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Principios del Aprender

Segunda Parte, Capítulo 1

Siempre es excitante ir a un nuevo país, especialmente cuando se es muy joven. Uno siente eso con mucha intensidad aquí, donde existe una gran libertad física, donde todo el mundo parece tener tanta energía, donde hay una inquieta, cambiante actividad que, al parecer, no tiene fin. De costa a costa las grandes ciudades son todas iguales, exceptuando a una o dos de ellas. Pero el país es inmenso y extraordinariamente bello con sus grandes espacios, sus desiertos y sus serpenteantes ríos, largos y profundos. Uno puede encontrar aquí todos los climas, desde los trópicos hasta las altas y nevadas montañas.

Dominando con la vista el azul Pacifico, varios de nosotros estábamos en una gran sala discutiendo acerca de la educación. Un hombre alto con chaqueta de lana de dos colores, decía: «Mis hijos e hijas se rebelan. Parecen considerar su casa como un tránsito hacia alguna otra parte. Ellos sienten que nada puede decírseles, que tienen todas las respuestas. Les disgusta cualquier forma de autoridad o de lo que ellos piensan que pueda ser autoridad. Están naturalmente contra la guerra, no porque hayan pensado mucho acerca de sus causas, sino porque están en contra de que se mate a otros seres humanos; sin embargo, aprobarían la guerra por ciertas causas. Son extrañamente violentos, no sólo con nosotros, sino que están en contra del gobierno, en contra de esto y de aquello. Dicen que son contrarios al conformismo, pero por lo que yo he visto de ellos y de los amigos que traen a casa, son tan conformistas a su manera como nosotros jamás lo fuimos. Su forma de conformismo es el pelo largo, la suciedad, los pies descalzos y una general dejadez y promiscuidad. Ellos tienen su lenguaje propio. Uno de mis hijos ha tomado drogas. Podría haber terminado muy bien la universidad, pero la ha abandonado. Aunque es sensible, inteligente y lo que uno podría llamar reflexivo, está atrapado en este remolino del caos. Toda su generación está en contra del orden establecido, sea el de la universidad, el del gobierno o el de la familia. Algunos de ellos leen libros sobre misticismo o gustan de la magia negra y de otros extraños temas ocultos. Unos pocos son realmente muy finos, gentiles, tranquilos, pero con un sentimiento de atormentadora desesperación».

Habló otro hombre. «Todo está muy bien mientras son jóvenes, ¿pero qué sucederá cuando sean mayores? En un país como éste pueden ganar fácilmente unos pocos dólares y vivir de ellos un tiempo, pero a medida que crezcan encontrarán que eso no es tan simple como ellos pensaban que sería. En rebelión contra nuestra sociedad opulenta, se vuelven hacia lo que ellos llaman una vida simple; quieren regresar a la vida primitiva y ser como salvajes, con muchas mujeres e hijos, trabajando un poco en el huerto, etc. Forman comunas. Algunos de ellos son serios, pero entonces otros vienen y trastornan todos sus planes. Y así sigue todo eso».

El tercer hombre dijo: «Yo no conozco la causa de todo esto. Como padres se nos culpa por su mala educación, sus rebeldías, su falta de respeto. Por supuesto que nosotros, los padres, tenemos nuestras propias dificultades. Nuestras familias están desunidas, nos peleamos, estamos aburridos de cuanto hacemos, bien en el fondo somos unos hipócritas. Conservamos nuestra religión para los fines de semana, y el resto de la semana somos meramente salvajes domesticados. Nuestros hijos ven todo esto ‑al menos los míos- y es natural que haya disminuido su respeto por nosotros. Votamos por nuestros líderes y ellos desprecian a esos líderes. Nosotros hemos ido a colegios y universidades, ellos ven cómo somos y, lógicamente ‑no los culpo- no quieren en absoluto ser como nosotros. Mi hijo me llamó hipócrita en mi propia cara y, como estaba expresando un hecho, yo nada podía hacer al respecto. Esta rebelión está arrasando el mundo».

Y el cuarto dijo: «Si usted les pregunta qué quieren hacer, con excepción de aquellos que están comprometidos en una acción política particular ‑ y afortunadamente de esos no hay demasiados ‑ ellos le dirán: “No sabemos y no necesitamos saberlo. Sabemos lo que no queremos y vamos a descubrir sobre la marcha”. El argumento que tienen es muy simple: “Ustedes supieron lo que querían hacer ‑obtener más dinero y una mejor posición, y miren a dónde han conducido al mundo. Con toda seguridad que nosotros no queremos eso”. Algunos de ellos desean una vida fácil y cómoda, flotando a la deriva, cediendo a todas las formas de placer. El sexo es nada para ellos. Me pregunto por qué esto ha acaecido tan súbitamente en los últimos pocos años. Usted ha estado a menudo en este país, ¿cuál piensa que sea la causa de todo esto?»

¿No existe una causa más honda, un movimiento más profundo del cual tal vez la joven generación no es consciente? En una sociedad o cultura tan rica físicamente y con una tecnología asombrosa, un pueblo con tanta energía puede estar viviendo una vida muy superficial. Sus creencias religiosas y sus luchas no los llevan a mirar en profundidad dentro de sí mismos. El empuje exterior del bienestar material con toda su competencia, sus guerras, parece satisfacerlos. No dan la impresión de querer investigar más amplia o profundamente, aunque deseen conquistar el espacio. Se interesan en la explosión externa ‑más de esto y más de aquello- y están entregados al disfrute del placer. Su Dios ha muerto, si es que alguna vez tuvieron un Dios. Se han escrito volúmenes acerca de ellos, han sido analizados y puestos en categorías. Hasta tienen clases donde aprenden a ser sensibles. El sentimiento vocacional ha llegado a su fin. La vida se ha uniformado, se ha vuelto carente de sentido, con las ciudades atestadas, las interminables autopistas, etc. ¿Qué tienen ustedes que ofrecer a los jóvenes? ¿Qué tienen para darles ‑sus inquietudes, sus problemas, sus realizaciones absurdas? Es natural que cualquier persona inteligente deba rebelarse contra todo esto. Pero esa misma rebelión lleva en sí la semilla del conformismo: conformarse dentro del propio grupo y oponerse a otro grupo. El joven principia por rebelarse contra el conformismo y termina por conformarse de un modo completamente igual y más absurdo. Ustedes han vivido para el placer y ellos quieren vivir para su propia clase de placer. Ustedes han ayudado a producir las guerras y, naturalmente, ellos están contra la guerra. Todo lo que ustedes han hecho, construido y producido es para el bienestar material; éste tiene su lugar, pero cuando se vuelve un fin en sí mismo, entonces el caos comienza. Uno se pregunta si ustedes aman realmente a sus hijos. No se trata de lo que otros hagan en otras partes del mundo; ése no es el punto. Puede que ustedes cuiden a sus hijos cuando son muy jóvenes, que les den todo lo que quieren, que les den el mejor alimento, y que así los echen a perder tratándolos como juguetes y usándolos para la propia realización y disfrute. En esto jamás hay freno alguno, nunca un sentimiento de austeridad, que de ningún modo es la ruda severidad del monje. Ustedes tienen un idea de que ellos deben moverse libremente, de que no deben ser reprimidos, de que no debe decírseles lo que han de hacer; ustedes siguen lo que recomiendan los especialistas y dicen los psiquiatras. Ustedes producen una generación sin ninguna restricción y cuando ésta se rebela, se sienten horrorizados o complacidos de acuerdo con el condicionamiento de ustedes. De modo que son ustedes los responsables por todo esto.

¿No indica esto, si uno puede preguntarlo, que no hay verdadero amor? El amor se ha convertido en una nueva forma de placer, un entretenimiento espiritual o físico. Pese a todo el cuidado que les dedicaron cuando ellos eran pequeños, permiten que se les mate. En el corazón desean que ellos se amolden, no al patrón de ustedes como padres, pero si a la estructura de un orden social que es corrupto en sí mismo. Se horrorizan cuando ellos escupen en todo esto, pero de un modo extraño admiran el hecho; piensan que es prueba de una gran independencia. Después de todo, ustedes dejaron Europa para ser independientes, y así el círculo se repite eternamente.

Ellos permanecían silenciosos. Y entonces el hombre alto dijo: «¿Cuál es la causa de todo esto? Yo comprendo muy bien lo que usted dice. Es claro y obvio cuando uno lo mira. Pero bajo la superficie, ¿cuál es el sentido de eso?»

Ustedes han tratado de dar significación a una vida que tiene muy poco sentido, que es muy superficial e insignificante y, habiendo fracasado en esto, tratan de expandirla en el mismo nivel. Esta expansión puede continuar indefinidamente, pero carece de hondura, de profundidad. El movimiento horizontal conducirá a toda clase de lugares que son excitantes y entretenidos, pero la vida permanece siendo muy superficial. Ustedes pueden tratar de darle profundidad intelectualmente, pero eso es aún trivial. Para una mente que de verdad inquiere no que examina de un modo meramente verbal o que intelectualmente reúne hipótesis, para la mente inquisitiva el movimiento horizontal tiene muy escaso significado. No puede ofrecer nada excepto lo muy obvio, y así es como la rebelión también se vuelve trivial, porque se está moviendo aún en la misma dirección ‑externa, política, reformista, etc. La única revolución es la que se realiza, dentro de uno mismo. Esta no es horizontal sino vertical ‑hacia abajo y hacia arriba. El movimiento interno que tiene lugar en uno mismo nunca es horizontal, y porque es interno tiene una inmensurable profundidad. Y cuando existe realmente esta profundidad, ella no es horizontal ni vertical.

Esto no lo ofrecen ustedes. Los dioses, los predicadores, los líderes de ustedes se interesan en lo superficial, en una mejor distribución, en mejores sistemas y organizaciones que son necesarias para la eficiencia; pero ésa no es la respuesta total. Ustedes podrán tener una burocracia maravillosa, pero ésta se vuelve inevitablemente tiránica. La tiranía trae orden en lo superficial. Las religiones que supuestamente ofrecen profundidad, son una ofrenda del intelecto, cuidadosamente planeadas para que se les reconozca y se crea en ellas, una cosa de la propaganda. Pero no tiene belleza interior. En tanto la educación se interese meramente en la cultura de lo externo, en la especialización, en la vigorización de la conformidad, el movimiento interno con su inmensa profundidad será, inevitablemente, para los pocos, y en eso también hay un gran infortunio. El infortunio no puede ser resuelto, no puede ser comprendido cuando ustedes están corriendo con tremenda energía a lo largo de la superficie. A menos que resuelvan esto mediante el conocimiento de sí mismos, tendrán rebelión tras rebelión, reformas que necesitarán ulteriores reformas, y el interminable antagonismo del hombre contra el hombre habrá de continuar. El conocimiento de sí mismo es el principio de la sabiduría, y no se apoya en los libros ni en las iglesias ni en el amontonar palabras sobre palabras.

Principios del Aprender

Segunda Parte, Capítulo 1

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