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El Arte de Escuchar

Pláticas en el Campamento de Ommen, Holanda

Décima plática, 11 de agosto de 1933

No uso la palabra acción en ningún sentido filosófico; la uso en su significado corriente. Para la mayoría de las personas, cuando uno habla de la acción, ésta implica un movimiento físico. Para mí es integridad en el pensar, sentir y actuar. Todo eso constituye una acción, no el mover meramente una cosa de aquí para allá o realizar un acto físico. Aun eso requiere pensamiento y sentimiento que subyacen tras ese acto.

Así que cuando uso la palabra acción, ésta implica para mí la totalidad del pensar, sentir y actuar. Cuando esa acción es armoniosa, cuando de esa plenitud nace un pensamiento o hay una emoción y, de aquí, la acción, entonces ese acto surgido del pensar, sentir y actuar armoniosamente, es infinito, y considero que una acción semejante es completa; en ella no hay obstáculos, no hay discriminación ni resistencia alguna entre pensamiento, emoción y acción.

Para mí, pensar es actuar, o sentir es actuar; ustedes no pueden separar el pensar, el sentir y el actuar como tres cosas diferentes, es todo uno. Yo no separo. La acción es, entonces, total. Es el resultado de una unidad completa de la mente, el corazón y la acción.

Ahora bien, para comprender la acción que es infinita, que no es una finalidad ni un logro ni una meta ni un objetivo, para comprender una acción semejante, ustedes tienen que comprender qué es lo que entienden por acción, qué es lo que cada uno de ustedes entiende por acción. Trataré de explicar lo que pienso que uno entiende generalmente por acción.

La acción implica conformidad con la mayoría, imitación o lucha para alcanzas un objetivo, un resultado. La acción significa, pues, por lo general, conservación propia. Puede que ustedes no la entiendan así en su sentido vulgar, pero la hemos refinado, espiritualizado tanto, que la conservación propia ha llegado a ser bastante espiritual. Lo que ustedes entienden por acción es amoldamiento, y voy a probar y a explicar que la acción de ustedes es amoldamiento, que no es espontánea, que no es natural, plena, completa. Está siempre amoldándose.

Ustedes ponen una acción delante de otra por orden de importancia. Tomemos al hombre que dice que, teniendo asegurado el pan en primer lugar, la vida será comprendida en su totalidad. Es decir, resolvamos las dificultades económicas y las otras cosas vendrán después. O el hombre que dice: “Primero comprendamos la vida espiritual y entonces se resolverán las dificultades de la subsistencia”.

Hemos dividido nuestra acción como física - o sea, económica -, social y religiosa. Ésos son nuestros actos, y pensamos que los actos económicos no tienen nada que ver con los actos sociales y que éstos, a su vez, nada tienen que ver con nuestros actos religiosos,

Ahora bien, si ustedes piensan acerca de su actuar económico, verán que se basa enteramente en la conservación propia; en los negocios, en la adquisición de propiedades, de poder. Ahí están actuando a base de una idea particular y, por lo tanto, esa acción está siempre amoldándose. Económicamente, la idea de ustedes es explotar y ser explotados, o sea, acumular para sí mismos en el futuro cierta cantidad de dinero de modo que puedan tener seguridad. Donde hay seguridad, tiene que haber autoridad y, por consiguiente, poder, herencia, etc. Así pues, han establecido cuál es el objetivo y actúan conforme a esa idea, a la que llaman ocupación, negocio, pero que es conservación propia. De este modo, nuestra acción no es natural - uso la palabra natural con el que para mí es el significado correcto de la palabra -, o sea, que esa acción no es completa, no es armoniosa.

Ustedes dicen: “Tengo que ganar dinero, de lo contrario, la sociedad me destruirá. Tengo que guardar para el futuro, de otro modo, ¿quién me cuidará en mi vejez? Tiene que existir la herencia, porque de lo contrario no puedo transmitir a mi hijo lo que he ganado”. Todo esto se basa en la idea de la conservación propia, de transmitir nuestro nombre, las cosas que hemos acumulado, etcétera.

Así pues, nuestra acción, siendo siempre limitada, es independiente de lo que pensamos y sentimos, como el hombre que dice: “Primero el pan”. Así dicen ustedes: “Déjenme actuar de modo que tenga seguridad, poder, y entonces actuaré de manera diferente, en lo social, en lo espiritual”.

Entonces, ¿qué es lo que han establecido? Han establecido que en lo que piensan es en la finalidad de una meta económica, y trabajan para eso todo el tiempo; por consiguiente, la acción de ustedes es todo el tiempo una imitación, un amoldamiento. En consecuencia, desde mi punto de vista, no están actuando. O sea, que en sus negocios no son seres humanos completos.

Luego, socialmente, tratamos de encajar en un patrón y, por lo tanto, nuestra acción no es sino un ajuste; o tenemos ciertas ideas de diferencias de clase y actuamos conforme a esas diferencias. Es decir, que socialmente nos convertimos, mediante nuestras acciones, en perfectas máquinas, piezas que encajarán sin el más mínimo conflicto en el mecanismo social. Así, nuestra acción carece de armonía. Unos y otros podemos pensar de manera diferente, pero estamos tratando todo el tiempo de disimular estas diferencias y de encajar socialmente en el mecanismo. Así, otra vez nuestra acción carece de armonía y, para mí, una acción semejante no es una verdadera acción.

Por otra parte, estamos todo el tiempo atemorizados en lo religioso, en lo espiritual y en lo ético. Nuestras acciones, o sea, nuestro pensar y nuestro sentir, se originan en el temor. Todas nuestras ceremonias religiosas, nuestras ofrendas a los dioses y nuestra autoridad espiritual, todo eso es inmolación propia, la cual pensamos que producirá un equilibrio correcto: “A causa de que he sido cruel, ahora voy a ser cruel conmigo mismo”. Esperamos que eso producirá un justo equilibrio en nuestro pensamiento. O, teniendo una idea de lo que es Dios, de lo que es la verdad, actuamos conforme a esa idea. Entonces, si observamos nuestra acción en los negocios, nuestra acción social y nuestras acciones religiosas, veremos que no tienen nada que ver con tal idea. Esas acciones indican, en un sentido muy sutil, que queremos preservarnos a nosotros mismos como entidad.

Intelectualmente, hemos dicho que la conservación propia es muy egoísta, de manera que, aunque seguimos corriendo tras del dinero, explotando y siendo explotados, estamos todo el tiempo disimulando eso, y espiritualmente escapamos hacia la verdad.

Por lo tanto, nuestras acciones no son armoniosas, y ustedes comprenderán esa acción que es completa y, en consecuencia, infinita, sólo cuando desarrollen sus negocios, sus actividades sociales y sus ideas religiosas, como algo único y total. Entonces serán seres humanos completos. Eso significa que uno tiene que pensar y sentir de una manera por completo diferente de como está habituado a hacerlo.

Dirán inmediatamente: “¿Qué pasará si no atesoro dinero?” Ya lo verán. Ustedes atienden a la seguridad y, por lo tanto, sus acciones están siempre limitadas por el temor; no obstante, tratan de no sentirse atemorizados. Así, sus acciones son contradictorias. No son completas en el presente, porque están mirando hacia el futuro cuando atesoran y se preguntan qué va a sucederles cuando tengan sesenta años.

Además, cuando desean encajar en la sociedad, en la maquinaria social, debido a que ese sentimiento es tan fuerte, tienen miedo de oponerse a él, de ser ustedes mismos. Religiosamente, es la misma cosa. Nuestras acciones no nacen de una integridad del pensar y el sentir, porque jamás afrontamos estas cosas juntas y al mismo tiempo. Tratamos de resolver las dificultades económicas por medio de condiciones económicas, modificando el sistema económico. Decimos que modificamos cuidadosamente eso y que, de esa manera, seremos perfectos; lo mismo decimos socialmente y espiritualmente. No reunimos todo eso y actuamos de manera completa, como seres humanos. De este modo, nuestras acciones están fragmentadas, divididas y, en consecuencia, están amoldándose todo el tiempo y somos inconscientes de ello.

Por lo tanto, para comprender esa totalidad, esa plenitud de vida, no traten de hacer perfecto el sistema económico independientemente de su vida social y religiosa; y no hagan perfecta su vida espiritual aparte de su vida social y económica.

Esto es realmente muy sencillo. Pueden verlo por sí mismos cuando están actuando. Tienen un patrón espiritual, un patrón social, un patrón en los negocios, y actúan conforme a estos patrones y a eso lo llaman acción.

Una acción así es, a mi entender, puramente imitativa. No es acción en absoluto, es mera copia. En ella no existe un pensar, un verdadero pensar individual, un cuestionar.

Dije ayer que ustedes tratan de abordar la totalidad por medio de la parte. Dicen: “Haré perfecta la condición económica, o la condición social, o la condición espiritual, y así alcanzará lo total”. No pueden. Lo total deben abordarlo completamente y sus acciones tienen que ser completas.

Eso significa que pensar es actuar - no pueden separarlos -, sentir es actuar. No es posible dividirlos y decir: “Sentiré una cosa y haré otra”, o “pensaré una cosa y sentiré otra”. En una acción así hay siempre una finalidad y, en consecuencia, hay miedo a la muerte, a las oportunidades no realizadas; por lo tanto, hay un permanente mirar hacia el futuro.

Pero cuando uno actúa completamente, esa acción es infinita, y ustedes no comprenderán qué es esa acción hasta que sus vidas en los negocios, en lo social y en lo religioso estén completamente armonizadas. Tal vez no teman a lo que pueda haber en el más allá, o a la autoridad espiritual (puede que hayan abandonado todas sus religiones y sus ceremonias), pero tienen miedo de lo que pueda pasar cuando envejezcan; por lo tanto, dicen: “Tengo que guardar para el futuro”. O temen inconscientemente a lo que otro pueda decir.

Vean, cuando abordan el temor como algo total, éste desaparece. No lo dividan en temor espiritual, social y económico. Es temor. Así, cuando aborden el temor y traten de comprenderlo, sus acciones no serán separativas.

Pregunta: En el acto mismo de pensar y tratar de resolver lo que usted ha dicho, hacemos un esfuerzo para librarnos de los impedimentos. ¿No estamos creando, entonces, otra barrera al pensar sólo sobre eso? Si no, ¿en qué sentido usamos la palabra “esfuerzo”?

Krishnamurti: Cuando hablamos acerca del pensar, ¿qué es lo que queremos decir? Nuestro pensar no es sino una reacción, como recién he tratado de demostrar. Usted piensa desde un trasfondo que ha establecido, y así está meramente reaccionando. Yo no llamo pensar a eso. El interlocutor quiere saber si, al pensar en lo que he dicho y tratar de resolverlo, no está haciendo un esfuerzo para librarse de los impedimentos. Vea, uso la palabra esfuerzo para implicar un intento de llegar a algo, de ejercitarse y fatigarse para alcanzar un objetivo, procurando conquistar, obtener, cambiar, moldear, imitar; eso es lo que entiendo por esfuerzo: el aspirar a algo luchando por ello, tratando de conseguirlo,

Ahora bien, toda nuestra mente se compone de eso, toda nuestra actitud hacia la vida es ésa. ¿No es así? Anhelamos la verdad, anhelamos librarnos de los obstáculos, anhelamos la conservación propia, debemos tener dinero atesorado para el futuro, estamos atemorizados y, por lo tanto, tenemos que librarnos del temor. Así, nuestro pensar es en términos de logro, de realización. Nos devanamos los sesos para llegar a una conclusión, a un objetivo, como en un problema de palabras cruzadas. Queremos alcanzar un objetivo y, por eso, hacemos un esfuerzo.

¿Acaso no buscamos sigilosamente el poder, llamando a eso conservación propia, o llamándolo un ideal, o la verdad? Queremos estar bien afirmados; deseamos saber que existiremos; así que nos ocupamos de nosotros mismos, atesoramos nuestro dinero para que cuando lleguemos a la vejez podamos estar a salvo, seguros. Toda nuestra acción se basa, pues, en eso y, naturalmente, tenemos miedo de que la seguridad sea destruida. Por lo tanto, hacemos un constante esfuerzo para mantener esa seguridad, económica, social y espiritualmente. No hablo del esfuerzo que tenemos que hacer para librarnos de un dolor físico, o, si estamos sordos, para tratar de encontrar una manera de curarnos. No hablo de algo así. Si usted comprende esta cosa fundamental, comprenderá dónde el esfuerzo ha de ser utilizado para cosas corrientes.

Donde hay un deseo de logro, tiene que haber esfuerzo. Donde hay comprensión no hay esfuerzo. La comprensión nace de un acto completo. Cuanto usted quiere comprender una cosa o cuando hay un problema que tiene que resolver, sobre el cual tiene que decidir, no trata de superarlo, de evadirlo. Cuando es realmente vital, lo aborda con todo su ser, ¿no es así? Cuando algo es urgente, uno tiene que decidirlo con todo su ser. En eso no hace un esfuerzo, porque no trata de llegar al fin de ese problema; trata de descubrir. Tome una flor. Crece naturalmente. No diga: “¿Acaso el propio crecimiento no es un esfuerzo?” No aplico esa palabra esfuerzo al crecimiento natural. Debido a que uno no es normal, a que no es natural, piensa que, haciendo un esfuerzo tremendo, alcanzará la normalidad; pensamos que llegaremos a la normalidad pasando por este esfuerzo, por el análisis, por la continua vigilancia. Yo digo que no es así. Digo que, si usted está atento a lo que crea la anormalidad - podrá averiguarlo cuando la anormalidad llegue a ser una crisis en su vida -, y no está tratando de escapar de ella o de resolverla, entonces descubrirá, sin esfuerzo alguno, cómo ser natural. Cuando tiene que decidir algo esencial, uno siembra la semilla tanto en su mente como en su corazón, dejando que crezca de manera apropiada, y entonces se despliega naturalmente. Uno hace eso todo el tiempo cuando se interesa en algo de manera vital; deja que sus emociones y sus pensamientos maduren juntos al calor de la acción, en el movimiento de la acción.

¿Pero qué, ocurre actualmente? Tratamos de decidir una cosa con el intelecto o con la emoción, no con ambos simultáneamente. Deseamos emocionalmente una joya, ésta nos provoca una sensación de valor. Intelectualmente decimos: “¡Qué absurdo!” En consecuencia, hay conflicto y surge el esfuerzo para superarlo. Pero si usted reúne el intelecto y la emoción, si los deja madurar juntos y experimenta, si descubre sin identificarse con uno ni con otro, entonces verá. Nuestra acción es ahora un continuo aguzar la mente y el corazón, como cuando uno toma un palo y lo afila con un cuchillo. ¿Qué sucede? Cuanto más y más lo afila, tanto menos palo hay. Al final ya no hay más palo, no hay ni un pedazo de madera. Eso es lo que ustedes hacen al aguzar sus mentes y sus corazones. Gradualmente, a medida que van creciendo, menos y menos mente y corazón tienen, y eso es lo que llaman esfuerzo: aguzar la mente y las emociones escapando, buscando una solución, sin comprender la plenitud de la mente, la profundidad de la emoción, sólo tratando de alcanzar el pináculo de la agudeza, que nada significa.

Una mente que no es aguda sino sutil y, por lo tanto, profunda, delicada, una mente y un corazón semejante conocerán ese movimiento veloz de la acción. Ustedes piensan que por medio de la fricción, fricción del conocimiento, fricción de la experiencia, pueden hacer que la mente sea más aguda a fin de descubrir la verdad. Para descubrir, para comprender, tiene que haber profundidad de la mente, no agudeza, que no es sino habilidad, superficialidad. Por lo tanto, todo nuestro esfuerzo es igual que aguzar ese palo con un cuchillo, porque pensamos en términos de logro. En consecuencia, cuanto más esfuerzo hacemos, más nos estamos destruyendo. Una mente y un corazón armoniosos y, por consiguiente, intensos, profundos, comprenderán la totalidad de la vida. Esta totalidad de la vida no es una recompensa por la acción armoniosa. Está ahí, en la acción misma. Pero uno no puede llegar a la acción armoniosa mediante el esfuerzo, diciendo: “Me libraré de los obstáculos”.

Me he estado ocupando de esto ayer y anteayer y la semana anterior. Pienso que, o bien ustedes no escuchan, o se encuentran aquí por diversión. He estado tratando de exponerlo de diferentes maneras. Por favor, no me siento decepcionado; no importa, proseguiré con ello. Ustedes se irán a distintas partes del mundo, y yo viajaré a alguna otra parte, pero me temo que emergerán de esto con una confusión mayor, porque no reflexionan al respecto. Tienen estratos de pensamiento en sus mentes y ponen lo que digo en uno de esos estratos. Yo sostengo que esos estratos deben desaparecer. Pero ustedes no son conscientes de los estratos. Tomen conciencia de ellos en el movimiento de la acción.

No digo nada que sea muy complicado. Cuando la acción de ustedes es imitativa, no es acción en absoluto. Lo que piensan no es sino una reacción. En eso no hay espontaneidad, porque ese pensar se origina en valores falsos que jamás han cuestionado. Jamás han cuestionado su trasfondo, jamás han roto con él ni han dudado de él. Lo que quieren es amoldarse, y aquello de que hablo no tiene nada que ver con el amoldamiento, con la acción imitativa. Ustedes buscan un método. El método implica un objetivo, el objetivo de realizarse espiritualmente. Así que con todo esto obstruyendo la mente, tratan de comprender lo que digo. Naturalmente, ambas cosas no pueden encajar.

No trate de comprenderme a mí, sino trate de comprenderse a sí mismo, no aquello de que hablo. Ahora está haciendo un esfuerzo para comprender aquello de que hablo. No lo haga. Tome conciencia de su propio pensar y sentir - eso es todo -, no de aquello que digo. Entonces, cuando esté consciente de su acción, descubrirá que lo que digo es verdadero. Entonces no necesitará hacer un esfuerzo. Ahora, a una mente pesada, embotada, agotada, triste, sin valor, trata de imponerle y agregarle encima todo lo que yo digo, e intenta ver a través de esa acumulación de desperdicios. Por favor, no hablo desde un sentimiento de dureza, sino porque la vida es demasiado corta. No podemos seguir así año tras año. O desea usted vivir armoniosamente o no lo desea. Si no lo desea, no venga aquí a echar a perder su diversión y la de otros. ¿No ve que tiene que pensar de una manera nueva, diferente, no de la vieja manera habitual, la cual no es sino reacción, no un verdadero pensar?

Puesto que ha acumulado tantos valores falsos y actúa desde ellos, cuestione esos valores, no les agregue más. Cuestione lo que ha acumulado. Y eso sólo puede cuestionarlo en el movimiento de la acción, no intelectualmente. Por cierto, es algo muy sencillo, no requiere un esfuerzo. Usted se esfuerza cuando no está interesado, cuando trata de ser lo que se llama una persona espiritual. Pero si está interesado, o sea, cuando sufre realmente o cuando hay un problema tremendo que tiene que decidir, entonces, en ese movimiento, descubrirá cuáles son las trabas que lo sujetan. ¿Acaso no ven ustedes que sus propias vidas son tan desdichadas? ¿De qué les sirve ocuparse de mi éxtasis? ¡Sus propias vidas son tan pobres, tan superficiales! Por eso les digo que tomen conciencia de su superficialidad, que la comprendan, que comiencen de nuevo. Entonces descubrirán. Al saber que son superficiales, descubrirán riquezas. Al saber que son incapaces de pensar libremente, de sentir naturalmente, sabiendo eso, sintiéndolo de verdad, actuarán de manera diferente. Ahora tratan de ser ambas cosas, lo cual es una componenda.

Cuando hay amoldamiento, autoridad, esfuerzo, no puede haber un vivir rico. Ahora no tomen eso agregándolo a su cesto para papeles, sino cuestionen las cosas que ya han acumulado, que les llenan de tal modo la mente y el corazón. Y para cuestionarlas, no escudriñen en ellas, no analicen el pasado, sino comiencen a actuar armoniosamente con la totalidad del ser; entonces todos los impedimentos que han acumulado entrarán en actividad, y en esa actividad habrán de disolverse; no lo harán de ningún otro modo. Uno no puede aprender de una cosa muerta, sólo puede aprender de una cosa viva. Todo lo que han acumulado son cosas muertas. Vean, podría llorar por esto. Puedo hablar al respecto, y ustedes sacuden la cabeza pero no ven la necesidad de pensar de un modo totalmente nuevo. Sin embargo, el dolor los espera a la vuelta de cada esquina; con cada experiencia, aunque obtengan alegría de ella, hay dolor, porque no saben cómo afrontarla. Y seguimos así hasta que morimos. Entonces anhelamos una nueva vida para empezarlo todo otra vez, y a eso lo llamamos esperanza.

Pregunta: ¿Puede aclarar más la diferencia entre la solución de un problema - la cual, según usted, no nos conducirá hacia la verdad - y la comprensión de una experiencia en el movimiento de la acción, la cual dice usted que nos conducirá a la verdad?

Krishnamurti: En primer lugar, ninguna acción lo conducirá a la verdad. La verdad es la acción misma. Vea, a causa de que ustedes buscan obtener algo de la acción, la acción carece de significado. Dicen: “Yo soy virtuoso, llegaré al cielo”; por lo tanto, lo importante es el cielo. O desean un título y, por eso, se comportan correctamente de acuerdo con los mandatos de la sociedad. Ninguna acción va a conducirlo jamás a la verdad. Si tiene ese objetivo en vista, no es verdadera ni es una acción. Por cierto, esto está claro. Si usted me ama porque piensa que voy a darle la verdad, ¿de qué vale su amor? Y me temo que eso es lo que ocurre. Usted desea algo y, en consecuencia, actúa. Su deseo no es real ni su acción tiene verdadero valor. Ninguna acción, de ninguna clase ‑ amor, servicio, obra, acumulación de virtudes ‑ le traerá ese éxtasis de eternidad.

Pregunta: ¿Cuál es la diferencia entre la solución de un problema y la comprensión de una experiencia en el movimiento de la acción?

Krishnamurti: ¿Qué hace usted cuando trata de resolver un problema? Está buscando un resultado, trata de superar ese problema, de vencer esa dificultad. Cuando dice: “Tengo un problema, por favor, dígame la manera de salir de él”, usted no se interesa en la causa del problema, quiere saber cuál es la salida. Lo mismo ocurre con el problema económico. Decimos: “¿Cuál es la salida de todo esto?”, no “¿qué es lo que causa el problema?” Por lo tanto, cuando trato de resolver ese problema, cada vez que uso la palabra resolver ésta significa que trato de escapar, de reemplazarlo por alguna otra cosa, por alguna otra acción, otro pensamiento o sentimiento, de modo que inmediatamente creo otro problema.

Tomemos el problema del sexo, o el problema de las ceremonias. (Ahora todos se enderezarán en sus asientos, hay una tensión. ¡Qué mundo tan extraño!) ¿Por qué son un problema para ustedes y por qué tratan de superarlo, diciendo: “El sexo es un problema tremendo”, o “La ceremonia es un problema. ¿Qué debo hacer? Dígame el modo. ¿Puedo realizar prácticas ocultas como para transmutar mis sentimientos en alguna otra cosa?”

El problema existe porque ustedes carecen de potencial interno, no son ricos en sí mismos y, por eso, lo menos se convierte en lo más. Así, al tratar de resolver su problema de sexo o cualquier otro problema, no se enriquecen internamente, no hay tal riqueza. Mientras que, cuando hay plenitud en la acción, en ustedes mismos, todos estos problemas desaparecen. Al procurar resolver un problema del modo como lo hacen, no llegan a la riqueza de la vida, porque sólo tratan con la parte e intentan resolver la parte, no procuran comprender lo total.

Si una experiencia es comprendida, conocerá usted la riqueza, esa rica plenitud de la vida. Cuando tiene una experiencia, si la afronta no como lo hace ahora, en parte mentalmente y en parte emocionalmente, sino de manera completa con la mente y el corazón, entonces surgen a la existencia todos los obstáculos del pasado. En un solo movimiento de la vida, cualquiera sea ese movimiento, conoce usted toda la causa de su vacuidad. Eso significa que tiene que estar despierto, no ser perezoso, no hallarse agotado. No tener la mente y el corazón debilitados por el temor. Si están mutilados por el temor, por la imitación, la irreflexión, los valores falsos, usted sólo puede encontrar en el movimiento de la experiencia lo que hay en el presente. ¿Alcanza a verlo? Bien, ¡de eso se trata!

Hay una diferencia, una diferencia inmensa entre ambas cosas. Usted no puede juntarlas. Una de ellas revela al creador de las ilusiones. Una experiencia revela al creador de las ilusiones, y al volverse uno consciente de la ilusión, ésta se disuelve; o sea, cuando en su propia comprensión, el creador de las ilusiones se torna consciente de sí mismo, la ilusión se disuelve. Del modo como ustedes tratan de resolver problema tras problema, económico, social, religioso, sexual y demás, uno por uno, es decir, procurando resolver una parte y esperando comprender lo total, jamás lo lograrán, porque no harán sino crear más ilusiones, porque no se enfrentan al creador de las ilusiones, el cual es el propio deseo de ustedes. El eterno anhelo es la causa.

Descubrirán la causa, que es el anhelo, cuando afronten una experiencia apropiadamente, o sea, totalmente, sin división alguna. En ese movimiento indiviso de la acción se les revelarán todos los valores falsos que han acumulado durante generaciones y, en el momento de plena percepción alerta, descubrirán que, como bajo un soplo de aire fresco que destruye el aire viciado en un instante, todos los valores falsos han desaparecido. No pueden experimentarlo porque la experimentación implica acción y ustedes temen a la acción. Temen salirse de las viejas rutinas, en los negocios, en lo espiritual, en lo social. Quieren seguir del mismo modo y repiten lo que dicen otras personas. Así, naturalmente, se confunden más y más. Pero si cuestionan la rutina por la que se mueven y descubren ese valor pleno, si lo afrontan todo de manera completa, entonces lo que digo no les resultará confuso, será tan simple que se asombrarán de no haberlo visto antes por sí mismos.

Por lo tanto, amigos, la verdad no es una cosa que pueda ser encontrada, obtenida o realizada. Puedo haber utilizado esas palabras en el pasado - y las he utilizado -, pero no implicaban que la verdad fuera un objetivo que debía lograrse, tal como ustedes las interpretaron. No estaba en mi mente o en mi corazón darles el significado de que es una meta a ser alcanzada. Además, mi deseo es que ustedes desechen todo el pasado y empiecen de nuevo. Esa plenitud de la vida tampoco puede ser descubierta por medio de una acción, sino que ese perfume, esa riqueza, ese éxtasis, sólo puede ser descubierto en la plenitud de la acción; no por medio de la acción, sino en la acción misma, cualquiera que sea esa acción - sus ganancias monetarias, sus ceremonias, sus problemas sexuales. Es en la acción misma donde radica toda la gloria de la vida. No a través de la acción. La gloria se encuentra intrínsecamente en la acción misma, cuando ustedes la encaran, con plena percepción alerta, en el movimiento de la experiencia.

El Arte de Escuchar

Pláticas en el Campamento de Ommen, Holanda

Décima plática, 11 de agosto de 1933

Jiddu Krishnamurti. El Arte de Escuchar. Obras Completas Tomo 1. 1933 - 1934. The Collected Works of J.Krishnamurti Volume 1. 1933 - 1934. The Art of Listening. Jiddu Krishnamurti en español.

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