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El Arte de Escuchar

Pláticas en Oslo y Frognerseteren, Noruega

Segunda plática en Frognerseteren, 8 de septiembre de 1933

Amigos, hoy quiero explicar que hay una manera de vivir naturalmente, espontáneamente, sin la constante fricción de la autodisciplina, sin la batalla constante del ajuste. Pero para comprender lo que voy a decir, tengan la bondad de considerarlo no sólo intelectualmente, sino también emocionalmente. Deben sentirlo; porque la realización plena de la vida puede darse sólo cuando tanto sus emociones como sus pensamientos actúan en armonía. Cuando ustedes viven en armonía completa de la mente y el corazón, entonces la acción es natural, espontánea y exenta de esfuerzo.

Las mentes, en su mayoría, buscan la seguridad. Queremos estar seguros. Investimos de autoridad a aquéllos que nos ofrecen esta seguridad, y les rendimos culto como nuestra autoridad porque nosotros mismos buscamos una certidumbre a la cual la mente pueda aferrarse, en la que pueda sentirse a salvo, segura.

Si consideran la cuestión, encontrarán que casi todos ustedes vienen a escucharme porque están buscando certidumbre ‑ certidumbre del conocimiento, certidumbre de un objetivo, de una verdad, de una idea ‑ a fin de poder actuar a base de esa certidumbre, escoger por medio de esa certidumbre. La opción y las acciones de ustedes no despiertan el verdadero discernimiento o la verdadera percepción, porque están constantemente comprometidos en acumular conocimientos, experiencias, en descubrir distintas formas de ganar, en buscar autoridades que les proporcionen seguridad y consuelo, en esforzarse por desarrollar el carácter. Esperan, mediante todos estos intentos de acumulación, tener la garantía de la certidumbre; certidumbre que les quita toda duda y ansiedad, que les proporciona - al menos así lo esperan - la certeza de la opción. Con el pensamiento de la certidumbre, escogen confiando en ganar más comprensión. Así, en la búsqueda de certidumbre, se origina el miedo de ganar y perder lo ganado.

De este modo, la vida se convierte en una escuela donde aprendemos a sentirnos seguros. ¿Acaso no es eso la vida de ustedes? Una escuela donde aprenden, no a vivir, sino cómo estar seguros. Para ustedes, la vida es un proceso de acumular, no una cuestión de vivir.

Ahora bien, yo diferencio entre el vivir y el acumular. Un hombre que vive de verdad, no tiene sentido de acumulación. Pero el hombre que busca certidumbre y seguridad, que busca un refugio desde el cual pueda actuar - el refugio del carácter, de la virtud -, ese hombre piensa en la vida como una acumulación y, en consecuencia, la vida se vuelve para él un proceso de aprendizaje, ganancia y lucha.

Donde existe la idea de acumulación y ganancia, tiene que haber un sentido del tiempo y, en consecuencia, la acción es incompleta. Si estamos constantemente ocupados con una futura ganancia, con un futuro del que habremos de obtener provecho, desarrollo, mayor fuerza de adquisición, entonces nuestra acción en el presente tiene que ser, por fuerza, incompleta. Si nuestras mentes y nuestros corazones están buscando continuamente ganar, lograr, tener éxito, entonces nuestra acción, cualquiera que fuere, carece de un verdadero significado; nuestros ojos están fijos en el futuro, nuestras mentes sólo se interesan en el futuro. Por lo tanto, toda acción en el presente crea insuficiencia.

De esta insuficiencia surge el conflicto, al cual tratamos de superar por medio de la autodisciplina. Discriminamos en nuestras mentes entre las cosas que deseamos ganar, a las que llamamos lo esencial, y las cosas que no deseamos adquirir, a las que llamamos lo no esencial. De este modo, hay una batalla constante, una continua lucha; en esta discriminación tiene su origen el sufrimiento.

Explicará este punto de otra manera, porque a menos que lo vean y de verdad lo entiendan, no podrán comprender plenamente lo que habré de decir más adelante.

Hemos hecho de la vida una escuela de aprendizaje continuo. Pero para mí la vida no es una escuela, no es un proceso de acumular en lo interno. La vida es para ser vivida naturalmente, plenamente, sin esta constante batalla de los conflictos, sin esta discriminación entre lo esencial y lo no esencial. En esta idea de la vida como una escuela, se origina el constante deseo de logro, de éxito y, por consiguiente, la búsqueda de un objetivo, el deseo de encontrar la verdad suprema, Dios, la perfección final que nos dará ‑ al menos así lo esperamos ‑­ certidumbre; de aquí nuestros intentos continuos de ajustarnos a ciertas condiciones sociales, a exigencias morales y éticas, al desarrollo del carácter y al cultivo de las virtudes. Estas pautas y exigencias, si realmente reflexionamos sobre ellas, vemos que no son sino refugios desde los cuales actuamos, refugios desarrollados a causa de la resistencia.

Ésta es la vida que vive la mayor parte de la gente, una vida de lucha constante para ganar, para acumular; por lo tanto, es una vida de insuficiencia en la acción. Siempre llevamos en nuestras mentes la idea de ganancia, la cual divide a la acción en pasada, presente y futura; debido a eso, jamás hay comprensión completa de la acción en sí. La mente piensa todo el tiempo en la ganancia y, por esto, no encuentra un sentido en la acción que la ocupa.

Éste es, entonces, el estado en que vivimos. Para mí, ese estado es totalmente falso. La vida no es un proceso de acumular internamente, no es una escuela en la que tenemos que aprender, en la que tenemos que disciplinarnos, en la que existen esta lucha y resistencia constantes. Donde impera este permanente adquirir en lo interno, este deseo de acumulación, tiene que haber insuficiencia, la cual da origen al anhelo; si uno no anhela, no acumula. Y donde hay anhelo, no hay discernimiento, aun cuando pueda pasar por el proceso de la opción.

Entonces ustedes me preguntan: “¿Cómo puedo librarme de este anhelo? ¿Cómo puedo librar a mi mente de este proceso de acumular en lo interno? ¿Cómo he de vencer estos obstáculos? Usted dice que la vida no es una escuela para que aprendamos en ella, pero ¿cómo he de vivir naturalmente? Enséñeme el camino por el que debo transitar, el método que debo practicar todos los días para vivir plenamente”.

Entiendo que éste no es el modo de considerar el problema. La cuestión no es cómo han de vivir plenamente sino, más bien, qué los impulsa a esta constante acumulación; la cuestión no es cómo podrán librarse de la idea de adquirir, de acumular; antes bien, se trata de descubrir qué es lo que da origen en ustedes a este deseo de acumular. Espero que vean la diferencia.

Ahora consideran el problema desde el punto de vista de librarse de algo, de lograr el sentido de no adquisición, lo cual es exactamente igual que desear adquirir alguna cosa, ya que todos los opuestos son lo mismo. Entonces, ¿qué es lo que nos impide vivir naturalmente, armoniosamente? Yo sostengo que es este proceso de acumular, esta búsqueda de certidumbre.

Entonces desean saber cómo librarse de la búsqueda de certidumbre. Les digo que no aborden el problema de este modo. La futilidad de la ganancia tendrá sentido para ustedes sólo cuando se hallen realmente en conflicto, cuando estén plenamente conscientes de la falta de armonía en sus acciones. Si no ven que están atrapados en el conflicto, entonces continúen del modo actual; si son en absoluto inconscientes de la lucha y del sufrimiento, si no se dan cuenta de su propia falta de armonía, entonces sigan viviendo como viven. No traten de ser espirituales, porque ni siquiera saben lo que eso significa. El éxtasis de la comprensión adviene sólo cuando hay un gran descontento, cuando se destruyen todos los valores falsos que los rodean. Si no están descontentos, si no se dan cuenta de la intensa falta de armonía que hay dentro y alrededor de ustedes, entonces no podrán encontrar sentido en lo que les digo sobre la futilidad de la acumulación.

Pero si existe en ustedes esta divina rebelión, comprenderán cuando digo que la vida no es una escuela para aprender en ella, que la vida no es un proceso de acumulación constante, un proceso que contiene en sí este continuo anhelo que nos ciega. Entonces, esa rebelión misma, ese mismo sufrimiento, les proporciona la comprensión, porque despierta en ustedes la llama de la percepción alerta. Y cuando estén plenamente conscientes de que el anhelo los ciega, verán su pleno significado, y esta percepción disipa el anhelo. Entonces estarán libres del anhelo, libres de la acumulación interna. Pero si son inconscientes de esa lucha, de esa rebelión, no pueden sino continuar con la vida que viven, en un estado semidespierto. Cuando las personas sufren, cuando están atrapadas en el conflicto, ese sufrimiento mismo, ese conflicto debería mantenerlas intensamente despiertas; pero casi todas ellas sólo preguntan cómo librarse del anhelo. Cuando uno comprende el significado pleno que tiene el no desear adquirir, acumular, entonces ya no existe la lucha para librarse de algo.

Expresémoslo de otra manera: ¿Por qué pasan ustedes por el proceso de la autodisciplina? Lo hacen a causa del miedo. ¿Por qué tienen miedo? Porque anhelan seguridad, la seguridad que nos da un patrón social, una creencia religiosa o la idea de adquirir virtud. Entonces comienzan a disciplinarse. O sea, cuando la mente se halla esclavizada por la idea de la ganancia o el amoldamiento a un patrón, hay autodisciplina. El hecho de que estén despiertos al sufrimiento, no es sino la indicación de que la mente está procurando librarse de todos los patrones; pero cuando ustedes sufren, tratan inmediatamente de aquietar ese sufrimiento drogando a la mente con lo que llaman consuelo, seguridad, certidumbre. De ese modo, continúan con este proceso de buscar certidumbre, la cual no es otra cosa que un hipnótico. Pero si comprenden la ilusión de la certidumbre (y pueden comprenderla únicamente en la intensidad del conflicto; sólo a partir de éste puede tener comienzo una verdadera investigación), entonces el anhelo que da origen a la certidumbre, desaparece.

La cuestión no es, entonces, cómo librarse del anhelo; es más bien ésta: ¿Nos hallamos plenamente conscientes cuando hay sufrimiento? ¿Están ustedes plenamente conscientes del conflicto, de la falta de armonía en la vida que los rodea y en su propia vida interna? Si lo están, entonces en esa llama de la conciencia alerta hay verdadera percepción, sin esta constante batalla del ajuste, de la autodisciplina. Sin embargo, el hecho de ver la falsedad de la autodisciplina no significa que uno puede ceder a la imprudencia, a la acción impetuosa. Por el contrario, la acción nace, entonces, de un estado de integridad.

Pregunta: ¿Puede haber felicidad cuando ya no hay más ninguna conciencia del “yo”? ¿Puede uno sentir siquiera algo, si la conciencia del “yo” se ha extinguido?

Krishnamurti: Ante todo, ¿qué entiende uno por la conciencia del “yo”? ¿Cuándo es usted consciente de este “yo”? Uno es consciente de sí mismo como “yo”, como una entidad, cuando sufre, cuando experimenta frustración, conflicto, lucha.

Usted pregunta: “Si ese ‘yo’ no existe, ¿qué hay allí?” Le contesto que lo descubrirá sólo cuando su mente esté libre de ese “yo”; por lo tanto, no lo pregunte ahora. Cuando su mente y su corazón estén en armonía, cuando ya no se encuentren atrapados en el conflicto, lo sabrá. Entonces no preguntará qué es aquello que siente, qué piensa. En tanto exista esta conciencia del “yo”, tiene que existir el conflicto de la opción, desde el cual surgen las sensaciones de felicidad e infelicidad. O sea, que este conflicto le da el sentido de la conciencia limitada, del “yo”, con el cual la mente se identifica. Usted descubrirá esa vida que no se identifica con el “yo” o el “tú”, esa vida que es eterna, infinita, sólo cuando esta conciencia limitada se disuelva a sí misma. No es usted quien disuelve esa conciencia limitada; ella misma se disuelve.

Pregunta: El otro día usted habló de la memoria como un obstáculo para la verdadera comprensión. Recientemente tuve la desgracia de perder a mi hermano. ¿Debo tratar de olvidar esa pérdida?

Krishnamurti: El otro día expliqué lo que entiendo por memoria. Trataré de explicarlo otra vez.

Después de que usted ha visto una hermosa puesta del Sol, vuelve a su casa o a su oficina y empieza a vivir otra vez en esa puesta del Sol; dado que su casa o su oficina no son como usted quisiera que fueran, no son hermosas, para escapar de esa fealdad vuelve al recuerdo de esa puesta del Sol. De este modo, crea en su mente una distinción entre su casa, que no le proporciona alegría, y la cosa que le produce un gran deleite, la puesta del Sol. Así, cuando se enfrenta con circunstancias que no son agradables, regresa al recuerdo de lo que es gozoso. Pero si, en lugar de volverse a un recuerdo muerto, tratara de cambiar las circunstancias desagradables, estaría viviendo con intensidad en el presente y no en el pasado muerto.

De esta manera, cuando uno pierde a alguien a quien amaba intensamente, ¿por qué este constante mirar hacia atrás, ese constante aferrarnos a eso que nos daba placer, este anhelo de tener otra vez a esa persona? Todos pasan por esto cuando experimentan una pérdida semejante. Escapan del dolor de esa pérdida volviendo al recuerdo de la persona que se ha ido, o viviendo en un futuro, en la creencia en el más allá - lo cual es también una especie de memoria. Debido a que nuestras mentes se han desnaturalizado a causa del escape, a causa de su incapacidad para afrontar el sufrimiento abiertamente, con frescura, tenemos que volver sobre el recuerdo, y así el pasado invade al presente.

El problema no es, entonces, si usted debe o no debe recordar a su hermano, a su mujer o a sus hijos; es, más bien, una cuestión de vivir de manera completa, total, en el presente, aunque eso no implica que sea indiferente hacia aquéllos que son cercanos a usted. Cuando vive de manera completa, total, en esa intensidad existe la llama del vivir, la cual no es la mera impresión de un acontecimiento.

¿Cómo ha de vivir uno de manera completa en el presente, de modo que la mente no se pervierta con recuerdos del pasado y anhelos del futuro, que son también memoria? Otra vez, la cuestión no es cómo debe uno vivir completamente. Porque cuando usted pregunta cómo, está buscando un método, un medio. Y, a mi entender, un método destruye la comprensión. Si uno sabe qué es lo que le impide vivir completamente, entonces uno mismo, desde su propia percepción alerta y su propia comprensión, se liberará de ese impedimento. Lo que le impide liberarse es su búsqueda de certidumbre, su anhelo continuo de ganancia, de acumulación, de logro. Pero no pregunte: “¿Cómo he de triunfar sobre estos obstáculos?”, porque todo triunfo no es sino un proceso de ulterior ganancia, de ulterior acumulación. Si esta pérdida está creando realmente sufrimiento en usted, si le genera realmente un dolor intenso - no superficial -, entonces no preguntará cómo; verá inmediatamente la futilidad de mirar hacia atrás o hacia adelante en busca de consuelo.

Cuando la mayoría de las personas dice que sufre, ese sufrimiento no es sino superficial. Sufren, pero al mismo tiempo anhelan otras cosas: anhelan consuelo, tienen miedo y buscan maneras y medios de escapar. El sufrimiento superficial va siempre acompañado por el deseo de bienestar. El sufrimiento superficial es como un arado superficial del suelo; no consigue nada. Sólo cuando uno labra el suelo profundamente, hasta alcanzar la profundidad plena de la reja del arado, hay riqueza. En el estado de sufrimiento completo, hay comprensión completa; en ella, los obstáculos de los recuerdos - tanto del pasado como del futuro - dejan de existir. Entonces uno está viviendo en el presente eterno.

Vea, comprender un pensamiento o una idea no implica sólo concordar con ella intelectualmente.

Hay diversas clases de recuerdos: está el recuerdo que se impone a sí mismo sobre usted en el presente, el recuerdo hacia el cual usted se vuelve de manera activa y el recuerdo de anticipación que se proyecta hacia el futuro. Todas estas cosas le impiden vivir completamente. Pero no empiece a analizar sus recuerdos. No pregunte: “¿Qué recuerdo está impidiendo mi vivir completo?” Cuando pregunta de ese modo, no actúa; sólo examina intelectualmente la memoria, y un examen así carece de valor porque trata con una cosa muerta. De una cosa muerta no puede surgir la comprensión. Pero si de verdad está alerta en el presente, en el momento de la acción, entonces todos estos recuerdos entran en actividad y usted no necesita pasar por el proceso de analizarlos.

Pregunta: ¿Piensa usted que es correcto criar a los hijos con una educación religiosa?

Krishnamurti: Contestaré esta pregunta indirectamente, porque cuando ustedes comprendan lo que voy a decir, podrán contestarla específicamente por sí mismos.

Vea, estamos influidos no sólo por las condiciones externas, sino también por una condición interna que desarrollamos. Al criar a un niño, los padres lo someten a muchas influencias y circunstancias limitadoras, una de las cuales es la educación religiosa. Ahora bien, si dejan que el niño crezca sin semejante obstáculo, sin influencias limitadoras, ya sea internas o externas, entonces el niño, a medida que vaya madurando, comenzará a cuestionar y descubrirá inteligentemente por sí mismo. Entonces, si desea religión, la tendrá, tanto si usted prohíbe o si alienta en él la actitud religiosa. En otras palabras, si la mente y el corazón del niño no son influenciados ni obstaculizados, ya sea por normas externas o internas, entonces él descubrirá genuinamente lo verdadero. Esto requiere una gran percepción, una gran comprensión.

Ahora bien, los padres quieren influir en el niño de un modo u otro. Si usted es muy religioso, quiere inducir al niño en el sentido de la religión; si no lo es, trata de alejarlo de la religión. Ayude al niño a ser inteligente; entonces él descubrirá por sí mismo el verdadero significado de la vida.

Pregunta: Usted habla de la armonía del corazón y la mente en la acción. ¿Qué es esta acción? ¿Implica un movimiento físico, o la acción puede tener lugar cuando uno está completamente quieto y a solas?

Krishnamurti: La acción, ¿no implica pensamiento? ¿No es acción el pensamiento mismo? Usted no puede actuar sin pensar. Sé que mucha gente lo hace, pero su acción no es inteligente, no es armoniosa. El pensamiento es acción, la cual es también movimiento. Además, nosotros pensamos aparte de nuestro sentimiento, estableciendo así a otra entidad separada de nuestra acción. De este modo dividimos nuestras vidas en tres partes distintas: pensar, sentir, actuar. Por eso usted pregunta: “¿Es la acción puramente física? ¿Es puramente mental, o es emocional?”

Para mí las tres cosas son una sola: pensar‑sentir‑actuar, no hay distinción. En consecuencia, puede usted estar solo y quieto por un rato o puede estar trabajando, moviéndose, actuando; ambos estados pueden ser acción. Cuando comprenda esto, no separará entre el pensar, el sentir y el actuar.

Para la mayoría de las personas, el pensar no es sino una reacción. Si es meramente una reacción, ya no es más un pensar, porque entonces carece de creatividad. La mayoría de los que dicen que piensan, no hace otra cosa que seguir ciegamente sus propias reacciones; tiene ciertas normas, ciertas ideas conforme a las cuales actúa. Estas personas han memorizado, y cuando dicen que piensan no hacen sino seguir estos recuerdos. Tal imitación no es un pensar; es un reflejo, una reacción. El genuino pensar existe sólo cuando uno descubre el verdadero valor de estas normas, de estas ideas preconcebidas, de estas seguridades.

Para exponerlo de una manera distinta: ¿Qué es la mente? La mente es el habla, el pensamiento, la consideración, la comprensión; es todas estas cosas y es también sentimiento. No podemos separar el sentir del pensar; la mente y el corazón son completos en sí mismos. Pero como a causa del conflicto hemos creado innumerables escapes, surge la idea del pensamiento como algo aparte del sentimiento, como algo aparte de la acción; en consecuencia, nuestra vida es incompleta, está fragmentada.

Pregunta: Entre sus oyentes hay personas viejas y débiles de mente y cuerpo. También pueden encontrarse los adictos a las drogas, a la bebida y al tabaco. ¿Qué pueden hacer estas personas para cambiarse a sí mismas, cuando encuentran que no pueden cambiar por más que anhelan hacerlo?

Krishnamurti: Que permanezcan como están. Si de verdad anhelan cambiar, cambiarán. Vea, es justamente eso: intelectualmente ustedes anhelan cambiar, pero emocionalmente siguen atraídos por el placer de fumar o por el consuelo de una droga. Entonces preguntan: “¿Qué debo hacer? Quiero dejar esto, pero al mismo tiempo no quiero dejarlo. Por favor, dígame cómo puedo hacer ambas cosas”. Suena divertido, pero es realmente lo que ustedes preguntan.

Ahora bien, si abordan el problema totalmente, no con la idea de querer o no querer, dejar o no dejar, descubrirán si realmente desean o no desean fumar. Si encuentran que en realidad lo desean, entonces fumen. De ese modo descubrirán el verdadero valor de ese hábito, sin llamarlo constantemente inútil mientras continúan con él. Si abordan el acto de manera completa, total, entonces no dirán: “¿Debo dejar de fumar o no?” Pero ahora desean fumar porque eso les proporciona una sensación placentera, y al mismo tiempo no lo desean porque mentalmente ven el absurdo que implica. Por lo tanto, comienzan a disciplinarse diciendo: “Tengo que sacrificarme; tengo que abandonar esto”.

Pregunta: ¿No está usted de acuerdo en que el hombre ganará el reino de los cielos mediante una vida totalmente dedicado al servicio, como la de Jesús?

Krishnamurti: Espero que no le choque cuando le diga que el hombre no ganará el reino de los cielos de esa manera.

Ahora vea lo que está diciendo: “Mediante el servicio obtendré algo que deseo”. Su declaración implica que usted no sirve de manera completa; busca obtener una recompensa por su servicio. Dice: “Mediante una conducta virtuosa conoceré a Dios”. Es decir, lo que le interesa realmente no es la conducta virtuosa sino conocer a Dios; separa así a Dios de la conducta virtuosa. Pero no es mediante el servicio, ni mediante el amor o la adoración o la plegaria, sino sólo en la acción misma, donde se encuentra la verdad, Dios, ¿Comprende? Cuando usted pregunta: “¿Ganaré el reino de los cielos mediante el servicio?”, su servicio no tiene sentido, porque usted se interesa fundamentalmente en el reino de los cielos, se interesa en obtener algo a cambio; es una especie de trueque, como lo es la mayor parte de nuestra vida.

Por lo tanto, cuando dice: “Mediante la virtud, mediante el amor, llegaré, realizaré”, lo que le interesa es la realización, la cual no es más que un escape, una forma de imitación. Por eso, su amor o su acto virtuoso no tiene sentido. Si usted es bondadoso conmigo porque puedo darle algo a cambio, ¿qué significación tiene su bondad?

Ése es todo el proceso de nuestra vida. Tenemos miedo de vivir. Sólo cuando alguien cuelga una recompensa ante nuestros ojos, nos decidimos a actuar, y entonces actuamos no por la acción misma, sino con el fin de obtener esa recompensa. En otras palabras, actuamos por lo que podemos conseguir gracias a la acción. Lo mismo ocurre con nuestras plegarias. O sea: debido a que nuestra acción carece en sí misma de significado, a que creemos que necesitamos un estímulo para actuar correctamente, hemos puesto delante de nosotros una recompensa, algo que deseamos, y confiamos en que ese aliciente, ese juguete nos dará satisfacción. Pero cuando actuamos con la esperanza de una recompensa, la acción en sí misma nada significa.

Por eso digo que están atrapados en este proceso de recompensa y ganancia, en este obstáculo nacido del temor, todo lo cual se deriva en conflicto. Cuando vean esto, cuando tengan plena conciencia de esto, entonces comprenderán que la vida, la conducta, el servicio, todo, tiene significación en sí mismo. Entonces uno ya no pasa por la vida con el propósito de obtener alguna otra cosa, porque sabe que la acción misma tiene un valor intrínseco. Entonces no es meramente un reformador, es un ser humano; conoce esa vida que es flexible y, por lo tanto, eterna.

El Arte de Escuchar

Pláticas en Oslo y Frognerseteren, Noruega

Segunda plática en Frognerseteren, 8 de septiembre de 1933

Jiddu Krishnamurti. El Arte de Escuchar. Obras Completas Tomo 1. 1933 - 1934. The Collected Works of J.Krishnamurti Volume 1. 1933 - 1934. The Art of Listening. Jiddu Krishnamurti en español.

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