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Principios del Aprender

Segunda Parte, Capítulo 6

No hay secuencia en la meditación. No existe una continuidad, porque ésta implica tiempo y espacio y la acción que tiene lugar dentro de eso. Toda nuestra actividad psicológica está dentro del campo del tiempo y el espacio, y de esto deriva una acción que es siempre incompleta. Nuestra mente está condicionada para la aceptación del tiempo y el espacio. Desde aquí hasta allí, la cadena de esto y aquello es lo que constituye la secuencia del tiempo. En este movimiento, la acción producirá contradicción y, por consiguiente, conflicto. Esta es nuestra vida. ¿Puede alguna vez la acción estar libre del tiempo, de modo que no haya remordimientos ni expectativas, que no haya un proyectarse de la acción hacia atrás o hacia adelante? Ver es actuar. No hay primero un comprender y después un actuar, sino más bien un ver que, en sí mismo, es la acción. En esto no existe el elemento de tiempo, de modo que la mente es siempre libre. El tiempo y el espacio son la vía del pensamiento, el cual fabrica y alimenta el «mi», el «yo» y el «no yo» con todas sus exigencias de realización, su resistencia y su temor de ser lastimado.

En esta mañana, la cualidad de la meditación era la nada, el total vacío de tiempo y espacio. Eso es un hecho y no una idea ni la paradoja de especulaciones opuestas. Uno descubre esta extraña vacuidad cuando se elimina la raíz de todos los problemas. Esta raíz es el pensamiento, el pensamiento que divide y limita. En la meditación, la mente se torna realmente vacía de pasado, aunque pueda utilizar al pasado como pensamiento. Esto prosigue durante el día, y por la noche el dormir vacía la mente del ayer y, por lo tanto, ésta toca aquello que es intemporal.

El joven de barba y cabello muy largo dijo: «Yo soy un idealista, lo que implica ser un revolucionario. No quiero esperar el lento progreso de la humanidad. Quiero un cambio radical tan rápidamente como sea posible. Hay espantosas injusticias sociales tanto entre los blancos como entre los negros, entre todas las minorías y, por supuesto, los políticos tal como ellos son ahora están corruptos, son unos hipócritas, buscan su propio engrandecimiento actuando en nombre de la democracia. Yo soy violento por naturaleza y no alcanzo a ver método alguno, excepto mediante la violencia, que pueda producir un cambio radical en la estructura de la sociedad. Soy un idealista en el sentido de que nosotros derribaremos la confusión para que algo nuevo pueda surgir. Lo nuevo es nuestro ideal. No sé lo qué será, pero habremos de descubrirlo al destruir lo viejo. Sé lo que usted piensa acerca de la violencia, pero esto no viene al caso. La mayoría de la gente en el mundo ya es violenta, está llena de antagonismos, y eso será utilizado para derribar el sistema establecido y edificar una sociedad nueva. Nosotros estamos por la libertad. Queremos ser libres para expresarnos a nosotros mismos; cada cual debe realizarse y la sociedad presente niega todo esto. Estamos, desde luego, contra todas las religiones».

El idealista que también es un revolucionario, aunque pueda hablar convincentemente acerca de la libertad, producirá inevitablemente una dictadura de los pocos sobre los muchos. El también creará un culto personal y destruirá por completo toda forma de libertad. Uno ha podido observar eso en las revoluciones francesa y rusa. Ese ideal suyo que podrá surgir de las cenizas de la presente estructura, será sólo especulativo y teórico; y sobre esta especulativa utopía ‑llámela como quiera- usted quiere edificar una nueva sociedad. Esto es lo que han hecho todos los revolucionarios físicos. Parten de la igualdad, la justicia social, el debilitamiento del estado, etcétera, y terminan en una burocracia tiránica, en la persistencia del conformismo y en el ejercicio de la autoridad en el nombre del estado. Seguramente no es esto lo que usted quiere. Piensa o siente que destruyendo la presente estructura social, descubrirá sobre la marcha y sin tener un esquema previo, una estructura nueva que supone ha de significar justicia social, libertad para todos, igualdad económica, etcétera. Espera producir todo esto mediante la violencia. La violencia sólo puede engendrar violencia. Por medio de la violencia usted podrá destruir los sistemas actuales, pero ello engendrará resistencia y profunda renuencia a cooperar.

Aparentemente, todos ustedes quieren cambios rápidos sólo en lo externo. Desean terminar inmediatamente con las guerras, y en eso concordamos la mayoría de nosotros, pero en tanto haya división en nacionalidades, en creencias religiosas con sus dogmas, tendrá que haber conflictos. Cualquier forma de división engendrará antagonismo y odio. Queremos cambiar la superficie de las cosas sin llegar al propio corazón del problema. El corazón del problema es la educación. Es la comprensión total del hombre y no el énfasis puesto sobre un fragmento de la vida ‑sea en lo tecnológico o en los medios de ganarse la subsistencia.

Vemos que ustedes no escuchan todo esto. Si es que uno puede señalarlo, todos los entusiastas del cambio exterior siempre dejan de lado los problemas más fundamentales.

«Lo que usted dice puede ser así, pero todo eso tomará tiempo y ahora nosotros no tenemos tiempo para que se nos eduque correctamente. Antes debemos cambiar la estructura a fin de tener una educación apropiada».

La postergación de los problemas fundamentales contribuye a una mayor superficialidad de la vida, de la existencia de cada día, y conduce a variadas formas de escape, incluyendo la violencia ‑escapes por medio de las llamadas religiones, por medio del entretenimiento. No estamos separando lo externo y lo interno. Nos interesa el movimiento total de la vida y la educación es parte de este movimiento. Tal como están ahora las cosas, en casi todos los países hay alguna forma de servicio militar. En vez de eso, debería ser parte de la educación trabajar en el campo social. Pero esto tampoco es el problema fundamental.

«Usted no me convence. No me ha mostrado qué hacer y cómo actuar en este mundo asesino».

No estamos tratando de convencerle de nada. Señalamos ciertos hechos, ciertas verdades que no son suyas ni mías. Decimos que para producir un cambio radical en la estructura de la sociedad, ha de haber una respuesta a preguntas que son fundamentales; y en el mismo formular la pregunta está la respuesta. La respuesta es la acción; no en algún futuro distante sino ahora. Esa es la mayor revolución. La mayor y la única revolución. A eso usted replica: no tenemos tiempo, queremos cambiar la estructura social inmediatamente. Si podemos señalarlo, esta respuesta es por completo inmadura. El hombre no es una mera máquina social. Le concierne el amor, le concierne el sexo, los temores. No obstante, sin tomar en cuenta todo eso usted espera que, transformando el andamiaje de la estructura social, producirá un cambio radical. El activista es el extrovertido. Pero en lo que estamos interesados no es en el extrovertido ni en el introvertido ‑que es otra vez una división muy superficial. Lo que realmente nos interesa es el cambio de la mente humana. Si esto no se comprende a fondo, su revolución será una reforma y, como toda reforma, necesitará una reforma ulterior.

«Estoy aburrido de todo esto». Habló un hombre alto, joven, nítidamente afeitado y de sucia vestimenta. «No me interesa esto en absoluto. Pero lo que si me interesa ‑ no como un escape - es descubrir realmente qué es la meditación. ¿Podemos investigar eso?»

Señores, ustedes ven qué divididos estamos todos. Uno ocupado con su revolución física, otro con el sexo, otro con el arte o la literatura, y otro con la comprensión de la verdad. Todas estas fragmentaciones hacen que el hombre esté confuso, que sea egocéntrico y desdichado. Y usted con su revolución espera resolver todos estos problemas cambiando la estructura superficial. A eso probablemente responderá: cambie el medio y el hombre será diferente. Pero ésta es otra vez sólo una respuesta parcial, o la formulación de un hecho parcial. Estamos interesados en la comprensión total del hombre. Y esto es meditación. La meditación no consiste en escapar de «lo que es», sino en comprender lo que es e ir más allá. Sin comprender «lo que es», la meditación se vuelve meramente una forma de autohipnosis y un escape a través de visiones y vuelos imaginativos de la fantasía. La meditación es la comprensión, como un hecho, de toda la actividad del pensamiento que da origen al «mi», al «yo», al ego. Entonces el pensamiento trata de comprender la imagen que él ha creado de ese «yo» como si éste fuera algo permanente. Este «yo» se divide a su vez en el superior y el inferior, y esta división produce a su vez conflicto, confusión y desdicha. El conocimiento del «yo» es una cosa, y la comprensión de cómo se origina el «yo» es otra cosa distinta. Una presupone la existencia del «yo» como una entidad permanente. La otra, por medio de la observación, aprende cómo el «yo» es engendrado por el pensamiento. Por lo tanto, la comprensión del pensamiento, de sus modos y sus sutilezas, sus actividades y sus divisiones, es el principio de la meditación. Pero si usted considera al «yo» como una entidad permanente, está estudiando un «yo» que no existe, porque ese «yo» es meramente un manojo de recuerdos, palabras y experiencias. Así, el conocimiento de uno mismo no es el conocimiento del «yo» sino el ver cómo el «yo» ha sido engendrado y cómo esto contribuye a la fragmentación de la vida. Uno debe ver muy claramente esta equivocación. No existe un «yo» permanente acerca del cual haya algo que aprender. Pero aprender acerca de los modos de acción del pensamiento y sus actividades, es disipar la actividad egocéntrica. Esta es la base de la meditación. Sin comprender esto de manera profunda y radical, la meditación se vuelve meramente un juego para los tontos, con sus absurdas y pequeñas visiones, sus fantásticas experiencias y el daño que ocasiona el poder. Esta base implica percepción alerta, la observación de «lo que es» sin preferencia alguna, implica ver sin ningún prejuicio lo que sucede realmente, verlo tanto en lo externo como en lo interno, sin ningún control ni decisión de la voluntad. Esta atención es acción, que no es algo separado en sí mismo; porque la vida es acción. Usted no tiene que volverse un activista, lo que es otra vez una fragmentación de la vida. Si estamos realmente interesados en la acción total, no en la fragmentaria, entonces la acción total viene con la total atención, que consiste en ver realmente «lo que es» tanto en lo interno como en lo externo. Y ese mismo ver es el actuar.

«¿Pero no necesita uno, entrenamiento para esto? ¿Practicar algún método para volverse atento, para volverse sensible?»

Eso es lo que ofrecen las llamadas escuelas de meditación, lo que en realidad es totalmente absurdo. El método implica una repetición mecánica de palabras, o del control, o de la conformidad a un modelo. En esta repetición la mente se torna mecánica. Una mente que es mecánica, no es sensible. Al ver la verdad de este proceso mecánico, la mente se libera y, por lo tanto, es sensible. El ver es la atención.

«Pero» ‑ dijo el joven - «yo no puedo ver claramente. ¿Cómo he de hacer esto?»

Para ver claramente no debe haber preferencia, ni prejuicio, ni resistencia ni escape. Descubra si escapa, si tiene preferencias, prejuicios. Comprenda esto. Entonces la mente puede observar con mucha claridad no sólo los cielos, el mundo, sino lo que sucede dentro de usted mismo ‑ el «yo».

«¿Pero no produce la meditación experiencias extraordinarias?»

Las experiencias extraordinarias están totalmente fuera de lugar y son peligrosas. Estando ahíta de experiencias, la mente necesita experiencias más amplias, más grandes, más trascendentales. Lo «más» es el enemigo de lo bueno. Lo bueno florece sólo en la comprensión de «lo que es», no en el deseo de más o mayores experiencias. De hecho, en la meditación ocurren ciertas cosas para las cuales no existen palabras; y si usted habla acerca de ellas, entonces ellas no son lo real.

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Segunda Parte, Capítulo 6

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