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Temor, Placer y Dolor

10ª Conversación

30 de julio de 1967

¿Qué es lo que cada uno de nosotros está buscando en la vida? Si en serio nos hacemos la pregunta sobre qué es lo que en lo profundo queremos todos, yo me pregunto cuál sería la respuesta. ¿Es que la demanda, la busca, se basa en nuestras inclinaciones, se guía por nuestras tendencias o se moldea por las circunstancias? Si se moldea por las circunstancias, entonces es una mera cuestión de mejorar un poco esas condiciones, volverlas más felices, más agradables y satisfactorias. Y, si nuestra demanda no es más que el dictado de la tendencia con arreglo a nuestro condicionamiento, cultura, trasfondo, entonces naturalmente estará impuesta por nuestra limitada comprensión, limitada atención. Si nuestra demanda, lo que buscamos profundamente, se basa en nuestra inclinación, entonces lo que se busca es mayor y más amplio placer. ¿Cuál de estas tres categorías es la que guía, moldea o impulsa nuestra busca, nuestros anhelos y tanteos? Al parecer, los más de nosotros estamos buscando algo: mayor placer o satisfacción, más amplias y profundas experiencias; y existen aquellos de nosotros que son algo más serios y dicen que lo que buscamos es la verdad. Esta palabra es una de las más peligrosas, porque para buscar la verdad hace falta, no un mero impulso casual intermitente, sino más bien un sostenido y continuo mirar, no en una dirección determinada, sino una total comprensión de la vida.

Si buscamos mayor placer, como lo buscan los más de nosotros, y aunque no haya nada malo en ello, ese mayor placer trae consigo mayores penas y temores. Y, si existe meramente una reacción condicionada que brota de la tendencia o de la circunstancia, entonces ella trae su propio cautiverio, sus penas, sus dolores. Más, si somos un poco más cautos, serios con vacilación, entonces seremos serios acerca de todas las cosas de la vida. Y es menester esta seriedad en la vida, no con respecto a la verdad o el placer o la momentánea satisfacción, sino con respecto a todo lo que tocamos, ya sea en la preparación de un delicioso almuerzo, en nuestra relación con otro ser humano; seriedad como cuando uno se dice a sí mismo que está buscando algo que se llama «verdad». Creo que tenemos que ser serios de manera extraordinaria, con vitalidad, sobre todas las cosas en la vida — no sobre partes fragmentarias de ella — porque cada ser humano individual es responsable de todas las desdichas, las guerras, el hambre, las brutalidades, etc., de esta enorme violencia que existe en el mundo.

Por favor, aquellos de Uds. que no estén en realidad muy interesados, que hayan venido simplemente por curiosidad, ¿quisieran todos levantarse y marcharse ahora? Sería mucho más sencillo. Y si es que son Uds. serios sobre cualquier cosa, entonces quédense y presten toda la mucha o poca atención que puedan. Creo muy intensamente que, siendo cada uno de nosotros responsable del caos, la desdicha y el dolor del mundo, debe, como ser humano, producir una revolución radical en sí mismo. Porque cada uno es en sí tanto la sociedad como el individuo, es a la vez violencia y paz, es esta extraña mezcla de placer, odio y miedo, afán agresivo, dominio y amabilidad; a veces uno predomina sobre el otro y hay mucho desequilibrio en todos nosotros.

Somos responsables, no sólo ante el mundo, sino también de nosotros mismos, en lo que hacemos, lo que pensamos, cómo actuamos y sentimos. Tiene muy escaso sentido el limitarse a buscar la verdad o el placer sin comprender esta extraña mezcla, esta contradicción de violencia y amabilidad, de afecto y brutalidad, de celos, codicia, envidia y ansiedad. Significa muy poco buscar gran placer o la verdad, si no hay una transformación radical en el fundamento mismo de nuestro ser. Parece que el hombre ha buscado eso que llamamos la verdad, a lo largo de los tiempos históricos y antes, una cosa distinta que llamamos Dios, el estado sin tiempo, algo que no se puede medir ni nombrar. El hombre siempre ha buscado eso porque su vida es muy fastidiosa, siempre hay muerte, vejez, existe mucha pena, contradicción, conflicto, una sensación de completo tedio, de falta de sentido para la vida. Estamos cautivos de eso y, para evadirnos — o porque hayamos comprendido ligeramente esta compleja existencia — queremos hallar alguna cosa más, algo que no sea destruido por el tiempo, por el pensamiento, por cualquier corrupción humana. El hombre ha buscado siempre eso y al no hallarlo, ha cultivado la fe: fe en Dios, en un salvador, en una idea. No sé si habrá observado Vd. que la fe engendra violencia, invariablemente. Le ruego considere esto. Cuando tengo fe en una idea, en un concepto, quiero proteger tal idea, concepto y símbolo; estos, la ideología, son una proyección de mí mismo, me siento identificado con ellos y quiero protegerlos a cualquier precio. Y, cuando defiendo algo, tengo que ser violento. Y cada vez más, según va uno observando, la fe carece ya de lugar; nadie cree ya en nada (gracias a Dios). Nos volvemos cínicos y enconados, o bien inventamos una filosofía que sea satisfactoria intelectualmente. Pero el problema central no queda resuelto.

El problema central es en realidad el de cómo va uno a producir una fundamental mutación en este complejo y desdichado mundo de confusión, no sólo por fuera, sino por dentro: un mundo de contradicción, de tanta angustia. Y entonces, una vez que haya mutación, puede uno seguir más allá, si quiere. Mas, sin este cambio radical, fundamental, carece de todo sentido cualquier esfuerzo para llegar más allá. La investigación de la verdad y la cuestión sobre si existe Dios o no, sobre si hay una dimensión sin tiempo, tendrán respuesta, no de otro, de un sacerdote, un salvador, de nadie, sino de Vd. mismo, y Vd. mismo podrá responder a esa pregunta sólo cuando haya esta mutación que puede y debe realizarse en todo ser humano. Eso es lo que nos interesa y concierne en todas estas conversaciones. Nos interesa saber, no sólo cómo producir un cambio objetivo en este mundo desgraciado que está fuera de nosotros, sino también en nosotros mismos. La mayoría estamos tan desequilibrados, somos tan violentos, codiciosos, y nos sentimos heridos tan fácilmente cuando cualquier cosa va contra nosotros, que me parece ésta la cuestión fundamental: ¿Qué puede hacer un ser humano, como Vd. y yo, viviendo en este mundo?

Yo me pregunto qué respondería Vd. si se formulase en serio, a sí mismo, esta pregunta: ¿Es que se puede hacer alguna cosa? Mire, estamos formulando una pregunta muy seria. ¿Qué podemos hacer Vd. y yo como seres humanos, no sólo para cambiar el mundo, sino a nosotros mismos? ¿Qué podríamos hacer? ¿Nos lo va a decir alguien? Nos lo han dicho: los sacerdotes, que se dice comprenden estas cosas mejor que los seglares como nosotros, nos lo han dicho, y eso no nos ha llevado muy lejos; disponemos de los seres humanos más refinados, tampoco ellos nos han llevado lejos. No podemos confiar en nadie, no hay guía, maestro, autoridad, sólo está uno mismo y su relación con otro y el mundo; no hay nada más. Cuando ve Vd. eso y se encara con ello, se produce una gran desesperanza, de la cual vienen cinismo, amargura y lodo lo demás, o bien, al enfrentarlo, comprende uno que es enteramente responsable de sí mismo y del mundo, y nadie más; al encararse con ello, se disipa toda lástima de sí mismo. Los más de nosotros nos complacemos en la auto lástima, culpando a otros, y esta ocupación no trae claridad.
Me parece que es una cuestión que cada uno de nosotros ha de resolver por sí mismo, la de qué podemos hacer, Vd. y yo, para vivir en este mundo de manera cuerda, sana, lógica, racional, pero también para tener gran equilibrio, para vivir sin ningún conflicto, ningún odio o violencia.

Esta mañana podemos viajar juntos, no a lo largo de una línea verbal, o de conceptos intelectuales, sino dejando a un lado todas esas cosas; emprender un viaje y encontrar un estado de mente que nunca esté en conflicto, y en el que por lo tanto no haya elemento de dominio o servilismo. Para encontrar tal estado hemos de viajar juntos, y eso significa que tendrá Vd. que prestar mucha atención, no concentración, pues hay diferencia entre ambas. ¿Qué es lo que en realidad ocurre cuando se concentra Vd.? Obsérvelo en sí mismo. Cuando se encuentra en algo, cuando enfoca el pensamiento y lo fuerza a concentrarse en alguna cosa, hay un proceso de defensa, la construcción de una muralla dentro de la cual la mente pueda concentrarse en algo. La concentración es un proceso exclusivo, mientras que la atención no lo es. «Atender» significa prestar atención completa, no fragmentaria ni parcial, es decir, escuchar ese avión, el tren que pasa, escuchar la conversación, ver, oír y sentirlo todo por completo, sin ninguna frontera. Entonces, en ese estado de atención, podemos viajar juntos, llegar muy lejos y muy a lo hondo.

Como un ser humano que vive en el mundo y en sí mismo, siendo a la vez violento y amable, lleno de antagonismo y de odio o con un ocasional estallido de gozo, se pregunta uno lo que puede hacer para provocar una revolución en sí mismo. Pues bien, esto requiere atención. (En este momento, se produce una avería en el sistema de transmisión de conferencias públicas y se intenta remediarla mientras continúa la conversación.) Está en marcha aquí una distracción, y mi tendencia es observar lo que está pasando y sin embargo, resistir esa tendencia, porque deseo hablar; hay, pues, una contradicción. Está Vd. siguiendo todo esto? Así es que hay un conflicto y en ese estado no puede funcionar con claridad la mente. La cosa mecánica ha fallado, hay que arreglarla; al mismo tiempo, tengo que hablar con claridad y pensar sin ninguna contradicción. La mera concentración no lo conseguirá. Mientras que si hay atención a lo que está sucediendo, sin distraerse con ello y sin embargo, escuchando lo que se esta diciendo, no habrá contradicción. En ese estado de atención es en el que podemos mirarnos. Cuanto más sabemos sobre nosotros mismos, tanto más profundamente puede penetrar la mente dentro de sí misma y trascender todas las estructuras y símbolos intelectuales y verbales, de modo que no quede cautiva de su propia imaginación, ilusión, de sus propios deseos.

Así es que, ante todo, Vd. y yo tenemos que conocernos a nosotros mismos por completo, de modo que no haya rincones ocultos, escondrijos mentales, secretos intactos. Puede Vd. hacer esto paso a paso — siga esto, por favor, muy atentamente — mediante el análisis, el examen, abriendo todas las capas de la propia conciencia, lo que implica que se toma Vd. tiempo. Es decir, estoy irritado, celoso, envidioso y, para comprender por qué, su motivo, para descubrir, para desenrollar el vasto y complejo «yo», hace falta tiempo. O hace uno esto o hay un procedimiento completamente distinto. Le ruego comprenda esto muy claramente. Puedo analizarme, mirarme, si quiero, sin ninguna ilusión, perversión, con mucha claridad, como puedo mirarme en el espejo, y mirándome empiezo a analizar, a penetrar en la causa de cada movimiento del pensar, cada sentimiento, inquiero cada motivo, y eso invertirá mucho tiempo, días, meses, años; en este proceso siempre se está produciendo distorsión, porque hay otras influencias, otras presiones, tensiones. De modo que cuando admito el tiempo en este proceso de comprenderme, tengo que contar con toda clase de falseamientos. Y el «yo» es una entidad muy compleja, profunda, que se mueve, que vive, lucha, quiere, niega, y yo tengo que observar todo movimiento, comprender la totalidad de ello. Hago esto, o bien hago lo que generalmente se hace, es decir, me identifico con alguna cosa más grande, con la nación, el estado, la familia, o con una idea como la del Salvador, de un Buda; me identifico con eso, con una proyección de mí mismo, una idea de lo que quiero ser, o de lo que yo debería ser, y en eso hay conformidad a tal modelo, y por lo tanto más lucha. Así es como el hombre ha actuado a través de las edades: ha penetrado hacia dentro por la introspección y el análisis, o bien se ha identificado con algo, o ha vivido en un estado de negación total, esperando que pasaría alguna cosa. El hombre ha hecho todo esto y cosas aún más complejas, y ha tomado drogas.

No es sólo el mundo moderno el que toma drogas, que ya se usaban en China hace tres o cuatro mil años, como en la India, y todo ello para huir de la monotonía de la vida, del terrible fastidio y de la existencia sin sentido de ir a la oficina todos los días, de tener sexo, niños, de estar en constante pugna consigo mismo. El hombre ha necesitado una evasión de alguna clase, ya sea escapar al campo de fútbol o a una iglesia, cosas que son exactamente iguales. De modo que, si no es ese el camino, porque todo eso implica tiempo y sembrar más semillas de violencia y antagonismo; si realmente comprende Vd. esto, "lo desecha por completo. Ve que no es ese el camino. Es como un hombre que quiere ir al sur pero que ha seguido un sendero que le lleva al norte; de repente, cuando ve que no es ese el camino, vuelve la espalda al norte. Lo mismo pasa cuando ve uno que todos esos intentos que han realizado los seres humanos a lo largo del tiempo no son el camino — no importa quién afirme lo contrario —; entonces puede Vd. mirarse de modo muy distinto, sin tiempo.

Existe esta cosa compleja total llamada el «yo», con su antagonismo, temores, esperanzas, aspiraciones, ambiciones, codicia, todo lo que es el «yo»; ¿puedo mirarlo de modo tan completo e instantáneo que comprenda su totalidad? Bien mirado, ¿qué es la verdad? Ver la verdad, sentir lo que es, con su belleza, con su amor, ¿cómo ve uno eso? Sólo puede Vd. ver la verdad cuando la mente no está fragmentada, cuando ve la totalidad, la de Vd. mismo, completa, no simplemente los fragmentos acá y allá, sino la totalidad de su ser, es decir, la verdad, y cuando comprende toda su complejidad.

¿Se puede uno mirar de manera tan completa, tan atenta que todo nuestro ser se revele en un instante? La mayoría de nosotros no podemos hacer esto porque nunca hemos abordado el problema con tanta seriedad, nunca nos hemos mirado, nunca. Culpamos a otros, despachamos las cosas con explicaciones o nos asustamos de mirarnos, y así sucesivamente, por lo cual nunca nos contemplamos como somos. Sólo puede Vd. mirar totalmente cuando presta su entera atención, en la cual no hay temor; cuando mira con su mente, su cuerpo, nervios, ojos, oídos, no queda lugar para el temor, para la contradicción, no hay conflicto. Cuando se ha mirado Vd. tan hondamente, puede penetrar aún a mayor profundidad. Al decir «a mayor profundidad» no estamos comparando. Pensamos en comparaciones: hondura y superficialidad, dicha y desdicha, siempre estamos midiendo. Cuando digo: «Tengo que ahondar o penetrar más profundamente en mí mismo», la expresión «más profundamente» es comparativa. Pero ¿existen en uno mismo esos estados de lo superficial y lo profundo? Cuando digo «tengo la mente superficial, mezquina, estrecha, limitada», ¿cómo sé que lo es? Porque he comparado mi mente con la de Vd., que es mucho más brillante, con más capacidad, más inteligencia, más consciente, etcétera. Entonces digo, en comparación: «tengo la mente trivial, mezquina», pero ¿puedo conocer mi mezquindad sin comparación? ¿Sé que tengo hambre ahora porque la tuve ayer, o sé que la tengo ahora sin comparación con la de ayer? Así que, cuando usamos la expresión «más profundamente» no estamos pensando en términos comparativos, no estamos comparando.

Una mente que esté siempre comparando, midiendo, siempre engendrará ilusión. Si me estoy midiendo frente a Vd., que es más listo, más inteligente, estoy esforzándome en ser como Vd. y negándome como soy, y estoy creando una ilusión. Así que, cuando he comprendido que las comparaciones, en cualquier forma, sólo conducen a mayor ilusión y desdicha, y que cuando me analizo, o cuando me identifico con alguna cosa más grande, sea el estado, un salvador, una ideología, cuando comprendo que todo ese pensar comparativo me lleva a mayor ajuste y por ello a mayor conflicto, entonces prescindo de él por completo. Entonces mi mente ya no está buscando, tanteando, no investiga, no pide, no interroga, no reclama, no aguarda, lo que no significa que esté satisfecha de las cosas tales como están; entonces mi mente no tiene ilusión o imaginación. Puede moverse en una dimensión totalmente distinta. Se han disipado por completo la dimensión en que vivimos, la vida cotidiana, la pena, el placer y el miedo que ha condicionado la mente, que ha limitado su naturaleza. Entonces hay goce, que es una cosa enteramente distinta del placer. Este último viene a la existencia por el pensamiento, que también engendra el miedo.

Pero el gozo, el gozo real, el sentimiento de gran beatitud, no es del pensamiento. Entonces la mente actúa en una dimensión en la que no hay conflicto, no hay sensación de «lo otro», no hay sentido de dualidad. En lo verbal sólo podemos llegar hasta ahí; lo que está más allá no puede expresarse en palabras, pues éstas no son la cosa. Compréndalo: el árbol real no es la palabra «árbol»; la palabra es distinta del hecho real. Hasta ahora podemos describir, explicar, pero las palabras o las explicaciones no pueden abrir la puerta. Lo que abrirá la puerta es el diario darse cuenta y la atención. Es el darse cuenta sin elección alguna, de lo que está pasando dentro, de cómo habla Vd., de lo que dice, cómo camina, lo que piensa; es percibirlo diariamente. Es como limpiar una habitación para tenerla en orden, pero el tenerla en orden no tiene importancia; es importante en un sentido y totalmente sin importancia en otro.

Tiene que haber orden en la habitación, pero el orden no abrirá la ventana. Lo que la abrirá, lo que abrirá la puerta no es su volición, no es su deseo. No es posible que Vd. invite «lo otro». Lo único que puede hacer es tener en orden la habitación, lo cual es ser virtuoso, mas no con la virtud o moralidad de cualquier sociedad por la ventaja que traerá, sino el ser virtuoso por sí mismo, el ser cuerdo, racional, ordenado. Entonces, tal vez, si tiene suerte, la ventana se abrirá y las brisas entrarán. Puede ser que no entren. Depende del estado de su mente, y ésta sólo la puede comprender Vd., observándola, pero sin tratar nunca de moldearla, lo cual significa observarla sin ninguna elección. Partiendo de este darse cuenta sin elección tal vez se abra la puerta y sepa Vd. lo que es esa dimensión en la que no hay conflicto ni tiempo, algo que nun­ca podrá expresarse en palabras.

¿Quieren Uds. hacer algunas preguntas sobre aquello de que hemos estado hablando esta mañana?

Pregunta: Señor, ¿qué es la imaginación?

Krishnamurti: ¿No sabe lo que es la imaginación? ¿Quiere una explicación de esto? Todos Uds. saben lo que la imaginación es, los cuentos de hadas, las pinturas imaginativas, la invención del cielo y el infierno, la invención de los dioses; la imaginación, en el recuerdo de aquella belleza que vio Vd. ayer tarde en la nube, y así sucesivamente. Vivimos de mitos y fantasías. Una mente que sea capaz de inventar, de imaginar y proyectarse en diversas clases de visiones es una mente muy tonta.

Pregunta: Señor, ¿cómo es posible practicar cualquier clase de arte si no tenemos imaginación alguna? Eso sería imposible.

Krishnamurti: ¿Qué lugar ocupa el arte para una mente que sea religiosa? No la falsa mente religiosa que pertenece a alguna iglesia o que cree en alguna doctrina o filosofía, pues tal mente no tiene nada de religiosa. Mas, para la que esté viviendo en una dimensión del todo distinta, ¿es que el arte tiene algún sentido? ¿Por qué dependemos tanto de la música, de la poesía? ¿Por qué? ¿Es una forma de escape, un estímulo? Pinta Vd. un cuadro y yo lo miro, lo critico y digo: «¡Qué bello!» o «¡Qué feo!» O bien, si llega Vd. a ser famoso, el cuadro se vende a buen precio. Mas, si está Vd. directamente en contacto con la Naturaleza, con las colinas, las nubes, los ríos, los árboles, las aves, si observa Vd. y sigue el movimiento de un pájaro que vuela, la belleza de cualquier movimiento en el cielo, en las montañas, en las sombras, o la belleza en la cara de otra persona, ¿cree que deseará ir a ningún museo, o mirar ningún cuadro? ¿Es acaso porque no sabe mirar todas las cosas que le rodean, por lo que va al museo a mirar, o toma mescalina, marihuana, drogas que le estimulen y le permitan ver mejor? Tiene uno que poner en duda todo lo que el hombre ha aceptado como valioso, como necesario. Puede Vd. haber dudado de los tiranos políticos, de los dictadores en religión, pero nunca ha puesto en duda la autoridad de un Picasso o de un gran músico.

Aceptamos, y en esa aceptación nos cansamos y queremos más cuadros, más arte y pintura, no objetivos, etc. Mas, si supiéramos cómo mirar la faz de un transeúnte, una flor al lado del camino, una nube vespertina, mirar con completa atención y, por lo tanto, con completo gozo y amor, entonces tendrían muy escaso sentido todas esas otras cosas.

Pregunta: El estado de completa atención es, diciéndolo con otras palabras, un estado sin conflicto, de modo que el no comprender este último estado es una suposición previa del mismo, ¿no?

Krishnamurti: Es un círculo vicioso ¿verdad? Vivo en conflicto, tengo así la mente de modo constante, cualquier cosa que haga es una tensión, queda prisionera y el que habla dice: «En ese estado nunca comprenderá Vd. nada»; sólo cuando esté Vd. atento comprenderá todo este proceso. Más no es posible estar atento, porque tengo toda la mente en estado de conflicto, de modo que ello se convierte en un círculo vicioso. ¿O es que Vd., el que habla, se da cuenta de que ha creado este círculo vicioso y que nos deja con él y no con ninguna otra cosa? ¿Qué va uno, pues, a hacer?

No se resuelve el problema al estar preso en un círculo vicioso y sin que el que habla nos diga lo que hay que hacer. Pero si Vd. quiere hacer el favor de seguir lo que estoy diciendo, estoy seguro de que nos entenderemos el uno al otro. Ante todo, veo que tengo la mente en conflicto; haga lo que haga, se mueva como se mueva, siempre está dentro de los límites de ese conflicto. Cualquier cosa que haga, tanto si aspira como si desea, imita, se ajusta, reprime, sublima, toma drogas para ampliarse, cualquier cosa que haga lo hace en estado de conflicto. Si he comprendido esto, no simplemente en el sentido verbal, sino por verlo tan claramente como veo ese micrófono, sin ningún falseamiento, ¿qué ocurre entonces? Si veo algo con mucha claridad, como cuando veo algo muy peligroso, como un precipicio o un animal amenazador, ¿qué pasa? Todo movimiento se detiene; durante un instante, no hay pensamiento. Del mismo modo, si realmente veo lo que hace el pensamiento, éste llega a su término. Haga lo que haga él, engendra desdicha, pena, conflicto, y cuando el pensamiento ve eso, terminará por sí mismo, el círculo vicioso se rompe; el pensamiento, que significa el tiempo, ha llegado a su fin.

Pregunta: ¿Es sinónima de meditación esta callada calma, este darse cuenta?

Krishnamurti: Esa palabra, «meditación» está muy recargada y en Asia se le da un significado particular. Hay diversas escuelas de meditación, distintos métodos o sistemas, que deben producir atención. Hay un sistema que dice: «Observe el movimiento del dedo gordo del pie», «Préstele atención, trabaje y obsérvelo, obsérvelo», etc.; es la meditación como control, seguir una idea, contemplar una imagen incesantemente, tomar una frase y penetrar en ella, escuchar la palabra «Om» o «Amen» o alguna otra, escuchar su sonido, seguirlo, etc. En todas esas formas de meditación se implica una actividad del pensamiento, de imitación, un movimiento de conformidad a un orden establecido. Para el que habla, estas cosas no tienen nada de meditación; ésta es enteramente distinta. Meditación consiste en darse cuenta del pensamiento, del sentir, sin corregirlos nunca, no decir nunca si es bueno o malo, no justificarlo nunca, sino observarlo y avanzar con él. En ese observar y moverse con aquel pensamiento y sentimiento, empieza Vd. a comprender y a darse cuenta de toda la naturaleza del pensar y el sentir. Y, al darse cuenta, viene el silencio no simulado, no bajo control, no construido por el pensamiento, porque ese silencio construido así está estancado, muerto. El silencio llega cuando el pensamiento ha comprendido su propio comienzo, su propia naturaleza, y que nunca es libre sino siempre viejo. Ver todo esto, ver el movimiento de cada pensamiento, comprenderlo, es darse cuenta de él, es llegar a aquel silencio que es meditación, y en el cual nunca existe el observador.

Temor, Placer y Dolor

10ª Conversación

30 de julio de 1967

Jiddu Krishnamurti, Temor, Placer y Dolor. Diez Conversaciones en Saanen, 1967. Jiddu Krishnamurti en español.

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