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El Arte de Escuchar

Pláticas en Adyar, Madrás, India

Tercera plática, 31 de diciembre de 1933

Si uno pudiera encontrar una garantía absoluta de seguridad, entonces no tendría miedo de nada. Si uno pudiera estar seguro de alguna cosa, el miedo cesaría por completo, tanto respecto del presente como respecto del futuro. Por eso, siempre estamos buscando seguridad, consciente o inconscientemente, seguridad que a la larga se convierte en nuestra posesión exclusiva. Ahora bien, está la seguridad física que, en el presente estado de la civilización, un hombre puede acumular mediante su astucia, su ingenio y por medio de la explotación. De este modo, puede asegurarse físicamente, mientras que emocionalmente recurre por seguridad al así llamado amor, el cual es, en su mayor parte, espíritu posesivo; recurre a las egoístas discriminaciones emocionales de la familia, los amigos, la nacionalidad. Luego está la constante búsqueda de seguridad mental en las ideas, en las creencias, en la persecución de la virtud, de los sistemas, de las certidumbres y del así llamado conocimiento.

Así es como nos atrincheramos continuamente; mediante el afán de poseer edificamos a nuestro alrededor seguridades, consuelos y, con eso, tratamos de sentirnos seguros, a salvo. Es lo que hacemos constantemente. Pero aunque nos atrincheremos detrás de las seguridades del conocimiento, de la virtud, del amor, de la posesión, aunque edifiquemos muchas certidumbres, edificamos sobre la arena, porque las olas de la vida golpean constantemente contra los cimientos y ponen al descubierto las estructuras que tan esmerada y diligentemente hemos construido. Las experiencias que llegan, una tras otra, destruyen todo conocimiento previo, todas las anteriores certidumbres y barren con todas las seguridades, las disipan como si fueran paja frente al viento. Por consiguiente, aunque podamos pensar que estamos seguros, vivimos con el miedo continuo a la muerte, a la pérdida y al cambio, miedo a la revolución, miedo a la corrosión de la incertidumbre. Estamos todo el tiempo conscientes de la transitoriedad del pensamiento.

Hemos edificado innumerables muros tras de los cuales buscamos seguridad y consuelo, pero el miedo sigue corroyendo nuestros corazones y nuestras mentes. Por eso buscamos continuamente la sustitución y ésta se convierte en nuestra meta, en nuestra aspiración. Decimos: “Esta creencia ha probado carecer de valor, así que recurramos a otra serie, de creencias, de ideas, a otra filosofía”. Nuestra duda termina meramente en la sustitución, no en el cuestionamiento de la creencia misma. No es la duda la que cuestiona, sino el deseo de seguridades. De aquí, que nuestra así llamada búsqueda de la verdad se convierte en una mera búsqueda de seguridades más permanentes, y aceptamos como maestro, como guía, a cualquiera que nos ofrece seguridad absoluta, certidumbre, consuelo.

Eso es lo que ocurre con la mayoría de la gente. Anhelamos y buscamos. Tratamos de analizar los sustitutos que otros nos sugieren en reemplazo de las seguridades que conocemos y que son firmemente corroídas, devoradas por la experiencia de la vida. Pero uno no puede librarse del miedo mediante la sustitución, eliminando un conjunto de creencias y reemplazándolo por otro. Sólo cuando descubrimos el exacto valor de las creencias que sostenemos, el profundo significado de nuestros instintos posesivos, de nuestro conocimiento, de las seguridades que hemos edificado, sólo en esa comprensión podemos poner fin al miedo. La comprensión no surge de la búsqueda de sustitutos, sino del cuestionamiento, de entrar realmente en conflicto con las tradiciones, de la duda con respecto a las ideas establecidas de la sociedad, de la religión, de la política. Después de todo, la causa del miedo es el ego y la conciencia de ese ego, la cual se origina en la falta de comprensión. Esta falta de comprensión es la que nos hace buscar seguridades, con lo cual fortalecemos esa limitada conciencia egocéntrico.

Ahora bien, en tanto el ego exista, en tanto haya una conciencia del “yo”, tiene que haber miedo; y este ego existirá mientras no comprendemos las cosas que nos rodean, las cosas que hemos establecido, los monumentos mismos de la tradición, los hábitos, las ideas, las creencias que constituyen nuestro refugio. Y podemos comprender estas tradiciones y creencias, descubrir su exacto significado, sólo cuando entramos en conflicto con ellas. No podemos comprenderlas teóricamente, intelectualmente, sino sólo en la plenitud de pensamiento y emoción, es decir, en la acción misma.

Para mí, el ego representa la falta de percepción, la cual crea al tiempo. Cuando comprendernos un hecho completamente, cuando comprendernos en su totalidad y sin reserva las experiencias de la vida, el tiempo cesa. Pero no podemos comprender la experiencia de un modo completo si estamos buscando constantemente certidumbre, consuelo, si nuestra mente se halla atrincherada en la seguridad. Para comprender una experiencia en toda su significación, debemos cuestionar, poner en duda las seguridades, las tradiciones, los hábitos que hemos edificado, porque impiden la plenitud de comprensión. Gracias a ese cuestionamiento, a ese conflicto - si el conflicto es real -, amanece la comprensión; y en esa comprensión desaparece la limitada conciencia egocéntrica.

Tienen que descubrir qué es lo que están buscando, si es seguridad o comprensión. Si buscan seguridad, la encontrarán en la filosofía, en las religiones, en las tradiciones, en la autoridad; pero si desean comprender la vida, en la cual no existen la seguridad, el consuelo, entonces dan con una perdurable libertad. Y pueden descubrir lo que están buscando, sólo estando atentos en la acción; no pueden descubrir cuestionando meramente la acción. Cuando cuestionan y analizan la acción, ponen fin a la acción. Pero si están atentos, si son intensos en su actuar, si dedican a ello por completo el corazón y lamente, entonces esa acción revelará si de esa misma manera están buscando consuelo, seguridad, o si buscan esa comprensión infinita que es el movimiento eterno de la vida.

Pregunta: En su autobiografía, la Dra. Besant ha dicho que, por primera vez en su vida, pasó de la tempestad a la paz cuando conoció a su gran Maestro. De ahí en adelante, su magnífica vida tuvo su fuerza motriz en la ilimitada e incesante devoción a su Maestro, expresada en el júbilo al servirle. Usted mismo, en sus poéticas palabras, ha declarado su júbilo inexpresable en la unión con el Bienamado y en el hecho de ver su rostro dondequiera que se volviese. ¿No podría la influencia de un Maestro ser igualmente significativa en otras vidas, tal como lo fue, evidentemente, en la grandiosa vida de la Dra. Besant y en la suya propia?

Krishnamurti: Ustedes me preguntan, en otras palabras, si los Maestros son necesarios, si yo creo en los Maestros, si la influencia de ellos es benéfica y si existen. Ésa es toda la pregunta, ¿verdad? Muy bien, señores. Ahora bien, ya sea que ustedes crean o no crean en los Maestros (y algunos de ustedes sí creen en ellos), por favor, no cierren sus mentes contra lo que voy a decir. Sean abiertos, críticos. Examinemos la cuestión comprensivamente, antes que discutir si creen o no creen en los Maestros.

Ante todo, para comprender la verdad uno tiene que permanecer solo, completa y totalmente solo. Ningún Maestro ni instructor ni gurú, ningún sistema, ninguna autodisciplina levantarán jamás para ustedes el velo tras el cual se oculta la sabiduría. La sabiduría consiste en comprender los valores perdurables y en vivir tales valores. Nadie puede conducirlos a la sabiduría. Eso es obvio, ¿no es así? Ni siquiera necesitamos discutirlo. Nadie puede forzarlos, ningún sistema puede instarles a que se liberen del instinto posesivo, hasta que ustedes mismos comprenden voluntariamente. En esa comprensión está la sabiduría. Ningún Maestro ni gurú ni instructor, ningún sistema, pueden forzarlos hacia esa comprensión. Sólo el sufrimiento que ustedes mismos experimenten puede hacerles ver el absurdo de la posesión, la cual es el origen del conflicto. A causa de ese sufrimiento, adviene la comprensión. Pero cuando buscan escapar del sufrimiento, cuando buscan refugio, consuelo, entonces tienen que tener Maestros, filosofías y creencias; entonces recurren a refugios de seguridad tales como la religión.

Así, con esta comprensión, voy a contestar su pregunta. Olvidemos por el momento lo que la Dra. Besant ha dicho y hecho, o lo que yo he dicho y hecho. Dejemos eso de lado. No introduzcamos a la Dra. Besant en la discusión; si lo hacen, reaccionarán emocionalmente, tanto aquéllos de ustedes que simpatizan con las ideas de ella como los que no simpatizan. Dirán que ella me ha educado, que soy desleal, y palabras como ésas que utilizan para demostrar su desaprobación. Dejemos de lado todo esto por ahora y consideremos la cuestión de manera clara y simple.

En primer lugar, ustedes quieren saber si los Maestros existen. Yo digo que tiene muy poca importancia si existen o no existen. Ahora no piensen, por favor, que estoy atacando sus creencias. Me doy cuenta de que hablo a miembros de la Sociedad Teosófica y de que soy aquí el invitado de ustedes. Pero me han formulado una pregunta y simplemente la estoy contestando. Consideremos, pues, por qué quieren saber si los Maestros existen o no. “Porque”, se dicen ustedes, “los Maestros pueden guiarnos a través de la confusión como la luz del faro guía al marino”. Pero al decir eso demuestran que sólo buscan un puerto seguro, que temen al mar abierto de la vida.

O también puede que formulen la pregunta porque desean reforzar su propia creencia; quieren verificarla, corroborarla. Señores, algo que es un juguete, aunque pueda embellecerse por la corroboración de miles de personas, sigue siendo un juguete. Ustedes me dicen: “Nuestros Maestros nos han dado fe, pero ahora viene usted para arrojar la duda sobre esa fe. Por lo tanto, queremos saber si los Maestros existen o no. Por favor, fortalézcanos en nuestra creencia de que existen, díganos si usted mismo ha sido guiado por ellos o no”.

Si desean meramente ser fortalecidos en su fe, entonces no puedo contestar su pregunta porque no estoy de acuerdo con la fe. La fe es mera autoridad, ceguera, esperanza, anhelo; es un medio de explotación, ya sea aquí o en la iglesia católica romana o en cualquier otra religión. Es un medio para obligar al hombre a la acción, a la acción virtuosa o no virtuosa. El fortalecer la fe no reditúa comprensión; antes bien, el dudar de esa fe y descubrir su significado es lo que trae comprensión. ¿Cuál sería la diferencia si ustedes vieran a los Maestros físicamente todos los días? Seguirían aferrándose a sus prejuicios, a sus tradiciones, a sus hábitos; seguirían siendo esclavos de sus propias crueldades, de sus creencias fanáticas y estrechas, de su falta de amor, de su orgullo nacional, pero mantendrían estas cosas en secreto bajo llave.

De la primera pregunta surge, entonces, una segunda: “¿Pone usted en duda a los mensajeros de los Maestros?” Yo dudo de todo, porque sólo gracias a la duda puede uno descubrir, no depositando su fe en alguna cosa. Pero ustedes han evitado, cuidadosa y diligentemente, la duda; la han descartado como un impedimento.

Entonces, nuevamente, dirán: “Si entro en contacto con los Maestros, podré descubrir su plan para la humanidad”. ¿Quieren ustedes decir un plan social, un plan para el bienestar físico del hombre? ¿O se refieren al bienestar espiritual del hombre? Si contestan: “Ambas cosas”, entonces yo digo que el hombre no puede lograr el bienestar espiritual por medio de alguna otra persona. Eso descansa enteramente en sus propias manos. Nadie puede planearlo para otro. Cada hombre debe descubrirlo por sí mismo, debe comprenderlo; hay integridad en la realización plena, no en el progreso. Pero si dicen: “Buscamos un plan para el bienestar físico del hombre”, entonces tienen que estudiar economía y sociología. En tal caso, ¿por qué no convertir en el maestro de ustedes a Harold Laski, a Keynes, a Marx o a Lenin? Cada uno de ellos ofrece un plan para el bienestar físico del hombre. Pero eso no es lo que ustedes desean. Lo que desean, cuando buscan a los Maestros, es un amparo, un refugio de seguridad; desean protegerse de su sufrimiento, esconderse de la agitación y el conflicto.

Yo digo que no hay tal cosa como el refugio, el consuelo. Uno sólo puede fabricarse un refugio artificial creado intelectualmente. Por haber hecho esto durante generaciones, han perdido su inteligencia creativa. Han quedado atados a la autoridad, mutilados por las creencias, por las falsas tradiciones y los hábitos. Sus corazones se han endurecido, están secos. Por eso soportan toda clase de crueles sistemas de pensamiento que conducen a la explotación. Por eso estimulan el nacionalismo, por eso les falta el sentido de hermandad. Hablan de hermandad, pero sus palabras nada significan en tanto sus corazones están comprometidos con las diferencias de clase. Ustedes, que creen tan profundamente en todas estas ideas, ¿qué es lo que tienen, qué es lo que son? Cáscaras vacías resonando con palabras, palabras y palabras. Han perdido todo sentimiento por la belleza, por el amor; sostienen instituciones falsas, ideas falsas. Aquéllos de ustedes que creen en los Maestros y siguen el sistema y el plan de estos Maestros, que siguen a sus mensajeros, ¿qué son? En su explotación, en su nacionalismo, en su maltrato de las mujeres y los niños, en su codicia, son exactamente tan crueles como el hombre que no cree en los Maestros, en su plan, en sus mensajeros. Simplemente, han establecido nuevas tradiciones en lugar de las viejas, han cambiado nuevas creencias por las viejas; su nacionalismo es tan cruel como el antiguo, sólo que tienen argumentos más sutiles para justificar sus crueldades y su explotación.

Mientras la mente esté atrapada en la creencia, no hay comprensión, no hay libertad. Por lo tanto, que los Maestros existan o no existan, para mí carece de pertinencia con respecto a la acción, a la plenitud de realización, que es lo que debe interesarnos. Aun cuando su existencia fuera un hecho, no es importante; porque para comprender, ustedes tienen que ser independientes, tienen que sostenerse por sí mismos, completamente desnudos, despojados de toda seguridad. Esto es lo que he dicho en mi plática introductoria. Ustedes tienen que descubrir si están buscando seguridad, consuelo, o si están buscando comprensión. Si realmente examinan sus propios corazones, casi todos encontrarán que están buscando seguridad, consuelo, refugios seguros, y en esa búsqueda se proveen de filosofías, gurús, sistemas de autodisciplina. De este modo bloquean, limitan continuamente al pensamiento. En su esfuerzo por escapar del temor, se atrincheran en las creencias y, debido a eso, incrementan la propia conciencia egocéntrica, el propio egotismo; se han vuelto meramente más sutiles, más ingeniosos.

Sé que todas estas cosas las he dicho antes de una manera diferente, pero, al parecer, mis palabras no han tenido efecto. O bien desean comprender lo que digo, o están satisfechos con sus propias creencias y desdichas. Si están satisfechos con ellas, ¿por qué me han invitado a hablar aquí? ¿Por qué me escuchan? No, fundamentalmente no están satisfechos. Pueden aparentar que lo están, pueden ingresar en instituciones, practicar nuevas ceremonias, pero internamente sienten incertidumbre, los roe incesantemente algo que jamás se atreven a afrontar. En lugar de eso, buscan sustitutos; quieren saber si yo puedo ofrecerles nuevos refugios y por eso me han formulado esta pregunta. Quieren que los apoye en aquellas creencias de las que se sienten inseguros. Anhelan permanencia interna, pero les digo que tal permanencia no existe. Desean que yo les dé ciertas certidumbres, garantías. Les digo que tienen tales certidumbres, tales garantías en centenares de sus libros, en sus filosofías, pero no son de valor para ustedes, son polvo y cenizas, porque en lo profundo de ustedes no hay comprensión. Podrán tener comprensión, se los aseguro, sólo cuando empiecen a dudar, cuando empiecen a cuestionar los refugios en los que encuentran consuelo, amparo.

Pero esto significa que deben entrar en conflicto con las tradiciones y los hábitos que han establecido. Quizás han descartado tradiciones antiguas, antiguos gurús, antiguas ceremonias y han adoptado otras nuevas. ¿Cuál es la diferencia? Las nuevas tradiciones, los gurús nuevos, las ceremonias nuevas, son lo mismo que las viejas, excepto que son más exclusivas. Cuestionando constantemente descubrirán el real, inherente valor de las tradiciones, de los gurús, de las ceremonias. No les estoy pidiendo que abandonen las ceremonias, que dejen de seguir a los Maestros. Ese punto es muy secundario y poco inteligente; no es importante si practican ceremonias y si recurren en busca de guía a los Maestros. Pero en tanto exista falta de comprensión habrá miedo, dolor, y el mero intento de disimular ese miedo, ese dolor, por medio de las ceremonias, de la guía de los Maestros, no los liberará.

Me han formulado esta pregunta antes, me han preguntado la misma cosa el año pasado. Y cada vez la preguntan porque quieren encontrar un refugio tras mi respuesta, quieren sentirse a salvo, poner fin a la duda. Bien, yo puedo contradecir la creencia de ustedes, puedo afirmar que no hay Maestros. Entonces viene otro y les dice que los Maestros sí existen. Yo les digo que duden de ambas respuestas, que las cuestionen; no se limiten a aceptarlas. Ustedes no son niños, no son monos que imitan la acción de algún otro; son seres humanos y no deben estar condicionados por el miedo. Se supone que son creativamente inteligentes, pero ¿cómo pueden serlo si siguen a un maestro, una filosofía, una práctica, un sistema de autodisciplina? La vida es rica sólo para el hombre que está en el constante movimiento del pensar, para el hombre cuyas acciones son armoniosas. En él hay afecto, consideración. Aquél cuyas acciones son armoniosas, utilizará un inteligente sistema para curar las supuradas heridas del mundo.

Sé que lo que estoy diciendo hoy lo he dicho en innumerables oportunidades; lo he expresado una y otra vez. Pero ustedes no sienten estas cosas, porque han justificado con explicaciones su sufrimiento y encuentran refugio y consuelo en estas explicaciones, en sus creencias. Sólo se interesan en sí mismos, en su propia seguridad, en su bienestar, como los hombres que luchan por obtener nombramientos del gobierno. Ustedes hacen la misma cosa de diferentes maneras, y sus palabras acerca de la hermandad, de la verdad, nada significan, no son sino charla vacía.

Pregunta: Se dice que el único pesar de la Dra. Besant ha sido el hecho de que usted fracasó en ponerse a la altura de sus expectativas respecto a su condición de Instructor del Mundo. Algunos de nosotros, francamente, compartimos ese pesar y ese sentimiento de decepción, y sentimos que no carece por completo de alguna justificación. ¿Tiene usted algo que decir?

Krishnamurti: Nada, señores. (Risas). Cuando digo “nada”, quiero decir nada para aliviar su decepción o la decepción de la Dra. Besant - si es que estuvo decepcionada, porque a menudo me expresó lo contrario. No me encuentro aquí para justificarme, no estoy interesado en justificarme. La pregunta es: ¿Por qué está decepcionado usted, si es que lo está? Usted habrá pensado ponerme en cierta jaula, y dado que no encajé en esa jaula, es natural que se haya sentido decepcionado. Tenía una idea preconcebida de lo que yo debería ser, de lo que debería decir, de lo que debería pensar.

Yo digo que existe la inmortalidad, un devenir eterno. La cuestión no es que yo lo sé, sino que existe. Cuídense del hombre que dice “yo sé”. Existe el devenir eterno de la vida pero, para realizarlo, nuestra mente debe estar libre de todas las ideas preconcebidas acerca de lo que eso es. Ustedes tienen ideas preconcebidas de Dios, de la inmortalidad, de la vida. “Esto está escrito en los libros”, dicen, o “alguien me ha dicho esto”. De ese modo, han elaborado una imagen de la verdad, una representación mental de la inmortalidad y de Dios. Quieren aferrarse a esa imagen, a esa representación y se sienten decepcionados de cualquiera cuyas ideas difieran de las de ustedes o no se adapten a las de ustedes. En otras palabras, si no se convierte en la herramienta de ustedes, se sienten decepcionados de él. La decepción de ustedes no se basa en la reflexión ni en la inteligencia ni en el afecto profundo, sino en alguna imagen de hechura propia, por falsa que pueda ser.

Encontrarán a personas que les dirán que yo las he decepcionado, y que crearán un conjunto de opiniones sosteniendo que he fracasado. Pero no creo que dentro de cien años importará mucho que ustedes estén decepcionados o no. La verdad de la que hablo es lo que permanecerá, no las fantasías o las decepciones de ustedes.

Pregunta: ¿Considera usted un pecado que un hombre y una mujer disfruten de una relación sexual ilegítima? Un hombre joven desea librarse de esa dicha ilegítima que él considera equivocada. Trata todo el tiempo de controlar su mente, pero no lo consigue. ¿Puede usted mostrarle algún modo práctico de ser feliz?

Krishnamurti: En tales cuestiones no hay “un modo práctico”. Pero consideremos el problema, tratemos de comprenderlo, aunque no desde el punto de vista de si cierto acto es o no es un pecado. Para mí no hay tal cosa como el pecado.

¿Por qué el sexo ha llegado a ser un problema en nuestra vida? ¿Por qué hay tantas distorsiones, perversiones, inhibiciones, represiones? ¿No es porque estamos hambreados mental y emocionalmente, porque somos incompletos en nosotros mismos, porque nos hemos vuelto meras máquinas imitadoras y entonces la única expresión creativa que nos queda, la única cosa en la que encontramos felicidad, es esa cosa que llamamos sexo? Mental y emocionalmente, hemos dejado de existir como individuos. Somos meras máquinas en la sociedad, en la política, en la religión. Como individuos, hemos sido total y despiadadamente destruidos a causa del temor, de la imitación, de la autoridad. No hemos librado nuestra inteligencia creativa a través de los canales sociales, políticos o religiosos. Por lo tanto, la única expresión creativa que nos han dejado como individuos es el sexo, y es natural que le asignemos una importancia tremenda, que pongamos en él un énfasis extraordinario. Por eso el sexo se ha convertido en un problema, ¿no es así?

Si pudieran liberar el pensamiento creativo, la emoción creativa, entonces el sexo ya no sería un problema. Para liberar total y completamente esa inteligencia creativa, tienen que cuestionar el hábito mismo del pensamiento, la tradición en la que están viviendo, esas creencias que se han vuelto automáticas, espontáneas, instintivas. A causa del cuestionamiento entran ustedes en conflicto, y ese conflicto y la comprensión del mismo despertarán la inteligencia creativa; en ese cuestionar liberarán gradualmente el pensamiento creativo, lo liberarán de la limitación, de la autoridad y del temor.

Ése es un lado del problema. Hay también otro lado que concierne al alimento y al ejercicio, y al amor que sientan por el trabajo que realizan. Han perdido el amor por el trabajo. Se han convertido en meros oficinistas, esclavos de un sistema, que trabajan por quince rupias o por cien mil rupias, no por amor a lo que hacen.

En cuanto a la relación sexual ilegítima, consideremos lo que ustedes entienden por matrimonio. En la mayoría de los casos, el matrimonio no es sino la santificación, por medio de la religión y la ley, del instinto posesivo. Supongamos que uno ama a una mujer; quiere vivir con ella, poseerla. La sociedad actual tiene innumerables leyes para ayudarlo a poseer y diversas ceremonias para santificar esa posesión. Un acto que uno habría considerado como pecaminoso antes del matrimonio, lo considera legítimo después de esa ceremonia. O sea, antes de que la ley legalice y la religión santifique su deseo de poseer, usted considera el acto de la relación ilegítimo, pecaminoso.

Donde hay amor, verdadero amor, no hay cuestión de pecado, de legalidad e ¡legalidad. Pero a menos que ustedes reflexionen profundamente acerca de esto, a menos que hagan un esfuerzo genuino para no tomar en sentido erróneo lo que he dicho, ello conducirá a todo tipo de confusiones. Tenemos miedo de muchas cosas. Para mí, la terminación de los problemas del sexo radica no en la mera legislación, sino en liberar esa inteligencia creativa, en ser completos en la acción, en no separar el corazón y la mente. El problema desaparece sólo viviendo de manera plena, total.

Como he estado tratando de aclarar, ustedes no pueden cultivar el nacionalismo y, al mismo tiempo, hablar de hermandad. Creo que fue Hitler el que desterró de Alemania la idea de hermandad porque, dijo, se opone al nacionalismo. Pero aquí ustedes tratan de cultivar ambas cosas. En el fondo son nacionalistas, posesivos, tienen diferencias de clase; sin embargo, hablan de hermandad universal, de un mundo en paz, de la unidad e integridad de la vida. Mientras que la acción que desarrollan esté dividida, mientras no haya una íntima relación entre el pensar, el sentir y el actuar, y no exista una percepción lúcida y plena de esa relación íntima, habrá innumerables problemas, los cuales asumen tal predominancia en sus vidas, que se convierten en una constante fuente de deterioro.

Pregunta: Lo que usted dice sobre la necesidad de que estemos libres de todo amoldamiento, de todo liderazgo y toda autoridad es una enseñanza útil para algunos de nosotros. Pero la sociedad y quizás incluso la religión, junto con sus instituciones y un gobierno capaz, son esenciales para la inmensa mayoría de la humanidad y, en consecuencia, resultan útiles para ella. Hablo desde años de experiencia. ¿Discrepa usted con este punto de vista?

Krishnamurti: Lo que es un veneno para uno es un veneno para otro. Si la creencia religiosa, si la autoridad es falsa para uno, es falsa para todos los demás. Cuando ustedes consideran al hombre tal como lo hace el interlocutor, entonces retienen y cultivan en él una mentalidad servil. Es lo que yo llamo explotación. Ésa es la actitud adquisitiva o capitalista: “Lo que es beneficioso y útil para mí es peligroso para ustedes”. Así, mantienen como esclavos a quienes se hallan atados a la autoridad, a las creencias religiosas. No dan nacimiento a nuevas organizaciones, a nuevas instituciones que ayuden a otros esclavos a liberarse y a no esclavizarse otra vez a las nuevas organizaciones e instituciones.

Ahora bien, yo no me opongo a las organizaciones, pero sostengo que ninguna organización puede conducir al hombre hacia la verdad. Sin embargo, todas las sociedades religiosas, las sectas y los grupos se basan en la idea de que el hombre puede ser guiado hacia la verdad. Las organizaciones deben existir para el bienestar del hombre, organizaciones no divididas por nacionalidades, por diferencias de clase. Ésta es la cosa fundamental que resolverá el problema inmediato con el que se enfrentan los seres humanos, el problema de la explotación, el problema del hambre.

Ustedes podrán insistir en que, tal como es la gente, tiene que estar sometida a la autoridad. Pero si perciben que la autoridad corrompe, mutila, entonces combatirán la autoridad, descubrirán nuevos métodos de educación que ayudarán a liberarse al hombre, sin esta calamidad de las discriminaciones. Pero cuando consideran la vida desde el punto de vista estrecho, egoísta y fanático, formulan inevitablemente una pregunta como ésta; la formulan porque temen que aquéllos sobre quienes ejercen autoridad, ya no los obedecerán. Esta consideración por las masas, por la mayoría es muy superficial, falsa; emana del temor y debe conducir, inevitablemente, a la explotación. Pero si percibieran realmente lo que significa la autoridad, el amoldarse a la tradición, el ajustarse conforme a un patrón determinado, el condicionar la mente y el corazón según un principio o ideal, entonces ayudarían inteligentemente al hombre para que pudiera liberarse él mismo de estas cosas. Entonces verían la superficialidad de todo ello, su efecto degenerativo no sólo sobre uno mismo o unos pocos hombres, sino sobre el total de la humanidad. De tal modo, ayudarían a liberar el poder creativo en el ser humano, ya sea el propio o el de alguien más; ya no mantendrían esta distinción artificial entre hombre y hombre: superior e inferior, evolucionado y no evolucionado. Pero esto no quiere decir que hay o habrá igualdad; no hay tal cosa. Sólo existe el hombre en proceso de realización. Pero la mente que crea las diferencias porque piensa en sí misma como algo separado, es una mente explotadora, cruel, y la inteligencia debe estar siempre en rebelión contra una mente semejante.

El Arte de Escuchar

Pláticas en Adyar, Madrás, India

Tercera plática, 31 de diciembre de 1933

Jiddu Krishnamurti. El Arte de Escuchar. Obras Completas Tomo 1. 1933 - 1934. The Collected Works of J.Krishnamurti Volume 1. 1933 - 1934. The Art of Listening. Jiddu Krishnamurti en español.

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