hombre realizar la realidad suprema. Esa realidad viviente puede ser comprendida sólo cuando nos hemos liberado de esos obstáculos. La libertad de lo completo, de lo íntegro, no está en escapar de la esclavitud, sino en comprender la acción que implica la armonía de mente y corazón.

Permítanme explicar esto con más claridad. La mayoría de las personas reflexivas se da cuenta, intelectualmente, de muchos obstáculos. Por ejemplo, si ustedes consideran seguridades tales como la riqueza, que acumulan para protegerse, o las ideas espirituales en las que tratan de hallar refugio, verán su total futilidad.

Entonces, si examinan estas seguridades, pueden ver intelectualmente su falsedad; pero para mí, esa conciencia intelectual del obstáculo, no es en absoluto una plena percepción alerta de dicha falsedad. Es meramente un concepto intelectual, no una plena toma de conciencia. Esta conciencia plena existe sólo cuando nos damos cuenta, tanto emocional como mentalmente, de estos impedimentos. Si piensan en estos impedimentos ahora, es probable que los consideren sólo intelectualmente y digan: “Explíqueme un modo mediante el cual pueda librarme de estos impedimentos”. O sea, que están meramente tratando de vencer los impedimentos y, debido a eso, crean otra serie de resistencias. Espero haber dejado esto en claro. Puedo decirles que la seguridad es inútil, que carece de significación, y ustedes quizás admitan esto intelectualmente; pero como han estado acostumbrados a luchar por la seguridad, cuando se vayan de aquí continuarán meramente esa lucha, pero ahora contra la seguridad. Por eso buscan nada más que un nuevo modo, un método nuevo, una nueva técnica, que no es sino un deseo renovado de seguridad bajo otra forma.

Para mí no existe tal cosa como una técnica para vivir, una técnica para la realización de la verdad. Si hubiera una técnica así para que ustedes la aprendieran, serían meramente esclavizados por otro sistema.

La realización de la verdad llega solamente cuando hay integridad de acción sin esfuerzo. Y la cesación del esfuerzo llega mediante la percepción alerta de los obstáculos, no cuando tratamos de vencerlos. O sea, cuando somos plenamente conscientes, cuando estamos plenamente atentos, con nuestra mente y nuestro corazón, con la totalidad del ser; entonces, mediante ese estado de atención plena y alerta, podremos vernos libres de los obstáculos. Experimenten y lo verán. Todo aquello que han conquistado los ha hecho esclavos. Sólo cuando han comprendido un impedimento, con todo el ser, sólo cuando han comprendido realmente la ilusión de seguridad, ya no luchan más contra el impedimento. Pero si sólo son intelectualmente conscientes de los obstáculos, continuarán luchando contra ellos.

La concepción que tienen de la vida se basa en este principio. El esfuerzo que hacen para alcanzar el logro espiritual, la evolución espiritual, es el resultado del deseo que sienten por nuevas seguridades, nuevos engrandecimientos, nuevas glorias y, de aquí, esta lucha continua e incesante.

Digo, pues, que no busquen un camino, un método. No hay método ni camino hacia la verdad. No busquen un camino, más bien tomen conciencia de los impedimentos. La percepción alerta no es algo meramente intelectual; es tanto mental como emocional, es integridad en la acción. Entonces, en esa llama de la percepción alerta, se disuelven todos estos impedimentos porque uno los penetra. Al hacerlo, puede percibir directamente, sin opción, aquello que es verdadero. Nuestra acción nacerá entonces de esa integridad, no de la insuficiencia de la seguridad; y en esa integridad, en esa armonía de mente y corazón, está la realización de lo eterno.

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Primera plática en Stresa, 2 de julio de 1933

Jiddu Krishnamurti. El Arte de Escuchar. Obras Completas Tomo 1. 1933 - 1934. The Collected Works of J.Krishnamurti Volume 1. 1933 - 1934. The Art of Listening. Jiddu Krishnamurti en español.

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