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Temor, Placer y Dolor

4ª Conversación

16 de julio de 1967

Somos muy serios sobre cosas más bien triviales, pero muy pocos de nosotros somos serios y cuidadosos sobre las cuestiones fundamentales de la vida. Somos serios en reclamar y realizar nuestros deseos placeres; lo somos en la auto-expresión o en confirmar una actividad particular a la cual nos hemos comprometido; también sobre el nacionalismo, sobre las guerras, sobre nuestros particulares prejuicios, dogmas y creencias. Al menos, somos superficialmente serios, pero desgraciadamente no lo somos sobre las cuestiones profundas de la vida. Y cuanto más serio es uno sobre las implicaciones radicales de la vida, tanto más tiene uno el vigor, la Vitalidad y el impulso que son necesarios para llegar hasta el fin mismo. Me parece que aquí, en este lugar, deberíamos tener claridad, al menos de momento, claridad y seriedad en aquello de que hablamos.

Decíamos cuan extraordinariamente importante es producir una revolución psicológica, de modo que estemos del todo fuera de la sociedad. Ha habido muchas revoluciones económicas, sociales, ideológicas, pero desgraciadamente han provocado una colosal desgracia y una mejora periférica, no han resuelto en manera alguna el problema humano de la relación. Cuando hablamos de revolución, nos referimos a la estructura psicológica de la sociedad en que estamos presos y de la que formamos parte. Y al parecer no tenemos mucha seriedad sobre la estructura o sobre la naturaleza psicológica de nuestro ser, que ha producido una sociedad tan corrupta y que en realidad tiene muy escaso sentido. No tomamos muy en serio la cuestión de cómo librarnos de esa sociedad. Por lo menos debe haber unos pocos, un grupo de personas no organizadas en torno a una particular forma de dogma, creencia o de un guía, sino más bien un grupo de individuos que, en serio y con completo designio, se den cuenta de la naturaleza de su psiquis, de la sociedad y de la necesidad de producir en lo interno una revolución total, es decir, de no vivir más en la violencia, en el odio, en el antagonismo, en la simple busca de toda forma de diversión y placer. Placer y deseo no son amor. Vamos tras el placer y el deseo y su realización, en lo sexual o en la ambición —lo que llamamos amor— en distintos niveles de nuestra existencia, y este afán lo consideramos imperioso, necesario y que reclama nuestra completa atención al mismo.

Lo que nos interesa, en esta tienda, durante estas conversaciones y discusiones, es ver si como individuos podemos producir en nosotros mismos esa cualidad de seriedad que por sí misma, mediante la percepción de nuestra propia naturaleza, provoca una revolución. Para producir esto, no mediante propaganda, no porque estemos aquí cada dos días durante las tres semanas próximas, no porque nos ajustemos a un modelo ideológico particular, sino más bien como seres humanos congregados para comprender el muy complejo problema del vivir sin pertenecer a ningún grupo, sociedad nacionalidad, o a ningún determinado dogma, religión, iglesia, y todos esos disparates sin madurez.

Vamos, pues, a tratar durante estos días de producir en nosotros mismos esa cualidad seria, que en sí misma, mediante la percepción de su propia naturaleza, sin aceptar ni condenar nunca, sino observando su relación con la sociedad, producirá una revolución. Eso es lo que nos interesa, y no otra cosa alguna. Porque todo lo demás es más bien falta de madurez, todo lo demás conduce al antagonismo, a la guerra, al odio. También nos concierne la acción, no la acción ideológica, ni la que se ajusta a un principio determinado, ni con arreglo al comunismo, socialismo, capitalismo, o según un particular dogma o una sanción religiosa determinada, sino la acción de una mente que, por haberse liberado de la estructura sociológica y psicológica de la sociedad, se ha convertido en una mente religiosa.

Por «mente religiosa» entendemos una mente que se da cuenta, no sólo de las circunstancias externas de la vida y de cómo está formada la sociedad, de los complejos problemas de las relaciones externas, sino que también percibe su propio mecanismo, la forma en que piensa, siente, obra. Una mente así no es fragmentaria, no se interesa en lo particular, ya sea éste el «yo» o la sociedad, una determinada cultura, o un particular dogma o ideología, sino que más bien se interesa en la comprensión total del hombre, de nosotros mismos.

Lo que somos en lo interior se manifiesta en lo exterior. Pueden Uds. introducir muchas leyes, muchas disposiciones, castigos y torturas, en lo exterior, pero si no hay una revolución, un cambio interior, al fin se destruye la mera estructura exterior de lo que debería ser. Pueden Uds. meter al hombre en un marco tan apretado como en el mundo comunista, pero se romperá. Estamos, pues, en guerra en este mundo tan confuso, tan desgraciado; ¿podemos, viviendo en este mundo, como seres humanos, producir un cambio en nosotros mismos? Ésta me parece la cuestión fundamental, no lo que creáis, o el que seáis cristianos, no cristianos, católicos, protestantes, y todas las estructuras sin madurez que la mente ha construido sobre el miedo.

Como seres humanos, ¿qué es lo que nos interesa, qué es lo más importante para nosotros, fuera de la rutina del vivir diario, de ir a la oficina y todo lo que va con eso, qué cosa es fundamentalmente seria para cada uno de nosotros? Creo que deberíamos hacernos esa pregunta, no para hallar una fácil respuesta; y cuando en efecto nos hacemos tal pregunta en serio, profundamente, empezaremos entonces a descubrir nosotros mismos si son en realidad lo más importante para cada uno de nosotros el dinero, la posición, el prestigio, la fama, el éxito, estas cosas y todo lo que está implicado en ellas. ¿O es que estamos buscando un placer secreto nuestro, ese placer de tener una mayor experiencia, más conocimientos, mayor comprensión de la vida, lo cual es también la busca de placer en diversas formas? Y podemos ser muy serios al tratar de descubrir lo que es la verdad y si existe lo que llamamos Dios, pero ¿no están también teñidos de placer esa indignación, ese afán? ¿O es que nos limitamos a buscar satisfacción física, sensorial, sexual, etc.? Creo que de estas cosas debemos tener mucha claridad, porque van a guiar y moldear nuestras vidas. Los más de nosotros buscamos, en lo exterior y en lo interior, el placer, y ésta es la estructura de la sociedad. Creo muy importante descubrir esto, porque desde la infancia hasta la muerte, en lo hondo, subrepticiamente, con astucia, y también abiertamente, buscamos placer, ya sea en nombre de Dios, en el de la sociedad o en el de nuestras propias demandas y apremios.

Y, si vamos en busca del placer, como nos pasa a la mayoría de nosotros, y como podemos observarlo muy sencillamente, ¿qué está implicado en ese afán? Puedo querer placer, puedo querer la realización de ese placer por medio de la ambición, por el odio, por los celos, etc.; si conozco u observo por mí mismo la naturaleza y la estructura del placer, entonces, al comprenderlo puedo seguirlo con lógica, implacablemente, actuando con los ojos bien abiertos aunque ello implique mucho miedo y pena, o bien llegar a un estado en que pueda vivir en paz.

Es importante, me parece, que uno comprenda la naturaleza del placer, sin condenarlo ni justificarlo, sin tenerlo en un profundo rincón de la propia mente que nunca se examina porque puede revelar un placer que contenga en sí mismo enorme dolor. Creo que deberíamos investigar minuciosamente, en forma vacilante, delicada, esta cuestión, sin actitud de oposición ni resistencia a ella, porque el placer es una demanda básica de nuestra vida, su hallazgo y la continuidad de ese placer, en su nutrición y sostenimiento, y cuando no hay placer, la vida se vuelve obtusa, estúpida, solitaria, fastidiosa y sin sentido.

Los intelectuales en todo el mundo han visto que el placer no trae mucha comprensión, y por esto han inventado filosofías y teologías, con arreglo a la mente lista, astuta. Pero aquellos de nosotros que seamos serios, tenemos que descubrir lo que es el placer, cuál es su naturaleza, por qué estamos presos de él. No condenamos el placer, no estamos diciendo que sea bueno o malo. La gente es violenta porque ello les da gran placer, obtienen mucha satisfacción y gusto cuando hacen daño a alguien, de manera verbal, material o por un gesto. O bien uno se complace en llegar a ser famoso, escribiendo un libro. Así pues, tiene uno que descubrir lo que es el placer y lo que está implicado en él, así como si hay alguna posibilidad de vivir en un mundo que no contenga placer, sino una enorme sensación de gloria, un enorme sentido de disfrute, que no tiene nada de placer. Vamos a investigar esto ahora, vamos a investigarlo juntos, no, por el procedimiento de que el que habla explique y Vd. escuche, aprobando o desaprobando, sino más bien haciendo juntos el viaje. Para hacer el viaje juntos tiene Vd. que viajar en forma ligera y esto sólo puede hacerlo si no va cargado de opiniones y conclusiones.

¿Por qué está la mente reclamando siempre placer? ¿Por qué hacemos cosas, ya sean nobles o innobles, con esa corriente profunda? ¿Por qué ocurre que sacrificamos, renunciamos, sufrimos, también pendientes del fino hilo del placer? Y ¿qué es el placer? Yo me pregunto si algunos de nosotros nos habremos hecho en serio esta pregunta y la habremos seguido hasta el fin mismo, para descubrir. Es evidente que aquél surge de reacciones sensorias —me gusta usted o no me gusta, me parece Vd. agradable o no me lo parece—, ésa es una bella nube, llena de luz, hermosura y forma, con esa montaña que se dibuja clara sobre el cielo azul. Está implicada la percepción sensorial y hay honda delicia en contemplar la corriente de un río, una faz que esté bien proporcionada, que sea inteligente, profunda. Y luego tenemos el recuerdo de ayer que estuvo lleno de hondo disfrute, ya fuera sexual o intelectual, o simplemente una fugaz respuesta emotiva Y uno quisiera que el placer de ayer se repita. También es ésta una forma de reacción sensoria. Anoche vio una nube en la cumbre de las montañas, iluminada por el sol poniente cuando la observaba no había observador, sino sólo la luz y la belleza de aquella puesta de sol, que dejó impresión en la mente; y ésta piensa sobre ello y reclama una experiencia más de esa naturaleza. Estos son evidentes fenómenos cotidianos de nuestras vidas, tanto si es la percepción de una nube como una experiencia sexual o intelectual.

El pensamiento tiene, pues, mucho que ver con el placer. Yo puedo contemplar esa puesta de sol, que al momento siguiente se ha disipado. Entra el pensamiento y empieza a pensar sobre ella, dice cuan bella era cuando por un momento «yo» estaba ausente, con todos mis problemas, torturas, desdichas; sólo había aquella cosa maravillosa. Y eso permanece como pensamiento, está sostenido por éste. Lo mismo con respecto al placer sexual: el pensamiento lo mastica, piensa en ello incesantemente, construye imágenes que sostienen la sensación y la demanda de realización mañana. Igual ocurre con respecto a la ambición, la fama, el éxito y el ser importante. Así, el deseo es sostenido y nutrido por el pensamiento, recibe continuidad en relación con una determinada forma de experiencia que ha dado placer. En sí mismo puede uno observar esto muy sencillamente. Y cuando se niega ese pensamiento que ha creado el placer, entonces hay pena, conflicto, entonces hay miedo. Le ruego observe esto en Vd. mismo, porque, si no, carecerá de valor todo lo que está Vd. oyendo. Lo que oye Vd., la explicación, es como el ruido de un estruendoso arroyo, no tiene valor alguno, pero si Vd. escucha, no al que habla, sino que utiliza a éste como un espejo en que Vd. mira, entonces relacionará consigo mismo lo que se está diciendo, y puede tener enorme valor. Espero que esté Vd. haciendo esto, pues sin comprender el placer y por lo tanto la pena, nunca estaremos libres del temor.

Una mente que no se haya librado del temor vive en las tinieblas, en la confusión, en el conflicto. La mente prisionera del temor tiene que ser violenta, y toda la estructura psicológica, así como la vida sociológica de un ser humano, se basa en el principio del placer, temor, y la persona es, pues, agresiva, violenta. Usted puede tener ideologías y principios de no violencia, pero carecen de todo sentido. Como dijimos el otro día, son tontas y no tienen sentido alguno todas las ideologías, ya sean de los comunistas, de las iglesias o de una persona seria. Lo que tiene sentido es comprender el miedo, y para comprenderlo, tiene uno que comprender también, muy profundamente, la naturaleza del placer. El placer implica dolor, los dos no están separados, son las dos caras de una misma moneda. Para comprender el placer tiene uno que darse cuenta de sus sutilezas.

¿Ha observado Vd. alguna vez cómo hablan las personas cuando tienen un poco de poder, cuando están a la cabeza de alguna organización tonta, estúpida? Truenan como Dios porque tienen algo de poder. Eso indica que, para ellos, el placer ha llegado a ser cosa de importancia extraordinaria. Y, si son un poco intelectuales o famosos, ¡cómo cambian sus maneras, cómo andan, qué otro es su punto de vista!

De modo que donde haya placer hay dolor, que inevitablemente conduce al miedo, no sólo miedo de cosas grandes, como la muerte, como el miedo de un intenso aislamiento solitario, el miedo de no existir en absoluto. Pero también en niveles superficiales, el miedo de lo que piense un vecino sobre Vd., cómo le considera el jefe de la oficina, miedo del marido o de la esposa, y el miedo de no vivir ajustado a las imágenes que uno se ha formado sobre sí mismo. Hay temor, no sólo de lo desconocido, sino de lo conocido. Y todo este temor se resuelve, no por la represión, no por la negación, sino comprendiendo toda la estructura del placer, el dolor y el temor. Para esa comprensión hace falta darse cuenta, como cuando se está mirando Vd. a sí mismo, mirándose como en un espejo; porque sin autoconocimiento, es decir, sin conocer sobre sí mismo, nunca pueden tener fin el placer y el temor.

Conocerse a sí mismo es conocer una cosa muy compleja y viva, es como un movimiento, un constante moverse, moverse y seguir moviéndose. Para conocerse Vd. mismo, para observar, tiene que tener una mente en la que no haya sentido de comparación, juicio, condena ni justificación. Después de todo, siendo la vida un inmenso movimiento viviente, no ha de estar limitada a las propias idiosincrasias o fantasías, ni a sus demandas —aunque éstas también forman parte de ese movimiento—y si limita Vd. ese movimiento a la particular forma de sus demandas e inclinaciones, entonces siempre seguirá en conflicto.

Una mente que haya comprendido la naturaleza del placer y del temor, ya no es violenta y puede, por lo tanto, vivir en paz consigo misma y con el mundo.
Tal vez podamos, por medio de preguntas, hablar juntos sobre lo que hemos discutido esta mañana.

Pregunta: ¿Como podemos confiar en el que habla, de modo que sepamos que lo que está diciendo es verdadero? Y ¿cómo podemos tener confianza en él, de modo que sepamos que nos conduce acertadamente?

Krishnamurti: ¿Es que estamos hablando sobre dirección y confianza? Como sabe Vd., hemos tenido conductores de toda clase, políticos y religiosos. ¿No está Vd. harto de los que dirigen? ¿No los ha lanzado Vd. por la borda a ese río, de modo que ya no os dirija nadie más, nunca? ¿O es que todavía, tras estos dos millones de años, está Vd. buscando un conductor? Pues los conductores destruyen al seguidor, y los seguidores destruyen al que dirige. ¿Por qué ha de confiar Vd. en nadie?

El que habla no reclama fe de Vd., no se establece como autoridad, porque una autoridad de cualquier clase —especialmente en el campo del pensamiento, de la comprensión— es la cosa más destructiva y dañosa. No estamos, pues, hablando de dirección, de tener fe en el que dirige o en el que habla. Decimos que cada uno de nosotros, como ser humano, tiene que ser su propio conductor, maestro, discípulo, todo en sí mismo. Todo lo demás ha fallado, las iglesias, los jefes políticos, los jefes bélicos, esas personas que quieren producir una sociedad maravillosa; no lo han hecho. Ello depende, pues, ahora de Vd., y de Vd. como ser humano, en quien está toda la humanidad, es su responsabilidad. Por eso, tiene Vd. que responsabilizarse, conocerse en su forma y en su fondo de cómo piensa, de lo que dice, de cómo la dice, de los motivos por los que busca sus placeres, etc.

Pregunta: ¿Cuál es la relación entre el placer y el temor?

Krishnamurti: ¿No la conoce Vd.? ¿Quiere una explicación de eso? Cuando puedo conseguir mi placer, ¿qué pasa? ¿No lo ha observado Vd.? Quiero algo que va a darme enorme placer; ¿qué ocurre cuando me veo frustrado, cuando se me niega? Hay antagonismo, violencia, sentido de frustración, todo lo cual es una forma del temor.

Vamos, pues, a estudiar esta cuestión del placer y el temor. Quiero algo que va a darme mucho placer. Quiero llegar a ser famoso, tener posición, prestigio; luego, eso se me niega; ¿Qué ocurre? O bien cuando se ha negado Vd. el placer de beber, de fumar o del sexo, o lo que sea, ¿ha observado Vd. por qué batallas pasa, qué pena, qué ansiedad, qué antagonismo, odio? Todo ello es una forma del temor, ¿no es así? Me da miedo de no conseguir lo que quiero. ¿No le da a Vd. miedo, habiendo escalado durante muchos años una particular forma de ideología, cuando esa ideología se derrumba, arranca de Vd. por la lógica o por la vida? ¿No le da a Vd. miedo de estar solo? La creencia en esa ideología le ha dado a Vd. satisfacción y placer, y cuando se le arrebata, se queda Vd. como encallado, con las manos vacías, y empieza el temor, hasta que encuentra otra forma de creencia, otro placer. Es muy sencillo, y, por ser tan sencillo, nos negamos a ver su sencillez, queremos que sea muy complejo. Cuando su esposa se desvía de Vd., ¿no se siente celoso, no se irrita, no aborrece Vd. al hombre que la ha atraído? Y ¿qué es todo eso sino temor de perder lo que nos ha dado mucho placer, compañía, cierta seguridad, dominio, y todo lo demás?

Sabido que es dificilísimo mirar las cosas con sencillez, porque tenemos mentes muy complejas; hemos perdido la cualidad de la sencillez. No me refiero a la sencillez en las ropas, en el alimento, en todas esas cosas sin sentido ni madurez, cultivadas por los santos, sino a la sencillez de una mente que puede mirar directamente las cosas, que puede mirar, sin temor alguno, hacia sí misma tal como es en realidad, sin ninguna distorsión, de modo que cuando miente Vd. ve que miente, no lo tapa, no escapa de ello, no encuentra excusas. Cuando siente Vd. miedo, sepa que lo siente, tenga claridad sobre su temor.

Temor, Placer y Dolor

4ª Conversación

16 de julio de 1967

Jiddu Krishnamurti, Temor, Placer y Dolor. Diez Conversaciones en Saanen, 1967. Jiddu Krishnamurti en español.

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