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Temor, Placer y Dolor

2ª Conversación

11 de julio de 1967

Decíamos que es importante librarse totalmente de la estructura psicológica de la sociedad, es decir, estar por completo fuera de ésta. Para comprender los problemas de la estructura social de la que formamos parte y también para librarnos de ellos, necesitamos considerable energía, vigor y vitalidad.

Cuando más ve uno lo compleja que es la sociedad, tanto más evidente se vuelve lo complejo que es el individuo que vive en ella. El individuo es parte do la sociedad que él ha creado, su estructura psicológica es en esencia la de esa sociedad. Comprender los problemas que tiene cada uno de nosotros es comprender los de la relación dentro de la sociedad, pues realmente sólo tenemos uno, que es el de la religión en esta estructura social, psicológica. Para comprender y librarse del problema de la relación, necesita uno mucha energía, no sólo física e intelectual, sino una energía no motivada ni dependiente de ningún estímulo psicológico ni de ninguna droga; para tener esta energía debe uno comprender primero cómo la disipa. Penetraremos en ello paso a paso, y ruego se comprenda que el que habla es sólo un espejo, que está expresando lo que espera sea el problema de cada uno de nosotros; de esta manera, no se limita uno a oír una serie de palabras e ideas, sino que en efecto escucha y se observa a sí mismo, no en términos de lo que formula el orador u otro, sino que más bien observa el estado real de la propia confusión, de la propia falta de energía, de la desdicha, del sentimiento de completa desesperanza, etc.

Si uno depende de cualquier estímulo, para la energía que necesita, entonces ese mismo estímulo vuelve la mente obtusa, insensible, no aguda. Puede uno tomar la droga LSD u otras clases de drogas y puede hallar de modo temporal bastante energía para ver las cosas con mucha claridad, pero vuelve a su estado primitivo y queda cada vez más depen­diente de esa droga. Todo estímulo, ya sea de la iglesia, de la bebida o la droga, o del que habla, producirá, de manera inevitable, dependencia, y esta dependencia le impide a uno tener la energía vital para ver con claridad por sí mismo. Cualquier forma de dependencia de cualquier estímulo, aminora la viveza y vitalidad de la mente. Todos dependemos, por desgracia, de algo; puede ser la dependencia de una relación, o de la lectura de un libro intelectual, o de ciertas ideas e ideologías que hayamos formulado; o dependemos de la soledad, del aislamiento, de la negación, de la resistencia. Es evidente que estas cosas perturban y disipan la energía.

Tiene uno que darse cuenta de qué cosa es aquella de la que uno depende. Tenemos que descubrir por qué dependemos de alguna cosa, de cualquiera, en lo psicológico — no quiero decir en lo técnico, o depender del lechero — sino en lo psicológico, qué lo que está implicado en la dependencia. Esta cuestión es esencial al investigar la disipación, la decadencia y la distorsión de la energía, la energía que necesitamos de modo tan vital para comprender los muchos problemas.

¿Qué es aquello de que dependemos así? ¿Es una persona, un libro, una iglesia, un sacerdote, una ideología, una bebida o una droga? ¿Cuáles son los diversos apoyos que tenemos cada uno de nosotros, de modo sutil o muy evidente? ¿Por qué dependemos? Y ¿es que el descubrir la causa de una dependencia libera de ella a la mente? ¿Comprende Vd. la pregunta? Emprendemos juntos el viaje; no está Vd. esperando a que yo le diga las causas de su dependencia, sino que más bien, al inquirir juntos, ambos las descubriremos; ese descubrimiento será de Vd., y, siendo de Vd., le dará vitalidad. Uno descubre por sí mismo que depende de algo, por ejemplo de un auditorio que le estimule, por lo cual necesita de ese público. Del hecho de dirigir la palabra a un gran grupo de personas, puede uno sacar una especie de energía, depende uno de ese auditorio para tal energía, de si aprueba o desaprueba. Cuanto más desapruebe, tanto más batalla habrá y más vitalidad tendrá uno, pero si el auditorio aprueba, entonces no saca uno esa energía. Uno depende, ¿por qué? Y se pregunta si, al descubrir la causa de la propia dependencia, se liberará de ésta. Penetre despacio conmigo en ello, por favor. Descubre uno que necesita un auditorio porque es una cosa muy estimulante el dirigir la palabra a la gente. ¿Por qué necesita uno ese estímulo? Porque en sí mismo es superficial, en sí mismo no tiene uno nada, ninguna fuente de energía que sea siempre plena, rica, vital, que esté en movimiento, viva. En sí mis­mo, es enormemente pobre, ha descubierto eso, la causa de la propia dependencia.
¿Es que el descubrimiento de la causa le libra a uno de depender, o es que tal descubrimiento es meramente intelectual, simplemente el descubrimiento de una fórmula? Si es una investigación intelectual y el intelecto ha hallado la causa de la dependencia mental, por medio de la racionalización, el análisis, ¿libra entonces eso a la mente de ser dependiente? Es evidente que no. El simple descubrimiento intelectual de la causa no libera a la mente de depender de algo que le dé estímulo, ni tampoco la libera una aceptación meramente intelectual de una idea, o la aceptación emotiva de una ideología.

La mente se libra de la dependencia al ver la totalidad de esta completa estructura de estímulo y dependencia, y al ver que el mero descubrimiento intelectual de la causa no libra a la mente. Ver toda la estructura y naturaleza del estímulo y la dependencia, y cómo ésta vuelve la mente estúpida, obtusa, inactiva, ver la totalidad de ello, es la única manera de liberar la mente.

¿Ve uno todo el cuadro, o ve sólo una parte de él, un detalle? Esta es una pregunta muy importante para formulársela a uno mismo, porque ve las cosas y piensa en fragmentos: todo nuestro pensar es en fragmentos. Tiene uno, pues, que inquirir lo que significa el ver de modo total. Preguntamos si la mente propia puede ver el todo, aun cuando haya funcionado siempre de manera fragmentaria, como nacionalista, como individualista, colectivista, católico, alemán, ruso, francés, o como individuo cautivo de una sociedad técnica trabajando en una actividad especializada, etc., con todas las cosas partidas en fragmentos, el bien enfrentado con el mal, el odio con el amor, la ansiedad con la libertad. La mente propia siempre está pensando en dualidad, en com­paración, competencia, y una mente así, funcionando en fragmentos, no puede ver la totalidad. Si uno es hindú, si mira al mundo desde la propia ventanita como hindú, creyendo en ciertos dogmas, rituales, tradiciones, educado en cierta cultura, etc., está claro que no verá la totalidad humana.

Así que, para ver algo de modo total, ya sea un árbol, o una relación o cualquier actividad que uno tenga, la mente ha de estar libre de toda fragmentación, y la naturaleza misma de ésta última es el centro desde el cual está uno mirando. El trasfondo, la cultura como católico, protestante, comunista, socialista, como en familia, es el centro desde el cual estamos mirando. Así que, mientras uno mire la vida desde un punto de vista particular, o desde determinada experiencia que uno ha fomentado, que es su trasfondo, que es el yo, no podrá ver la totalidad. No se trata, pues, de cómoda a librarse uno de la fragmentación. Nuestra pregunta invariable sería: «¿Cómo no voy a actuar en fragmentos yo, que funciono así?», mas ésta es una pregunta falsa. Vemos que estamos dependiendo psicológicamente de tantas cosas y hemos descubierto de manera intelectual, verbal, y por el análisis, la causa de esa dependencia; el descubrimiento mismo es fragmentario, porque es un proceso' intelectual, verbal, analítico, lo que significa que cualquier cosa que el pensamiento investigue tiene que ser fragmentaria, inevitablemente. Sólo puede uno ver la totalidad de algo cuando el pensamiento no interviene; entonces no ve de modo verbal ni intelectual, sino efectivo, como veo el hecho de este micrófono, sin ningún gusto ni disgusto; está ahí. Entonces ve uno la rea­lidad efectiva, ve que uno es dependiente y no quiere librarse de esa dependencia ni de su causa. Observa sin ningún centro, sin ninguna estructura de la naturaleza del pensamiento. Cuando hay observación de esa clase, ve todo el cuadro, no simplemente un fragmento de él. Y solo cuando la mente ve todo el cuadro hay libertad.

Dos cosas se han descubierto: primero, que hay disipación de energía cuando hay fragmentación. Al observar, al escuchar toda esta estructura de la dependencia, ha descubierto uno que cualquier ac­tividad de una mente que actúa y funciona en frag­mentos — como hindú, comunista o católico, o como el analizador que está analizando — es en esencia una mente disipada, que desperdicia energía. En se­gundo lugar, ese descubrimiento le da a uno ener­gía para encararse pon los fragmentos que surjan, y por lo tanto, al observar cómo surgen esos frag­mentos, se resuelven.

Hemos encontrado la fuente misma de disipación de la energía: que toda fragmentación, toda divi­sión, todo conflicto (pues división significa conflic­to) es desperdicio de energía. Pero puede pensar que no hay derroche de energía si imita y acepta auto­ridad (dependiendo del sacerdote, de los rituales, del dogma, del partido, de una ideología), porque enton­ces uno acepta y sigue. Mas el seguimiento y la acep­tación de una ideología, sea buena o sea mala, sea sagrada o no, es una actividad fragmentaría y, por tanto, causa conflicto. El conflicto surgirá de modo inevitable, porque habrá división entre «lo que es» y «lo que debería ser», y ese conflicto es un derroche de energía. ¿Puede uno ver la verdad de ello? Tampoco se trata aquí de «¿cómo voy a estar libre de conflicto?» Si hacemos esta pregunta sobre la ma­nera de librarse del conflicto, entonces creamos otro problema, por lo cual el conflicto aumenta. Mien­tras que si uno ve, si «ve» como ve el micrófono, con claridad, directamente, entonces comprendería la verdad esencial de una vida en la cual no hay nada de conflicto.

Miren, señores; vamos a presentarlo de modo dis­tinto. Siempre estamos comparando lo que somos con lo que deberíamos ser. El «debería ser» es una proyección de lo que creemos que debiera ser. Nos comparamos con nuestro prójimo, con la riqueza que él tiene y que no tenemos nosotros. Nos com­paramos con los que son más brillantes, más inte­lectuales, afectuosos, buenos, famosos, más esto y aquello. El «más» desempeña en nuestras vidas un papel extraordinariamente importante; y la medi­ción que se realiza en cada uno de nosotros, el me­dirnos con algo, es una de las primordiales causas de conflicto. En esto está implicada la competencia, la comparación con esto y con aquello, y estamos presos de este conflicto. Pero, ¿por qué tiene que haber comparación? Hágase esta pregunta. ¿Por qué se compara Vd. con otro? Desde luego que una de las tretas de la propaganda comercial es la de ha­cerle a Vd. creer que no es lo que debería ser, y todo lo demás. Y ello empieza desde una muy tierna edad, tiene Vd. que ser tan listo como otro por medio de exámenes, etc. ¿Por qué tenemos que compararnos, en lo psicológico? Les ruego que lo descubran. Si no comparo, ¿qué soy yo? Yo sería embotado, vacuo, estúpido. Si no me comparo con otro, seré lo que soy. Mas, por medio de la comparación, espero evolucionar, crecer, llegar a ser más inteligente, más bello, más esto y lo otro. ¿Lo seré? El hecho es que soy lo que soy y que por comparar estoy fragmentando ese hecho, la realidad efectiva, y eso es un derroche de energía; mientras que el no comparar, sino ser lo que efectivamente soy, es tener la enorme energía para mirar. Cuando puede Vd. mirar sin comparación, habrá trascendido toda comparación, lo cual no implica una mente estancada en el contento, sino al contrario.

Vemos, pues, en esencia, cómo desperdicia la mente la energía y cómo es necesaria ésta para comprender la totalidad de la vida, no simplemente los fragmentos. Es como un vasto campo en el que hay muchas flores, ¿no observó Vd., si estuvo aquí otra vez, antes de que cortasen el heno, había millares de flores de muchos colores? Pero la mayoría de nosotros nos fijamos en una determinada esquina de un campo y en esa esquina miramos una sola flor, no miramos todo el campo. Damos importancia a una sola flor, y al dar importancia a esa única flor se la negamos a las demás. Eso es lo que hacemos cuando damos importancia a la imagen que formamos de nosotros mismos, entonces se la negamos a todas las demás imágenes y por lo tanto estamos en conflicto con cualquiera otra.

De modo que, como dijimos, la energía es nece­saria, energía que carece de motivo, de dirección. Para esto, hemos de ser pobres en lo interior, no ricos con las cosas que la sociedad, que nosotros mismos hemos creado. Como la mayoría somos ricos en las cosas de la sociedad, no tenemos nada de pobreza. Lo que la sociedad ha construido en nosotros y lo que hemos construido nosotros mismos es la codicia, la envidia, la cólera, el odio, los celos, la ansiedad, y somos muy ricos en esas cosas. Para comprender todo esto hemos de tener una extraordinaria vitalidad, tanto física como psicológica. La pobreza es una de esas cosas extrañas; las diversas religiones por todo el mundo han predicado la pobreza, la castidad, etc. La pobreza del fraile que se pone una túnica, que cambia de nombre, entra en una celda, toma la Biblia y la lee perpetuamente; se dice de él que es pobre. Lo mismo se hace, de diversas maneras, en el Oriente, y eso se considera pobreza: el voto de pobreza, el tener un calzón corto, una túnica, una sola comida al día; y todos respetamos semejante pobreza. Pero las personas que han tomado la túnica de la pobreza siguen siendo ricas en las cosas de la sociedad, en lo interior, en lo psicológico, porque aun están buscando posición, prestigio; pertenecen a la categoría del tipo religioso, y este tipo es una de las divisiones de la cultura de la sociedad. Eso no es pobreza. Pobreza es estar libre por completo de la sociedad, aunque pueda Vd. tener algunas ropas, algunas comidas. La pobreza llega a ser una cosa maravillosa y bella cuando la mente está libre de la estructura psicológica de la sociedad, porque entonces no hay conflicto, no se busca, no se pide, no se desea: no hay nada. Sólo esta pobreza interna es la que puede ver la verdad de una vida en la cual no hay conflicto alguno. Semejante estado de vida es una bendición y esa bendición no se encuentra en ninguna iglesia, en ningún templo.

Interlocutor: ¿No hay una paradoja cuando dice Vd. que el pensamiento funciona siempre en fragmentos y comprende uno que al funcionar el pensa­miento en fragmentos necesita energía? ¿No es ése un círculo vicioso?

Krishnamurti: Necesito energía para mirar, pero el mirar se vuelve fragmentario y por ello disipa energía. ¿Qué va uno, pues, a hacer? Como ve Vd., señor, necesito energía física, intelectual, emotiva, apasionada, para acometer cualquier cosa, una energía sostenida. Mas yo sé que estoy derrochando esa energía en la fragmentación, todo el tiempo lo estoy haciendo. Entonces digo: ¿Qué voy a hacer? Aquí estoy, quiero tener esta energía para encararme con todos los problemas de la vida, de modo inmediato, pero estoy derrochando energía todo el tiempo, por no tomar el adecuado alimento, por pensar sobre esto y aquello, por ser hindú, por tener mis prejuicios, ambiciones, envidia, codicia, y todo lo demás. Ahora bien, en ese estado, ¿puedo hacer algo? Escuche la pregunta primero con mucho cuidado, no niegue ni acepte. Disipo la energía y la necesito, es decir, me hallo en estado de contradicción, y esa misma contradicción es otro derroche de energía, Comprendo, pues, que cualquier cosa que haga yo en este estado es derroche de energía. Una mente que esté confusa, haga lo que haga en cualquier nivel, seguirá estando confusa. No es que, por vivir con arreglo a «un momento de claridad», se disipe esa confusión. Si hago eso, entonces ello también crea otro conflicto, y por lo tanto favorece mayor confusión.

Veo que cualquier acción surgida de la confusión trae, o conduce, a ulterior confusión; he comprendido que cualquier acción de una mente confusa sólo lleva a más confusión. Veo eso con mucha claridad, lo veo como una cosa muy peligrosa — como ve uno un gran peligro —, con tanta claridad lo veo. ¿Qué sucede, pues? Ya no actúo nunca más en términos de confusión. La inacción total es acción completa.

Vamos a presentar la cuestión de manera distinta. Veo que la guerra, en cualquier forma que sea, el matar a otro desde un avión a gran altura ó con un arma de fuego desde cerca, o una lucha entre mi esposa y yo, o una batalla en los negocios, o un conflicto en mi interior, es guerra. Puedo no matar en realidad a un vietnamita ni a un norteamericano, pero mientras mi vida sea un campo de batalla, estaré contribuyendo a la guerra. Eso lo veo. Primero lo veo, como estamos enseñados a hacerlo la mayoría de nosotros de modo intelectual, es decir, fragmentario, y que si emprendo alguna acción en ese estado fragmentario, sólo servirá para contribuir a más guerra, más conflicto. Tengo, pues, que hallar un estado en que no haya ningún conflicto, una cualidad de mente a la que no toque éste. Ante todo tengo que descubrir si existe tal estado, porque puede ser un estado puramente teórico, ideológico o imaginario, lo cual no tiene ningún valor. Mas yo tengo que hallarlo, y para hallarlo no tengo que aceptar que tal estado exista. ¿Existe, pues, semejante estado? Sólo puedo descubrirlo si comprendo la naturaleza del conflicto de manera total, del conflicto que es la dualidad, lo bueno y lo malo — y no es que no exista lo bueno ni que no exista lo malo — y el conflicto entre el amor y los celos. Tengo que mirarlo sin prejuicio sin ninguna comparación, sólo mirar. Empiezo a aprender cómo mirar, no cómo hacer. Aprendo a mirar este vasto y complejo campo de la vida, sin aceptar ni rechazar, comparar, condenar, justificar, sino mirar como miraría a un árbol. En realidad sólo puedo mirar a un árbol cuando no hay observador, es decir, cuando no viene a la existencia el proceso fragmentario del pensamiento. Miro, pues, este vasto campo de batalla de la vida que he dado por sentado como la forma natural de vivir, en que tengo que luchar contra mi prójimo, mi esposa; tengo que luchar — ya sabe Vd. — comparar, juzgar, condenar, amenazar, odiar. Miro esta situación que he aceptado, esta vida que soy yo, y ¿puedo entonces en realidad mirarme como soy, sin ninguna comparación, condena o juicio? Cuando pueda, estaré ya fuera de la sociedad, porque ésta siempre piensa en términos de lo grande y lo pequeño, el poderoso y el débil, lo bello y lo feo, todo lo demás. Con un solo acto, habré comprendido todo este proceso de fragmentación, por lo cual no pertenezco a ninguna iglesia, ningún grupo, religión, nacionalidad ni partido.

Interlocutor: Las reacciones o los sentimientos son afectados por lo que Vd. piensa, y cuando surge un suave sentimiento no afecta a la relación y Vd. lo mira; y, mientras Vd. no emprenda ninguna acción sobre ello, parece que en efecto se disipa, pero luego surge una fuerte emoción de hostilidad que sí afecta a la relación, y Vd. también mira eso sin emprender ninguna acción, mas no parece disiparse, sino que continúa.

Krishnamurti: Reaccionar es perfectamente natural, ¿no? Si me clava Vd. un alfiler, reaccionaré, si no estoy paralizado o muerto. Es natural reaccionar al placer y al dolor, sólo tengo esas dos cosas a las cuales reaccionar. El placer quiero que continúe, el dolor quiero desecharlo. La reacción es inevitable, natural, pero, ¿por qué ha de dividirse siempre en placer y dolor? Reacciono y, ¿qué sucede entonces? sobreviene el pensamiento.

Interlocutor: Antes de eso, si Vd. reacciona violentamente...

Krishnamurti: Espere, señor, simplemente mire, yo reacciono en forma violenta. Vd. me clava un alfiler y yo actúo violentamente, le doy a Vd. un golpe o escapo de Vd., lo cual es violencia, ambas cosas son violentas. Siento hostilidad después, un segundo después, cuando interviene el pensamiento v dice qué yo tengo que hacer algo. Obsérvelo, señor, muy de cerca, y lo verá Vd. mismo. Vd. me clava un alfiler, yo reacciono, ¿por qué ha de haber ningún antagonismo?

Interlocutor: Porque Vd. me interfiere.

Krishnamurti: La vida nos está interfiriendo A cada uno de nosotros todo el tiempo.

Interlocutor: Vd. resiste, pues, contra eso.

Krishnamurti: Ahora descubra Vd., señor, por qué resiste. Penetre en ello.

Interlocutor: Es mi naturaleza.

Krishnamurti: Que es protegerme físicamente. Yo tengo que protegerme en lo físico. Pero ¿por qué llevamos a los estados psicológicos ese deseo de protección?

Interlocutor: Porque no quiero que me vayan empujando en lo psicológico. Quiero ser libre, no quiero que me acorralen.

Krishnamurti: ¿Le hacen eso?

Interlocutor: Desde luego que sí, yo lo resisto.

Krishnamurti: No, señor, no está Vd. siguiendo esto, no está muy claro. En lo físico tiene que haber protección, porque de lo contrario uno no podría vivir. Pero ¿por qué traslada la mente a lo psicológico este deseo de protección? ¿Por qué?

Interlocutor: Por causa de la reacción auto protectora. Fíjese, no debería ser así.

Krishnamurti: No, no, no. No diga «debería» o «no debería». El hecho es que en lo psicológico queremos protegernos, defendernos, resistir, ¿por qué?

Interlocutor: Cuando ello surge, es un hecho, y cuando mira Vd. ese hecho...

Krishnamurti: Antes de que penetre Vd. en el hecho, señor, descubra por qué quiere Vd. protegerse psicológicamente.

Interlocutor: Es cosa inherente.

Krishnamurti: No hay nada inherente. Penetre en ello, señor, y lo verá. ¿Por qué quiero protegerme psicológicamente?

Interlocutor: Porque mi "yo" tiene ciertas características, y ésa es una de ellas. Así que, por lo tanto, quiere Vd. decir que tengo que desembarazarme del "yo". Pero no puede Vd. hacer eso.

Krishnamurti: No hablo de desembarazarse de nada. ¿Por qué quiero protegerme psicológicamente? Sólo quiero protegerme en lo psicológico cuando no me conozco a mí mismo. Cuanto más me conozco, tanto menos quiero proteger, porque el mí mismo no es nada; es un haz de palabras y recuerdos. Estoy protegiendo una cosa que no existe, que es meramente una idea, un concepto, y eso lo estoy protegiendo, resisto, defiendo, disputo con todos para sostenerlo. Pero cuanto más... o mejor dicho, desde el momento en que conozco toda la estructura de esa cosa, no hay nada que proteger. No se trata de estar de acuerdo conmigo, señor; hágalo.

Interlocutor: Por lo tanto, estas fuertes reacciones van a continuar hasta que uno se vea a sí mismo.

Krishnamurti: Y si le gusta a Vd. continuar con ellas, continuará.

Interlocutor: Ah sí, pero si a Vd. no le gusta, entonces tiene que resistirlas. Eso no está bien.

Krishnamurti: Mire: la resistencia, la defensa, el ataque, todas estas son formas de mantener cierta cualidad que creemos importante, cierto estado que queremos proteger.

Interlocutor: Es sólo parte de ello.

Krishnamurti: Es gran parte de ello.

Interlocutor: Hay una cuestión de relación.

Krishnamurti: Muy bien, dígalo a su manera: relación.

Interlocutor: Pero Vd. no quiere comportarse de tal modo que tenga ásperas relaciones, aun cuando tenga áspero sentimiento. De modo que tiene que intervenir e interferir.

Krishnamurti: Ante todo, tenemos que comprender lo que es la relación, antes de que la protejamos. ¿Qué es nuestra relación? Si estoy casado, si tengo marido, esposa, hijos, ¿cuál es mi relación con otro? No en lo teórico, sino en realidad, ¿cuál es mi relación efectiva con mí esposa o marido? ¿Es que tengo alguna relación siquiera?

Interlocutor: Desde luego que viven Uds. juntos.

Krishnamurti: Claro que vivo con mi esposa.

Interlocutor: Y a veces su relación es amistosa y...

Krishnamurti: Siga, siga con ello, señor, penetre en ello. Vivo con mi esposa, se han disipado todos los apetitos sexuales que yo tenía de joven, o menos — aun los tengo, en ocasiones — y ¿qué sucede? Durante el período en que he vivido con mi esposa he creado una forma de resistencia, de dominio, o de aquiescencia, no quiero que se me regañe, no quiero imposiciones, todo eso continúa. He creado en mí una imagen de ella y ella ha creado una imagen mía. Pues bien, estas dos imágenes tienen una relación, pero no yo con ella. De modo que no hay relación directa. Veo que esto sucede, ha continuado toda mi vida, la creación de la imagen y su defensa, y veo que, mientras tenga esa imagen sobre ella, tiene que haber una contradicción; aunque yo tenga relación con ella como esposa, prosigue una batalla, y si quiero vivir sin batalla tengo antes que librarme de todas las imágenes. Pero ¿es posible eso? ¿no crear nunca, ni un instante, una imagen de ella? Haga ella lo que haga, me intimida, disputa conmigo, me reprende, lo que sea; no crear nunca una imagen, ¿es eso posible de alguna manera? Significa que he de tener una mente tan aguda, tan alerta, que nunca eche raíces lo que ella diga. Si no lo puede Vd. hacer, tendrá desde luego la relación entre imágenes que estarán entre sí en perpetua batalla.

Interlocutor: No estamos atacando el mismo punto, porque en la oficina o con personas con las que uno esté asociado, puede ocurrir algo, y reacciona uno con un sentimiento violento. Pues bien, el hecho es que no está uno tan alerta, ese sentimiento...

Krishnamurti: Entonces, descubra Vd. por qué está tan alerta.

Interlocutor: Pero, entretanto...

Krishnamurti: No hay entretanto.

Interlocutor: No quiero reñir con mi oficina...

Krishnamurti: Bueno, no riña con su oficina.

Interlocutor: Eso es lo que quiero decir, entonces tiene uno que poner fin a eso.

Krishnamurti: Póngale fin. Pero es mucho más importante saber por qué no está uno alerta, por qué no se da cuenta. Si puede Vd. responder a eso, entonces estarán contestadas las demás preguntas. Mas Vd. quiere contestar a las preguntas periféricas sin tratar la cuestión fundamental, que es el darse cuenta, el observarse a sí mismo.

Segundo interlocutor: ¿Cómo sabemos que hay un mundo exterior? ¿Cómo sabemos que hay una esencia de lo que es el mundo exterior? Tal vez el mundo exterior sea "maya".

Krishnamurti: Bueno, creo que la palabra «maya» significa en sánscrito «medir». Mientras la mente tenga la capacidad de medir, creará ilusión, naturalmente. Se ha dicho, pues, que, como la mente no tiene otra capacidad que la de medir, por eso lo que mide es ilusorio. Esta es una filosofía que existe en la India: la de que todo el mundo es «maya», que es una ilusión. Dicen, pues, que se aguante, que se olvide la propia enfermedad, los daños, el mundo, las disputas..., que son simplemente una ilusión. Pero en realidad, el decirle a un hombre hambriento que el mundo es «maya», ilusión, no significa nada en absoluto para él. Si una persona tiene cáncer, dolor, el hablarle de ilusión no significa absolutamente nada. Lo que importa no si el mundo existe o no, si es ilusorio o no, sino hecho es que ahí está el mundo, ahí estamos Vd. yo, en pugna uno con otro, los vietnamitas caen muertos por éste y por aquél. Estos son hechos y, para comprender los hechos, debemos estar en contacto con ellos, lo que significa mirarlos sin ninguna interferencia del pensamiento, como prejuicio, dogma, creencia, nacionalidad.

Temor, Placer y Dolor

2ª Conversación

11 de julio de 1967

Jiddu Krishnamurti, Temor, Placer y Dolor. Diez Conversaciones en Saanen, 1967. Jiddu Krishnamurti en español.

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