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Temor, Placer y Dolor

9ª Conversación

27 de julio de 1967

Creo que ya hemos hablado bastante de la cuestión del temor, aunque, desde luego, podríamos entrar en mayor detalle y explorar más minuciosamente, pero, si no hubiéramos ya comprendido, aun nos quedaría otro enfoque del problema con el que hemos empezado, que es el del mismo temor. El mero interés por los detalles de éste no indica necesariamente — me parece a mí — una mente seria, por muy serios que seamos sobre esos detalles. Es mucho más importante la seriedad sobre el proceso total del temor y también con lo que está más allá de éste; inquirir sobre si es que hay alguna posibilidad de que quedemos por completo libres, desembarazados del temor. Y esa indagación puede ser un poco fútil, porque los más de nosotros aun estamos presos del miedo; pero habiendo discutido esa cuestión durante las varias reuniones que hemos celebrado aquí, creo que deberíamos seguir adelante y no insistir en este único asunto.

Como hemos estado diciendo, una pequeña mente mezquina, estrecha, superficial, se interesa mucho en los detalles y los toma con mucha seriedad. Más cuando se le presenta una cuestión más amplia, sobre la cual tiene que ser mucho más seria, vacila, porque no ve en forma plena lo que está implicado en ello. Así que, esta mañana, si podemos, vamos a entrar en el tema de lo que es la mente; al hacerlo, al explorarlo, puede ser que lleguemos al principio de todo pensamiento y acaso a algo mucho más profundo, que es el amor; podemos descubrir nosotros mismos lo que es la mente meditativa.

Al explorar el problema de lo que es la mente, vemos que el especialista, los neurólogos, los diversos psicólogos y teóricos, religiosos e intelectuales, la han definido, poco más o menos, como aquello que recuerda, que tiene la capacidad de pensar con razón o sin ella. Funciona, no sólo de manera técnica, sino más amplia, y se la considera susceptible de recibir ciertas intimaciones de alguna cosa que está por encima; contiene tanto lo consciente como lo subconsciente. Es todo el almacén de la memoria que está en el cerebro, que forma parte de la mente; ésta no puede separarse del cuerpo, y así sucesivamente. Es importante que cada uno de los que estamos aquí descubramos por nosotros mismos lo que entendemos por «mente», no con arreglo a aquellos especialistas más o menos capacitados, ni según los teólogos o la gente religiosa, sino que, dejando todo ello a un lado, descubramos lo que la mente es en realidad. Entonces, después de eso, podremos hacer otra pregunta más: ¿cuál es el origen del pensamiento? ¿Podemos descubrir como empieza? Ese descubrimiento revelará una profundidad aun mayor, en la que penetraremos según avancemos.

Deberíamos poder descubrir nosotros mismos lo que es la mente, la que es consciente, que piensa, que tiene todo el trasfondo del tiempo; y el cerebro que reacciona con arreglo a su condicionamiento, el almacén de la memoria, que forma parte de la mente. Y ¿es que descubrimos en realidad nosotros, o nos limitamos a encontrar lo que se nos ha dicho? Creo que esto es importante, esta cuestión sobre si descubrimos simplemente lo que se nos ha contado, y que por lo tanto no es nuestro descubrimiento, o si lo hacemos por nosotros mismos. Si descubre Vd. por sí mismo lo que es la mente, desde ahí puede seguir adelante; pero si acepta una teoría, una comunicación sobre la mente, entonces eso es un trato de segunda mano y lo que halla Vd. sigue siendo mera teoría, sin valor alguno.

¿Puede uno, pues, descubrir lo que es la mente? Mire, para penetrar hondamente en este problema, tenemos que hallarnos en estado de meditación, no según algún sistema o método, ni con el deseo de lograr cierto resultado, cosa que no tiene nada de meditación, sino la de una mente que tiene libertad para mirar, observar, y que está extraordinariamente callada. Y, cuando observa Vd. su propia mente, es decir, toda su conciencia, ¿existe un observador capaz de examinar? Para examinar este micrófono, para ver cómo funciona, tengo que desmontarlo y ver lo que hay dentro de él. Pero, al mirar todo este campo de la conciencia — que es la mente, el cerebro, los nervios, todo el almacén de recuerdos, etc. — ¿existe realmente una entidad que pueda mirarlo, examinarlo? ¿Hay una separada de la cosa que examina? Y, si hay una entidad aparte, ¿no es ésta inventada por el pensamiento y por tanto forma parte de la mente, sin separación alguna, por lo cual no podrá descubrir lo que es la mente? ¿Cómo vamos, pues, a descubrir lo que ésta es, sin la entidad separada, el observador?

Quiero saber lo que es mi mente, la que piensa, el cerebro que reacciona, los pensamientos que surgen de los recuerdos, con motivos, intimaciones, afanes egocéntricos, ideas, creencias, dogmas, lo cual está dentro del campo de esta conciencia, formando parte de mí. Y me digo: «Tengo que mirar, descubrir lo que es el origen del pensamiento, el principio; lo que en realidad es la conciencia.» Y cuando digo. «Yo tengo que descubrir», ¿está ese «yo» separado de la cosa que va a mirar, examinar, observar, y es, por tanto, capaz de mirar objetivamente? Si no lo está, si ese «yo» que observa esta totalidad de la conciencia que llamamos la mente no está separado, entonces ¿cómo va a descubrir o a darse cuenta de este estado total que se llama la mente?

Necesito mucha claridad sobre este punto de si existe un observador que esté separado de la mente, pues es evidente que si existe tal observador estará creado por el pensamiento, formará parte de esta conciencia y por lo tanto no estará separado ¿Cómo se va entonces a comprender la totalidad de la mente si no existe una entidad separada que pueda decir: «He examinado y he comprendido?» Esto requiere mucha disciplina — no auto impuesta, ni control o represión —, y el acto mismo de mirar, de examinar, trae su propia disciplina. Quiero descubrir, y para ello me pregunto si el observador es distinto de la mente observada. Hace falta mucha disciplina para formular esa pregunta, para ver si el observador es distinto; no es la de la conformidad, porque aquí no hay modelo. El hecho mismo de preguntar lo que es la mente y si existe una entidad separada que la observa, produce una disciplina. Ésta no es ajuste de conformidad, es, pues, libertad, sin relación con la disciplina. ¿Está bastante claro, no claro en el sentido verbal, sino «está Vd. haciendo esto conmigo»? ¿Vamos juntos?

Puede hacer esta pregunta si es libre, si no tiene opiniones, conclusiones, creencias, y si en el hecho mismo de preguntar hay austeridad. ¿Me sigue Vd.? Está desechándolo todo, excepto esa pregunta que puede abrir la puerta a una enorme visión y profundidad. De modo que si el observador es parte de lo observado, si la mente que es la conciencia se ha dividido en observador y observado, entonces hay una división errónea; ¿cuál es pues el estado que puede darse cuenta de esta totalidad que llamaremos la mente? Si el observador es lo observado, si la entidad que observa todo esto forma parte de la mente, entonces es cuando yo me pregunto «¿qué es la mente?» y no existe el observador, ¿cuál es entonces el estado de aquélla?, ¿qué estado es el que descubre esto, el que ve la conciencia como es, con sus fronteras, sus limitaciones, etc.? Al preguntar esto, estamos tratando de descubrir qué es aquello que se da cuenta y que, evidentemente, no está separado cuando no hay observador.

¿Qué es darse cuenta? Me doy cuenta, sentado sobre esta plataforma, de ver distintos colores, la tienda en lo alto, percibo el ruido de ese arroyo, el movimiento de algunas pocas personas, el silencio; me doy cuenta de esto. En esa percepción, ¿hay un observador que diga: «me doy cuenta separadamente de ese color y de aquél»? Porque lo que vamos a investigar ulteriormente, según avanzamos, es si toda conciencia es limitación (y toda conciencia lo es, en ella no hay libertad alguna). ¿Es posible entonces trascender esa limitación, experimentar lo que está más allá de las limitaciones de la conciencia? Y si es así, ¿quién es la entidad que va a experimentar? Tengo, pues, que comprender qué es lo que se entiende por darse cuenta, ser consciente. Como dije, percibo todo esto y pregunto: «¿Me doy cuenta como un observador separado de la cosa observada o lo hago sin el observador?» Ya sabe Vd. lo que es el amor. ¿Hay un observador que diga «amo»? Y si lo hay, ¿es eso amor? Y, cuando dice Vd. que existe el amor, ¿hay ausencia completa del observador? Si el observador no está ausente, entonces ese amor se convierte en odio, celos, pena, angustia, sentimiento de culpabilidad, — ya sabe todo lo demás — que no es amor; se convierte en mero deseo y placer, que tampoco es amor, y que hemos estudiado antes.

Es muy importante descubrir lo que entendemos por darse cuenta, estar atento. Hemos preguntado qué es la mente, porque queremos descubrir lo que es el principio de todo pensamiento, y en esa pregunta queremos significar: «¿cuál es la entidad que va a descubrir?, ¿quién va a recibir la respuesta? Si la entidad forma parte de la conciencia, o del pensamiento, entonces es incapaz de descubrir; lo que puede descubrir es aquel estado de darse cuenta. En aquel estado, ¿existe aún una entidad que se da cuenta, que dice: «tengo que percibir», «tengo que practicar la percepción»? Cuando mira el cielo azul esta mañana, esas montañas y nubes, viendo toda la profundidad y altura del cielo, cuando es consciente de todo eso, ¿se dice Vd.: «me doy cuenta»? ¿O es que sólo existe una percepción de todo ello, sin el observador, aunque lo vea con sus ojos, con todo lo demás? Ese mismo acto de ver, sin crear el observador, es percibir de manera total. Cuando uno mira ese árbol, ¿se da cuenta de él sin observador? Este es la entidad que ha recopilado información sobre ese árbol y, con arreglo a esa información, imagen, símbolo, lo mira. Ese mirar con el observador es no darse plena cuenta del árbol real. ¿Está ello algo claro?

Es decir, para exponerlo un poco más directamente, cuando mira Vd. a su esposa o marido, ¿se da cuenta de ella o de él a través de la imagen que ha creado Vd.? ¿o es que se da cuenta de uno de ambos realmente, sin el observador? Esto es una cosa infinitamente difícil de hacer. Puedo mirar el cielo, las nubes, el río y todo lo demás, porque no afectan íntimamente a mis sentimientos, mis reacciones; mas, cuando he vivido con alguien durante cierto número de años, he creado una imagen sobre esa persona, y ella ha creado otra sobre mí. En estas circunstancias, cuando decimos que nos damos cuenta, en general queremos indicar que la imagen se da cuenta de sí misma en relación con la otra imagen, lo cual forma parte de la percepción, pero nosotros hemos ido mucho más allá de eso. Y decimos que, cuando existe esta imagen, hay un centro que observa, hay una división y, por eso, un conflicto. Donde lo haya, no se da uno cuenta en absoluto. Para estar libre de él, tenemos que darnos cuenta, y esto sin crear otro centro que perciba la imagen que yo he creado sobre mí mismo o sobre otro. Así pues, ¿puede uno ser consciente, sin el centro, de toda esta consciencia, con sus fronteras, sus limitaciones, su contenido? El contenido mismo de mi conciencia forma las fronteras, como hindú y todo lo que constituye la educación, la experiencia.

Empezamos así a descubrir que el pensamiento tiene su origen, su principio, en la conciencia en que hay la división entre el observador y lo observado. Vamos a presentarlo en la forma opuesta. ¿Cómo descubre Vd. por sí mismo en qué forma comienza el pensamiento, cualquier pensamiento? ¿Se ha hecho Vd. alguna vez esa pregunta? En tal caso, ¿cómo lo descubrirá? Para descubrir cualquier cosa, sea la que fuere, tiene que estar callada su mente, el total de la conciencia, no una parte de ella, ¿no es cierto? Si quiero mirarlo a Vd., verlo con mucha claridad, tengo que tener la mente muy en silencio, sin todos los prejuicios, las charlas, los diálogos, las imágenes, los cuadros; todo eso tengo que dejarlo a un lado para mirarlo a Vd. Y entonces, porque hay libertad y, por lo tanto, calma silenciosa, en ese estado puede haber observación.

¿Puedo, pues, — por favor, siga mi próxima pregunta — podemos, Vd. y yo, observar el principio del pensamiento? Sólo puedo observar ese principio en silencio, no cuando empiezo a buscar, a hacer preguntas, a es­perar respuesta; sólo entonces, cuando tengo la mente callada por completo, después de haber hecho aquella pregunta: ¿cuál es el principio del pensamiento?, cuando está por entero callada a través de todo mi ser, es cuando puedo empezar, partiendo de ese silencio, a ver cómo se configura el pensamiento. Es muy importante esta cuestión, porque, si se da uno cuenta del principio del pensamiento, no hay entonces necesidad de someterlo a control. Como sabe, gastamos mucho tiempo, no sólo en escuelas y colegios, sino, según envejecemos, en someter el pensamiento a control: «este pensamiento es bueno», «éste es malo», «éste es agradable y debo seguirlo», «es un pensamiento feo que he de reprimir», etc. Sometemos a control, reprimimos. Todo el tiempo se está desarrollando un combate entre diversos pensamientos, la mente es un campo de batalla, un campo en que hay conflicto constante, un pensamiento contra otro, deseo contra deseo, un placer dominando a todos los demás, etc. Más, si nos damos cuenta del principio del pensamiento, no habrá entonces contradicción en él.

¿Estoy diciendo disparates o hay algún sentido en ello? Creo que tiene un poco de significado, porque, ya sabéis, una vida de conflicto no tiene sentido alguno. El conflicto conmigo mismo o con un vecino, o con ideas; no quiero ninguna clase de conflicto, porque cualquiera de ellos es una tensión, una distorsión. Una vida de conflicto se gasta muy rápidamente, y tiene uno que descubrir si existe una manera de vivir en que no haya ni una partícula de conflicto en ningún momento de la propia vida. Y sólo puedo llegar a ese modo de vivir cuando empiezo a descubrir el principio del pensamiento. Si la mente puede descubrir sin darse cuenta del centro, entonces cada pensamiento no es una distracción. Entonces no tiene cada uno de ellos su opuesto, porque sólo hay pensamiento, no el que se le opone. Por lo tanto, es una cuestión importante y tiene en sí algún sentido, no es puro disparate.

Sólo puede verse el principio del pensamiento cuando hay silencio, cuando la mente se ha callado no por disciplina, control o diversas formas de meditación y todas esas feas cosas, sino de modo natural. Únicamente en el silencio es como puedo descubrir algo; sólo entonces es cuando la mente puede encontrar y llegar a este extraordinario descubrimiento de alguna cosa nueva, que sale tan sólo del silencio, y éste no es posible cultivarlo, el pensamiento no puede construirlo; si lo hace, será cosa muerta, estancamiento. Cuando el pensamiento construye algo, siempre hay conflicto. Llega uno, pues, a descubrir el principio del pensamiento porque la mente está callada por completo; sea el que sea, es pensamiento. Y si sólo hay pensamiento, no tiene contradicción. Ah, ¿no lo ve Vd.? Sólo hay deseo, pero la contradicción surge cuando existe el deseo de esto en oposición a aquello, y cuando uno empieza a descubrir el principio del deseo, entonces no hay contradicción, que implica conflicto; quien quiera vivir sin él tiene que comprender esto. Para comprender todo esto la mente ha de estar silenciosa y este silencio es meditación. Una mente que esté extraordinariamente viva y alerta ya no almacena cada descubrimiento, y llega a alguna otra cosa, porque esa gran viveza y estado de alerta hacen que sea luz para sí misma sin ninguna experiencia.

La mayoría de nosotros anhelamos experiencia, ya sea la de ir a la luna o la de una pequeña mente que busca mediante las drogas un estado de conciencia en el que hay visiones, acrecentada sensibilidad, y así sucesivamente; la experiencia mística, la religiosa, la sexual, la de tener mucho dinero, poder, posición, dominio, ya sabe Vd., todos anhelamos experiencia. Y esto ocurre porque nuestra propia vida es tan superficial, vacía, insuficiente, y creemos que sin experiencias la mente se vuelve tonta, estúpida, pesada. Por eso leemos libro tras libro, vamos a los museos, conciertos, rituales, iglesias, fútbol, toda clase de pruebas. Mas nunca preguntamos qué es lo implicado en este experimentar, o si hay en ello alguna cosa nueva. Toda experiencia reclama reconocimiento, pues de lo contrario deja de serlo. Si no la reconozco como tal, implicando algo, no es una experiencia. Sólo en caso contrario es cuando la llamo así, mas para reconocer tengo que haber conocido antes. Por la experiencia no puede haber cosa nueva alguna.

Así pues, hemos descubierto una verdad fundamental, la de que una mente que busca, anhela, investiga en demanda de más amplia y profunda experiencia, es superficial, porque vive siempre con sus recuerdos, sus reconocimientos, y lo que se recuerda o reconoce no es lo nuevo. Pero en el silencio no hay experimentación y nos preguntamos: ¿cómo es posible actuar en este mundo si la mente está realmente callada, en silencio? ¿Comprende Vd.? ¿Es posible funcionar en este mundo con este enorme sentido del silencio? Tiene uno cierta función, debe hacer determinada cosa, como bibliotecario, cocinero, técnico, oficinista, etc., todo lo cual reclama acumulada información como conocimiento, experiencia; y se pregunta: ¿puede mi mente, que ha comprendido y está viviendo en ese estado de silencio, funcionar en estas circunstancias? Cuando se hace esa pregunta se separa el silencio de la acción; es, pues, la pregunta falsa. Más, cuando existe el silencio, funcionará uno en la oficina. Mire, es como un tambor muy tenso; al ser golpeado, le da la nota justa, pero siempre está vacío, en silencio. Él no dice: «Estoy en silencio», «¿cómo voy a funcionar en la oficina?»

Descubrimos, pues, que toda conciencia, tanto la oculta como la manifiesta, lo secreto y la superficie, forma parte de este proceso del pensar. Podemos darnos cuenta del principio del pensamiento sólo cuando hay silencio, cuando no hay frontera para la conciencia. Todo esto reclama mucha disciplina en sí misma, no disciplina para algo. Y si hemos llegado hasta aquí, podemos entonces preguntar qué es el amor. Comprende Vd. que es necesario inquirir si el amor está dentro del campo de la conciencia, que es el pensamiento. Digo: «Le amo a Vd., amo a mi país, a mi Dios, mis libros, mi posición», ya sabe: amor. Usamos esa palabra un poco ligeramente, pero con bastante intensidad. Cuando dice Vd. a alguien: «Le amo», ¿qué significa esa palabra? Las personas religiosas de todo el mundo lo dividen en profano y sagrado, etc. ¿Es deseo el amor? No diga Vd. que no, porque para los más de , nosotros lo es; deseo y placer, el placer que procede, de los sentidos, de la adhesión y realización sexual, de mi esposa, mi marido, mi familia, frente a otras familias; mi país, mi Dios, mi Rey, ya sabe Vd. todo eso. Llamamos amor a eso que nos hace matar a otros, y en lo que hay celos, odio. Pero ¿es eso amor? En ese amor hay posesión, dominio, dependencia, busca de satisfacción, placer, consuelo, compañía: una evasión de mí mismo. ¿Es amor? ¿O es que el amor está más allá de este alboroto mental? Si Vd. dice que sí, ¿qué le pasará entonces a mi esposa, mis hijos, familia? Tienen que tener seguridad, tengo que tenerla yo. Si hace esa pregunta, entonces nunca ha estado Vd. fuera de ese campo de conciencia. Una vez que haya salido de ese campo, nunca hará tal pregunta, porque entonces sabrá lo que es el amor, en el cual no hay pensamiento, no hay mañana ni, por lo tanto, tiempo. Mas Vd. escuchará esto complacido y probablemente hipnotizado y encantado, pero trascender en realidad el pensamiento, el tiempo (pues tiempo es pensamiento y éste es pena) e ir más allá, es darse cuenta de que hay una dimensión distinta, llamada amor. Partiendo de ahí, puede uno actuar, ser.

Surge otra cuestión, la de qué es la belleza. ¿Está en el objeto o en los ojos del que la contempla? ¿O es que no está en ninguna de ambas cosas, sino en el abandono total del observador y lo observado? Sólo puede ocurrir esto cuando hay austeridad total, pero no la austeridad del sacerdote con su dureza, sus castigos, reglas, obediencia. Austeridad significa sencillez, no en ideas, ropas, en conducta o en alimentos, sino ser sencillo enteramente, que es la completa humildad. Por lo tanto, nunca se escala, nunca hay un logro, no hay escalera que subir, sólo hay un primer paso, y el primero es el perpetuo.

Sin comprender la belleza, el amor y la meditación — me refiero a los auténticos — la vida tiene entonces, tal como es, vivida así, con su pena, do­lor, conflicto, muy escaso sentido. Puede Vd. tomar drogas para darle sentido, puede aferrarse a sus apetitos sexuales con ese fin, pero el depender de cualquier droga, de cualquier pensamiento, de cualquier exigencia de placer, sólo sirve para producir más conflicto, desdicha, confusión.

Interlocutor: Como estaba Vd. hablando sobre experiencia, sólo quiero decir que desde hace unos cuantos años he tenido un enorme anhelo de volar en un planeador y creí que ello sería realmente maravilloso. Ayer tuve oportunidad de volar con un oficial suizo durante una hora, experiencia que fue interesantísima; pero cuando descendí me pareció simplemente como si. ya la hubiera tenido antes. No era necesario haber subido.

Krishnamurti: El señor dice que subió ayer en un planeador y que quiso hacerlo porque deseaba tener una experiencia nueva.

Interlocutor: Hacerlo yo mismo.

Krishnamurti: Hacerlo Vd. mismo, otra for­ma de experiencia. Y, cuando descendió, vio que no había sido experiencia, que ya la había tenido antes. Mire, señor, ¿por qué anhela experiencia, ya sea en un planeador, o en el sexo, en escalar montañas, tomar drogas y lograr expansiones psíquicas, etc.? ¿Por qué ansia experiencias? Primero pregúntese eso. Y ¿qué le pasaría si no tuviera ninguna en absoluto? ¿Es eso posible? Pues bien, dependemos de experiencias para que nos mantengan despiertos, y ello es una forma de reto. Sin retos, ¿sabe lo que nos pasaría a todos nosotros? Estaríamos dormidos. Si no hubiera ningún cambio político, si no hubiera conflicto en nuestro interior, si todo fuera como quisiéramos que fuese y no tuviéramos perturbación, estaríamos casi dormidos. Los retos son necesarios para los más de nosotros, retos distintos, y son ellos los que nos mantienen despiertos. Dependemos de experiencias, placenteras o penosas, para que nos tengan despiertos, queremos para ello toda clase de retos. Cuando uno ve que esta dependencia de los retos y las experiencias sólo sirven para embotar más la mente y que no nos mantienen realmente despiertos, cuando ve que — como dije el otro día — hemos tenido millares de guerras y no hemos aprendido nada, o que estamos dispuestos a matar al prójimo mañana mismo a la menor provocación, entonces nos preguntamos ¿para qué los queremos? y ¿es que hay posibilidad de mantenernos despiertos sin ningún reto? Esta es la cuestión real. ¿Me sigue Vd.?

Dependo de un reto, de una experiencia, esperando que me dará más excitación, intensidad, me agudizará la mente, pero no ocurre eso. Me pregunto, pues, si es posible mantenerse despierto de manera total, no periféricamente en unos pocos puntos de mí ser, sino enteramente despierto, sin ningún reto ni experiencia. Eso significa: ¿puedo ser luz para mí mismo, no depender de ninguna otra luz? No significa que tenga la vanidad de no depender de ningún estímulo, ¿Puedo ser una luz que nunca se apague? Para descubrirlo, tengo que profundizar en mí mismo, conocer de manera completa todos mis rincones; todo ha de quedar al descubierto. Tengo que darme cuenta del entero campo de mi propio ser, que es la conciencia del individuo y de la sociedad. Sólo cuando la mente trasciende esta conciencia individual y social es cuando hay posibilidad de ser, para sí mismo, una luz que nunca se apague.

Temor, Placer y Dolor

2ª Conversación

11 de julio de 1967

Jiddu Krishnamurti, Temor, Placer y Dolor. Diez Conversaciones en Saanen, 1967. Jiddu Krishnamurti en español.

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