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Temor, Placer y Dolor

7ª Conversación

23 de julio de 1967

Decíamos el otro día que el temor y estar más allá y por encima del temor constituye un problema muy complejo, necesita mucha comprensión, en lo cual no hay represión ni control ni forma alguna de eliminación. Para comprender el temor tiene uno que darse cuenta de su estructura y naturaleza, aprender sobre ello y no llegar a esto con ninguna clase de conclusión.

No sé si ha pensado Vd. sobre la cuestión del aprender. Es en realidad un asunto muy interesante. ¿Qué es el aprender? ¿Aprendemos alguna vez? ¿Aprendemos por experiencia? ¿Aprendemos alguna vez por la acumulación de conocimientos? Decimos que aprendemos por experiencia, ¿es verdad esto? Ha habido cerca de quince mil guerras durante los cinco mil años últimos; es una copiosa experiencia para el hombre. ¿Hemos aprendido de estas experiencias que la guerra es una cosa espantosa en grado sumo y que debe terminar? ¿Y es el aprender cuestión de tiempo? No hemos aprendido tras cinco mil años que la guerra, al matar a otro en forma organizada, por cualquier razón, es algo extremadamente... Ya ni sé qué palabras usar. Si no hemos aprendido durante estos cinco mil años, entonces ¿es cuestión de tiempo el aprender? Al parecer no hemos aprendido con esta vasta experiencia de matar a otro. ¿Qué es lo que nos enseñará? Por lo que vemos, las circunstancias del ambiente, las presiones, los trastornos, la destrucción, la inanición, la brutalidad, no nos han enseñado, y hemos tardado cinco mil años en aprender que no hemos aprendido. ¿Qué es, pues, el aprender? Por favor, ésta es una pregunta muy seria, no es de esas preguntas que se hacen a los muchachos en una escuela, para que redacten un ensayo. ¿Qué es el aprender y cuándo se realiza? ¿Es cuestión de tiempo, un proceso gradual? Y al inquirir sobre el aprender y sobre si implica tiempo, creo que tenemos que investigar sobre la cuestión de la humildad.

Al hablar de humildad, no hablamos del rigor del santo o del sacerdote, ni del hombre vano que cultiva la humildad. Es evidente que si quiero aprender sobre algo, mi mente no tiene que haber llegado a ninguna conclusión acerca de ello, no ha de tener opinión o previo conocimiento. Sólo una mente que sea muy inocente es la que puede inquirir acerca de la cuestión de la humildad; inocente, en el sentido de que no sabe y que es capaz de una gran libertad. Es evidente que el aprender no tiene que ver nada con la acumulación de conocimiento, experiencia o tradición, y que sólo una mente libre es la que puede hallarse en un estado de humildad, sólo ella es la que puede aprender. Y con semejante acto de aprender, podemos abordar el complejísimo problema del temor. Y no puede Vd. aprender sobre el temor, pues aquí ha oído una serie de explicaciones que practica, pero esa práctica es meramente mecánica y por lo tanto, no actúa. Así es que, cuando empezamos a comprender — por nosotros mismos, y no de acuerdo con algún otro — lo que es la humildad, que es una mente no alborotada de opiniones, juicios, conocimientos, entonces hay un estado en el cual tenemos la capacidad de aprender.

Miren, señores: aquello de que hablamos es una cuestión muy seria, no es una diversión, no es algo que oímos de modo fortuito, por curiosidad, para luego seguir adelante. O escuchan con atención, o no escuchan nada, sería mucho mejor en este caso no escuchar, salir de paseo bajo la lluvia, si ésta les gusta, disfrutar entre los árboles. Mas, si están aquí, presten por favor atención completa, porque es cuestión muy seria la que estamos discutiendo. Lo implicado en todo esto es una revolución psicológica total que está más allá de la sociedad; es también el producir una revolución radical en la psiquis del individuo mismo; sólo nos interesa una total mutación del individuo, porque éste es sólo una unidad del conjunto. Como sea que la sociedad es el individuo y éste es la sociedad, para producir una transformación dentro de la estructura de esta última el individuo tiene que cambiar por completo. Y de esto es de lo que hablamos y al hacerlo, descubrimos y aprendemos acerca de esta mutación total. Pero hace falta mucha humildad para aprender, para no repetir, para no seguir con explicaciones, opiniones y argumentaciones dialécticas, sino para aprender en realidad. Desgraciadamente, los más de nosotros tenemos conclusiones, opiniones, juicios, creencias, dogmas, y partiendo de los cuales valoramos, iniciamos, es decir, una plataforma desde la cual vivimos. No es posible que una mente así pueda aprender jamás, lo mismo que el hombre no ha aprendido por las guerras qué cosas tan horribles están implicadas en el hecho de matar a otro. No hemos aprendido, de modo que para aprender tenemos que empezar con gran humildad. Si tiene uno opiniones, conclusiones, y definidos dogmas, no estará haciendo más que acumular, y por lo tanto resistir, y por ello, crear conflicto en sí mismo y en los otros que son la sociedad.

¿Es, pues, cuestión de tiempo el aprender? ¿Hay que cultivar la humildad? La humildad es libertad, y sólo en ésta puede Vd. aprender, no con una acumulación de recuerdos. ¿Puede ser la humildad cuestión de cultivo y, por tanto, de tiempo? ¿Puede adquirirse gradualmente? Vea, por favor, lo que está implicado en ello, porque, si es cuestión de tiempo durante el cual se ha de acumular humildad, entonces ésta se está cultivando. Desde el momento en que Vd. cultive o acopie humildad, dejará ésta de existir. Está claro que el hombre que diga «Soy humilde» es sumamente vanidoso. La humildad no es del tiempo, y por ello no es cosa que se cultive; es más bien de percepción instantánea. Esa inmediata percepción se niega cuando se convierte la humildad en una idea.

Oye Vd. decir que es sólo una mente muy clara, inocente, la que puede aprender; y quiere aprender sobre el temor. Lo oye y ya se ha convertido en una idea — quiere quedar libre del temor y oye decir que tiene que aprender sobre éste y que sólo puede aprender si su mente es muy clara, sencilla — esta estructura ya se ha convertido en pensamiento organizado, en una idea. De esa idea espera que va a aprender, pero no está aprendiendo nada, no hace Vd. más que poner en práctica una idea, y hay conflicto entre idea y acción. En esto no ve Vd. instantáneamente la verdad del aprender, la verdad de la humildad, en la cual el acto mismo de ver es actuar. Creo que debemos volver sobre ello de diversas ma­neras, para que quede muy claro.

¿Se ha preguntado Vd. alguna vez por qué ha de tener ideas y opiniones? ¿Por qué forma una imagen, siendo ésta una idea? ¿Por qué funciona el pensamiento mediante ideas, las de nacionalidad, las de lo que está bien y lo que está mal, la de que está bien matar bajo ciertas circunstancias, las creencias que tiene Vd. sobre Dios, la familia y la no familia? Tiene ideas, ¿por qué? ¿Son las ideas un medio de autodefensa, una resistencia a cualquier clase de cambio, de movimiento, a la vida? ¿Es que las ideas — las psicológicas, no las técnicas, no estoy hablando sobre éstas — producen claridad de acción? ¿O no es que estas ideas sean siempre el pasado, y por esta razón, no está el pasado actuando siempre en el presente y continuando en el futuro? Aprendo un oficio, y una vez aprendido ese negocio, esa función determinada, procedo a aplicar lo que he aprendido. Entonces, eso que he aprendido y con arreglo a lo cual actúo se vuelve mecánico, se repite sin cesar. Eso me da una sensación de seguridad, en la que no hay trastorno; puedo aumentarla, pero siempre será mecánica.

En el hecho de aprender están, pues, varias cosas implicadas. ¿Es que aprendemos ideas o conclusiones y, una vez aprendidas, las aplicamos en la acción? Esa es una de las cosas. Y ¿existe idea separada de la acción en el momento en que Vd. actúa? ¿Están en el pasado todas las ideas, ya sean las de los cristianos o de los comunistas, socialistas, capitalistas, cualquier cosa que sean? Todas las ideas están siempre en el pasado, por lo cual, cuando actúo con arreglo a ideas, dogmas, creencias o conclusiones, estoy viviendo en el pasado, y por eso estoy muerto. Es como si un hombre viviera a base de muertos recuerdos. En el momento en que Vd. actúa (no habiendo aprendido primero para actuar después, sino cuando está efectivamente actuando), ¿existe idea en ese momento? Es decir, estoy encolerizado o celoso, ¿hay idea en ese momento de cólera o celos? ¿O es que la idea es un juicio sobre la cólera que yo he formado en el pasado y con el cual la condeno o justifico?

El aprender implica una gran sensibilidad. No hay sensibilidad si hay una idea, que es del pasado, dominando el presente. Sólo una mente muy sensible es la que puede aprender y esa sensibilidad se niega cuando existe el dominio de una idea. Es decir, como comunista con todas las doctrinas de Marx, de Lenin, o con todo lo aprendido y las ideas acumuladas del burgués, o con ideas dialécticas, etcétera, ya no soy sensible, la mente ya no es viva, flexible, alerta: es incapaz de aprender. Aprender implica humildad y en este estado una mente no puede estar logrando; en el momento en que logra Vd., deja de tener esa cualidad de la inocencia y humildad. Y hay posibilidad de que exista una mente clara, sensible, no sólo en lo físico, sino lo que es mucho más importante, sensible psicológicamente, en lo interior, dentro de la piel. Los más de nosotros somos insensibles, incluso en lo físico. Por favor, obsérvense ustedes. Comemos demasiado, no hemos pensado sobre el buen régimen alimenticio, fumamos mucho, de modo que nuestros cuerpos se vuelven crasos, insensibles, se embota la cualidad de la atención en el organismo mismo. ¿Cómo puede haber una mente muy sensible, alerta, clara, si el organismo en sí es obtuso, pesado? Podemos ser muy sensibles sobre ciertas cosas que nos afectan personalmente, más para ser sensible de manera total, a todas las implicaciones de la vida, hace falta que el organismo no se fragmente, separado de la psiquis; es preciso un movimiento total, unitario.

Aprender acerca del temor es aprender sobre el dolor, y también es hacer lo mismo sobre el placer. Placer y temor van juntos. Si no consigo lo que quiero, me asusto, siento angustia, celos, odio. Para comprender el miedo hay que comprender la pena, creo que ambas cosas están relacionadas. Mas antes de penetrar en la cuestión del dolor, hemos de captar la pasión. Siento que haya tantas cosas que comprender, la vida es así ¿no es verdad, realmente? No es que se comprenda una cosa y luego espere usted entender todas las demás. Pero en realidad sólo hay una cosa que comprender, y si en efecto la capta usted por completo, todo lo demás es de escasa importancia. Mas, para llegar a esa totalidad, hace falta no sólo una mente no fragmentaria, sino también mucho amor.

Tenemos que comprender y aprender sobre el temor, y esto último significa aprender sobre la pena y su terminación, y todo ello implica inquirir sobre la pasión. Como sabe Vd., esa palabra se deriva del dolor, y los más de nosotros, conscientemente o no, estamos en la pena de una u otra clase. Somos seres humanos apenados, sin un momento de felicidad no contaminada por el pensamiento, ningún momento de profundo disfrute real que no esté tocado por ningún pensamiento o recuerdo. Somos un campo de batalla desde el nacimiento hasta la muerte. Nunca hay orden, paz, sensación de tranquilidad y gloria. Lo único que conocemos es la pena y el conflicto.

Para comprender la naturaleza de la pena, tenemos, como dijimos, que entrar en esta cuestión de la pasión. Veamos, amor no es deseo ni placer, y ésta es una cosa cuya verdad es muy difícil de ver, sentir de veras desde lo más hondo de nuestro ser, que el amor no es el deseo ni el placer. Porque el deseo, que hemos examinado en anteriores conversaciones, se convierte en placer al pensar sobre algo que nos dio gusto, goce, y se piensa en ello cada vez más. Ese pensamiento no es amor. Pensar sobre Vd., a quien amo, no es amor. Cuando pienso en Vd. — a quien creo amar — es un placer que he sacado de Vd. y que está sostenido por el pensamiento. Pienso en Vd. y en el momento en que entra el pensamiento el amor sé va. Lo que sabemos del amor, como deseo, placer y pasión, que es apetito sensual, no tiene nada que ver con la pasión de que hablamos y que no es producto del pensamiento. Si me apasiono por alguien o por algo y aún por una idea, ello estimula, tiene motivo, el de que «voy a sacar placer». Le ruego observe todo esto en usted mismo. De modo que la pasión mediante, demuestra no es aquella de que hemos hablando, porque en todo eso están implicados pena y dolor. La pasión demuestra que el pensamiento y la idea han sido abandonados del todo. Y cuando existe esa pasión, esa intensidad, ese impulso (que siempre están en el presente, no en el mañana ni en el ayer), entonces podemos llegar a esta cuestión de la pena y ver si puede terminar alguna vez.

Una mente apenada no puede en manera alguna funcionar de modo natural, se vuelve neurótica, puede acudir a las diversas drogas, ya sea STP, LSD o marihuana, porque no ha comprendido la vida, ésta no tiene sentido para ella, y la vida es muy superficial. Si al llegar a los veinte años ya lo ha disfrutado Vd. todo, entonces quiere sacar más de las llamadas drogas que se dice amplían la mente y que le dan acrecentada sensibilidad por el momento, pero que no liberan la mente de la pena.

Así es que lo que tratamos de hacer o de discutir entre nosotros es lo de ver si hay alguna posibilidad de terminar por completo con la pena. Sabe Vd. de la pena de la soledad, la de la muerte, hay todas esas mezquinas penitas de no tener amor o no haber sido amado, de no poder llegar a una realización, de no ser un gran hombre, los muchos dolores que acumulamos durante la vida. ¿Es posible librarse de las grandes y pequeñas penas, de todas ellas? ¿Es posible lograr disiparlas? Sólo es posible cuando existe esa pasión por descubrir; esa pasión descubre en efecto mediante el auto-conocimiento, aprendiendo sobre uno mismo, mas no con arreglo a Freud, Jung, los psicólogos y analistas; eso es demasiado pueril, porque si aprendo de acuerdo con ellos aprenderé lo que ellos son, no estaré aprendiendo sobre mí mismo. Para aprender sobre mí mismo no ha de haber momento de acumulación del cual yo aprenda. El «yo mismo» es un constante movimiento, del ayer a través del hoy y mañana un solo movimiento sin fin.

Tengo que aprender sobre este movimiento y sólo puedo aprender si la mente está libre de todas las conclusiones previas sobre mí mismo. Para ver esto en el instante, para ver todo este movimiento, tiene Vd. que tener intensa pasión. Cuando escuchó anoche el trueno — si es que lo oyó y no estaba muy profundamente dormido — si escuchó y había espacio entre el que escuchaba y aquello que oía, no oyó Vd. el trueno. Más si escuchó sin ninguna idea, directamente, entonces Vd. era el trueno, porque no había espacio entre Vd. y aquello. No se trata de algún fantástico desatino oriental. Ya sabe, el dividir la vida entre Oriente y Occidente es cosa muy inconsistente ya que todos somos seres humanos, tanto si vivimos en India como en China o en este bello país. Y el hombre está apenado," siempre lo ha estado y, como no sabe la manera de salir de ello, de terminar con la pena, la adora personificada en una iglesia, por lo cual ha de tener el redentor, el salvador y todas las demás cosas que ha inventado el hombre cuando está apenado y no encuentra salida. Mas nosotros decimos que hay una salida, completa y total, que consiste en ver el movimiento integro de la vida como Vd. mismo, en el instante, y para verlo claramente, debe tener pasión. No hay pasión cuando hay temor, sólo hay pasión cuando hay amor, que no es deseo ni placer.

¿Podemos hablar juntos sobre lo que hemos dicho esta mañana?

Pregunta: Señor, dijo Vd. que, para aprender, debemos tener una mente sensible, pero, cuando no la tenemos, ¿cómo se adquiere?

Krishnamurti: En primer lugar, ¿sabemos en efecto que nuestra mente no está clara, que no es sensible? ¿Lo sabe Vd.? Por favor, siga esto con atención. ¿Conoce Vd. esto como conoce el hambre? ¿O lo conoce porque alguien se lo ha contado o porque compara Vd. su mente con la de algún otro y se dice: «No tengo clara la mente»? ¿Ve la diferencia? ¿Compara Vd. y dice por eso «No soy...»? ¿Qué ocurre cuando compara? Tiene una idea de que es obtuso y que algún otro es muy inteligente. Las dos imágenes, sobre Vd. y sobre otro, están en competencia. ¿Puede Vd. observarse como atontado sin comparar? ¿O es que sólo conoce por medio de la comparación? Pues bien, es importante hacer esta pregunta y contestarla. ¿Sabe Vd. que tiene hambre porque la tuvo ayer, o conoce el hambre porque la siente en realidad? Sabe por comparación y realmente no sabe. ¿O es que conoce porque en realidad es así? Esta es una cuestión muy importante, porque durante toda la vida, desde la infancia, la escuela, y hasta que morimos, se nos enseña a compararnos con otro; mas, cuando me comparo con otro, me estoy destruyendo. En una escuela, de la clase corriente, en la que hay muchos chicos, cuando se compara uno de ellos con otro que sea muy listo, que esté a la cabeza de la clase, ¿qué es lo que realmente está sucediendo? Está Vd. destruyendo al muchacho. Eso es lo que estamos haciendo durante toda la vida.

Pero, ¿puedo vivir sin comparación, sin compararme con nadie? Esto significa que no hay alto ni bajo, no hay uno que es superior y otro inferior. Vd. es en realidad lo que es, y para comprender lo que es, para mirarse y ver en realidad qué es, este proceso de comparación tiene que terminar. Si me estoy comparando siempre con algún santo o algún maestro, algún hombre de negocios, escritor, poeta y todos los demás, ¿qué me ha pasado, qué he hecho? Sólo comparo para ganar, para lograr, para llegar a ser, pero cuando no comparo para ganar, para lograr, para llegar a ser, cuando no comparo, estoy empezando a comprender lo que soy. Empezar a comprender lo que soy es mucho más fascinador, mucho más interesante, va más allá de toda esta estúpida comparación.
Pregunta: ¿Qué significa ser serio? Y ¿por qué no lo soy?

Krishnamurti: Señor, hay muy poca gente seria, de todos modos. Lo somos en momentos raros, cuando se nos acorrala. ¿Qué significa el ser serio, señor, para Vd., para cada uno de nosotros, qué significa? Significa, en general, que nos volvemos serios cuando hay amenaza personal, un peligro, cuando se perturba nuestra seguridad financiera o emotiva, o nuestra seguridad en la relación. Entonces nos ponemos muy serios. Esa seriedad se convierte en celos, miedo, autodefensa. ¿Es eso realmente seriedad? Ser serio significa ser determinado, ¿no es así? No simplemente sincero o integrado, tener seriedad sobre la vida, sobre ganarse la vida, sobre la familia, lo que Vd. hace, lo que piensa, lo que siente, ser serio sobre todo, ser serio, firme, no cuando se le fuerza, no cuando se le irrita, ni cuando tiene algún provecho que ganar o algún placer que lograr. Esta seriedad no ha de ser dada por otro, porque entonces no es más que un estímulo, y si se le está estimulando a ser serio esta mañana, en esta reunión, entonces, cuando salga Vd. al exterior, aquello se evaporará.

Temor, Placer y Dolor

7ª Conversación

23 de julio de 1967

Jiddu Krishnamurti, Temor, Placer y Dolor. Diez Conversaciones en Saanen, 1967. Jiddu Krishnamurti en español.

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