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Temor, Placer y Dolor

8ª Conversación

25 de julio de 1967

Hablábamos sobre la seriedad. No creo que pueda uno serlo sobre esto y no sobre aquello; sólo puede uno serlo sobre todas las cosas, desde las más triviales que uno haga hasta los más profundos problemas de la vida. No se puede ser irregular sobre cualquier cosa, pues una mente irregular es en realidad muy frívola, escogiendo durante unos días o unos años aquello sobre lo cual será seria, después trasladándose de ésa a otras formas de seriedad; mientras que si uno es efectivamente serio en todo (y me refiero a todo, desde la figura de la propia mano hasta los problemas que causan más honda perplejidad en la vida), entonces ese carácter de seriedad impregna toda la propia vida, no sólo cuando se es joven, sino siempre, hasta cuando envejece. Y me parece que está claro que no es muy seria una mente que ande volando apresuradamente de una idea, de una experiencia, de una inclinación sexual a otra. Una mente así, no sólo tendrá cada vez más problemas, sino que además no le será posible en forma alguna comprender el muy complejo problema de la vida.

Hemos estado hablando también sobre el temor y seguiremos inquiriendo, no sólo acerca de su estructura y naturaleza, sino además para descubrir si podemos en realidad quedar libres en lo hondo, en lo profundo, de eso que llamamos temor. Porque me parece que, si no se marcha Vd. al terminar estas conversaciones realmente libre por completo, a través de todo su ser, de este enorme peso del temor — y no con más problemas, no con más complejos deseos de comprender lo que se ha dicho, no cautivo de explicaciones —, creo que entonces será completamente inútil su asistencia a las conversaciones, carecerá de sentido, y estas reuniones llegarán a ser otra diversión más, otra manera de estimularse, y toda clase de estímulos vuelven la mente más obtusa, más pesada, incapaz de moverse con rapidez.

Debe usted darse plena cuenta de lo que en realidad está pasando en el mundo, no sólo en su pequeña familia, sino por todo el mundo, en Asia, en América y Europa. Hay rebelión contra el orden establecido, porque lo que así se llama no tiene mucha grandeza ¿Qué es lo que ha construido la vieja generación, y de lo cual hay que tener en cuenta que somos responsables cada uno de nosotros? Cada uno es responsable de toda guerra, ya sea en Oriente, en Europa, en América o en otras partes; cada uno es responsable de la confusión, de la desdicha, de lo feo que está sucediendo en el mundo. Cuando damos importancia al individuo, no lo hacemos poniéndolo en oposición con la sociedad. Un hombre muy serio no es un individuo ni se interesa en la sociedad, está fuera, tanto del campo de lo individual como del edificio de la sociedad, es un ser humano por completo distinto. Damos importancia al individuo como responsable de todas las cosas feas, brutales, violentas, que suceden en el mundo, y esto no es exageración. Es muy fácil deslizarse hacia la idea de que lo único que importa es la sociedad, lo colectivo, y que el individuo no importa nada; o al contrario, considerar sólo el individuo y no la sociedad. Pero el individuo es la sociedad, y ésta es aquél, son indivisibles.

Lo hemos estudiado muy atentamente durante estas conversaciones, y vimos cómo cada uno de nosotros (esto lo siento con toda intensidad, no son vanas o meras palabras) cómo cada uno de nosotros es responsable de manera enorme, insistente. Y ¿qué hemos construido como sociedad? Sigue habiendo guerras y es una sociedad en la cual lo más importante es el éxito, los grandes negocios, las iglesias. Ahí están las religiones que carecen de todo sentido; al escuchar su jerigonza, sus ideas, al oler su incienso y todo lo demás, se comprende que han perdido por completo cualquier sentido que alguna vez tuviesen; naturalmente, todo hombre inteligente ha de estar en rebeldía contra los conceptos religiosos establecidos, organizados.

¿Qué van a hacer los jóvenes: incorporarse al ejército para matar y ser muertos; incorporarse a los grandes negocios y acudir sin cesar, durante los próximos cuarenta años, a una desventurada oficinita? ¿O ingresarán en la iglesia, o en rebeldía, se entregarán a las drogas de acción psíquica? ¿Qué tiene que ofrecer esta sociedad? Por favor, mírelo. Perteneciendo a esta sociedad, a esta cultura, ¿qué tiene Vd. mismo que ofrecer? Y mire la educación que hemos recibido, el enseñarnos a ser un grupo de monos, o ajustamos a cierto carril, a ser diente de rueda, a llegar a ser un técnico, experto en calculadoras, capaz de hacer cosas mecánicas. Y somos responsables de todo este caos y desgracia. A esta confusión, a esta desdicha, a este logro personal de que tanto nos enorgullecemos, ya sea en el campo de la literatura, o en ir a la luna, o en el campo de batalla, matando más gente y siendo condecorado por ello, la constante desdicha, perturbación, la ansiedad, la completa desesperanza y desesperación de la vida moderna, a todo este campo lo llamamos vivir. ¿No es así? Por favor, obsérvelo, no como deseo del que habla ni como sus particulares prejuicios o punto de vista — que no tiene —, sino limítese a observar lo que en efecto sucede dentro y fuera de Vd. mismo, observe la cultura en que vive, el deseo de poder, posición, prestigio, nombre, éxito y, entremezclada con ello, toda esta peculiar idea de espiritualidad, de encontrar a Dios mediante drogas que amplían la mente, etc.

A este campo en que hay desordenada agitación, conflicto en toda clase de relaciones, creando odio, antagonismo, brutalidad e incesantes guerras, lo llamamos vivir. Este campo, esta vida, es lo único que conocemos. Hemos cultivado evasiones de este campo, escapes por medio del alcohol, las iglesias, la literatura, la música, el arte. Nos sentimos incapaces de resolver esta descomunal lucha por la existencia, y es natural que nos asuste la vida tal como es; este miedo nos hace buscar toda clase de evasiones. Como nosotros mismos no comprendemos esta existencia más que con arreglo a algún santo, algún salvador, algún discípulo de Freud o Jung, o cualquiera incluyendo al que habla, como no hemos comprendido esta vida, cada uno de nosotros, estamos atemorizados.

Nos asusta lo conocido, que es nuestra diaria existencia, relaciones, placeres del sexo y todas las sutiles formas de placer que no sirven más que para traer nuevo dolor. Y tratamos de tapar este temor, escapar tic él o reprimirlo, hacemos cualquier cosa para huir de esta vida de la existencia diaria, porque estamos amedrentados, asustados del vivir. Y también tenemos lo desconocido, la muerte, esencialmente lo que está más allá del mañana, es decir, lo conocido y lo desconocido; y ésta es nuestra vida diaria. No creo que estemos exagerando. No creo que demos importancia a algo que no sea así en realidad, porque es el lienzo en que hemos pintado la vida que hace cada uno de nosotros, y en ello no hay esperanza. Toda forma de filosofía, de concepto teológico, no es más que un escape de la realidad efectiva. Si es que somos serios, tenemos que encararnos con esto, no permitirnos ni por un minuto escapar de ello, del hecho real de lo que existe en verdad. Para enfrentarnos con ello tiene uno que ser extraordinariamente impávido, porque el nacerlo implica, no sólo la manera de observarlo, cosa que ya liemos estudiado antes, sino también que debemos considerar la cuestión del tiempo.

Es muy importante comprender el problema de la existencia en el cual la vida carece de todo sentido, tal como es, podemos inventar sentidos, podemos sustituir lo feo por un concepto de lo bello, una existencia ideológica, pero todo esto son evasiones de lo que efectivamente existe. Para comprender, para resolver esta vida de desdicha, confusión y todo aquello con lo que hemos contribuido ti hacerla tan monstruosa como es, debemos comprender no sólo la manera de observar, sino también la cuestión del tiempo. Al decir «comprender», no nos referimos a una comprensión intelectual ni a una captación verbal, sino a la comprensión que viene cuando concedemos toda nuestra atención a algo. Tengo que prestar atención si quiero captar la belleza de un ave, una mosca, o una hoja, o la naturaleza de una persona con todas sus complejidades. Sólo puedo prestar atención completa cuando en verdad me interesa comprender este problema, lo que quiere decir, cuando en realidad anhelo comprenderlo y no estoy asustado. En esta comprensión, no sólo tenemos que conocer, observar, aprender sobre lo que es ver, sino también aprender sobre el tiempo y el proceso del pensamiento, lo que es el pensar. Tenemos que estar informados, familiarizados con estas cosas.

Hemos hablado de lo que es observar, vigilar, escuchar. No creo que estemos exagerando al decir que muy pocos de nosotros miramos en realidad alguna vez: las cosas, por fuera o interiormente, a nosotros mismos, o bien objetivamente a las cosas. Si miro a alguien que me gusta, la cosa ha terminado, dejo de mirar; si miro a alguien que no me gusta, también he dejado de mirar, porque me lo impiden el gusto y el disgusto, que son cosas de reacción y opinión, de juicio. Por favor, siga esto, porque si uno no comprende este hecho muy sencillo, fundamental, no vamos a comprender algo que requiere completa observación y atención.

La previa experiencia, el conocimiento anterior, impide mirar, escuchar. Si me ha hecho daño Vd. o me ha insultado, entonces, si le miro con ese recuerdo no puedo verlo a Vd. Es una cosa muy sencilla. Es que miro desde el insulto, desde la imagen que he creado sobre Vd., y esa imagen, que es recuerdo, idea, lo está mirando, y por eso no le estoy yo mirando a Vd. directamente, no estoy escuchando en absoluto lo que está diciendo, lo que escucho son mis propios susurros de mi imagen sobre Vd. Esto es sencillo, pero se vuelve extraordinariamente complejo cuando nos miramos a nosotros mismos. Esto es, pues, lo primero que debemos tener en cuenta, que sólo puede uno mirar cuando la mente es nueva, cuando es inocente, cuando hay libertad para mirar. Si esto queda un tanto claro, no en lo verbal sino en lo inteligible, en lo interno, para cada uno cío nosotros, podemos entonces mirar esta cuestión del tiempo.

No hablamos del tiempo cronológico, como el del tren que pasa por ahí al lado cada mañana a una hora determinada. Hablamos sobre el tiempo en que hay intervalo entre idea y acción. Tenemos ideas tales como las de no-violencia — ya sean de los comunistas, los capitalistas o los que van a la iglesia — tenemos ideas. Y existe un intervalo entre la idea y la acción, que es el tiempo. Considérelo ¿qué está implicado en ese intervalo? La «idea» es la de protegernos, evidentemente, es la idea de estar seguros. Más la acción es siempre inmediata. No está en el pasado ni en el futuro. Y ella es tan peligrosa, tan incierta, que la hacemos ajustarse a una idea que nos dé cierta satisfacción, placer, seguridad; hay pues un intervalo, y también, conflicto, ¿no es esto? Tengo una idea de lo que está bien o lo que está mal, o un concepto ideológico sobre sí mismo o sobre la sociedad, y actuaré de acuerdo con esa idea. Por lo tanto, la acción se ajusta a la idea, se acerca a ella y por esto siempre hay conflicto. Existen la idea, el intervalo y la acción, y en el intervalo está todo el campo del tiempo.
Inquirimos sobre si el tiempo puede terminar, si es posible pararlo de alguna manera, lo que significa: ¿puede terminar el conflicto, no en el curso del tiempo, sino inmediatamente? Si ha de terminar durante el curso del tiempo, entonces tiene Vd. el concepto o la idea de que terminará y que más ade­lante acabará Vd. por conseguirlo. Por ello hay también un intervalo entre concepto y acción, entre el concepto de no violencia y la violencia. Existe el concepto de no violencia y, en ese intervalo, que es el tiempo, está Vd. sembrando la semilla de la violencia, evidentemente. Ese intervalo es en esencia pensamiento, y por lo tanto, ¿no es tiempo el pensamiento? Con la palabra «tiempo» nos referimos al psicológico, no al cronológico, como es evidente. Cuando cree Vd. que será dichoso mañana, tiene entonces una imagen de sí mismo logrando un resultado, el de llegar a ser feliz mañana. Es el pensamiento, por medio del deseo y su continuidad, como placer sostenido por aquel pensamiento que dice: «mañana seré dichoso», «mañana tendré éxito», «mañana el mundo será el más bello imaginable».

El pensamiento crea, pues, el intervalo, que es del tiempo. Esto lo puede observar en Vd. mismo. Mire, ha tenido un placer, ya sea sexual o el de contemplar una bella faz o la figura de una linda montaña y un valle bajo el sol, lo ha disfrutado, ha tenido un goce en ese momento, una intensa reacción. Entonces viene el pensamiento y dice «lo mantendré», «lo almacenaré», y el pensamiento le dice después: « ¿cuándo voy a disfrutarlo otra vez, el sexo u otras formas de placer?» De modo que la idea del placer de ayer se mantiene por el pensamiento como la de algo que se ha de conseguir de nuevo mañana. Hay un intervalo, creado por el pensamiento, que es tiempo.

¿Comprende esto, no de manera verbal, analítica, lógica, sino en la realidad, dentro de Vd. mismo? ¿es así? Si es así, entonces el problema es el de cómo terminar con ello, cómo poner punto final al tiempo. Por ser dolor el tiempo: ayer, o un millar de ayeres, yo amé, o Vd. amó, tuvo un acompañante que se fue, que murió, y ese recuerdo persiste y ahora está Vd. pensando en aquel placer o aquella pena. Piensa Vd., recuerda, desea, espera. Se le niega aquello que disfrutó Vd. tan grandemente, está ausente, y pensado sobre ello una y otra vez, el pensamiento engendra eso que llamamos pena. Así también, al pensar una y otra vez, sobre el sexo y sus placeres, el pensamiento crea ulterior deseo de placer y no sólo engendra pena, sino que también da continuidad en forma de tiempo.

Vea, por favor, esto en sí mismo, porque mientras exista este intervalo de tiempo creado por el pensamiento, tiene que haber pena y continuidad del temor. Nos preguntamos, pues, si puede terminar ese intervalo, que es del tiempo y del pensamiento. No mañana, como comprenderá, porque si decimos « ¿Terminará alguna vez?» ya es una idea que Vd. quiere realizar, y por lo tanto tiene un intervalo y está preso de nuevo.

Es realmente de un interés extraordinario observar el funcionamiento de nuestra mente, simplemente seguir esa reacción que uno llama el pensar. ¿De dónde brota? Está claro que viene de la memoria. ¿Es que existe un comienzo del pensamiento? No está Vd. siguiendo todo esto intelectualmente, se está preguntando: ¿Puedo descubrir el comienzo del pensamiento, es decir, el nacimiento de la memoria? Porque si no tuviera memoria no tendría usted pensamiento. ¿Cuál es el principio del pensamiento? ¿Es siquiera importante? Para nosotros es extraordinariamente importante el poder expresarlo con más ingenio, astucia, sutilidad, ya sabe Vd., las ideas intelectuales o de otras clases que llenan los libros de los sabios, teólogos o no, ya sean de Sto. Tomás o de Shankara o los intelectuales del Extremo Oriente, o del campo religioso sectario, o del no-religioso; han llenado de ideas millares de libros, y rendimos culto a esos libros e ideas, que tienen enorme importancia para nosotros. Tan fuertemente condicionados estamos. Y cuando hablamos de ideas, estamos atacando su misma raíz, no simplemente sus pocas y pequeñas ideas, sino la total formulación de ellas en general.

Para nosotros, el pensar: las ideas, los ideales, discutir, presentar opiniones dialécticamente, etc., ha llegado a ser de importancia extraordinaria. Estamos inquiriendo sobre este edificio entero, comprenda Vd., tanto si es el edificio de la iglesia con todos sus dogmas y creencias, con sus fórmulas de Dios, la Virgen María y el Salvador. El mundo cristiano y el asiático tienen cada uno su propia construcción, su edificio, su andamio para llegar a los Dioses, y, cuando hablamos sobre el pensamiento como idea y tiempo, estamos poniendo en duda todo ello. Como seres humanos que viven en esta sociedad monstruosamente fea, con todas sus brutalidades, sentimientos de culpabilidad y angustia, temores, guerras y desesperación, nos preguntamos: ¿puede terminar todo esto? No como una esperanza, sino como un hecho real. ¿Podemos hacer que la mente quede fresca, nueva e inocente, de modo que pueda contemplar esta existencia y producir un mundo totalmente distinto?

Vemos que hemos separado la acción de la idea y que, para nosotros, las ideas son mucho más importantes que la acción; pero aquellas son siempre del pasado y la acción viva está siempre en el pre­sente. Nos asustamos de ese presente vivo, y así el pasado, en forma de ideas, llega a ser muy importante, por lo cual hay muerte. "Uno de los factores de la vida es la muerte. Tenemos miedo al vivir, a la vejez, la enfermedad, la pena y el dolor, que conocemos desde el momento de nacer hasta la muerte, lo que llamamos vivir; y también nos asusta algo que no conocemos y que denominamos muerte. Todo este campo es nuestra vida.

Podemos ver cómo crea temor el pensamiento. Penetre conmigo en ello, no limitándose a seguir al que habla, sino que emprendamos juntos el viaje, compartamos uno con otro la forma de avanzar. Estamos, pues, asustados de la vida y de la muerte, de lo conocido y de lo desconocido. Ese temor ha sido engendrado por el pensamiento. He tenido experiencia, he llegado a cierta categoría, cierta posición, logrado determinado conocimiento, lo cual me da vitalidad, energía, impulso, y todo ese momento del pensar me sostiene y temo perderlo. A cualquiera que ponga en peligro mi logro y éxito, mi plataforma, lo aborrezco, lo odio, soy su enemigo. Ciertamente que esto está muy claro. ¿No sabe lo que ocurre en su negocio, o cuando está Vd. enseñando? Cuando cualquiera le supera, ¡cómo se asusta! Siente mucho antagonismo. Y habla de Dios, de la vida espiritual y todo eso, pero en su corazón hay veneno. Y se asusta Vd. de perder aquello, y se amedrenta de algo mucho más grande que ha de venir, que es la muerte. Así que piensa en la muerte, y al pensar sobre ella, está creando aquel intervalo entre el vivir y lo que llama muerte.

Esto es bastante sencillo. A las cosas que Vd. conoce, a los placeres, los goces, las diversiones, el conocimiento, la experiencia, las realizaciones, las desesperanzas, los conflictos, las actitudes dominantes, ya sabe, las cosas a que se aferra: su casa, su insignificante y pequeña familia, su pequeña nación, a estas cosas se agarra en forma inflexible, porque son todo lo que tiene. Al pensar en ellas, crea un intervalo entre lo que considera permanente, como idea, y el hecho real. El pensamiento engendra, a lo largo del tiempo, no sólo el miedo de vivir, sino el miedo a la muerte, y como la muerte es algo que Vd. no conoce, el pensamiento dice: «Vamos a retrasarla, eludirla, tenerla lo más alejada posible, no pensemos en ella». Pero Vd. está pensando. Cuando dice: «No pensaré en ella», está pensando en la muerte. Ha pensado en cómo eludirla, y puede eludirla mediante las muchas evasiones: las iglesias, los dioses, los salvadores, la resurrección y la idea de que en Vd. existe un «yo» permanente, eterno, inventado por la India, por Asia. Es decir, el pensamiento ha dicho ingeniosamente que en mí y en Vd., hay una realidad que continuará incesantemente; pero, como el pensamiento piensa en ella, no es real, evidentemente. El pensamiento ha creado la idea de un «yo» eterno, el alma, el Atman, para encontrar seguridad, esperanza, pero aquello en que el pensamiento ha pensado, ya es una cosa de segunda mano, es siempre lo viejo del pensamiento. Teme uno la muerte por haberla diferido. Surge así el problema de cómo trascender este llamado vivir y lo que llamamos muerte. ¿Hay separación real entre ambas cosas?

¿Comprende? Vivir tan intensamente es morir para todo lo de ayer," es evidente: todos los placeres, el conocimiento, las opiniones, los juicios, las tontas y pequeñas realizaciones, morir para todo eso, para la familia, para esas realizaciones de Vd. que sólo han servido para traer caos en e¿ mundo y ese conflicto propio interior, morir para todo eso. Así viene una intensidad, un estado mental en el cual ha cesado el pasado y ha terminado el futuro, como muerte. Vivir es pues morir. No podemos vivir si no morimos; pero los más de nosotros estamos asustados porque queremos seguridad, continuar, seguir con la desdicha que hemos conocido, la enfermedad, la pena, el placer, la angustia. Como eludimos v rechazamos la muerte — el pensamiento rechaza la muerte — hay miedo a lo conocido y a lo desconocido. Cuando no hay intervalo entre la muerte y la vida, entonces sabe Vd. lo que significa morir, morir todos los días para todas las cosas que uno tiene. Entonces la mente se vuelve extraordinariamente nueva, ferviente, atenta e inocente. Cuando uno muere para los mil ayeres, entonces vivir es morir. Solo en ese estado es en el que el tiempo termina y el pensamiento sólo funciona cuando hace falta, y no a ningún otro nivel ni por ninguna otra demanda.

Interlocutor: Señor, si el pensamiento surge dentro de mí y no es alguna fuerza exterior que invada el campo de la mente, entonces parecería que yo no soy distinto del pensamiento; y que, si yo quisiera, podría pensar a capricho o no pensar.

Krishnamurti: ¿Por qué separa Vd. lo exterior de lo interior? ¿Es suyo propio su pensamiento o está condicionado por lo exterior? Claro que lo está. Nace Vd. como cristiano, como comunista, como... ya sabe, nace en este mundo en una sociedad, en una cultura, que le condicionan de cierta manera; lo condicionan los libros que lee, la radio, la televisión, los diarios, los predicadores, y ¿no está siendo condicionado por mí, por el que habla? ¿Es así? Espero que no, porque, si el que habla está condicionado, entonces se limita a aceptar ideas y opiniones que carecen de todo valor para Vd.

Hablemos de algo que es totalmente distinto: de la libertad. Pero esa libertad no puede llegar si dividimos el mundo entre mí, el pensador, los pensamientos que son mío propios y el resto del mundo como algo que está enteramente desconectado de mí mismo. Vd. piensa de cierta manera por ser norteamericano, suizo o indio. Tiene una particular cultura en la cual nació, está condicionado, moldeado. Los comunistas han «reeducado» a millones de personas, las han torturado para que piensen a la manera de una particular sociedad, con su conductor, el jefe, el comisario, el hombre que sabe; y la iglesia ha hecho exactamente lo mismo, en la otra forma. De modo que la cultura, torturada por las guerras en que ha nacido, forma parte de Vd., que es sociedad tanto como individuo, dos cosas inseparables. Estará Vd. fuera de todo esto cuando no exista el temor y pueda saber lo que es el amor. No será un ser humano libre mientras siga dentro de ese campo de la cultura, de la sociedad, la codicia, la envidia, la consecución. Puede creer que tiene voluntad libre, pero formará parte simplemente de esta monstruosa sociedad, será un ser humano condicionado.

Interlocutor: ¿Cómo llega eso de morir de manera inmediata?

Krishnamurti: Es bastante sencillo: morir para un placer inmediatamente. Tiene Vd. un placer, el de fumar o cualquiera cosa que sea. Simplemente muera para él, sin disputa, motivo, miedo, juicio, control; diga sencillamente: «Bueno, se acabó». Hágalo y sabrá lo que significa. No sólo para un pequeño placer. Es bastante sencillo renunciar a un cigarrillo. Sé que, para algunos, es un enorme problema el renunciar a un cigarrillo o a una bebida o droga, porque son como un narcótico que los aquieta, los embota de modo que no tienen que pensar. Pero morir para un placer sin disputa, sin motivo, eso es lo que va Vd. a hacer cuando muera. No puede disputar con la muerte. De modo que si muere Vd. para un deseo, para un placer, sin reaccionar, sin caer en la desesperanza, sabrá lo que significa morir inmediatamente para toda su compleja y contradictoria existencia.

Temor, Placer y Dolor

8ª Conversación

25 de julio de 1967

Jiddu Krishnamurti, Temor, Placer y Dolor. Diez Conversaciones en Saanen, 1967. Jiddu Krishnamurti en español.

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