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Temor, Placer y Dolor

5ª Conversación

18 de julio de 1967

Quedamos que Íbamos a hablar juntos esta mañana sobre la cuestión del temor. Como es un asunto muy importante, deberíamos dedicar no sólo esta mañana, sino acaso varias, a penetrar en esta cuestión y en todos los problemas relacionados con ese tema central, que es el del temor.

Antes de empezar a desentrañar el complejísimo tema del temor, creo que deberíamos comprender la naturaleza de la libertad. ¿Qué entendemos por libertad? Y ¿queremos en realidad ser libres? No estoy nada seguro de que la mayoría de nosotros queramos estar libres por completo de toda carga; más bien nos gustaría mantener algunas ideologías placenteras, satisfactorias, complejas, y fórmulas complacientes. Claro que nos gustaría estar libres de las cosas que causan pena: los feos recuerdos, las experiencias dolorosas, etc. Debemos, pues, penetrar en esta cuestión de la libertad e inquirir si es que hay posibilidad de ser libre, o si es una utopía ideológica, un concepto que no tiene realidad alguna. Todos decimos que quisiéramos ser libres, mas yo creo que, antes de ir en pos de ese deseo con el cual se encaran nuestras inclinaciones o tendencias, deberíamos comprender la naturaleza y la estructura de la libertad. ¿Hay libertad cuando os libráis de algo, del dolor, de alguna clase de ansiedad? ¿O es que la libertad misma es enteramente distinta de la libertad de algo? Uno puede librarse de la cólera, tal vez de los celos, pero ¿no es la liberación de algo una reacción y por lo tanto, nada tiene que ver con la libertad?

¿No es la libertad una cosa del todo distinta de cualquier reacción, inclinación o deseo? Con mucha facilidad puede uno librarse del dogma, analizándolo, expulsándolo a puntapiés, pero el motivo para esa liberación de un dogma contiene su propia reacción, ¿no es así? El motivo, el deseo de librarse de un dogma, puede ser que ya no resulte cómodo, puede que ya no esté de moda, que no sea razonable o popular, que las circunstancias estén contra él y que por lo tanto quiera Vd. librarse; éstas son simples reacciones. ¿Es libertad la reacción que nos hace apartar de algo? ¿O es la libertad una cosa por completo distinta de la reacción, que se mantiene en pie por sí misma sin motivo alguno, sin depender de ninguna inclinación, tendencia ni circunstancia? ¿Existe semejante clase de libertad? Uno puede estar libre de nacionalismo, por creer en el internacionalismo, o porque ya no es económicamente necesario, habiendo un Mercado Común en el que no vale la pena de mantener el dogma del nacionalismo con su bandera; eso lo puede uno fácilmente desechar. Pero ¿tiene algo que ver con la libertad esa racionalización o conclusión lógica?

Tampoco puede un jefe espiritual o político prometer libertad al término de algo, pues ¿puede ser libertad la que venga por la disciplina, la conformidad, la aceptación, y que prometa el ideal al que siga ese camino? ¿O es que la libertad es un estado mental tan intensamente activo, vigoroso, que rechaza toda forma de dependencia, esclavitud, conformidad y aceptación? ¿Quiere la mente esa libertad? Esa libertad implica completa soledad, un estado de mente que no depende de estimulación, ideas, experiencia de carácter circunstancial. La libertad de esa clase es claramente significativa de soledad («aloneness, solitude»). ¿Puede la mente educada en una cultura tan dependiente del medio en que vive, y de sus propias tendencias e inclinaciones, hallar alguna vez esa libertad que está sola por completo? Sólo en semejante soledad puede haber relación con otro; en ella no hay roce, dominio, dependencia. Por favor, tiene Vd. que comprender esto, no se trata de una simple conclusión verbal, que se acepta o se niega. ¿Es esto lo que cada individuo reclama y aquello en que insiste: una libertad en la que no hay jefatura, tradición ni autoridad? De lo contrario, no hay libertad; cuando dice Vd. que está libre de algo, eso no es más que una reacción, que, por serlo, va a ser causa de otra. Uno puede tener una cadena de reacciones, aceptando cada una de ellas como una liberación, pero esa cadena no es libertad, es una continuidad modificada del pasado y a la cual se aferra la mente.

Librarse del temor puede ser una reacción, pero tal reacción no es libertad. Puedo librarme del miedo a mi esposa, mas yo puedo seguir teniendo miedo. Aunque me libre del temor a mi esposa, la liberación de esa forma de temor es particular. No me gusta ser dominado, y por ello quiero estar libre de la dominación, de los reproches, y todo lo demás. Esa particular demanda de libertad es una reacción que creará otra forma de conformidad, otra clase de dominio. Como los «beatniks», los «hippies». etc., su rebelión contra la sociedad, que es buena en sí misma, es una reacción que va a crear conformidad a los «hippies», y por lo tanto no tiene nada de libertad.

Cuando discutimos la cuestión del temor, por necesidad tenemos que comprender la naturaleza de la libertad, o ver que, cuando hablamos sobre libertad, no hablamos de la libertad completa, sino más bien de librarnos de alguna cosa incómoda, desagradable, indeseable. No queremos estar libres del placer, pero sí del dolor. Pero el dolor es la sombra del placer, no puede separarse uno del otro. Son como una moneda que tiene el placer por el anverso y el dolor por el reverso.

La libertad es completa en sí misma, no es una reacción, no es una conclusión ideológica. Libertad implica completa soledad, un estado interno de la mente que no depende de ningún estímulo, de ningún conocimiento; no es resultado de ninguna experiencia ni conclusión. Al comprender la libertad, comprendemos también lo que está implicado en la soledad. La mayoría de nosotros, interiormente, nunca estamos solos. Hay diferencia entre el aislamiento, cortar las relaciones en torno nuestro, y la soledad. Sabemos lo que es estar aislado, haber construido una muralla en torno a uno mismo, un muro de resistencia, muralla que hemos construido para que no se nos hiera nunca, para no ser nunca vulnerables. O podemos vivir en una tonta ideología de ensueño sin validez alguna. Todas estas cosas producen auto-aislamiento, proceso que sigue adelante en nuestra vida diaria, en la oficina, en el hogar, en nuestras relaciones sexuales, en toda actividad. Esa forma de aislamiento y el vivir en una torre de marfil ideológica no tienen nada que ver con la soledad («solitude, aloneness»). El estado de soledad sólo puede sobrevenir al librarse uno de la estructura psicológica de la sociedad, que hemos edificado por nuestras reacciones y a la cual pertenecemos.

Al comprender la libertad total, llegamos al sentido de completa soledad. Creo que sólo una mente que haya comprendido esta soledad es la que puede tener relación en la cual no haya ninguna clase de conflicto. Mas si nosotros creamos una imagen de lo que creemos es la soledad y la establecemos como base de ésta en nosotros mismos, y desde ella tratamos de encontrar una relación, entonces semejante relación no servirá más que para producir conflicto.

Nos interesa la cuestión del temor, mas si no comprendemos los problemas relacionados con esa cuestión, con esa cuestión central, con ese estado de soledad, entonces, cuando abordemos esa cosa llamada temor, no sabremos qué hacer.

Decíamos que nosotros, los seres humanos — que hemos vivido tanto tiempo y acumulado tanta experiencia — somos entidades de segunda mano, sin nada original. Estamos contaminados por toda clase de tortura, conflicto, obediencia, aceptación, miedo, celos, ansiedad, y por lo tanto, no existe ese carácter de soledad. Por favor, obsérvese Vd.; como dijimos el otro día, utilice efectivamente al que habla y sus palabras como espejo en que Vd. se mire. Cuanto más sabe Vd. sobre sí mismo, tanto mayor será la cualidad de madurez. Persona sin madurez es la que no se conoce a sí misma en absoluto. Una de las principales características del temor es la no aceptación de lo que uno es, la incapacidad para encararse consigo mismo.

Como seres humanos, tales como somos, no somos más que un resultado, un producto psicológico. En ese estado, en ser producto del tiempo, de la cultura, de la experiencia, del conocimiento, de todos los acumulados recuerdos de mil ayeres, o de ayer, no hay nada de soledad. Todas nuestras relaciones se basan en lo que ha existido, o en lo que debería existir, y por ello toda relación es un conflicto, un campo de batalla. Si uno quiere comprender lo que es acertada relación, tiene que inquirir sobre la naturaleza y la estructura de la soledad, que consiste en estar solo por completo. Pero esa palabra, «solo», crea una imagen. Obsérvese Vd. y verá. Cuando usa Vd. esa palabra, «solo», ya tiene una fórmula, una imagen, y trata de vivir ajustado a esa imagen, a esa fórmula. Mas la palabra o la imagen no son el hecho real. Tiene uno que comprender y vivir con lo que en efecto existe. No estamos solos, somos haces de recuerdos transmitidos a lo largo de los siglos, como alemanes, como rusos, europeos, etcétera.

Comprender la soledad — si sabe en realidad lo que significa y se vive en ese estado — es en verdad extraordinario en grado sumo, porque entonces la mente siempre es nueva y no depende de inclinación, o tendencia, ni está guiada por la circunstancia. Al comprender .a soledad, empezará Vd. a comprender la necesidad de vivir consigo mismo tal como es en realidad, pues una de nuestras principales causas de temor es que no queremos vernos tal como en realidad somos. Por favor, mírense Uds. a sí mismos esta mañana tales como son realmente, no como crean que deberían ser ni como han sido. Vea si puede mirarse serenamente, sin ninguna falsa modestia, sin ningún miedo, sin justificación ni condena, viva simplemente con lo que Vd. sea en realidad.

Sepa Vd., lo que significa vivir con la realidad efectiva. Al observarme a mí mismo, encuentro que tengo celos, ansiedad o envidia. Me doy cuenta de ello. Pues bien, quiero vivir con eso, porque sólo cuando vivo en intimidad con algo es cuando empiezo a comprenderlo. Pero vivir con mí envidia, mi ansiedad, es una de las cosas más difíciles. Veo que desde el momento en que me habitúo, ya no estoy viviendo con ello. ¿Está Vd. siguiendo todo esto? Ahí está ese río y puedo verlo todos los días, oír su ruido, el susurro del agua, mas pasados dos o tres días, me he acostumbrado a ello y no siempre lo oigo. Puedo tener un cuadro en la habitación, he mirado diariamente, su belleza, color, las varias profundidades y sombras, su calidad; pero, habiéndolo mirado durante una semana, lo pierdo, me he acostumbrado a él. Y lo mismo pasa con las montañas, los valles, los ríos, los árboles, con la familia, con mi esposa, o marido. Mas nunca puedo acostumbrarme a vivir con una cosa viviente como los celos, la envidia; significa que nunca puedo aceptar esto. Tengo que cuidarlo como cuidaría un árbol recién plantado; protegerlo contra el sol, contra la tempestad. Así, del mismo modo, tengo que vivir con esta ansiedad y envidia, cuidar esto, no acostumbrarme, no condenarlo. De esta manera, empiezo a amarlo y a cuidarlo, lo cual no consiste en que a mí me guste ser envidioso o sentir ansiedad, sino más bien que me intereso en la observación. Es como vivir con un reptil en la habitación; poco a poco empiezo a ver mi inmediata relación con él y no hay conflicto.

¿Podemos, pues, Vd. y yo, vivir con lo que en realidad somos? Siendo obtusos, envidiosos, amedrentados, creyendo que sentimos enorme afecto cuando no lo percibimos, sintiéndonos fácilmente ofendidos, adulados, fastidiados, ¿podemos vivir con estas realidades sin aceptar ni negar, pero observando, viviendo con ellas sin volvernos enfermizos, deprimidos ni muy animados? Entonces hallará Vd. que una de las grandes razones del temor es que no queremos vivir con lo que somos.

Hemos hablado primero de libertad, después de soledad y luego, de darnos cuenta de lo que somos, y también de cómo lo que somos está relacionado con el pasado y tiene una progresión hacia el futuro; de darnos cuenta de esto y de vivir con ello, sin acostumbrarnos nunca, sin nunca aceptarlo. Si comprendemos esto no de modo intelectual, sino por hacerlo efectivamente, entonces podemos hacer una ulterior pregunta: ¿Se puede hallar o descubrir por medio del tiempo esta libertad, soledad, esta puesta efectiva en contacto inmediato con toda la estructura de lo que existe? Es decir, ¿se ha de alcanzar la libertad por medio del tiempo, por medio de un proceso gradual? No soy libre, porque tengo ansiedad, temor, soy esto, soy aquello, temo a la muerte, temo a mi vecino, temo perder mi empleo, o que mi marido se vuelva contra mí, temo todas las cosas que uno ha edificado durante la vida. No soy libre; puedo serlo librándome de ellas una por una, expulsándolas, pero eso no es libertad. ¿Se ha de lograr la libertad mediante el tiempo? Es evidente que no, pues desde el momento en que introduce Vd. el tiempo hay un proceso, se estará Vd. esclavizando cada vez más. Si he de librarme de la violencia de manera gradual, por la práctica de la no-violencia, entonces en la práctica gradual, estaré sembrando las semillas de la violencia todo el tiempo. Hacemos, pues, una pregunta muy fundamental cuando preguntamos si la libertad ha de lograrse, o si más bien viene a la existencia a lo largo del tiempo.

La pregunta siguiente es: ¿Puede uno ser consciente de esa libertad? ¿Me sigue Vd.? Si uno dice «Soy libre», entonces no es libre. Así es que la libertad, aquella de que estamos hablando, no es algo que sea resultado de un esfuerzo consciente para lograrlo. Por eso, está más allá de todo, trasciende el campo de la conciencia y no es cuestión de tiempo. El tiempo es conciencia; es pena, es miedo del pensamiento. Cuando dice Vd.: «He realizado esa completa libertad», entonces desde luego que sabe Vd., si es en verdad honrado consigo mismo, que ha retrocedido adonde estaba. Es como un hombre que dice: «Soy dichoso» y en el momento que lo dice, está viviendo en el recuerdo de lo que pasó. La libertad no es del tiempo, y la mente tiene que mirar la vida, que es un vasto movimiento, sin el cautiverio del tiempo. Hágalo, por favor, y verá que uno puede hacer todo esto; y cuando esté muy claro (no de modo ideológico, ni porque haya Vd. aceptado explicaciones) entonces puede uno proceder a descubrir lo que es el temor y si hay alguna posibilidad de quedar libre por completo de él a través de todo el propio ser.

De modo superficial, puede uno darse cuenta o ser consciente del temor. Puede amedrentarme mi prójimo y saber yo que tengo miedo; puedo resistir, o no hacer caso, o ser del todo indiferentes lo que él diga, porque yo piense que es estúpido, puedo resistirle, darme cuenta de mis temores conscientes, pero ¿percibo mis temores en los niveles profundos de la mente? ¿Cómo va Vd. a descubrir los temores que están escondidos, ocultos, que son secretos? Esto implica una cuestión mucho más grave, que es ésta: ¿Hay que dividir el temor entre consciente e inconsciente? Siga, por favor, esto atentamente, es una cuestión muy importante. El especialista, el psicólogo, el analista, han hecho esta división entre los niveles profundos del temor y los niveles superficiales. Mas, si sigue Vd. lo que dice el psicólogo, o lo que dice el que habla, entonces está comprendiendo su teoría, sus dogmas, su conocimiento, no está comprendiendo la realidad efectiva de Vd. mismo. No puede Vd. comprenderse con arreglo a Freud, Jung o con arreglo al que habla; tiene que comprenderse directamente. Por esta razón carecen por completo de importancia todas esas personas. Preguntamos: ¿hay que dividir los temores entre conscientes y subconscientes? Por favor, responda con cuidado a esta pregunta, porque si dice que no hay que dividirlos, entonces estará negando lo subconsciente. Si acepta que los temores han de ser divididos entre conscientes y subconscientes, entonces acepta esa fórmula. Vea lo que está implicado cuando divide los temores entre los inconscientes, profundamente arraigados, y los superficiales. ¿Qué está implicado en eso? Uno puede percibir, conocer y ser consciente con bastante facilidad de los temores superficiales, por las propias reacciones inmediatas. Pero el desenterrar, desentrañar, desarraigar, dejar al descubierto los temores profundamente arraigados, ¿cómo se ha de producir esto? ¿por medio de los sueños, las intimaciones, las insinuaciones? Todo eso implica tiempo. ¿O es que sólo existe el temor, que traducimos en diversas formas? ¿Sólo un deseo, pero con cambio de los objetos de éste?

El deseo siempre es el mismo. Tal vez el temor sea siempre el mismo: un solo temor, que se traduce en varios distintos. Me da miedo de esto y aquello, pero comprendo que el temor no puede dividirse. Esto es algo que tiene Vd. que comprender, no es una conclusión lógica, no es algo que Vd. construye y en lo cual cree. Más cuando ve que el temor no puede dividirse, ha hecho un enorme descubrimiento y entonces habrá desechado por completo este problema del subconsciente y ya no dependerá de los psicológicos, los analistas. Esto es en realidad una cosa muy seria, porque cuando ve que el temor es indivisible, comprende que es un movimiento que se expresa en diversas formas, no los separados temores de la muerte, de mi esposa, de perder mi empleo, de no conseguir mi realización, etc. Y mientras vea Vd. ese movimiento y no el objeto hacia el cual se dirige tal movimiento, se encara Vd. con una cuestión inmensa. Entonces estará preguntando cómo puede uno mirar el temor, que es indivisible, y por lo tanto no fragmentario, sin la fragmentación cultivada por la mente. ¿Me sigue Vd.?

Se me ha presentado la naturaleza del temor como una totalidad, sólo existe un temor total, no los temores fragmentarios. Pero ¿puede mi mente, que piensa en fragmentos — mi esposa, mi hijo, mi familia, mi empleo, mi país, ya sabe Vd. cómo funciona en fragmentos — puede mi mente fragmentaria observar el cuadro total del temor? ¿Puede hacerlo? ¿Comprende Vd. la pregunta? He vivido una vida de fragmentación, mi pensamiento sólo es capaz de pensar así, de modo que yo sólo miro el temor a través del proceso fragmentario del pensamiento. Para mirar al temor total, ¿no tengo que estar sin ese proceso? El pensamiento, todo el proceso del mecanismo del pensar, es fragmentación, todo lo divide. lo amo a Vd. o lo odio, Vd. es mi enemigo, o es mi amigo. Mis peculiares idiosincrasias, mis inclinaciones, están en batalla con todo lo demás —mi empleo, mi posición, mi prestigio, mi país y el de Vd., mi Dios y el suyo —todo ello es la fragmentación del pensamiento. Y este pensamiento es siempre viejo, nunca nuevo y, por lo tanto, nunca es libre. Nunca puede ser libre el pensamiento, porque es la reacción de la memoria y ésta es vieja. Este pensamiento mira el estado total de temor o trata de mirarlo, y cuando lo mira lo reduce a fragmentos. De modo que la mente sólo puede mirar este temor total cuando no hay movimiento del pensar.

Seguiremos adelante pasado mañana, porque hay mucho que escudriñar. ¿Podemos discutir sobre aquello de que hemos hablado esta mañana?

Interlocutor: Señor, toma Vd. una cuestión fundamental, como la del temor, y tiene Vd. confianza para abordar ese problema. Aunque ello da la impresión de algo como análisis. Estoy seguro de que ello no le preocupa a Vd. nada, que lo aborda con plena confianza. Pero, ¿qué es esa confianza y cómo surge? ¿Cómo procede uno sobre ello?

Krishnamurti: ¿Cómo sabe Vd. que yo tengo confianza? ¿Y qué entiende Vd. por esa palabra, «confianza»? Dice Vd. que yo tengo confianza al abordar un problema de tal naturaleza como el temor. ¿Es confianza? Es decir, estar seguro, capacitado, ser capaz de análisis, capaz de ver la totalidad de ello, tener la capacidad y por esa capacidad, tener confianza; como Vd. está seguro y confiado en sí mismo, es Vd. listo y por lo tanto puede acometer una cuestión tan fundamental. Y pregunta Vd.: « ¿Cómo logro yo tal confianza?» Primero afirma Vd., declara, que yo tengo confianza, luego pregunta: « ¿Cómo la consigo yo?» ¿Cómo sabe Vd. que yo tengo confianza? Puede ser que yo no la tenga, en absoluto. Por favor, siga esto» No me gusta o no me fío de la confianza, porque implica que uno está seguro, y que ha logrado; se mueve uno como partiendo de una plataforma, de un estado, lo que significa que ha acumulado muchos conocimientos, mucha experiencia, y que de eso ha ganado confianza y es capaz, por tanto, de acometer el problema. Pero no es nada parecido a eso, muy al contrario, porque desde el momento en que ha llegado a una conclusión, a una posición lograda de conocimiento, partiendo de la cual se pone a examinar, habrá uno terminado. Entonces estará traduciendo toda cosa viva en términos de lo viejo. Mientras que, si no tiene apoyo, si no hay certeza, ni logro, entonces hay libertad para examinar, para mirar. Y, cuando uno mira con libertad, es siempre lo nuevo.

Un hombre confiado es un ser humano muerto como el sacerdote, como el comisario comunista que creen en ideologías, en Dios, en sus conclusiones ideas, reacciones; han producido un mundo horrible, monstruoso. Mientras que el hombre que tiene libertad para mirar, y mirar sin prejuicio sin tener ninguna opinión, conclusión, norma o principio, puede observar y su observación es siempre clara, sin confusión, fresca e inocente. Sólo esta inocencia es la que puede ver la totalidad de este proceso íntegramente.

Pregunta: Señor, hay una diferencia esencial; es decir, aborda Vd. todo este problema y no le pregunta sobre él a nadie en absoluto, ni yo lo hago. ¿Cuál es la naturaleza de lo que Vd. hace?

Krishnamurti: El problema no está en la diferencia esencial entre el que habla y el que pregunta, sino en la razón para que el que pregunta esté dependiendo. ¿Por qué depende Vd.? ¿Cuáles son las implicaciones de la dependencia? Yo dependo de mi esposa, o, ella depende de mí. ¿Por qué? Siga Vd. esto, no lo aparte a un lado. ¿Por qué depende ella de mí? ¿No es porque, en sí misma, no tiene claridad, es desdichada, por lo cual la ayudo, la sostengo, la alimento, o ella me alimenta. Es, pues, una dependencia mutua, tanto en lo psicológico como en lo objetivo. De modo que yo dependo, y cuando ella mira hacia algún otro me ha quitado el apoyo del que yo dependo, me siento herido, amedrentado, celoso. De modo que si Vd. depende de mí, del que habla, para su alimento psicológico, entonces siempre estará Vd. en duda y dirá: «¡Dios mío! Puede ser que él esté en el error», o bien: «Hay un mejor instructor a la vuelta de la esquina, hay un psicólogo más grande, el último antropólogo, que ha estudiado tanto, que sabe tanto.» De manera que Vd. dependerá de éste; mas, si comprende Vd. la naturaleza de su propia dependencia, entonces no necesitará en absoluto la autoridad de nadie; sus ojos tendrán claridad para mirar y mirará Vd. en realidad partiendo de la inocencia, y la inocencia es su propia acción.

Temor, Placer y Dolor

5ª Conversación

18 de julio de 1967

Jiddu Krishnamurti, Temor, Placer y Dolor. Diez Conversaciones en Saanen, 1967. Jiddu Krishnamurti en español.

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