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Principios del Aprender

Segunda Parte, Capítulo 7

El mar queda atrás y uno penetra en tierra firme. Este mar se veía siempre encrespado por enormes olas. No es azul sino más bien marrón oscuro, cruzado por fuertes corrientes. Parecía un mar peligroso. Durante la época de las lluvias un río desembocaba en él, pero después del monzón el mar arrastraba tanta arena que el pequeño río quedaba encerrado dentro. Al dejar el mar atrás y penetrar en tierra firme, uno pasaba por muchas aldeas, carretas de bueyes y tres de los templos más sagrados; y después de un largo tiempo, cruzando muchas colinas, se entraba en el valle y volvía a sentirse su peculiar fascinación.

La búsqueda de la verdad es un asunto tan falso, como si buscándola o preguntando a otros por el camino que conduce a ella, o leyendo acerca de la verdad en los libros, intentando tal o cual sistema, uno pudiera encontrarla. Encontrarla como si fuera algo que está ahí fijo, inmóvil, y que todo cuanto se necesita es reconocerla, agarrarla y decir que uno la ha encontrado.

La verdad no está muy lejos: no hay sendero que lleve a ella. No es algo que uno pueda capturar, retener, atesorar y transferir a otro. La búsqueda implica un buscador y en eso hay división, la eterna fragmentación que el hombre ha producido dentro de sí mismo y en todas sus actividades. No es que el buscar deba llegar a su fin; más bien tiene que comenzar el aprender. Aprender es mucho más importante que encontrar. Para encontrar uno tiene que haber perdido. Perder y reconocer es la norma de la búsqueda. Uno no puede experimentar la verdad. Ella no ofrece la satisfacción del logro, no le da a uno absolutamente nada. La verdad no puede ser comprendida si el «yo» aún está activo.

No hay quien pueda enseñarnos acerca de la verdad, así que no es necesario seguir a nadie. Todo cuanto uno puede hacer es comprender, mediante una cuidadosa observación, el intrincado movimiento del pensar: ver cómo el pensamiento se divide a sí mismo, cómo crea sus propios opuestos y, en consecuencia, engendra contradicción y conflicto. El pensamiento es muy inquieto, y en su inquietud se atará a cualquier cosa que él crea que es esencial, permanente, completamente satisfactoria, y la verdad se convierte así en su final atadura de satisfacción. Uno jamás puede invitar a la verdad por ningún medio. Ella no es un fin; pero la verdad está ahí cuando la observación visual es muy clara y existe la percepción del comprender. El comprender sólo puede tener lugar cuando hay libertad completa con respecto a la totalidad del propio condicionamiento. Es este condicionamiento lo que perjudica. Por lo tanto, no es preciso preocuparse acerca de la verdad, sino más bien dejar que la mente se dé cuenta de su propia prisión. La libertad no está dentro de la prisión. La belleza del vacío es libertad.

En la misma galería, con el perfume del jazmín y las rojas flores del árbol alto, había un grupo de muchachos y chicas. Tenían rostros radiantes y parecían extraordinariamente alegres. Uno de ellos preguntó: «Señor, ¿a usted lo lastiman alguna vez?»

¿Quiere decir físicamente?

«No del todo, señor. No sé cómo exponerlo en palabras, pero uno siente en lo interno que la gente puede lastimarlo, herirlo, hacerle sentirse desgraciado. Alguien dice algo y uno se aparta. Eso es lo que quiero significar por lastimado. Todos nos estamos lastimando los unos a los otros de este modo. Algunos lo hacen deliberadamente, otros sin saberlo .¿Por qué nos sentimos lastimados? Ello es tan desagradable».

El daño físico es una cosa, y lo otro es mucho más complejo. Si a usted lo lastiman físicamente, sabe qué hacer. Acude al médico y él hará algo al respecto. Pero si el recuerdo de esa herida permanece, entonces usted está siempre nervioso y aprensivo, y esto engendra una forma de temor. Queda ahí el recuerdo de la herida pasada que usted desea que no se repita. Esto es bastante comprensible, y tanto puede convertirse en algo neurótico como puede ser encarado cuerdamente sin demasiada incomodidad. Pero la otra herida interna necesita de un examen muy cuidadoso. Uno tiene que aprender muchísimo al respecto.

Ante todo, ¿por qué, en modo alguno, nos sentimos lastimados? Desde la niñez éste parece ser un factor de principal importancia en nuestras vidas: no ser lastimados, no ser heridos por otro, por una palabra, por un gesto, por una mirada, por alguna experiencia. ¿Por qué quedamos lastimados? ¿Es porque somos sensibles, o es porque tenemos una imagen de nosotros mismos que debe ser protegida, que consideramos importante para nuestra misma existencia, una imagen sin la cual nos sentimos perdidos, confusos? Están estas dos cosas: la imagen y la sensibilidad. ¿Comprende lo que quiero significar por ser sensible, tanto física como interiormente? Si usted es sensible y un poco tímido, se aislará en sí mismo, construirá un muro a su alrededor para no ser lastimado. Usted hace esto, ¿no es cierto? Una vez que ha sido lastimado por una palabra o una critica y eso ha dejado una herida, usted procede a edificar un muro de resistencia. No quiere que lo hieren nunca más. Puede que usted tenga una imagen, una idea acerca de sí mismo, de que es importante, de que es inteligente, de que su familia es mejor que otras familias, de que usted juega partidas mejor que algún otro. Usted tiene esta imagen de sí mismo, ¿verdad? Y cuando la importancia de esa imagen es cuestionada o debilitada o rota en pedazos, se siente muy lastimado. Hay autocompasión, temor. Y la próxima vez construye una imagen más fuerte, más afirmativa, más agresiva, etcétera. Usted se cuida de que nadie lo perturbe, y esto es otra vez erigir un muro contra cualquier intrusión. Por lo tanto, el hecho es que ambos, el que es sensible y el que engendra imágenes, edifican muros de resistencia. ¿Sabe qué sucede cuando usted erige un muro en torno de sí mismo? Es como un muro muy alto alrededor de su casa. Usted no ve a sus vecinos, no recibe suficiente luz de sol, vive en un espacio muy pequeño con todos los miembros de su familia. Y no teniendo espacio suficiente, comienzan a ponerse nerviosos los unos con los otros, riñen, se vuelven violentos y desean escapar y rebelarse. Y si usted tiene suficiente dinero y energías, edifica otra casa para sí mismo con otro muro alrededor, y así todo continúa. La resistencia implica pérdida de espacio, y ése es uno de los factores de violencia.

«Pero» ‑preguntó uno de ellos- «¿no debe uno protegerse a sí mismo?».

¿Contra qué? Naturalmente, uno debe protegerse contra la enfermedad, contra las lluvias y el sol; pero cuando usted dice si no debe protegerse a sí mismo, ¿no está pidiendo erigir un muro contra la posibilidad de ser lastimado? Puede que sea contra su hermano o contra su madre que usted construye el muro pensando protegerse, pero al final esto conduce a su propia destrucción y a la destrucción de la luz y del espacio.

«Pero» ‑ preguntó una de las chicas con ojos solícitos y largo cabello plateado - «¿qué es lo que debo hacer cuando me siento lastimada? Sé que soy lastimada, me sucede tantas veces. ¿Qué debo hacer? Usted dice que no debo edificar un muro de resistencia, pero yo no puedo vivir con tantas heridas».

¿Usted comprende, si es que puede uno preguntarlo, por qué se siente lastimada? ¿Y también cuándo se siente lastimada? Mire bien esa hoja o esa flor. Es muy frágil y su belleza está en su misma fragilidad. Es terriblemente vulnerable y, no obstante, vive. Y usted, a quien hieren tan a menudo, ¿se ha preguntado cuándo y por qué se siente lastimada? Por qué queda lastimada cuando alguien dice algo que no le gusta, cuando alguien es agresivo, violento para con usted. Entonces ¿por qué se siente lastimada? Si se siente lastimada y erige un muro alrededor para apartarse de los demás, entonces vive en un espacio muy pequeño dentro de sí misma. En ese pequeño espacio no hay luz ni libertad, y usted será lastimada más y más. De modo que la cuestión es si puede vivir libre y felizmente sin ser lastimada, sin erigir muros de resistencia. Esta es la cuestión importante, ¿verdad? No cómo reforzar los muros o qué hacer cuando usted tiene un muro alrededor de su pequeño espacio. Así es que hay dos cosas envueltas en esto: el recuerdo de la ofensa y la prevención contra ofensas futuras. Si ese recuerdo continúa y usted le añade recuerdos frescos de otras ofensas, entonces su muro se hace más fuerte y más alto, el espacio y la luz se tornan más pequeños y oscuros, hay gran desdicha y se incrementan la autocompasión y la amargura. Si usted ve muy claramente el peligro de ello, su inutilidad, su lástima, entonces los recuerdos del pasado se marchitarán. Pero debe verlo como vería el peligro de una cobra. En tal caso sabe que ése es un peligro mortal y de ninguna manera se le acerca. ¿Ve usted de la misma manera el peligro de los recuerdos del pasado con sus heridas, con sus muros de autodefensa? ¿Lo ve usted realmente, como ve esa flor? Si lo ve de ese modo, entonces eso desaparece inevitablemente.

Por lo tanto, usted sabe qué hacer con las heridas pasadas. ¿Cómo evitará, entonces, las heridas futuras? No mediante la construcción de muros. Eso está claro, ¿no es así? Porque si lo hace será lastimada más y más. Por favor, escuche esta pregunta cuidadosamente. Sabiendo que puede ser lastimada, ¿cómo evitará que tenga lugar esa herida? Si alguien le dice que usted no es bella o no es inteligente, se ofende, se enoja, lo que es otra forma de resistencia. Ahora bien, ¿qué puede hacer? Usted vio muy claramente cómo las heridas pasadas desaparecieron sin ningún esfuerzo; lo vio porque escuchaba y prestaba atención. Ahora, cuando alguien dice algo que es desagradable para usted, esté atenta; escuche muy cuidadosamente. La atención impedirá la huella de la herida. ¿Comprende lo que queremos significar por atención?

«Usted quiere decir concentración, señor, ¿no es así?»

Absolutamente no. La concentración es una forma de resistencia, una forma de exclusión, un cerrar las puertas, un apartarse. Pero la atención es algo por completo diferente. En la concentración existe un centro desde el cual tiene lugar el acto de la observación. Cuando existe un centro, el radio de su observación es muy limitado. Cuando no hay un centro, la observación es vasta, clara. Esto es atención.

«Me temo que no comprendemos esto en absoluto, señor».

Mire afuera esas colinas, vea la luz sobre ellas, vea esos árboles, oiga pasar la carreta de bueyes; vea las hojas amarillas, el lecho seco del río, y ese cuervo posado sobre la rama. Mire todo esto. Si lo mira desde un centro, con su prejuicio, con su temor, con su agrado y desagrado, entonces no ve la vasta extensión de esta tierra. Entonces sus ojos están nublados, y usted se vuelve miope o su vista se distorsiona. ¿Puede mirar todo esto, la belleza del valle, el cielo, sin un centro? Entonces eso es atención. Escuche, pues, con atención y sin el centro la critica de otro, el insulto, la ira, el prejuicio. Debido a que en esa atención no hay un centro, no existe la posibilidad de ser lastimado. Pero donde hay un centro, es inevitable que se produzca una herida. Entonces la vida entera se vuelve un grito de temor.

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Segunda Parte, Capítulo 7

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