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Principios del Aprender

Segunda Parte, Capítulo 5

La mayoría de nosotros no parece conceder suficiente importancia a la meditación. Para los más es una cosa transitoria de la que se espera alguna clase de experiencia, alguna adquisición trascendental, una realización después de que todos los otros intentos de realización han fracasado. La meditación se vuelve un movimiento autohipnótico en el cual aparecen diversas proyecciones y símbolos. Pero éstos son una continuidad de lo que ha sido, quizás modificada o aumentada, pero siempre dentro del área de algún logro. Todo esto es más bien inmaduro e infantil, sin mayor significación y sin que alcance a zafarse del orden establecido ‑o desorden- de los eventos pasados. Estos sucesos se vuelven extraordinariamente significativos para una mente que se interesa en su propio progreso, en su mejoramiento y en sus propias expectativas. Cuando la mente se abre paso a través de todos estos residuos ‑y eso sólo puede ocurrir con el conocimiento de uno mismo- entonces lo que sucede nunca puede ser expresado a otro. Aun en el acto de expresarlas, las cosas ya han cambiado. Es como describir una tempestad. Ya está sobre las colinas, los valles, y se ha ido lejos. Y así, el hablar de ella se vuelve algo que pertenece al pasado y, por lo tanto, ya no es más lo que realmente está ocurriendo. Uno puede describir algo con exactitud ‑un suceso- pero la misma exactitud de ello se vuelve inexacta cuando la cosa se ha ido. La exactitud de la memoria es un hecho, pero la memoria es el resultado de algo que ya ha sucedido. Si la mente sigue el fluir de un río, no tiene tiempo para descripciones, ni el recuerdo tiene tiempo para acumularse. Cuando hay una meditación de esta clase, ocurren muchísimas cosas que no son una proyección del pensamiento. Cada suceso es totalmente nuevo, en el sentido de que la memoria no puede reconocerlo; y como no puede reconocerlo, tampoco puede acumularlo en palabras y recuerdos. Es una cosa que nunca ha sucedido antes. Esto no es una experiencia. La experiencia implica reconocer, asociar y acumular como conocimiento. Es obvio que se liberan ciertos poderes, pero éstos se vuelven un gran peligro en tanto prosiga la actividad egocéntrica, sea que esas actividades estén relacionadas con conceptos religiosos o con tendencias personales.

La libertad con respecto al «yo» es absolutamente necesaria para que lo real sea. Pero el pensamiento es muy artero, extraordinariamente sutil en sus actividades y, a menos que uno esté tremendamente atento, sin preferencia alguna, a todas estas sutilezas y a estos astutos empeños, la meditación se convierte en la conquista de poderes que están más allá de los puramente físicos. Cualquier sentimiento de importancia que provenga de alguna acción del «yo», debe conducir inevitablemente a la confusión y al dolor. Por eso es que, antes de considerar la meditación, comiencen por comprenderse a sí mismos, por comprender la estructura y la naturaleza del pensamiento. De otro modo estarán perdidos, y sus energías serán malgastadas. Por lo tanto, para ir lejos deben empezar muy cerca: y el primer paso es el último paso.

La gran sala dominaba el azul Pacífico. Estaba sobre lo alto de un risco y uno podía ver cómo las olas plateadas se quebraban y extendían por la playa. Aunque se encontraban ahí varios jóvenes, reinaba la quietud. Todos sentíamos algo de reserva. Los había de pelo corto y de pelo largo, algunos llevaban barba y otros se veían descuidados.

«Ante todo, si es que puedo comenzar», dijo un joven de limpio pelo largo y barba, «¿por qué debería yo ganarme la subsistencia? ¿Por qué debo cursar una carrera, sabiendo adónde conduce eso ‑propiedad, cuenta bancaria, una mujer e hijos, y la absoluta mediocridad burguesa de todo eso? No quiero estar preso en esa trampa. Si otros lo desean es cosa de ellos, pero eso no es para mí. No me importa ser un mendigo y pedir a la gente una limosna. Duermo en la casa de alguien y tengo ropas suficientes para arreglármelas con ellas. He recorrido todo el país en los últimos años viviendo de este modo, y me gusta. Que trabajen todos si lo desean, y si tienen ganas de mantenerme que lo hagan. Yo no quiero pertenecer a ninguna comuna, a ningún grupo. Soy libre y quiero permanecer libre. No estoy contra nadie ‑blanco o negro. Pero me han dicho que esto es explotación: que mientras soy joven todo está muy bien, pero que cuando llegue a los treinta comenzaré a ver que no puedo continuar de este modo. Yo no sé qué me reserva el futuro; vivo de día en día y eso es suficiente para mí. Me gustaría conocer su opinión sobre esto».

Sólo los necios ofrecen opiniones. Usted sabe que los monjes de Asia viven de esta manera: no en comunidades organizadas sino como individuos que van de pueblo en pueblo mendigando; y se les protege. En retribución ellos predican la buena vida: no la buena vida física sino una vida de bondad. Eso es lo que ellos ofrecen, a menos que sean criminales o explotadores. ¿Qué es, entonces, lo que usted ofrece en cambio a quienes lo alimentan?

«¿Por qué habría yo de ofrecerles algo en cambio? No tengo nada que darles. No quiero decirles cómo tienen que vivir. Cualquier hombre sensible sabe cuándo su manera de vivir es burguesa, conformista, y es cosa de ellos desprenderse de eso. He tratado de hablar a la gente pero nadie hace caso. Yo no quiero ofrecer nada a cambio de sus alimentos y ropas. Fundamentalmente, no tengo nada que ofrecer. No pinto, no toco la guitarra. No tengo ninguna de las cosas que a ellos les gustan. Estoy completamente fuera de su círculo. Si tuviera algo fundamental lo ofrecería sin importarme si lo toman o no. Pero no tengo nada. Estoy exactamente igual de confuso que el resto del mundo y soy probablemente igual de desdichado. No soy de los que han abandonado los estudios. He pasado por el colegio hasta terminarlo y estoy disgustado con toda la cosa, con sus hipocresías y sus pretensiones. Pero lo que me molesta un poco es que quiero descubrir ‑no a Dios, ése es un concepto burgués- sino algo que sea real. He leído algunos libros orientales sobre el particular, pero todos se pierden en ideas y teorías. Yo quiero sentir algo real en mis entrañas, algo que nadie pueda tocar ni quitarme. Quiero llegar al corazón de esto tan pronto como sea posible. Veo lo absurdo de la iluminación instantánea, pero no tengo paciencia para pasar por todo el galimatías de la disciplina, el ayuno y el seguimiento de algún sistema. Quiero ir derecho a eso por el camino más corto posible».

Ciertamente, esto es posible: ver claramente «lo que es» sin ninguna distorsión, sin ningún motivo, e ir más allá de ello. ¿Y puede usted ver muy claramente lo que es? ¿Ver no sólo lo exterior ‑el medio ambiente, la moralidad social, las sanciones burocráticas, religiosas y mundanas- sino también lo interno? Ver lo que sucede realmente, sin preferencia alguna, sin ninguna reserva. Si puede hacerlo, entonces la puerta está abierta. Ese es el camino más corto y el más directo. Entonces usted no sigue a nadie. Todos los sistemas son inútiles y el gurú se convierte en un ser dañino. ¿Puede usted hacer esto? Si puede, entonces la mente está libre y el corazón está lleno. Entonces usted es una luz para sí mismo.

Habló otro: «Yo abandoné los estudios. Abandoné el colegio. Escogí la economía como mi especialización, y justo antes de graduarme la dejé. Vi cómo eran los profesores, intrigando entre ellos, haciendo política para obtener mejores posiciones. Vi su total indiferencia hacia todo mientras estuvieran seguros en su mundo de profesores. No quise volverme como ellos. Unos pocos de los que estamos aquí en esta sala queremos formar una comunidad. La mayoría de nosotros no pertenecemos a nada. No tenemos simpatía por esta batalla que tiene lugar entre el negro y el blanco; damos la bienvenida al negro y al blanco, como usted puede ver. Queremos conseguir un pedazo de tierra para vivir en él, y lo conseguiremos. Podemos trabajar con las manos, podemos cultivar la tierra y vender cosas. Pero nuestro problema consiste en saber si es posible vivir juntos sin ningún conflicto entre nosotros, sin ninguna autoridad y en un estado de gran afecto».

Una comunidad se forma generalmente en torno de una idea, una creencia, o alrededor de alguien que personifica esa creencia. El ideal o la utopía se convierten en la autoridad y, poco a poco, algún individuo toma eso a su cargo: gobierna, amenaza y excomulga. En esto no hay cooperación en absoluto; hay obediencia, la que, por supuesto, lleva al desastre. Si uno puede preguntarlo, ¿han considerado este problema de la cooperación? Si no es así, la comunidad de ustedes fracasará inevitablemente. Vivir juntos y trabajar juntos es una de las cosas más difíciles que hay. Cada uno quiere realizarse él mismo, llegar a ser esto o aquello, y en eso radica la ruptura de cualquier cooperación. Trabajar juntos implica la abnegación del «yo» sin motivo alguno. Es como aprender juntos, en lo cual sólo existe una función sin status de ninguna clase. Si ustedes tienen esta real comprensión del espíritu de cooperación, entonces eso forzosamente tiene que actuar. No es que cada uno deba contribuir con algo al bienestar de la comunidad, sino más bien que cada uno lleve en si esta chispa vital de la comprensión. Cualquier motivo personal o utilitario pone fin a la verdadera cualidad de cooperación. ¿Piensa que usted y sus amigos tienen esto? ¿O es que sólo desean poner en marcha una comunidad? Eso es como partir en un bote esperando encontrar una isla sin saber en qué dirección se está yendo, sin saber adónde va uno pero esperando de algún modo encontrar, en alguna parte, una tierra feliz con un grupo de personas que no tienen ideas de qué hacer con la tierra o con ellas mismas.

Un joven de rostro y manos sensitivas, dijo: «Yo soy uno de los que usan drogas. Las he usado regularmente por cuatro o cinco años; no demasiado, probablemente cada mes o algo así. Estoy bien consciente de lo que me causan. No tengo en absoluto la agudeza que tenía. Cuando estoy en la «cumbre» pienso que puedo hacer cualquier cosa. Me parece tener una energía tremenda y no hay confusión. Veo las cosas vivamente. Me siento como un dios sobre la tierra, perfecto, sin problema alguno, sin ningún pesar. Pero no puedo mantener ese estado todo el tiempo y estoy otra vez de regreso sobre esta tierra demente. Entonces necesito una dosis más fuerte y realmente no sé hacia dónde eso me conduce. Ahora estoy muy inquieto al respecto. Puedo verme terminando poco a poco en un hospital de enfermos mentales y, sin embargo, la atracción del otro estado es tan fuerte que, al parecer, no ofrezco resistencia. Soy joven. No soy uno de los que han abandonado los estudios. Vivo con mis padres. Ellos saben lo que estoy haciendo y quieren ayudarme a terminar con eso. Veo en mí un lento deterioro. Al comienzo experimenté con las drogas porque los otros lo hacían. Entonces era divertido pero ahora se ha vuelto un peligro. ¿Ve qué claramente puedo explicar todo esto? Sin embargo, hay una parte de mí que se ha vuelto lenta, aletargada e ineficaz. Son estos gurús de las drogas los que me han enganchado en eso prometiendo una experiencia de lo real. Ahora veo lo fácilmente que somos engañados por estos intelectuales. Yo no quiero terminar en un hospital de enfermos mentales o en una prisión, ni quiero perder por completo mi mente».

Si usted ve esto con tanta claridad, el modo en que ello está perjudicando su cerebro, su sensibilidad y las sutilezas de su vida, ¿por qué no lo abandona? No abandonarlo por un día o dos, sino completamente. Si en verdad ve ese peligro, no de manera verbal o romántica, el mismo verlo es la acción que le pondrá fin. Pero usted debe verlo, no teorizar acerca del ver. Debe negarlo por completo. En esto tendrá la fuerza para hacerlo, la vitalidad y la energía. Entonces acabará con ello sin ninguna resistencia. Esta resistencia es el nudo de la cuestión. No erija una resistencia contra ello. Porque entonces estará en conflicto con la droga por un lado y con usted mismo por el otro, con un muro de decisión que sólo separa e incrementa el conflicto. Mientras que si realmente lo viera, si viera el tremendo peligro que eso representa ‑como uno ve el tremendo peligro de un tiburón o de una serpiente de cascabel- entonces lo abandonaría completamente, instantáneamente.

Por lo tanto, si puedo sugerirlo, no se decida a no usar drogas, porque la decisión está basada en la voluntad, que es resistencia con todas sus contradicciones y conflictos. Estando atento a esto, usted dirá entonces que le es imposible renunciar. No lo combata, pero vea realmente el inmenso peligro para el cerebro, para todo el sistema nervioso, para la claridad de percepción. Eso es todo cuanto tiene que hacer y nada más; el ver es el actuar.

«¿Podemos volver otro día, señor?»

Por supuesto, tan frecuentemente como quieran hacerlo.

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Segunda Parte, Capítulo 5

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