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El Arte de Escuchar

Pláticas en el Campamento de Ommen, Holanda

Duodécima plática, 13 de agosto de 1933

Esta mañana voy a tratar, como un experimento, de repetir en ideas lo que he dicho; no en ideas consecutivas, sino explicando completamente cada idea. Ustedes saben, estamos acostumbrados a un razonar consecutivo y a ideas consecutivas, reunidas una tras otra a manera de plática, hasta llegar a una culminación. No voy a hacer eso esta mañana. Voy a tomar, idea por idea, aquello de que he estado hablando, y a abordarlas completamente. No esperan, pues, una secuencia. No digan que esto surge de esto y que aquello proviene de aquello. No sé si voy a lograrlo, pero lo intentaré.

Ustedes saben que sólo una cosa en plena tensión puede dar una nota correcta, tal como una cuerda de violín realmente afinada a su tono justo dará la nota exacta. Del mismo modo, una mente y un corazón que de verdad se encuentran a la tensión apropiada, pueden responder plenamente a cualquier experiencia. Para comprender el significado pleno de una experiencia, tenemos que prestarle toda nuestra atención indivisa. Ha de haber una aguda sensibilidad. Todo nuestro ser debe estar ahí cuando esa experiencia tiene lugar.

Así, ello adviene cuando hay verdadera tensión, una decisión. Ahora bien, algunos de ustedes me han oído hablar una y otra vez, porque no ha existido en absoluto esta tensión. No se han decidido. No con la decisión que surge del optar, sino del comprender. Por ejemplo, he hablado acerca de la seguridad. Hasta que estén dispuestos a abandonar esa seguridad, no hay decisión posible. Cuando escuchan y realmente comprenden lo falso de la seguridad, de esa tensión surge la nota correspondiente, que es la decisión, el “he comprendido”; debido a eso, actúan. O sea, hay una genuina decisión sin esfuerzo, la cual no puede tener lugar si anhelan seguridad y, al mismo tiempo, están intelectualmente de acuerdo conmigo. Así jamás pueden tener una decisión clara, natural, espontánea, porque no hay una tensión plena y simultánea de la mente y el corazón.

Ahora tenemos miedo de perder, de perder nuestra vida, nuestras posesiones, nuestras cualidades, nuestras virtudes, porque decimos que hemos acumulado, que hemos sufrido, que la historia nos ha dado, por tantas generaciones, una cultura. He acumulado, mi padre me ha dejado eso, ¿cómo puedo desprenderme de ello, cómo puedo abandonarlo, regalarlo?

Así, hasta que lo pierdan todo, hasta que pierdan la cosa misma por la que han luchado durante siglos, dependerán del tiempo, porque sus mentes están constantemente ocupadas con la ganancia y, por esto, hay sufrimiento. Ustedes dicen: “No perderé nada, sino que acumularé, acumularé experiencias”. Y se dirán a sí mismos: “La inteligencia adviene mediante la acumulación de experiencias”. Para mí, ni el tiempo ni las experiencias pueden darnos inteligencia. Podremos tener docenas de experiencias, pero de ellas no brotará la flor de la comprensión. Uno puede saber eso observando a la gente. Y lo mismo pasa con ustedes, porque tienen la mirada puesta en la acumulación, no en el desposeimiento completo, en la pérdida de todo, de la propia vida. Cuando están dispuestos a hacer eso, entonces hay una verdadera decisión.

Hemos acumulado tanto (veo que esto se está volviendo una plática corriente de ideas consecutivas. Lo siento, ¡pero no importa!), hemos hecho tan grandes esfuerzos para acumular, que éstos se han convertido en nuestros impedimentos. Ante todo, está la idea de la opción. Eso es lo que hemos aprendido, decimos: “Por medio de la opción puedo aprender; por lo tanto, tengo que optar”. Así, comenzamos a diferenciar nuestra acción, optamos entre lo esencial y lo no esencial. Ustedes eligen esto como opuesto a aquello y, en consecuencia, la cosa misma que han escogido confiere vitalidad a aquello que han dejado. Reflexionen sobre ello. Ustedes dicen: “Esto es el mal, me moveré hacia el bien”. Han escogido el bien, y así han dado vitalidad al mal del que han escapado. Pero si comprendieran la cosa misma de la que están huyendo, estarían libres de ambas; son como el hombre que, persiguiendo el valor, da vitalidad al miedo.

Para expresarle de una manera diferente: donde hay opción y de ésta emana una decisión, tal decisión tiene que crear otro opuesto. Y esto existirá mientras nuestra mente se ocupe de la acumulación, ya sea de cosas o de virtudes. No digan: “Estoy contra las virtudes”, que es lo opuesto. Yo digo: Un hombre que persigue la virtud no es virtuoso, porque no sabe qué es la virtud. Ahora decimos de alguien que es un hombre de carácter, como opuesto al que no tiene carácter; un hombre es bueno como opuesto al malo. Así estamos presos en los opuestos, canjeando opuestos y dando vitalidad a lo que dejamos. Pero si un hombre estuviera, gracias a la comprensión, libre de aquello que lo atrapa, sea lo que fuere, estaría libre de todos los opuestos. Un hombre así no es bueno ni malo. Es algo más exquisito, algo mucho más vital y dinámico, libre como el viento.

Por lo tanto, donde la acción ha nacido de la opción, tiene que haber un impedimento y la vida no puede fluir naturalmente, espontáneamente. Lo cual no quiere decir que uno deba hacer lo contrario. Lamento estar recalcando permanentemente esto, pero es lo que han entendido las personas que necesitan depender del tiempo. La misma cosa es en relación con el conocimiento.

Luego está el otro impedimento de la consecuencia con un principio o una idea. Nuestras mentes están adiestradas para la consecuencia. Voy a explicar lo que quiero decir, lo cual, y otra vez les pido que lo recuerden, no significa que no deban ser consecuentes. La consecuencia es memoria. O sea, que cuando hemos comprendido parcialmente una cosa, eso nos ha dejado un principio o una idea respecto de la cual somos consecuentes. Por ejemplo, tenemos una idea de lo que es la conducta correcta, hemos aprendido eso, y a lo largo de toda nuestra vida somos consecuentes con esa idea particular. Nuestra memoria nos lleva hacia atrás, hacia un principio que hemos establecido y respecto del cual nos comportamos consecuentemente. Para mí, eso es un impedimento porque involucro al tiempo, mientras que si, cada vez que nos enfrentamos a esa experiencia o a ese incidente o a esa persona, lo hacemos de una manera completa, no seremos más consecuentes, consecuentes con un principio. En esta consecuencia tiene su origen la autodisciplina que deforma el “ahora”, el presente. Ése es todo el proceso de lo que llamamos autodisciplina. Queremos retorcer el “ahora”, el presente, dentro de cierta fórmula que hemos aprendido mediante la experiencia, y a ese proceso de retorcimiento lo llamamos autodisciplina. A partir de un suceso, de una experiencia, establecemos una idea, la cual se ha convertido en un recuerdo con el que tratamos de ser consecuentes, y cada vez que afrontamos el presente, lo retorcemos conforme a esa consecuencia con el recuerdo. Esto es lo que ustedes llaman disciplina, seguir un sistema, encontrar un método. Tienen una imagen mental, una idea o un método inventado por otro, a causa de que desean obtener provecho, encontrar una recompensa por su acción nacida del temor. Son consecuentes con ese recuerdo, no para comprender. En la comprensión jamás hay consecuencia; hay flexibilidad, lo cual no implica lo opuesto.

Luego está el impedimento de la seguridad. Por favor, sigan lo que digo. Estoy aproximándome gradualmente a algo, esto no es una conferencia. Quiero mostrarles la percepción alerta sin esfuerzo. Nosotros buscamos la seguridad porque en las cosas, en el dinero, en la posesión, en tierras, en casas, en virtudes, en esta idea de estar a salvo, en resumen, en la seguridad, esperamos obtener la felicidad; queremos derivar fuerza de esa seguridad porque nos sentimos inseguros en nosotros mismos. Estamos vacíos, por eso decimos: “Si tengo dinero”, o “si tengo tierras”, o “si tengo poder, hay un respaldo, así que debo acumular”. Se ocupan meramente de adquirir poder, virtud, posesiones, bienestar, a fin de que eso les provea de vitalidad para luchar con la vida. Siendo conscientes de la propia insignificancia, de la propia vacía superficialidad, acumulan estas cosas en torno de ustedes con la esperanza de sofocar, de secar esa poco profunda corriente de la soledad. Para mí, esto es falso.

Cuanto más y más se ocupan ustedes de la seguridad, tanto mayor se vuelve ese vacío. Cuanto más acumulan riqueza, poder, posesiones, tierras, virtudes, tanto más superficiales son sus pensamientos y sus emociones. Así que todos estos obstáculos, el amoldamiento, la autoridad ‑ que está incluida en la seguridad ‑ dan vitalidad a esa conciencia que ustedes llaman la conciencia del “yo”. Estos diversos manojos de obstáculos son los que crean al “yo” y, habiendo creado ese “yo”, pensamos que expandirlo más y más implica progreso. Entonces vienen ustedes a escucharme y oyen algo que se opone totalmente a eso, por lo que dicen: “Me he esforzado en acumular”, que es lo que han hecho. Han buscado y escogido virtudes, patrones de conducta, métodos; han buscado y desarrollado esmeradamente la opción, la cual no es más que astucia, han procurado reunir posesiones, ya sean mundanas o supermundanas, tales como las virtudes. Así que han hecho esfuerzos tremendos para acumular, y cuando yo digo que estas cosas son obstáculos, ustedes empiezan a usar el mismo esfuerzo para librarse de ellos. ¿Qué es, entonces, lo que han hecho? Están meramente vitalizando esas cosas de las que creen que deben librarse: la seguridad, el amoldamiento, la consecuencia y demás. Por favor, entiendan esto. Tratando de librarse de eso, han dado vitalidad a la cosa misma de la que intentan librarse. Es decir, están actuando a base de la opción. Dicen: “He acumulado por medio del esfuerzo; por medio del esfuerzo tengo que librarme de ello”. Como el hombre que, evitando el mal y tratando de ser bueno, sólo incrementa el mal. Por lo tanto, el hombre que dice: “Éstos son obstáculos, así que lucharé con ellos, me libraré de ellos”, lo único que hace es aumentar los mismos obstáculos, sólo que les da nombres diferentes que suenan mejor, pero en realidad son la misma cosa que aquello de lo que está tratando de escapar.

Ahora bien, hay una decisión que está exenta de opciones. Durante siglos, hemos hecho un esfuerzo tremendo. Yo siento que para mí no hay en esto esfuerzo alguno, y quiero ayudarles a que descubran por sí mismos cómo vivir sin esfuerzo. Para comprender eso, tienen que haber seguido todo lo que he dicho. Ustedes han acumulado durante siglos, almacenando en los graneros de la mente y del corazón toda clase de cosas que para mí son desperdicios. Ahora no se vayan a lo opuesto, no digan: “Son desperdicios, voy a librarme de ellos”. Es lo que están haciendo. Se esfuerzan por librarse de esos desperdicios y, en consecuencia, la acción de ustedes queda instantáneamente atrapada en la opción y el esfuerzo. Por lo tanto, no es una decisión exenta de opciones. Cuando yo hablo acerca de la seguridad, si realmente aceptan con la mente y el corazón lo que digo, no hay opción al respecto; la decisión está tomada. Pero la opción, que es conflicto, existe cuando aceptan con el intelecto pero no con sus emociones, o sea, cuando la mente y el corazón ya no se hallan, por decirlo así, a la tensión correcta.

La mayoría de ustedes, casi todos, se encuentran en esa situación. Concuerdan en que no puede haber seguridad con todas sus implicaciones. Están conmigo intelectualmente, pero emocionalmente se oponen por completo. No digan: “No sé cómo podré vivir sin dinero”. Lo descubrirán. Ésa es la cuestión: si ustedes se hallan a la tensión adecuada, ésta tiene que haberles dado la respuesta correcta acerca de la idea de seguridad o de lo falso de la seguridad y de su propósito.

Por lo tanto, cuando están decididos y en esa decisión hay una intensa percepción alerta, una vez que deciden totalmente la falsedad del amoldamiento, sus acciones se vuelven plenamente activas revelándoles si se están amoldando a un patrón. ¿Entienden lo que quiero decir? Una vez que han decidido con todo el ser la inutilidad de ser consecuentes - porque lo comprenden, no porque lo han oído de mí, sino porque ustedes mismos comprenden qué significa eso -, cuando lo han decidido, su siguiente acción mostrará si se están amoldando; y en esa llama de la percepción alerta no hay esfuerzo alguno.

De modo que la acción puede estar libre de sus limitaciones sólo gracias a la individualidad. Ahora consideramos que la acción se libera, o sea, que la mente y el corazón se liberan por medio de algo, por medio de una virtud, por medio de la seguridad, del conocimiento, de una idea. La acción, para ser completa, sólo puede existir cuando uno, como individuo, es capaz de descubrir los verdaderos valores. No sé si captan todas las implicaciones. Tenemos valores falsos y actuamos a partir de ellos; actuamos desde los falsos valores que hemos acumulado y esperamos, por medio de esa acción, liberar a la mente de esos valores falsos. Yo digo que puede haber libertad de la mente y del corazón, o sea, de la acción, sólo cuando uno actúa como un verdadero individuo, cuando se yergue completamente solo a base de valores genuinos. Eso significa que uno tiene que cuestionar todos los patrones que tiene, no hacer lo opuesto. Hasta que uno no es un verdadero individuo, lo cual implica haber descubierto los valores genuinos que son eternos, sólo puede hacer eso - que no es una idea, ni autodisciplina ni opción ni tiempo. Uno puede descubrir los valores auténticos sólo cuando existe una decisión absoluta, cuando lo afrontamos todo de manera total. Entonces hay en nosotros una decisión correspondiente, la cual no es un esfuerzo.

Vean, yo mismo he hecho esto, por eso hablo al respecto. He oído a personas hablar, de maneras diferentes, de la seguridad. Las he oído hablar de la virtud. Dicen: “Ya que ustedes han sufrido, ya que están atormentados, ya que hay tanto sufrimiento en el mundo, escojan lo esencial y ello los liberará”. He experimentado por mí mismo. He conocido, como cualquier otra persona, lo que es el sufrimiento. Hay muchísimo sufrimiento y, a causa de que lo siento y lo conozco, he descubierto, me he liberado sin esfuerzo de ese sufrimiento. Y quiero decirles cómo hacerlo, sin que eso sea un método. Ya que me he liberado de ese sufrimiento por el que todos pasan, sé que hay una manera de actuar sin esfuerzo. Esto es lo que quiero decir. Nosotros hacemos un esfuerzo para ganar y, después de haber ganado, hacemos un esfuerzo para no perder. Así, estamos atrapados en esta rueda del esfuerzo, la lucha, el conflicto, la angustia, el sufrimiento. Dense cuenta de que el esfuerzo de cualquier clase sólo es destructivo, como afilar un lápiz para sacarle punta; cuanto más lo afilan, tanto menos lápiz tienen para escribir. Eso es lo que hemos hecho por generaciones con la mente y el corazón, aguzándolos hasta encontrar que nada tenemos. Decimos que, después de no tener nada, debemos acumular, así que comenzamos nuevamente. El esfuerzo vuelve a demostrar que hay anhelo, porque deseamos acumular, poseer. Ustedes me escuchan hablar de esto y dicen: “Debo librarme del esfuerzo, debo librarme de la posesión”, y para eso hacen un esfuerzo. Por consiguiente, todo el proceso es erróneo. Tienen que pensar de una manera nueva y actuar intuitivamente, espontáneamente, de manera completa y armoniosa, con la totalidad del ser, con la mente y el corazón.

Hay una existencia libre de esfuerzo, tal como vive la flor. Hay algo eterno que no puede ser encontrado ni revelado por el esfuerzo. Pero no digan: “No debo hacer un esfuerzo”, lo cual viene a ser lo opuesto. Comprendan la causa del esfuerzo y todos los opuestos desaparecerán.

Algunos de ustedes han escuchado y algunos han entendido. Algunos han escuchado con atención y, por lo tanto, han decidido; en consecuencia, sus acciones revelarán por sí mismas si hay impedimentos o si fluyen espontáneamente. Sus propias acciones revelarán la profundidad de comprensión que ustedes han alcanzado, comprensión no nacida del esfuerzo, de la opción y demás. Y ello ocurre porque hay una tremenda tensión de alerta y, a causa de esa tensión, hay una respuesta correspondiente en el actuar. Ésa es la verdadera percepción alerta. Después de la decisión está la acción, plena de significado, de inteligencia, en la cual se revelan todos nuestros obstáculos. Ustedes saben, cuando vemos delante de nosotros un obstáculo, por ejemplo, alambre de púas, no luchamos contra él, lo rodeamos. Cuando vemos un obstáculo físico corriente, pasamos por el lado porque entendemos que es un obstáculo. Ahora bien, ustedes no entienden que es un obstáculo este anhelo, este deseo de poseer poder; no es algo obvio, no lo comprenden. Por lo tanto, anhelan, y de aquí toda la gama del sufrimiento. Yo digo que hay una manera de salir de esto; puesto que he pasado por todo ello, les digo cómo hacerlo. O sea: afróntenlo todo plenamente, afronten a las personas, todas las experiencias, de una manera nueva. En ese movimiento de la acción despertarán a todos los obstáculos del pasado, con lo cual estarán libres de ellos, y entonces sabrán qué es la inmortalidad. Entonces existe ese devenir eterno, que es la vida misma.

Pregunta: ¿Es usted inmortal? ¿En qué sentido? ¿Como un ítem en la memoria de la humanidad, o en sí mismo, como ser perfecto, inmortal? Usted habla de la inmortalidad como de una existencia intemporal; no obstante, dentro de la ilusión del tiempo, las ilusiones de la muerte y la reencarnación continúan. ¿Cuál es la actitud verdadera y vital hacia ellas, ya que uno debe habérselos con ambas, aun cuando sean esencialmente ilusiones?

Krishnamurti: Como estuve tratando de explicarlo el otro día, en tanto la mente está ocupada con la idea de la continuidad y la no continuidad, no puede comprender este devenir intemporal, el cual es, para mí, la inmortalidad. Ahora nuestras mentes están ocupadas con el tiempo, que es el ayer, hoy y mañana, y queremos saber si continuaremos como individuos. Ése es nuestro principal interés cuando hablamos de la inmortalidad. La cuestión misma, si uno continuará como individuo, proviene de este sentido de la dualidad. Cuando usted dice: “¿Continuaré?”, implica una discriminación y, por ende, una resistencia. Entonces me pregunta: “¿Hay aniquilación total?” Yo digo que no es ninguna de estas cosas y que usted jamás entenderá qué es la inmortalidad en tanto su mente esté ocupada con la dualidad: ¿Continúa el individuo o es aniquilado? ¿Desaparece totalmente?

Yo digo que surge a la existencia un elemento nuevo que usted no puede comprender si su, acción está dividida en ayer, hoy y mañana. Y como nuestra acción está, en su mayor parte, dividida de esta manera, se suscitan las preguntas: “¿Seré inmortal? ¿Es usted inmortal? ¿Es usted un incidente en la historia o, como individuo, continúa por la eternidad?” Para mí, todas estas preguntas no pueden ser contestadas, porque si las contesto usted no comprenderá. Puedo contestarlas, pero la respuesta no tendría valor alguno.

Para mí, la inmortalidad es un devenir infinito, no un crecer. Lo que crece es conciencia autolimitada; por lo tanto, carece inherentemente de perdurabilidad. Pero esa vida eterna e intemporal, ese devenir, es inmortal y, para realizar eso, no puede haber este sentido de dualidad en la acción.

Ahora veamos el problema de la reencarnación. Como he tratado de explicarlo, el “yo” es el resultado del esfuerzo, el conflicto y la opción, y ese “yo” carece de un valor intrínseco, no tiene una existencia permanente. Por lo tanto, para mí no viene al caso si vive en el tiempo, a través de la reencarnación o durante un período establecido. La cuestión no es si una ilusión puede ser transportada en el tiempo. Cuando ustedes preguntan: “¿Existe la reencarnación?”, eso es lo que quieren decir, al menos es lo que yo entiendo. Para ustedes, la reencarnación tiene un significado muy definido: que uno, como individuo, proseguirá en el curso del tiempo. Para mí, eso no es reencarnación, es la ilusión del “yo”. Y usted quiere saber si esa ilusión será transportada a través del tiempo hasta que llegue a ser perfecta creciendo, expandiéndose, acumulando. La cuestión misma de si uno puede transportar al “yo” a través del tiempo, indica una dualidad y, en consecuencia, su pensamiento, al considerar eso es, en sí, una ilusión. No digo que la reencarnación sea verdadera o no. No estamos interesados en eso.

No estoy esquivando o tratando de evitar la pregunta. Uno no puede contestar categóricamente “sí” o “no”, porque tales respuestas carecen de valor. A usted le interesa saber si el “yo” habrá de continuar. Le digo que ese “yo” mismo del que está consciente, es una ilusión. Queremos transportar esa ilusión a través del tiempo, el cual es oportunidad, experiencia, y pensamos que entendiendo eso comprenderemos todo el proceso de la injusticia en el mundo, la enfermedad, la falta de oportunidad y demás. Yo digo: No comprenderán la injusticia, la falta de oportunidad y todas las otras cosas, entendiendo una ilusión. Así pues, cuando ustedes preguntan si la reencarnación existe, están ocupando su mente con el tiempo, mientras que yo digo que, si liberan a la mente respecto del tiempo, conocerán la inmortalidad. Usted no encontrará la inmortalidad por medio del tiempo o de la reencarnación, sino que la conocerá en la percepción de la inmortalidad. Espero que vea la diferencia. Una cosa pone énfasis en el tiempo, y la otra es la comprensión absoluta de esa intemporalidad.

Ahora le relataré brevemente una historia. En tiempos antiguos, un hindú, un brahmín, estaba regalando cosas en sacrificio a los sacerdotes y a los dioses. Su hijo venía a menudo y le preguntaba a quién estaba regalando estas cosas. Poco más tarde, el hijo preguntó: “¿A quién vas a regalarme?” Y el padre, disgustado porque el muchacho lo había estado fastidiando, le dijo que iba a enviarlo a la Muerte. Ahora bien, en tiempos antiguos, un brahmín tenía que cumplir lo que había dicho, aun cuando lo dijera en medio de la ira. Así que envió a su hijo a la casa de la Muerte y, mientras lo enviaba, le pidió que visitara muchos santuarios, que viera a muchos maestros. Por último, el muchacho llega a la casa de la Muerte, pero la Muerte se halla ausente. Así que espera hasta que, finalmente, se presenta la Muerte y se disculpa por mantener esperando a un brahmín, porque era la costumbre que, cuando el anfitrión se hallaba ausente, el invitado no podía comer. Así que el hijo no comió durante los tres días que duró la ausencia del anfitrión. Entonces la Muerte se disculpa y dice que, a cambio de su descortesía, el hijo puede aceptar tres obsequios. Así que el hijo escoge, en primer lugar, regresar a la casa de su padre y que su padre no se enfurezca con él; en segundo lugar, elige cierto fuero ritual de poca importancia. Y por último dice: “He escuchado a muchos hombres sabios. Algunos dicen que hay continuación después de la muerte y algunos dicen que hay aniquilación total. ¿Qué dices tú, Muerte, que debes saberlo?” Y la Muerte contesta: “¡No me formules esa pregunta! Te daré poder, palacios, riquezas, diversiones, sensaciones, cualquier cosa que desees, ¡pero no me preguntes eso!” Pero el muchacho insiste, y entonces la Muerte dice: “Quisiera que todos los discípulos que vienen a mí fueran como tú”. Y la Muerte le enseña qué es la inmortalidad, sin contestarle nunca, ni una sola vez, si hay continuidad o aniquilación.

Ahora usted se interesa en esa cuestión, si seguirá existiendo o no después de la muerte. De aquí todo el conflicto del tiempo y toda la preocupación con el reparto de la oportunidad, de la experiencia. Usted no descubrirá la inmortalidad por medio del tiempo, el cual es experiencia, ni la descubrirá por medio de la multiplicación de experiencias. Hay inmortalidad sólo cuando, en la acción misma, comprendemos la cesación del tiempo.

Pregunta: ¿Cuál es, realmente, la causa original de nuestra simpatía, piedad, compasión por el sufrimiento y la pena y el dolor de la vida en todos sus formas? ¿Es esto normal y contribuye a que uno se libere de la ilusión del ego?

Krishnamurti: Trató de explicar esto ayer. Dije: “Donde hay compasión, no hay sufrimiento”. No me pregunte si, al ver a un perro o a un caballo herido, debe usted experimentar sufrimiento o dolor. Hay dos formas de considerarlo. Una, usted sufre porque desea eso o lo posee; dos, por tratarse de una cosa bella, de la vida misma, usted no sufre, sino que está despierto a la crueldad. Cuando ve una cosa bella estropeada, no sufre, se siente conmovido. Esa criatura creada es una cosa natural de la vida misma, y cuando es estropeada, sus simpatías naturales se despiertan instantáneamente, espontáneamente. En eso no hay conciencia egocéntrico, al menos no desde mi punto de vista. Pero cuando poseemos y en ese objeto que poseemos hay dolor, nosotros también sufrimos. O sea, si mi amigo está enfermo, o mi esposa o mi hijo, yo sufro porque en mí hay un vacío. Por consiguiente, dependemos de otro, y en eso siempre hay sufrimiento y confundimos eso con la compasión. Para mí, eso no es compasión. Nosotros tenemos una idea peculiar de la compasión. Pensamos que Dios, que es supremamente compasivo, nos salvará de nuestro sufrimiento. Nuestro sufrimiento es creado por nuestra propia ilusión, y nadie va a salvarnos de él, excepto nosotros mismos. Por lo tanto, donde hay verdadera compasión, no hay sufrimiento. La compasión es espontánea, natural; pero donde hay posesión de cualquier cosa, surge la conciencia de la vacuidad y procuramos escapar de esa vacuidad. Así, cuando esa persona a la que poseemos nos es quitada o es dañada o está sufriendo, nosotros mismos sufrimos.

Pregunta: Si el amor al poder es el anhelo fundamental en nosotros, ¿conoce usted el modo por el cual podemos librarnos completamente de él?

Krishnamurti: Enseguida voy a hablar de eso. Y está la otra pregunta que se formuló: “¿Por qué tememos a la muerte y cuál es el modo de librarnos de ese miedo a la muerte?”

Alguien muere, su hermano, su mujer, su hijo, y usted sufre. Siendo éste un acontecimiento común de la vida, ¿por qué sufrimos tan intensamente? Porque hemos estado dependiendo de esa persona para complementarnos. Cuando esa persona muere, tomamos plena conciencia de nuestra soledad, de nuestra vacuidad interna. Antes hemos tratado de ocultarla, de compensarla, de escapar de ella poseyendo a la otra persona. Al tornarnos conscientes de esa vacuidad que llamamos muerte o pérdida del otro, escapamos de ese sufrimiento. ¿Qué es, entonces, lo que hacemos? Deseamos la felicidad, deseamos huir del dolor o que regrese la persona amada. Por favor, entienda esto, porque eso es lo que hacemos. Cuando sufrimos, hay un deseo inmediato de aplicar ese sufrimiento. Donde hay deseo, no hay discernimiento, porque tan pronto deseamos satisfacer esa necesidad de huir del dolor, aceptamos cualquier regalo que nos ofrecen para disimular nuestro sufrimiento. Aceptamos el regalo del consuelo, el regalo de la reencarnación, el regalo de un más allá o de un cielo o de la unidad con la Vida única. En nuestro dolor aceptamos el regalo de otros y, de este modo, disminuimos nuestro dolor, lo ocultamos, lo alejamos; en consecuencia, lo que hemos aceptado origina ceguera. Cuando de verdad sufrimos agudamente, cuestionamos; entonces, en esa agudeza, en ese estado de alerta, ya no tratamos de subyugar al dolor, de embotarlo o esconderlo, no tratamos de escapar de él. Cuando usted ya no anhela felicidad o consuelo, entonces la agudeza de su dolor le mostrará la verdadera causa de su sufrimiento, o la verdadera causa de su miedo a la muerte.

Muere alguien y usted sufre, quiere que esa persona regrese. Debido a eso, recurre a la idea de la reencarnación, a las sesiones espiritistas. ¿Qué ha sucedido? Sólo está embotando a la mente que ha tornado conciencia de la soledad, en la cual hay dolor; escapa meramente de ese dolor. Pero si investiga cuál es la causa del sufrimiento, dará con ella cuando examine realmente y esté alerta a todos los regalos que le ofrecen y, por ende, discierna su verdadero valor. Entonces descubrirá la verdadera causa, que es la soledad. Donde hay deseo, hay soledad. El deseo crea la soledad, el deseo es la causa. Pero para usted no es la causa, se trata tan sólo de una teoría intelectual. Descubrirá la causa y, en consecuencia, estará libre de este miedo a la muerte, cuando en el instante de sufrimiento agudo se vuelva por completo consciente de todo lo que le ofrecen como consolación. Entonces sabrá si está escapando, si está buscando consuelo o bienestar, y así, ante el ofrecimiento mismo de ese regalo, conocerá su plena significación, y entonces su mente se verá obligada a enfrentarse con naturalidad a la causa.

Pregunta: En su plática del 11 de agosto, usted dijo que la plenitud del éxtasis de la vida se descubre “no por medio de la acción, sino en la acción misma, cualquiera que sea: nuestra acción de ganar dinero, nuestras ceremonias, nuestros problemas sexuales”. Como esto ha generado mucha confusión en las mentes de los que asistimos a la reunión de discusiones, ¿tendría la bondad de clarificar más su declaración? ¿Qué entiende usted por el descubrimiento del éxtasis de la vida en la acción sexual o en la ceremonia misma?

Krishnamurti: Miren, amigos, aquéllos de ustedes que desean practicar ceremonias, ¿por qué las discuten? Una persona que desea tocar el piano no discute al respecto. Sólo la mente hipócrita busca, en lo que yo digo, un pretexto para justificar sus acciones. Plantea constantemente esta pregunta. Por favor, no mire en torno a sus amigos amantes de las ceremonias; todos hacemos eso internamente en distintas formas. Quizá no en relación con las ceremonias, puede ser respecto del ganar dinero, o del sexo, o del acumular cosas que nos den poder. He expresado muy claramente lo que entiendo en relación con las ceremonias. Pienso que son una ilusión, que intrínsecamente carecen de todo valor. Pero para descubrirlo por sí mismo, no discuta al respecto. Averigüe si, en aquello que hace, la razón y el corazón se encuentran realmente en armonía. A fin de descubrir si están en armonía, mente y corazón deben hallarse preparados para ello. Ésa es la dificultad. Para poder descubrir si ambos están en armonía, no se aferre a las cosas. Si practica ceremonias, abandónelas por un día o una semana o un año. No le estoy pidiendo que lo haga, pero a fin de descubrir y experimentar si mente y corazón están actuando verdaderamente en armonía, abandone las ceremonias; al final del año, vea si las necesita realmente. Pero no diga: “Otras personas las necesitan y, por el bien de ellas, debo practicarlas”. Eso revela una mente hipócrita. Lo que es veneno para uno, es también veneno para el otro; lo que carece de valor para uno, carece de valor para el otro. ¿Por qué entregar a otro lo que es inútil para usted? Hacemos eso porque nos da seguridad, poder, porque satisface nuestra vanidad, como una persona que tiene condecoraciones del gobierno. Les aseguro que no hay ninguna diferencia entre estas ceremonias y las ceremonias de las cortes y de los reyes. Lo lamento terriblemente, pero ésta es mi opinión. Donde abunda la falta de virtud, existen todas estas cosas.

Por favor, he expresado por última vez mi opinión con respecto a las ceremonias. Repetimos esto una y otra y otra vez cada año, y no voy a responder más a ello. Puedo responderlo a aquéllos que lo escuchan por primera vez, pero no al oído acostumbrado, al hombre que ya ha arreglado su mente para hacer lo que él quiere hacer y sólo necesita mi confirmación. ¿Por qué me pregunta? Si quiere hacer algo y piensa que es correcto, ¡hágalo! Entonces descubrirá. Pero para descubrir, sea abierto al respecto, sea franco, no hipócrita. No base sus acciones en la autoridad. No practique ceremonias porque alguien haya dicho: “Hay poder en las ceremonias”, o porque usted mismo obtiene cierto estímulo y piensa que eso es algo espiritual, divino. Para mí, no existe un poder espiritual externo, ni esa cosa subjetiva que llamamos el “yo” o el yo superior del cual derivamos poder. Ambos son sensación. Y cuando la mente está libre tanto del objeto como del sujeto, usted conocerá lo que es; entonces experimentará ese éxtasis del vivir en el cual no existe el temor.

El Arte de Escuchar

Pláticas en el Campamento de Ommen, Holanda

Duodécima plática, 13 de agosto de 1933

Jiddu Krishnamurti. El Arte de Escuchar. Obras Completas Tomo 1. 1933 - 1934. The Collected Works of J.Krishnamurti Volume 1. 1933 - 1934. The Art of Listening. Jiddu Krishnamurti en español.

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