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Temor, Placer y Dolor

1ª Conversación

9 de julio de 1967

Habrá diez conversaciones, de modo que podemos con­siderar las cosas con calma, paciencia e inteligencia. A los que seamos serios y no hayamos venido sim­plemente para una o dos conversaciones por mera curiosi­dad, nos atañe comprender las diversas complica­ciones y los problemas que tiene" cada ser humano, pues comprenderlos es resolverlos y quedar por completo libres de ellos.

Hay ciertas cosas que han de darse por sen­tadas. Ante todo, hay que comprender lo que enten­demos por comunicación, lo que significa la palabra para cada uno de nosotros, lo que está implicado, cuál es la estructura, la naturaleza de la comunica­ción. Si dos de nosotros, usted y yo, hemos de co­municar uno con otro, no sólo ha de existir una comprensión verbal de lo que se está diciendo, en el nivel intelectual, sino también, por implicación, escuchar y aprender. Me parece que estas dos cosas son esenciales para que nos comuniquemos uno con otro, el escuchar y el aprender. En segundo lugar, es evidente que cada uno de nosotros tiene un trasfondo de conocimiento, prejuicio y experiencia, así como el sufrimiento y las innumerables cuestiones complejas implicadas en la relación humana. Este es el trasfondo de la mayoría de nosotros, y con ese fondo tratamos de escuchar. Bien mirado, cada uno de nosotros es el resultado de nuestra vida culturalmente compleja: somos el resultado de toda la cultura humana, con la educación y las experiencias, no sólo de unos pocos años, sino de siglos.

No sé si alguna vez habrá examinado Vd. la forma en que escucha, sea lo que fuere: un ave, el viento entre las hojas, las aguas que se precipitan, o cómo escucha usted un diálogo consigo mismo, su conversación en varias relaciones con sus amigos íntimos, con su esposa o marido. Si tratamos de escuchar, vemos que es extraordinariamente difícil, porque siempre estamos proyectando nuestras opiniones e ideas, nuestros prejuicios, trasfondo, inclinaciones, impulsos; cuando ellos dominan, apenas escuchamos lo que se está diciendo. En ese estado no hay valor alguno. Se escucha y por lo tanto se aprende sólo en un estado de atención, un estado de silencio en el cual está como en suspen­sión, en calma, todo este trasfondo; entonces, me parece, es posible comunicar.

Están implicadas otras varias cosas. Si escucha Vd. con el fondo o imagen que haya creado sobre el que habla, y escucha como si éste tuviera cierta autoridad, que puede tener o no el que habla, entonces es evidente que no estará escuchando. Lo que escucha es la proyección que ha lanzado Vd. y que le impide escuchar. Tampoco así es posible la comunicación. Es evidente que la comunicación o comunión real sólo puede efectuarse cuando hay silencio. Cuando dos personas están decididas, en serio, a comprender alguna cosa, con la aportación de toda su mente y su corazón, nervios, ojos, oídos, para comprender, entonces hay, en esa atención, cierta cualidad de silencio; entonces se realiza la comunicación, la comunión efectiva. En eso, no sólo se aprende, sino que se comprende por completo, y esa comprensión no es algo que sea distinto de la acción inmediata. Es decir, cuando uno escucha sin ninguna intención, sin ninguna barrera, dejando a un lado todas las opiniones, conclusiones — todo lo demás, las experiencias — entonces, en ese estado, no sólo comprende uno si es verdadero o falso lo que está diciendo, sino que además, si es verdadero, hay acción inmediata; si es falso, no hay acción alguna.

Durante estas diez conversaciones, no sólo vamos a aprender sobre nosotros mismos, cosa de importancia primordial, sino también a aprender que en el proceso mismo de aprender hay acción. No es cuestión de aprender primero y actuar después, sino más bien que el acto mismo de aprender es el acto de hacer.

Para nosotros, tales como somos, aprender implica acumular ideas, siendo éstas pensamiento racionalizado y cuidadosamente elaborado. Al aprender, formulamos una estructura de ideas, y, habiendo establecido una fórmula de ideas, ideales o conclusiones, entonces actuamos. Hay pues acción separada de la idea. Esta es nuestra vida: primero formulamos y luego tratamos de obrar con arreglo a esa formulación. Más lo que nos interesa es algo enteramente distinto, es decir, que el acto de aprender es acción; que en el proceso mismo de aprender se está realizando acción y que, por lo tanto, no hay conflicto.

Creo que es importante comprender desde el principio mismo que no estamos formulando ninguna filosofía, ningún edificio intelectual de ideas o de conceptos teológicos o puramente intelectuales. Lo que nos interesa es producir en nuestras vidas una revolución total, que no tiene nada que ver con la estructura de la sociedad tal como es. Al contrario, si no comprendemos toda la estructura psicológica de la sociedad de la cual formamos parte, que hemos construido a través de siglos, y si no quedamos libres por completo de esa estructura, no podrá haber revolución psicológica total, y es indispensable una revolución de esta clase.

Tienen ustedes que saber lo que está pasando en el mundo; el enorme descontento que hierve y se expresa de distintas maneras — los «hippies», los «beatniks», los «probos» en Norteamérica — y las guerras que continúan, de las que somos responsables. No son sólo los norteamericanos y los vietnamitas, sino cada uñó de nosotros, los que somos res­ponsables de estas monstruosas guerras, y no es que usemos de modo casual la palabra «responsables». Nosotros somos responsables, tanto si aquellas se producen en Oriente Medio como en Extremo Oriente o en cualquier otro sitio. Continúan la gran inanición, el gobierno ineficiente y la acumulación de armamentos, etc. Al observar todo esto, es natural y humano que uno exija un cambio, que haya una revolución en nuestro modo de pensar y vivir. ¿Cuándo va a empezar tal revolución? Los comunistas, los nacionalistas, todas las autoridades religiosas organizadas, siempre han pensado que el individuo no tiene ninguna importancia; el individuo puede ser persuadir en cualquier dirección. Aunque afirman la libertad común para el hombre, hacen todo cuanto pueden para impedir esa libertad. Por todo el mundo, las religiones organizadas «reeducan» a las gentes para que se ajusten a un modelo determinado, que llaman ideas religiosas y ritos. A los comunistas, a los capitalistas, a los socialistas, no les interesa nada el individuo, aunque hablan sobre él. Más yo no veo cómo puede producirse un cambio radical si no es por medio del individuo. Pues el ser humano individual es resultado de la total experiencia, el conocimiento y la conducta del hombre, que están en nosotros. Somos el depósito de todo el pasado, la experiencia racial, familiar, individual, de la vida; somos eso, y si no hay una revolución, una mutación en la esencia misma de nuestro ser, no veo cómo puede surgir una buena sociedad.

Cuando hablamos del individuo, no lo ponemos en oposición o contra lo colectivo, la masa, la humanidad entera; el individuo humano es la humanidad entera. Si no sienten ustedes eso, semejante afirmación se convierte en un mero concepto intelectual. Si cada uno de nosotros no reconoce el hecho central de que, como seres humanos, representamos la humanidad entera, ya vivamos en Oriente o en Occidente, no veremos el modo de actuar.

Nosotros los seres humanos, como individuos, somos totalmente responsables del estado del mundo. Las guerras: somos responsables de las guerras por la forma en que dirigimos nuestras vidas, pues somos nacionalistas, alemanes, franceses, holandeses, ingleses, norteamericanos, rusos; somos católicos, protestantes, judíos, budistas, miembros del Zen o de ésta o aquella secta, nos dividimos, disputamos, luchamos uno con otro. Nuestros dioses, nuestras nacionalidades nos han dividido. Cuando uno comprende, no en lo intelectual, sino en realidad, tan efectivamente como reconocería que siente hambre, que usted y yo como seres humanos somos responsables de todo este caos, de toda esta desdicha -pues contribuimos a ella, formamos parte de ella- cuando uno comprende eso, no en forma emotiva, intelectual, sentimental, sino real, entonces el problema se vuelve enormemente grave. Cuando esa comprensión se ha vuelto tan seria, usted actuará. No hasta entonces, mientras no se sienta responsable por completo de esta monstruosa sociedad, con sus guerras, sus divisiones, su fealdad, sus brutalidades, codicias, etc.; no actuaremos mientras cada uno de nosotros no comprenda eso. Y sólo puede usted actuar cuando sepa cómo se ha construido este edificio, no sólo en lo exterior, sino en lo interior. Por eso es por lo que tiene uno que saber más sobre sí mismo, y cuanto más sepa sobre sí, mayor madurez tendrá. La falta de madurez reside sólo en la ignorancia propia sobre uno mismo.

Lo que vamos a hacer es aprender sobre nosotros mismos, no con arreglo al que habla, ni a Freud o Jung, a algún analista o filósofo, sino aprender en realidad lo que somos. Si aprendemos sobre nosotros con arreglo a Freud, aprenderemos sobre Freud, no sobre nosotros. Para aprender sobre uno mismo tiene que cesar toda autoridad, toda autoridad, ya sea la de la iglesia o del sacerdote local, la del famoso analista, la de los más grandes filósofos con sus fórmulas intelectuales, etc. Así que lo primero que tiene uno que comprender cuando se vuelve serio y reclama una revolución total dentro de la estructura de nuestra propia psiquis, es que no hay autoridad de ninguna clase. Eso es muy difícil, porque no sólo existe la autoridad exterior que uno puede fácilmente rechazar, sino que hay la autoridad interior, la de nuestra propia experiencia, la de nuestro propio conocimiento acumulado, la de las opiniones, ideas, ideales, que guían la vida de uno y con arreglo a los cuales trata uno de vivir. Es inmensamente difícil librarse de esa autoridad, no sólo en grandes cosas, sino la autoridad de ayer, cuando tuvo Vd. una experiencia que le enseñó algo; lo que le enseñó llega a ser la autoridad de hoy.

Por favor, comprenda Vd. esto, su sutileza y dificultad. No sólo existe la autoridad del conocimiento acumulado como tradición, de toda experiencia que ha dejado señal, sino que hay la autoridad de ayer, tan destructiva como la de mil años. Para comprendernos a nosotros mismos no hace falta autoridad de ayer ni de mil años, porque somos una cosa que vive, se mueve, que nunca descansa, que siempre fluye. Cuando nos miramos con la autoridad de ayer, lo importante es la autoridad y no el movimiento de la vida que somos nosotros, de manera que no comprendemos el movimiento, su fluir, su belleza, su cualidad; lo que comprende Vd. es la autoridad que ha acumulado, aquella con la cual está Vd. examinando, mirando. Estar libre de esa autoridad es morir para todo lo de ayer, de modo que su mente esté siempre fresca, que siempre sea joven, inocente, llena de vigor y pasión. Es sólo en ese estado en el que uno observa y aprende; tal libertad ya no es un instrumento que haya de ser usado por la autoridad según nuestro placer y dolor. Y para eso hace falta en gran medida darse cuenta, percibir en realidad lo que está pasando bajo la piel, sin corregirlo, sin decirle lo que debe ser ni lo que no debe ser; por­que, si lo corrige usted, ya habrá establecido la autoridad, el censor.

Si está Vd. dispuesto, si es serio y no simplemente casual y curioso, entonces penetramos en ello paso a paso, sin perder un solo movimiento. Esto no significa que el que habla se vaya a convertir en el analista; no hay analizador ni nadie que haya de ser analizado, sólo hay el hecho real, sólo hay lo que es. Cuando sabemos mirar lo que existe, entonces termina el analizador, de manera total.

Así es que, en estas conversaciones, vamos a comunicar uno con otro, no sobre lo que debería ser, ni lo que ha sido, sino sobre lo que en realidad está pasando en nosotros; no sobre cómo deberíamos cambiarlo, ni lo que deberíamos hacer con ello, sino sobre cómo observar y ver lo que en realidad existe. Eso reclama una energía muy intensa. Como sabe Vd., nunca miramos lo que existe, nunca miramos al árbol tal como es, las sombras, la profundidad del follaje, en su forma total; su belleza. Esto ocurre porque tenemos conceptos de lo que es la belleza y tenemos fórmulas sobre cómo deberíamos mirar al árbol, o queremos identificarnos con él; primero tenemos una idea sobre el árbol y luego lo vemos a éste. La idea, la fórmula o el ideal nos impiden mirar al árbol que existe. Las ideas, las fórmulas, los ideales comprenden la cultura en que vivimos. Esa cultura soy yo, es Vd., y con esa cultura miramos, por lo cual no miramos en absoluto. Ahora bien, si está Vd. escuchando lo que se está diciendo, escuchando en realidad, entonces desaparecerán de modo total la cultura, la autoridad, no tendrá Vd. que combatir ese trasfondo, esa cultura de la sociedad en que uno ha sido educado, podrá Vd. reconocer que eso le impide mirar. Sólo cuando mira Vd. en realidad es cuando está en comunión; entonces tiene Vd. el acertado contacto, no sólo con el árbol, con la nube, la montaña, la belleza de la tierra, sino también con lo que está realmente en el interior de Vd. mismo. Y cuando está directamente en contacto no hay problema alguno. Los problemas surgen sólo cuando este contacto no existe, cuando Vd. es el observador y la cosa observada es distinta de Vd.; entonces existen los conflictos, las penas, los dolores y las ansiedades.

Durante estas conversaciones, vamos a ayudarnos unos a otros a comprender y, por lo tanto, a estar en contacto con lo que en realidad existe; esto significa que el observador termina y que mirar, escuchar, comprender y actuar son todo lo mismo. ¿Podemos hablar juntos sobre lo que hemos estado diciendo, o sobre cualquier cosa que quieran Uds.? Creo que es muy importante hacer preguntas. Nunca formulamos una pregunta fundamental o, cuando la formulamos, no tenemos tiempo, inclinación ni capacidad para hallar la respuesta acertada. Para preguntar tiene uno que ser muy serio. Cuanto más intensa se vuelve la pregunta, menos se halla la respuesta; si uno es serio, en el mismo hecho de hacer la pregunta tiene Vd. la respuesta. Pero Vd. tiene que preguntar.

Interlocutor: No comprendo esto de la acción inmediata.

Krishnamurti: ¿Qué es la acción? El significado efectivo de esa palabra es «hacer». La acción implica un presente activo. Mas la acción es el resultado de las peculiaridades, del conocimiento, la experiencia, las ideas, las fórmulas de ayer, que se han establecido y con arreglo a las cuales actuamos. El recuerdo de ayer, modificado, etc., actúa en el presente y eso crea el futuro, de modo que en esa acción no hay presente activo. Estoy obrando de acuerdo con una cosa muerta. (Claro que tengo que tener recuerdos en ciertas clases de actividades, técnicas, etc.) Pero el obrar de acuerdo con la memoria sólo produce acción que no tiene nada de acción, es una cosa muerta, por lo cual el mañana también lo es. ¿Qué voy, pues, a hacer? Tengo que aprender sobre una acción que es del todo distinta de la acción de la memoria. Para hacer esto tengo que ver lo que sucede en realidad, no en lo intelectual, verbal o sen­timental. He tenido una experiencia de cólera o de placer, y eso permanece como recuerdo, y con arreglo a ese recuerdo, se produce la acción. Esa acción desde el recuerdo incrementa la cólera o el placer y siempre está acumulando el pasado; tal acción desde el pasado es virtualmente inacción. ¿Puede librarse la mente de estos recuerdos del ayer, para vivir en el presente? Esta no debe ser una pregunta para la cual pueda yo obtener una respuesta intelectual. Y tampoco puede la mente que es del tiempo, que está sometido a infinitos caprichos, librarse de los recuerdos del ayer tratando de vivir en el presenté con arreglo a la filosofía que dice que yo debo vivir por completo en el presente, que dice que no hay futuro, que no hay pasado, que el futuro es sin esperanza y que por lo tanto vivamos en el presente y nos aprovechemos de él lo mejor posible.

No puedo vivir en el presente si éste está bajo la sombra del pasado. Para comprender esto, la mente ha de ser capaz de mirar, y Vd. sólo puede mirar cuando no hay condenación, identificación o juicio, cuando puede Vd. mirar a un árbol, una nube, simplemente mirarlos. Antes de que pueda mirar la complejísima estructura de la memoria, tiene Vd. que ser capaz de mirar un árbol, la hormiga, el movimiento del río, mirar; en realidad no lo hacemos. Es mucho más importante mirar al pasado como recuerdo, y esto no sabemos hacerlo. La acción con arreglo a la memoria es inacción total, y por consiguiente no hay revolución alguna.

Interlocutor: Yo me pregunto si habrá contradicción entre lo que Vd. dice que el individuo es lo colectivo y el resultado del pasado, y lo que dice que no debe haber autoridad procedente del pasado.

Krishnamurti: Si bien se mira, el pasado, ya se aplique a otro, como al sacerdote, al analista, al comandante de un ejército o a la esposa o al marido, esa autoridad que confiero a otro es para mi propia seguridad, para mi aseguramiento. El hombre ha aceptado esa autoridad durante siglos y más siglos. Pero él ha creado la autoridad, la quiere, porque cuanto más confuso y desgraciado se siente, tanto más quiere que otro le diga lo que debe hacer. La autoridad que ha conferido a otro, o la que ha creado en sí mismo como guía, llega a ser un impedimento. Aquí también ve Vd. que esta cuestión de la autoridad y del individuo es en realidad muy compleja. Para comprender al individuo tenemos que comprender lo colectivo, y en lo colectivo reside toda la estructura de la autoridad. Todos estamos buscando seguridad en una u otra forma. La seguridad de los empleos, en tener dinero, en la continuidad de cierto placer, sexual o de otra clase, y la demanda de seguridad total, esto está en todos nosotros, y tratamos de hallar expresión para ese impulso de distintas maneras. Desde el momento en que se reclame seguridad tiene que haber autoridad, es evidente, y ésa es la estructura psicológica y cultural de toda nuestra sociedad.

¿Hemos preguntado alguna vez si existe siquiera esta seguridad que buscamos? Damos por sentado que sí. Hemos buscado seguridad mediante iglesias, jefes políticos, relaciones humanas, mas nunca la hemos hallado. ¿La ha encontrado Vd.? ¿Ha encontrado alguna vez seguridad en sus relaciones? ¿Hay seguridad en alguna relación, en alguna iglesia, o en algún gobierno, excepto la seguridad material? Tiene Vd. seguridad en la creencia, en los dogmas, pero ésa es simplemente una idea que puede ser destrozada por la discusión, por la duda, las preguntas, la demanda de libertad. Cuando uno comprende que no existe eso de la seguridad, permanencia, entonces la autoridad carece de todo sentido.

Interlocutor: Creo que dijo Vd. que somos responsables de toda la sociedad. No he interpretado exactamente lo que quiere Vd. decir. ¿Es que somos responsables de las guerras y todo eso?

Krishnamurti: ¿No cree Vd. que somos responsables de las guerras? La forma en que vivimos indica que somos brutales, agresivos y que tenemos violentos prejuicios, nos hemos dividido en nacionalidades, grupos religiosos que se odian entre sí, nos destruimos unos a otros en los negocios; todo eso tiene que expresarse en guerras, en odio, evidentemente. Vivir en paz significa vivir en forma pacífica todos los días, ¿no es así?

Interlocutor: Yo diría que algunas personas son más responsables que otras.

Krishnamurti: ¡Ah! El caballero dice que algunas personas son más responsables de estas fealdades que Vd. y yo. Es un lindo y feliz modo de escapar de ello. Pero me temo que no: cuando Vd. es alemán y yo ruso, cuando Vd. es comunista y yo capitalista, ¿no nos tiramos a degüello? ¿No somos antagonistas mutuamente? Quiere Vd. que todo siga como está, sin perturbación, porque tiene Vd. un poco de dinero, un hijo, una casa, y ¡por Dios! no quiere Vd. perturbación, aborrece cualquier cosa que le trastorne. ¿No es Vd. responsable cuando insiste en que no quiere que le trastornen? Y dice Vd.: mi religión, mi Buda, mi Cristo, mi lo que sea, es mi Dios, a él le ha confiado Vd. todo, toda su seguridad y desdicha; no quiere que le perturben. Aborrece a un hombre que piense de modo muy distinto. Vivir de manera pacífica cada día significa que realmente no tiene Vd. nacionalidad, religión, dogma ni autoridad. Paz significa amar, ser bondadoso; si no tiene Vd. eso, entonces es responsable de toda la confusión.

Temor, Placer y Dolor

1ª Conversación

9 de julio de 1967

Jiddu Krishnamurti, Temor, Placer y Dolor. Diez Conversaciones en Saanen, 1967. Jiddu Krishnamurti en español.

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